Artículo de Revista Global 5

Cervantes ejemplar

GLOBAL publica los trabajos de tres conocedores de la lengua española, Bruno Rosario Candelier, Mariano Lebrón Saviñón y María José Rincón, realizados con motivo de la presentación de una nueva edición de Don Quijote de la Mancha en la celebración de su IV Centenario, edición que cuenta con el aval de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias de la Lengua Española, y editado bajo el sello Alfaguara.

Cervantes ejemplar

Cuando el doctor Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua, me pidió que preparara unas palabras sobre El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha para la conmemoración del cuarto centenario de su publicación no pude dejar de recordar que fueron Cervantes y su Rinconete y Cortadillo los que me trajeron por primera vez a la República Dominicana. Tanto que cabildeó Cervantes por un cargo, también en aquellas promisorias Américas, que lo sacara de apuros económicos y que le diera la estabilidad que no le habían podido brindar las letras. Pero América le quedó siempre lejos. No así a sus personajes. Con Don Quijote se topa una “señora vizcaína, que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a Indias con muy honroso cargo” (I, 8).

Como sucede a menudo, los hijos llegan donde los padres no pudieron llegar. El “hijo seco, avellanado y antojadizo” de Miguel de Cervantes llegó hasta estas nuevas tierras. Fueron muchas las ocasiones en que –en las bodegas de aquellas naos de la carrera de Indias– el flaco hidalgo manchego cruzó la mar océano. La primera con destino a Cartagena de Indias, un mes después de ponerse en venta la obra en las librerías de Madrid en el año 1605.

En esas mismas bodegas navegó, no siempre a resguardo de temporales, la lengua española al continente recién descubierto para Europa. Los pasajeros a Indias trasladaron consigo el bagaje de un patrimonio común que hoy afortunadamente podemos celebrar junto con el aniversario de nuestra primera novela. Quijote y lengua española, patrimonios (del pueblo español primero y ahora patrimonios) de todos los pueblos de habla española. Qué gran cosa que nuestra primera novela no fuera la obra excelsa y excluyente de un literato elitista que la pensara para disfrute exclusivo de los letrados. Desde su nacimiento, las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha fueron destacadas en las preferencias de los lectores. No sólo para los muy escasos que podían leerlas, sino fundamentalmente para los muchos que disfrutaban de ellas en lecturas colectivas alrededor del hogar o de la candela, como en sus mismas páginas se retrata.

La mayoría se encontraba en la España del seiscientos en el mismo caso que Sancho Panza, que a preguntas de su amo dice: “La verdad sea que yo no he leído ninguna historia jamás, porque ni sé leer ni escribir”. Por lo tanto la mayor parte de la difusión de la novela de caballerías, y así también de El Quijote, su gran parodia, se hizo como Cervantes recoge en uno de sus epígrafes (del capítulo 66 de la segunda parte): “Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer”.

Sepamos aprovechar la oportunidad que nos brinda la atención mediática y publicitaria del centenario (a la que nos vamos a ver sometidos en este centenario, atención mediática que sentimos tan lejana casi siempre de los temas relacionados con las letras; sepamos aprovechar toda esta propaganda) para perder el miedo que nos inspira la lectura de nuestros clásicos, a los que a menudo tachamos de aburridos o de difíciles. Los clásicos tienen siempre un impedimento añadido a la hora de calar en el gusto del público. Son una película contada por alguien que ya la ha visto. Perdemos la alegría y la curiosidad de la lectura virgen y la sustituimos por una lectura de segunda mano, incluso manipulada a veces, como sucede con El Quijote, cargada de connotaciones añadidas que le restan frescura y espontaneidad a nuestra propia experiencia como lectores.

Nos alerta Fernando Sabater contra prejuicios y manipulaciones que inevitablemente han ido impregnando la tradicional interpretación de la criatura universal de Cervantes. En su ensayo Instrucciones para olvidar el Quijote nos dice: “De Don Quijote se habla mucho, su leyenda es utilizada como metáfora o como advertencia, pero la novela de Cervantes es comparativamente muy poco leída. Hasta tal punto que podría decirse, sin paradoja excesiva, que la mejor forma de comenzar a olvidar El Quijote es leerlo”.

Vamos a hacerle caso al muy acertado Sabater y leamos a Don Quijote como hacían ya el ventero Juan Palomeque y sus huéspedes con las novelas de caballerías: “Porque cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos, y rodeémonos del más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas”.

Aunque la lengua literaria no es el corpus adecuado para la investigación de un estadio histórico determinado de la lengua, sí podemos apreciar que la novela de Cervantes sale a luz escrita en el castellano del siglo XVI. El castellano ya se había establecido entonces como la lengua general para la creación literaria, relegando casi por completo a las otras lenguas y dialectos de la península a usos orales. El éxito del concepto de lengua compañera del Imperio de mi paisano Elio Antonio de Nebrija había llevado a que Juan de Valdés en 1535, apenas tres décadas antes de la gestación de El Quijote, pudiera retratar la situación lingüística de España de la siguiente manera: “La lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, en el de Murcia con toda el Andalucía y en Galicia, Asturias y Navarra. (Y esto aún hasta entre gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de España)”.

Los años del nacimiento de El Quijote ven la consolidación del español moderno, tal y como hoy lo conocemos y su difusión dentro de las fronteras de la Península Ibérica y fuera de ellas. Los cambios lingüísticos que venían cursándose desde antaño acaban por consolidarse y estabilizarse; tanto en el español estándar como en las ricas variedades dialectales. La lengua literaria llega a alcanzar una fijación notable gracias al concurso de la imprenta. Su desarrollo fue eliminando gradualmente las innumerables variantes caligráficas y ortográficas a las que sometía a los textos la copia manuscrita.

Cervantes, gran conocedor del idioma, utiliza todos los recursos lingüísticos en la creación de su obra maestra. El hecho de que el diálogo sea una de las técnicas más empleadas para el desarrollo de la novela, convierte a la caracterización por medio del lenguaje en uno de los recursos básicos para el trazado de los personajes.

Si nos detenemos en la clasificación que realiza Carroll Johnson acerca de la construcción de los personajes encontramos tres tipos de constructores: a) los propios personajes, que se definen por lo que dicen y hacen; b) los demás personajes, que emiten juicios acerca de sus compañeros de texto; c) los narradores, que ofrecen datos acerca de ellos, ya sean físicos o morales, y narran sus acciones.

Analicemos ahora estos tres constructores en la caracterización lingüística de Don Quijote. Podemos afirmar que uno de los elementos principales de caracterización del protagonista de nuestra novela es su modo de hablar. Estaríamos, por tanto, ante el primer elemento constructor. El rasgo determinante del idiolecto del caballero andante manchego es el arcaísmo. Este remedo de arcaísmo es coherente con la finalidad expresa del libro de parodiar las novelas de caballerías.

Arcaísmo andante

Don Quijote denuncia su locura en su forma de expresión en un castellano obsoleto para su época. Del mismo modo que nuestro caballero es un arcaísmo andante cuando se reviste de las armas familiares que encuentra en su hacienda, armas que habían estado en uso en la época de los Reyes Católicos, así mismo delata su condición mental cuando emplea un estado de lengua que no se corresponde con el de su tiempo. Para el lector contemporáneo de Cervantes este uso lingüístico era una ironía palpable. A nosotros se nos hace imprescindible la nota del editor para no caer en el error, muy frecuente por otro lado, de creer que la forma de expresarse de Don Quijote era la característica del español del Siglo de Oro.

Estamos evidentemente ante un empleo premeditado, con intencionalidad literaria, de las posibilidades que le ofrecían a Cervantes los distintos estadios históricos en la evolución de la lengua española.

Uno de los rasgos caracterizadores del arcaísmo de la lengua del hidalgo manchego en sus momentos de locura es la presencia reiterada de f- inicial latina. En la lengua patrimonial de Castilla se produjo la difusión del cambio desde f- inicial latina al cero fonético (h-) entre los siglos XIII y XV. La lengua culta, de los documentos oficiales y literarios, dificulta el seguimiento de esta evolución pues siempre prefiere la solución conservadora de f- inicial latina. La solución aspiradora es considerada un vulgarismo. Esta consideración de vulgarismo se fue perdiendo progresivamente hasta llegar a generalizarse su uso en la lengua patrimonial (sólo los semicultismos y cultismos como fama o fortuna, y algunas voces jurídicas fosilizaron la f inicial –fallar o falta–). Hasta el siglo XIII, por lo tanto, conviven las dos variantes: la f- inicial latina se considera la variante culta, conservadora, y la aspiración procedente de f-inicial latina se considera la variante dialectal y se generaliza como la variante vulgar. Los contemporáneos de Don Quijote habían adoptado ya las soluciones más modernas, ya sea aspiración o cero fonético, aunque resulta difícil discernir entre estas dos en los textos literarios. En ningún caso mantenían en la lengua oral patrimonial la solución conservadora de f- inicial.

Cervantes usa magistralmente el contraste entre dos estadios históricos de lengua para caracterizar a su protagonista. El mantenimiento en sus parlamentos de la solución conservadora, entre otros rasgos de carácter arcaizante, provoca estupor y mueve a risas a los personajes con los que se topa el hidalgo en sus correrías. En su encuentro con las mozas a la puerta de la venta en su primera salida, le hace conocerlo de cerca, y así también emplean este recurso los personajes que quieren seguir la corriente a Don Quijote, ya sea para burlarse de su locura, ya sea para tratar de apaciguarlo.

Este uso magistral en la prosa del novelista alcalareño, pues, impide la simplificación de los personajes en mundos cerrados sin relación entre sí. Estamos ante el segundo elemento constructor: los personajes que comparten texto con Don Quijote lo van dibujando ante nuestros ojos, directa o indirectamente, con sus palabras y acciones. La vida real mana así de las páginas de la novela cuando Sancho Panza imita a su amo al contarle al barbero y al cura en qué estado lo había encontrado en Sierra Morena:

“Les dijo que le había hallado desnudo, en camisa, flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando por su señora Dulcinea; y que (…le) había respondido que estaba determinado de no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho fazañas que le ficiesen digno de su gracia”. (I, 29).

La caracterización del personaje está trazada. Ya a nadie, conocido o desconocido, le cabe la menor duda de que nuestro flaco hidalgo tiene el juicio tan seco como la figura (así les sucede a los mercaderes toledanos con los que se topa después del encuentro con Haldudo y el joven pastor, quienes “por la figura y por las razones luego echaron de ver la locura de su dueño”).

Puesto que tampoco se trataba de redactar una novela ininteligible para todo tipo de públicos, la mayoría de los cuales tendrá la misma reacción de incomprensión ante este lenguaje que las muchachas de la venta, Cervantes recurre, después de los primeros pasajes de las andanzas del personaje como caballero andante muy caracterizadores, a incluir únicamente uno o dos términos arcaizantes que le dan el tono deseado al parlamento completo.

El contraste del lenguaje usado por Don Quijote con el habitual de sus contemporáneos no es más que un trasunto del contraste entre la fantasía libresca y trasnochada del hidalgo manchego con la realidad a pie de venta y camino de la Castilla de 1600.

Cervantes domina magistralmente la técnica constructiva del novelar. Caracteriza a Don Quijote por su uso de términos apreciativos para designar a los personajes con los que se va topando; estos términos trasforman la realidad que lo rodea y la adapta a la realidad caballeresca a la que aspira.

Al ventero Juan Palomeque lo llama castellano, como señor de castillo, y a las mozas del partido con las que se encuentra en la venta las llama doncellas. Son las mismas interesadas las que se carcajean de este tratamiento. Cuando progresa la acción, el narrador ironiza utilizando humorísticamente idénticos apelativos para referirse a los mismos personajes. La cordura y la distancia de la que hace gala el narrador hacen que, por efecto del contraste, destaque más el sentido humorístico de lo que se está narrando.

Cervantes les sigue la corriente al ventero y las mozas y nos hace cómplices como lectores de los personajes que rodean al viejo hidalgo. Estamos ante el tercer elemento constructor.

La riqueza y variedad de registros que van surgiendo en la novela hacen gala de la maestría de nuestro Cervantes en el uso literario del español que, gracias a él estaba alcanzando la cima de nuestra lengua clásica. Y, lo más interesante para el historiador de la lengua es el uso literario no sólo de la variedad considerada de prestigio, o de la variedad estándar; sino de la aparición de distintas variedades diatópicas y diastráticas de la lengua del XVI.

El interés y la preocupación de Miguel de Cervantes por la lengua dan muestras de su inteligencia como escritor a la hora de enfrentarse al conocimiento profundo de su herramienta de trabajo. En muchas ocasiones –en su calidad de narrador o sirviéndose de las palabras de sus personajes– nos ofrece interesantes pinceladas de sus criterios lingüísticos y literarios; aunque como siempre en Cervantes hemos de andar con pies de plomo si no queremos perdernos su finísima ironía. El valor que otorga a la lengua vernácula como instrumento cabal para la creación literaria es evidente y lo demuestra con la práctica diaria de su quehacer como escritor.

Camino de las bodas de Camacho dice el Licenciado: “El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro está en los discretos cortesanos (…) dije discretos porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso. Yo, señores (…) pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes”.

El ideal

Cervantes refleja en su prosa los ideales erasmistas de naturalidad y selección. El ideal de uso de la lengua es el que expresa el Licenciado cervantino: palabras claras, llanas y significantes. Para discernir la selección lingüística se consideraba importante el dominio de la norma cortesana. Pero aquí entra en juego la ironía cervantina al distinguir, no sin malicia, y probablemente por experiencia personal, entre cortesanos discretos y no tan discretos. Es lo que Juan de Valdés en su tratado de 1535 Diálogo de la lengua expresa destilando la teoría estética renacentista: “El estilo que tengo me es natural, y sin afectación ninguna escrivo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible (…)”.

Por contraposición nos ofrece interés el comentario que Miguel de Cervantes pone en boca del canónigo toledano acerca del estilo de los autores de los libros de caballería:

“Son en el estilo duros; (…) necios en las razones, disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana, como a gente inútil” (I, 47).

A pesar de que estos cánones de prosa habían generalizado las críticas a las novelas de caballerías y su estilo enrevesado y ampuloso, no se había mermado la gran fama y difusión popular que habían adquirido estas narraciones y sus sagas. Al hilo de esta popularidad, el cura, en su conversación con el canónigo, compara el éxito y la mala composición, a su entender, de estos libros caballerescos con los de las comedias. Sin embargo, atribuye a distintas razones la mala calidad de los mismos:

“Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben estremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes, no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide”. (I, 47).

Nadie en la actualidad puede quejarse de falta de vigencia de estas palabras.

En lo tocante al buen uso del romance, otro de los consejos de Juan de Valdés es su gran interés por los refranes, que considera ejemplo válido de las características que propugna como modelo del buen hablar. Todos hemos gozado del inagotable venero de refranes de Sancho Panza y de los que sabiamente en ocasiones le aporta su señor en los caminos del campo manchego.

El uso repetido en los diálogos está adobado de ironía y llega, en ocasiones, a adquirir tintes de caricatura. Así sucede en las pláticas que amo y escudero mantienen cuando van llegando a Sierra Morena al inicio del capítulo 25 de la primera parte. Sancho critica a su amo la polémica que ha mantenido con Cardenio, el pastor loco, acerca del amancebamiento de la reina Madásima, que le ha costado al hidalgo una pedrada en el pecho. Replica Sancho:

“Ni yo lo digo ni lo pienso, allá se lo hayan; con su pan se lo coman; si fueron amancebados, o no, a Dios habrán dado la cuenta; de mis viñas vengo, no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y miente, en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; más que lo fuesen, ¿qué me va a mí? Y muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Más ¿quién puede poner puertas al campo? Cuanto más, que de Dios dijeron.” Le contesta Don Quijote: “¡Válame Dios y qué de necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles, y de aquí en adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que no te importa”.

Obra redonda

El ideal renacentista se va tiñendo paulatinamente en Miguel de Cervantes y su novela de los tintes de la conciencia crítica de la decadencia que permea la vida española. Las páginas cervantinas destilan los contrastes que son propios del XVII español: apariencia y realidad, aspiraciones y desengaños. La altura creativa y literaria de la obra cervantina se basa en su genial armonización a través del recurso a la ironía. Estamos pues ante una obra redonda, que hay que aprender a contemplar y disfrutar desde múltiples ángulos.

El respeto y la recreación de las tradiciones literarias eran un imperativo para el autor culto del renacimiento. La noción de originalidad no era primordial, tal y como la consideramos los autores y lectores de la actualidad.

La reutilización de materiales creativos anteriores eran técnicas fundamentales en la composición literaria. La magia artística de Miguel de Cervantes consiste en dar a luz a una obra radicalmente original y novedosa sirviéndose del uso de innumerables materiales tradicionales. Muchos críticos literarios la han comparado con una verdadera labor de taracea que recopila y suma en sus páginas no sólo tradiciones librescas y cultas, sino que hila magistralmente con ellas las tradiciones orales y populares de la España de fines del XVI.

La narrativa medieval caballeresca, contra la que arremete la novela con ayuda de la parodia, estaba anclada fuertemente en la tradición cortés que reflejaba una concepción idealista del mundo. Su lenguaje mostraba expresiones fosilizadas y formularias muy características que Cervantes domina con gracia. Este estilo va devaluándose paulatinamente por el uso y abuso. El profundo dominio de esta tradición por parte de Miguel de Cervantes logra que Don Quijote, como personaje caballeresco al fin, se asemeje convincentemente, aún en tono de sátira, al modelo tradicional de gran éxito de lectores que representaba el caballero andante.

Como nos recuerda bien Avalle Arce: “Así pasa al Quijote la herencia de una técnica de ascendencia medieval perfectamente probada por la afición de los lectores en el transcurso del tiempo”. Víctor Manuel de Aguiar e Silva en su Teoría de la literatura define nuestro libro como una “especie de anti-novela centrada sobre la crítica de las novelas de caballería, representa la sátira de ese mundo novelesco, quimérico e ilusorio, característico de la época barroca, y asciende a la categoría de eterno y patético símbolo del conflicto entre realidad y apariencia, entre ensueño y materia vil”. (pág. 200).

La novela moderna, que se inaugura con la que hoy nos ocupa es “indisociable de la confrontación del individuo (…) con el mundo que le rodea”.

Originalidad

La condición de originalidad de la obra cervantina la observamos ya desde el prólogo. Cervantes, por normativa tradicional, se ve impelido a redactar un prólogo para su obra. Muchos críticos opinan que lo escribió de mala gana. Otros compartimos la opinión de que ya desde el prólogo Cervantes nos brinda con brillantez y gracia las pistas iniciales para la interpretación de su obra y nos va introduciendo al tono de ironía y parodia que dominará nuestra lectura hasta la página final. Para la creación de su prólogo metalingüístico recurre al uso del diálogo, que es también elemento constructivo fundamental a lo largo de toda la novela.

Pongamos un ejemplo. Miguel de Cervantes toma el recurrido tema tradicional desde la antigüedad clásica del locus amoenus y lo parodia. No renuncia a la tradición textual, sino que la utiliza para superarla gracias a la ironía. Las características idílicas y bucólicas que deben rodear a la creación literaria se transforman por obra y gracia de la genialidad cervantina en la descripción en el prólogo de Don Quijote del lugar en el que se gestó la novela.

Miguel de Cervantes nos cuenta cómo su obra surgió en la oscuridad de un calabozo, probablemente en la cárcel de Sevilla en 1597:

“Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento.” (Pág. 11-12.)

Pero la grandeza humana y literaria de Cervantes, –ésta última, la literaria, la que más interesa al estudioso de la literatura, – consistió precisamente en saber sacar partido de sus propias y no siempre afortunadas experiencias vitales; y de su conocimiento a pie de calle y camino de la realidad española de las postrimerías del XVI para superarla y trascenderla de la mano de su sagaz ironía. Si releemos la biografía de Miguel de Cervantes y Saavedra comprenderemos que no siempre le tocaron en suerte circunstancias fáciles. Supo, no obstante, reírse de sí mismo, dándonos muestra de su gran inteligencia.

Dice en su prólogo: “Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina (…)?”

Recordemos que en 1605 Cervantes tenía 58 años. Entre sus obras sólo La Galatea se había dado a la imprenta. Si su poca fama no le había permitido encontrar autores que le escribieran poemas laudatorios para poner al frente de su obra, al modo de lo usado en los libros de caballerías, él no duda en inventárselos, adecuando el tono y el léxico de cada uno de ellos a su supuesto autor.

Esta irónica genialidad fue criticada por Fernández de Avellaneda; éste le reprochó su falta de calidad literaria y personal al haber tenido que inventar a los autores de los versos que introducen la novela por falta de personajes encumbrados que se avinieran a hacerlo. Cervantes, con su sabio e inigualable retintín, escribe en el prólogo a la segunda parte de su libro:

“El que más me ha mostrado desearle (la continuación de la novela) ha sido el emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de Don Quijote”.

Bendita visión e inteligencia de Cervantes que, como siempre, gracias a su sabio humor e ironía, nos anticipa una realidad que es la que hoy estamos viviendo con la difusión universal de su obra. Ese invento cervantino de un colegio donde se leyese la lengua castellana en China es hoy el bien nombrado Instituto Cervantes.

Celebramos este año el cuarto centenario de la publicación de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Conoció seis ediciones sólo en 1605. A tal nivel llegó la popularidad de la novela que ya en junio de ese mismo año desfilaron en unas fiestas en Valladolid unos personajes disfrazados del hidalgo y su escudero. Desde entonces no ha dejado de imprimirse ni de leerse. Wladimir Nabokov concluye sus ensayos sobre Don Quijote (Lectures on Don Quijote) afirmando: “Don Quijote es más grande hoy de lo que era en el vientre de Cervantes. Ha cabalgado durante más de trescientos cincuenta años (hoy ya podemos decir cuatrocientos) a través de las junglas y tundras del pensamiento humano y ha ganado en vitalidad y estatura”.

A pesar de todo el polvo y la paja que se le adhiere a las grandes obras a lo largo de los años y las lecturas, y El Quijote puede presumir o quejarse de muchos, tenemos la divertida responsabilidad de, siguiendo a Sabater, “olvidar su mito manipulado, (…) recuperar la novela memorable que cuenta su saga y hacernos dignos de la tradición sonriente y civilizada que la posibilitó”.

María José Rincón González se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Sevilla. Trabaja en el Consulado General de España en Santo Domingo. Ha ejercido como docente en el Centro de Altos Estudios del Idioma Español, en Intec y en la Universidad Apec, donde forma parte del programa Prolingua. Su interés por el español de América se origina en sus investigaciones y publicaciones sobre la antroponimia dominicana. Ha dedicado trabajos al estudio de literatura dominicana contemporánea.