Artículo de Revista Global 86

Bitácora mexicana 3: El Centro

Entre marzo y julio de 2018, viajé por la República Mexicana cubriendo la campaña presidencial para el medio independiente MexElects. En esta tercera y última entrega, les ofrezco una crónica de mis andanzas por el centro, incluyendo Michoacán, Querétaro y Ciudad de México.

Bitácora mexicana 3: El Centro

Morelia es una ciudad color de rosa. De la cantera rosa, es decir, usada para construir el centro histórico de lo que una vez era Valladolid y antes de eso, en la época prehispánica, Guayangareo. El nombre actual se debe a José María Morelos y Pavón, mártir de la Guerra de Independencia que nació en la ciudad en 1765. De hecho, por los pasillos de su alma máter, el Colegio de San Nicolas Obispo —frente a cuya sobria fachada empedrada estamos pasando en este momento— caminaron toda una sarta de próceres de la independencia, incluyendo a Miguel Hidalgo y Costilla, José María Izazaga e Ignacio López Rayón. Hasta tal grado llegó a ser conocido el colegio como un nido de revoltosos que el gobierno virreinal lo clausuró; hoy día, es la sede de la Universidad Michoacana. Y dado que sus estudiantes están marchando en las calles para conmemorar el aniversario 47 de la masacre estudiantil conocida como el halconazo, el espíritu contestatario no parece haber menguado demasiado.

Una muestra en grande de eso nos espera a unas cuadras en el Hotel Virrey de Mendoza, donde tenemos una cita con el doctor José Manuel Mireles. El 24 de febrero de 2013, después de doce años de sufrir las superlativas vejaciones del cartel Caballeros Templarios sin que una sucesión de gobiernos coludidos y corrompidos levantara un dedo para ayudarlos, Mireles y sus copartícipes de la comunidad de Tepalcatepec y tres municipios más de la llamada «Tierra Caliente» del estado de Michoacán se levantaron en armas, erigiéndose en los Grupos de Autodefensa Comunitaria. «Estábamos hartos de vivir en un pueblo sin justicia, sin ley, sin nadie que nos diera la mano», comenta después de los saludos iniciales. Alto y larguirucho, Mireles viene vestido con un chaleco y su clásico sombrero negro. Su mirada es desafiante y sus manos enormes parecen capaces tanto de operar a alguien como de destrozarlo. Le hago la pregunta obvia: ¿cómo pudieron enfrentarse a unos grupos criminales tan poderosos? «Queríamos morir luchando», contesta. «Ya no podíamos seguir viviendo. Pero tampoco aceptábamos morir hechos pedazos en una bolsa negra o con una piedra en un pie aventados a alguna presa o simplemente hervidos en aceite en algún cazo».

Las imágenes que evoca Mireles no son nada gratuitas: las dos niñas de un primo hermano, afirma, fueron asesinadas aun después del pago de un millonario rescate. Después de lidiar con el segundo secuestro en la familia de su hermana menor, su madre no pudo más y murió. Las cabezas de tres vecinos que se negaron a irse aparecieron una mañana en una glorieta. Y eso sin contar lo que veía en su práctica médica: niñas embarazadas, mutilaciones de todo tipo. Parece otro mundo, lejos de los arcos y columnas centenarios que nos rodean. Pero no es así: a escasos metros de aquí, al otro lado de la catedral en la plaza Melchor Ocampo, una granada de fragmentación detonó la noche del 15 de septiembre de 2008 en pleno festejo del grito de la independencia. Junto con otro bombazo cercano, sendas explosiones mataron a siete personas e hirieron a 132. Desde entonces, Morelia ha sido presa de espasmos de violencia periódicos. Y eso, hace notar el entrevistado, aunque la ciudad está llena de policías y de soldados de la 21 Zona Militar. «El gobierno del Estado jamás va a aceptar su incompetencia en brindarle seguridad pública al pueblo», sentencia. «Justo como el gobierno federal jamás va a aceptar su incompetencia en brindarles seguridad pública a los periodistas».

En cuanto a Mireles, además de las desgracias familiares, ha sufrido emboscadas, un accidente aéreo… y la traición oficial. Después de avalar inicialmente el proceder de las autodefensas, el gobierno de Enrique Peña Nieto las criminalizó, encarcelando al doctor durante casi tres años por posesión de armas propias del Ejército. «El crimen existe porque el gobierno lo permite. ¿Para qué nos hacemos pendejos?», concluye.

Al día siguiente, acompañados por el poeta, periodista y músico moreliano Caliche Caroma, decidimos visitar otra comunidad que, muy a su manera, ha enfrentado al crimen organizado: el pueblo purépecha de Cherán. Dirigiéndonos al paradero de camiones que se encuentra en la salida a Pátzcuaro, buscamos sin éxito una opción de transporte: todos los taxistas piden precios demasiado elevados. Luego, a la vuelta de la esquina, el chofer de un taxi destartalado, evidentemente un paria del gremio oficial, nos hace una oferta mucho mejor. Nos miramos entre nosotros, lo miramos a él, miramos con recelo el vehículo; subimos. Acabábamos de entregarnos —cosa que habríamos de aprender tardíamente— al cuidado de un conductor conocido por el nombre de Forrest Gump.

Ni bien salimos de la ciudad a la carretera, el coche empieza a renquear. Temo un problema mecánico, pero Forrest, orillándose, tiene una explicación más sencilla: se nos acabó la gasolina. Señalando con un dedo el indicador roto, afirma que normalmente lo calcula bien. Preguntamos si hay alguien al que puede llamar, pero él tiene una mejor idea: regresará con su bidón a la estación de servicio que pasamos hace como kilómetro y medio. Solo precisa de un adelanto de su pago. Envueltos en una de esas extrañas rachas de obediencia que conducen a la pregunta «¿Por qué demonios hiciste eso?», le damos el dinero y se va; al verlo correr, entiendo que su apodo está bien merecido. Por supuesto que se nos ocurre la idea de un asalto. Así que acordamos medio en broma escabullirnos por la pendiente en dirección a la fábrica de papel que se erige en la distancia. No resulta necesario, ya que, cual Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, Forrest con la mano extendida como si estuviera en medio de una canción, aparece en la puerta de un urbano. Y en la otra mano trae la gasolina.

Una vez que salimos de la carretera, el camino es de un lento ascenso entre un paisaje verde y boscoso. De repente, en medio de tanto bucolismo, nos topamos con un retén armado: hemos llegado a la entrada del municipio. Explicamos de qué trata nuestra visita y nos dejan pasar. Después de subir unos 300 metros, el clima es notablemente más fresco, con un ligero chipichipi de lluvia. En cuanto llegamos al Zócalo, Caliche se dirige directamente a un puesto de mariscos y cocteles de camarón y procede a atascarse de tostadas de ceviche. Me pregunto qué hace un puesto de mariscos en el centro de un pueblo de montaña antes de concluir que no entiendo México y nunca lo entenderé. Nosotros, más verosímilmente, optamos por un kilo de carnitas estilo Michoacán: carne de cerdo frita con manteca y jugo de naranja, las cuales se envuelven en las ubicuas tortillas de maíz para hacer un taco sabrosísimo y justamente famoso en todo el país. Saciados, nos ponemos a recorrer los murales que revisten las paredes, en las palabras de Caliche, una especie de cómic que narra la historia reciente de la comunidad, convirtiendo sus hazañas contra el narco en una epopeya tanto visual como actual, a diferencia de la vasta mayoría de los pueblos cuyas leyendas quedan cobijadas en una lejana manta mitológica. El primero, por ejemplo, muestra una figura antropomorfa con cabeza de tecolote: una representación de las guardias comunitarias que nos recibieron en la entrada. Lleva un jorongo de palma para protegerse de la lluvia, botas militares, un pantalón con camuflaje, un guaje para guardar su bebida espirituosa y, en lugar de un rifle, un azadón. Los tecolotes, por supuesto, no duermen de noche. Como si se sintiera aludida, una de las guardias —una mujer de unos 35 años, esta sí con cabeza humana— pasa a platicar con nosotros. Nos platica de los turnos que realizan, las rondas diurnas y nocturnas, cómo combina su vida familiar y laboral con su responsabilidad de proteger. El orgullo es palpable.

En el municipio, Enedino Santa Clara Madrigal, procedente del Consejo de Mayores, nos cuenta la historia. Antes, el pueblo estaba dividido por partidos políticos y un gobierno municipal que, a cambio de votos, otorgaba permisos para talar árboles en los bosques. Los permisos terminaron en manos de los carteles que, como buena mafia, diversificaban sus actividades para controlar más mercados, proporcionando, además, oportunidades para lavar dinero. «¿Con quién nos quejábamos —pregunta Enedino— si la misma autoridad era la que cobraba la cuota, si la misma autoridad comunal era la que daba los permisos para que tú subieras al cerro a talar? No podíamos confiar en nadie». Acudieron a los partidos políticos, al Congreso estatal, al gobernador, incluso a la presidencia. Nada. Acto seguido, formaron un comisariado de bienes comunales extraoficial. Pero la chispa que encendió la mecha ocurrió la madrugada de un viernes, el 15 de abril de 2011, cuando dos mujeres iban a la capilla para escuchar la misa y se toparon con una camioneta que bajaba del monte. El chofer intentó levantar a una de las mujeres. La acompañante empezó a aventarle piedras, primero sola y luego con la ayuda de un grupo de jóvenes trasnochados. Después, salió el resto del pueblo. Esto desencadenó una insurrección que terminó no solo con los talabosques sino —nada en Michoacán, al parecer, se hace a medias— con el sistema de partidos, el gobierno municipal y la instalación de urnas para las elecciones estatales y federales. En su lugar, y tras consultar con los ancianos del pueblo, instauraron un consejo cuyos miembros son elegidos por la gente reunida en las fogatas de cada barrio (un símbolo que figura de manera prominente en los murales). Y, siendo un pueblo indígena, los tratados internacionales respaldan su derecho de autodeterminación.

Camino de regreso, emerjo de las cavilaciones en las que me he sumido para comprobar que nos hemos parado otra vez. ¿Se ha vuelto a acabar la gasolina? No: desde la copa de un árbol de cerezas silvestres —capulines, pues—, Caliche está sacudiendo las ramas con energía mientras Forrest recoge la fruta que cae en unos trapos que habrá sacado de Dios sabe dónde. Nos dan a probar unas. Son agrias. Pero en última instancia, pienso, podemos hacer etanol del jugo si nos falta combustible para llegar a casa.

Después de rodar por un atajo demasiado empinado, Forrest escoge otra ruta y nos deja otra vez en el centro. «Márquenme», dice antes de desparecer en una nube de humo. En la noche, Caliche nos lleva al antro Tezla Music Gallery para escuchar una banda de son michoacano, que no es —entiendan bien— igual al son jarocho de Veracruz. Además de las diferencias de instrumentación (jaranas con el jarocho, guitarras de golpe en el michoacano, por ejemplo), el zapateo es mucho más agresivo y rápido en las variantes de Michoacán. Después de lo que hemos visto en estos días, esto no me sorprende en lo más mínimo.

***

Antes de llegar a Ciudad de México para el día de las elecciones, pasamos por Ciudad de Querétaro para cubrir el cierre de campaña de uno de los presidenciables. Es elegante y está llena de un placentero entramado de andadores y plazas. Mientras escuchamos la misma arenga por enésima vez en la Plaza de Armas —una de las consecuencias de seguir una campaña es que terminas conociendo el guion del candidato igual o mejor que el candidato mismo—, pienso en lo que dijo Enedino con respecto a la selección de los miembros del Consejo de los Mayores: «Aquí no se valen los discursos. Aquí no hay preparación de discursos como en los partidos políticos». Miles de reporteros de todo el mundo estarían encantados con esa propuesta.

Lo realmente instructivo es lo que pasa después del mitin. Estamos platicando con una de las fotógrafas, Miriam Martínez, del Diario de Querétaro, acerca de la censura en los medios de comunicación. Hace unas semanas, a Miriam le fue asignado un evento de un candidato a presidente municipal en el Mercado de la Cruz. Mientras se preparaba para tomar las fotografías, se encontró con una señora indigente que, sentada en el suelo, pedía limosna. «Cuando se acercó el candidato, todo se alineó para que quedara justamente atrás… haciendo a un lado a la señora», explica. «Tal vez por ser una persona que no tenía credencial, alguien que no les serviría a ellos electoralmente hablando». Miriam realizó la toma, pero, consciente de la línea editorial de su empleador, decidió no incluirla en el corte que entregó. En lugar de eso, la subió a sus redes sociales, desde donde empezó a viajar: en poco tiempo, había acumulado más de 25,000 compartidas, entre ellas la de un corresponsal de El País en México, lo cual hizo que se volviera un asunto internacional. Días después, el mismo candidato fue obligado a reconocer la potencia de la imagen, asumiéndola en sus propias redes con la promesa de combatir la pobreza. Posteriormente, la fotografía fue escogida para competir en el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuters, y ganó el segundo lugar en su categoría. Y nada de eso, claro está, habría pasado si hubiera entregado la foto para que fuera descartada en la papelera de algún editor.

«¿Te regañaron?», pregunto. «Sí, aunque me lo esperaba. Pero es la libertad que tenemos como profesionales. Mostrar una realidad, un contexto social que te parezca interesante y que pueda mover conciencias». «¿Pueden cambiar los medios?». Miriam se muestra pesimista. «No creo. Son empresas que tienen sus clientes». Para eso, afirma, están las redes.

***

En Ciudad de México, recogemos nuestras credenciales para ser observadores electorales antes de dirigirnos a la delegación Benito Juárez, donde tenemos una entrevista con uno de los observadores políticos nacionales más agudos: el autor y periodista Jenaro Villamil, de la revista Proceso. La cita se realiza en un restaurante frente al Parque Hundido, esta extraña creación que, como Holanda con el mar, se extiende por debajo del nivel de la calle. En las condiciones actuales, es difícil no verlo como metáfora del país.

Nuestra charla con Jenaro es extensa: además de las inminentes elecciones, por supuesto, abarca la historia reciente que nos llevó a este punto de violencia. De todo eso, lo que más se queda conmigo es su descripción de lo que está realmente pasando: una eugenesia social. «La tecnocracia y la cleptocracia para que funcionen necesitan deshacerse de los prescindibles», dice. «Es decir, deshacerse de los que ya no pueden ser incorporados por el sistema económico… Hay un modelo genocida en esto. Tú llevas a los muchachos y a las mujeres jóvenes al matadero. Ya que no tienen opciones de ingresar al sistema educativo y que este sistema te permita llegar a ser clase media, el narco, la criminalidad les dan esa sensación de que en realidad están entrándose a un sistema. No: simple y sencillamente se vuelven prescindibles. El sicariato, lo que pasó en Colombia y Centroamérica con las maras y todo este modelo de criminalización de la juventud; en el caso mexicano es exactamente lo mismo, pero esto sí es una historia más reciente, de doce años, desde Calderón a la fecha».

Con este sobrio análisis flotando encima de nuestras cabezas, nos levantamos en la madrugada del 1 de julio. Todavía está oscuro mientras cruzamos un centro histórico sonámbulo para reunirnos con los demás integrantes de la Red Universitaria y Ciudadana por la Democracia (RUCD), con los que realizaremos la observación electoral. Nos han asignado la demarcación brava de Iztapalapa, ubicada en el vaso del lago de Texcoco, en el este de la ciudad. Cuando llegamos, la fila para votar ya se extiende lejos de la entrada de las casillas, que todavía están en proceso de instalarse en una cancha deportiva. «Lo precario que se ve todo», dice un observador chileno, miembro del grupo. «En Chile, siempre votamos dentro de un edificio sólido, una escuela o algo así». Y tiene razón: tal como se ve, bastaría una sola ráfaga de viento —ni hablar de un buen chubasco— para acabar con el conjunto de polipropileno, cubierto solo en parte por una precaria lona.

Frustrados por la demora, los votantes que están afuera empiezan a agitarse. Llega un señor con un grupo de seguidores que intenta esquivar la fila e ingresar directamente, lo cual provoca más roce. Hay algo raro: varios de los que esperan tienen unas pulseras brillantes en las muñecas que no intentan ocultar. ¿De qué se trata? Al parecer, descubrimos después de informarnos, es un mecanismo de compra de votos: el elector entra en la casilla, toma una foto con la boleta marcada y la pulsera, luego acude a una cercana «casa amiga» para recibir su pago. Tan descarado es el proceso que otro de los observadores, harto del espectáculo, espeta «NO TELEFONO», sin pronunciar el acento, a una mujer que está sacando su teléfono para hacer su toma. La mujer se queda adentro de la casilla mucho tiempo, claramente desconcertada, antes de salir con una mueca. No tendrá su pago hoy. Me pregunto en qué pensaba gastarlo: ¿en un lujo frívolo o en algo realmente necesario?, ¿medicina, comida, ropa infantil? En una sociedad mercantilizada a ultranza, el sufragio no es más que otra cosa que vender.

A las nueve de la noche, entramos en el Zócalo para hacer nuestra transmisión en vivo. En la radio, camino de regreso, un candidato reconoce su derrota; al llegar al centro, otro más lo hace. En esta ocasión, habrá un claro ganador y una celebración inequívoca. De los coches, pitazos; de las ventanillas, banderas ondulantes. Llanto de personas que pensaban que el momento nunca llegaría, que el fraude era inevitable. Llega el presidente electo para dar un discurso (¿dónde estás, Enedino?). Canto espontáneo del himno nacional. Muy pronto, el país despertará a la atribulada realidad de su condición. Pero hoy una población que ha sufrido tanto, tanto, tanto está en todo su derecho de festejar en grande. No hay nada más mexicano que la fiesta.

Kurt Hackbarth es politólogo, narrador y dramaturgo estadounidense. Se graduó summa cum laude en la Universidad Fairfield en 1996. Se estableció en la ciudad de Oaxaca en 1999 y desde 2007 es ciudadano mexicano. Es autor de las obras de teatro La [medio] diezmada (2011) y El óstrakon (2012), así como del libro de cuentos Interrumpimos este programa (Editorial Ficticia, 2012). Su sitio web es <kurthackbarth.com>


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