Artículo de Revista Global 81

¿Cómo llegar a Bangladesh desde el estudio en el que escribes?

Cuando decidí ser escritor sabía que la literatura dispondría para mí encantos y asombros renovados a diario, porque escribir se trata de eso, de entrar en otras geografías, sumergirse en épocas y vidas que nos son ajenas, desde un lápiz y una hoja en blanco. Pero nunca imaginé que, a raíz de una de mis novelas, tendría la posibilidad de adentrarme en una cultura que siempre me ha resultado enigmática, asombrosa e intimidante. Escribí este texto como una forma de que las letras me dieran la verdadera dimensión de lo que había vivido durante tres días en Dhaka, capital de Bangladesh.

¿Cómo llegar a Bangladesh desde el estudio en el que escribes?

Siempre he pensado que el destino de los libros es insospechado, que una vez escritos su tránsito es arbitrario y no nos pertenece. En algún lugar espera por ellos aquel lector que ni siquiera intuimos, encargado de cerrar la cadena de forma inusitada, el eslabón que hacía falta para que el acto de escribir adquiera toda su dimensión y su valía. Pero no pensaba en eso cuando vi el correo en mi bandeja de entrada; en ese momento me agobiaba uno de esos asuntos absurdamente cotidianos pero que desde su llaneza se arroga el derecho de afligirnos. El asunto del correo decía: «Invitation Letter, Ekushe Book fair». El emisor era alguien llamado Shamsuzzaman Khan, que firmaba como director de la Bangla Academy en Dhaka, capital de Bangladesh, país limítrofe con la India. La carta la leí en un estado de escepticismo similar al que acude a mí cuando llegan correos que hablan de herencias o sumas de dinero extraviadas en los lugares más exóticos, y cuyos azares del ciberespacio te escogieron a ti para destrabar algún entuerto. Pero la carta solo mencionaba el hecho de que había sido invitado para ser parte de lo que, vine a saber después, es una de las ferias del libro más prestigiosas de Asia. Ofrecían sufragar todos los gastos derivados de mi participación, en caso de concederles el honor de ser su invitado.

Al final de la lectura me quedé perplejo. Sin embargo, asumí de inmediato que la explicación de todo residía en un reciente amigo de Facebook, llamado Razu Alauddin, que meses atrás me había asegurado haber leído mi novela El último donjuán, como parte de otra suerte de eventualidades que conspiraron para que mi libro llegara a sus manos. Recuerdo que, cuando recibí su solicitud de amistad, me desconcertó que la descripción de su perfil estuviera atiborrada de caracteres que a mí me parecían arábigos. Así que aquella conjunción de azares estaba a punto de configurar lo que, sin lugar a dudas, es hasta el momento una de las recompensas más fascinantes de aquella pulsión que me arroja a escribir con devoción todas las madrugadas. Unos minutos después, me di cuenta de que Razu también me había escrito un mensaje en Facebook, mencionándome el evento. De tal manera que a partir de ahí, con una suerte de alborozo que crecía cada día, tomando también formas de temor e incertidumbre, dispuse todo para mi participación. Procuré documentarme un poco sobre Dhaka, prescindiendo de los videos, pues quería reservarles a mis ojos el privilegio para el momento en que pisara sus tierras. De tal manera que así supe que es una de las ciudades con la mayor densidad por metro cuadrado del mundo, que el 89% de su población es musulmana y el restante es hinduista. Busqué referencias de su feria del libro para descubrir algo que me conmovió. La feria tiene una duración de un mes completo durante todo febrero, en el cual se conmemora una gran proeza, el recuerdo de la que sea quizá la más legítima de las batallas, que no es otra que la lucha por preservar la lengua, el idioma, la auténtica raíz del hombre. Todo se remonta a 1947, cuando se formó el estado de Pakistán, con sus dos regiones emblemáticas: Pakistán Oriental (hoy conocida como Bangladesh, luego de su independencia en 1971) y Pakistán Occidental. Un año después de su constitución, el Gobierno declaró el urdu como lengua oficial, lo cual generó un activismo político y social que derivó en la prohibición de hablar el bengalí, que era su lengua materna. Para desafiar esa prohibición se generó un movimiento estudiantil muy fuerte que terminó con la muerte de dos activistas el 21 de febrero de 1952, y que dio paso a cuatro años de muchas tensiones, hasta que en 1956 el Gobierno cedió y declaró el bengalí como su lengua oficial. Esta gesta llevó a la Unesco a declarar en el año 2000 que el 21 de febrero sería el Día Internacional de la Lengua Materna, en recuerdo del «movimiento por la lengua bengalí» y como un reconocimiento a los derechos etnolingüísticos de los pueblos.

Poco después me llegaron por correo los datos de mi itinerario. Cuarenta horas de viaje, partiendo desde Bogotá hasta Miami, para tomar la primera escala; después, Miami hasta Doha, capital de Qatar, para tomar la segunda escala; finalmente, un último avión me conduciría hacia Dhaka, aquel destino con el que había estado soñando casi a diario. De tal manera que viajaría cuarenta horas, me quedaría tres días, y después emprendería otras cuarenta horas de regreso. Más tarde Razu se encargó de darme más detalles de mi participación. Tendría que dar una conferencia sobre la relación entre la literatura colombiana y la del sur de Asia. ¿Qué sabía yo de esto? El mismo Razu intuía la respuesta: nada. Pero lo que él quería era tender puentes entre culturas, propiciar conexiones, edificar. Él es traductor, entusiasta de la literatura latinoamericana, lector de Carlos Fuentes, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, e incluso ha publicado en bengalí estudios críticos sobre la obra de Mario Vargas Llosa. Fue esta la razón que me impulsó a leer sobre esa literatura, de la cual los únicos referentes que tenía eran las hondas reflexiones de alguien como Rabindranath Tagore. Supe entonces del increíble éxito de un contador de historias como Humayun Ahmed, que les dejó un dolor muy profundo con su reciente muerte. Un escritor por devoción, aunque no de formación, un artista de la palabra que puso su mirada en el corazón de la sociedad, la clase media, con sus agobios y aflicciones que se suscitan día tras día, que entre otras cosas representa el tipo de literatura que a mí mismo me interesa como creador. Este ejercicio, poco a poco, me fue revelando aquellas conexiones con nuestra literatura; no muy evidentes, es importante decirlo, pero ahí están, como corrientes de agua subterránea. Uno de nuestros mayores poetas, por ejemplo, el desaparecido Raúl Gómez Jattin, tomó como referentes varios matices de la literatura bengalí, de esa espiritualidad que los caracteriza y que les permite escrutar en el hombre, poner su mirada en aquellas cosas etéreas que cimentan nuestra identidad.

El día del viaje me encontró bastante agobiado, temeroso de que algo fuera a sucederme. Era extraño porque suelo viajar bastante, moverme entre un país y otro; pero resulta que desde hacía unas noches solo soñaba tragedias en las cuales un extremista islámico se ponía de pie en un auditorio abarrotado de gente, para después gritar arengas incomprensibles para mí y finalmente inmolarse. En los sueños me parecía incluso leer los titulares de la prensa colombiana: «Lo que comenzó como una aventura literaria terminó en tragedia para el escritor colombiano». En ese momento me despertaba sudoroso, y entonces algo dentro de mí se encargaba de reconfigurar de nuevo las emociones. Los primeros trayectos no supusieron novedades. Pero al llegar a Qatar, con su imponente aeropuerto, que exhibía lujos que a mí mismo me resultaban inusuales, ambientado con una atmósfera mundialista por su reciente nombramiento como sede del campeonato mundial de fútbol en el 2022, mi recelo comenzó a desvanecerse, dando paso incluso a una suerte de decepción por encontrarlo todo tan en orden, tan occidental. Estuve recorriendo los pasillos del aeropuerto, desconcertado por el cambio de horario, pues acababa de tomar la cena en el avión, y cuando puse un pie fuera me di cuenta de que era muy temprano y la gente estaba desayunando. El atuendo de la gente me resultaba muy normal, más allá de algunos pocos pasajeros con los que me cruzaba que lucían turbantes o largas túnicas, y cuya fisonomía no distaba mucho de la que puede tener un italiano o un marroquí. Había grandes avisos luminosos, con hombres de cara perfecta, ojos verdes y piel cetrina, que lucían turbantes y anunciaban marcas. Pero unas horas después, cuando acudí a la sala de abordaje para tomar el avión hacia Dhaka, comencé a experimentar los primeros cambios; lo supe por la textura de la piel, los olores, el atuendo y las maneras de comportarse de quienes estaban en la fila. Entonces me pareció que comenzaba el viaje, que por fin me adentraría en las entrañas de aquella cultura con la que había estado soñando. Sentí como una zozobra se erguía dentro de mí, amodorrada como después de un largo sueño, pero que poco a poco recuperaba sus bríos. No exagero si digo que consideré la posibilidad de abandonar la fila y abortar el viaje.

El ambiente en el avión fue bastante caótico. Lo primero que me deslumbró fue el lujo de los aviones de Qatar Airlines. Para llegar hasta mi puesto debí cruzar la zona de primera clase, que parecía el área de bar de un hotel suntuoso, con sillas circulares que bien podían ser cómodas camas. Pero el caos provenía de la gente, que entraba de manera atropellada, desatendiendo las instrucciones de las azafatas, presurosa por alcanzar su lugar y ubicar sus maletas. Vi cómo discutían cuando alguien tomaba un tiempo de más en disponer sus cosas y obstaculizaba la fila. Uno de ellos le propinó un calvazo a alguien más; sé que parece una exageración de mi parte, pero en realidad así sucedió, mientras yo observaba atónito cómo ese hombre golpeaba en la cabeza con su mano abierta al que le seguía en la fila, que solo atinó a rezongar mientras aceleraba el ritmo. Durante el vuelo me dediqué a mirar para todos lados, tratando de absorber lo más que pudiera, como si fuera una esponja. Hubo un momento en que mi mirada se cruzó con una mujer que llevaba burka, ese velo que se ata a la cabeza y cubre la cara, a excepción de una franja a la altura de los ojos. De hecho varias mujeres lo llevaban. Razu me explicaría después que quienes lo portan pertenecen sobre todo a la cultura musulmana, y que es el esposo el que decide si su mujer debe llevarlo o no. El hecho es que me encontré con esos ojos miel que me sostuvieron la mirada; en un primer momento asumí que era este un acto de coquetería porque su mirada me resultaba sensual, provocadora, pero después intuí algo de desconcierto en esos ojos. Un miedo súbito me llevó a mirar de forma abrupta hacia otra dirección. Había caído en cuenta de que a lo mejor cometí una falta de decoro, un irrespeto hacia la mujer, que podría ocasionarme un linchamiento. El viaje siguió su curso sin contratiempos. No pude dormir, y opté por no ver películas, pues varias de las que ofrecía la pantalla de entretenimiento tenían que ver con terroristas islámicos, así que temí que esto fuera interpretado como algún gesto de condescendencia o empatía de mi parte que me ocasionara problemas. La comida me pareció deliciosa; un poco picante para mi gusto, pero disfruté nuevos sabores, sobre todo el de una especie de gulash revestido con salsa, y un arroz que oscilaba entre lo húmedo y lo crocante. Como el avión permitía la conexión de wifi durante cierta parte del trayecto, me conecté para enviar un mensaje de WhatsApp a mi esposa. Entonces me di cuenta de que tenía un mensaje de Facebook de Razu. El mensaje decía: «Andrés, prepárate para encontrar un país con una cultura muy diferente a la colombiana. No quiero que te desmayes por el choque cultural. No esperes muchas cosas buenas, por favor. Hay cosas muy feas acá».

Cuando descendí del avión me di cuenta de que el aeropuerto de Dhaka se asemejaba mucho a lo que en nuestros países es un terminal de transporte terrestre; nada que ver con toda la ostentación del aeropuerto de Qatar. Caminé hasta la zona de inmigración, y comprobé aliviado que Razu se acercaba a mí con sus brazos extendidos. Su abrazo me reconfortó, haciéndose cargo de todos mis temores. Me acompañó a tramitar mi visa de entrada. Lo vi hablar en bengalí con el funcionario, que parecía molesto; de hecho, Razu también parecía bastante enfadado. El tipo me miraba con severidad, al tiempo que profería no sé qué reparos con un tono que me resultaba demasiado hostil. Supuse que algo no estaba en regla con la carta de invitación que llevaba impresa. Entonces le pregunté a Razu qué sucedía, a lo que me respondió: «Nada, este señor dice que está muy complacido de que nos visites y espera que tengas una grata estadía. También te dice que ha leído a García Márquez, que le gusta el realismo mágico». Luego comprobaría que aquella forma de hablar que encontraba ruda y me sonaba cortante, tosca, severa, estaba de hecho cargada de mucha cordialidad.

Cuando nos dirigíamos hacia el hotel, ya sin Razu pero sí con un funcionario de la Bangla Academy que me asignaron durante toda la estadía, procuré detallar al máximo lo que veía por la ventana; no era fácil, debo decirlo, porque aquel personaje se esmeraba en sostener una charla, en un inglés bastante precario, sobre la logística del evento, los tiempos, traslados y demás asuntos que le competían. Pero aun así lo logré, a riesgo de parecer antipático. En un principio la sensación se asemejaba mucho a la de recorrer una ciudad que se recuperaba de a poco de una devastación que habría sucedido en un pasado más o menos remoto; quiero decir que algo me remitía a tiempos mejores. Me asombraban los atuendos, la piel curtida de las gentes por la exposición al sol, sus caras fatigadas, sus gestos extenuados. El tráfico se ponía cada vez más caótico, con las calles atiborradas de sus coloridos Rickshaw bicycles, que son triciclos en los que se transporta la gente, pero también obras de arte andantes, con su capota decorada con peculiares estampas pictóricas que les sirven de tapizado. Hay incluso quienes las comercializan por internet con la etiqueta de «arte rickshero». Este medio de transporte, muy común en los países asiáticos, y que en sus orígenes constaba tan solo de dos ruedas con tracción humana, siempre ha propiciado una habitual forma de empleo. A medida que avanzábamos parecían surgir muchos más, de todas las direcciones, configurando un tráfico cada vez más convulso e infame. Nuestro auto parecía, calle tras calle, devorado por esa nube de rickshaws. La razón del caos tenía que ver más con la aparente ausencia de sentido en las vías, señalización o semáforos. Las calles parecían estar dispuestas tan solo para ser transitadas en la forma que a cada quien le plazca. El funcionario de la Academia me explicó que varios gobiernos habían intentado instaurar los semáforos, pero al poco tiempo desistían porque nadie les prestaba atención. Así que en la ciudad había muy pocas zonas con semáforo, lo pude comprobar al día siguiente. Pero daba igual que los hubiese, porque los conductores pasaban de largo sin advertir siquiera la luz; lo hacían con arrojo, zigzagueantes, atenidos a su pericia y con la mano siempre en el pito, prestos a sortear a las gentes que se lanzaban a la vía como si los vehículos transitaran en una dimensión paralela.

Tras un breve descanso en el hotel, Razu me llevó a dar una pequeña caminata, junto con dos amigos suyos. Los andenes prácticamente eran intransitables debido a la infinidad de puestos ambulantes y también de transeúntes. Me llamó mucho la atención que en la calle había sonido ambiental; eran cánticos que parecían religiosos, y la gente los susurraba, así que me sentí como en medio de un ritual público, abierto, que nos arropaba a todos por igual. Tan pronto tuvimos que cruzar una calle, Razu me tomó del brazo y se arrojó a la vía sin percatarse de mi perplejidad, que constataba cómo se nos venían encima autos atiborrados de abolladuras, buses, rickshaws, pero que nos sorteaban como si fuésemos obstáculos vivientes. «No mires – me decía Razu, sin dejar de apretarme del brazo, mientras halaba de mí–, hazte el bravo, mira hacia el piso y sigue de largo, que nadie va a arrollarnos». Cuando alcanzamos la otra acera, su expresión era de regocijo, como quien acaba de exhibir ante un visitante un producto artesanal tan típico como legendario.

Esa primera noche tuve que declinar una invitación de la Academia para visitar zonas turísticas, porque tenía que ir a casa de Razu a preparar la traducción de mi ponencia. Supongo que me habrían llevado a orillas del río Buriganga, que bordea la ciudad; a lo mejor, a conocer algunos de los palacios y mezquitas del siglo XVII o tal vez al Dhaka antiguo. De todo eso supe a mi regreso a través de Youtube, porque mi estancia se limitó a estar rodeado de libros, asistir a conferencias o foros sobre la literatura del sur de Asia, la poesía y el teatro bengalíes. La ciudad fue para mí tan solo un tránsito entre el hotel y la Bangla Academy, de la cual aún no he dicho que es como la Biblioteca Nacional, con énfasis en preservar el idioma bengalí, con actividades no solo de investigación de sus raíces, sino de promoción y difusión de sus autores más allá de las fronteras. No me quejo, a eso fui, y resultó una experiencia fascinante. En ese momento era importante preparar mi intervención, así que fuimos a casa de Razu acompañados de un amigo suyo, llamado Anisuz Zaman. De su apartamento me asombró su enorme biblioteca, con libros en muchos idiomas; había, incluso, una compilación de poesía colombiana que alguien le había regalado. A esa biblioteca le sumó algunos ejemplares de literatura colombiana que le llevé de obsequio. Anisuz Zaman, al igual que Razu, era un tipo adorable, como casi todas las personas con las que había tratado hasta el momento. Como venía de la celebración de un matrimonio, estaba todavía ataviado con una túnica larga y colorida. Anisuz era, además, el autor de la que se considera la mejor traducción de Cien años de soledad al bengalí. Así que mi embrujo no podía ser mayor, en medio de la penumbra de esa sala. Razu y Anisuz, aplicados con devoción sobre mi texto, encontrando la palabra precisa en bengalí de lo que yo había esbozado en español, tratando de inferir la textura de mi prosa, su ritmo, la cadencia de las palabras. Se apoyaban los dos en enormes diccionarios. Por momentos, Anisuz levantaba la cabeza y cerraba los ojos, embelesado por completo, como si de aquella comunión con el silencio le fueran a llegar las claves de lo que debía poner en letras que me resultaban incomprensibles, y que Razu transcribía sobre un papel con esos caracteres de formas triangulares, sinuosos. Recuerdo que la palabra proeza supuso para los dos mucha dificultad, pero no desistieron hasta encontrar su equivalente. Un par de horas más tarde, asistí con el mayor asombro al comienzo de mi intervención, expresado en maravillosos símbolos incomprensibles para mí.

Creo que finalmente esa intervención transcurrió en un estado de arrobamiento inusual. De aquellos momentos solo recuerdo el silencio del público, el asentimiento constante del director de la Academia; Razu, a mi lado, leyendo en bengalí, párrafo a párrafo, mi discurso en español. Después, un aplauso sostenido del público, una sensación de alborozo que crecía dentro de mí, como si le fuera imperativo desbordarse en llanto. Luego me senté, haciendo lo posible por escuchar las demás conferencias con la mayor lucidez, trenzado en una batalla contra mi propio sueño, que aún no lograba asimilar el jet lag. Entre una charla y otra, procuraba inmiscuirme en las conversaciones de los demás invitados, provenientes de Nepal, India o Sri Lanka, cuando se ponían en pie para conversar entre ellos. No alcanzaba a comprender nada y el personaje de la Academia, que había asumido con demasiado rigor su labor como ángel custodio, era poco amigo de las conversaciones de corrillo. Solía tomarme del brazo y separarme de los grupos, presto a entretenerme por sí mismo, atento cada vez que un curioso interesado en comprender la presencia de un latinoamericano en el evento se nos acercaba a saludarme con extrañeza. Entonces me presentaba siempre con las mismas palabras, algo que a fuerza de repetición terminó pareciéndome un deslucido libreto, un protocolo al que él nunca claudicó: «Andrés Mauricio Muñoz, escritor colombiano, cuentista y novelista, una joven promesa de la literatura colombiana, interesado por nuestra cultura, nuestro invitado de honor». Luego de eso, los eludía con sutileza, siempre llevándome del brazo algunos pasos más allá. En ese momento me molestaba un poco su actitud, pero cuando repaso mi visita a aquellas tierras, momento tras momento, descubro una profunda calidad humana en sus cuidados. De hecho fue él quien me acompañó a comprar un saree para mi esposa, aquel velo gigantesco de tela en el que las mujeres se envuelven de tantas y tan diversas maneras. También estaba atento a la hora del almuerzo, dándome explicaciones de los ingredientes del plato, preocupado cuando me daban accesos de hipo al probar algo demasiado picante, recordándome que debía lavar mis manos antes y después de comer en unos lavamanos que habían dispuesto cerca de las mesas, interesado en que me sirviera más arroz biryani, que es como un emblema nacional.

En ese mismo estado de arrobamiento de cuando di mi discurso, como de quien no comprende la dimensión de lo que está viviendo, recorrí los interminables laberintos de la feria del libro. Ahí pude constatar el éxito comercial del escritor Humayun Ahmed, del que había hablado en mi intervención y cuyas obras la gente iba tomando de grandes pilas de libros, como si se tratara de frutas en un mercado. Pero disfruté más el espectáculo de las gentes, de las mujeres luciendo sus sarees, sus decorados de flores naturales en la cabeza; incluso, aunque el mensaje que subyace se hermane más con la ruindad que con la belleza, me resultaban particularmente seductores sus burkas, que realzaban unos ojos que siempre refulgían cual si fueran destellos en la noche. Tomé muchas fotos. Pero una de las que más me llama la atención es la de unas jóvenes indias que se tomaban un selfi; desde que las vi a punto de congelarse en una pose, me sorprendió que aquella expresión tan moderna sea tal vez la más transversal a todas las culturas. En este tránsito me acompañaron Razu y su amiga Sahanna Ahmed, una poeta de la India radicada en Bangladesh cuya belleza deslumbraba, una mujer estupenda que me acogió durante un par de horas como si fuéramos amigos que acaban de reencontrarse después de muchos años sin verse. Al final me dijo que jamás me olvidaría; lo curioso fue que lo dijo cuando a mí mismo me invadía esa certeza. Ella me contó mucho más de una cultura que estaba a mi alcance pero que no lograba comprender del todo, porque de algún modo siempre sentí que mi repentina inmersión en esas tierras ocurría en medio de una realidad virtual. Me habló de una sociedad en la que no hay espacio para el baile, que no permite el licor, esmerada en nutrir a diario su espiritualidad y a la que por igual agobia el absurdo de los extremistas que siembran el pavor en Occidente. Sahanna es una apasionada de la poesía, del teatro, así que me contó de sus viajes por la India, acompañada de su hijo; enviudó hace algunos años, de tal manera que su hijo es prácticamente su única compañía. Estuvimos durante un buen rato mirando fotos de su familia en su celular, de un día a día desconocido para mí, instantáneas de una Sahanna feliz, pero que sin embargo forma parte de una sociedad en la que la mujer sigue siendo objeto de casamiento, de un país en el que todavía persisten altísimos niveles de violencia de género. Aun así es importante precisar que Bangladesh está a la vanguardia de los países menos desarrollados que han ido incorporado políticas de equidad de género y protección de la mujer, en busca de abolir prácticas perversas, como el matrimonio infantil y la trata de mujeres. Cuando hablaba con Sahanna me atraía poderosamente esa suerte de lunar rojo en la frente, en la mitad de las cejas. Me explicó que se llama bindi, y según las creencias hindúes representa el tercer ojo, aquel que mira para adentro; el color rojo simboliza que es una mujer casada. Tuvo que haber advertido mi fascinación porque me dejó tocarlo, así que llevó mi mano a su frente y me permitió sentir su textura. Creo que fue ese el momento en el que sentí que jamás la olvidaría.

Nunca podré agradecer lo que personas como Razu, Sahanna, Anisuz Saman, Shams Nur y tantos otros hicieron por mí en esos tres días en que la utopía se regocijó en mí, vestida con los ropajes de la vida misma. Entendí en este viaje que la literatura nos hermana sin distinciones de credo, cultura o geografía. Desde que llegué no he parado de leer sobre aquella cultura, sin acabar de creer que he estado allá, compartiendo una devoción genuina por las letras con gente fascinante. A lo mejor, nunca se sabe, en un futuro alguno de mis libros es traducido al bengalí como una huella más perenne del día en que mis pies pisaron esas tierras. Creo que solo salí de mi arrobamiento en el instante en que, en el aeropuerto, entregué mi pasaporte y crucé de nuevo la zona de inmigración, en dirección de la sala de espera. Fue repentino, como si una pesadez me abandonara de súbito. En ese momento se desvanecieron por fin mis temores, y comenzaron la memoria y el encantamiento a hacer lo suyo.

Andrés Mauricio Muñoz es un escritor colombiano. Autor de los libros de cuentos Desasosiegos menores (Premio Nacional de Cuento UIS 2010) y Un lugar para que rece Adela (Universidad de Antioquia, 2015); este último ha sido recibido con entusiasmo por la prensa y la crítica. Seix Barral publicó en 2016 su novela El último donjuán. Textos suyos han sido traducidos al árabe, alemán, francés e italiano, y publicados en antologías de Colombia, España y México. Su libro de cuentos más reciente, Hay días en que estamos idos (Seix Barral 2017), fue seleccionado por el IV Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana como uno de los tres mejores libros de 2017.


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