Artículo de Revista Global 62

Cultura, globalización e identidad

Se asume que en nuestro tiempo el fenómeno predominante es la globalización de los mercados. Este impone al Estado el reto de emplearse a fondo para garantizar los derechos culturales de los dominicanos. Aquí se presenta el desarrollo de un nuevo esquema de ciudadanía que supere la mera visión política y social de la misma, con miras a consolidar nuestra identidad como pueblo caribeño, visión desde la cual proyectarnos creativamente hacia el mundo.

Cultura, globalización e identidad

La cultura es un espacio humano privilegiado donde se crean, manifiestan y refuerzan las bases de la identidad, los valores democráticos, la participación ciudadana y la convivencia fundamentadas en el encuentro pacífico, la tolerancia, el diálogo y la búsqueda en común de la plenitud de la vida.

Vivimos en un mundo signado por la globalización que permite un gran acercamiento y reconocimiento entre todos los seres humanos, pero facilita los choques entre convicciones históricas diferentes, relativiza el ejercicio de los valores propios y nivela las creencias y tradiciones de los pueblos. Sin embargo, con esto se origina una profunda crisis de valores y de identidades.

En la globalización, que está dominada por la expansión de los mercados, estos vienen a constituirse en la instancia determinante para la toma de decisiones en donde la racionalidad humana se confunde con la económica; se degradan las jerarquías tradicionales de los diversos poderes históricos que deben, ahora, someterse al imperio de la plaza. Rige, al límite, como criterio para determinar la realidad y la pertinencia de las cosas, la visión de que solo tiene importancia y valor lo que decide el libre juego de las fuerzas económicas. Sin embargo, esta visión resulta lesiva a instancias e instituciones que no derivan su validez de los mercados, tales como son los Estados y sus instituciones, así como para las creencias y símbolos que presiden la vida de los pueblos. Igualmente, desvaloriza certezas y convicciones enraizadas en aspectos que trascienden un ámbito de validez meramente utilitario. Todo cuanto no es cuantificable o traducible en términos de operatividad mercadológica tiende a perder prestigio y valor en la estimación social.

Ocurre, entonces, que las sociedades comienzan a perder sus códigos históricos, la memoria y sus referentes culturales; la vida se disocia de sus orígenes, se produce una escisión entre la vida fáctica, operativa, utilitaria, y la vida humana apetecida; se abre un abismo entre el universo de lo instrumental y el universo de los fines, de los valores y de las creaciones históricas. Por consiguiente, las comunidades comienzan a vivir en crisis permanente: toda forma de autoridad y organización viene cuestionada. Se produce un estado de desorientación general que se traduce en una vida social cada día más desestructurada, desencantada, desorientada, errática, ingobernable, cuantificable, o solo traducible en términos de operatividad mercadológica. Todo lo demás tiende a perder prestigio y valor en la estimación social.

Para enfrentar esta situación la cultura es el más preciado bien que poseen los seres humanos y los Estados para crear solidaridad, cohesión y bienestar mediante la ejecución de programas orientados a producir un desarrollo humano integral con miras a crear condiciones para la plenitud y la felicidad de los ciudadanos.

La globalización y la intensificación de los intercambios de todo género obliga a las naciones a reforzar y relanzar las características básicas de su identidad: conservar y valorar su patrimonio, explorar al máximo las posibilidades creativas de sus gentes y reavivar sus tradiciones. En esa perspectiva, la cultura, como área de acción pública, está llamada a proyectar e imponer la marca distintiva, única, de lo nacional dominicano en el contexto nacional, internacional y global.

El papel de la cultura hoy es diferente, mucho más rico, abarcador y fundamental que en otros tiempos.  Trasciende totalmente el papel puramente decorativo, espectacular y accesorio que a veces se le atribuye, al entenderla y relegarla para dulcificar los momentos de ocio y relajamiento vital. La cultura también es espectáculo y vehículo para producir alegría, pero no es este el papel esencial que le compete jugar en la contemporaneidad. En un tiempo de crisis de valores y de quiebra de los modos históricos de comprender y asumir la convivencia, la cultura es la argamasa que permite reunificar, brindar sentido y redirigir hacia fines últimos reconocidos por todos a las multitudes atomizadas, que aparecen desde la visión predominante del mercado como valor supremo. Pertenece a la cultura el poder de producir perspectivas nuevas sobre el mundo, de concebir y convivir la propia identidad y de crear nuevas posibilidades para transformar a las multitudes contemporáneas en comunidad.

Por otro lado, también hay que resaltar el significativo aporte que realizan la creatividad y las industrias culturales –o creativas, como en la actualidad se las denomina– a la producción nacional y al bienestar económico colectivo como concreto incremento al producto interno bruto. Alrededor de la producción, comercialización y consumo de libros, periódicos y revistas, de artesanías, de productos audiovisuales, de la música, el teatro, la danza y de otros productos artísticos marcados por el deslumbrante colorido y la riqueza de formas del trópico antillano, la cultura dominicana engendra no solo nuevos símbolos para expresar el inagotable patrimonio espiritual de nuestro pueblo, sino que además es capaz de crear una cantidad impresionante de riqueza tangible, divisas y empleo creativo para nuestra gente.

La República Dominicana posee inagotables riquezas naturales y culturales con hermosas tradiciones que mostrar a la humanidad. Estos valores patrimoniales deben proyectarse al mundo mediante la definición y adopción de adecuadas políticas culturales de Estado que esbocen una estrategia coherente para fomentar la creación y la distribución de nuestros  productos culturales mediante adecuados canales de comercialización nacional e internacional.

En los países en vías de desarrollo, y de modo particular en América Latina, es necesario que el Estado asuma un papel protagónico, orientando con el trazado de claras líneas directivas el desarrollo de la cultura que permita trascender la cadena de exclusión en los ámbitos educativos y económicos de sus ciudadanos, sin perder de vista que un pueblo que asume, valoriza y crea maneras para fomentar su cultura, contribuye a generar autoestima, diálogo, debate sustancial y a crear nuevas posibilidades de consensos.

Es por todo ello que el Excmo. Sr. Presidente Danilo Medina Sánchez comparte la visión de que la única manera de reafirmar los valores y los rasgos que caracterizan nuestra identidad histórica y cultural es que el Estado se transforme en el más firme propulsor de la cultura nacional, mediante la implantación de un marco de políticas públicas que han de sustentarse en algunos principios básicos presentes en el ordenamiento jurídico constitucional y cultural como son:

a) Garantizar a todos los dominicanos y dominicanas el ejercicio pleno y libre de sus derechos culturales tal como vienen consagrados por nuestra Constitución nacional y demás documentos complementarios.

b) Valorar e integrar la promoción y participación de todos los ciudadanos en la acción cultural, lo que contribuiría al mejoramiento general de la calidad de vida, de la participación y ampliación de la democracia, y al desarrollo humano pleno.

c) Entendemos que la cultura es uno de los medios pertinentes con que cuenta una nación para hacer frente a la pobreza, a la ignorancia, y para luchar contra el nihilismo que predomina en nuestra época. Por ello trabajamos para que el Estado, con su acción reguladora, contribuya a la edificación de un nuevo modelo de ciudadanía como lo es la ciudadanía cultural.

d) Consideramos que la inversión en el sector de la cultura nacional es prioritario para el crecimiento armónico de la nación y de los ciudadanos. Por ello reconocemos que el gasto en cultura es gasto social que combate la exclusión, ya que su promoción es una de las más productivas formas de combatir la pobreza en todas sus formas, sobre todo la de carácter espiritual.

e) Declaramos y postulamos que la adopción de las políticas culturales debe regirse por un código de valores y comportamientos en consonancia con la transparencia, la eficiencia en el servicio al ciudadano, la austeridad, el trabajo en equipo, la inclusión, la descentralización, el respeto a las minorías y a la disidencia, lo que debe reflejarse en una equitativa distribución del presupuesto cultural en todo el territorio nacional.

f) Finalmente, nos hemos comprometido a hacer un seguimiento y revisión de las propuestas por quienes las presentan y deben ejecutarlas. El compromiso del presidente Danilo Medina es con el pueblo dominicano y el desarrollo de estos programas participativos, y no con personas u organizaciones determinadas.

En otro orden de ideas, es necesario hacer referencia al Informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo (1996), patrocinado por la Unesco, que fue el inicio de una toma de conciencia general, a nivel mundial, en la que se inscriben todos estos esfuerzos. Desde sus inicios ese documento describe como una visión parcial, distorsionada e ineficaz de los procesos de desarrollo, exclusivamente, el logro del crecimiento económico, la expansión de la producción y de la productividad, y el aumento del ingreso per cápita. Propone, entonces, superar esta limitada y deficiente visión de la realidad humana mediante la fundamentación de una nueva dimensión del desarrollo humano, capaz de crear un modo de vida que sea pleno, satisfactorio, valioso y valorado, en el que crezca la existencia humana en todas sus formas y en su integridad.

Desde esta nueva perspectiva se establece que no puede haber auténtico desarrollo humano allí donde no se logran armonizar los objetivos económicos con las aspiraciones culturales y humanas que constituyen la base social de los fines mismos de los pueblos y las personas.

Se descubre desde esta reflexión el nexo fundamental que había permanecido oculto a los planificadores de los procesos de desarrollo, esto es, que para alcanzar cualquier meta económica de un plan de desarrollo económico se necesita tomar en cuenta la mentalidad y los modos de ser de la gente.

Se debe contar con una proyección dirigida a resaltar que los fines últimos de los señalados procesos deben plantearse en términos de realización de la dignidad humana y de garantizar concretamente el ejercicio de semejante dignidad, esto es, garantizar el pleno, indivisible y festivo disfrute de la totalidad de los derechos humanos.

Con ello se avanzaría hacia la identificación de principios para postular «una ética adecuada para valorar tales procesos en términos de fines», y no de puro y simple cálculo vacío de medios y utensilios para dar continuidad mecánica a los procesos económicos productivos.

Igualmente, quedaba establecido que la garantía y el disfrute de los derechos económicos no pueden anteponerse, ni separarse, del ejercicio total de los otros derechos, los políticos, los sociales, los ecológicos y otros, sentando así las bases para la edificación de «una auténtica cultura de paz» a través del fortalecimiento de la legislación internacional en materia de derechos humanos.

Según el Informe, esto se debe a que «gran parte de los conflictos internos e internacionales tienen su origen en situaciones de denegación de derechos, en medidas represivas establecidas por regímenes de fuerza, y por la desatención de los requerimientos imprescindibles del desarrollo humano».

Empero, para alcanzar tal aspiración, tenemos que contar con una «revalorización de la dimensión cultural de la vida humana», puesto que solo en ella encontramos algo que es valioso por sí y en sí mismo.

La sostenida tendencia a la globalización y a la ampliación de los intercambios de todo género: de personas, de productos, de servicios y de capitales, obliga a cada nación a reforzar y relanzar en todas las dimensiones posibles las características de su identidad.

Deberíamos, pues, intentar imponer con alto sentido de calidad y competitividad los productos simbólicos que definen y marcan nuestro modo de ser y de ver el mundo, que dominan y caracterizan las creaciones de nuestra cultura; que representan nuestra idiosincrasia, nuestros ritmos y sabores, para proyectarlos por el mundo entero y hacerlos conocer y apreciar por los otros pueblos y sus diversas comunidades, para que puedan descubrir la tremenda riqueza de matices, coloridos y notas musicales, la pluralidad de formas y la calidad espiritual que se revela en nuestras mejores creaciones y manifestaciones culturales.

En esa perspectiva, la cultura, como área de acción pública, está llamada a jugar un papel estelar para proyectar e imponer la imagen nacional en el contexto internacional y global; al contrario del papel puramente decorativo, espectacular y hasta cierto punto superfluo que muchas veces se le atribuye, estimamos que la cultura debe enfocarse, sobre todo, como caudal creativo que contribuye de múltiples modos y en diversos planos a propiciar el desarrollo humano integral.

La ciudad de Santo Domingo ha sido declarada por la Unesco como patrimonio cultural de la humanidad, un patrimonio que es nuestro deber poner en valor y mostrar al mundo como un bien resplandeciente, espejo de nuestra historia y de nuestros fines y valores culturales y humanos con un gran sentido de orgullo. Habría que resaltar también el importante aporte que realizan las llamadas industrias culturales a la productividad, al incremento del producto interno bruto y al bienestar económico de los pueblos. Además, el desarrollo del turismo cultural y las nuevas perspectivas y derivaciones que asume el hecho cultural permitirían integrar, desde la perspectiva productiva de la cultura, el desarrollo de instituciones culturales tradicionales ligadas anteriormente a la pura preservación y puesta en valor del acervo cultural de los pueblos, tales como los museos, los sitios arqueológicos y antiguas rutas de producción de mercancías tradicionales como serían, por ejemplo, los circuitos de visitas a los ingenios azucareros, de producción y procesamiento del tabaco, el cacao y el chocolate o el ron.

Es por todo ello por lo que el gobierno del presidente Danilo Medina Sánchez da tanta importancia a que todos los dominicanos y dominicanas comprendamos y actuemos concentrados en revalorizar los valores y bienes de nuestra cultura.

En tal sentido, concluimos asumiendo que el compromiso con la cultura se enmarca en los siguientes enunciados:

  1. Desarrollar y consolidar las instituciones del Sistema Nacional de la Cultura.
  2. Defender, preservar y poner a valer nuestro patrimonio.
  3. Exhibir la calidad y riqueza creativa de nuestros artistas.
  4. Fomentar las micro y pequeñas industrias culturales y creativas para que desarrollen sus mercados internos e internacionales.
  5. Avanzar en la construcción de ciudadanía cultural para nuestra gente.

Nuestro trabajo debe dirigirse a que podamos, entre todos los dominicanos y dominicanas, construir una clara conciencia de ello. Creo que a través de mi voz está la palabra, la idea, los símbolos valiosos y la imaginación que día a día, con gran entusiasmo, adelantan a la luz del mundo nuestros artistas y artesanos.

Nota. Ponencia presentada en el Foro de la Diplomacia Dominicana, celebrado el día 16 de enero del 2015.

Luis O. Brea Franco es doctor en Filosofía por la Universitá degli Studî di Firenze. Entre sus publicaciones destacan Antología del pensamiento helénico, 1983; Preludios a la posmodernidad. Ensayos filosóficos, 2001; Claves para una lectura de Nietzsche, 2003; El espejo de Babel, 2005; La modernidad como problema, 2007; La cultura como identidad y derecho fundamental, 2012; y El derecho a la Filosofía, esbozo de una estrategia para su implementación en el país, 2012. Tiene en prensa Global y diferente, 2015. En la actualidad se desempeña como asesor general del ministro y del gabinete ministerial en el Ministerio de Cultura.


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