Artículo de Revista Global 49

De la génesis del cine dominicano y del discurso de género

La recopilación recoge la importancia que tiene el cortometraje para el impulso de la industria cinematográfica, a partir de un recuento histórico de las historias cortas del cine universal que comienza en Francia con los hermanos Lumière. Si bien es cierto que el formato permite que la juventud pueda hacer cine, no menos cierto es que esta juventud puede representar con equidad a la mujer dominicana.

De la génesis del cine dominicano y del discurso de género

El cine dominicano se encuentra en una etapa de desarrollo: con la Ley de Cine (108-10) aprobada el 29 de julio de 2010, y el decreto 370-11, que establece su reglamento de aplicación, comienzan a darse nuevos pasos que aumentarán la producción de cortometrajes y largometrajes.

La pasión por hacer cine que se hereda de las películas realizadas por cineastas nacionales en las décadas de 1980 y 1990 late en las universidades en forma de cortometrajes. Un total de 164 cortos producidos entre 2008 y 2011 evidencian este gusto por la realización audiovisual y auguran un futuro promisorio para el cine nacional, puesto que fue «en corto» cómo comenzó la historia del cine universal.

«El cine, que hace desfilar ante nuestros ojos 24 imágenes por segundo, puede darnos la ilusión de movimiento porque las imágenes que se proyectan en nuestra retina no se borran instantáneamente», explica Sadoul en Historia del cine mundial (1987). La invención proviene de una familia de fotógrafos, la conformada por los hermanos Lumière, quienes proyectaron una secuencia de fotografías a través de un cinematógrafo el 28 de diciembre de 1895, en el Grand Café de París.

La Sortie des usines Lumière à Lyon (1895) está registrado como el primer cortometraje de la historia del séptimo arte; documenta una escena en la que los trabajadores salen de la fábrica y el portero cierra la puerta. Russo (2008) afirma: «Los primeros cortos de los Lumière duraban menos de un minuto. La evolución del lenguaje cinematográfico parte de los cortometrajes de los Lumière, Méliès, Porter y Griffith. Pero la duración de esas primeras películas no era elección de los directores, sino una limitación dada por la duración del rollo de película».

Georges Méliès aportó al cine recursos de un arte parecido: el teatro. Méliès empezó a contar historias cinematográficas y para esto utilizó la mayor parte de los medios teatrales, tales como guión, actores, vestuario, maquillaje, escenografía, tramoyas y división de escenas; rodó en un estudio que construyó especialmente para estas grabaciones. Entre ellas se destaca Le voyage dans la Lune (1902), film de un cuarto de hora, un récord para la época, considerado en la actualidad un cortometraje por su duración.

De acuerdo a Russo (2008), hasta que no se desarrolló la técnica del montaje, el tiempo del plano y la toma coincidían, lo que constituía otra limitante para la duración de los filmes. «Aunque la tecnología ha avanzado este formato (el de cortometraje) ha perdurado en el tiempo porque sirve como herramienta para aprender y ejecitar las técnicas del cine», precisa Russo.

El cortometraje es «corto»

Pero ¿qué es corto en cine? Para lograr una aproximación a la duración de los filmes cortos Magny (2005) explica: «El metraje se refiere a la longitud de la película expresada en metros (Francia) o en pies (feet, EEUU, GB…). En Francia un largometraje en 35 mm comienza a los 1600 metros, esto es, a 24 imágenes por segundo 58’ 28”. Por debajo es un cortometraje. El uso corriente ha conservado el término mediometraje de 30’ a una hora, mientras que el cortometraje se sitúa alrededor de 30’ y el cortometraje muy corto por debajo de los 4’».

Adelman (2005) expresa: «La Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas clasifica una película como cortometraje cuando dura cuarenta minutos o menos (…) En la práctica, cualquier película de más de 30 minutos se considera muy larga (…) El lema es que para los festivales, la exhibición online o la posible distribución teatral, cuanto más corta, mejor».

Si bien el cine nació con cortometrajes, nadie había establecido los límites de duración que los filmes debían tener durante sus primeros 20 años. Russo (2008) precisa: «no existía ni cortos ni medios ni largometrajes. Existía cine o expresiones audiovisuales (…)».

Luego de que Griffith y Eisenstein marcaran las pautas de la narrativa en el largometraje, con la estructura de superproducción que se asemeja a la actual, el cortometraje surge como contraparte del largometraje, y de acuerdo a Russo (2008), «en ese esquema le tocó ocupar un espacio cada vez más reducido».

Pero en el cine, como en otras ramas del arte, los espacios que representan un ensayo son más democráticos y abiertos que los que son parte de una industria organizada. Russo (2008) confirma que «cortometraje es solo la denominación institucional que se le otorgó desde entonces a una obra cinematográfica corta, pero su especificidad no está en su característica física más obvia, sino más bien en su carácter de refugio y espacio de resistencia» (p. 380).

Cortos made in RD

Luego de la presentación en el Grand Café de París por parte de los hermanos Lumière, Benet (2004) explica que «el negocio del cine conoce una expansión inmediata de la que son responsables sus primeros promotores enviando agentes a distintas partes del mundo (…) se trata de filmes breves, con una duración de unos diez o quince segundos».

La República Dominicana no fue la excepción, ya que en agosto de 1900 se proyectaban en el Teatro Curiel de Puerto Plata las primeras imágenes en el país del cinematógrafo de los hermanos Lumière, el encargado de hacerlo fue Francesco Grecco.

Los cortometrajes exhibidos en Puerto Plata y más tarde en Santo Domingo, de acuerdo a Rodríguez y De la Cruz (2008), están citados en la tabla número tres.

Aunque en la República Dominicana se habían realizado en la década de 1920 algunas películas como La leyenda de Nuestra Señora de la Altagracia (1923) y La emboscada de Cupido (1924), no fue hasta la década de 1950 cuando «hubo una inquietud por hacer cine de algunos jóvenes como Felipe Acosta Estrella y Camilo Carrau, a través del Estudio Acosta-Driscoll Film fundado en 1957. Otra entidad importante fue la Sociedad Fílmica y Cultural, que tiene su origen en Haina 1956», afirma Lora en «Las primeras intenciones del cortometraje» (2006).

Sin embargo, Lora explica que a pesar de la fiebre amateur que existía en el país, al contrario de lo que ocurría en otros países latinoamericanos, no fue hasta la década de 1970 cuando surgieron los cortometrajes de un grupo de jóvenes que conformaron el Comité pro Instituto Nacional de Estudios Cinematográficos (CINEC), institución que fungía como escuela del séptimo arte. Entre estos primeros cortos presentados estuvieron: Caen los remos (1973) de Carlos Figuereo; Pescadores (1974), de Edison Rivas; y Tres historias sencillas (1974), del colectivo mencionado.

Lora destaca: «Quizás el corto de ficción de mayor trascendencia en esa década fue el presentado el 12 de octubre de 1978, en el Teatro Olimpia, titulado Viacrucis, una realización de Jimmy Sierra basada en Luis Pie, un cuento del profesor Juan Bosch que plantea el racismo latente en el pueblo dominicano». Y también cita a Sáez para referirse a otros cineastas que aprovecharon las ventajas del cortometraje, como fue el caso de Agliberto Meléndez, en 1979 con El hijo.

Si bien se explicaba la importancia del cortometraje como base para la industria cinematográfica, se aprecia que en la República Dominicana han existido varias impulsos, sin que se concrete una política audiovisual que impulse su realización. La primera Muestra de Cortos Académicos Dominicanos se hizo el 11 de abril de 1996 en el Centro Cultural de España y fue dirigida por Ana Tomé. En esta iniciativa, que se continuó realizando cada año hasta el 2000, se presentaron los proyectos de los jóvenes cineastas dominicanos egresados de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV).

Rodríguez y De la Cruz (2008) señalan que en el año 2000 surge el primer Festival Estudiantil de Cortometrajes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), «con la finalidad de promover a los jóvenes realizadores y a sus cortometrajes». Esta fue una iniciativa del profesor Adelso Castellanos. La primera edición contó con la participación de 14 cortometrajes; en 2002 se celebró la segunda jornada de exhibiciones, esta vez de 18 cortos; en 2003 participaron 24. El festival volvió a ser retomado en 2008 por la Asociación de Estudiantes de Cine, con la presentación de 17 cortometrajes; en 2010 se realizó la última edición, en la que se proyectaron 36 obras audiovisuales en formato corto.

Otros espacios surgieron para la apreciación de cortometrajes: las dos muestras de la Cinemateca Nacional que se realizaron en 2003 a cargo de los cineastas Agliberto Meléndez y Pericles Mejía, donde se presentaron los trabajos de los estudiantes de cine de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, de acuerdo a Rodríguez y De la Cruz (2008).

A finales de 2005 la Secretaría de Estado de Cultura organizó el primer festival de cortometrajes de terror y suspenso, a cargo de Harry Ortiz, que proyectó siete cortometrajes de este género. Otra iniciativa que logró mucho éxito fue el Festival del Minuto Juan Bosch. Rodríguez y De la Cruz explican: «En este festival, como lo indica su nombre, la condición base para participar era la realización de un corto cuyo metraje no excediera el minuto de duración con la libertad de trabajar los géneros de ficción, documental, experimental y animación flash». La iniciativa fue auspiciada por la Fundación Juan Bosch, junto al Estado dominicano, al conmemorarse el natalicio del escritor y político; y las memorias de este evento registran la participación de más de 100 cortos.

En 2008 el profesor Félix Manuel Lora motivó a un grupo de estudiantes de la asignatura Arte y Técnica Cinematográfica que se imparte en la cátedra de Comunicación Social de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) a realizar cortometrajes. Encontró el respaldo de la directora de la carrera, la periodista Elvira Lora, quien ideó la plataforma que bautizó como La Semana más Corta, en cuya primera edición se presentaron cinco cortometrajes con sello PUCMM y ocho invitados.

A raíz del movimiento de cortometrajes que se impulsa desde la PUCMM, cuya matrícula estudiantil es femenina en un 90%, surge en marzo de 2010 la idea de dar a conocer la mirada femenina en el cine a través del Festival de Mujeres en Cortos, organizado por el cineasta Abel Rodríguez en la Cinemateca Nacional. En la primera edición se proyectaron 12 cortometrajes y en la segunda, 13.

Durante el tercer Festival de Cine Global Dominicano (2009), organizado por la Fundación Global Democracia y Desarrollo, surgió el primer concurso de cortometrajes dominicanos. Fueron seleccionados 11 finalistas de los cortos que fueron proyectados antes de cada función y entre estos se escogió un ganador que resultó ser Pedro de Bella Vista y su sueño, de Rodrigo Montealegre; en 2010 el cortometraje galardonado fue Papá está en el cielo, de Francisco Rodríguez.

Sin duda, el auge de este movimiento de producción cinematográfica se debe en gran parte a estos espacios que promueven la apreciación del cortometraje.

Proyectar a la mujer, la segunda tarea pendiente

Así como Walter Benjamin (1936) plantea: «El cine no solo se caracteriza por la manera como el hombre se presenta ante el aparato, sino además por cómo con ayuda de este se representa el mundo en torno», los cortometrajes dominicanos como parte del cine reflejan la realidad de la sociedad que rodea a los realizadores. Pero ¿qué pasa cuando lo que se representa a través de este arte está parcializado?

De acuerdo a Bonaccorsi y Dietrich (2008), «Lo que más se difunde son películas con mujeres realizadas por hombres. ¿A quiénes se dirigen? A un público que está limitado a su visión y comprensión, acostumbrado a ver un cine con configuraciones discursivas del mundo cotidiano e imágenes de los personajes estereotipados».

Si no se realizan cortometrajes o propuestas de historias que presenten a la mujer dominicana como lo que es en la actualidad, el modelo patriarcal –que de acuerdo a Victoria Sendón (1994) «es siempre binario, excluyente, combativo y proselitista»– seguirá propagándose y la sociedad se quedará apegada a una realidad que cada día evoluciona.

La mujer dominicana ya no es solo la que se queda en casa cuidando de los hijos, sumisa y sin capacidad de tomar decisión alguna; ahora, además de seguir haciendo esto, «lleva el pan a la casa» y su salario puede superar al del hombre, pues se ha preocupado por prepararse, estudiar y especializarse.

Sin embargo, el cine dominicano y sus cortometrajes han proyectado a la mujer como trabajadora sexual, mujer infiel, analfabeta, ama de casa, víctima de violencia física y psicológica, y esta imagen si bien parte de la realidad, porque lamentablemente sí existen mujeres que atraviesan esta situación, no es la única que puede ser recreada para representar a las dominicanas.

Otro de los factores vinculados a esta representación es que casi todos los directores de cine son del sexo masculino, lo que propicia una visión androcéntrica que impide otros matices. Es más, pese a la gran presencia femenina en las aulas, al estudiar los 164 cortos proyectados en los festivales dominicanos de este género entre 2008 y 2011, un 90% no escapan a la mirada androcéntrica.

Bonaccorsi y Dietrich (2008) indican: «Las cineastas que están cada vez más produciendo cine documental o corto de ficción parten de la intencionalidad de incorporar el tema de mujeres dentro de la industria del cine dejando traslucir una imagen de mujer no solo como objeto de representación, sino también como “sujeta activa” de lo representado».

La primera tarea pendiente para fortalecer la naciente industria cinematográfica es el apoyo a los cortometrajes y a los centros académicos que los impulsan como el comienzo de la búsqueda de la identidad cinematográfica; la segunda es lograr que estos cortometrajes presenten a las mujeres dominicanas como entes de desarrollo.

Violeta Lockhart es Licenciada en Comunicación Social Summa Cum Laude de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Comenzó su formación audiovisual en 2009 cuando realizó el curso de producción de cine y televisión Primera Toma. Ha realizado talleres de guión cinematográfico avanzado y de dirección de actores. Ha escrito y dirigido los cortometrajes Ausencia de amor, Cara//Escudo, No voy a fregar y Seis palabras, además del documental Creemos en la música. Se puede apreciar su cortometraje Cara//Escudo en <https://vimeo.com/38724209>.

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