Artículo de Revista Global 33

Algunas ideas sobre reduccionismo y complejidad

Reduccionismo y complejidad son formas distintas de aproximación a la realidad. La primera, un precipitado del pensamiento cuantificador de la modernidad; la segunda, como alternativa frente al agotamiento aparente de la primera, en algunos ámbitos del conocimiento de lo real. Se reconoce que la visión reduccionista, al menos en su versión metodológica, no está completamente agotada como señala los defensores del pensamiento complejo, algunos de los cuales sobreestiman sus logros, tímidos o todavía por verse.

Algunas ideas sobre reduccionismo y complejidad

En su objetivo de conocer el mundo, la ciencia moderna escogió el camino de reducirlo, allanarlo, borrar su colorido y su diversidad, convertirlo en meras apariencias de los sentidos. Esta actitud no es nueva, en el siglo siete a.C. los primeros filósofos griegos lo hicieron: redujeron la riqueza del mundo a manifestaciones de principios básicos.

En su Dialéctica de la Ilustración, Horkheimer y Adorno utilizan las palabras justas para referirse a lo anterior: “Solo la adaptación conscientemente manipulada a la naturaleza pone a esta bajo el poder del físicamente más débil”.1

El científico moderno crea en el laboratorio, o sobre un pedazo de papel, una pequeña naturaleza para obligar a la gran naturaleza a confiarle sus secretos. Saca al objeto de su complejidad manifiesta para trabajar con cosas que su imaginación ha creado: átomos, como cuerpos minúsculos y veloces; remolinos pequeños y grandes, para representar centros de atracciones y repulsiones; instantes solitarios para visualizar el tiempo.

Es la astucia de la pequeñez, a la que no le queda otro recurso para entender lo enorme que no sea el de desmenuzarlo, cercarlo. Lo que escribía Bachelard de la Física del siglo xx, también permite entender a Galileo, Boyle y Newton: la ciencia es menos una ontología que una ontogénesis.2 Proporciona menos una reproducción fiel del mundo, que un mapa, especialmente construido, que debe saberse limitado.

Desde finales de la Edad Media, la aparición de una actitud proclive a la cuantificación anunciaba el nuevo rumbo del pensamiento. Empieza a concebirse el cosmos como objeto de actividades de medición. Se desmenuza lo real en unidades homogéneas, idénticas y carentes del colorido que les prestan las cualidades a las cosas.

El historiador norteamericano Alfred Crosby identifica la centuria que va del 1250 hasta el 1350 como el periodo en el que la tendencia a la cuantificación se hizo más clara. Escribe: “Occidente empezaba a decidirse, al menos en parte, a tratar al universo en términos de cuantos uniformes en una o más características, cuantos que a menudo se conciben dispuestos en líneas, cuadrados, círculos y otras formas simétricas: pentagramas, pelotones, columnas de libro mayor, órbitas planetarias”.3

Cuando hace su aparición Galileo, hacía tiempo que Nicolás de Cusa basaba sus ideas cosmológicas en la cuantificación. Pero es Galileo quien establece que la nueva ciencia deberá ocuparse de las cualidades primarias, medibles, objetivas, y dejar a un lado las propiedades ligadas a lo sensorial, lo subjetivo. Con esta postura se enfrenta a las propiedades que sostienen el armazón de la física aristotélica: lo caliente/lo frío; lo seco/ lo húmedo; lo pesado/lo ligero. “Las cualidades primarias son las que realmente pertenecen al objeto: la forma de sus partes, su tamaño y su movimiento”, dice Steve Shapin.4

El reduccionismo, en el contexto del pensamiento del siglo XVIII, se convirtió en todo un programa de investigación de la naturaleza. Fue una reacción contra el empirismo aristotélico: las partículas no podían ser vistas, ni tocadas, pero debían existir. Visto así, todo el edificio de la ciencia del siglo XVII, independientemente de las diferencias de detalle entre uno y otro pensador de la época, se construyó en contra de la primacía del sentido común: el calor es un nombre para designar el movimiento más o menos vertiginoso de los corpúsculos microscópicos; la luminosidad, otra manera de nombrar el rápido movimiento de las partículas sutiles que llenan el espacio.

En la filosofía corpuscular o mecánica, “la realidad micromecánica –escribe Shapin– tenía prioridad frente a la experiencia del sentido común y la experiencia subjetiva quedaba apartada de las explicaciones de lo que objetivamente existe”.6 El mundo de las cualidades, de las sensaciones inmediatas, pierde su carga de realidad, adquiriéndola, en cambio, unas partículas hipotéticas en movimiento. Lo inobservable, lo infinitamente pequeño, se convirtió en el siglo XVII en un punto de apoyo para la naciente empresa científica.7

Pero no todo lo referente al mundo de lo minúsculo eran ideas; la construcción de los primeros microscopios, en ese siglo, hizo posibles las primeras imágenes de lo corpuscular. La reducción de la realidad multiforme y colorida a un conglomerado de partículas en movimiento pudo ser una fuente de desencanto del mundo, a juicio de muchos, pero como contrapartida mostró la eficacia de la filosofía corpuscularista para comprender el mundo.

El reduccionismo proveyó a la ciencia un modelo que, como imagen o metáfora de lo real, fue y continúa siendo una fuente de ideas robustas acerca de la estructura del mundo. Claro, como modelo no es posible estirarlo más allá de ciertos límites, y es aquí donde podrían tener cabida las críticas que se le formulan.

Hablar del reduccionismo no es referirse a una idea pasada de moda como sus críticos frontales parecen dejar ver. El programa reduccionista todavía recorre el mundo de la ciencia y no es un terreno baldío en el cual no puedan germinar nuevas ideas científicas.

Muestra de esto son los intentos de la Física de explicar la diversidad de partículas componentes de la materia recurriendo a unas pocas de ellas, a minúsculas cuerdas o a unos cuantos nudos de espacio-tiempo vacío; los esfuerzos de la Biología molecular por entender las bases bioquímicas de la vida y de las neurociencias que aspiran a explicar la consciencia como resultado de la actividad electroquímica de las neuronas. Estos ejemplos evidencian que no es del todo cierto que, como anuncian sus críticos, el reduccionismo es un obstáculo para la aparición y desarrollo de nuevas ideas científicas.

Fenómenos como la vida y la mente, que son mucho más que consecuencias del movimiento de partículas materiales en interacción, no pueden, sin embargo, concebirse sin ese substrato material básico sobre el que se sostienen. ¿De qué tipo de vida hablaríamos, si los electrones no fueran la base de los enlaces químicos? ¿Qué organismos poblarían la Tierra, si las constantes físicas no tuvieran los valores que muestran?

Más aún, ¿habría vida en el universo sin esas partículas que conoce tan bien la Física de hoy? La vida, la consciencia y el pensamiento habrían de ser muy distintos, en el caso de que pudieran existir, si los electrones y los protones no se atrajeran como lo hacen, o los constituyentes de los hadrones no fueran los quarks sino otras partículas.

Esto último está lejos de afirmar que la vida, la consciencia y el pensamiento no sean realidades emergentes en determinados niveles de desarrollo de la materia en el universo. El físico Steven Weinberg, uno de los defensores actuales de la reducción más beligerante y blanco favorito de la crítica de los partidarios de la complejidad, no deja de reconocer la existencia de fenómenos emergentes en la naturaleza.

En su obra Plantar cara, Weinberg escribe: “A medida que tratamos con situaciones más y más complicadas, vemos que de ellas emergen fenómenos que son mucho más interesantes de lo que nunca podría serlo una montaña de papel impreso de computadora que describe el movimiento de cada partícula del sistema […] La mente es un fenómeno que surge de la biología de animales complejos, de igual modo que la vida es un fenómeno que surge de la química de las moléculas complejas”.8 El reduccionismo permite recortar de manera considerable el registro de explicaciones que podrían darse a un fenómeno, y las que no son eliminadas parecen estar organizadas alrededor de ciertos puntos o focos.

La reducción de la realidad a unos pocos principios básicos que hace la ciencia no niega ni la existencia de procesos en los que brotan realidades novedosas, ni el carácter contingente, dependiente de contextos y de circunstancias fortuitas, de la mayoría de los fenómenos del universo. La idea de que toda la diversidad del mundo cabe en el reducido espacio que dejan las teorías mecanicistas, no cuenta en la actualidad con muchos defensores, aun dentro de las propias filas del reduccionismo.

Habría que diferenciar versiones fuertes, como las defendidas en su época por Descartes y Locke, para quienes la ciencia puede explicar la diversidad de fenómenos del mundo solo en términos del tamaño, la figura y el movimiento de los corpúsculos componentes de la materia, únicos ciudadanos con plenitud de derechos en el universo físico, y versiones débiles, que aun sosteniendo la tendencia a la reducción, no niegan la existencia de fenómenos emergentes y su no reducción completa a unos cuantos principios preexistentes.

Stephen Jay Gould reconoce que la existencia de propiedades emergentes pone en dificultades al reduccionismo, pero no descalifica las explicaciones fundadas en este. Entiende que cuando las interacciones entre los elementos de un sistema no son intensas, pueden ser pasadas por alto. Este sistema puede ser tomado como lineal o casi lineal y ser correctamente enfocado en cuanto a sus elementos componentes.

Si las interacciones entre las partes de un sistema físico, químico o biológico, en menor medida, son insignificantes o de poca intensidad, para Gould “podemos conseguir una reducción total porque no ha de saberse u observarse nada de manera exclusiva y explícita al nivel superior, en o por sí […] podemos formular una explicación y hacer predicciones correctas, simplemente a partir de las componentes y de sus interacciones lineales”.9 Se nota aquí que el reduccionismo es considerado, más que como ontología, como recurso o guía metodológica.

El reduccionismo proporciona una imagen viable del mundo, y no tanto una pretensión de que la realidad no sea más que una danza de corpúsculos duros, irrompibles y veloces. No está de sobra recordar que algunos estudiosos, entre ellos F. Ayala, I. Barbour y F. Tipler,10 reconocen tres tipos de reduccionismo: el metodológico, el epistemológico y el ontológico.

Adoptado el enfoque metodológico del reduccionismo, que puede acomodarse a una versión débil de la reducción, no debe existir un conflicto irreconciliable con las concepciones que reclaman a lo complejo como vía para la comprensión del mundo.

Nace la complejidad

La complejidad a la que se hace referencia es la contenida en los estudios actuales de los fenómenos lejos del equilibrio termodinámico, a la indagación en el terreno de las teorías de la autoorganización de la materia. Esto es, al objeto de las investigaciones en las que sí deben tomarse en cuenta las interacciones entre las partes componentes de un sistema y los flujos de información de las partes al todo, y viceversa.

Al lado del atomismo, la primera filosofía mecanicista del pensamiento occidental, también creció y se desarrolló el pensamiento complejo. Las ideas de Aristóteles –con su concepción de la materia como sustancia pasiva, animada por la forma como fuerza activa, organizadora de cambios con sentido– muestran al cosmos como un sistema complejo, animado por principios organizativos orientados de arriba (totalidad) hacia abajo (partes). A juicio de S. Sambursky,11 esta concepción del mundo como realidad orgánica tenía su fuente en la idea de organismo biológico, en la que las partes se supeditan al todo y por esto tenían su más clara utilidad en el ámbito de las ciencias de la vida.

También el siglo XVII conoció las ideas de complejidad y emergencia novedosa de formas, ideas con las que los primeros científicos modernos establecieron unas relaciones accidentadas, marcadas por el acercamiento y el rechazo. Las ideas básicas de la magia natural del Renacimiento, como las correspondencias del macro y el microcosmos y la presencia y acción de un anima mundi como principio organizador y vivificador del universo –a las que científicos como Kepler y Newton no fueron inmunes– descansan sobre intuiciones asociadas a totalidades complejas, animadas por principios organizadores que guían sus comportamientos.

Las ideas en torno a totalidades organizadas, cargadas de vitalidad y equipadas teleológicamente, perdieron importancia en la ciencia conforme ascendía la imagen mecánica del universo y la vida. Uno de los últimos pensadores con intereses científicos que las defendió fue Johann W. Goethe, quien, todavía a principios del siglo XIX, se oponía al reduccionismo y se permitía denunciar al espíritu de la física newtoniana como un pensamiento sin alma, una intervención violenta sobre la naturaleza. El ánimo cuantificador de la ciencia moderna, su necesidad de medir para conocer, fue denunciado por Goethe como “una acción grosera”12 que se impone al mundo natural.

Entrado el siglo XIX, el pensamiento de lo complejo se mezcló con el romanticismo y las filosofías irracionalistas, cediendo el poco espacio que conservaba todavía entre algunos científicos. Sin embargo, la complejidad reaparece y lo hace empujada por el desarrollo de la Termodinámica y la Biología evolucionista a finales del siglo XIX. En menor medida, también hicieron su contribución al renacimiento de la complejidad el desarrollo de la Química, en la que siempre se manifestó una resistencia, a veces velada, a veces manifiesta, a su reducción a la mecánica,13 y los estudios de Poincaré sobre la interacción gravitatoria de varios cuerpos, que se anticipan a las ideas de la teoría del caos. A mediados del siglo xx, la teoría general de sistemas, la cibernética y la computación configuran la dirección actual de los estudios sobre lo complejo.

Aunque el estudio de los fenómenos térmicos en el último cuarto del siglo xix abría nuevas perspectivas en la concepción del tiempo, unos años más tarde, Einstein y Minkowski convirtieron al tiempo en una dimensión más del espacio. El estatus de cuarta dimensión dado al tiempo contribuía a borrarlo de la Física, a convertirlo en simple apariencia. Son recordadas las palabras de Einstein a propósito de la muerte de su amigo Michele Besso: “Para nosotros, físicos convencidos, la separación entre pasado, presente y porvenir no tiene más que valor de una ilusión, por persistente que esta sea”.15

Si la mecánica newtoniana hacía del tiempo una sucesión monótona de instantes iguales y la teoría de Einstein lo convertía en una dimensión más del espacio, la Termodinámica contribuía con cambiar estas concepciones asociándolo a la aparición de diversos órdenes en el cosmos. Órdenes más finos y delicados, más complejos e intrincados. El tiempo comienza a ser concebido como expresión de “la definición interna de toda organización activa”,16 para decirlo con Morin; un tiempo para la creación y la destrucción, para reiniciar lo que quedó inconcluso y para suprimir lo que ya no avanza.

Las teorías de la evolución dan un importante estímulo al nacimiento y desarrollo de las ideas actuales sobre la complejidad. Los seres vivos son una muestra de que la materia es capaz de producir formas complejas a partir de formas simples. Formas complejas mejor equipadas para enfrentar con éxito los desafíos de un medio cambiante y capaz de transmitir las mejoras conseguidas a su descendencia. La vida, que se comienza en forma de pequeños islotes de orden autosostenido en medio del desorden del medio, es un verdadero laboratorio donde se ensayan nuevas estructuras, nuevas maneras de interactuar de manera eficaz con el entorno.

Todo el que haya hojeado un texto de biología y contemplado el árbol genealógico de los seres vivos no puede menos que maravillarse por sus ramificaciones sin fin, sus ramas más próximas e intrincadas cuanto más lejos de sus raíces dirigimos la mirada. La emergencia de formas vivas novedosas se acelera a medida que ascendemos de las raíces al follaje del árbol de la vida: el paso de las primeras bacterias, cuando la atmósfera carecía de oxígeno suficiente, a los primeros organismos marinos fue larguísimo; pero de estos a aquellos primeros colonizadores de la tierra firme se hace sensiblemente más corto. La evolución no avanza a un ritmo, sino que la capacidad de producir formas novedosas crece, en ocasiones, de modo casi exponencial.

La evolución evoluciona: a periodos aparentemente sin cambios les siguen otros de cambios rápidos, vertiginosos. Hay indicios de que en estas explosiones de variabilidad se involucran factores genéticos.17 La evolución no es un proceso continuo, simplemente acumulativo, sino que procede mediante saltos o cambios bruscos, como advirtieron S. Jay Gould y N. Eldredge en su teoría del equilibrio puntuado.

La complejidad biológica muestra, como ninguna otra, una tendencia a crecer, a proliferar, mediante una acumulación de accidentes congelados (M. Gell-Mann):18 es el resultado de logros pasados, el resumen de muchos retos enfrentados con éxito, de victorias sobre el azar, sobre el ruido de fondo que empuja a la desorganización, a la muerte.

Aquí Morin asiste con las palabras justas, “la organización y el orden que le es aferente constituye un principio de selección que disminuye las ocurrencias posibles del desorden, aumenta en el espacio y en el tiempo [las] posibilidades de supervivencia y/o desarrollo y permite edificar sobre el fondo de probabilidad general difusa y abstracta una probabilidad concentrada local temporal y concreta”.19 Así es la complejidad, precaria y delicada, habitante de una estrechísima franja del universo,20 acosada por el desorden y al propio tiempo alimentada por él.

 

¿Qué es la complejidad?

¿Qué es lo complejo? De la complejidad se han ofrecido numerosas definiciones y la lista no parece haber dejado de crecer. El concepto de lo complejo puede ser enfocado desde diversas vertientes o áreas de interés. Según dice John Horgan,22 un estudioso del tema, el físico Seth Lloyd, del Instituto de Santa Fe, presentó 45 definiciones diferentes del concepto de complejidad.

La noción de complejidad se ha tornado tan difusa que algunos han pensado incluso en abandonar toda pretensión de utilizarla como un concepto esclarecedor. Después de mostrar algunas definiciones provenientes del mundo de la Informática, Gell-Mann se aventura a señalar que “cualquier definición de complejidad es necesariamente dependiente del contexto, incluso subjetiva”.23

La mayoría de las definiciones e intentos de medir la complejidad provienen de las teorías de la computación y de la información. Allí se ha podido hablar con algún rigor de la complejidad como la longitud de la descripción de un sistema o como el tiempo mínimo necesario para resolver un problema mediante algoritmos. Todos estos intentos, independientemente de lo sugerente que podrían resultar para estudiar la complejidad, chocan contra el hecho de que las operaciones computables son asimilables a cadenas de bits de información, a operaciones recursivas y a instrucciones, expresiones tanto o más reduccionistas que las teorías que la propia complejidad impugna.

Aunque los esquemas o modelos computacionales pueden ser de utilidad para abordar con éxito el estudio de algunos sistemas complejos, mediante simulaciones, por ejemplo, representan nuevas formas de reduccionismo. Una simple bacteria es una estructura compleja en un sentido distinto al de un fractal: el conjunto de Mandelbrot es un objeto intrincado, geométricamente complejo, pero no es capaz de nada, no genera nuevas formas a partir de la suya, no se desarrolla, no es capaz de nacer o de morir. La figura emblemática de la complejidad, cuyos puntos aparecen como resultado de una sencillísima operación aritmética con números complejos, dista mucho de ser esa fábrica minúscula que es la bacteria.

Los algoritmos computacionales, por más útiles que puedan ser en el acercamiento a los sistemas complejos, no pueden ser la base para entender el comportamiento complejo, su creatividad, su flexibilidad y su extrema sensibilidad a las contingencias que encuentra o se producen a su paso.

“La computación –escribe Penrose– puede aportar una ayuda extremadamente valiosa para la comprensión [de lo complejo], pero nunca proporciona la propia comprensión real.”24

El reduccionismo utiliza métodos matemáticos lineales como instrumentos de análisis apropiados, pero la complejidad requiere técnicas no lineales, con las que se pongan de manifiesto las acciones mutuas entre las partes que constituyen el todo, las acciones del todo hacia las partes y de las partes hacia el todo. Una cosa dificulta el acercamiento de la ciencia a lo complejo y, por consiguiente oscurece su significado para la propia ciencia, su capacidad de engendrar lo nuevo, de crear, de la nada, estructuras jamás vistas o imaginadas, que a su vez son fuentes de novedad.

A la luz de lo anterior, resulta claro que para entender científicamente la complejidad se presenten serias dificultades. La creatividad, que es una de las características de lo complejo, sin duda alguna la principal, carece aún de carta de ciudadanía en la ciencia, que siempre ha recurrido al pasado para explicar el objeto presente.26

Las condiciones iniciales de una cosa o un fenómeno son, en la ciencia, un requisito básico para el conocimiento. Sin los datos iniciales, las soluciones de las ecuaciones de la Física, por poner un ejemplo, serían infinitas en número, borrosas, indeterminadas. El tiempo, como expresión de la emergencia de la novedad, concebido a la manera de Newton como una corriente que empuja desde atrás hacia adelante, resulta devaluado, terminando, con Einstein, en simple apariencia.

Morin vislumbra el problema cuando dice, muy a propósito, que “la generatividad crea ex nihilo, en el sentido de que crea ser allí donde no había ser, existencia allí donde no había individualidad”.27 En el ser, hay puntos y líneas de fuga que evaden la tiranía del pasado. En esos puntos y líneas se produce lo novedoso.

Tradicionalmente la creación, la poiesis, que la mentalidad secularista de la modernidad ha llegado a asimilar a un momento de irracionalidad en el seno de un cosmos organizado de acuerdo a leyes fijas, atemporales, ha estado más cerca del arte y la teología que de la ciencia. Por ello la emergencia de lo novedoso, que se resiste a entrar en el lecho de Procusto de una ciencia que no termina por aceptarla del todo, se ha hecho sospechosa de ser una nueva forma de milagro.

La complejidad se resiste a ser definida, pero sus rasgos no pasan inadvertidos. Estos rasgos son lo único que sabemos. Las dificultades para definir de manera clara la complejidad no pasaron inadvertidas a G. Nicolis e I. Prigogine, quienes prefieren hablar de comportamiento complejo antes que de sistemas complejos.

Una mirada crítica

La historia del pensamiento enseña la proclividad de los modelos a erigirse como verdades o imágenes ciertas, calcos de lo real. Lo que comienza como un método o como una metáfora busca demasiado a menudo hacerse la única realidad. Se pierde o se desvía la intención original.

Al comenzar estas notas se refirió al reduccionismo como un proveedor de imágenes del mundo, fruto de un procedimiento para abordar el análisis y la comprensión de la realidad: el procedimiento de desmontar las piezas de la totalidad para entender cómo funciona.

El reduccionismo empieza a ser cuestionado en el territorio en que cosechó sus mejores éxitos, en la Física. Frente a los sistemas mecánicos, entendidos como agregaciones de partes, se alza la complejidad, la realidad de estructuras organizadas que no se dejan reducir a la suma de sus partes. Aunque una estructura compleja está formada por partes, teóricamente aislables, estas no pueden componerse para reproducir el todo. En la complejidad hay un plus, un elemento que flota en el vacío: el comportamiento de los niveles superiores de un sistema complejo es relativamente independiente de cuanto ocurre en la base.

Los fenómenos complejos presentes en un flujo turbulento o en el pensamiento consciente pertenecen a una superestructura que no se comprende entendiendo el movimiento de las moléculas individuales del fluido o los chispazos electroquímicos de las sinapsis neuronales.

La organización, la tendencia a la formación de todos estructurados, es, como recuerda Morin, una propiedad fundamental de la naturaleza, de la physis. La capacidad de crear, de engendrar formas nuevas de la nada o desde algún espacio de virtualidades es el rasgo distintivo de este universo en que vivimos. En algún lugar se genera lo novedoso, “en algún intersticio de esa inagotabilidad de lo ilimitado residen las causas de diferenciación de las formas”, dice Paolo Zellini.28 La teoría de lo complejo es un apuntar a esa grieta, a esa fuente inagotable de estructuras organizadas que llenan el universo.

Se sabe que la realidad es compleja, que no ha sido sin ejercer violencia contra esta complejidad que se es capaz de crear una ciencia que reduce, pero que ha producido y continúa produciendo conocimiento acerca del mundo. Se reconoce que esa ciencia reduccionista tiene sus límites justo en la creatividad y la historicidad radical del universo; pero desde el lado de la complejidad no se ha avanzado tanto como para poner a la ciencia que se ha dado en llamar “de lo complejo” en condiciones de competir, con sus logros, con la otra ciencia, la reduccionista.

Los métodos matemáticos no lineales han avanzado lo suficiente como para permitir abordar con éxito algunos problemas asociados con la complejidad: procesos químicos irreversibles, fenómenos de dinámica no lineal, estudios de catástrofes (con R. Thom). Pero unas tres o cuatro décadas de trabajo en el ámbito de lo complejo no han dado el fruto esperado. El propio Rene Thom, en su obra Estabilidad estructural y morfogénesis –que para algunos llegó a ser comparable a los Principia de Newton– se quejaba de lo poco que la topología de entonces permitía para “dar una definición precisa de la complejidad de una forma”.29 No es creíble que se avance lo suficiente desde esta afirmación del padre de la teoría de catástrofes que parece haber pasado de moda entre los matemáticos por sus escasos resultados. El tema de la complejidad, si se cree en Horgan, parece estar desencantando a muchos de sus primeros y más entusiastas promotores.30

Con la complejidad sucede –salvando las diferencias entre un modelo con éxitos acumulados y otro que todavía no exhibe del todo los suyos– algo parecido a lo que en algún momento sucedió con el reduccionismo –que, bueno es que se sepa, no es solo cosa del pasado: encuentra defensores en la Física, pero más allá, en la Biología y las neurociencias–: una idea fecunda, interesante, que se ha estado estirando más allá de los límites posibles de su aplicabilidad.

Cuando un concepto va mucho más allá de sus límites, pasa como cuando es demasiado amplio o abierto, pierde relevancia como elemento de una explicación. Esto podría ocurrir con el concepto de complejidad, lo que explica el desencanto que ha producido donde levantó grandes expectativas. Se tiene la impresión de que la idea de complejidad hace poco a favor del desarrollo de nuevas teorías científicas contrastables con la experiencia y con poder predictivo. La ciencia de la complejidad o de la nueva alianza de Prigogine y su escuela, de acuerdo a sus críticos, ha dado muy pobres resultados hasta el presente, y esto no está muy lejos de ser cierto.31

Desde este punto de vista, a la complejidad se le exige más de lo que puede ofrecer, y esto por lo siguiente: la creencia de que la realidad es compleja, de que los fenómenos del mundo real forman una red intrincada de causalidades con direcciones diversas y de que la historia está intrínsecamente implicada en el cosmos, funda un marco metafísico para la comprensión global del mundo que puede estimular la creación y el desarrollo de ideas renovadoras en las ciencias y propiciar nuevas formas de práctica científica, pero una metafísica, con todo lo necesaria que pueda ser y que de hecho es, no debe ser confundida con ciencia en sentido estricto.

La confusión entre el marco metafísico de la complejidad y las ideas científicas que pudieran estar inspiradas en este marco tiende a convertir al pensamiento complejo en una ciencia unificada, omnicomprensiva –a la que se dedican los complexólogos– donde confluyen las diversas ciencias particulares. Un cajón de sastre donde se introducen la Física, la Química, las ciencias de la vida, las neurociencias, los estudios sociales y culturales, la educación, los fenómenos del mercado de valores y de la circulación vehicular… No puede avanzar mucho una megaciencia tal, un programa tan ambicioso como ilusorio.

Una cosa es recurrir a las analogías y a la migración o al préstamo de ideas de un territorio del saber a otro, al ejercicio del pensamiento asociativo, y otra, la aspiración a reunir la diversidad de ciencias y saberes en una ciencia unificada. Que Fourier haya llegado a descubrir sus famosas series de funciones trigonométricas estudiando un problema concreto, la transmisión de calor, y que estas resultaran valiosas para estudiar los sonidos musicales y analizar señales en comunicaciones, con esto no estaba comprometiendo las diferencias cualitativas entre el calor, una melodía musical y la transmisión de un mensaje. La transmisión de calor, el fluir de una melodía musical y la estructura de un mensaje no son fenómenos unificables más allá de la abstracción matemática, del hecho de responder a ecuaciones análogas. La teoría de catástrofes perdió méritos, entre otras razones, por su desmedida vocación unificadora, muy a pesar de que Thom era consciente de su carácter de metafísica.

Se debe reconocer que en el pensamiento complejo se encierra una denuncia y una protesta Nicolis y Prigogine prefieren hablar de comportamiento complejo antes que de sistemas complejos.razonable contra el espíritu de la llamada ciencia reduccionista, la clásica y la contemporánea, contra su recorte cuantitativista de la realidad y sus prácticas autoritarias y de manipulación de la naturaleza.

Los elementos críticos de la complejidad frente a la ciencia reduccionista son acertados en la medida en que son llamados de alerta contra los abusos en que podría incurrir esta ciencia. Estos elementos críticos son saludables mientras sean recordatorios de los límites permitidos a la visión y las prácticas reduccionistas. Una vez que dejan de ser esos recordatorios, esas ideas críticas podrían tener objetivos no del todo compatibles con la ciencia que dicen defender. Esto viene al canto porque, disfrazado de crítica a la ciencia reduccionista, el pensamiento posmoderno arremete desde hace tiempo contra la racionalidad científica. Magnificando los defectos de la ciencia reduccionista, sus críticos posmodernos han abrazado en forma entusiasta la complejidad. Sus intervenciones están llenas de referencias al caos, a las bifurcaciones, a atractores extraños, fenómenos no lineales; referencias retóricas, confusas y carentes de significado serio.32 Si se busca un acercamiento de la ciencia y la complejidad, sería muy provechoso deslindar el núcleo racional de la reflexión sobre lo complejo de sus prolongaciones o desarrollos posmodernos.

Andrés Molina es físico. Fue profesor de Física y Matemáticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y del Instituto Tecnológico de Santo Domingo. Impartió cursos de Filosofía de la Ciencia en el Instituto Pedro Francisco Bonó. En la actualidad se dedica a la edición de textos de Matemáticas para los niveles de básica y media para el Grupo Santillana. Su inclinación hacia la reflexión filosófica lo ha conducido al ámbito de la filosofía y la historia de la ciencia. Ha publicado sus artículos en diversos periódicos y revistas.

Notas

       1 M. Horkheimer y T. W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Valladolid, 1997, p. 109.

     2 G. Bachelard, La formación del espíritu científico, Siglo XXI, México, 1976, p. 74. Bachelard, sin que se lo pueda identificar con posiciones subjetivistas, señala que “la ciencia realiza sus objetos, sin encontrarlos jamás hechos”.

     3 A. W. Crosby, La medida de la realidad, Crítica, Barcelona, 1998, p. 21. Aquí, Crosby se interroga acerca de la actitud del pensamiento occidental, de finales del Medioevo, frente al conocimiento del mundo exterior, su “afición a dividir las cosas, las energías, las costumbres y las percepciones en partes uniformes y contarlas”. Asocia este nuevo estilo de pensamiento con el reduccionismo.

       4 S. Shapin, La revolución científica. Una interpretación alternativa, Paidós, Barcelona, 2000, p. 76. Para este autor, la separación de las cualidades en primarias y secundarias iniciaba así una fractura entre el mundo de la filosofía natural y el del sentido común, el de la vida.

     6 S. Shapin, op. cit., pp. 77-78. La supremacía de lo ínfimo comienza a caracterizar al pensamiento científico del siglo xvii. Con razón se asocia este siglo a una verdadera pasión por lo invisible, a juicio de M. Brehier.

7 Se postulaba “la necesidad de explicar cualquier clase de fenómenos en términos del movimiento de unas partículas que, por definición, eran inobservables, es decir, escapaban a nuestra experiencia”, anota A. Elena. Cfr. A hombros de gigantes. Estudios sobre la primera revolución científica, Alianza, Madrid, 1989, p. 171.

     8 S. Weinberg, Plantar cara. La ciencia y sus adversarios culturales, Paidós, Barcelona, 2003, p. 120.

9 S. J. Gould, Érase una vez el zorro y el erizo. Las humanidades y la ciencia en el tercer milenio, Crítica, Barcelona, 2004, p. 265.

     10 I. G. Barbour, Religión y ciencia, Trotta, Madrid, 2004, pp. 383-387.

11 S. Sambursky, El mundo físico de los griegos, Alianza, Madrid, 1990, pp. 110-111.

   12 J. W. Goethe, Teoría de la naturaleza, Tecnos, Madrid, 2007, p. 140. Goethe no rechaza la medición, pero pone reparos a su alcance. Entiende que con esta se obtiene un conocimiento imperfecto de lo real y defiende la idea de “una cosa que existe de un modo viviente no puede ser medida por nada que le sea externo […] ella misma debe dar la unidad de medida, la cual es sumamente espiritual y no puede ser encontrada por los sentidos”. Si existía una medida real de las cosas, esta debe estar determinada, para Goethe, por la propia cosa y no por unidades o patrones arbitrarios.

     13 B. Bensaude-Vincent e I. Stengers, Historia de la química, Salamanca, Addison-Wesley/Universidad Autónoma de Madrid, 1997, pp. 30-37. ¿De dónde proceden las nuevas propiedades químicas de un compuesto de A y B? ¿Están estas propiedades contenidas u ocultas en las propiedades de A y B? Las partículas micromecánicas, los átomos, no parecían ofrecer una respuesta del todo satisfactoria. De la combinación de los elementos A y B emergen nuevas propiedades, irreductibles a las de dichos elementos.

       15 A. Einstein, Correspondencia con Michele Besso, Tusquets, Barcelona, 1994, p. 455. Por su identificación del tiempo con una apariencia –no importa lo tenaz que pueda ser–, Popper catalogaba a Einstein como un Parménides moderno. Einstein, en más de una ocasión, declaró sus simpatías por la filosofía de B. Spinoza, otro Parménides, pero del siglo xvii.

16 E. Morin, El método. La naturaleza de la naturaleza, Cátedra, Madrid, 1981, pp. 248-249. El físico D. Bohm, en la segunda mitad de los años sesenta del pasado siglo, llegó a referirse a un parámetro de orden, como una variable involucrada en los procesos de creación de formas, relacionado estadísticamente con el tiempo mecánico. El despliegue de formas en la naturaleza, a juicio de Bohm, era un reflejo de los distintos valores adoptados por aquel parámetro. Cfr. D. Bohm, “Algunas observaciones sobre la noción de orden” y “Observaciones adicionales sobre la noción de orden”, en C. H. Waddington et al., Hacia una biología teórica, Madrid, 1976, 215-266.

17 E. Fox Keller, El siglo del gen. Cien años de pensamiento genético, Península, Barcelona, 2002, pp. 38-47. Un ejemplo de los cambios que se operan en la variabilidad podría ser la notable explosión cámbrica, que pobló la Tierra con numerosas especies nuevas en muy poco tiempo.

   18 M. Gell-Mann, El quark y el jaguar. Aventuras en lo simple y lo complejo, Tusquets, Barcelona, 1998, p. 248.

     19 E. Morin, op. cit., p. 102. 20 J. D. Barrow, Las constantes de la naturaleza, Crítica, Barcelona, 2002, pp. 291-292. Barrow presenta, en la página 234 de esta obra, una red de posibles universos de m dimensiones espaciales y n dimensiones temporales en la que un universo como el nuestro, con m = 3, n = 1, es apenas una pequeña región de la cuadrícula. Si imaginásemos un gran número de universos con las características del nuestro, en los que estarían incluidos aquellos en los que no se haya desarrollado complejidad, se reduciría muchísimo más el ancho de la franja en la que habitan los seres complejos.

       22 J. Horgan, El fin de la ciencia. Los límites del conocimiento en el declive de la era científica, Paidós, Barcelona, 1998, p. 253.

     23 M. Gell-Mann, op. cit., p. 50. Horgan se refiere al “hecho engorroso de que la complejidad existe, en algún

sentido turbio, en el ojo del observador”, op. cit., p. 254. Uno se pregunta, ¿en qué sentido es el número pi más complejo que un número formado por una cadena de cifras decimales correspondiente a la sucesión de números pares positivos?

24 R. Penrose, Las sombras de la mente. Hacia una comprensión científica de la consciencia, Crítica, Madrid, 2007, p. 218. Que una autoridad científica como Penrose tenga dudas acerca de la posibilidad de hacer computable cualquier parcela de la realidad –física, biológica, etc.– da mucho que pensar. ¿Hasta dónde una simulación produce conocimiento científico? ¿Puede un modelo computable ocupar el lugar de la realidad compleja y multiforme? Sin detenernos en el elemento especulativo, la creencia de Penrose en la existencia de una física no computable, que podría ser el fundamento de fenómenos como la consciencia, abre posibilidades insospechadas a la reflexión acerca de la complejidad irreductible de la naturaleza.

26 Es interesante anotar lo que dice el teólogo John F. Haught en su libro Cristianismo y ciencia. Hacia una teología de la naturaleza, Sal Terrae, Santander, 2009, p. 92: “Cuando la ciencia descubre algo nuevo y sobresaliente en la naturaleza, su hábito mental consiste en mostrar que, en realidad, no se trata sino de un caso más de lo antiguo y corriente”. Este hábito mental de los científicos se exhibe, sobre todo, en las condiciones de lo que, esquemáticamente, se ha dado en llamar periodos de ciencia normal. Se trata de encajar lo novedoso en lo antiguo, en lo ya conocido, una actitud mental próxima al nada-sinoismo denunciado por J. Needham como una característica de la ciencia.

     27 E. Morin, op. cit., p. 247.

28 P. Zellini, Breve historia del infinito, Siruela, Madrid, 1991, p. 19.

     29 R. Thom, Estabilidad estructural y morfogénesis. Ensayo de una teoría general de los modelos, Gedisa, Barcelona, 1997, p. 138.

   30 J. Horgan, op. cit., 267. Resulta interesante reflexionar con D. Ruelle acerca de los derroteros de las teorías del caos y la complejidad estrechamente relacionadas. Cfr. su obra Azar y caos, Alianza, Madrid, 1995, caps. 11-12.

31 C. Zuppa, Ilya Prigogine, ¿nueva alianza o nueva religión? Cinta de Moebio 18, 12/2003.

   32 A. Sokal y J. Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona, 1999, pp. 201-229.

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