Artículo de Revista Global 48

América Latina en movimiento: nuevas construcciones desde abajo

Desde finales del siglo pasado, actores populares y movimientos sociales protagonizan el panorama político de muchos países de la región. ¿Qué se entiende por «nuevos movimientos sociales» y cuál es son las características de los actores latinoamericanos? Este artículo nos da algunas pistas para entrar en un mundo en plena ebullición que está desafiando, cada día más, sistemas políticos, económicos y sociales en decadencia, en los cuales, sin embargo, aún estamos llamados a participar. ¿Cómo será nuestra futura participación?

América Latina en movimiento: nuevas construcciones desde abajo

La sociología europea y norteamericana introdujo el concepto de «nuevos movimientos sociales» (NMS) para denominar a aquellos movimientos y reivindicaciones colectivos que nacieron y se desarrollaron en un determinado contexto histórico: la sociedad posindustrial. Los conflictos sociales en este tipo de sociedad, basada mucho más en la economía de los servicios y de la información que en una economía industrial, no son solamente de clase y no involucran exclusivamente a la clase obrera. Los NMS se caracterizan por una amplia variedad de reivindicaciones que van más allá de las condiciones económicas y de trabajo, y tocan componentes ambientales, intergeneracionales, de género, culturales, de identidad y hasta simbólicos y comunicacionales, que antes no tenían la suficiente relevancia para aglutinarlos. Estas variadas respuestas responden al carácter multiforme de la opresión capitalista, en su versión neoliberal: explotación económica, patriarcado, discriminación por sexo o raza, destrucción del medio ambiente, son solo algunas de sus expresiones más relevantes.

El cambio en los paradigmas de las luchas sociales se debe a múltiples factores, pero sobre todo a la profunda penetración del modelo neoliberal en las realidades económicas y sociales de todos los países, así como al necesario repensamiento, reinvención o democratización de la democracia, dentro del sistema capitalista vigente. Como evidencia el portugués Boaventura de Sousa Santos, «la tensión entre capitalismo y democracia desapareció, porque la democracia empezó a ser un régimen que en vez de producir redistribución social la destruye […] Una democracia sin redistribución social no tiene ningún problema con el capitalismo; al contrario, es el otro lado del capitalismo, es la forma más legítima de un Estado débil».1 Dicho modelo de democracia profundiza las desigualdades y no construye horizontalmente un nuevo proyecto emancipador.2 Precisamente, para elaborar un proyecto de este tipo, a lo largo de todo el continente se han gestado durante por lo menos las dos últimas décadas numerosos estallidos populares, fruto del descontento y del positivo repensar, proponer y construir desde abajo que está caracterizando la efervescencia de los NMS latinoamericanos.

Movimientos y sociedad

La extraordinaria capacidad de los actores populares para influir en el panorama gubernamental de América Latina los convirtió rápidamente en un actor central dentro del escenario político regional: el derrocamiento de varios gobiernos conservadores y reaccionarios en Ecuador (Bucaram en 1997, Mahuad en 2000 y Gutiérrez en 2005), Bolivia (Sánchez de Lozada en 2003 y Mesa en 2005), Perú (Fujimori en 2000), Argentina (De la Rúa en 2001), así como la defensa y recuperación de la voluntad popular después del golpe de Estado de 2002 en Venezuela, o las distintas crisis de gobierno que tanto la Concertación (coalición de centro izquierda) como la Alianza (centro derecha) han vivido y están viviendo como resultado de las demandas del movimiento estudiantil chileno, son solo algunos ejemplos. Sin embargo, la fuerza de estos nuevos movimientos sociales también se materializa en propuestas de sociedades renovadas en donde los lazos sociales y comunitarios primen sobre los intereses del capital. En este sentido, es preciso retomar aquí la definición de algunos conceptos claves para la realidad latinoamericana: movimientos sociales, movimientos societales y sociedades en movimiento.

En las sociedades modernas, los Estados y más aún los gobiernos han concentrado y monopolizado la política, convirtiéndose en los únicos escenarios de la misma. Sin embargo, también existen otros lugares de la política; la sociedad civil es uno de ellos. Subraya el peruano Luis Tapia que «buena parte de las instituciones de la sociedad civil funciona como mediaciones o puentes hacia el Estado […] Tendencialmente, las instituciones de la sociedad civil aceptan las normas del orden social y político; se constituyen con la finalidad de negociar su posición relativa en el conjunto de las relaciones sociales y de poder».3 Cuando los actores y sus prácticas «desbordan esos lugares de la política, entonces puede estar constituyéndose un movimiento social […] un tipo de configuración nómada de la política»4.  Si por un lado la sociedad civil es un actor institucionalizado y se mantiene dentro de los esquemas formales de la política, por el otro, el movimiento social desplaza la política de sus lugares tradicionales y la traslada a un terreno incierto y fluido.

El vicepresidente de la República Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, en Sociología de los movimientos sociales en Bolivia (2004: 21) considera los movimientos sociales bolivianos como «un tipo de acción colectiva que intencionalmente busca modificar los sistemas sociales establecidos o defender algún interés material, para lo cual se organizan y cooperan con el propósito de desplegar acciones públicas en función de esas metas o reivindicaciones»5. Sin embargo, este autor también se acerca a la definición de Luis Tapia de «movimiento societal»: «En países multisocietales como Bolivia hay configuraciones de la protesta, rebelión y movilización social y política que tienen un carácter más denso que el de un movimiento social. Aquí tenemos un movimiento social que no proviene de la acción colectiva generada en el seno de estructuras modernas de vida social, sino de estructuras comunitarias de sociedades y culturas no modernas, pero que hacen política para demandar al gobierno una mayor integración y reconocimiento, es decir, para actuar en la principal forma política moderna, que es el Estado-Nación. Se trata de formas sociales y políticas de origen no moderno que se movilizan contra los efectos expropiadores de su territorio y destructores de sus comunidades causados por los procesos modernos de explotación de la naturaleza y de las personas».6

El movimiento societal estaría, pues, proponiendo una sociedad desde el interior de «otra» sociedad. Este análisis supone la existencia de diferentes sociedades dentro de un Estado-nación que la modernidad ha erigido en único instrumento de medición de las relaciones sociales, así como políticas. En este sentido, el uruguayo Raúl Zibechi (Genealogía de la revuelta. Argentina: una sociedad en movimiento, 2003), uno de los más atentos observadores de los movimientos sociales latinoamericanos, propone el término «sociedades en movimiento» que no se limita solo a las propuestas sociales desde el mundo indígena o campesino, sino que evidencia, como elementos fundamentales de los nuevos movimientos sociales latinoamericanos, los lazos y las dinámicas territorializados que también se desarrollan en ciudades como El Alto, Buenos Aires, Caracas, Oaxaca, etc.7 No se trata, por tanto, de un movimiento de vanguardia que lidera el proceso de cambio, sino de relaciones territoriales que, desde el autogobierno y otras formas de autonomía y democracia desde abajo, conectan todas aquellas «islas» que se encuentran en un proceso emancipatorio.

Características de los NMS en América Latina

A pesar de que no se pueda encerrar la gran diversidad de expresiones de los nuevos actores sociales latinoamericanos dentro de una única definición, hay algunos rasgos comunes que autores como Zibechi (2009 y 2003), Svampa (2007) o Seoane, Taddei y Algranati (2009 y 2006) nos ayudan a reconocer:

  • «[…] la territorialización de los movimientos, o sea de su arraigo en espacios físicos recuperados o conquistados a través de largas luchas, abiertas o subterráneas»;8 por ejemplo, los campamentos de los Sin Tierra y las comunidades de seringueiros en Brasil, los caracoles zapatistas en Chiapas, los asentamientos o piquetes de desempleados urbanos en las periferias bonaerenses o las fábricas recuperadas tanto en Argentina como en otros países. Este es el elemento que mejor caracteriza a los nuevos movimientos sociales latinoamericanos: la reapropiación colectiva, física y simbólica de los espacios supera la concepción estrictamente economicista de la tierra como mero medio de producción. «Las “tomas” de las ciudades de los indígenas representan la reapropiación, material y simbólica, de un espacio “ajeno” para darle otros contenidos […] La acción de ocupar la tierra representa, para el campesino sin tierra, la salida del anonimato y es su reencuentro con la vida».9
  • La convergencia de acción entre las comunidades eclesiales de base vinculadas a la teología de la liberación, la cosmovisión indígena y la militancia revolucionaria.
  • «[…] la acción directa no convencional y disruptiva, como herramienta de lucha generalizada […] pone de manifiesto la crisis y agotamiento de las mediaciones institucionales (partidos, sindicatos), en el marco de la nueva relación de fuerzas».10 Las acciones y las estrategias mantienen una fuerte actitud propositiva.
  • «La democracia directa y la emergencia de nuevas estructuras de participación que tienen un fuerte carácter asambleario se refleja en la tendencia a crear estructuras flexibles, no jerárquicas, proclives al horizontalismo y la profundización de la democracia».11 Es el «mandar obedeciendo» zapatista, junto a un alto grado de independencia del Estado y de los partidos políticos, y a la voluntad y necesidad de construir una autonomía propia, tanto material como simbólica.
  • «La revalorización de la cultura y la afirmación de la identidad de sus pueblos y sectores sociales»,12 y, por tanto, la formación de sus intelectuales. Este último aspecto es bien visible en las comunidades indígenas (por ejemplo, la Universidad Intercultural de las Nacionalidades y Pueblos Indígenas,13 en Ecuador), pero también en el trabajo de educación popular que llevan a cabo los Sin Tierra brasileños (Escuela Nacional Florestan Fernandes) o los piqueteros argentinos.
  • El nuevo y vigoroso papel de las mujeres, tanto en las zonas rurales como en las periferias urbanas, y la reproducción de los esquemas de las familias extensas dentro de los sujetos sociales.
  • Una renovada y estrecha relación con la Madre Tierra y la defensa de la naturaleza.
  • «[…] un nuevo ethos militante […] se expresa a través de nuevos modelos de militancia: militantes sociales o territoriales, militantes socioambientales, activistas culturales, entre otros»,14 y un «nuevo internacionalismo»15 que en América Latina se puso de manifiesto sobre todo a través del rotundo rechazo al proyecto de integración continental impuesto por los Estados Unidos (el Área de Libre Comercio de las Américas, alca), enterrado en la IV Cumbre de las Américas (Mar del Plata, 2005)
  • Una criminalización generalizada de estos movimientos por las fuerzas conservadoras, que, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001, los consideran «terroristas» o «antipatrióticos».

La segunda oleada neoliberal

Si la primera oleada neoliberal en América Latina (años ochenta y noventa) fue caracterizada sobre todo por las privatizaciones, el creciente debilitamiento del Estado, la desregulación y precarización del mercado laboral, y la especulación financiera a raíz del estallido de la deuda externa, la segunda y actual (a partir de finales de los noventa) se basa principalmente en cuatro ejes de «acumulación por desposesión»:16 enormes inversiones en la minería (sobre todo a cielo abierto), la tremenda expansión del cultivo de soja (mayormente en el Cono Sur: Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina), la propagación de las plantaciones de eucalipto para obtener celulosa, y la producción de biocombustibles.

Estas cuatro dinámicas depredadoras tienen, por lo menos, tres elementos comunes bien identificables: primero, están ligadas de manera muy estrecha a uno de los bienes comunes más preciados del planeta, el agua, pues se utilizan y se contaminan cada día enormes cantidades de aguas dulces. Segundo, tienen impactos sociales y ambientales enormes: deforestación, empobrecimiento de los terrenos debido al monocultivo y a los transgénicos, expulsión y desplazamiento de comunidades enteras de pequeños y medianos productores, solo para citar algunos. En tercer lugar, reorientan nuevamente el «desarrollismo» latinoamericano hacia la exportación de materias primas y la acumulación de capitales en beneficio de unos pocos grandes ligados a las multinacionales y a los bancos de la era global.

Como bien subraya Zibechi, «tanto las privatizaciones de empresas estatales como los monocultivos y la explotación minera, se inscriben en esta modalidad de apropiación de los recursos naturales o bienes comunes como forma principal de enriquecimiento de las elites mundiales».17 La única diferencia es que los protagonistas de esta segunda oleada son también gobiernos que se definen de izquierda, progresistas o hasta revolucionarios.

Viejos y nuevos desafíos

Ante el panorama latinoamericano que se ha ido conformando en este siglo y la presencia de varios gobiernos progresistas, muchos se preguntan cuál debería ser el papel de los nuevos movimientos sociales y qué desafíos se les presentan en su relación con estos gobiernos. Personalmente, creo que la pregunta debe ser otra: en un escenario de creciente participación popular, de indignación, de fuerte activismo social y reconstrucción desde abajo de las relaciones sociales, ¿cuáles desafíos enfrentan los nuevos gobiernos de matriz popular o progresista?

En realidad, viejos y nuevos desafíos. Sin tener que citar muchos ejemplos, el caso boliviano nos ayuda a encontrar algo de luz. El gasolinazo de diciembre de 2010 y el conflicto de la carretera que pasaría por el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (tipnis),18 resuelto momentáneamente mediante el diálogo con el Gobierno en octubre de 2011, pero actualmente aún sin solución definitiva, nos permiten plantear algunos cuestionamientos necesarios. Ambos conflictos nacieron a raíz de una causa común y muy antigua: el predominio de las decisiones tomadas desde arriba y a puerta cerrada, y de una concepción del Estado (y sus gobiernos) como el verdadero y único actor político capaz de identificar lo que conviene a un país. Esto ocurre también allí donde se está experimentando, o se quiere experimentar, un proyecto de cambio social supuestamente alternativo al modelo capitalista. En el caso boliviano, saltan a la vista las dificultades reales y concretas entre la proclamación de un Estado Plurinacional y su construcción.

Como subraya la pensadora latinoamericana Isabel Rauber, «la transformación social es un proceso de aprendizaje colectivo, en el que está presente la metodología de la prueba y el error».19 Sin embargo, en los dos acontecimientos citados, el Gobierno boliviano no se ha dado la posibilidad de probar y errar. Faltaron, en palabras de Rauber, dos pasos fundamentales: primero, el preguntar, que «supone el reconocimiento del otro o de los otros como sujetos, como interlocutores válidos, y despeja el camino de desencuentros posteriores»;20 segundo, el saber escuchar con paciencia las propuestas del otro. Sin estos aspectos, el conflicto resulta casi inevitable. ¿Son estos desafíos nuevos o viejos? Viejos, naturalmente……El día que nuestros gobernantes sepan preguntar y escuchar quizás sí cambie la manera de gobernar y ser gobernados.

El nuevo desafío, dentro de estos modelos supuestamente democráticos, es otro. La creciente desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales (tanto en los países del Norte como del Sur), la progresiva conciencia colectiva de los ciudadanos y el paulatino protagonismo de los actores sociales hacen necesaria la creación de organizaciones políticas de nuevo tipo: «Una organización que centre su quehacer en la articulación de lo diverso, que esté abierta a la pluralidad de actores con sus reivindicaciones y aspiraciones, que promueva la construcción de puentes y nudos de encuentro y convergencia entre ellos, fomentando interrelaciones en horizontalidad y equidad (sin jerarquías discriminatorias), para ir construyendo entre todos y todas, desde abajo, el actor político colectivo».21

Si tampoco los nuevos gobiernos de izquierda lo quieren entender, los movimientos sociales latinoamericanos seguirán en las calles, construyendo desde abajo el buen vivir y reencontrando las bases (perdidas) de una relación sana y comunitaria (no depredadora ni consumista) entre los seres humanos y la naturaleza.

Marco Coscione. Licenciado en Ciencias Internacionales y Diplomáticas en la Universidad de Génova y Máster Oficial en América Latina Contemporánea y sus Relaciones con la ue: una Cooperación Estratégica, impartido por la Universidad de Alcalá y el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset de Madrid. En abril de 2011 Funglode publicó su investigación: Comercio justo en la República Dominicana: café, cacao y banano.

Notas

1 Santos, Boaventura de Sousa (2006), Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social, Clacso/Instituto Gino Germani, Buenos Aires, agosto, p. 75.

2 Borón, Atilio (2006), «Crisis de las democracias y movimientos sociales en América Latina: notas para la discusión», OSAL, n. 20, Clacso, Buenos Aires, mayo-agosto de 2006.

3 Tapia, Luis (2008), «Movimientos sociales, movimientos societales y los no lugares de la política», en Política salvaje, Clacso, Muela del Diablo Editores y Comuna, La Paz.

4 Tapia, Luis (2008).

5 Citado en Raúl Zibechi (2009), Territorios en resistencia, La Vaca Editora, Buenos Aires, 2008, p. 29.

6 Tapia, Luis (2008).

7 Raúl Zibechi (2009: 30). Zibechi y otros parten del concepto de «territorios de la emancipación» del brasileño Carlos Walter Porto Gonçalves y se alimentan de las aportaciones del brasileño Bernardo Mançano y del inglés David Harvey.

8 Raúl Zibechi (2003), «Los movimientos sociales latinoamericanos: tendencias y desafíos», osal, n. 9, Clacso, Buenos Aires, 2003, enero-abril.

9 Raúl Zibechi (2003).

10 Maristella, Svampa (2007), «Movimientos sociales y escenario político: las nuevas inflexiones del paradigma neoliberal en América Latina», VI Cumbre del Parlamento Latinoamericano, Caracas, 31 de julio-4 de agosto de 2007.

11 Maristella (2007).

12 Zibechi (2003).

13 <http://www.amawtaywasi.edu.ec>.

14 Maristella (2007).

15 Seoane, Taddei y Algranati (2009), «El concepto movimiento social a la luz de los debates y la experiencia latinoamericana recientes», Congreso ALAS XXVII, Grupo de Trabajo n. 20, Buenos Aires, 31 de agosto-4 de septiembre de 2009.

16 «La acumulación por desposesión puede ocurrir de diversos modos y su modus operandi tiene mucho de contingente y azaroso. Así y todo, es omnipresente, sin importar la etapa histórica, y se acelera cuando ocurren crisis de sobreacumulación en la reproducción ampliada, cuando parece no haber otra salida excepto la devaluación», David Harvey (2004), «El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión», en Leo Panitch y Colin Layes (editores) (2005), El nuevo desafío imperial, Clacso, Buenos Aires, enero de 2005, p. 115.

17 Zibechi, Raul (2011), «Los nuevos modos de dominación y los cambios en el modelo neoliberal. Crisis de las viejas formas de dominación y el avance hacia los modelos soja-minería-forestación», en el curso virtual Movimientos Sociales en América Latina (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia, Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, septiembre de 2011).

18 <http://www.isiborosecure.com>.

19 Rauber, Isabel (2011), «Bolivia: Cuando el bosque impide ver el árbol», en Código Rauber, <http://isabelrauber.blogspot.com>, 2 de octubre.

20 Rauber (2011).

21 Rauber (2011).

 


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