Artículo de Revista Global 84

Chile: La represión contra las comunidades mapuche en resistencia

Desde hace décadas en Chile, en lo que fuera Wallmapu libre, mueren comuneros mapuche que son procesados invocando la ley antiterrorista creada durante la dictadura de Pinochet, aunque, según los organismos internacionales, se trata de delitos asociados a la protesta social, no al terrorismo. Recientemente, con el homicidio de Camilo Catrillanca y la Operación Huracán, se hace evidente que la estrategia estatal de militarización y criminalización de los mapuche en resistencia, más que sofocar el conflicto, ha sido una chispa que enciende la llama.

Chile: La represión contra las comunidades mapuche en resistencia

I

Junto a las wenufoye –las banderas mapuche– se agitaban telas negras en señal de luto. Aunque ondeaban las banderas en muchos lugares de Chile, era en Temucuicui donde se juntaban los dolientes. Allí, en el legendario territorio de La Araucanía que para unos es zona roja, territorio donde impera la violencia, la anarquía, cuna de grupos radicalizados, de terroristas, y para otros es bastión de la lucha antisistémica, de la recuperación de la tierra, de la reconstrucción del pueblo nación mapuche y su autonomía, el 17 de noviembre se agitaban banderas negras, y desde lejos se escuchaban, furiosos, los gritos tribales.

–Iá, iá, iá, iáaaaaaaa –gritaban los jinetes enfundados en sus ponchos, con la cara cubierta y los weños (bastones de madera curvos) alzados. Gritaban ellos y gritaban los hombres y mujeres, ellos con los cintos tejidos sobre la sien, y ellas adornadas con platería. Estaban todos apiñados alrededor de la enramada de techo azul donde, entre flores, ollas con comida y banderas, reposaba el cuerpo de Camilo Catrillanca.

–Iá, iá, iá, iáaaaaaaa.

Los gritos, como llamado de guerra, se levantaban entre el tuntún lánguido del kultrung (tambor) y el lamento grave de los kull kull (cuerno de buey). Sonaban cascabeles y flautas, sonaba el relincho de los caballos y alrededor del muerto bailaban hombres y niños imitando el vuelo del treile. A pocos metros de la enramada, los niños, organizados intuitivamente en dos grupos, apretaban puñados de tierra que se lanzaban de un bando a otro en la escenificación de un enfrentamiento. Allá, dos se ocultaban, otro miraba desde lo alto de un montículo y, sigiloso, iba al encuentro sorpresivo por la retaguardia. Sonaban los gritos y las risas. De repente, uno más grande que los demás detuvo el enfrentamiento y fue a «rescatar» a otro muy chico, de no más de 80 centímetros de alto, que, entusiasmado por el juego, había quedado en medio de las bolas de tierra que volaban de un lado a otro; lo sacaron del lugar de combate y, una vez más, volvió el volar de tierra, el correr al encuentro, el retroceder frente a la avanzada del adversario, el enemigo, dirían allí.

–A ellos, a los pacos, a los ¡wingkas! (los carabineros, los no mapuche) –gritaban los que jugaban a ser guerreros mapuche.

Aunque entonces se divertían lanzando tierra, seguramente en el futuro cercano, ya no en juego, lo que volará silbando serán piedras de un lado y balas del otro. Se incendiarán camiones, arderán iglesias, se cerrarán caminos, seguirán avanzando los vehículos blindados con los cañones de los fusiles bien visibles. Los helicópteros anunciarán con el traqueteo de sus hélices que están ahí los carabineros, la fuerza del Estado, unos policías que más parecen militares en medio de una guerra interna. Avanzará el Comando Jungla, que según el presidente Piñera «no existe, es un invento o un nombre que le pusieron los medios de comunicación», pero que es una realidad de acuerdo con unos documentos del 2012 que se hicieron públicos tras las declaraciones presidenciales. El Comando Jungla existe en los registros y en La Araucanía. Existe y fue nombrado así en honor del grupo especial de la policía antinarcóticos colombiana que entrenó a los chilenos. El colombiano es un grupo de operaciones militares antisubversivas que se ocupa de la neutralización de laboratorios de procesamiento de cocaína, de la erradicación de cultivos de uso ilícito y de la lucha militar contra el crimen organizado. Existe el Comando Jungla en Colombia y en Chile. Pero en Colombia hay jungla y sigue, aún hoy, tras dos años de la dejación de armas de las FARC, un conflicto armado interno donde el uso de la fuerza durante más de 50 años desangró al país, donde todos los actores del conflicto, incluido por supuesto la policía y el ejército, violaron las reglas de la guerra y rompieron la vida de la gente, sobre todo de las comunidades indígenas, negras y campesinas.

La bala calibre 5.56 de fusil automático, una de las 23 que quedaron alojadas en el tractor que conducía Camilo, le entró por la nuca. Se dijo que fue un enfrentamiento, se habló de robo y de delincuentes. Se dijo que los carabineros del Comando Jungla que se encontraron con Camilo y el niño que iba junto a él no grabaron la acción con las cámaras que llevan siempre adheridas al casco. Se dijo que sí, que sí grabaron pero que destruyeron la memoria donde estaban alojados los videos porque había en ella imágenes «que lo comprometían [al carabinero] en lo familiar y personal». Se justificó aquel balazo, lo hizo el intendente, el general de carabineros, lo hizo el vicepresidente, el presidente, lo hizo la prensa, y los opinadores de las redes sociales. Se vieron los helicópteros y se escucharon las ráfagas en lo que fuera el antiguo fundo Alaska, en lo que fuera propiedad de la Forestal Mininco y que es hoy el Temucuicui mapuche.

En agosto del 2011 aquellas mismas casas, aquella misma tierra, se vieron, como tantas otras veces antes y después, iluminadas por el rojo de las bengalas. Una vez más la gente corrió a los cerros para resguardarse de las nubes de gas y se oyeron las ráfagas. Otra vez Temucuicui era una zona de guerra. Días después, estudiantes de liceo mapuche tomaron el edificio de la municipalidad de Ercilla. En los carteles colgados en rejas y paredes se leía: «No más militarización al pueblo mapuche. Libertad a los presos políticos mapuche».

Un Camilo Catrillanca de 15 años estaba sentado entonces junto a Fabián y Valeria, ejerciendo de werkenes o voceros del grupo de 30 estudiantes mapuche que llevaba ya ocho días ocupando el edificio para plantear exigencias con relación a su territorio. A los tres jóvenes se los veía sentados ceremoniosamente frente a un cartel encabezado con el dibujo infantil de un carabinero tachado, más abajo se leía: «Exigimos desmilitarización». Pedían que pararan la violencia, los allanamientos y la criminalización de las reivindicaciones de los derechos políticos y territoriales de las comunidades mapuche en resistencia.

–Aquí hay excesivos carabineros, podemos ver que los colonos aquí están siendo resguardados por la fuerza policial, en este caso, y ellos son tan solo una familia, nosotros somos comunidad, somos pueblo mapuche que estamos siendo reprimidos, creemos que eso es muy injusto –decía Camilo en el 2011.

Los jóvenes voceros recordaban frente a la cámara que cuando suceden los destrozos y los allanamientos en sus comunidades no tienen a quién reclamar, decían que dentro del Estado se supone que «cuando te hacen algún daño, algún mal, uno va adonde ellos a reclamar, y ¿nosotros adónde vamos a reclamar si la misma autoridad nos está haciendo daño?». Camilo y los demás voceros no solo hablaron de los heridos, mencionaron escenas como aquella que luego se repetiría en el funeral de Camilo años después, donde los niños mapuche juegan a la guerra, se preparan para lo que viene, y, como diría Fabián, en la misma mesa que compartía con el Camilo de entonces: «Ellos juegan al carabinero y al mapuche, eso quiere decir que los carabineros matan y los mapuche mueren».

En el 2011 los jóvenes voceros querían desmilitarización, querían educación, querían más escuelas multiculturales, como el Liceo Técnico de Pailahueque, ese en el que estudiaba entonces Camilo, ese mismo liceo donde también estudió Alex Lemún, otro doloroso recuerdo del pueblo mapuche. Alex, de 17 años, fue asesinado en el 2002 por carabineros durante una protesta de su comunidad que reivindicaba el fundo Santa Elisa, propiedad de la Forestal Mininco.

Además de una cancha de fútbol, el Liceo de Pailahueque también tenía una para palín, el tradicional juego mapuche que se juega con el weño y una pelota de cuero, y un espacio designado para celebrar ceremonias mapuche como el lleyipún y el nguillatún. En el 2012, después de una crisis económica y administrativa, el liceo dejó de funcionar y, tras una seguidilla de rumores, un día la propiedad apareció pintada de verde y blanco.  Llegaron los carabineros, las armas, los helicópteros de la Sección Aérea y los hombres de los Grupos de Operaciones Policiales Especiales (GOPE) destinados a «la zona de conflicto».  Lo que fuera un liceo multicultural de repente se convirtió en una base de los carabineros asignados para confrontar a los mapuche.  En aquella toma del 2011, antes de la desaparición del liceo, los jóvenes voceros, entre ellos Camilo, terminaban su intervención diciendo: «Si nosotros consiguiéramos la desmilitarización y no más allanamientos poder [podríamos] tener un mejor futuro para nuestra nación mapuche, qué quiere decir, que tendríamos una mejor comunicación, educación y poder [podríamos] ser libres, como deberíamos ser».  «¡Autonomía para nuestra nación mapuche! ¡Marichiwew! (diez veces venceremos)», gritaron los tres jóvenes con los puños levantados, y su grito parece unirse a ese que sonó en el 2018, siete años después cuando enterraban a Camilo. Por los caminos de Temucuicui, precedidos por jinetes que hacían estallar cada tanto la pólvora, caminaba las comunidades de La Araucanía, de Santiago, de Valparaíso, de Los Ríos y de Los Lagos. Tras los jinetes venía el auto con el cuerpo de Camilo; venían los hombres y las mujeres. Banderas negras y banderas mapuche se agitaban por el weichafe asesinado. Weichafe, en el idioma mapudungun, es quien ejecuta la acción en la batalla, es el guerrero. Aunque hoy los weichafes ya no van a la confrontación con flechas, lanzas y macanas, aún se hacen escuchar con el bullicio de sus gritos y, en algunos casos, se hacen ver con las nubes de tierra que levantan los cascos de sus caballos. Camilo, además de hacer las veces de vocero como en aquella toma de la municipalidad, participó activamente en la toma de fundos para recuperar la tierra usurpada; era, como reiteraron los suyos en el funeral, un guerrero.

Mientras se desarrollaba el eluwun del waichafe (el funeral del guerrero Camilo), la solidaridad con la resistencia fue estallando en llamas y gritos en varias ciudades de Chile y fuera de sus fronteras. Frente al ataúd de Camilo se organizaron las autoridades, lonkos, machis, werkenes y waichafes (líderes, médicos, voceros y guerreros), para hablar del dolor por sus muertos.

–Yo no tengo miedo, no nací con miedo, porque hasta el miedo me lo robaron, desde el día que mi madre me parió me robaron el miedo, porque desde el vientre de mi madre hemos venido maltratados, judicializados, criminalizados. Aquí tenemos un hermano muerto, no lo mataron por asaltante, según decían, no lo mataron por ladrón. Fue una excusa del Estado para meterse a esta comunidad, porque aquí la gente defiende su dignidad.

La voz de la lonko Juana Calfunao no era la voz desalentada del abatimiento, allí nadie estaba desalentado. En las llanuras de lo que fuera un fundo de una empresa forestal en Temucuicui, lo que pesaba en el aire, el tufillo que se levantaba de los grupos de gente en torno a las ollas o la enramada, era otra cosa.

–El miedo ya no existe en nosotros, en los que estamos convencidos, y ese es el llamado, pu peñi y pu lamngen (hermanos y hermanas), a cada uno de los que todavía no creen en la resistencia de la nación [mapuche]. A qué le tienen miedo, de quiénes se ocultan, por qué se ocultan, ¿miedo a qué, pu pueñi y pu lamngen? Estamos quedando sin lo que es nuestro. […] Y para terminar, que a nuestros jóvenes no se les olvide quiénes son nuestros enemigos y que los enemigos, pu peñi, los verdaderos enemigos, no vivan en paz. ¡Marichiwew!

El iá, iá, iá, iáaaaaaaa sonó atronador tras las palabras del waichafe y werken Mijael Carbone.

Dos semanas después de la muerte de Camilo, ya se usa en los estrados la palabra homicidio, ya se inició un proceso judicial y prisión preventiva para los cuatro carabineros involucrados por los delitos de homicidio consumado de Camilo Catrillanca, homicidio frustrado del joven que acompañaba a Camilo en el momento de su muerte, y por el delito de obstrucción de la investigación, por aquellos videos que inicialmente se dijo que no existían y que al parecer fueron destruidos por los mismos carabineros. En la audiencia, con los videos de los cascos de otros carabineros que venían detrás de los que mataron a Camilo, se probó que la única arma que se disparó fue la de los carabineros; no hubo robo, no hubo confrontación, como se dijo.

Frente al cuerpo de Camilo, las autoridades le llamaron mártir, lo reivindicaron como weichafe de la nación mapuche. Hubo quien dijo que tenían que irse todos: el intendente, el ministro del Interior: «Tiene que irse el general que maneja a estos asesinos, a esos criminales».

No solo se habló de dolor, se habló del futuro. Se dijo que el waichafe lograría la energía necesaria para seguir combatiendo a los enemigos: al sistema y al Estado capitalista. Se dijo libre determinación, autogobierno. Se dijo marichiweu peñi Camilo, marichiweu por los mapuche, marichiweu por las futuras generaciones. Se dijo: ¡diez veces triunfaremos!

–¡Marichiweu!

–Iá, iá, iá, iáaaaaaaa.

II

El 23 de septiembre de 2017, el rostro de Fidel Tranamil apareció en la tele, ya se había visto en periódicos y noticiarios hacía años, en los tiempos de aquellas arremetidas por la recuperación de la tierra de su lof, su comunidad.

–Libertad a todos los presos mapuche –alcanzó a gritar antes de que lo metieran a la fuerza en un vehículo blindado de carabineros.

En ese mismo momento apresaban a otros siete comuneros en diferentes lugares de la región y, desde su casa, Ilwen Hernández, esposa de Fidel, se enteraba por la radio:

–Estaban diciendo que había un operativo, que no se sabía qué pasaba, decían que eran detenidos mapuche, en Concepción, en Temucuicui y aquí, detenido el machi Fidel. «Noticia en desarrollo». Yo dije, ya, debe ser algo más grande porque si toman todos al mismo tiempo es una operación bien grande.

Lo era, era el principio de la Operación Huracán. Apresaron a Hector Llaitul, vocero de la Coordinadora Arauco Malleco, y a su hijo Ernesto. A Martín Curiche, vocero de otro caso judicial. Al werken Rodrigo Huenchullán y a su hermano Jaime, figuras importantes de la comunidad autónoma de Temucuicui, la misma donde asesinaron a Camilo Catrillanca. También a Claudio Leiva, David Cid Aedo y al machi Fidel Tranamil Nahuel, del lof Rofué.

Por la televisión salieron sus fotos asociadas a diferentes antecedentes: porte de armas, maltrato a carabinero, ex MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), ex FPMR (Frente Patriótico Manuel Rodríguez), amenazas, organización criminal, ocultamiento de identidad.

Desde Temuco, Fidel fue enviado con gran despliegue policial y un helicóptero como buitre sobrevolando el vehículo. Iban rumbo a la cárcel de alta seguridad de Valdivia. Tras una huelga de hambre, Fidel consiguió que lo transfirieran a la cárcel de Temuco, más cerca de su casa, de su esposa, de sus hijas, de su comunidad; una cárcel donde al menos están juntos los presos mapuche, se habla mapudungun y se come lo mismo que en las comunidades.

–No sabía por qué estaba preso hasta que empezaron a llegar distintos dirigentes de hartos sectores, yo dije: ah, están echando a andar la asociación ilícita terrorista, voy a quedar preso, eso es claro, voy a tener que asumir no más po’.  Pensaba en las niñitas, porque mis hijitas están chiquitas y puedes pasar dos años en prisión preventiva sin que te hagan juicios por la Ley Antiterrorista.

Un ingeniero agrónomo, un civil contratado por los carabineros, supuestamente había logrado superar varias encriptaciones e infectar con el software Antorcha más de treinta teléfonos de comuneros mapuche para hallar pruebas contundentes en WhatsApp y Telegram: se trataba de una compleja red que diseñaba y orquestaba el caos en La Araucanía, eran los terroristas tan buscados.

–En los mensajes decía que yo hablaba con estos y aquellos, yo era el jefe operativo, yo formaba gente, como el soldado que da instrucciones. [Supuestamente] yo mandaba mensajes: «Juntémonos a tal hora, antes del atentado». Yo hablaba: «Hay tantos guardias, vayamos para allá, desenterremos los balines», hablando como de que sacábamos los fierros para ir a hacer el atentado y después «operación exitosa, peñi», «vamos a luchar hasta liberar a Wallmapu», y todas esas cosas.

Fidel Tranamil, el machi Fidel, del lof Rofué, en Padre Las Casas, es un hombre de 29 años que recuerda que los suyos, hace dos o tres generaciones, pelearon junto a Kilapán en la resistencia contra el Estado chileno, hasta que los rifles de repetición hicieron muy desigual el combate. Dice que su pueblo ha estado históricamente en conflicto, que la resistencia está tan arraigada en ellos que a lo mejor está escrita ya en los genes de su gente. Al pensar en sus días infantiles recuerda a su papá clandestino durante la dictadura, recuerda a su mamá y a otros comuneros baleados, recuerda rabia y miseria. Dice que el espíritu de lucha llevó a la gente de la comunidad a ponerse del lado de la resistencia contra Pinochet.

–[Aquí] Fueron militantes de partidos de izquierda, Partido Comunista principalmente, fueron militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, gente que fue dirigente público y también gente que hizo trabajo clandestino en esos tiempos en contra de la dictadura y que tienen una historia bien bonita de lucha, de lucha y resistencia por liberar al pueblo chileno del dictador. Mi abuelo fue preso político, con la misma ley [antiterrorista] que nos siguen imponiendo. Antes fue a mi abuelo, hoy día es a su nieto.

La mitad de lo que es hoy el Lof Rofué, según el machi Fidel, se trata de tierra recuperada. Tierras que, aun estando dentro de los Títulos de Merced dados por el Estado chileno tras la ocupación militar eufemísticamente llamada «pacificación de La Araucanía», se entregaron a una nueva generación de colonos europeos y chilenos. La gente de Rofué, como la de tantas otras comunidades mapuche en resistencia, en el 2008 decidió no esperar por una restitución administrativa que consideran una claudicación frente a un Estado que los agrede. Juntos decidieron tomar por su mano al menos parte de la tierra que según los Títulos de Merced les pertenece. Al fundo Santa Lucía entraron las familias enteras, los waichafes, mujeres y hombres mapuche, niños y niñas.  La gente de Rofué avanzaba un poco y retrocedía otro tanto frente a la acción de los carabineros. Fueron impidiendo que los colonos sembraran, cortaron los alambres de las cercas y entraron y levantaron casas que los carabineros rompían en una larga lucha que duró hasta el 2016.

–En ese tiempo todos los días era enfrentamientos con la policía. Ponían helicópteros, bombas lacrimógenas, balazos [disparaban balas] contra la gente.  La lucha era piedras contra balas. Nosotros con hondas, con boleadoras, y ellos con escopetas y con fusiles. Hubieron [sic] detenidos, bastantes detenidos, a cuatro peñis les abrieron procesos judiciales. Al rico no le quedó nada en el fundo y se tuvo que ir, queda la pura chimenea de cemento parada, de la casa no queda nada más. Ahí estamos nosotros ejerciendo el control territorial hoy en día, avanzando en nuestra idea de la recuperación territorial más efectiva, más directa.

Allí hoy crece la papa y el trigo, engordan los chanchos, las ovejas, los caballos y las vacas:

–Son el fruto de la lucha –dice Fidel–. Los árboles nativos no se tocaron nunca más, están protegidos por la comunidad de Lof Rofué.

–[Ese territorio] No está legalizado, pero está ocupado. El rico sabe que ya no nos va a sacar y yo creo que estará haciendo los trámites en la CONADI [Corporación Nacional de Desarrollo Indígena] para venderlo y que la CONADI restituya legalmente a la comunidad, pero ese es un tema burocrático que les interesa a ellos, a nosotros no nos interesa mucho porque nosotros ya estamos adentro.

Fidel ha estado al frente de su comunidad en las recuperaciones de tierras, como consejero y como machi, rol tradicional que, aunque no eligió voluntariamente, tuvo que asumir desde muy chico.

A los pocos días de nacer, Fidel, como todos los hombres y mujeres que son machi, empezó a enfermar gravemente. No podía caminar, dicen que sufría infartos y revelaciones sobrenaturales sucedían en torno a él; veía y oía lo que otros ni siquiera intuían. «Tú estai loco, estai neciando», decía la familia, hasta que la enfermedad lo sitió. Vinieron complejas ceremonias, un proceso de reacomodación familiar, un aislamiento del mundo artificial de los wingka, los no mapuche. Fidel tuvo que abandonar la escuela, alejarse de la ciudad, incluso de la luz que emanaban las ampolletas. Construyeron una ruka, una casa tradicional mapuche, y por medio de un viaje a la tradición y la cultura, Fidel, siendo apenas un adolescente, se hizo machi, ese vehículo de la salud y la fertilidad de la tierra, esa conexión con los ñen, los dueños espirituales de todo cuanto hay en la naturaleza, todo eso que a nosotros los no mapuche nos resulta casi imposible de entender y que se vehicula por medio de la lengua y es administrado por la figura de lo que podríamos identificar como médico tradicional. Según Ilwen, esposa de Fidel, que además de sus roles tradicionales como mujer mapuche es también protectora de la vitalidad y los objetos ceremoniales del machi, los mapuche regresan a la cultura por medio de la enfermedad. Dice ella que hay dos épocas del año en que los mapuche están muy débiles, que es cuando escasea «el remedio», las plantas medicinales. En el invierno el remedio desaparece bajo el agua y en el verano se seca todo. Esos son momentos naturales de fragilidad del mapuche, pero hay otros, producto de la ruptura, del ejercicio de la violencia contra la mapu (la tierra).

–Cuando se construyó aquí el aeropuerto de Temuco llegó mucha gente enferma. Cuando se empezó a romper el humedal principal de ese lugar, secaron una vega entera.  Fidel decía: ustedes tienen que pedir disculpas, pagarle con comidas tradicionales y defenderlo [al humedal], pero la gente jamás se organizó. Uno podría decir: ¡pucha! ¿por qué no enferman al motosierrista que cortó todo? Porque ellos no son mapuche po’, y el deber lo tenemos nosotros con la naturaleza, la naturaleza a los mapuche les pasa la cuenta, porque somos nosotros los hijos de la tierra.

Aunque no es el pueblo mapuche el que ha reemplazado el bosque nativo por enormes monocultivos de pino y eucalipto, aunque no son suyas las maquinarias que rompen el cerro, o desvían el arroyo, por la íntima conexión con la tierra que es madre, padre, hijos y abuelos, dice Fidel que a ellos les corresponde el castigo y, por tanto, la defensa.

–Ahí es que comienza la resistencia del pueblo mapuche que hoy en día está recuperando la tierra, confrontando al Estado, confrontando a las empresas extractivistas, a las transnacionales, confrontando a distintos megaproyectos. Por la protección que nosotros ejercemos hacia nuestra tierra se genera el conflicto mapuche, y ahí es donde entran todos los poderes, la justicia, la militarización. Te imponen la idea del mapuche bueno y el mapuche malo, el terrorista y el que no es terrorista, el que se arrodilla y el que no se quiere arrodillar.

El machi Fidel, como Camilo, como tantos otros de las comunidades mapuche en resistencia, decidió no arrodillarse. Por eso, dice él, en los informes de inteligencia de la Operación Huracán, aparecía como el formador de los cuadros y el estratega de las acciones terroristas.

Meses después de aquella detención de los ocho líderes mapuche, llegó a comprobarse lo que ellos, sus abogados, voceros y familiares decían frente a la incredulidad de las autoridades y los medios de comunicación: ¡montaje!

Amparados por el resguardo que les otorgaba la Ley de Inteligencia, la Unidad de Inteligencia Operativa Especializada construyó una enorme ficción. Se trató, una vez más, de la invocación de la ley antiterrorista que, aunque no suele terminar en condenas, es útil. Con esta ley, creada durante la dictadura de Pinochet, el Ministerio Público adquiere lo que los abogados defensores de presos mapuche consideran ventajas procesales: consiguen mantener en prisión preventiva a los mapuche hasta dos años, lo que es algo así como una condena anticipada, pueden realizarse allanamientos con más facilidad, se habilita el uso del «delator compensado» y, además, al invocar la ley se instala la palabra terrorismo no solo en los estrados, sino en la opinión pública a través de los medios de comunicación, que dicen: «apresaron a los terroristas mapuche», pero tras los juicios olvidan decir: «se concluye que no eran terroristas».

Finalmente, el 13 de junio de 2018 se confirmó mediante vía judicial que la Operación Huracán es el mayor montaje orquestado hasta ahora contra los comuneros del pueblo nación mapuche. Al comprobarse que la investigación a los imputados mapuche estaba basada en pruebas falsas implantadas, todas las acusaciones contra los comuneros investigados por Asociación Ilícita Terrorista fueron sobreseídas, y seis acusaciones de incendio de carácter terrorista fueron sobreseídas también. Fidel y Martín Curiche aún hoy siguen imputados por este último delito. Esos casos sobreseídos, y presos once carabineros, el supuesto hacker, el exjefe de inteligencia policial y, desde este 22 de noviembre, también en prisión preventiva el exjefe de la Unidad de Inteligencia de Carabineros de La Araucanía.

–Lamentablemente, cuando hay algún detenido [mapuche], algún juicio político, tenemos que contratar defensa, tenemos que ir a bancarnos todo su circo donde tenemos que estar al frente de un juez, el juez te mira y dice: tú eres culpable o inocente. Que estén los fiscales acusándote, que esté el abogado tuyo defendiéndote, que tú no podai’ ni siquiera decir: yo soy mapuche, estoy luchando porque es legítimo luchar por nuestro territorio, porque fue usurpado. Es que somos el enemigo interno del Estado de Chile, somos los terroristas para ellos.

El Ministerio Público ha desoído antes cuando organismos internacionales, organizaciones por la defensa de los derechos humanos y de los derechos particulares de las comunidades indígenas han advertido sobre la inexistencia de «terrorismo» en Chile y sobre la aplicación de la ley antiterrorista chilena en el contexto del llamado «conflicto mapuche». Según aquellas voces, el procesamiento penal por hechos delictivos en este contexto debería ser por medio de la justicia ordinaria, con el debido proceso, la presunción de inocencia, y sin sesgos raciales.

Ha desoído la prensa y la comunidad en general, pero al parecer esta vez, con la Operación Huracán aún fresca en la memoria colectiva, y con el desagarro que produjo el asesinato de Camilo, parece haber indicios de que hay quienes están oyendo, quienes piensan que quizá no es adecuada la estrategia para abordar las demandas de las comunidades mapuche en resistencia, o mejor, que es la chispa que enciende la mecha. Tras la muerte de Camilo hay brotes de solidaridad y de furia que se dejan ver diseminados por diferentes puntos de Chile. La gente –que se manifiesta entre fuego y gritos– cree que la muerte y los montajes judiciales tal vez no se tratan de hechos aislados, tal vez no son algunos funcionarios policiales fuera de control. A lo mejor, esta es la evidencia de una crisis en la estrategia de fuerza, militarización y cerco judicial que el Estado ha decidido esgrimir para abordar las exigencias del pueblo mapuche.

Antes de Camilo, antes de la Operación Huracán, han sido muchos otros comuneros y comuneras mapuche, es muy posible que estos tampoco sean los últimos lutos, las últimas prisiones. En eso, a lo mejor piensa el machi Fidel mientras sorbe lánguidamente su mate frente a la estufa:

–Antiguamente no pudieron intervenir ni los incas, no pudieron intervenir ni los españoles, y hoy día no nos han podido asesinar ni acabar, aunque han hecho un intento de genocidio bastante grande en Puelmapu (en la actual Argentina) y Gulumapu (en el actual Chile). ¡Estamos aquí po’! Todavía seguimos aquí, dándoles noticias, todavía seguimos siendo el dolor de cabeza para el Estado, porque el único enemigo interno que tienen los Estados hoy día son de algún modo los pueblos indígenas, aquí en Chile somos el pueblo mapuche y en Argentina también.

Ana Karina Delgado es fotógrafa documental y cronista colombiana. Su trabajo suele ocuparse de conflictos armados, ambientales, identidades étnicas y campesinas en su natal Colombia, en Latinoamérica y África.

  • rodcasanova

    Excelente y bien referenciado en su contexto histórico.
    Importante informacion para comprender la situacion del pueblo mapuche hoy en Chile y las politicas de criminalizacion que optó el Estado chileno hacia las demanda del pueblo originario chileno argentino..


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