Artículo de Revista Global 1

Cine en República Dominicana: El nacimiento de una ilusión

Un recorrido por los hechos de la industria cinematográfica dominicana y un planteamiento sustentado en las perspectivas que planean sobre el sector a partir de las nuevas luces que empiezan a transformar un viejo panorama.

Cine en República Dominicana: El nacimiento de una ilusión

¿Es rentable hacer cine en nuestro país o un par de éxitos de taquilla constituyen la excepción que confirma la regla? ¿Qué aporta la nueva generación de directores criados en la diáspora norteamericana? ¿Qué pudiera suceder de contar con un Instituto de Cine donde, de forma orgánica y consciente, se preparara el futuro de nuestros cineastas? ¿Cómo sería el panorama aquí de contar con un gobierno consciente de la importancia cultural del séptimo arte?

A través del altavoz escuchamos la orden: “Todas las personas que están colocadas frente al hotel y frente al colegio hagan el favor de retirarse…”. La orden se repite, pues en nuestro país la comprensión tarda en llegar al cerebro. Poco a poco se va despejando el área y el director es capaz de anunciar: “¡Silencio…se rueda!”.

La avenida Sarasota, en un par de cuadras, se ha llenado de vehículos donde se ha formado un deliberado atasco. Un policía de Amet impide el paso a todas aquellas personas que no formen parte del equipo de filmación o que no sean vecinos de los alrededores. En uno de esos autos viaja, al volante, el protagonista en compañía de su esposa de ficción y su pequeño hijo. Juegan con una pelota de colores y parece que se divirtieran mucho mientras tararean una conocida canción infantil, justo aquella que dice “Había una vez un barco chiquitito…”. Inesperadamente pasa a toda velocidad un motorista y dispara hacia el interior del automóvil. ¿Qué ha pasado?

“¡Corten!”. Habrá que repetir la toma varias veces más. Habrá que revisar lo rodado. Habrá que dar instrucciones interpretativas a los actores. Habrá que consultar con el experto en efectos especiales acerca de cómo va a explotar el vidrio delantero. Habrá que…es el cine.  Allí, en la calle, un sábado por la tarde, rodeados de técnicos nacionales, sentimos algo muy especial; algo que nos lleva a preguntarnos si de veras habrá nacido el cine dominicano. Porque ese es el cine que más nacimientos ha tenido. Y más abortos. Y más fallecimientos. Entre toma y toma, entre plano y plano, escuchamos los comentarios del crew…. Y vienen varias películas más. Luisito Martí va a empezar una. Esteban Martín va a rodar una comedia… Y eso que no hemos mencionado las extranjeras…”La fiesta del chivo” de Lucho Llosa y “La ciudad perdida” de Andy García. ¿Qué es esto? ¿Acaso estamos en Hollywood? ¿Volverá a ser Ángel Muñíz el responsable de estos “mini-booms” que, de vez en cuando, hacen despertar las esperanzas de celuloide en nuestra población?

Sabía campaña

No nos cabe la menor duda de que éxitos de boletería como “Nuebayol” y “Perico Ripiao” motivan a inversionistas y productores. Sin embargo,  muchos de ellos se olvidan de que en los filmes de Muñíz ha imperado, sobre todas las cosas, una sabia campaña publicitaria no siempre fácil de imitar o de repetir. ¿Es rentable hacer cine en nuestro país o simplemente ese par de películas constituyen la excepción que confirma la regla?  En los años 80 “Pasaje de ida”, de Agliberto Meléndez, llegó a obtener una serie de premios internacionales en festivales iberoamericanos. Pero Meléndez no pudo o no quiso aprovechar aquella oportunidad y su filme -pese a haber sido objeto de una reposición años más tarde- jamás logró ser el negocio rentable que se merecía. La escasa calidad de las cintas dominicanas surgidas tras el espejismo de “Nuebayol” llevaron al descrédito a muchos de nuestros cineastas y el público le dio la espalda a filmes como “Para vivir o morir” (que ha sido objeto de dos revisiones con los títulos de “Jugada final” y “¡Basta ya!”) y “Cuatro hombres y un ataúd”.  El descubrimiento del video abarató en gran medida los costos de producción y René Fortunato supo sacarle gran provecho a sus documentales sobre la historia de nuestro país a partir de Trujillo (desde “Las garras del poder” hasta “La violencia del poder” pasando por “La trinchera del honor” y toda una serie de cortometrajes) Si el formato en video fue aceptado por el público cuando se trataba de los documentales de Fortunato, no es menos cierto que, ese mismo público se mostraba reacio ante experimentos de este tipo en el terreno de la ficción (“Tráfico de niños” ,”Víctimas del poder”…).

Mientras en Santo Domingo se rodaban estas películas -y otras cuantas- se gestaba en los Estados Unidos una generación fílmica de la diáspora compuesta por jóvenes de indiscutible talento capaces de brindarnos obras como “Círculo vicioso”, de Nelson Peña, o “Buscando un sueño”, de Joseph Medina. Esta generación compuesta por cineastas que han tenido que emigrar ha ido creciendo y hoy continúa ofreciendo trabajos tan dignos como “Pasaporte rojo”, de Albert Xavier, presentada en febrero pasado en el I Festival Iberoamericano de Cine Funglode. Actualmente, desparramados por el mundo, se encuentran muchísimos dominicanos de talento dedicados a la actividad cinematográfica.  Actores como Juan Fernández; actrices como Zoé Saldaña; fotógrafos como Claudio Chea; musicalizadores como Michael Camilo…constituyen sólo una pequeña muestra del cine que pudo haber sido y no fue; de las películas que hubieran podido ser creadas y filmadas aquí de contar con un gobierno consciente de la importancia cultural del séptimo arte.

El futuro de nuestros cineastas

Pero hoy no podemos dar cabida al pesimismo. No sólo se está rodando en Santo Domingo, contra viento y marea, sino que, además, cineastas de otras nacionalidades se interesan en nuestros problemas y realizan películas que nos atañen directa o indirectamente como pudieran ser los casos de “Flores de otro mundo”, de la realizadora vasca Iciar Bollaín; “Washington Heights”, del mejicano Alfredo de Villa; “Raising Víctor Vargas”, del norteamericano Peter Sollett, o “I love you baby”, de los españoles Alfonso Albacete y David Menkes. Si estas cosas están sucediendo cuando nos encontramos totalmente desamparados… ¿Qué pudiera suceder de contar con un Instituto de Cine donde, de forma orgánica y consciente, se preparara el futuro de nuestros cineastas?  Hoy por hoy, los dominicanos para “aprender” cine cuentan con tres posibilidades. Una de ellas es la de marcharse al extranjero (la escuela cubana de San Antonio de Los Baños ha albergado a muchos de ellos). Otra es la de inscribirse en la supuesta escuela de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) donde, casi sin recursos y sin equipos técnicos, un grupo de profesores no siempre calificado intenta hacer lo que se puede y lo que no se puede. La tercera posibilidad consiste en aprovechar los rodajes de películas nacionales o  internacionales realizados en nuestro país para enrolarse a ellos y aprender sobre la marcha. Muchos de nuestros estudiantes han participado, recientemente, en el rodaje de “La Victoria”, de Pinky Pintor, en calidad de extras, choferes o ayudantes de cualquier tipo. Conversamos con algunos de ellos y se mostraban como si fueran niños con un juguete nuevo. Están trabajando en lo que de veras aman y desearían que esa experiencia no concluyera nunca. Lo increíble es que estos mismos estudiantes se las ingenian, mientras estudian o una vez terminada la carrera, para realizar historias en video.

La mayoría de ellas jamás alcanzan una difusión pública.  Durante un tiempo mantuvimos, junto a Ramsés Cairo, el  doctor Regil Noboa y Gerard Martínez, el programa “Érase una vez en el cine”, a través de Súper Canal. Se trataba de un programa de características un tanto utópicas que jamás logró mantenerse económicamente. Uno de los objetivos de dicho programa era el de difundir el cine nacional.  El programa se difundía los domingos e invitábamos, semana tras semana, a estos jóvenes dominicanos realizadores de cortos. Después de entrevistarlos, pasábamos sus trabajos. Para ellos resultaba un estímulo. Para nosotros, una inmensa satisfacción. No había dinero de por medio pero, al menos, considerábamos que hacíamos una labor positiva. Algunos de estos cortos eran realmente ingeniosos. Los había con momentos brillantes donde la capacidad creativa se imponía a la falta de recursos económicos. Otros apenas llegaban a lo aceptable y no faltaron los mediocres, los malos y hasta los impresentables que, aún así, no nos negábamos a presentar por solidarizarnos con estos estudiantes abandonados a su suerte. Ninguno de esos cortos, ni los muy buenos ni los muy malos, se habían proyectado nunca en nuestras salas. Ninguno podía darse el lujo de ser transferido al formato de 35 milímetros. Soñábamos -y seguimos soñando- con el día en el que se exigiera a los propietarios de nuestras salas pasar un cortometraje dominicano antes de la proyección de la película en programación. Nuestro país carga a la exhibición de las películas con impuestos excesivos: un 22% de la recaudación bruta. Un 15% va destinado a Rentas Internas. El 7% restante al Ayuntamiento. Se supone que estas instituciones destinan estos beneficios a los más diversos fines. Jamás un centavo ha sido destinado a apoyar la exhibición o realización de filmes dominicanos, aunque se han exonerado de impuestos a proyecciones artísticas y locales que no tenían intención de lucro. De todas maneras, ni aún así- y nos referimos a la experiencia del Lumiere- estos locales lograron mantenerse.

Panorama latinoamericano

En el pasado Festival de Funglode tuvimos invitados especiales para participar en un panel sobre las dificultades de hacer cine en Latinoamérica. Fernando Pérez (realizador cubano de “Suite Habana”); Fernando Musa (realizador argentino de “No sabe, no contesta”), e Isaac León Frías (crítico y profesor universitario de Perú) expusieron sus puntos de vista acerca de este inmenso problema que supone la realización fílmica en nuestros países.  Armando Almánzar, Félix Manuel Lora y el que suscribe formamos la contraparte dominicana de ese mismo panel. Frente a ellos, que arrastran muchísimos inconvenientes, nosotros éramos los menos agraciados. Un punto de coincidencia fue, sin embargo, el que la creatividad se acrecienta en épocas de crisis. El ejemplo que saltaba a la vista era el de la cinematografía argentina. Pocas veces en su Historia ese país lo ha pasado tan mal en el aspecto social y económico. Pocas veces, sin embargo, de ese país han salido tan excelentes producciones. Filmes como “Nueve reinas”, “El hijo de la novia”, “Mundo grúa”, “Valentín” y otras muchas, así lo demuestran. Algo similar, salvando las infinitas distancias, está sucediendo en la República Dominicana. Tenemos que aclarar que jamás nos podremos comparar con la Argentina en materia de calidad cinematográfica. Ellos cuentan con una cultura literaria y visual de la que nosotros, desafortunadamente, carecemos.

En Santo Domingo apenas se ha hecho cine. Argentina, por el contrario, cuenta con una de las industrias fílmicas más antiguas y sólidas de Latinoamérica. Es increíble que, durante toda la tiranía trujillista no se rodó ni una sola película de nuestra nacionalidad y, durante muchos años, podemos contar únicamente con “La silla”, de Franklyn Domínguez, como producción nacional.  Rodar, sin embargo, se ha rodado mucho en la República Dominicana. No existe -y es verdaderamente penoso- record alguno que señale los títulos de todas esas filmaciones. Si durante la época de Trujillo, tal como señalábamos, no se filmaron cintas dominicanas, los mejicanos rodaron, al menos, una secuencia de “Canciones unidas” en nuestra capital. En ella Casandra Damirón cantaba una salve en la Feria De La Paz.  Después de finalizar la “era”, tímidamente empezaron a llegar directores extranjeros con el propósito de utilizar nuestras bellezas naturales para los más diversos (y mediocres) proyectos. Entre el cúmulo de cintas rodadas por aquí tenemos “La canción del Caribe”, “Caña brava”, “Una mujer para los sábados en la noche”, “El crimen del penalista” etcétera. Una productora de nombre “La Trinitaria” hizo contacto con un productor italiano llamado Ugo Liberatore, quien filmó por aquí cintas tan malas como delirantes al estilo de “Noa Noa” o “Samoa”.

De repente, contamos con una  invasión de productores europeos y de cintas absolutamente olvidables (pero que nuestra Cinemateca debería recuperar como patrimonio visual). Son muy pocos los que recuerdan hoy en día títulos como “Siete orquídeas para un cuervo” o “Vudú sangriento”. Santo Domingo, en aquellos días, lo mismo podía convertirse en Vietnam que en una jungla africana donde, de liana en liana, se deslizaba una supuesta reina selvática. Pero la mayoría de las veces nuestro país se convertía en Cuba. Disfrazados del cercano país estuvimos en “Los gusanos”, “Perros de alambre”, “Guaguasí”, “Azúcar amargo” y en filmes mucho más ambiciosos como “El padrino 2”, de Francis Ford Coppola, y “Habana”, de Sydney Pollack. El rodaje de esta última cinta mató a la gallina de los huevos de oro.  Fueron tantos los inconvenientes que experimentaron los miembros del equipo de filmación, tantas las demandas y los sobornos, que a partir de entonces nuestro territorio fue colocado en una especie de “lista negra”.  El “No problem” de nuestras camisetas se sustituyó por el “Yes problem”.  Y eso que ya contábamos con el rodaje de cintas de Hollywood como “La serpiente y el arcoiris”, de Wes Craven, o con miniseries europeas de prestigio como el “Cristóbal Colón” de Alberto Lattuada. Recordamos cuando nos visitó la productora canadiense Gabriella Martinelli buscando locaciones para rodar aquí el “Romeo y Julieta” de Baz Luhrman con Leonardo Di Caprio y Claire Danes como protagonistas. Tanto los coproductores como los aseguradores  reaccionaron negativamente ante la posibilidad de que el filme se rodara en la República Dominicana. Eso mismo ha sucedido -y volvería a suceder- con muchas otras producciones como “Cat chaser”, “El misterio Galíndez”, “1492”, “Bad boys 2” o “Piratas del Caribe: El misterio del Perla Negra”. Una vez estuvimos al frente de la Oficina para el Soporte de la Industria Cinematográfica que funcionaba en la Secretaría de Turismo. Allí hicimos lo que estaba a nuestro alcance y mucho más, ya que el fondo asignado para el proyecto era de 5,000 pesos y el apoyo logístico casi inexistente.

Más tarde fue peor, cuando alguien consideró que dicha oficina no tenía la mínima razón para existir. Años después fue reabierta (aunque se habló de “creación”) pero, hasta el momento, apenas se han vuelto a rodar producciones extranjeras en el país que no sean videos, pequeños documentales, comerciales, secuencias aisladas o producciones televisivas (la más importante de ellas un filme de la BBC londinense también ambientado en Cuba). Gracias a nuestra amistad de años con el que fuera nuestro socio en el Cinema Lumiere, Juan Gerard, logramos que se filmara aquí -de nuevo Cuba- la cinta “Dreaming of Julia”, después subtitulada como “Cuba libre”, filme que a pesar de su excelente reparto (desde Harvey Keitel hasta Gael García-Bernal, pasando por toda una serie de actores dominicanos)  aún no ha podido ser estrenada comercialmente limitándose a ser exhibida en algunos festivales. Hay proyectos.

Ya los mencionamos. Tenemos esperanzas con “La fiesta del chivo” y “La ciudad perdida”. Contamos con que tanto “La victoria” como las otras producciones nacionales que se avecinan reciban el beneplácito del público y logren recuperar su inversión, igual que lo ha hecho “Perico ripia’o”. Pero lo que necesitamos por encima de todo es un Gobierno que comprenda, de una vez por todas, la importancia del séptimo arte; que mantenga una Cinemateca que de veras sea Cinemateca; que construya el Instituto del Cine y que legisle en relación a estas actividades.

Arturo Rodríguez, es crítico de cine, escritor y productor de teatro. Escritor. Ha publicado cuentos (“La búsqueda de los desencuentros”; “Subir como una marea”, “Espectador de la nada”), ensayos (“Homenaje al cine”), novelas (“Mutanville”)  y obras teatrales (“Cordón umbilical”, “Refugio para cobardes”, “Hoy no toca la pianista gorda”, “Parecido a Sebastián”, “Palmeras al viento”).Estas obras le han reportado numerosos premios nacionales e internacionales.