Artículo de Revista Global 84

Bitácora mexicana: El sur

Entre marzo y julio del 2018, viajé por la República Mexicana cubriendo la campaña presidencial. Por un lado, descubrí un país suspendido entre el trauma de la violencia y los desastres naturales, y por el otro, la resistencia de una cultura milenaria que ha aguantado lo imposible. En esta primera entrega de mi recorrido, me concentro en el sur mexicano, específicamente en las ciudades de Juchitán, de Salina Cruz y de Guelatao, cuna esta última de Benito Juárez.

Bitácora mexicana: El sur

La primera parada en nuestro recorrido es la heroica ciudad de Juchitán de Zaragoza, ubicada en el istmo de Tehuantepec, en el sur del estado de Oaxaca. A pesar del nombre ilustre –fue cuna de la cultura zapoteca y el primer municipio de la historia de México en desafiar con éxito al PRI–, la ciudad aún se ve postrada por el sismo de 8.2 grados que el 7 de septiembre del 2017 devastó la región. Varios meses y cientos de réplicas después, montones de escombros alternan con materiales de construcción y en las calles abundan las casas arruinadas y los lotes baldíos. En total, un 85% de los inmuebles de la ciudad ha resultado afectado, entre ellos nuestro hotel, el Central, cuya pared posterior sufrió graves daños y la pérdida total de una estructura que se contaba entre las más viejas de la ciudad. Pero el Central cuenta con una característica innegable: a diferencia de los edificios aledaños, sigue en pie. Mientras subimos la escalera que conduce a nuestras habitaciones, podemos divisar a través de un hoyo lo poco que queda de uno de ellos.

Como el mercado se ha vuelto inhabitable lo han ubicado en el Zócalo. Una densa fila de puestos rodea la plaza, ofreciendo pescado seco, camarones, frutas con chile, tocados de fiesta, flores y fritangas. Inhabitable, también, está el bello palacio municipal, que se remonta a 1860: un ala ha colapsado y una manecilla del reloj gira incapaz de ponerse de acuerdo con la otra acerca de la hora. Un airado debate prosigue acerca de cuáles de las estructuras históricas pueden, o deben, ser restauradas y cuáles, de plano, demolidas. Incluso han circulado rumores de que la alcaldesa quiere sacar a los mercantes del centro. Pero dado que el mercado ha ocupado este sitio desde los días del rey Cosijopí, cualquiera que osara cambiarlo de lugar enfrentaría una batalla campal.

«Quedamos sin luz eléctrica, sin agua, sin alimentos, sin tiendas, nada», afirma Gubidxa Guerrero, presidente del Comité Melendre, una organización civil que se formó en el 2005. Aunque su objetivo original era divulgar aspectos de la identidad regional como la música, la literatura y la lengua zapoteca, fue incursionando con el tiempo en temas como la participación ciudadana y la mediación política en conflictos sociales. Cuando ocurrió el terremoto, contaba con un método de trabajo, aliados estratégicos y una amplia red de voluntarios que le permitía ponerse en acción mucho antes de las instancias oficiales. El problema radicó en que, además de tardar una semana antes de empezar a repartir ayuda, el Gobierno desautorizó cualquier centro de acopio que no fuera del Ejército o la Cruz Roja. «Ante una destrucción del tamaño que hubo, con dos o tres mil soldados no puedes distribuir ayuda para un cuarto de millón de habitantes», dice Guerrero. «Los soldados estaban tratando de rescatar a los heridos debajo de los escombros; por tanto, no podían estar repartiendo despensas. Pero fue a ellos a los que se les designó esa tarea […] Y al descalificar a la sociedad civil como receptora de la ayuda humanitaria, se imposibilita esa otra vía». Cuando la población se dio cuenta de que los organismos oficiales estaban rebasados, agrega, desoyó las advertencias y empezó a acudir a centros de apoyo como los de ellos.

La tragedia también tuvo toques muy personales: entre las casas que se cayeron estaba la de Guerrero. Y en una de esas ironías que te hace reír con tal de no llorar, el departamento de Luis Amador, juchiteco radicado en la Ciudad de México que nos acompaña a la mesa de un restaurante, quedó inservible después del terremoto de 7.1 grados que devastó aquella ciudad el 19 de septiembre, dos semanas después del de Juchitán. «Yo vivía en Tlatlelolco, el edificio estaba muy dañado y tuve que buscar, junto con más de 80,000 personas, un nuevo lugar donde vivir», explica. «Pero, mientras, estaba sin poder tampoco regresar a mi trabajo porque mi edificio estaba en revisión, como miles en la Ciudad de México, ese lapso lo utilicé para representar [a Juchitán]». Desde la capital, Amador ayudó a formar una red que coordinaba la ayuda proveniente de varias partes del país y destinada al Istmo. «Muchas de las cosas que llegaron a Juchitán se hicieron vía Ciudad de México, tanto desde las terminales de transporte como desde el aeropuerto, para llegar a Oaxaca y de Oaxaca para acá», dice. «Hicimos una suerte de nodo terciario […], prácticamente era la única manera para proveer de víveres al Istmo».

La charla anterior hace surgir varias reflexiones.  Reflexión número uno: no se puede divorciar el activismo político de lo cultural. Es patente que el fervor que condujo a la elección del primer ayuntamiento de oposición en los años ochenta no pudo haber existido sin el trabajo previo de reivindicación de la identidad indígena del Istmo, tarea que continúa hasta la fecha por parte de organizaciones como el Comité Melendre. Y reflexión número dos: en el vacío dejado por las instancias oficiales en esta y tantas otras ocasiones, es el tejido de la sociedad mexicana, reflejado de manera más contundente en los pueblos del sur, lo que la ha permitido sobrellevar incontables crisis como la de los sismos del 2017.

Cuando salimos del restaurante fuimos a la Casa de la Cultura, fundada en 1972 por el pintor Francisco Toledo y elemento clave en el renacimiento zapoteco de las últimas generaciones. En el patio de la casa, unos soldados aprovechan la sombra del pasillo para descansar. A mano derecha, en el atrio de lo que queda de la iglesia de San Vicente Ferrer, un coche aplastado por trozos del templo –que se convirtieron la noche del desastre en lluvia mortal– parece parodiar una instalación de escultura contemporánea. Mientras observamos la destrucción en el centro caso tras caso, en los barrios aledaños están ocupados en la tarea de reconstruir los hornos comunales con los que muchas mujeres zapotecas abastecen a sus vecinos de las tortillas tostadas llamadas totopos, producto tan imprescindible que incluso los migrantes los cargan consigo en sus viajes. Habrá Juchitán para rato.

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Cuarenta y cinco kilómetros al sureste, en la ciudad de Salina Cruz, las cosas son muy diferentes. Aunque se ubica más cerca del epicentro del sismo, el daño que observamos al entrar en la ciudad es considerablemente menor. La razón es geológica: mientras Juchitán se edificó sobre el suelo suave de la llanura aluvial del río Los Perros –más cerca, además, de las fallas– Salina Cruz descansa encima de tierra más rocosa. Y las diferencias no terminan ahí. Mientras la historia de Juchitán se remonta al siglo XV, Salina Cruz fue diseñada por la empresa británica Pearson, la misma que construyó el ferrocarril que cruzó el istmo de Tehuantepec a principios del siglo XX, uniendo los océanos Pacífico y Atlántico en los años anteriores a la apertura del canal de Panamá. Es decir, Salina Cruz nació como resultado de una serie de «megaproyectos», para emplear la terminología actual, entre ellos el puerto y el tren. Y tales megaproyectos no han terminado en la región desde entonces, con la construcción de la presa Benito Juárez en los años 60, la Refinería del Pacífico en los 70 y el parque eólico La Venta en los 90. Ahora se está hablando de convertir el área entera en una «zona económica especial» –básicamente un paraíso fiscal para empresas que, de paso, eliminan las protecciones legales contra los proyectos depredadores– para atraer más inversión, más empleo. Con cada nuevo proyecto, se ha prometido prosperidad, bienestar, crecimiento. En esto último han cumplido: la población ha crecido el triple. Pero los sueños tanto de nativos como de migrantes siguen retrocediendo, como el horizonte que se ve al otro lado de la vasta extensión de mar que se abre frente a nuestros ojos.

«Salina Cruz siempre ha funcionado en función de las necesidades del exterior», nos dice Rafael Mayoral, oriundo de la ciudad y presidente de Pobladores Oaxaca, organización que promueve la vivienda sustentable a base de materiales y tradiciones locales. Estamos sentados en la terraza de un hotel del centro tras escapar del escándalo de una perforadora que nos llevó a preguntarnos si acaso estaban buscando un nuevo yacimiento de petróleo. «La refinería no ha resuelto los problemas de la región; al contrario, los ha agravado», precisa Mayoral. «Daña toda la producción de pesca y camarón en el litoral oaxaqueño. Nuestra playa, La Ventosa, perdió todo su encanto. Y cuando hay un problema en la refinería, la cierran y prohíben la pesca. Además, los empleos no son para toda la población. La gran mayoría de la gente que llega a la ciudad encuentra trabajo en los momentos de construcción como albañiles, peones, soldadores, traileros, pero es temporal; muchos de los trabajos permanentes en la refinería son para los que llegaron de fuera, de zonas petroleras previas. Hay un sector tremendamente privilegiado, con salarios muy altos, pero hay una enorme cantidad de población que está apenas sobreviviendo».

A diferencia de Juchitán, sin embargo, esa enorme cantidad de población apenas se ve. Una parte se distingue en las colonias informales que ocupan los cerros circundantes, pero en el centro, con sus calles rectas trazadas con la misma regla inglesa que creó las fatídicas fronteras de los países del Medio Oriente, falta el bullicio, falta el color. Falta vida. Con una sonrisa burlona, pregunto a Mayoral si está en contra del progreso.

Mi interlocutor expulsa una carcajada. «Más allá de que me oponga al desarrollo, si uno hace un proyecto [el del puerto y ferrocarril] y al paso de los años se da cuenta de que ya no sirve, y luego haces la presa y luego vienes con la refinería y vuelve a pasar lo mismo, valiera la pena hacerte la pregunta de qué está pasando, ¿no?». Su mirada se torna nostálgica. «La ciudad de hoy es mucho peor que la ciudad en la que yo crecí. Salina Cruz era hermosa; podíamos ir a la playa, teníamos un muelle donde caminar. Ya no. Podíamos ir a la zona de los barcos pesqueros –yo lo hacía de niño–. Te ibas tempranito porque a esa hora llegaban y ayudabas a los pescadores a bajar los sacos y al final te regalaban un saco de pescado, una cubeta de camarón. La gente humilde podía conseguir pescado casi regalado. Pero esa ciudad desapareció. Se volvió desordenada, caótica, sin agua, con el monstruo de la refinería y el riesgo de explosión, con una población que vive sin rutas de escape. Y ahora resulta que vienen con el mismo cuento de los megaproyectos». Añade que esto va a generar tensiones, ya que el municipio se verá obligado a suministrar agua –que ya escasea– a las empresas que lleguen a instalarse en la zona económica especial. «O estalla la gente o el medio ambiente», concluye.

«O los dos», digo.

«O los dos», concuerda.

Antes de partir, tomamos un taxi para subir a una suerte de mirador que ofrece una vista despejada de la refinería. Y ahí está, extendiéndose en el valle, un Mordor moderno con sus chimeneas y tanques, fuego y humo. Detrás de nosotros, filas de casas grises suben los cerros bajo un sol penetrante, sus ocupantes esperan la llegada de la prosperidad.

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El taxi colectivo serpentea por la carretera 175, que sube desde los valles centrales de Oaxaca hasta las montañas de la Sierra Norte. Estamos en dirección opuesta a la ruta que hizo el mítico presidente Benito Juárez, un indígena zapoteco que bajó a pie del pueblo de Guelatao en diciembre de 1818 para llegar a ser gobernador, presidente de la Suprema Corte de Justicia y, posteriormente, presidente de la república, que no solo desamortizó los bienes de la Iglesia sino que condujo el país a través de una guerra civil y lo hizo resistir la intervención europea que terminó con el fusilamiento del efímero emperador Maximiliano de Habsburgo.

En una curva grande, bajamos y entramos caminando. Guelatao es un pueblo acogedor, con sus casas bien cuidadas, su explanada grande y la laguna Encantada que se extiende detrás del palacio municipal. A un lado de la explanada, un pequeño museo detalla la vida y las obras del «Benemérito de las Américas», y, frente a la laguna, hay una réplica de la casa que habitó hasta su partida a los doce años, quizás para evitar un regaño por la pérdida de una oveja. Y hay otra cosa, menos esperada: una bonita sala de cine con 75 butacas, un café y una programación digna de los cines de arte en cualquier urbe del mundo. Pero no es nada más un lugar para ver buenas películas; según su director, Alain Santiago, es el resultado de varias generaciones de personas interesadas en aprovechar la comunicación para fines comunitarios, cuyos frutos incluyen la primera radiodifusora en los años 90, la primera estación de radio comunitaria en los 2000 y, a partir de 2017, el cine. «Hace 30 años se empezó un proceso de resistencia en toda esa franja de la sierra», dice. «El CineToo es la culminación de este ciclo». Y cuando habla de resistencia, es en serio: trabajando en conjunto, los pueblos de la Sierra Norte lograron cancelar las concesiones forestales de la empresa papelera FAPATUX en los años 80, retomando el control de sus propios bosques; en el pueblo cercano de Calpulalpan, han logrado una serie de clausuras de la mina Natividad, operada por el consorcio canadiense Continuum Resources LTD. Hoy día, esta misma zona está salpicada de senderos para caminar o hacer bici de montaña, tirolesas, cabañas agroturísticas y estanques para el cultivo de truchas. Aunque no han logrado ser completamente autosustentables –las remesas de los que trabajan en otras partes de México o Estados Unidos siguen siendo una fuente importante de ingresos–, los pueblos de la Sierra Norte, gobernados en su mayoría por asambleas y sin la intromisión de partidos políticos, representan un vivo ejemplo de que otra forma de organizarse en sociedad es posible.

Además de su cartelera para el público, CineToo organiza funciones semanales para los alumnos del bachillerato y para los niños del internado que llegan desde 52 diferentes comunidades a Guelatao a estudiar.  Entre las proyecciones hay documentales sobre asuntos locales y la cosmovisión indígena. Le pregunto a Santiago, que ya vivió varios años en la ciudad de Oaxaca, por qué decidió regresar. «Nosotros somos el resultado de la adecuación», dice reflexivo. Explica: «Los que se dedican a teorizarlo lo llaman la imposición, la resistencia, y el choque de esto es la adecuación. Varios compañeros tuvieron la oportunidad de salir… Vimos cómo estaba la situación ahí y, lejos de decir: “Ya no regreso a la comunidad, aquí me encierro”, nos dijimos: “Algo está pasando ahí, a lo mejor hay que regresar, ver qué no está funcionando, por dónde podemos entrar, seguir con el trabajo que se venía desarrollando”. Otra vez involucrarnos en la vida comunitaria, los cargos, lo que implica estar en la comunidad. Aquí no te detienes: todo el tiempo estás activo, aunque sea sábado o domingo, si no hay tequio [trabajo comunal], hay asamblea… es siempre movimiento».

Además de los elementos que menciona Alain Santiago, resulta que hay uno más que es clave para la vida comunal: la fiesta. Estamos platicando en el café del cine con Aldo González Rojas, de la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca (UNOSJO), organización que trabaja en la región del noreste de la Sierra, conocida como «el Rincón», en pro de la libre determinación de los pueblos indígenas. Y menciona que han llegado contingentes del norte del país –por ejemplo, desde el estado de Coahuila, que tiene más de 2000 concesiones mineras vigentes– para aprender a hacer una fiesta comunal. «Han perdido hasta la capacidad de festejar –dice González–. Es una situación realmente terrible la que se está viviendo en muchos lugares, sobre todo donde no hay comunidades indígenas; el capital entra de la manera más fácil. Este sentido de identidad le puede dar cierta confianza a una comunidad de que puede resistir el embate de estos megaproyectos. Pero necesitamos fortalecerlo más aún. Y con información». «La fiesta me parece algo tan intrínseco al carácter mexicano –comento–; no deja de sorprenderme que haya partes del país que la han olvidado». «La fiesta significa también trabajo –precisa González–. Significa un trabajo organizado para el disfrute colectivo. La fiesta, el tequio, la asamblea y la propiedad colectiva de la tierra son las cosas que nos han dado más fortaleza en la región».

Regresamos a la calle para tomar un colectivo de regreso. Mientras esperamos, nuestra camarógrafa, Nidia, se pone a jugar con un niño que está con su abuelo en una tienda humilde frente a la entrada del pueblo. Comparten dibujos y juegos y una excavadora de plástico que hace camino por la tierra suave. Cuando el transporte finalmente llega, el chiquito insiste en que regresemos otro día para jugar más. Decimos que sí pero sabemos, con toda probabilidad, que no será así. Una mentira piadosa, tal vez. Pero, al subir al coche, se me ocurre que tenemos mucho por aprender aún acerca de la comunalidad.

Kurt Hackbarth es politólogo, narrador y dramaturgo estadounidense. Se graduó summa cum laude en la Universidad Fairfield en 1996. Se estableció en la ciudad de Oaxaca en 1999 y desde el 2007 es ciudadano mexicano. Es autor de las obras de teatro La [medio] diezmada (2011) y El óstrakon (2012), así como del libro de cuentos Interrumpimos este programa (Editorial Ficticia, 2012). Su sitio web es <kurthackbarth.com>.


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