Artículo de Revista Global 90

China

Intrigado por conocer el ejemplo más citado de desarrollo económico y globalización de las últimas décadas, me aventuré a ir a China. Como bien se sabe, China es el país más poblado del mundo y uno de los más grandes, por lo que en esta oportunidad me decanté por visitar su mítica capital, Beijing, y su gemela comercial, Shanghái. En este artículo comparto varias observaciones de mi recorrido por un país que simboliza los grandes logros, y también peligros, que supone la modernidad para la condición humana.

China

Hace tres años, a propósito de la celebración de nuestro primer aniversario de bodas y de la llegada de mis 30, a mi esposa y a mí se nos ocurrió planificar las mejores vacaciones de nuestra vida: un periplo de 35 días que nos llevó a Tailandia, Laos, Vietnam y Camboya, los cuatro países que componen la península del sudeste asiático.

La profunda marca que me dejó esa experiencia me llevó a escribir una serie de artículos, al estilo de memoria de viajes, que relataban lo allí vivido. Al año siguiente, en 2018, nuestras vacaciones anuales fueron al oeste de los Estados Unidos —California, Arizona y Las Vegas—, pero dichos lugares los conocemos tanto por el cine y la televisión estadounidense que preferí sencillamente no escribir al respecto.

No obstante, en 2019 decidimos volver a Asia, región que en nuestro primer viaje no solo robó nuestros corazones, sino que nos mostró que el péndulo de la historia sin duda se inclina a su favor. Esa sensación de inmensidad e inevitabilidad del crecimiento económico asiático solo puede ser apreciada en su entera magnitud cuando se conoce de cerca el mayor milagro económico de la región: China. 

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Un rasgo peculiar del isleño es su relación con las distancias geográficas: como para muchos el mundo termina en la frontera, lo que está más allá de ella siempre será distante y desconocido. Pero también es lejano un viaje de punta a punta de su isla: se sorprenden de igual forma un dominicano, un boricua y un balinés cuando les hablas de recorrer en vehículo la isla de punta a punta, aun cuando se trate apenas de siete horas para los dominicanos, tres para los puertorriqueños y otras tres para los de Bali. Por ello no debe extrañar entonces que este isleño quedara anonadado cuando, al ver su boleto, entendió que para llegar a Beijing tardaría aproximadamente lo mismo que si hacía dos viajes consecutivos de ida y vuelta a Pedernales. En un mismo día. 

Al llegar al aeropuerto PEK de Beijing, luego de catorce horas trancado en una jaula de metal, nos recibieron un cielo gris, una temperatura más que templada y un deseo ardiente de comunicar a nuestra gente que habíamos llegado a China. A nuestra salida del avión, nos esperó el típico frenesí de los empleados de aeropuertos de grandes ciudades que, con ademanes constantes, intentan guiar el eterno rebaño perdido de ovejas que deben pasar por el filtro de migración. 

Me resultó perturbador que el internet inalámbrico del aeropuerto (el único disponible), a pesar de ser gratis, solo permitiera conexión a aquellos que se identificaran con su número de teléfono. Era lo que incontables veces había leído: China encarna la manifestación contemporánea más eficiente y quizás bizarra del Big Brother, el Estado que todo lo ve y todo lo sabe. Ese fue un hecho que, como relataremos posteriormente, se manifestó en todas sus dimensiones.

Similares a las que vi por vez primera en Estados Unidos, las máquinas de captura de huellas digitales fueron el primer paso, seguido inmediatamente por un control migratorio en el que el proceso reiniciaba con la toma de huellas. Tan pronto el oficial escaneó el pasaporte, el sistema identificó que ese barbudo era nacional de un país hispanohablante, razón por la cual una grabación en castellano (ya imaginarán ustedes con qué acento) me dio la bienvenida a China.

Posteriormente, tras retirar las maletas, lo primero que procuramos fue una casa de cambio, ya que en China en el día a día no es común comerciar con dólares, y es indispensable tener disponible moneda local. Recordando las recomendaciones que me había dado un amigo que había visitado el país, me dirigí inmediatamente a procurar el taxi que nos llevaría al hotel y ahí comenzó la primera de muchas sorpresas. Uno pensaría que siendo China el titán comercial que todos conocemos, sería mucho más fácil encontrar angloparlantes en el aeropuerto. Pero no fue el caso. Luego de pulular unos minutos y leer uno que otro letrero, una joven, en un inglés de difícil comprensión, me indicó que podría procurarme un taxi a un costo que cuadruplicaba lo que otros amigos que habían viajado a Beijing me habían indicado. 

Como dominicano al fin, chivo antes que león, una bandera roja sin estrellas onduló en mi mente e inmediatamente intenté explorar opciones alternativas. El metro resultaba intimidante, por lo que terminamos tomando un taxi convencional, con un chofer que varias veces me dijo welcome to China y solo le entendí a la cuarta (gracias a mi esposa).

El chofer resultó extremadamente ameno. Con uno de los cuatro celulares que tenía fijados en el tablero de su humilde vehículo, hablaba a su celular en mandarín y este a su vez me leía en voz alta en inglés. De esa forma nos comunicamos durante más de una hora, descubrí su inmenso orgullo por su patria, su humildad y también su intenso deseo de aprender sobre mi país. Sentí una calidez humana que todos los empleados del aeropuerto juntos no podían equiparar. 

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Beijing es inmensa, gris, frenética, uniforme, planificada, organizada; una gran fortaleza vigilada y amurallada. La avenida Guanghua es una de las arterias que atraviesa el distrito de negocios central de la ciudad, lugar que alberga edificaciones sencillamente impresionantes, como la sede central de CCTV, el principal canal de televisión estatal del gigante asiático.

A ambos lados de la avenida, decenas de edificaciones, todas enormes y organizadas de forma simétrica, parecían competir por nuestra atención. Los rascacielos pekineses definitivamente no son un fenómeno orgánico y espontáneo, pues la forma en que están organizados es indicativa de una distribución planificada y pensada para hacer un uso eficiente del espacio maximizando el impacto visual.

Cuando le pregunté al taxista sobre el pesado tráfico que estaba ante nosotros, la respuesta que tradujo su celular a mi pregunta fue: “En Beijing siempre estamos en hora pico”. La nueva afluencia de las élites chinas y su pujante clase media, con deseos (y poder) de consumo al estilo occidental, hace que todos quieran tener su vehículo. Y cuando todos son 22 millones en una sola ciudad, es de esperarse que las vías públicas y el aire estén congestionados: las primeras por todos los vehículos, y el segundo por la contaminación que generan dichos vehículos y las industrias de los alrededores. 

Al llegar al hotel me topé con una realidad más fácil de entender por la experiencia propia que por la ajena: un mundo sin WhatsApp, sin Google ni todos sus servicios y sin las redes sociales occidentales. Welcome to China, my friend, pareció decir mi celular. En el lobby del hotel, tras un saludo en un inglés de difícil comprensión, noté un letrero en el mostrador que indicaba que en China están prohibidas las aplicaciones que mencioné anteriormente, algo para lo que yo creía estar preparado. En efecto, preocupado por mi privacidad y cansado del bombardeo de políticos dominicanos en internet, decidí en 2019 adquirir un servicio de VPN (Virtual Private Network), que me permite conectarme a servidores de internet en todo el mundo.

Vivimos en lo que algunos llaman el “capitalismo de la vigilancia”, pues nuestros datos son un commodity muy valioso sobre el que se construyen imperios exitosos como el de Facebook y Google (la necesidad de controlar una pandemia relega temporalmente a un segundo plano las discusiones sobre privacidad en línea, pero eso es tema de otro artículo). En China han convertido los datos en una herramienta de política pública extraordinariamente poderosa… y de propaganda política. En teoría, los VPN en China te permiten acceder al internet sin los “filtros” que aplica el Gobierno. Sin embargo, en la práctica, son muy inestables, constantemente se caen, por lo que requieren un grado de atención que un turista como yo prefirió dedicar a su alrededor y no a la pantalla de su celular. La justificación que escuchamos de algunos locales es que “eso se hace por seguridad nacional”, un eufemismo que esconde realmente dos palabras: censura y proteccionismo, pues para cada aplicación prohibida hay una alternativa local: para Whatsapp es WeChat, para Google es Baidu, para Twitter es Sina Weibo, y así sucesivamente.  

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El segundo día nos dirigimos a la Gran Muralla, la visita obligada de cualquier turista en Beijing. El guía del viaje fue el primer angloparlante fluido que conocimos durante nuestras primeras 18 horas en China. Así como el taxista, era una persona humilde, afable, elocuente, siempre sonriente y profundamente orgullosa de su tierra y su gente. Atinadamente nos indicó que noviembre es una muy buena época para visitar la muralla, pues en otoño la naturaleza es una paleta de colores y la vegetación pasa del verde al naranja, al carmesí, hasta terminar en ocre. 

Hay múltiples puntos en los que se puede visitar la inmensa muralla, pero, por recomendación de un pasajero norteamericano que conocimos en el vuelo de ida, nos decidimos por el Mutianyu, ubicado a unos 65 kilómetros de Beijing. Es una de las secciones mejor conservadas y supuestamente con menos turistas (como muchas cosas en China, lo primero resultó ser cierto; lo segundo, no tanto). Tanto ha escuchado uno sobre la muralla que, en el camino, flotaban en mi mente imágenes de su complejidad, grandeza y extensión, pero no de lo primero que encontré en la entrada: un Kentucky Fried Chicken, un Subway y un Baskin Robbins.

Para iniciar el ascenso lo recomendable es abordar un funicular que conduzca directamente a la elevada estructura. El trayecto está organizado en función de múltiples torres de vigilancia, de las cuales las que van desde la 14 a la 21 son accesibles al público. El camino de ascenso es hermoso, y la muralla estaba franqueada de montañas otoñales forradas de hojas tiznadas extendiéndose como una serpiente interminable en el horizonte, imponente y ondulante. Una vez allí, un camino angosto, rocoso, elevado y repleto de asiáticos, caucásicos, y sus respectivos celulares en ristre, se extendía a lo lejos. Como ocurre siempre cuando nos encontramos ante una obra maestra de ingeniería antigua, es más fácil entender el por qué que el cómo. Ello es especialmente cierto en la muralla, una obra que requirió el desplazamiento de miles de toneladas de roca muy pesada a lo largo de miles de kilómetros de un territorio montañoso. Nada de ello es posible sin una ambición inmensa, una disciplina férrea y, claro, un elevadísimo costo humano.

Al llegar a la torre 21 nos encontramos con que el camino se encontraba en reparación y su acceso al público estaba prohibido. Como buenos dominicanos, la palabra prohibido sirvió de aliciente y decidimos, cual niños huyendo de una pela en el barrio, saltar una pared que nos permitió continuar hasta un segmento de la muralla en el que solo contamos cuatro personas… a diferencia de las hordas de selfies y celulares que llevábamos horas viendo. Como otros monumentos históricos de Beijing (salvo el hipervigilado mausoleo de Mao), la Gran Muralla es un lugar de escasa vigilancia (por lo menos visible). Así que, haciendo caso omiso de la prohibición de paso, encontramos la paz y el silencio necesario para apreciar a plenitud la grandeza de la obra que impactaron estos ojos caribeños. 

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Luego de terminar nuestro recorrido por la muralla, el tour contratado nos condujo unos 50 kilómetros fuera de la capital para conocer las trece tumbas de la dinastía Ming, lugar declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco y construido por el tercer emperador de la dinastía Zhu Di. El recorrido que comúnmente se realiza es de unos cinco kilómetros y está franqueado a ambos lados por estatuas de varias figuras de la mitología china, soldados e incluso consejeros de la corte de los distintos emperadores que allí descansan.

La ruta de las estatuas es también conocida como “el camino sagrado” pues, según la mitología china, ese fue el camino recorrido por el primer emperador, Ming, conocido como “el hijo del cielo”. Las 36 estatuas de camellos, elefantes, leones, mamuts e incluso tortugas eran las favoritas del mítico Mao Zedong. 

En medio de una breve explicación que el guía nos ofrecía sobre unas estatuas, alguien del grupo se echó a reir. Hasta entonces el guía había sido afable y alegre, pero de pronto se mostró extrañamente hosco y con una sonrisa hostil le preguntó al burlón la razón de su risa. Al no poder responderle este, el guía prosiguió con sus explicaciones. Ahí percibí algo que se repetiría constantemente, la gran sensibilidad de la gente a la crítica realizada por extranjeros. Es como si el orgullo fuese un estandarte y el nacionalismo estuviera todo el tiempo a flor de piel, y ahora más que nunca, ya que China ha retomado su lugar bajo el sol. El recorrido culminó con una entrada compuesta por tres puertas arqueadas que daban a un gran mausoleo, las que, según el guía, representan las tres grandes necesidades del ser humano en la vida. A modo de juego, nos pidió elegir la puerta de aquello que nos faltase en la vida. Las opciones eran dinero, salud y felicidad. 

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Al día siguiente iniciaba la primera reunión del comité ejecutivo de la Federación Mundial de Asociaciones de Naciones Unidas, grupo al que pertenezco tras ser elegido por la mayoría de los miembros en una reunión celebrada en 2015 en la ciudad de Vancouver, en Canadá. La sede del encuentro quedaba próxima al mausoleo de Mao y a varias instituciones gubernamentales de Beijing, en una zona muy exclusiva. 

La Asociación China de Naciones Unidas nos dio el mismo trato que le daría a una élite de dignatarios. Nos llevaron a varias visitas culturales y encuentros sociales inolvidables. El más memorable fue auspiciado por la Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas de China en un hermoso restaurante que evoca los jardines del palacio imperial de la dinastía Ching: todos los empleados vestían como miembros de la corte, una experiencia, aunque muy turística, verdaderamente memorable.

Allí compartí con varios pequeños empresarios de industrias tan variadas como cerveza, equipamientos industriales, educación a distancia, aires acondicionados, entre otras. Como casi ninguno de los presentes hablaba inglés, necesitamos de una joven traductora que fue abrumada con todas las preguntas de los extranjeros y la elocuencia de los empresarios. Los emprendedores chinos son el ejemplo vivo del éxito comercial de ese país: todos los que conocí eran muy enérgicos, orgullosos de su madre patria y tenían una historia que comienza con orígenes humildes y culmina en riqueza. Casi todos muestran su nueva riqueza de forma no muy discreta.

El alcohol juega un rol prominente en los encuentros de negocios, por lo que naturalmente todas las conversaciones estaban precedidas y seguidas por un vigoroso ¡Ganbei! (¡salud! o ¡hasta el fondo!), frase que se repitió incontables veces durante toda la velada. Para los allí presentes era muy importante destacar “la apertura de China” y su deseo de incrementar los lazos comerciales con personas y empresas de todo el mundo. Esa misma impresión de “China is always open for business” es un tema de conversación recurrente de un pueblo que se siente cada vez más orgulloso de sus logros en las últimas cuatro décadas.

No podíamos salir de Beijing sin dar una vuelta por sus legendarios centros comerciales, y desde luego por la importantísima plaza de Tiananmén, el mausoleo de Mao Zedong y la Ciudad Prohibida. Como amantes de la historia, naturalmente priorizamos los lugares históricos. 

El itinerario se inició con la Ciudad Prohibida, sede de las dinastías Ming y Quing desde 1420 hasta 1924 y hoy uno de los lugares más visitados de China, que solo en 2019 recibió más de 19 millones de visitantes. Al llegar a cualquier obra maestra siempre me pasa lo mismo, me siento diminuto ante la majestuosidad propia de los palacios, como si fuera Gregorio Samsa frente al Angkor Wat. 

Me sorprendió algo que también se repitió en todos los lugares turísticos visitados en China: la gran mayoría de los turistas eran chinos. Los occidentales o no asiáticos nos veíamos todos de lejos; aunque nos perdiéramos entre la muchedumbre humana, siempre nos encontraríamos. Otro dato sorpresivo para mí fue el poco cuidado puesto en los esfuerzos de conservación de las paredes, los adoquines y la madera… algo que uno no esperaría de un lugar tan emblemático para una nación con una historia milenaria… hasta que se piensa, en términos semióticos, que los emperadores y sus palacios solo forman parte tangencial del ethos comunista. Quizás por eso está mucho mejor conservado el Mausoleo de Mao que la Ciudad Prohibida.

Ese mismo día, armados de una ola inusitada de confianza, utilizamos el muy moderno sistema de metro de Beijing para dirigirnos a nuestro próximo destino. Como principio de viaje, siempre prefiero optar por el transporte público de las ciudades que visito, pues creo que es una buena oportunidad de observar al ciudadano en su cotidianidad, sin máscaras (aunque con mascarillas) y simplemente haciendo lo que todos hacemos sin importar raza, color ni credo: desplazarnos de un punto a otro. 

Dicho sistema de transporte, que comenzó siendo intimidante, se convirtió en ideal cuando un amigo me habló de una aplicación en inglés con todas las paradas que, combinadas con letreros de estaciones tanto en inglés como en mandarín, hacen el transporte fácil para los extranjeros. Quizás porque los occidentales somos pocos, quizás porque Beijing es una capital más política que comercial, o sencillamente porque mi fenotipo resultaba extraño, las miradas que recibí en el metro fueron poco sutiles, fijas y muchas. No sabía si sentirme extraño, juzgado o solo observado cuando devolvía miradas que no esquivaban la mía, sino que, por el contrario, permanecían inmóviles mientras yo prefería mirar a otro lado.

Como nota al margen, la modernidad y sofisticación del metro contrastan con la sofocante presencia de personal de seguridad. Me resultó muy chocante que en todas las entradas del metro siempre hubiera un chequeo de seguridad con rayos X compuesto de, al menos, tres policías. Cuando pregunté a mis amigos chinos el porqué de tanta seguridad, respondieron: “Esa es la norma en la capital”. Nadie me lo dijo, pero intuí que un gran aparato de seguridad pública es también un gran generador de empleos.

Si hay un lugar de visita obligada en la capital política de China, es la plaza cuyo nombre evoca la famosísima foto del activista desconocido que logró detener una formación de tanques de guerra durante las famosas en Occidente, y casi inexistentes en China, protestas de 1989, la icónica plaza de Tianamen. Una densa neblina filtraba los rayos del sol que se posaban sobre una plaza gris en la que se encuentra el Monumento a los Héroes del Pueblo, el Congreso del Pueblo, el Mausoleo de Mao y el Museo Nacional de China. En los alrededores de la plaza, pequeños escuadrones de soldados marchan incesantemente y al menos una docena de oficiales de seguridad vestidos de negro estaban de brazos cruzados en la entrada frontal del mausoleo, lugar donde descansan los restos embalsamados del padre de la China comunista… y de varios capítulos oscuros de la historia contemporánea de ese país.  

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Un encendedor me permitió comprender —en un aeropuerto en el que tomaría un vuelo de dos horas a Shanghái— el grado de interconexión de los sistemas de vigilancia en China. Inmediatamente llegamos al mostrador de la aerolínea, un joven con un inglés incomprensible revisó nuestros pasaportes e imprimió los boletos de embarque. Tras lanzar nuestro equipaje en la correa, caminábamos en dirección al control de seguridad cuando el sonido de una sirena justo detrás del mostrador de la aerolínea nos hizo detenernos. Al voltearme, el joven me pidió con un ademán que me acercara y me indicó que debía esperar al personal de seguridad para revisar mi maleta. Tan pronto la chica de seguridad mencionó la palabra lighter (encendedor), supe que se trataba de los dos encendedores que tenía en el equipaje junto a mis cigarros. Cuando me entregaron el equipaje me pidieron que les entregase el encendedor; como buen dominicano saqué ambos, pero solo les entregué uno pues el otro tenía un alto valor sentimental para mí. Al pasar mi equipaje por los equipos de rayos X, me permitieron seguir hacia el segundo chequeo de seguridad.

Tratando de burlar el sistema, se me ocurrió vaciar el contenido de butano del encendedor en el baño y ponerlo en mi bulto de mano. Para mi sorpresa, al llegar al área de revisión de equipajes de mano, la persona que me atendió lo primero que me preguntó fue por el ligther. Ignoré aviesamente la pregunta y, mientras me quitaba el cinturón, otra persona (el cuarto empleado del aeropuerto con el que interactuaba) de nuevo dijo la palabra mágica, abrió mi equipaje de mano y se quedó con mi encendedor. Mi intento de burlar la seguridad del aeropuerto fue un fiasco total, tanto que incluso antes de abordar el avión la empleada de la aerolínea al escanear mi boleto me miró y con una sonrisa extraña dijo: “No lighter”; nunca sabré si la sonrisa fue de burla, de advertencia o de molestia.

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Muchas frases están tan adheridas al argot popular que en ocasiones las utilizamos sin entenderlas. Así, cuando una cosa es muy distinta a otra, nos gusta decir que “esos son otros quinientos”, pues Shanghái definitivamente son otros quinientos. Beijing resulta monocromática, mientras que Shanghái es colorida; la una luce planificada, la otra orgánica; en una vi pocos rostros occidentales, en la otra encontré varios. Beijing es el centro de poder político, hermético, discreto y muy nacionalista, mientras que Shanghái es la capital comercial abierta, ultratecnológica e internacional.  

El eje que divide la ciudad en oriente y occidente es el río Huángpǔ, el último afluente del titánico Yangtzé, previo a su desembocadura en el mar del Este. Su ribera luce como una serpiente y en ella se encuentra el famoso distrito financiero y la aún más famosa y exclusiva zona de Pudong, la más lujosa de la ciudad. Esta parte evoca el pasado colonial chino, y prueba de ello es no solo el estilo neoclásico del Waldorf Astoria con sus paredes exteriores talladas o el art déco del Fairmont Peace Hotel con sus formas geométricas y metálicas, sino el desproporcionado tamaño de la embajada británica que aún se encuentra en la zona. Si la importancia de los países se midiera en función del lujo de sus embajadas, los ingleses quizás tienen más comida china en el plato de la que pueden masticar. 

Llegamos una mañana soleada y lo primero que me hacía agua la boca era comer en algún restaurante estilo Sichuan, mi preferido entre los diversos estilos de cocina china. Luego de un copioso festín de langostinos picantes y cerveza, se imponía una extensa caminata y así lo hicimos alrededor del Huángpǔ con destino a la famosa Shanghái Tower, que se caracteriza por tener el elevador más rapido del mundo y por ser el segundo edificio de mayor altura (632 metros).

En unos 45 segundos, a una velocidad de 73.8 kilómetros por hora, una caja metálica te lleva del piso 1 al 118. Desde la cima, a una altura de 555 metros, se puede apreciar la serpiente de agua dulce que divide la ciudad. Durante la potente subida, el cuerpo apenas percibe lo que ocurre por un leve zumbido en el oído, ese que se siente en las cabinas presurizadas de los aviones cuando se está aterrizando. En las dos horas que pasamos en el piso 118, una colorida silueta de metal y modernidad abrumó todos mis sentidos, me sentí como un dron en piloto automático, me resultaba difícil concentrarme: el todo era tanto que lo específico resultaba por momentos irrelevante. De nuevo, me sentí como Gregorio Samsa, pero esta vez volando a más de 500 metros de altura, con el viento a mi favor, pensando que todo es posible. Sentí por momentos que los únicos límites son los que nosotros mismos nos imponemos, me sentí poderoso y al mismo tiempo ínfimo viendo desde arriba esa enorme y colorida selva de cemento. ….

Luego de cansarnos de la vista, de reflexionar y, claro, de tomar muchísimas fotos, decidimos conocer la otra cara de la capital comercial, su exclusiva vida nocturna. Al descender pensé que había agotado “mi cuota” de fotografías, pero, cual turista ignorante, todavía no había visitado el famoso Bund, una zona de edificios situados a orillas del río Huángpǔ. . Sin poder usar Uber, me aventuré a tomar un taxi amarillo; tan pronto lo abordé —con una oscura sonrisa el chofer apagó el taxímetro y me dijo “I take you”—, supe que me cobraría mucho más de lo adecuado. Tras desmontarnos del taxi, lidiando todavía con esa leve ansiedad de sentirme, como buen turista dominicano, chapeado, caminamos por el frente de la monumental embajada británica. Me llamó mucho la atención la cantidad de soldados estacionados en varias esquinas de la zona…, pues no parecían seres humanos: sus espaldas vestidas con chaquetas verdes estaban tan rectas como una mesa, sus rostros resultaban impenetrables como el diamante y sus cabezas cubiertas por quepis rojos eran estáticas como las de una estatua.

Mientras una brisa fría proveniente del mar tocaba mi rostro y los militares inmunes al viento seguían en su posición, pensé que Shanghái indudablemente era la ciudad del futuro, donde te sientes ínfimo frente a miles de toneladas de concreto con luces de todos los colores, pero al mismo tiempo extremadamente vigilado. Si en Nueva York el cemento y la muchedumbre son sinónimo de anonimato, en Shanghái la ultramodernidad se siente como una mirada constante que todos racionalizan con una frase que usamos mucho los dominicanos: el que nada debe, nada teme. 

Con tantas lecturas de Le Carré y películas basadas en sus obras, nunca pensé que el comunismo sería sinónimo de abundancia, riqueza material y vanguardia tecnológica, pero tras diez días de imponentes edificios, calles congestionadas, robots, millones de transeúntes, cientos de cámaras, personas que me observaban y claro, mi primer y único negroni comunista frente a los modernos edificios del Bund, me convencí de que pasase lo que pasase regresaría a Shanghái, no solo con una mochila grande, sino con un bulto de mano, una chaqueta y un suplidor local, pues ella es el futuro.

Nota. Este artículo fue publicado por entregas en la web del Consejo de Relaciones internacionales de Funglode:  www.cdri.funglode.org

Emil Chireno Haché es abogado. Posee estudios de maestría en derecho público y relaciones internacionales en los Estados Unidos. Fue investigador del Carnegie Council for Ethics in International Affairs. Actualmente es socio fundador de la firma KCNP Abogados y dirige el Consejo Dominicano de Relaciones Internacionales. 


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