Artículo de Revista Global 86

Cien años de soledad en Netflix

Una mujer en Cuba ha leído el libro 510 veces. Una búlgara aprendió español para disfrutarlo en su idioma original. Una pintora china tiene más de 100 dibujos basados en el libro. Un colombiano nombró a sus tres hijos como Amaranta, Úrsula y José Arcadio. La noticia de que Cien años de soledad se convertirá en serie de televisión para Netflix revive la discusión sobre las relaciones entre cine y literatura. Aquí se explora el vínculo de Gabo con el cine y el difícil asunto de las adaptaciones literarias al séptimo arte.

Cien años de soledad en Netflix

Algunas películas se viven como si fueran la vida misma. A veces la vida también parece una película, sin las partes aburridas, lo cual es fascinante. Y hay casos en que la vida y el cine se entrelazan en un todo perfecto, tanto que no se sabe cuándo empieza una o termina el otro. Así fueron, desde siempre, las relaciones de Gabriel García Márquez con el cine, mágicamente inseparables.

Vamos a empezar por el comienzo. Tal vez el primer contacto, el más antiguo que Gabo tuvo con el cine, le ocurrió de la mano de su abuelo. Nicolás Márquez acostumbraba a llevar a su nieto por las calles reverberantes, donde el calor zumbaba como un insecto, en dirección al Teatro Olympia de Aracataca, fundado por el italiano Antonio Daconte, que había nacido en Scalea (Calabria), de donde salió muy joven con sus hermanos para venir a vivir a ese remoto y ardiente lugar del Caribe colombiano.

«Daconte había llegado después de la Primera Guerra Mundial —cuenta Gerald Martin en Gabriel García Márquez: una vida—, trajo las películas mudas que proyectaba en el Olympia, la primera sala de cine que tuvo la comarca, con cerca de 200 sillas, y también abrió un almacén donde vendía gramófonos, radios, e incluso bicicletas que alquilaba a la asombrada población».

Por su parte, el nieto del italiano Daconte, el escritor Eduardo Márceles Daconte, refiere: «Gabo siempre me manifestó su gratitud para con el viejo italiano que le permitía a su abuelo, Nicolás Márquez, entrar con su nieto a ver las películas gratis en su cine. En una ocasión me contó en Cartagena que su afición por el cine surgió en aquellas rústicas bancas de madera del Olympia, donde él, hipnotizado por el milagro de las imágenes en movimiento, disfrutaba de las peripecias de sus protagonistas».[1]

Recordaba también Gabo que cuando era niño su abuelo lo animaba para que relatara ante la familia reunida la película que acababan de ver en el teatro de Daconte. El abuelo «nos invitaba a la función tempranera de su salón Olympia, para alarma de la abuela, que lo tenía como un libertinaje impropio para un nieto inocente. Pero Papalelo<el abuelo] persistió, y al día siguiente me hacía contar la película en la mesa, me corregía los olvidos y errores y me ayudaba a reconstruir los episodios difíciles. Eran atisbos de arte dramático que sin duda de algo me sirvieron».[2]

Los muros del Olympia siguen todavía en pie, pero su edificio, descolorido por soles y lluvias, se convirtió en una bodega de comercio llena de sacos de arroz. Hoy en la casa museo de Aracataca se pueden ver los dos destartalados proyectores del antiguo teatro. No hay vestigios de los tiempos gloriosos, cuando la gente llegaba hasta el teatro para salvarse de sus rutinas y angustias diarias viendo películas que los ponían a soñar despiertos. «Solo los que lo vivieron saben cómo fue aquello», dicen algunos en las esquinas o terrazas de Aracataca, que siguen prolongando el rito de las evocaciones nostálgicas del Olympia y sus fantasmas entrañables.

El capítulo romano de Gabo

Uno de los períodos menos conocidos de la vida de Gabo fue su paso por Italia. Sometido a todo tipo de azares de la fortuna, había llegado a Europa como corresponsal del diario El Espectador, en donde aparte de crónicas y reportajes también hizo crítica cinematográfica. Entre 1954 y 1955 escribió 75 críticas de cine. Un día —escribió Gabo en sus memorias—: «Álvaro Cepeda me despertó a las seis de la mañana desde Barranquilla cuando se enteró de mi audacia. ¡Cómo se le ocurre criticar películas sin permiso mío, carajo!, me gritó muerto de risa en el teléfono. ¡Con lo bruto que es usted para el cine!».[3]

García Márquez tenía que enviar corresponsalías sobre la XVI Exposición de Arte Cinematográfico de Venecia, que a duras penas pudo escribir porque estuvo dos semanas viendo cine, día y noche. Quiso aprovechar también su paso por Roma porque deseaba conocer Cinecittà, el complejo de estudios cinematográficos y televisión, y a la gente de cine. Por eso en 1955 se matriculó en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma. Contó con el apoyo de Fernando Birri, director argentino, que años más tarde dirigió una adaptación del cuento “Un señor muy viejo con unas alas enormes”.

A sus 27 años, García Márquez trabajó como tercer asistente de dirección en una película titulada Lástima que sea un canalla, en la que actuaba Sofía Loren. Allí en Italia solo permaneció algunos meses, no terminó de cursar la carrera, en parte porque jamás logró dominar el aspecto técnico de las películas. Las últimas semanas se las pasó aprendiendo con la profesora de montaje todo sobre la edición, que venía a ser, según ella, la gramática del cine.

Cuando después se trasladó a París, y escribió El coronel no tiene quien le escriba, Gabo insistió en que esta novela no era literatura sino cine, porque en realidad él quería ser guionista. «Al principio quise ser director y lo único que realmente he estudiado es cine. El cine y yo somos como un matrimonio mal llevado, es decir, no puedo vivir sin el cine ni con el cine, y a juzgar por la cantidad de ofertas que recibo de los productores, también al cine le ocurre lo mismo conmigo»,[4] escribió el escritor a principios de los ochenta.

«Entre 1950 y 1954 el cine hace de Gabo un mejor narrador», comentó por su parte el crítico francés Jacques Gilard.[5] Una interpretación de Cien años de soledad, importante por el sentido cinematográfico que advierte en la novela, es la del poeta y director Pier Paolo Pasolini, que comparto como elemento para la discusión: «Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista: tienen todos los “tics” demagógicos destinados al éxito espectacular».[6]

¿Fue premonitoria la visión de Pasolini en lo que respecta hoy al interés de la industria cinematográfica norteamericana, encabezada por Netflix, en la inminente producción de la novela?

Casting para el realismo mágico

¿Alguien se imaginaba a Guillermo de Baskerville, el monje detective de la novela El nombre de la rosa, encarnado por Sean Connery en la magistral película dirigida por Jean-Jacques Annaud? Robert Redford y Leonardo DiCaprio​ le pusieron rostro al personaje principal de El gran Gatsby, ¿la novela de Fitzgerald ha perdido encanto y lectores debido a esas adaptaciones? ¿Cuántas adaptaciones llevan Madame Bovary o Los miserables? ¿Debe adaptarse una obra cuyo autor, García Márquez, fallecido en 2014, no quiso llevarla al cine?

Otras muchas obras —novelas, cuentos y guiones— del escritor colombiano han sido rodadas con suerte muy desigual, desde la bella y sobria adaptación de El coronel no tiene quien le escriba, de Arturo Ripstein, hasta la fallida El amor en los tiempos del cólera, de Mike Newell.

Aunque Gabo nunca vendió los derechos audiovisuales de Cien años de soledad porque desconfiaba del resultado, sus hijos Rodrigo García Barcha (Bogotá, 1959) y Gonzalo (México, 1962) han asumido la hazaña de hacer una serie sobre la célebre novela para la productora Netflix, que cuenta con 140 millones de suscriptores. Por su parte, Francisco Ramos, vicepresidente de Netflix para series originales en español, dice que es un honor y asegura que Cien años de soledad es una «historia atemporal e icónica de Latinoamérica que estamos encantados de compartir con el mundo».[7]

«¿Te han hecho ofertas para llevar al cine Cien años de soledad?», le preguntó el periodista cubano Miguel Torres en 1969, y Gabo respondió: «Sí, pero yo no quiero que se lleve esta novela al cine. Francesco Rossi, el director italiano, me ha llamado mil veces a mi casa en Barcelona y dice que a la larga me va a ablandar y convencer, pero yo no quiero. Pienso que la mejor solución es por la que ha optado Glauber Rocha que me dijo: mira, yo no quiero llevar al cine tu novela porque es imposible, pero te advierto que cada vez que esté filmando una película y sea oportuno le inserto un elemento sacado de tu novela».

«Yo no quiero que Rossi haga Cien años… —continúa Gabo- porque sus soluciones serán literarias y no visuales: se adaptan novelas y las películas resultan pura literatura. Yo creo que un director de cine debe saber las cosas que quiere expresar, tomar sus notas y escribir su película con la cámara mientras filma. Que tome su equipo y salga a escribir su película como hacen los brasileños. El director busca sus ideas por todas partes, trata de expresarlas; el papel del escritor es solo el de ser una de esas fuentes suministradoras de ideas».

También en octubre de 1990, Gabo coincidió con el cineasta Akira Kurosawa, quien mostró su interés en llevar a las salas de cine El otoño del patriarca, repensado en un Japón medieval. Sin embargo, el proyecto se canceló por no contar con los fondos necesarios.

Tal vez el referente cinematográfico más cercano de Cien años de soledad sea la película japonesa Saraba Hakobune (Despedida del Arca), de 1984, dirigida por Shûji Terayama, y que participó en la competencia oficial por la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes de 1985. En el film, Macondo es una aldea del Japón rural. Una pareja de primos anhela vivir juntos, pero sus familiares se oponen a que mantengan relación alguna. Los habitantes de la aldea profesan la creencia que si llegan a tener hijos, los niños nacerán con malformaciones físicas. Sin encontrar otro remedio, la pareja de primos escapa, pero a su regreso, trascurrido un tiempo, deberán pagar las consecuencias de sus acciones. Saraba Hakobune logra una adaptación hábil al tomar varios elementos presentes en la novela y los unifica con la cultura japonesa, aportando una identidad estética, personal, a esa película y probando que para el séptimo arte no existen imposibles.

García Márquez manifestó en 1998 a The New York Times que jamás permitiría que Cien años de soledad fuera llevada al cine, porque el libro es una parte integrante de la vida cotidiana de América Latina. Señaló que los lectores de la novela imaginan a los personajes como quieren, y si la historia fuese reflejada en la pantalla grande destruiría esa ilusión, ese margen de creatividad. También declaró que «sería, además, una producción muy costosa en la que tendrían que intervenir grandes estrellas, como, por ejemplo, Robert de Niro en el papel del coronel Aureliano Buendía y Sofia Loren en el de Úrsula, y eso la convertiría en otra cosa».

«Una tontería de Anthony Quinn», se titula una columna de García Márquez, de 1982, en la que cuenta el interés del actor y productor Anthony Quinn en llevar Cien años de soledad a una serie de televisión. «Los periodistas del aeropuerto, que de tanto vernos han terminado por ser mis amigos, me dijeron que Quinn había dicho la noche anterior por la televisión mexicana que estaba dispuesto a darme un millón de dólares por los derechos de Cien años de soledad. Yo les dije a los periodistas, y ellos lo publicaron por todas partes al día siguiente, que aceptaba venderlos con la condición de que no fuera uno, sino dos millones: uno, para mí, y otro, para la revolución de América Latina. Esa misma semana, y antes de verse conmigo, Anthony Quinn replicó en la televisión: “Yo le doy el millón de dólares para él, pero el otro que se lo consiga en otra parte”».

Gabo también puso freno a las tentativas de Giuseppe Tornatore —director de la ya clásica Cinema Paradiso— de llevar Cien años de soledad al cine, imponiendo una condición imposible. Según explicó el productor Harvey Weinstein, el nobel colombiano terminó diciéndoles: «debíamos grabar el libro completo, pero solo lanzar un capítulo —de dos minutos— cada año, durante 100 años». Sin embargo, es importante tener en cuenta que el escritor colombiano sí confiaba más en las posibilidades narrativas del formato televisivo a la hora de una posible adaptación, y eso lo dejó en claro cuando en 1989 declaró a The New York Times que con la televisión «en una noche puedes llegar a 10 millones de espectadores y esa es la idea: llegar a ese público con ideas y calidad». Él sabía que Cien años de soledad guardaba ese potencial.

Hay cosas que solo se sienten con palabras

Hay un mar de perplejidad, curiosidad y de incertidumbre sobre la adaptación de la novela, que ha sido traducida a 49 lenguas y ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares. Hay reacciones de todo tipo: «Han llevado a Shakespeare y Dostoievski al cine, ¿por qué no a Gabo? Dejemos de ser provincianos pensando que lo nuestro es único y lo mejor del mundo», dijo alguien en Facebook. «¿Y el guion? ¿Empezará en el pelotón de fusilamiento o en la fundación de Macondo?», se pregunta la escritora Lina María Pérez. También comentan: «Macondo es una representación personal en la imaginación —dice Juan David Quintero, también en redes sociales-: con el cine se estandariza esa imaginación. Creo que la riqueza de Cien años es esa, la capacidad del individuo de leerla como si fuera nuestra propia historia».

La magia de una novela clásica desborda el límite de las palabras, y no podemos privar a quienes no han leído la novela de poderla sentir, comprender y soñar, desde la mirada de los artistas, los cineastas, los músicos y los arquitectos. En ese sentido, Gustavo Tatis Guerra, un gabólogo experto, opina: «cinco siglos después de la escritura de Don Quijote de la Mancha, Cervantes no intuyó que sus personajes saldrían de las páginas y se convertirían en personajes de teatro, televisión y cine, y se encarnarían en los sueños de los pintores, ilustradores, músicos, y que alguna madre decidiera bautizar a su hija con el nombre de Dulcinea».

No todo puede ser recreado en imágenes y llevado a la pantalla, hay cosas que solo pueden decirse y sentirse a través de las palabras. Una tentación inicial de muchos, al momento de juzgar la adaptación de una obra literaria al cine, es comparar el original y el film, de forma espontánea y demasiado ligera, sin tener en cuenta si una adaptación pretende ser libre o muy fiel a la obra. Hay que estudiar las posibilidades cinematográficas de los relatos, porque adaptar es elegir, en medio de muchas opciones.

Y en cuanto al lector, siempre será más libre que el espectador de cine, porque nadie controla lo que pasa en su cabeza, y es así como el lector también se vuelve un creador de mundos. Hay, sin embargo, un peligro en la adaptación de obras literarias al lenguaje audiovisual: no es un riesgo menor en los tiempos que corren, donde el cine y la televisión predominan en los gustos y costumbres de la gente, y es que muchos de los que vean la miniserie de la novela de Gabo, creerán —erróneamente— que ya se leyeron la novela, que ya la «conocen», y por eso ya no sentirán la curiosidad de leerla. Y eso les ha ocurrido a muchas obras, tanto clásicas como de otro canon, pero eso forma parte de contingencias futuras muy difíciles de establecer.

«La escasez de diálogo en Cien años de soledad es uno de los obstáculos técnicos más complejos para su adaptación —opina Álvaro Santana Acuña, profesor de Sociología de Harvard y experto en la novela—: los diálogos apenas abarcan el cinco por ciento de la extensión total del libro. Además, los personajes rara vez intercambian más de tres frases seguidas. Por el contrario, lo que abundan son frases solemnes y memorables que están inmersas en páginas y páginas de narración».[8]

«Otro reto capital es cómo contar la historia —continúa Álvaro Santana Acuña—. En la novela se entremezclan el tiempo lineal —desde la fundación de Macondo hasta su desaparición— con el tiempo cíclico —se repiten los nombres de los personajes y también sus tragedias—. Además de su inconfundible prosa poética y realismo mágico, Cien años de soledad es una obra muy sensorial. ¿Cómo llevar a la pantalla docenas de olores —como la fragancia que atormentaba a los hombres seducidos por Remedios, la bella—, de sabores —como el gusto de la sustancia que liberó a los habitantes de Macondo de la peste del insomnio— o texturas —como cuando Aureliano Buendía tocó el hielo?».

¿Cómo comprimir una novela para Netflix, que generalmente desarrolla miniseries de cinco capítulos por temporada? Esas miniseries se diferencian de las series principalmente por seguir una línea argumental con desenlace a lo largo de la misma. ¿Qué guionista se le medirá a este reto, en donde el suspenso —es decir, mantener la expectativa y curiosidad sobre el desarrollo y final de una historia— deberá ser clave para el éxito del proyecto? ¿Acudirán a otros recursos para despertar la curiosidad y mantener la atención del espectador?

«Pero no todo en la novela son dificultades para su adaptación —precisa Álvaro Santana Acuña— porque García Márquez usó numerosas técnicas y trucos cinematográficos al escribirla. Y lo hizo desde la primera página; el momento en que el coronel Aureliano Buendía está frente al pelotón de fusilamiento termina en una suerte de flashback o retrospectiva: cuando en su niñez conoció el hielo y Macondo era solo una pequeña aldea».[9]

El mejor lugar para tomarse las manos

García Márquez siempre propuso una mirada sencilla y humana sobre Cien años de soledad, distante de las miradas académicas sobre su obra: «Solo he querido dejar una constancia poética y más bien compasiva del mundo de mi infancia que ocurrió en una casa grande y triste, con una hermana que comía tierra y una abuela ciega que adivinaba el porvenir en las aguas dormidas y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia, ni nunca perdieron el candor. Esto es lo que yo entiendo por un largo poema de la vida cotidiana».[10] Y eso es ante todo su novela, que seguirá leyéndose, así como el Quijote sobrevivió a las incontables versiones para cine, televisión, ópera y muchas manifestaciones más.

El cine es un reino de risa y melancolía. Nos invita a probar mundo. A mirarnos en lo que somos y también en lo que podríamos llegar a ser. Gabo escribió guiones, fundó la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en La Habana, dictó cursos de escritura de guiones, muchas de sus novelas y cuentos fueron llevados al cine, pero nunca la magia del cine pudo atrapar la magia de sus novelas. Sin embargo, prevaleció siempre un sentimiento, y lo expresó muchas veces: «me asombra tanto, y me alegra tanto, cada vez que encuentro una película capaz de hacerme llorar, que es lo que uno va buscando en el fondo de su alma cuando se apagan las luces».[11]

Ahora un recuerdo me pasa flotando en la memoria y me lleva a una evocación. Tal vez es la concepción del propio pasado dentro de una cierta poesía. Hace algunos años, en 2002, en las entrañas de México DF, durante la feria del libro que se realiza en la Plaza del Zócalo, tuve la oportunidad de hablar, junto con otros escritores, con Gabriel García Márquez; mientras paseábamos observando los estantes llenos de libros, Gabo nos preguntó a todos en qué andábamos, algunos hablaron de sus proyectos, otros comentaron sobre los libros que habían traído a la feria, cuando me preguntó a mí —joven, flaco, nervioso y con pelo alborotado—, le respondí que estaba viendo mucho cine, no estaba leyendo casi nada, y eso me preocupaba, porque sentía que las películas me estaban gustando más que la vida misma.

«¿Sabes lo que dijo Preston Sturges sobre el cine?», me preguntó García Márquez. «¿Quién?», le pregunté, avergonzado, ignorando completamente de quién me hablaba. Y Gabo agregó: «Sturges es un guionista y director gringo que dijo algo maravilloso, porque parece una declaración de amor: “el cine es el mejor lugar para tomarse las manos”». Me quedé en silencio, sintiendo que las palabras de Sturges eran como una piedra de las que se lanzan a un estanque dormido, produciendo círculos cada vez más amplios, ondas en el agua cada vez más numerosas, que continúan extendiéndose desde el pasado, llegando hasta el día de hoy, y cobrando siempre un nuevo significado en la memoria.

Ya llegó el futuro y con él nos visita puntual la nostalgia. De las salas de cine bajo el cielo estrellado, donde extraños coincidían en las filas, y adentro muchos se tomaban las manos, volvimos a la gruta: salas de apartamentos con pantallas de televisores y computadoras para ver películas al ritmo personal de cada uno, gracias a las ofertas innumerables de los servicios de plataformas como Netflix.

Los fieles espectadores de cine de otro tiempo, seducidos por el encanto de la penumbra de los teatros, encontraron otra penumbra íntima y seductora, sin salir de casa. El embrujo de los cinemas pasó del teatro público al teatro íntimo, a la cama y al sofá, con las manos tomadas, al pie de las imágenes. Perdimos el imperio de los horarios, sueltos de madrina, sin esperar semanalmente un capítulo de nuestras series. Netflix modificó la pasión y el disfrute de las historias: ¿Cuántos de ustedes no han dedicado noches o fines de semana enteros a ver series recién lanzadas o descubiertas? Ahora los adictos a maratones de series pueden ver sus historias favoritas cuándo, dónde y cómo quieran, y al ritmo que prefieran.

A la vuelta de la esquina, aparecieron imanes incesantes y vertiginosos de tecnologías que transformaron los hábitos románticos y la ansiedad imaginativa de los espectadores. La provocación de la televisión interactiva creó una nueva sed de telespectadores convertidos en capitanes dispuestos a variar el rumbo de la nave y encontrar otras orillas y desenlaces en tiempo real a un programa en emisión. Dejamos de ser espectadores de las historias, ¿viviremos dentro de las pantallas, como en algún capítulo de Black Mirror, junto a los personajes de las aventuras, a través de algún avance técnico que nos trasladará a los escenarios de las historias? ¿Cómo no perder el embrujo de esa película que ocurre ante nuestros ojos y nos envicia hasta el final, como una experiencia hipnótica más allá de las palabras y las imágenes?

Melquíades, el viejo gitano errabundo de Cien años de soledad, pregona en la novela: «La ciencia ha eliminado las distancias. Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa». Seamos optimistas, esta novela de García Márquez no solo es un patrimonio humano, sobre todo es la confirmación de que todos estamos unidos por el asombro ante el misterio del universo. Sobrevivirá a las decenas de adaptaciones que vendrán, porque ninguna criatura nacida bajo nuestra pequeña estrella nació sabiendo, y cada una necesitará descubrir el mundo por sus propios medios. Y así: muchos años después, ante la página de un libro o una pantalla de computador, los lectores y espectadores de García Márquez, volverán a sentir la antigua magia de la especie humana, que sobrevivirá por encima de todas las cosas.

John J. Junieles es un escritor colombiano. Entre sus publicaciones destacan: Todos los locos hablan solos (2011), El amor también es una ciencia (2009), Metafísica de los patios (2008), Barrio Blues (2014) y Fotos de cosas que ya no están (2015). Ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá (2002) y el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Alajuela, Costa Rica (2005), entre otros reconocimientos. Ha sido profesor de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Colombia sede Bogotá y de Guion en la Universidad Javeriana de Colombia.

Notas

[1] Tomado del artículo «La historia de Eduardo Márceles, el sobrino de la “Nena” Daconte» de Francisco Celis Albán, https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-16474043>.

[2] Ver en Vivir para contarla: Memorias de Gabriel García Márquez. (Bogotá: Editorial Diana, 2002).

[3] Ibid.

[4] Ver en «La penumbra del escritor del cine» de Gabriel García Márquez. Publicado en El País el 17 de noviembre de 1982, <https://elpais.com/diario/1982/11/17/opinion/406335611_850215.html>.

[5] Tomado del artículo «Cuando la vida de Gabo era de película» de Nelson Fredy Padilla. Publicado el 9 de marzo de 2015 en El Espectador, <https://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cine/cuando-vida-de-gabo-era-de-pelicula-articulo-548938>.

[6] Tomado del artículo «Un escritor indigno revela atributos cinematográficos» de Pier Paolo Pasolini, publicado en la revista Tempo el 22 de julio de 1973.

[7] Tomado de la Revista Cine Cubano 60/62.

[8] Tomado del artículo «Cien años de soledad en los tiempos de Netflix», <https://www.nytimes.com/es/2019/03/18/cien-anos-soledad-garcia-marquez-netlix>.

[9] Ver en Plinio Apuleyo Mendoza: El olor de la guayaba. Conversaciones con Gabriel García Márquez (Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1982)

[10] Ver en «La penumbra del escritor del cine» de Gabriel García Márquez. Publicado en El País el 17 de noviembre de 1982, <https://elpais.com/diario/1982/11/17/opinion/406335611_850215.html>.