Artículo de Revista Global 57

De libros, librerías y lectores

¿Cuál es la población lectora en la República Dominicana? ¿De qué manera se pueden aumentar los índices de lectura? ¿Es posible que surja una nueva generación de lectores?  Estas son algunas de las interrogantes que se analizan a continuación. Se comparten los desalentadores resultados de la Encuesta sobre hábitos de lectura en República Dominicana y se refiere el caso de La Vega de mediados de los años cuarenta, donde gracias a una gran labor educativa surgió una valiosa comunidad de lectores. Pese a que este artículo se publicó por primera vez en Diario Libre, la revista Global, considerando lo pertinente y novedoso de su enfoque, ha decidido recuperarlo e incluirlo en este número.

De libros, librerías y lectores

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Unos buenos años atrás, discutíamos entre escritores amigos cuál era la población lectora en nuestro país. El consenso en ese pequeño grupo situaba la cantidad en no más de setecientos lectores reales. La duda, sin embargo, continuaba punzándome. En algún momento, determinados escritores, muy contados, habían alcanzado cotas magníficas de ventas para nuestro territorio. En su totalidad, eran autores de temas puntuales como se dice ahora, de temas resonantes en torno a sucesos históricos o políticos. El malditismo trujillista y sus secuelas era, y es, uno de esas puntuales citas de lectoría.

Tenía la presunción de que, en esos casos específicos, muchos adquirían los libros por puro esnobismo. Y nada de leerlos. En nuestro país, tal vez como en cualquier otro, una franja importante de la gente entra a la moda del momento, aunque esa moda tenga cubierta, lomo y letras. Tenía mis dudas patentizadas. Yo andaba entonces en el oficio del que me ocupé por veinte años, saltando de un medio a otro para sobrevivir en el intento de ofrecer mis modestas impresiones sobre los libros que leía. Y hasta ranking bibliográfico presentaba al inicio de cada año, con la colaboración de los libreros, para informar cuáles habían sido los libros y autores más vendidos. Y eran fieles esos rankings. Con una salvedad que nunca anotamos: en algunos casos los libros más vendidos no pasaban de trescientos o cuatrocientos ejemplares entre los locales, y de treinta o cincuenta los extranjeros. Excepciones hubo, pero esas eran las reglas.

A los consensos entre amigos, a las estadísticas al socaire y a las dudas, decidimos ponerles números concretos. Y con los auspicios de la Fundación Global Democracia y Desarrollo se produjo la primera, y única hasta ahora, Encuesta sobre hábitos de lectura en República Dominicana, realizada hace justo diez años, en el 2003, bajo la coordinación técnica de Eurípides Roques y la participación de un equipo de seguimiento del trabajo de campo que coordinábamos. Tres años después, desde la entonces Secretaría de Estado de Cultura, hicimos una nueva encuesta y los resultados fueron similares. Nada había cambiado y decidimos no ofrecer los numeritos, de modo que aquella encuesta primera sigue siendo la referencia obligada a la hora de analizar el debatido tema de la lectoría de libros, que viene y va cada cierto tiempo buscando fórmulas y culpables, sin remedio.

Conviene recordar lo que esa encuesta reveló hace diez años, antes de poder elaborar un juicio que permita atisbar una solución a este viejo dilema. Del universo que fue entrevistado para la encuesta, solo un 15% lee libros casi todos los días. Un 29% lee libros alguna vez a la semana. Esto quiere decir que un 44% pasó a formar parte de lo que los técnicos decidieron denominar «lectores frecuentes», que se contraponían, si vale el término, a los llamados «lectores ocasionales» que leen libros una vez al mes o en un trimestre y que entraban en las estadísticas con un 34%. Los que nunca leen, o sea los «no-lectores» eran un 37%.

En principio, el panorama no resultaba tan desalentador como creíamos. No parecía mal ese 15% de lectores fijos con los que podía seguirse moviendo la coctelera de las ediciones a granel, ni el 29% que leía una vez por semana, con los cuales podía trabajarse un plan de mercadeo y promoción que los alentara a aumentar sus horas de lectura. Empero, quedaban otros numeritos por conocer que permitían ampliar los recelos sobre los porcentajes que mostraba la encuesta. De pronto supimos que el promedio de lectura semanal era apenas de 1.4 horas, que un 75% de la población dedicaba menos de una hora semanal a la lectura y que apenas el 6% promediaba una hora diaria. (¿Los setecientos que, entre amigos lectores, avizorábamos como colegas de oficio?).

Entonces nos enteramos –la encuesta no dejaba resquicio para la duda– de que los «lectores frecuentes» dedicaban tres veces más tiempo a la lectura que el promedio general de lectores, de modo que esta clase leía por todo el resto. Los «lectores ocasionales» y los «no-lectores», que sumaban un 71%, tenían un promedio de tiempo de lectura totalmente ínfimo. Y a estos datos se sumaban estos otros, sumamente inquietantes: la razón principal para adquirir libros tenía que ver con las necesidades de estudio, de trabajo o de consulta; el entretenimiento representaba el 35% de las motivaciones de compra de libros. Pero, cuando se segmentaba la población, observamos que en la clase A/B, el 71% de los lectores compraba libros para entretenimiento y solo un 19% por necesidades de estudio, al contrario de lo que sucede en la clase D: el entretenimiento es la razón de compra de apenas el 22% contra el 74% de estudio/trabajo.

Y seguían llegando los numeritos aterradores. Solo un 6.2% de los lectores compraba y leía  a autores dominicanos, y cuando se internaba más adentro en el entramado ninguna obra de escritor criollo alcanzaba una cifra significativa; solo una, Over de Marrero Aristy, llegaba a tener un 1.4% de lectoría. La desilusión aumentó cuando la encuesta arrojó –como sinónimo de disparo, de despeñamiento– que el promedio compraba un libro cada seis meses, que la tercera parte de los encuestados tenía más de un año que no compraba un libro y que aun los llamados «lectores frecuentes», aquel 15% que pareció al principio tan alentador, apenas compraba un libro cada 5.7 meses, o sea, en términos redondos, poquito más que cinco meses y medio.

Había que determinar, desde luego, cuál era el promedio de tiempo libre de que podía disponer cada ciudadano encuestado para saber si le sobraban momentos durante cada día para la lectura. Resultó que los dominicanos tenían un promedio diario de siete horas de tiempo libre, divididas del siguiente modo: de lunes a viernes, 6.2 horas; los sábados, 8.4 horas, y los domingos, 9.6 horas. Pero ¿en qué ocupan ese tiempo libre? Anoten: el 57% en ver televisión, el 28% en actividades recreativas, y un 25% atestiguaba que lo dedicaba a la lectura, muy cercano al 24% que se dedicaba a las actividades deportivas y al 23% que escuchaba música o la radio. Aunque se registraron otras actividades, anotemos solo estas ahora, no sin dejar de mencionar el 8% que apareció hace diez años en esta encuesta que dedicaba su tiempo libre a Internet. Obviamente, al pasar esta década se habrá acrecentado esta cifra, toda vez que para entonces estábamos viviendo aún la era del beeper, el correo electrónico comenzaba a llegar tímidamente, y no habían arribado los jubilosos bibi, androide y demás yerbas cibernéticas con sus cargas de whatsApp, twitter y facebook. ¡Imagínese usted cómo anda hoy la cosa, caballero!

Debo anotar que al cuantificar el tiempo dedicado a cada actividad, la lectura pasaba tranquilamente al quinto lugar, empatada con los quehaceres domésticos y hombro con hombro con el renglón descanso/dormir.

Pero recordemos otros numeritos para que podamos formarnos una idea cabal de por dónde caminaba el asunto. Del total de lectores, o sea, de aquellos que decían que leían libros aunque fuese uno cada seis meses, la mayoría (33%) dijo leer novelas, seguidos por autoayuda (15%), libros de texto (12%), religión-filosofía y metafísica (11%), y a la historia y la biografía se dedicaba un 7%. Entre los datos, tal vez nada sorprendentes, que arrojaba la encuesta estaba un noveno lugar para la poesía, con apenas un 2% (lo siento, poetas), y la llamada novela rosa, que otrora fuese pan de generaciones, estaba en la lista sólida de los que alcanzaban un miserable 1%. Los tiempos de Corín Tellado definitivamente habían pasado.

Desde luego, no nos hagamos ilusiones, pues cuando se les preguntaba por los libros leídos recientemente, el resultado erizaba: la mayoría dijo que Lengua Española, y después que la Biblia (el aumento de las sectas ponía a muchos a llevar la santa palabra debajo del brazo), Ciencias Sociales (como en el primer caso, los libros de texto, léase los libros obligados llevaban la delantera) y más adelante los libros de Cuauhtémoc Sánchez, ¿Quién se ha llevado mi queso? (que estaba de moda y los educadores lo ponían de tarea en los colegios), y como dije antes, los dominicanos estaban ausentes, salvo Marrero con un Over que también era –desde mis tiempos de bachillerato- lectura de estudiantes. Anotemos, no sin dolor, que en la clase A/B los «lectores frecuentes» anotaron como libros de reciente lectura títulos como estos: Caramelos de menta, Cómo ayudar a los niños a sobrellevar el duelo, Cómo generar ideas, y por ahí siguió Vicente su ruta con la gente.

Aquella encuesta que cumple por estos días diez años aportó las únicas estadísticas que tenemos sobre el nivel de lectura de los dominicanos. A partir de esta realidad, de la que no sabemos en qué medida ha sido incrementada o superada, debemos realizar las evaluaciones que correspondan sobre la crisis de lectores en nuestro país y los planes que han de originarse para crear una sociedad de lectores que, en mi pensar y experiencia, necesitará de un esfuerzo concentrado de no menos de veinte años.

2

El 28 de octubre de 1945, el teniente coronel de la Policía Nacional Luis Arzeno Colón, enviaba un memorando al dictador Rafael L. Trujillo informándole detalladamente sobre el ambiente reinante en la ciudad de La Vega. La comunicación está fechada en San Cristóbal y el amplio informe se basa en un viaje reciente del referido oficial a la comunidad indicada, donde había residido anteriormente.

Arzeno Colón, al evaluar para el Generalísimo «las palpitaciones político-social que imperan en aquel conglomerado» y luego de denunciar a los «desafectos recalcitrantes y moderados» de la comarca, destacaba el hecho de que La Vega «que en otros tiempos fue centro de febril actividad agrícola, comercial e industrial, se ha convertido por uno de esos raros fenómenos sociológicos, en un pueblo completamente intelectualizado», y, más adelante, se quejaba de que los jóvenes «no piensan más que en hacerse profesionales o letrados».

El autor del mencionado informe anotará lo siguiente: «Amén de los centros docentes de la ciudad de La Vega, existen muchos centros culturales y sociales y las bibliotecas están noche por noche repletas de jóvenes lectores de todas las capas sociales. De ahí se explica la razón de que, casi la universalidad de la juventud vegana, tenga su cerebro inquieto con el morbo de doctrinas exóticas y extremistas, las cuales, tarde o temprano, tendrán su eclosión en el ambiente donde se incuban». Arzeno Colón arremete contra el grupo Los Nuevos, que era un núcleo de actividades literarias y formativas integrado por los hermanos Rubén y Darío Suro, Luis Manuel Despradel, Mario Concepción, José Alberto Rincón, Mario Bobea Billini, Arturo Calventi y Val Elder Espinal. Lo califica de «foco de revolucionarios comunistas».

Este informe al dictador que se reproduce en el libro La vida cotidiana dominicana a través del Archivo particular del Generalísimo, publicado por Bernardo Vega en 1986 y recientemente reeditado, habrá de revelarnos, al margen del amplio espacio de sumisión de la época, que en la ciudad de La Vega existía, hace más de sesenta años, un ambiente propiciador de la lectura y el conocimiento tan alto que adquiría niveles de sospecha frente a la dictadura. Se trataba de una tradición que venía de muchos años atrás, en la que surgieron escritores de gran valía al través de sus Juegos Florales, que permitió que esa extraordinaria comunidad fuese conocida hasta hoy como una ciudad culta.

¿Era La Vega entonces un caso aislado en materia de desarrollo cultural y, específicamente, de lectoría de libros, con respecto al resto del país? Aunque con toda seguridad en otras comarcas se desarrollaron ambientes similares, es obvio que La Vega fue un caso excepcional por el reconocimiento nacional que obtuvo su condición intelectual, sobrepasando incluso a Santiago de los Caballeros. No olvidemos nunca que el territorio nacional estaba poblado de aldeas peloneras, no solo hambrientas del pan del saber sino del más esencial para la sobrevivencia, el pan del condumio diario, que era escaso. Empero, lo que parece transmitir la situación planteada es que la lectura y el interés por el libro florecen cuando hay un buen sistema educativo, y obviamente que la larga dictadura trujillista no solo era criminosa sino que, bastardía aparte, propició la ignorancia general de la población. En La Vega laboraban educadores eminentes que, con toda seguridad, facilitaron aquel ambiente de bibliotecas abarrotadas de lectores, concursos literarios, formación de sociedades culturales. La dictadura, que desmanteló el sistema educativo hostosiano, frenaba el desarrollo intelectual y veía con ojeriza y desdén a quienes se inclinaban por el estudio y la lectura, pues como afirmaba Arzeno Colón en su informe al dictador las «ansias infinitas de saber (de la sociedad vegana) debe tener límites, pues de lo contrario su porvenir es completamente nebuloso».

En las deficiencias de nuestro sistema educativo es en donde debemos colocar los arietes de la inexistencia de una población lectora en la República Dominicana. El tema se lleva y trae en cada temporada, y se suele buscar culpables en los agentes culturales, cuando la responsabilidad recae en los agentes educacionales. La nuestra nunca ha sido una sociedad de lectores y en los espacios geográficos donde alguna vez, como en La Vega, se erigió propicia esta posibilidad, fue como excepcionalidad, no como sello habitual. La dictadura estimuló un proceso educativo que estuvo vigente hasta hace poco tiempo, y que todavía guarda algunas de sus rémoras, que no alentaba el interés por la lectura. Digámoslo sin ambages: los que integran la generación a la que pertenecemos no tuvimos nunca profesores letrados. En algunos casos, que no es cierto que en todos, contamos con profesores dedicados, ejemplares, que empujaban el carro de la educación con el instrumental que les proporcionaba el sistema, que no era otro que el de la repetición de esquemas y el «embotellamiento» de las asignaturas. Nada de análisis ni de confrontación de pareceres. Rememoro un caso especial. Cuando cursábamos el bachillerato, la Universidad Católica Madre y Maestra inició la carrera de Educación y unos pocos de nuestros profesores se inscribieron para mejorar sus conocimientos y alcanzar un título universitario en el oficio que habían ejercido por años. Una gran maestra (anotemos que no todos nuestros queridos y siempre recordados profesores alcanzaban esta distinción), la profesora Rafaela Joaquín, introdujo novedades sustanciales en la forma de ejercer la docencia, cambios singularmente radicales que incluyeron por primera vez la atención lectora y el análisis crítico de obras literarias. Parte del profesorado se levantó contra este nuevo esquema, tanto que provocó que la profesora Joaquín tuviese que abandonar su labor docente, a la que regresó debido a la rebelión que protagonizamos en su favor todos los que éramos sus discípulos y valorábamos sus intenciones.

Desde luego, la transformación docente que impulsaba esta valiosa maestra era un caso excepcional y no obedecía al canon del sistema educativo oficial. La profesora Joaquín había sido influenciada positivamente por el esquema docente de la ucmm, en Santiago, entre cuyos ejes figuraba el entonces sacerdote y luego gran librero en la capital Job Blasco, de gratísima recordación. ¿Qué deseo destacar? Es el sistema educativo el que no ha favorecido nunca la creación de una sociedad de lectores en nuestro país y el que todavía continúa propiciando esta lamentable realidad. Encuesten al sector magisterial a ver cuántos lectores frecuentes existen allí y tendremos las reales causas de la falta de lectores en nuestro país. El más reciente informe pisa sobre la educación en España deja establecido con estadísticas contundentes que los niños que leen libros de forma habitual tienen un índice mucho menor de fracaso escolar, incluso en las materias no relacionadas directamente con la lectura. Pero este esquema no ha estado vigente en el país nunca, salvo si los escolares han tenido como maestros a Salomé Ureña, Ercilia Pepín, Pepe Álvarez o Aurora Tavárez Belliard.

Los agentes culturales son herramientas de soporte en cualquier plan de motivación lectora. Forman talleres literarios, editan libros, celebran certámenes, organizan ferias del libro, sostienen cursos de formación literaria, abren revistas culturales, estimulan la acción creativa, respaldan a los escritores consagrados o noveles. Pero quienes desarrollan la política de fomento de la lectura son los agentes educativos, que tienen bajo su sombrilla a los núcleos de escolaridad básica, donde se crea y estimula el interés por la lectura. Al margen de precios altos en el costo de los libros –realidad de mercado que es global– o de la falta de bibliotecas (que tampoco es el problema real), ni los libreros ni los que en medios tan difíciles ejercen como editores, ni mucho menos los agentes culturales, son los responsables de la falta de una sociedad de lectores. Por eso resulta totalmente intrascendente el debate sobre la influencia de los ebook como herramientas que podrían permitir que sucumba el libro físico, como lo llaman algunos. Ese no es el problema nuestro. Nuestro dilema es que no tenemos lectores ni de libros físicos ni mucho menos de libros digitales.

Para enfrentar esta situación se requiere una política de fomento de la lectura tan motivadora y radical como la ingente política de alfabetización que impulsa el gobierno actual. Una política que se desarrolle desde la escuela y con la población escolar, y que abarque a la población universitaria al mismo tiempo. Está demostrado con estudios muy competentes que los países que salen más rápidamente de sus crisis son aquellos donde la formación educativa es ejemplar y donde la lectura es una herramienta sustancial. Ya lo hemos dicho muchas veces: para debatir la crisis, cualquiera que esta sea, y para buscar soluciones, se necesita salir de esa narrativa marginal de los sucesos sociológicos, políticos, económicos o culturales con que se analiza habitualmente la realidad. ¿Cómo puede orientarnos bien un columnista o comentarista que no lee? ¿Cómo puede educar democráticamente a sus congéneres un político que no lee? ¿Cómo puede enfrentar la realidad en sus diferentes dimensiones un profesional que no lee?

Establecer una política de fomento de la lectura en grande es tarea fundamental de las autoridades educativas. Y es reto nacional de todas sus instancias. Existen planes concretos en ese sentido a los que bastaría dar el mismo sostén y apoyo que se le da, tan exitosamente, al plan nacional de alfabetización. Y de ahí en adelante, en veinte años –no menos– el país podría ver nacer la sociedad de lectores que necesitamos. De lo contrario, un poco más o un poco menos, seguiremos cerrando filas en la lectoría frecuente los setecientos u ochocientos ciudadanos de la lectura que se dice existen desde hace añales. El resto es discusión estéril.

José Rafael Lantigua es ensayista, crítico literario y gestor cultural dominicano. Entre sus libros se destacan: Domingo Moreno Jimenes, biografía de un poeta; La conjura del tiempo, memorias del hombre dominicano; Los júbilos íntimos y Territorio de espejos. Durante 20 años dirigió el reconocido suplemento literario Biblioteca. Fue fundador de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo y ministro de Cultura del 2004 al 2012. Actualmente, lleva la columna «Raciones de Letras» en Diario Libre.


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