Artículo de Revista Global 32

Arquitectura, urbanismo y democracia

La ciudad desde la época de la antigüedad helénica ha sido pensada como un espacio de democracia a través de la agora de Sócrates. El crecimiento urbano después de la revolución industrial ha abierto la posibilidad de pensar la ciudad como un lugar de vivencia colectiva entre la diversidad de las clases sociales y multiplicar así edificaciones, instituciones, edificios y condominios. La ciudad de hoy y de mañana es una estructura fundamental para la democracia y la convivencia de la ciudadanía más allá de las clases sociales.

Arquitectura, urbanismo y democracia

El espacio público, receptor de conglomerados urbanísticos y arquitectónicos al servicio de la ciudadanía, en una manifestación del ingenio humano desde la antigüedad. Las historias de las grandes urbes nos van enseñando a la luz del día y de la noche cómo una ciudad es el testimonio del estado de salud cultural y política de una nación.

La Barcelona que hemos conocido en los años sesenta, con su barrio gótico, grasiento, oscuro, temido, recluido, es hoy una zona de vida, palabra, imaginación y atrevimientos que atrae al mundo entero. La rambla se ha convertido en un concierto de libertad y diversidad que desemboca en la inmensidad del mal.

Las calles de Barceloneta se abrieron al sol de la libertad y hoy los jóvenes, niños, familias, turistas, disfrutan de un malecón y de un paseo marítimo que les ofrece relajación, salud, diversión, ocio y naturaleza. La ciudad de Barcelona, en su conjunto de renovación urbanística y arquitectónica, es una lección de concreto y arte al servicio del ciudadano. Y es que, desde las leyes constitucionales del posfranquismo, que devolvieron a los diversos pueblos de España sus autonomías, la Generalitat llevó su proyecto político en sintonía con su proyecto cultural, haciendo de la arquitectura y el urbanismo una cultura de la democracia. Lograrla no significa caer en el monumentalismo ni en el constructivismo. Si la obra pública está al servicio de la población, es en el campo de las nuevas necesidades de una nueva población perteneciente a los cambios y desafíos de la modernidad. Porque, como en la antigüedad, la ciudad es el receptáculo de las mayorías. La ciudad del siglo XXI se entiende que debe responder a los sueños y las necesidades de sus habitantes. En los países industriales, después del éxodo del sector rural de los años cincuenta y sesenta hacia las grandes urbes, el Estado centralizador se ha visto en la necesidad de deslocalizar las grandes industrias hacia toda la territorialidad nacional y proveer las urbes provinciales de instrumentos colectivos que facilitaran a la población el acceso a la convivencia pública a través del trabajo, del ocio y del transporte. Torino, Nantes, Hamburgo, Bilbao, Manchester, ciudades europeas cuyo auge industrial y comercial significó una prosperidad económica y social en las décadas del cincuenta al setenta, tuvieron que reinventar una nueva identidad a partir de los ochenta, remozando el espacio urbano, como en el ejemplo de Nantes, desarrollando un transporte colectivo movido por energía limpia y restaurando los viejos cascos populares en nuevos hábitat sociales donde, en límites de 3 o 4 kilómetros cuadrados urbanos, podemos encontrar en un hangar de una vieja fábrica de cordeles, velas, mástiles y encofrados de la construcción naval mercante, una área socio cultural conformada por una residencia recreativa para personas mayores jubiladas, un cancha de baloncesto, una biblioteca municipal y un jardín maternal y guardería infantil, que hacen de esa antigua nave un conjunto de convivencia social donde la diversidad de generaciones circula recibiendo un servicio público en un espacio de todos, resultado de una inversión razonada por sociedades que entienden que el impuesto ciudadano está al servicio del progreso social.

Hace apenas veinte años, Bilbao seguía siendo la ciudad con la mayor polución de toda España, sellada por su cielo gris y sus fachadas ennegrecidas. Por encima de su riqueza industrial y financiera, que marcó el despegue industrial de España, la capital de Vizcaya perduraba en su aire de siglo XIX. La llegada del museo Guggenheim, la modernización de todo el territorio de orilla a orilla del río Nervión, empujaron a Bilbao en una puntera internacional de desarrollo, arte y cultura. Hoy día, los vizcaínos tienen una capital y el país vasco una ciudad cosmopolita, abierta al mundo y al conjunto de las regiones y de las autonomías españolas. La reestructuración y la restauración urbana de esta ciudad, así como la llegada del museo, ponen a Vascongadas en la plataforma de un mundo global y compartido por la diversidad, la movilización de los tres millones de visitantes anuales del museo y, por ende, de la ciudad, ofrece a los bilbaínos una extraordinaria dinámica de intercambios y de comunicación internacional que crea lazos, nexos y nuevos retos.

Es obvio que ninguna transformación urbanística puede desarrollarse sin la genialidad de los grandes maestros arquitectos que, desde la época grecorromana, siguen siendo los grandes edificadores. A partir de los años setenta y ochenta, arranca la reestructuración de las grandes ciudades. La idea consiste en reintegrar a la posmodernidad arquitectónica las herencias del pasado, enfrentando los desafíos más atrevidos de la arquitectura, el rechazo de los conservadores apasionados. El ejemplo más obvio de esos años fue el del centro Georges Pampidou en el barrio Beaubourg. El arquitecto italiano Livi armó un andamio de tuberías para recibir al centro sociocultural más frecuentado del mundo a través de los años. A primera vista, el efecto óptico de lo que pudiera ser una factoría abandonada se transformó en menos de diez años en el mayor servicio público de información, orientación abierta a todos los públicos, con horarios diurnos y nocturnos. Poco a poco la ciudadanía comprobó el gran espíritu de servicio civil del centro y en la actualidad sería impensable prescindir de él. Los tubos metálicos, el vidrio, el plexiglás, sintonizan una perfecta armonía con las piedras talladas de la abadía Saint-Eustache del siglo XII, las esculturas móviles de la fuente de Niki de Saint-Phalle del siglo XX.

Los arquitectos de hoy, como Santiago Calatrava, desarrollan un arte en la línea y en el volumen que ofrece al ciudadano el protagonismo central de todo proyecto. En el caso de la Universidad de Zurich, construida en 1908 por Hermann Fierz, dedicada a los estudios de leyes a partir de 1989, es hoy día una de las mayores bibliotecas universitarias y científicas de Europa. El arquitecto Calatrava establece sobre este sustrato una estructura ligera de acero (cuatro puntos de apoyo fueron suficientes para elevar la estructura metálica de seis pisos) cuya forma oval realza la biblioteca convirtiendo los laterales en oficinas para la administración y espacios de conversaciones y comunicación para los usuarios. La división voluntaria del espacio pone al lector en el centro frente a un espacio central vacío, receptor de la luz. Las estanterías y las bibliotecas se ubican en la periferia y confirman con convicción que la lectura “es una experiencia solitaria y silenciosa que anima la intimidad entre el usuario y el libro”.

La construcción interviene sobre el equilibrio de los ambientes y la ambientación para el lector es total: aquí se ha construido un mundo aparte, creando una facultad de abstracción exigida al estudiante de alto nivel. Aquí tenemos un equilibrio en la disposición intelectual y técnica. Todas las disposiciones responden al trabajo de morfogénesis que caracteriza la firma de Calatrava. La obra de arte es la referencia de una columna vertebral de un reptil que funciona como un esqueleto gigante constituido de una viga central y de unas vigas laterales sujetadas a tubos curvos que abrazan todo el perfil elíptico de la obra. En esta biblioteca tenemos un ejemplo excepcional de integración de las propuestas más avanzadas de la arquitectura contemporánea con las necesidades intelectuales del mundo universitario. La comunión del espacio, partiendo de una estructura ya existente, no pierde en ningún momento su espíritu de servicio ciudadano, en este caso se trata de ofrecer al investigador, al estudiante, al científico, confort físico y mental, relajación espiritual e interacción aérea dentro del volumen. Más allá, el ciudadano común de Zurich se beneficia externamente del volumen y de la forma de un edificio concebido a principios del siglo XX, redinamizado en vísperas del XXI por el genio, por el talento de Santiago Calatrava. El visitante puede, en un solo monumento, gozar de las estructuras de piedra masivas e imponentes de la arquitectura neoclásica de Fierz y despegar del mundo material de la piedra hacia la elevación aérea y espiritual más contemporánea en las líneas, ondulaciones y pozos de aire de Calatrava. En este caso la arquitectura es testimonio indiscutible de la aventura humana.

En Japón, la escuela de Minami volvió a darle vida a este pueblo. La estructura de la firma de arquitectos Richard Rogers reactivó a la población de esta villa nipona cuyo alcalde no sabía cómo dar con un proyecto que permitiera reunir y regenerar la comunidad local ofreciéndole una identidad nueva y realzándole el orgullo. Había que encontrar una idea y el remedio fue un polo de enseñanza al margen del esquema japonés tradicional para asociar la enseñanza primaria y cursos de capacitación en la noche, permanentes, para adultos. El alcalde aceptó con ánimo la propuesta de su consejo municipal y hoy día Minami, situado a pocos kilómetros de Kioto, se ha convertido en un lugar de actividades atractivas y dinámicas. El conjunto escolar se compone de un desfiladero arquitectónico en la cima de unos cerros verdes de mediana altura, visibles desde todo el entorno ecológico regional. Para esta comunidad, encontrar la solución económica fue fundamental. Los arquitectos impusieron una trama ortogonal configurándola en tres dimensiones partiendo de un esqueleto de hormigón, megaestructura sencilla, construida y dispuesta en un sistema unitario abierto. El concepto del establecimiento retoma la idea de la casa. Es un volumen cálido donde todos los moradores se agrupan, pero visto desde el interior, el edificio se reviste como si fuera una fábrica. La escuela es el mismo centro de la edificación. El conjunto disfruta de una continuidad de módulos, de pasadizos hechos con acero ligero, plexiglás y vidrios que comunican visualmente en permanencia con las montañas del entorno. Los niños conviven de espacio en espacio, disfrutando de comedores abiertos a la panorámica y disfrutando en áreas específicas que comunican con los espacios de juegos al aire libre. Un gimnasio adaptado para adultos, adolescentes y niños desemboca en una piscina con diversidad de juegos acuáticos y de jacuzzis que recogen grupos de cuatro a ocho personas. Esta escuela tiene un corte longitudinal de módulos de colores vivos que desde el azul al rosado animan y despiertan el paisaje. El conjunto atrae al visitante y la ciudad del pueblo de Minami se ha convertido en el emblema local tan deseado por sus visitantes para volver a darle vida a un pueblecito cuya población declinaba. Esta edificación sigue seduciendo a arquitectos internacionales modernos que se inspiran de la tradición japonesa del espacio asociada a la búsqueda de materiales de presupuesto prudentes que permitan a las comunidades municipales atreverse en proyectos arquitectónicos vanguardistas al servicio de una realidad social. En este caso, la edificación permitió retener a la población en el pueblo y atraer adultos de la región para reforzar su capacitación profesional.

El siglo XXI llama a los políticos a tomar en cuenta la transformación de la sociedad, no solamente por la reducción de las horas de trabajo o del reparto de la posibilidad del trabajo, sino también por el tiempo libre que se le impone al ciudadano en la medida de su tiempo existencial. Un trabajador, obrero, técnico, ejecutivo, profesional, intelectual, creativo, despojado de su trabajo necesita invertir su tiempo existencial en un tiempo educativo a través del ocio, del deporte, del conocimiento y de su relación con el medio ambiente. Por esta razón el sociólogo y politólogo Jean Rémond declaró que “el siglo XXI será el siglo de la construcción del ocio colectivo como fuente de equilibrio colectivo”. En los suburbios de las grandes ciudades industriales de Europa, América y Asia las autoridades entienden que no puede haber paz y convivencia social si el ciudadano no se apodera del servicio que le ofrece el conjunto de las autoridades electas. Los diputados, los senadores, los síndicos y los regidores están invitados frente a la crisis laboral y financiera a utilizar cada vez más los recursos recaudados para ponerlos al servicio de la convivencia de paz intrasocial. Las estructuras, centros socio-educativos, escuelas, complejos deportivos, centros de investigación, deben ofrecer confort, inteligencia, educación, integración y rescate frente a las amenazas de la violencia y del fracaso. En el norte de Francia, en la región de Lille, Charlesville Beauvais y Lorraine, donde el cierre de las minas de carbón y el declive de la metalurgia significaron perdidas masivas de empleo, desestabilizando el equilibrio social, hizo que esta región se convirtiera en un espacio moderno de servicios, siendo hoy día una de las regiones de Europa de mayor dinamismo, que comunica Francia y el sur de Europa con los antiguos países del este, así como también con Polonia, Rusia y el Reino Unido. La ciudad de Lille y sus afueras se remozaron gracias a un nuevo plan urbano promovido, primero, por Pierre Mauroy, luego por Martine Aubry. El conjunto regional se ha convertido en un intenso centro universitario con ventanas y puertas abiertas al norte y al este de Europa que recibe estudiantes del mundo entero, formándolos en las carreras de alta tecnología, medicina, derecho y ciencias políticas, haciendo de este norte un puente de diálogo con toda la Unión Europea.

La ciudad de Lille está equipada con un servicio de transporte público, con un metro y un tranvía computarizados y ha convertido sus antiguos barrios habitacionales de mineros en un proyecto de hábitat a costo moderado que ha transformado todas las casas grises de ladrillos y chimeneas en residencias confortables para las clases populares, las clases medias, los estudiantes y los jubilados. En cada barrio popular reintegrado por nuevas arquitecturas al servicio del confort y de la convivencia social giran salones multiusos para la población que ofrecen vida abierta a las asociaciones sin fines de lucro, a los proyectos comunitarios y a la convivencia de la diversidad étnica, cultural y generacional. Este nuevo urbanismo y arquitectura que reintegra el pasado al presente identifica grupos sociales y culturales que al convivir instrumentados por un territorio arquitectónico portador de proyectos socioeducativos, evitan los dramas sociales del suicidio, la delincuencia juvenil, el alcoholismo y las diversas adicciones.

Los servicios del ocio al aire libre son propuestas y actividades cada vez más frecuentadas por los ciudadanos. La crisis económica y social ha impedido que muchas familias de la clase media, del sector popular y a veces de la burguesía, puedan vacacionar. Frente a esta situación, los consejos municipales, a través de sus departamentos de deporte y urbanismo, ofrecen espacios verdes que permiten descansar sobre un césped compartiendo un picnic barrial, poderse refrescar en piscinas de medio cuerpo, patinar por senderos preparados y también correr y practicar la caminata a través de trazados de aventura que permiten mantenerse en contacto con la naturaleza. Hoy día la ciudad puede proporcionar espacios libres preparados para recibir actividades de relajación y descanso campestre. Así sucede en Berlín, Estocolmo y en casi la mayoría de los países escandinavos cuya cultura está muy abierta a la naturaleza. El siglo XXI ha abierto en diversas universidades carreras de ingeniería medioambiental y arquitectura verde que invitan a las nuevas generaciones a concebir para las ciudades espacios privilegiados para reencontrarse con la naturaleza. Los parques, los jardines, los bosques, son pulmones de vida necesarios que hoy día están vinculados a casi todas las formas arquitectónicas abiertas y cerradas. La Biblioteca Nacional de Francia, construida en el distrito de París 13, aparte de parecer un libro abierto de plexiglás, contiene en sus bases pequeños bosques exóticos de árboles y helechos que recuerdan y nos referencian la materia que será la base para fabricar el papel natural.

La misma ciudad de París, en pleno verano, acarrea por el Sena toneladas de arena que conformarán las playas del proyecto Paris Plages. Los parisinos que se quedan en la ciudad durante todo el verano pueden acceder a los muelles del Sena y tenderse a leer una novela, bronceándose al sol de la capital francesa. Es un período del año donde la ciudad cambia de cara y de aspecto para compartir con sus habitantes momentos privilegiados y divertidos, atrayendo el mar al río, pues dos veces por semana los barcos de pesca llegan de Le Havre y, como en cualquier puerto de Normandía y de Bretaña, las amas de casa de los barrios circundantes bajan con la ilusión de llegar al muelle a comprar el pescado de la familia.

Estos son proyectos urbanísticos de duración limitada que provocan sueños haciéndolos realidad. El alcalde de París, Bertrand Delanoë, supo escuchar las voces de la diversidad de asociaciones ecológicas sin fines de lucro que, representadas por sus regidores del sector ecologista, alternativo, llevaron a los consejos municipales estas ideas de vida para la ciudad, nacidas en la misma ciudadanía. El alcalde actúa en este caso como actor de una decisión colectiva. En esta serie de ejemplos es difícil abordar toda la complejidad y los matices que revolucionan los proyectos urbanos y arquitectónicos del siglo XXI. La arquitectura y el urbanismo tienen nuevos desafíos, pues ya no se trata de generar obras monumentales, distantes, ajenas e indiferentes a la totalidad de los sectores interactivos que responden a la convivencia, al buen vivir, en el marco de un servicio para todos. Más que monumental, la arquitectura y el urbanismo del siglo XXI sirven a la colectividad, incorporando los valores del futuro: confort social, desarrollo cultural, convivencia, tolerancia e integración de todas las clases sociales, todas las culturas, con miras al futuro. Ver la ciudad, escuchar sus demandas, planificar su hábitat, ofrecer paz y convivencia en ella, son grandes desafíos que irán marcando los nuevos liderazgos del poder descentralizado en las regiones y municipios. En Francia, el gobierno de François Miterrand entendió que sólo una ley de descentralización, ajustada y aplicada a cada realidad socioeconómica, región por región, podía favorecer la visión democrática de un gobierno descentralizador que ofrece oportunidades de desarrollo a todo el conjunto nacional.

Ciudades como Montpelier, Marsella, Estrasburgo y Lille, demostraron que sus respectivos planes urbanos respondían perfectamente al plan social y económico de sus municipalidades. Descentralizar es ofrecer igualdad de oportunidades y hacer del desarrollo una alternativa para todos. El desarrollo urbano ya no se limita a las capitales de los estados. En Asia, Shangai compite con Pekín y vemos que en Shangai las autoridades están retomando, a través del desarrollo urbano de la ciudad, una nueva dinámica financiera y comercial, con la que las autoridades chinas y continentales deben contar. El gran caos de los países subdesarrollados se puede observar y canalizar estudiando el estado de los centros urbanos. Durante muchos años, Johannesburgo y Ciudad del Cabo fueron el reflejo del apartheid de Sudáfrica. Desde la transición democrática, impulsada por los gobiernos de Mandela, estos grandes centros urbanos sudafricanos aceleraron, rectificaron y pusieron al orden del día nuevos proyectos arquitectónicos para el hábitat de la población general sin que importe la pertenencia étnica y racial de los ciudadanos. Hoy día ya no estamos frente a los guetos que excluían, sino a intentos que tanto los políticos afrikaners como los líderes negros sudafricanos llevan para crear puentes de diálogos y de convivencia que amarren conjuntos urbanos fraccionados por la historia más reciente y convertirlos en ciudades de paz y tolerancia. El desarrollo urbano debe someterse a reglas claras, de propuestas y opciones que se desenvuelvan siempre bajo la ética de decisiones compartidas, concertadas, sopesadas, al servicio de las mayorías. Una ciudad falta a su vocación democrática cuando cae en el poder exclusivo de la especulación inmobiliaria sin la autoridad moral de la decisión tomada dentro de las normas que rigen las instituciones municipales y estatales. Cuando los estados se ponen al servicio de las apuestas y de las especulaciones urbanas, fallan al proyecto democrático.

Delia Blanco es doctora en Letras y antropóloga, crítica de arte y curadora independiente, miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).


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