Artículo de Revista Global 15

Bonó o la fenomenología del alma dominicana

La actualidad del análisis de Pedro Francisco Bonó, pionero del pensamiento sociológico en el país, viene a estas páginas para recordar a quien analizó sin miramientos la realidad nacional de su época, pero que fue más allá de un mero pesimismo que solo tomara en cuenta la pasividad y al ausencia de “virtud política”, viendo en las cualidades individuales del dominicano la posibilidad de un futuro mejor.

Bonó o la fenomenología del alma dominicana

Estudié por primera vez los escritos de Pedro Francisco Bonó en la década de los años setenta del siglo pasado. En aquel entonces me interesaban de manera apasionada dos autores: en el ámbito filosófico, Georg W. F. Hegel, y en el antropológico, Bonó. El filósofo alemán trata un tema que me atañe de manera visceral: ¿cómo ser ferviente adepto de la Revolución Francesa y, a pesar de todas las contrariedades que esto implica, seguir siendo cristiano (luterano)?

De manera concomitante, mi pasión por Bonó se inició por simple empatía cuando comencé a cuestionar el sistema cultural dominicano luego de haber sido testigo silente, por no decir oculto, de la Revolución del 65. Con una problemática análoga a la de Hegel, Bonó, tenido por muchos como pionero del pensamiento sociológico en el país, analizó en pleno Siglo XIX, tanto las revueltas que convulsionaron y desinstitucionalizaron la sociedad dominicana en los años subsiguientes a la Guerra de la Restauración, como la ideología que se perpetúa en medio de esas escaramuzas históricas.

Gracias a su talento analítico, el pensador francomacorisano generó una comprensión original de la sociedad dominicana que, aun cuando no dio pie al surgimiento de una escuela de pensamiento propiamente dicha, guarda toda su actualidad. Se trata, en verdad, de una reflexión propia que no se reduce, sino que supera y desborda ese fenómeno tradicional que ostenta el nombre de marca desde inicios del siglo xx, de “el gran pesimismo dominicano”.

Pasividad

Para Bonó, el debate nacional se circunscribe desde tiempos arcaicos a dos extremos de una misma realidad: de un lado, un ejercicio autoritario del poder (ejemplificado, entre otros personajes, por Roldán, Santana, Báez y Ulises Heureux), y del otro, “una pasividad absoluta en el carácter nacional, que lo hace aceptar sin resistencia ni discusión las combinaciones bastardas de todos los políticos aventureros o de ocasión”.

El rasgo distintivo de la ideología que resulta de esa realidad es el endiosamiento del poder gubernamental. “En el país existe una honda creencia, una opinión arraigadísima que el Gobierno lo sabe, lo hace y lo puede todo. Los males y los bienes vienen del Gobierno. Si hay que remediar algo, que el Gobierno lo remedie; si el trabajo no vale, que el Gobierno lo haga valer; si el azúcar baja de precio, que el Gobierno lo haga subir.”

Esa convicción marcó los patrones de comportamiento cultural de la sociedad dominicana debido a tres fenómenos que le sirven de fundamento:

1. “La carencia absoluta de espíritu público” que predomina en la República. En otras naciones la inercia ciudadana es el resultado de factores tales como el racismo o las castas, pero dado que “aquí [en la República Dominicana] no hay castas, lo de raza ha desaparecido hace tiempo; verdadero ejército no tenemos”, ¿cómo se justifica entonces esa falta de espíritu público?

“Desde la España Boba se notó, con más evidencia que nunca en las clases superiores dominicanas, una insuficiencia absoluta en la ciencia de mando; esta nulidad absoluta influyó como era natural en las opiniones populares, dando a las masas una dejadez que las apartó y desinteresó de la cosa pública y las puso pasivas y maleables como la cera.”

2. El segundo pedestal que propicia el endiosamiento gubernamental es “el deísmo con ribetes de ateísmo profesado por la mayoría de la clase letrada dominicana”.

¿Qué efectos acarrea ese deísmo difuso e inarticulado?

“Puede contentar y satisfacer a un escaso número de espíritus superiores, pero no a las masas populares; no da al inmenso número de sencillos, pobres de espíritu, hambrientos y sedientos, reglas seguras, autorizadas e incontrastables de moral y contención… Por abandonar la adorable doctrina de Jesús, estamos cometiendo las mayores locuras y pereceremos por nuestros desórdenes. El primero en línea que se nos ha presentado es la corrupción, y nos ha invadido de una manera tan violenta, que pocos han escapado ni escapan a sus certeros tiros.”

3. El tercer puntal de la inercia generalizada de la población “es más grave que ninguno y de más difícil remedio” porque “el pueblo dominicano no se ha penetrado bien de los austeros deberes que tienen que cumplir todos los pueblos libres, bajo la sombra de la bandera democrática”.

Que no pase desapercibida la originalidad de esa afirmación. La misma rompe con cualquier modalidad de pesimismo dominicano, pues éste se basa en individuos carentes de valores personales y morales; pero al mismo tiempo critica toda manifestación dominicana como conglomerado nacional, debido a que éste no tiene una misión que cumplir en el concierto de las naciones libres. En efecto:

“Nuestro pueblo tiene prendas relevantísimas individuales, es bravo, audaz, es bondadoso, hospitalario, sencillo, trabajador, inteligente, emprendedor. Separadamente, individuo por individuo, es de lo mejor que hay en el mundo, pero tomado colectivamente es casi inútil; no tiene la sociedad dominicana esa cohesión indispensable de toda agrupación humana que quiere ser definitivamente independiente, dueña absoluta de sus destinos. El fondo de nuestro carácter nacional lo constituye el particularismo, el individualismo; no se percibe en ninguno de sus actos la nota predominante que constituye el alma de las naciones estables.”

Cabe preguntarse entonces, ¿por qué aquellas cualidades de dominicanos y de dominicanas que, de manera aislada, “es de lo mejor que hay en el mundo”, no superan las barreras de lo individual para abandonar un estado de mera aglomeración y superarse más bien en una colectividad verdaderamente nacional?

La respuesta de Bonó no se hace esperar. Los responsables del enclaustramiento de las prendas personales y morales de la población son los partidos políticos y lo que éstos generan, a saber, rebatiñas políticas y sucesivos gobiernos que conducen indefectiblemente a la disolución nacional. “Todos los partidos de mi país… son de la misma clase de políticos, gentes a juzgar sin caridad ni patriotismo. A cada revolución aparecen una, diez, veinte personas de buena voluntad y de talento que al fin de cierto tiempo quedan ahogadas en el océano del egoísmo de los políticos y es por esto que vemos siempre sobre el edificio de los pueblos la caja de Pandora. Y es por esto que nosotros no veremos lucir días espléndidos para la Patria, y eso por lo que en uno de estos días ella cesará de ser.”

Virtud política

En la era de la Revolución Bolivariana y de tantas otras manifestaciones que la emulan y que la preceden, las palabras de Bonó son proféticas. Pero no sólo porque los partidos políticos están sometidos a la “corrupción” “nuestro gran mal, mal que nos circunda y nos tiene bien cerca de la muerte”, sino por la adversidad mayúscula que sus palabras avizoran.

“He tenido por principio después de haber hecho los estudios generales filosóficos, de estudiar a fondo nuestra sociedad, de estudiar la República Dominicana, y me ha parecido entender que ella no tiene las condiciones necesarias para ser autónoma bajo el estandarte democrático puro. No tiene las ruedas necesarias para esta maquinaria, a la vez que le falta la rueda matriz: la virtud política.”

No obstante, lo anterior, la ausencia de virtud política escondida detrás de la pasividad cívica, y aupada por el egoísmo y por la falta de patriotismo de los políticos, no es la realidad más profunda a la que se somete el individualismo que caracteriza nuestro carácter nacional. Y por eso es el mismo Bonó quien de inmediato advierta que, lejos de quedar cruzado de brazos, “es preciso que, entregados a nosotros mismos, encontremos una salida para llegar a la felicidad, y llegaremos”.

La salida en cuestión apunta a la esencia del ser dominicano, esencia que se descubre con plenitud en el alma dominicana una vez que se dirige la atención hacia la iniciativa privada y se resta relevancia al ámbito de influencia política. Si se dejara la exposición entrecogida por la disyuntiva “revoluciones políticas/pasividad de la población”, Bonó terminaría su reflexión hundido en el desengaño. Sin embargo, a diferencia de lo que acontece con tantos pensadores posteriores a él, el autor francomacorisano no reduce la población dominicana a simplemente ser un aglomerado de bebedores, de mujeriegos, de apostadores y jugadores de gallo, de gente pendenciera, desnutrida y analfabeta, sino que reconoce en ella a una multitud de individualidades bondadosas y trabajadoras.

Por ello reconoce el remolino alrededor del cual oscila la historia patria…:

“La sociedad dominicana vista por el lado de sus manifestaciones periódicas convulsivas, deja en el espíritu un hondo sentimiento de pesar y de tristeza. El espectáculo de un pueblo turbulento, mal avenido siempre con el Gobierno que acaba de elegir, y el de este Gobierno siempre descontento con la ley que lo ha creado; del primero, conspirando o en actitud de conspirar contra el segundo, y éste demoliendo o amagando demoler las leyes que protegen al ciudadano, bajo el falaz pretexto unos y otros, de encontrar por esos rumbos, el camino de la libertad, del reposo y del orden.”

…y lo disuelve en una realidad fundadora mucho más original que cualquier forma de pasividad e inercia resultante de las injustificables arbitrariedades del poder gubernamental:

“Si se estudia con detenimiento y por partes a este mismo pueblo tan ardiente y agitado, previa abstracción de los políticos de profesión y de los codiciosos del presupuesto, se notará en todas las clases elementos de culminante vitalidad, propensión decidida al progreso, y además un trabajo latente de orden y organización.”

Pujanza

Es esa pujanza y son esos deseos de orden, de organización y de progreso los mismos que hoy por hoy descubro en las filas de cientos de miles de profesionales, de emigrantes nacionales y de empresarios, notablemente de micro, pequeñas y medianas empresas, los que Bonó reveló en pleno Siglo XIX, a partir de la organización social que sustentó la siembra, el manejo y la exportación de la hoja de tabaco criollo. Actividad ésta, dicho sea de paso, que provenía de la iniciativa de cientos de empresarios nacionales e internacionales del tabaco, al igual que de miles de minifundios cibaeños, acogidos todos ellos a un régimen de propiedad privada y de libre comercio.

Justamente, es al enriquecedor empuje de cosecheros y de peones, de comerciantes, de obreros de almacenes, y de empresarios del tabaco y de otras industrias a los que Bonó dedica sus páginas más brillantes: Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas, páginas que deben ser lectura obligatoria para cualquier estudioso de la sociedad dominicana. A partir de ellas, la esencia del alma dominicana asciende, como el ave fénix, de las cenizas del liderazgo gubernamental y de la clase política, y redime al intelectual que siempre fue Bonó de cualquier dejo de “desaliento”.

“Todo lo verdaderamente bueno que observo se ha hecho o está en camino de hacerse, fue o es debido a la iniciativa de los ciudadanos, nada se debe a los gobiernos… Ellos [los gobiernos] sólo aparecen en el movimiento y desarrollo del trabajo del dominicano, como barrera sistemática. En la historia patria, sólo se registran dos o tres disposiciones que protejan el trabajo del pueblo.”

Resalto en itálicas ciertos énfasis recién citados, en caso de que no se les haya prestado la debida atención: “Se notará en todas las clases sociales […]”, “todo lo verdaderamente bueno […]; nada se debe a los gobiernos”. Y precisamente, durante la segunda mitad del siglo antepasado, Bonó delimita de un lado la ciudadanía y del otro a los políticos, y es el espíritu laborioso y emprendedor de toda aquella población lo que originó el bienestar y la riqueza por medio de la cultura del tabaco. Por eso la defensa a ultranza del tabaco.

“Él ha sido, es y será el verdadero Padre de la Patria para aquellos que lo observan en sus efectos económicos, civiles y políticos. Él es la base de nuestra infantil democracia por el equilibrio que mantiene a las fortunas de los individuos, y de ahí viene siendo el obstáculo más serio de las oligarquías posibles; fue y es el más firme apoyo de nuestra autonomía y él es por fin quien mantiene en gran parte el comercio interior de la República por cambios que realiza con las industrias que promueve y necesita.”

El punto crucial al que conduce la argumentación de Bonó es que la regeneración de la sociedad dominicana proviene con carácter de exclusividad de la ingeniosidad y de la laboriosidad de su población; ¡por supuesto!, una vez que ésta encuentra una forma adecuada de atraer capitales foráneos, de exportar un producto y, así, fomentar nuevas empresas, crear fuentes de trabajo y de distribución de las riquezas.

Fue todo eso lo que plasmó la cultura del tabaco, en el tejido social de la nación dominicana, cuando atrajo capitales alemanes y españoles, entre otros, para preparar las vegas cibaeñas, sembrarlas, manejar sus hojas de tabaco, empacarlas, transportarlas y exportarlas. Por demás, por parcializado que pueda parecer el juicio anterior, ese logro sale de la iniciativa privada, no de las del Gobierno:

“La acción del Gobierno en este progreso ha sido contraproducente y sólo podrá gloriarse del mal aconsejado patriotismo.” ¿Exageraciones de un intelectual unidimensional y alejado de la realidad?

Más que responder de manera directa, prefiero dar un respiro a la exposición anterior y abrir un breve paréntesis para mostrar, al menos de refilón, la vigencia del análisis sociológico de Bonó. A ese respecto, mi tesis es que la recién descubierta esencia de lo nacional sigue en pie en nuestros días.

A este propósito, hágase memoria sobre lo que aconteció en este país hace menos de 40 años: terminó la cultura del azúcar, una vez reducida a su mínima expresión el acceso al mercado preferencial de Estados Unidos; y la iniciativa privada dominicana aceptó el reto de reconvertir la economía nacional, de una eminentemente agrícola a una de servicios. La aludida reconversión tuvo lugar con más éxitos que fracasos, sin donaciones de gobiernos amigos, sin sacrificar la soberanía nacional y sin depender indebidamente de los vaivenes de la política criolla, gracias al espíritu emprendedor, al sacrificio, al trabajo esforzado y a la visión de los miembros de una y otra de las clases sociales.

Por supuesto, hay un punto oscuro en esas décadas finales del siglo pasado: a diferencia de lo que aconteció con la sociedad tabaquera, la distribución de la riqueza proveniente del turismo, de las zonas francas, de la agroindustria y de otras iniciativas empresariales, ha sido y sigue siendo tan desigual como inequitativa.

De ahí la urgencia por cerrar el paréntesis recién abierto y hurgar más a fondo en la actualidad del pensamiento de Bonó. En lo adelante se trata de buscar en su obra pistas acerca del límite que le reconoce, suponiendo que establezca alguno, a la iniciativa y al orden que establece la sociedad dominicana una vez deslindada de su expresión política.

Actualidad de su pensamiento

Una vez identificada la olvidada esencia del alma dominicana, si en algo Bonó es reiterativo es en que la solución de los problemas nacionales no proviene de la Presidencia de la República. Eso lo enseñó y lo predicó, incluso, con su ejemplo personal. Sus virtudes morales y sus luces intelectuales fueron más que suficientes para domar su voluntad de poder.

Cuando dignos representantes de los que hoy se denominan “poderes fácticos”, en aquel entonces militares y eclesiásticos, más que empresariales, le ofrecieron en reiteradas ocasiones la Presidencia de la República, Bonó hizo galas de realismo antes de responder con un inapelable “no”:

“Me es totalmente imposible aceptar las proposiciones del General [Luperón] y de usted [P. J. F. Cristancce]. Ustedes están cegados hasta el punto de ignorar que toda popularidad pasa, que todo en esta vida se gasta, y no ven las variaciones del tiempo. […] Usted me dirá que yo puedo equivocarme, pero lo que hay de seguro es que Lilís ha dicho al público que es preciso que haya un Presidente militar. ¿Y dónde cree Ud. que se ha formado esa opinión? Justamente en su entourage, entourage desgraciado que le trasmite esos pensamientos.”

“El General Luperón ha sido tan bueno conmigo que es necesario que yo piense mucho en él. No está bien que él haga siempre los Presidentes; es preciso detenerle en esta pendiente y ponerle en reposo, aunque sea por un tiempo. Él es siempre nuestro hombre necesario, pero un poco de reposo convendría a su popularidad y sobre todo a su seguridad.”

Ayer, al igual que hoy, un buen porcentaje de la población de todas las clases sociales mira hacia arriba, como si el maná alguna vez hubiera descendido del cielo. Y por eso quienes viven o aspiran a vivir del erario público y de las lisonjas del poder no pierden de vista al gobernante y a su gobierno como máximas esperanzas de realización personal.

Ahora bien, ¿para hacer qué se quiere llegar al poder supremo de la Nación? El estado de pobreza y de orfandad que padecen las grandes mayorías nacionales, incluso en nuestros días, prueba, sin lugar a malas interpretaciones, que no es desde la cima del poder gubernamental que se encauzan, se aminoran, se alivian o se resuelven los sempiternos problemas de la población dominicana.

El principal de todos los males que se perpetúa y se acrecienta a lo largo de la historia patria no es la precariedad de los sistemas educativo, de salud, de seguridades jurídica, ciudadana y social, o los insuperables problemas de corrupción, de medio ambiente, de empleo y de energía. Nada de eso.  La herida peor y más profunda de todas la que se le inflige al alma dominicana es el nivel de desconfianza y de desesperación que se adueña del buen juicio de dominicanos y de dominicanas, cansados como están de tener que soportar pasivamente tanta arbitrariedad, malestar y fragilidad institucional.

Esta herida no es nueva. Desde tiempos de la colonia española se devastan poblaciones enteras, se vive de situados y se aspira a emigrar de esta tierra, sólo que en aquellos tiempos no se esperaban remesas ni se aspiraba a un viaje en yola en plena juventud ni se dependía de alguna visa para tener sueños.

Consciente de todo ello, Bonó no se arrepintió de haber rehuido la postulación a la Presidencia de la República y osó escribir que lo único que le interesaba era ser ciudadano dominicano, sin pretender otra compañía que la de quienes fueran bondadosos.

“Salgo también de los Partidos. Yo no quiero ser partidario, quiero ser ciudadano dominicano. Perdono los desmanes que la ignorancia o las angustias hacen cometer a los Partidos (puedo hablar así porque como es notorio, he sido perseguido por muchos y desconocido por todos desde Santana hasta octubre 1879), y sigo amando a todos los azules, rojos, verdes, etc., que son ilustrados y buenos.”

La consecuencia inmediata de esta ruptura no es la desilusión, de la que ya se dijo que se libera en cuanto reflexiona que “es preciso que entregados a nosotros mismos, encontremos una salida para llegar a la felicidad”, salida ésta que encuentra gracias a la experiencia simbólica que descubre en la cultura del tabaco.

De ahí que, lejos de cualquier signo de desesperanza, Bonó se aleja de todo dejo de amargura y reconoce que se trata de “vivir libres y desencadenados”. ¿Cómo se logra eso “en medio del Caribe, a la entrada del Golfo de México”?

Hasta prueba de lo contrario, alejado; tanto de la Presidencia que no aceptó, como de los partidos políticos con los que convivió antes de reconocer que la política dominicana es estéril, pues se limita a hacer “transacciones”. Y esto es así dado que, para Bonó el sociólogo, en esta nación no hay amor a lo patrio y tampoco confianza en lo propio, razón última de porqué se termina siempre manipulando, inclusive, la Constitución de la República.

“El patriotismo sin color propio, aunque probado repetidas veces, no tiene el sello legítimo que da a una Nación la confianza de sí misma y las pruebas que ha podido y sabido dar en su constitución y arreglo interior [porque] se le ha visto ensayar todos los géneros posibles de forma política, sin conseguir otro resultado que el de un despotismo puro, disfrazado bajo el manto de la democracia.”

La encrucijada final

Si bien lo más encomiable y contracorriente del pensamiento de Bonó consiste en aquel “no amo el Poder” que dijera entre otros a Luperón, es indudable que su elemento más sobresaliente reside en el descubrimiento y reafirmación del valor inalienable del alma dominicana, cada vez que reitera que hay que hacer obras que sean eminentemente dominicanas.

“La clase directora sí que no ha sido tan feliz en sus progresos. Descendiente de aquella que todo lo esperaba de la metrópoli [española], obedece aún a esta fatal tradición y todo lo pide al extranjero. […] Ya ensayamos sus constituciones [las europeas y la estadounidense], sus monopolios, sus cambios libres determinados; ya la gran propiedad, ferrocarriles; las primas, etc., y estos ensayos mal aplicados, inoportunos e inadecuados a nuestro modo de ser, nos han conducido al abismo donde estamos postrados; llenos de ruinas, llenos de deudas, famélicos y desnudos. Hagamos un esfuerzo, pensemos, estudiemos y obremos por nosotros mismos, hagamos obra dominicana, puesto que dominicanos somos, hagamos ver al mundo que si hicimos el viril esfuerzo que nos sentó en el banquete de los pueblos libres, fue porque nos sentimos con originalidad bastante para dar de sí algo en que los demás aprendiesen, mas no para ser en todo y por todo los plagiarios o copistas serviles de cuadros, que ni nos sirven ni son propios para el estrecho marco en que estamos ajustados.”

Así pues, al igual que Hegel resolvió la encrucijada que dio pie a su sistema filosófico prestando atención a los intereses particulares y a la consecuente vorágine generadora de riquezas que tiene lugar en el ámbito de la sociedad civil, antes de superarla en el Estado de derecho, Bonó rebasó la contrariedad histórica que surge entre el poder autoritario y la pasividad ciudadana apelando a todas esas clases en las que se constata el alma dominicana gracias a su vitalidad, su propensión decidida al progreso y su trabajo latente de orden y organización.

Sólo que, de espaldas a los partidos políticos, a la Presidencia de la República y en general al estamento político, surge la piedra de toque que el proceso de globalización, consubstancial a la sociedad del conocimiento contemporánea, depara al pensamiento de Pedro Bonó.

Para discernir el límite de uno de los pensamientos sociales dominicanos más originales hasta el presente, establezcamos un somero paralelismo entre Hegel y Bonó.

1. Para el filósofo alemán, únicamente el Estado de derecho da soporte y garantiza racionalidad al quehacer de los miembros de la sociedad, a tal punto que por encima del Estado-nación sólo perdura la Historia política plagada de intereses opuestos y de cruentas guerras.

“Por consiguiente, un orden político supraestatal, capaz de integrar los intereses comerciales inherentes al proceso de globalización, es inconcebible, amén de que carece de fuerza para hacer valer sus prerrogativas. Esto es lo que se descubre por efecto del contraste que se evidencia hoy día entre unos y otros estados políticos cuando se sientan ‘democráticamente’ en las mismas mesas de negociaciones comerciales o en los salones de toma de decisiones de los organismos multilaterales. Sencillamente, ostentan un poder de negociación asimétrico entre ellos, de manera que los niveles de obligación y de cumplimiento son desiguales, según se trate o no de países ‘desarrollados’.”

2. Para el pensador dominicano, por el contrario, los individuos no deben ni pueden esperar que algún Gobierno nacional los conduzca por lo que él llama los caminos de la “felicidad”, de manera tal que más allá del quehacer social sólo hay falta de patriotismo y corrupción gubernamental.

Por ende, de imponerse paulatinamente un ordenamiento superior al estamento político del Estado-nación y al ámbito de acción de la sociedad que lo soporta, todo ello debido a la globalización del mercado, ese nuevo orden desbordaría el pensamiento de Bonó y nos adentraría de improviso en la concepción kantiana.

¿Dónde se pone en evidencia el límite del pensamiento de Bonó? Éste, al denegar alguna racionalidad al ámbito político, se sitúa en una posición de desventaja a la hora de concebir la evolución de las relaciones interestatales a escala internacional.

Y, ¿por qué quien quiera redimensionar la vigencia de su pensamiento tendría que auxiliarse o emigrar a una concepción kantiana?

Debido a que el proceso de la globalización no es ni más ni menos que un efecto de la libre aceptación por parte de representantes de los Estados políticos de un sistema de valores de carácter supranacional, promovido por ciertos intereses económicos y por Estados políticos de indiscutible prestancia. Esa nueva valoración mundial depende de una estrategia política y está plasmada en instituciones supraestatales e intergubernamentales, cuya justificación última sigue los lineamientos morales de Inmanuel Kant: defender la paz, evitar los enfrentamientos bélicos, y fomentar y respaldar la innovación científica y tecnológica, la actividad productiva, el desenvolvimiento comercial y el pretendido desarrollo de los pueblos.

De ahí que, en la lógica inherente a la concepción de Bonó, el principio y fundamento de cualquier nuevo orden internacional encaminado a liberar a la población de la pasividad que la caracteriza frente no a la burguesía del Manifiesto comunista, sino a la clase política y su expresión gubernamental, debe resultar de la aceptación voluntaria de una serie de principios como el de la paz, del derecho internacional, del libre comercio y de otros. Y no puede ser de otra forma que no sea la libre aceptación de esos valores, dado que la nueva economía, sus instituciones y sus secuelas legales serán inaceptables:

  1. cuantas veces surjan de la abdicación de la soberanía nacional a favor de otro Estado político (salida ésta a la que Bonó sabe que la Guerra de la Restauración cerró las puertas);
  2. cuantas veces se deban al sometimiento del país a otro Estado-nación (lo cual Bonó reconoce que implica renegar la experiencia fundadora de la Independencia nacional); o
  3. cuantas veces se imponga en el territorio nacional un poder invasor que usurpe las atribuciones de la Nación dominicana (con lo cual se suprime ipso facto la autonomía estatal y, en el imaginario colectivo, la población retrocedería indefectiblemente a situaciones ya superadas en 1844 o en 1861, por no referirme aquí a fechas posteriores a Bonó).

Ante la encrucijada contemporánea que desafía el pensamiento de Pedro Bonó, por consiguiente, decidir cuál de las dos posiciones ya expuestas exhibe más razón es una cuestión que cada cual tiene que resolver desde lo más profundo de su conciencia. Resolverlo personalmente, sí, siempre y cuando cada posición personal tenga como aval el alma dominicana y eso que Bonó tanto extrañó en la esfera pública, a saber, “la virtud política”. Sin ésta, no hay futuro para ningún pueblo que pretenda ser libre y, añado yo, democrático, en medio del concierto de las naciones.

Fernando Ferrán es doctor en Filosofía, con especialización en el sistema de Hegel, y es antropólogo social con más de 20 años de desarrollo de programas y de experiencia gerencial en la República Dominicana, Brasil y América Central. Acaba de terminar una asignación con el Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas y en la actualidad se desempeña como profesor de Ética Empresarial y decano de Relaciones Institucionales de Barna Business School, en República Dominicana. Ha dirigido el diario dominicano El Caribe.

Notas

Conferencia pronunciada en Funglode en septiembre de 2006.


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