Artículo de Revista Global 84

166 elefantes flotaron en el mar

En junio pasado, tras el embiste de una onda tropical, el malecón de Santo Domingo amaneció lleno de varias toneladas de basura. De inmediato, varios videos de la costa y de las playas colmadas de desechos se viralizaron por las redes sociales. Sin embargo, eso era solo la punta del iceberg de un gran problema. Más allá del impacto que puedan crear las imágenes de una costa sucia en el sector turístico, están los efectos en el entorno y en sus habitantes. Greenpeace asegura que la contaminación que flota sobre la costa representa menos del 15% de todos los plásticos que están en el mar.

166 elefantes flotaron en el mar

Santo Domingo no pudo dormir aquella madrugada. Lluvia y truenos imparables anunciaban una tragedia, y cuando llegó la mañana, la ciudad se sorprendió con sus efectos dilatados; sus barrios y avenidas más ostentosos estaban inundados, como la memoria de los capitaleños no alcanzaba a recordar. La onda tropical Beryl cayó en la madrugada del 10 de julio pasado y trajo a la ciudad acumulados de hasta 283.5 milímetros de agua, cerca del 20% de lo que lo que llueve en la capital durante todo el año, y terminó desnudando vergonzosamente todas las fallas relacionadas con el manejo y el tratamiento de los desechos en la República Dominicana, que por efecto y defecto terminan desembocando en las aguas del mar.

Esa vez, los pronósticos de lluvia fallaron. La tormenta, con vientos de 75 kilómetros por hora, seguía debilitándose mientras se acercaba a la isla y un día antes de tocar ya como onda tropical, el Centro de Emergencias (COE) anunciaba a los medios que no se habían tomado medidas extremas, como la de evacuar a las personas de los lugares vulnerables. La Oficina Nacional de Meteorología (Onamet) esperaba cúmulos de lluvias de hasta 100 milímetros, no los 283.5 que confirmó más tarde. Las aguas inesperadas arrastraron dos días después hacia el Malecón de Santo Domingo toneladas de basura desde los ríos Ozama e Isabela que atraviesan la capital dominicana, que tiene una población de 3.3 millones de habitantes.

«Aquí se han encontrado toda clase de cosas», decía una de las empleadas del Ayuntamiento del Distrito Nacional que estuvo en las jornadas de limpieza de las playas. Cerca de mil personas recogieron más de mil toneladas de residuos —lo que pesan 166 elefantes africanos adultos—, que fueron arrastrados al mar y se acumularon de manera alarmante en las playas de Güibia, Montesinos y Fuerte San Gil. En las labores de limpieza se involucraron varios ministerios, organizaciones privadas y se usaron equipos pesados para remover la superficie visible.

La última emergencia de basura del mundo

Las imágenes de la costa llena de basura fueron tan chocantes que se subieron a las redes sociales, a periódicos internacionales y a portales especializados. Parley for the Ocean, la organización ambiental con sede en Nueva York dedicada a la preservación de los océanos y a concientizar acerca de la contaminación por plástico, colgó en la web un video de 15 segundos con el aviso de que su equipo estaba lidiando con las olas de residuos que se movían sobre la costa del Caribe. «La última emergencia de basura del mundo», bautizaron el video. En Facebook, y con el video como muestra, Parley hizo un llamado a unirse a las actividades de limpieza que fue compartido 40,260 veces.

Esta organización, que en el pasado colaboró con la marca deportiva Adidas para la fabricación de zapatos con residuos plásticos del océano, rememoró las escenas de las paradisiacas playas de Bali cubiertas de plástico, que llevaron al Gobierno de Indonesia a declarar en diciembre del 2017 una emergencia debido a la basura. «Ahora se muestra una escena igualmente apocalíptica, olas tras olas de escombros de plástico en la playa de Montesinos, en Santo Domingo», remató.

La noticia de Parley fue reproducida en BBC, CNN, The New Daily, Climate Action, Eco Watch y Surfer Today. «Ven por las playas, citan los anuncios de turismo de República Dominicana. Pero algunas querrás saltarte en estos momentos», advertía en su crónica el New York Times, a propósito del estado en que quedó la playa Montesinos.

En efecto, la repercusión de la basura sobre el Malecón fue una especie de despertar para los ciudadanos, que no tenían idea de la cantidad de desechos que queda escondida entre las cañadas de la cuenca del Ozama, la cual tiene una superficie de 2,847 kilómetros cuadrados y abarca —y arrastra— parte de Santo Domingo, Distrito Nacional, Monte Plata y San Cristóbal. Para los entendidos en el área, el video era básicamente la demostración de una «pequeña partecita» de la situación de contaminación de los ríos y del manejo de residuos, que, aunque se maximiza en la capital dominicana, abarca también al resto del país.

El Ayuntamiento del Distrito Nacional durante sus últimos dos años de gestión ha tenido especial interés en rescatar el paseo marítimo de la avenida George Washington. La sorpresiva elección del alcalde David Collado (logró una victoria del 57%, con solo 40 días de campaña y frente al veterano Roberto Salcedo, con 14 años en esta plaza) llegó acompañada de la promesa de una inmediata intervención del Malecón, la cual arrancaría en sus primeros cien días de labor, «para devolverles la vista al mar a los capitaleños».

En su etapa inicial, la inversión en el Malecón superó los 100 millones de pesos. Con sus casi 10 kilómetros, es uno de los grandes atractivos y paseos turísticos de la ciudad. Desde las habitaciones de la hilera de hoteles que se yerguen y cotizan sobre la costa y a lo largo de la avenida George Washington se tiene una privilegiada vista del mar Caribe. En la capital dominicana existen 16 hoteles aptos para turismo de reuniones con 2,904 habitaciones disponibles, estándares de lujo y seguridad garantizada; de esa cantidad, aproximadamente mil habitaciones están frente al Malecón.

El paseo, además, da la bienvenida a los turistas que visitan Santo Domingo vía marítima. Hasta octubre del 2018, la cantidad de pasajeros que llegó al país por los puertos de Don Diego y Sans Souci fue de 86,588. Los barcos llegan a ambos puertos  por la desembocadura del Ozama, donde flota la historia de la edificación de la primera gran ciudad del Nuevo Mundo, un río en cuyas orillas viven casi 800,000 habitantes y funcionan cientos de industrias, que aceleran su contaminación.

Deshacerse de la basura

Pero lejos del impacto que puedan crear las imágenes de costas sucias en un país donde el turismo es el primer generador de divisas, están los efectos no visibles. Los plásticos sobre el mar son, en términos gráficos, la punta del iceberg del problema. Greenpeace asegura que los plásticos que se ven flotando representan menos del 15% de todos los que están en el mar.

El biólogo y coordinador de la Comisión de Medio Ambiente y Recursos Naturales de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Luis Carvajal, menciona distintos contaminantes que terminan en el mar: desechos orgánicos de la actividad biológica, como las aguas cloacales, los desechos de origen agrícola, la contaminación por actividad industrial, metales pesados, compuestos orgánicos volátiles, componentes orgánicos persistentes. «A eso súmale, entonces –añade– «lo que viene mezclado que llega desde los vertederos y aquí podemos incluir la enorme cantidad de plásticos y compuestos derivados del petróleo, que no importa desde dónde los generes, si no son debidamente tratados y reciclados, terminan en los acuíferos».

Una botella de plástico puede tardar hasta 500 años en degradarse. Pero este material no desaparece sin consecuencias, literalmente se va partiendo en pedacitos más pequeños hasta convertirse en microplástico o nanoplástico, estas últimas partículas tan pequeñas son capaces de afectar las células de la vida marina. La revista Science of the Total Environment se hizo eco en diciembre de este año de un estudio que demostró que, aun en pequeñas proporciones, los nanoplásticos son capaces de alterar el ADN de los mejillones mediterráneos. La investigación «Efectos de los nanoplásticos en Mytilus galloprovincialis (mejillón mediterráneo) después de la exposición individual y combinada con carbamazepina», de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y otras instituciones, demostró que estas partículas no solo afectan, a mayor exposición, los genes relacionados con la reparación de tejidos celulares, sino que pueden potenciar los efectos tóxicos de otros contaminantes, como el fármaco anticonvulsivo carbamazepina. Esto implica que los nanos tienen un efecto más a largo plazo que las piezas grandes que pueden terminar en las vías digestivas de los cetáceos hasta matarlos o, como afirma la bióloga marina y viceministra de Recursos Costeros y Marinos, Ydalia Acevedo, complicar el anidamiento de animales como las tortugas. «Cuando las costas están llenas de basura, es un trabajo para ellas buscar un espacio donde anidar. Los huevos también se pierden, los neonatos de tortugas se pierden», dice.  En las costas del país desovan y anidan las tortugas carey, verde y tinglar: todas especies amenazadas. En las playas del Gran Santo Domingo —Güibia, Pescadores, San Souci y Manresa—, el viceministerio lleva programas de monitoreo y limpieza para garantizar su conservación y que estas especies puedan desovar en espacios libres de contaminación. Lo mismo sucede en otras seis playas del país distribuidas en La Altagracia, Samaná y La Romana.

Aunque actualmente existan, como los hay, proyectos estatales, no hay forma inmediata de evitar que otra vez las fotos de un Malecón inundado de plástico terminen en portadas.

La primera causa, no necesariamente se trata de la principal, es la cantidad de desperdicios que caen directamente en los ríos Isabela y Ozama, ya sea producto de la actividad industrial, o por la ocupación y ubicación irregular de viviendas construidas en los márgenes de ambos ríos. A estos desperdicios se les agrega los que arrastran las cañadas. No existen estudios recientes, pero los más exactos del último Censo de Población y Vivienda 2010 apuntan a que solo el 2.57% (85,891 personas) de la población de Santo Domingo y el Distrito Nacional se deshacía de sus desechos lanzándolos por cañadas o ríos.

En efecto, estos números calculados desde el último censo parecen ser alentadores para las aguas del mar, sobreentendiendo que es mínima la cantidad de individuos que lanza directamente sus desperdicios sobre el agua. Las estadísticas oficiales también afirman que los mecanismos de recolección y desecho de basura han mejorado significativamente con los años. En 2002, 1.2 millones de hogares contaban con los Ayuntamientos para eliminar su basura; en 2010 ascendió a 1.9 millones. Si antes deshacerse de la basura significaba mantenerla en latas hasta que el recipiente se llenara, para después quemarla o lanzarla a un solar, con excepciones de los orgánicos que podían terminar como alimento para pollos y cerdos, en estos tiempos la capacidad de los Ayuntamientos garantiza más que nunca el traslado de basura a un lugar con ese propósito.

En el año 2014, los esfuerzos por sanear las cuencas de los ríos Ozama e Isabela tuvieron especial impulso cuando se declaró de alta prioridad nacional la preservación, saneamiento y uso sostenible de ambos caudales. Este proceso de saneamiento ha incluido la prohibición del desguace y reparación de barcos en estas aguas y una mayor fiscalización en los vertidos de más de 240 industrias ubicadas en las orillas de ambos ríos. Pero los proyectos cumbre de saneamiento del río están dirigidos a mejorar la calidad de vida de las personas que viven a orillas del Ozama, que fueron o están siendo reubicadas. Estas iniciativas son La Nueva Barquita, que según conteos del Gobierno impactó a 6,000 personas que vivían en situación de riesgo por la inundación del barrio La Barquita, y, ahora en ejecución, Domingo Savio, conformado por los barrios La Ciénega y Los Guandules.

Los trabajos de este último proyecto están en su etapa inicial, es decir, de desalojo de los inquilinos de 1,300 viviendas ubicadas en zona de inundación, con la meta de devolverle al río parte del espacio que perdió y construir un paseo de recreación, parques y avenidas incluidos. Su propósito es garantizar la seguridad y la calidad de vida de los habitantes de estas zonas de alto riesgo. Además, la disminución de actividad humana cerca del caudal reducirá los efectos contaminantes que implican tener población a unos metros del río, sin mecanismos efectivos de eliminación de desechos o sistema de alcantarillado.

La segunda causa es la falta de conciencia ciudadana, en la que no nos detendremos por tratarse de un asunto elemental. Pero la tercera causa tiene que ver con la falta de garantías. Echar la basura en el zafacón no garantiza que no llegue al mar, porque la lluvia y el viento contribuyen a esparcir los materiales. «Pueden acabar abandonados debido a la acción de las tormentas, el viento o la lluvia o simplemente porque no se han desechado correctamente. Así pueden llegar a ríos u otras vías fluviales y hasta en el sistema de alcantarillado de zonas urbanas», explica Greenpeace en su portal oficial.

Imaginemos que, desde su apartamento en Santo Domingo, deposita su basura en un contenedor que, minutos después, pasan a recoger los trabajadores del Ayuntamiento. Imaginemos también que esa basura llega al vertedero Duquesa sin contratiempos y que es depositada allí. Ya el ciudadano cumplió y el Ayuntamiento también. Pero aquí está el otro problema: Duquesa, el principal destino final de los desechos sólidos del Gran Santo Domingo.

La cantidad de basura que desde la provincia Santo Domingo y el Distrito Nacional llega al vertedero de Duquesa supera cada año el millón de toneladas. En 2016, el vertedero recibió 1,260,385 toneladas de desperdicios. Este es el vertedero más grande del país, que acumula los desechos de aproximadamente el 33% de la población dominicana.

El vertedero está ubicado a menos de dos kilómetros de los afluentes del río Isabela. Las autoridades tienen estudios que avalan la presencia de lixiviados, líquidos residuales que se filtran desde el vertedero, en los ríos Isabela y Ozama. En proyecto está la creación de una planta de tratamiento de lixiviados en Duquesa, valorada en 24 millones de pesos.

Siguiendo con los estudios, el titulado «Vertedero de Duquesa: consecuencias ambientales y de salud de sus actividades en las poblaciones contiguas, año 2017» revelaba que el 62% de las personas consultadas en las comunidades de un radio no mayor de dos kilómetros de este basurero afirmaban que las operaciones del vertedero contaminan el río Isabela. El porcentaje aumentaba al 67% para quienes habitaban en un rango de dos y tres kilómetros.

«Es posible determinar cómo las operaciones del vertedero de Duquesa no tan solo afectan a los hogares de su perímetro, sino que se extiende hasta contaminar uno de los principales ríos (Isabela) del Gran Santo Domingo, provocando que de manera indirecta resulten afectados un número mayor de personas», indica el resultado de consultas a 125 hogares de comunidades que habitan cerca de Duquesa realizadas por el Observatorio Municipal de la Liga Municipal Dominicana.

La viceministra de Recursos Costeros y Marinos, Ydalia Acevedo, resume que, en esencia, la basura en la calle, la deficiencia en su recogida, manejo y disposición final, y las actividades próximas a los ríos «hacen que se acumule en calles, en lugares no apropiados y tan pronto llueve, el agua la arrastre al mar. Llega primero a una cañada, después a un río y el río obviamente la lleva al mar».

La solución del problema es muy compleja y nada inmediata. La onda tropical Beryl terminó llamando la atención de un problema que aparentemente flotaba escondido entre aguas de cañadas y que se extiende por todo el país. Beryl hizo ver la urgente necesidad de crear conciencia sobre el destino final de la basura lanzada a la calle, de reducir los 358 botaderos a cielo abierto que hay en el país, abrir rellenos sanitarios y centros de acopio que faciliten la recolección y recuperación de materiales, que en el caso del plástico es de solo el 6%, según datos manejados por el programa estatal Dominicana Limpia.

«Podemos decir mil veces que nos preocupa esto, hacer campañas de limpieza y hacer todo el bulto. Pero las políticas de manejo del ambiente no se hacen por operativos, tienen que ser estructurales y continuas», enfatiza Luis Carvajal. El ambientalista apunta la falta de un ordenamiento territorial que permita que la ubicación y el manejo de vertederos, centros industriales o actividades agrícolas tengan el menor efecto posible sobre las aguas, una política que garantice el uso de plantas de tratamiento, y destaca la necesidad de educación de la gente y de consecuencias punitivas.

A nivel internacional se han adoptado discursos y medidas para reducir la cantidad de basura que llega al mar. Por ejemplo, la Unión Europea ha decidido este año, por norma, prohibir la comercialización de plástico de un solo uso, como cubiertos, platos y pajillas. Las organizaciones internacionales que trabajan sobre esta problemática se centran especialmente en la reducción del consumo de plástico. Por ahí se puede comenzar.

Natalí Faxas. Periodista ganadora del Premio de Periodismo Rafael Herrera de Funglode, becaria de la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios (IWMF, en inglés), trabajó como editora en Forbes República Dominicana y para el diario El Caribe, donde realizó trabajos de investigación y cubrió las áreas de migración y relaciones exteriores. En España, donde realizó una maestría en Periodismo en Televisión, también pasó por el diario El País y la agencia Europa Press.


MÁS DE ESTE AUTOR


166 elefantes flotaron en el mar

En junio pasado, tras el embiste de una onda tropical, el malecón de Santo Domingo amaneció lleno de varias toneladas de basura. De inmediato, varios videos de la costa y de las playas colmadas de desechos se viralizaron por las redes sociales. Sin embargo, eso era solo la punta del iceberg de un gran problema. Más allá del impacto que puedan crear las imágenes de una costa sucia en el sector turístico, están los efectos en el entorno y en sus habitantes. Greenpeace asegura que la contaminación que flota sobre la costa representa menos del 15% de todos los plásticos que están en el mar.
Leer artículo completo