Artículo de Revista Global 51

Cinco recitaciones en resistencia

Édouard Glissant fue un hombre comprometido con la paz en el mundo, instigador del diálogo y la concertación, una voz voluntaria y determinante para que el Caribe participara en el gran concierto de la diversidad humana y cultural. Este es un homenaje en letras en el que se interpreta la mirada que dio y nos legó, la de la resistencia como plenitud de vida, la resistencia cargada de la alegría, de la poética; la resistencia que nunca se satisface de estar en contra.

Cinco recitaciones en resistencia

Un presente de ruptura de compromiso, de pasividad o de resignación frente a lo que atañe lo viviente crea tanto pasado como futuro –quiero decir: hace inválidas y valida tanto las potencialidades del pasado como las potencialidades del futuro–. Pero un presente de resistencia hace válido e invalida por igual, con apenas una pequeña diferencia: la verdadera resistencia favorece siempre una plenitud de la vida.

¿Cómo reconocer una verdadera resistencia?

  1. La verdadera resistencia se mantiene siempre cerca de la belleza. Quiero decir cerca de lo que el ser vivo exalta en plenitud. El sentimiento de la belleza nace de la emoción que sentimos al percibir de repente la plenitud de una presencia. Hay que entender por presencia el emocionante brillo de una existencia, de un valor, de un principio. Hay que llamar presencia al valor de un principio, a lo que a nuestro alrededor nos inspira el sentimiento de una plenitud viva o no viva –más claramente: de una belleza–. La presencia es una forma de belleza, pues ella no surge nunca de una esencia, o de una trascendencia, sino de la plenitud efímera de un complejo de procesos en formación.

La explotación, el crimen, la dominación, el asesinato, las agresiones a lo viviente, nunca abren hacia el sentimiento de lo bello, salvo quizás por el anhelo y la urgente necesidad de belleza que suscitan.

No hay belleza en los fundamentalismos, las memorias solitarias, las historias nacionales sin compartir, las depuraciones étnicas, el sexismo, la negación del otro, la certeza cerrada; no hay belleza en la esencia racial o bien identitaria o en la buena conciencia sin aptitud para el mínimo arrepentimiento… Salvo quizás por la ausencia y la urgente necesidad de belleza que suscitan. No hay ninguna belleza en el capitalismo de producción, en las histerias de las finanzas, las locuras del mercado o del hiperconsumo, o en el desarrollo que agrede los grandes equilibrios de lo viviente… –salvo quizás por la falta y la urgente necesidad de belleza que suscitan–.

La opresión forma parte de lo viviente pues lo viviente no tiene moral; cuando una opresión se derrumba, no hace más que abrir el espacio a otra o a una inédita negación de lo viviente. Pero nos será más fácil anticipar el surgimiento de una nueva opresión si tenemos la costumbre de resistir al lado de la belleza. De vivir naturalmente, en el punto más intenso, con ella, de vivir con acecho en lo más vital con ella. Y entonces, todo déficit en belleza será la señal de un ataque a lo viviente y un llamado a la resistencia. Pues al lado de la belleza, toda resistencia se carga al máximo de la energía clara de lo viviente.

Luchando contra el nazismo, René Char no paraba de murmurar: «En nuestras tinieblas, no hay un lugar para la belleza. ¡Todo el espacio es para la belleza!». Y en los peores instantes de los relámpagos colonialistas, Aimé Césaire exclamaba: «¡La justicia escucha en las puertas de la belleza!».

  1. La verdadera resistencia se mantiene al lado de la alegría, de la levedad, del amor, del humor. Es decir, al lado de lo que la vida tiene más vivo. Viviéndose a plenitud toda vida se abre y abre. Viviendo a plenitud, en el presente, toda resistencia canta la vida, lucha por ella, y se opone a las agresiones de lo que vive. Y entonces se asienta el gusto del porvenir. Es porque está viva por lo que la verdadera resistencia es total.
  2. La verdadera resistencia se mantiene siempre al lado de lo poético, pues la plenitud de lo vivo tiende siempre a rebasar la sencilla supervivencia, el prosaísmo de la existencia, las necesidades inmediatas, para conmoverse ante la elegancia del viento o el perfume de un sueño. Así, reconocemos el signo de una verdadera resistencia cuando sus armas están abiertas a la danza, a la risa, al canto, a la melancolía, al fervor, a la música, a la poesía, a la perturbación de la emoción, a las libertades de la razón, a lo inútil, a lo insignificante, a lo gratuito. La explotación, el crimen, la dominación, el asesinato, jamás se asoman a lo poético –salvo quizás por la urgente necesidad de poética que suscitan–.
  3. La verdadera resistencia se queda siempre abierta a sí misma, abierta al otro en lo que hay de más impensable. Se queda también abierta a los infinitos impredecibles del mundo. Estando abierta, enlaza, señala, cuenta todo lo que estaba separado; no impone el orden al desorden, la oscuridad a la claridad, lo irracional a lo racional, la emoción a la razón, la medida a la desmedida. Es así como ella imita las pobrezas del dogma, el riesgo de las certezas, la parálisis de las ideologías, y abre con brío, con flexibilidad, la complejidad de lo real y del mundo en relación.

Porque está siempre abierta, siempre compleja, toda resistencia es temblorosa siempre. Toda resistencia respira únicamente por esta «relación» de la que habla el señor Glissant. Hay más deseos, caminos y horizontes en el temblor y la fragilidad que en toda potencia.

La vida es relación. Toda gran conciencia es relación. Toda verdadera resistencia está, primero, en el marco de relaciones que establecemos con nuestro entorno y con el infinito imprevisible del mundo. Toda verdadera relación es un pensamiento del mundo proyectado en un estallido y un deseo de vida. Es en la Relación donde la trama secreta de los infinitos del mundo tiene una oportunidad de ofrecerse a los deseos más inimaginables.

  1. La verdadera resistencia no se satisface nunca de estar en contra, aunque la oposición inmediata (la del generoso rebelde) es siempre necesaria y siempre saludable. La verdadera resistencia funda un más allá, rebasa el gesto del rebelde para dar nacimiento al guerrero. El guerrero se opone, no derrumbando los términos de una dominación o volteando los fuegos de una opresión, sino imaginando otra cosa, otro horizonte, otro mundo; cultivando la insurrección de otro imaginario. Por eso es que no hay verdadera resistencia que no sea a través de la creación. Por eso los guerreros más determinados son los guerreros del imaginario.

La creación –quiero decir, la obra abierta en relación, al lado de lo bello, de lo alegre, de lo poético…– es lo que existe más cerca de la plenitud de todo lo vivo. La creación es lo que más cerca está de la belleza. Y entonces, lo que está más cerca de lo que el pasado y el futuro contienen como más inalterable y precioso.

La resistencia del guerrero es ante todo una obra, tanto personal como colectiva. Su origen está abierto. En esto trasciende la sencilla génesis para erigirse en digénesis. La digénesis de la que habla Glissant es una emergencia que abre miles de posibilidades tanto en el pasado como en el presente y en el futuro.

El infinito imprevisible del mundo, ese todo-mundo, proviene de todas las digénesis que han conmovido tanto el imaginario de los hombres. De ahí viene todo siendo su causa.

Elevadas a la conciencia, las múltiples posibilidades de una digénesis preservan de la doctrina y del dogma, y nos instalan en lo que lo incierto, lo imprevisible, lo impredecible, lo que siempre está en alerta, tiene como regenerador. Toda obra verdadera, personal o colectiva, y por consiguiente la resistencia del guerrero, va más allá de la victoria o del fracaso, está en creación, en proceso de ser.

Hay que pensar la obra, y, en consecuencia, la resistencia del guerrero, como un círculo imprevisible, imparable, lleno de cosas pensables e impensables, de posibles e imposibles, de probables e improbables: lleno de necesidades de escoger, actuar y pensar. Lleno por completo de la energía de una libertad.

En la obra verdadera, como en la resistencia del guerrero, la evolución y la revolución se tratan como valores fundadores. Así, toda obra verdadera –toda resistencia de guerrero– inventa el futuro que la inventa.

Patrick Chamoiseau recibió el premio Goncourt de Literatura de Francia por su novela Texaco que lo reveló como uno de los mayores escritores francófonos. Sus obras están traducidas a 27 lenguas. Pertenece al movimiento de la «creolización» fundado por Barnabé, Glissant y Confiant. Después de Aimé Césaire y de Glissant, Chamoiseau es el mayor pensador y escritor del Caribe francófono; un escritor que se preocupa por la condición humana, pues durante muchos años ejerció la profesión de educador e instructor de jóvenes marginados de los barrios populares de Martinica.

Nota: La traducción de este artículo es de Delia Blanco. Patrick Chamoiseau lo escribió para recordar a Édouard Glissant un año después de su muerte, durante el Festival de las Resistencias en 2012.