Artículo de Revista Global 46

Del desarrollo al buen vivir

Es un hecho que va de la mano con la dialéctica, las definiciones no son cerradas, ni los conceptos deben serlo, cuando se busca una aproximación a lo que es o debe ser la identidad del dominicano. La temática en su conjunto debe popularizarse, dinamizarse, ser llevada más allá de las discusiones academicistas o enciclopédicas, para que el pueblo, objeto y forjador de esa identidad, participe a conciencia y tenga conocimiento de que realmente pertenece a algún sitio. La identidad del dominicano deberá ser siempre búsqueda, para proteger los orígenes desde sus partículas disolutas, pero existentes y tangibles, de la cultura del ser nacional.

Del desarrollo al buen vivir

Un apreciable sector del pensamiento mundial estima que el concep­to dominante de “desarrollo” ha entrado en crisis. La perspecti­va colonialista desde la cual fue construido ha generado resultados magros –por no decir nulos– en el planeta. La multidimensional crisis global ha demostrado la im­posibilidad de mantener la ruta “extractivista” y devastadora para el Sur y con desiguales relaciones con el Norte, cuyo consumismo –prácticamente ilimitado– deberá llevar al mundo entero al colap­so de no asegurarse su capacidad de regeneración. De allí que es impostergable impulsar nuevos modos de producción, consumo, organización y convivencia. Las ideas hegemónicas de de­sarrollo han generado una cultura que no permite visibilizar expe­riencias de pueblos y culturas que, sin embargo, forman parte de la sociedad (¿ociedad?); estas operan una visión lineal del tiempo en la que la historia tiene un solo senti­do: los países desarrollados consti­tuyen el modelo a seguir y lo que queda fuera de esas ideas es consi­derado primitivo y retrasado.

Prima, entonces, una concep­ción de desarrollo como moderni­zación y crecimiento económico, que se mide a través del producto interno bruto (PIB). El desarrollo industrial es el perseguido y es la medida de la modernización de la sociedad. Las causas del subdesa­rrollo son imputadas a los pueblos “retrasados” y se busca desconocer la existencia de factores exógenos.

Además, aparecen los plantea­mientos del desarrollo humano que parten de la idea de que el de­sarrollo debe tener como centro al ser humano y no a los mercados o a la producción. Por ende, lo que se debe medir no es el PIB sino el nivel de vida de las personas, a través de indicadores relativos a la atención de las necesidades humanas.

El concepto de desarrollo hu­mano enfatiza en la calidad de vida como un proceso de am­pliación de oportunidades y ca­pacidades humanas, orientado a satisfacer necesidades tales como la subsistencia, el afecto, la parti­cipación, la libertad, la identidad y la creación. La calidad de vida se define por una vida larga y sa­ludable, la capacidad para adqui­rir conocimientos y acceder a los recursos para tener un nivel de vida decente.1 El énfasis radica en lo que las personas pueden hacer y ser, más que en lo que pueden tener. No obstante, la satisfacción de necesidades y la expansión de capacidades humanas actuales no deben hipotecar el futuro, por eso se habla de desarrollo humano sustentable, que es inviable sin el respeto a la diversidad histórica y cultural como base para forjar la necesaria unidad de los pueblos. Conlleva, eso sí, elementos funda­mentales, tales como la igualdad de derechos y oportunidades entre las mujeres y los hombres, entre pueblos y nacionalidades, entre niñez, jóvenes y adultos. Implica, además, la irrestricta participación ciudadana en el ejercicio de la de­mocracia.

Pero si bien el concepto domi­nante de desarrollo ha mutado, ha sido inmune a cuestionamientos. Ha resistido frente a posiciones fe­ministas, ambientales, culturales, comunitarias, políticas, etcétera, y sus críticos implacables han sido incapaces de plantear conceptos alternativos. Por esto, en el Sur, es necesario encontrar propuestas que permitan repensar las rela­ciones sociales, culturales, econó­micas y ambientales desde otro prisma. Siguiendo el nuevo pac­to de convivencia afirmado en la Constitución Política del Ecuador, en vigencia desde 2008, el plan nacional propone una moratoria de la palabra desarrollo para in­corporar en el debate el concepto del buen vivir.

Es así como la estrategia de mediano plazo para propiciar la ruptura con el concepto tradicio­nal de desarrollo propone la de­mocratización de los medios de producción, redistribución de la riqueza y diversificación de las for­mas de propiedad y de organiza­ción; la transformación del patrón de especialización de la economía a través de la sustitución selectiva de importaciones; el aumento de   la productividad real y diversificación de las exportaciones, exportadores y destinos mundiales; la inserción estratégica y soberana en el mundo e integración latinoamericana; la transformación de la educación superior y transferencia de conocimiento en ciencia, tecnología e innovación. También, la conectividad y telecomunicaciones para construir la sociedad de la información; el cambio de la matriz energética; la inversión en el marco de una macroeconomía sostenible; la inclusión, protección social solidaria y garantía de derechos en el marco del Estado constitucional de derechos y justicia; la sostenibilidad, conservación, conocimiento del patrimonio natural y fomento del turismo comunitario; el desarrollo y ordenamiento territorial, desconcentración y descentralización, y el poder ciudadano y protagonismo social.

 Acercándose al buen vivir 

El aporte de los pueblos indígenas andinos es el sumak kawsay: la vida plena. La noción de desarrollo no existe en su cosmovisión, pues el futuro se encuentra atrás, es todo aquello que no miramos, que no conocemos. En la orilla opuesta, al frente, el pasado lo vemos, lo conocemos, caminamos junto a él.

El pensamiento ancestral es ante todo y por sobre todo eminentemente colectivo. La concepción del buen vivir necesariamente conjuga el verbo con el pronombre “nosotros”. La comunidad es sustento, protección y base de la reproducción del sujeto colectivo que somos. “El universo es permanente, siempre ha existido y existirá y solo el tiempo lo cambia”, dice un pensamiento kichwa [quichua]. Por esto, al dañar la naturaleza, nos hacernos daño nosotros mismos. La concepción del buen vivir converge en algunos sentidos con otras concepciones también presentes en el pensamiento occidental. Es así como Aristóteles ya se refirió al buen vivir. Para él, el fin último del ser humano es la felicidad de todos, que es la felicidad de cada uno, y solo se realiza en la comunidad política. En este marco, relaciona la felicidad con la amistad, el amor, el compromiso político, la posibilidad de contemplación en la naturaleza y de la naturaleza. Todos estos ámbitos olvidados usualmente en el concepto dominante de desarrollo.

En el siglo XVIII, el gran precursor de la independencia de Quito, Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo (1747-1795), fue el primero en Hispanoamérica que hizo del pensamiento y la palabra una misión de servicio social y significación política. El maestro universitario dominicano Rafael Morla, quien le ha atribuido la proeza, reproduce esta sentencia de Santa Cruz y Espejo plasmada en El nuevo Luciano de Quito: “ […] Arte del bien vivir, el arte de la vida, facultad intui­da para dirigir y perfeccionar las costumbres, ciencia del bien y del mal, esto es, ciencia práctica que considera los actos de la voluntad en cuanto ellos, conformados se­gún las leyes de la honestidad, se dirigen a la eterna felicidad del hombre”.2

La Constitución Política del Ecuador de 2008 y el Plan Nacio­nal para el Buen Vivir son su co­rolario.

Principios para vivir

La combinación de las orienta­ciones éticas y programáticas del buen vivir apunta a la articula­ción de las libertades democráti­cas con la posibilidad de construir un porvenir justo y compartido. Sin actuar sobre las fuentes de la desigualdad económica y políti­ca no cabe pensar en una socie­dad plenamente libre. Por esto, el desenvolvimiento de tal sociedad depende también, y mucho, del manejo sostenible de los recursos naturales.

Se trata, desde luego, confor­me coinciden varios autores, de promover la construcción de una sociedad que profundice la de­mocracia y amplíe su incidencia en condiciones de igualdad radi­cal social y material. Se necesita el fortalecimiento de la sociedad y no del mercado –tal cual en el neoliberalismo–, ni del Estado –tal cual en el denominado socialismo real–, como eje orientador del des­envolvimiento social. Este fortale­cimiento consiste en promover la libertad y la capacidad de movili­zación autónoma de la ciudadanía para realizar voluntariamente ac­ciones cooperativas, individuales y colectivas. Capacidad que exige que la ciudadanía tenga un control real del uso y de la asignación de la distribución de los recursos tan­gibles e intangibles del país.

De otro lado, el principio rec­tor de la justicia relacionado con la igualdad tiene que materializarse en la eliminación de las desigual­dades que producen dominación, opresión o subordinación, así como en la creación de escenarios que fomenten una paridad que via­bilice la emancipación y la auto­rrealización de las personas, desde donde los principios de solidaridad y fraternidad puedan prosperar.

El buen vivir en la Constitución

En la Constitución se supera la visión reduccionista del desarrollo como crecimiento económico y se establece una nueva visión en la que el centro del desarrollo es el ser humano y el objetivo final es alcanzar el sumak kawsay o buen vivir. Tal es la apostilla que el Go­bierno nacional ha endilgado al Ecuador frente a la falsa dicotomía entre Estado y mercado, impulsa­da por el pensamiento neoliberal ya que la Carta Magna formula una relación entre Estado, merca­do, sociedad y naturaleza.

En el Ecuador, el buen vivir es una opción de cambio propuesto que se viene construyendo demo­cráticamente a partir de las reivin­dicaciones de los actores sociales, para reforzar una visión más am­plia del desarrollo, que sobrepase los estrechos márgenes cuantitati­vos del economicismo.3

La propuesta permitirá la apli­cación de un nuevo modelo, cuyo fin no sean los procesos de acu­mulación material, mecanicista e interminable de bienes, sino que incorpore a los actores tradicio­nalmente excluidos de la lógica del mercado capitalista, junto con aquellas formas de producción y reproducción que se fundamentan en principios distintos a esa lógica de mercado.

Por tanto, el buen vivir se cons­truye también desde posiciones que buscan la revisión y reinter­pretación de la relación entre la naturaleza y los seres humanos, es decir, desde el tránsito del actual antropocentrismo al biopluralis­mo,4 en tanto la actividad humana debe realizar un uso de los recur­sos naturales adaptado a la gene­ración y regeneración natural de los mismos.

En la Constitución Política del Ecuador, el artículo 275 hace hin­capié en el goce de los derechos como condición del buen vivir y en el ejercicio de la responsabilidad en el marco de la interculturalidad y de la convivencia armónica con la naturaleza. No conozco otro caso, a nivel constitucional, en el cual la norma suprema reconoz­ca los derechos de la naturaleza, pasando así de una visión de ella como recurso a otra, totalmente diferente, en la que “es el espacio donde se reproduce y realiza la vida”.

La Carta Magna recupera el rol de la planificación, regulación y redistribución del Estado. No es una visión estatizante, en la cual el antiguo papel del mercado es susti­tuido de manera acrítica por el Es­tado. Por el contrario, al fortalecer y ampliar los derechos y al recono­cer la participación como elemen­to fundamental en la construcción de la nueva sociedad, la Consti­tución busca su fortalecimiento. Para la Constitución en vigencia desde 2008, el sumak kawsay impli­ca, además, mejorar la calidad de vida de la población, desarrollar sus capacidades y potencialidades; contar con un sistema económico que promueva la igualdad a través de la redistribución social y territo­rial de los beneficios del desarrollo, garantizar la soberanía nacional, promover la integración latinoa­mericana y promover y proteger la diversidad cultural.

La importancia que se da a la diversidad en la Carta Magna no se restringe al plano cultural, sino que se expresa también en el siste­ma económico. La constitución re­conoce al sistema económico como social y solidario, incorporando la perspectiva de la diversidad en su concepción y superando la visión que definía al sistema económico como social de mercado. Esto su­ pone revertir la lógica perversa de la acumulación capitalista, apo­yando las iniciativas económicas de la población desde la perspecti­va del trabajo para que la riqueza quede directamente en manos de los trabajadores.

Objetivos del plan del buen vivir

El Plan Nacional para el Buen Vi­vir plantea doce objetivos:

  1. Auspiciar la igualdad, cohe­sión e integración social y territo­rial en la diversidad.
  2. Mejorar las capacidades y potencialidades de la ciudadanía.
  3. Mejorar la calidad de vida de la población.
  4. Garantizar los derechos de la naturaleza y promover un ambien­te sano y sostenible.
  5. Garantizar la soberanía y la paz, e impulsar la inserción estra­tégica en el mundo y la integración latinoamericana.
  6. Garantizar el trabajo estable, justo y digno en su diversidad de formas.
  7. Construir y fortalecer espa­cios públicos, interculturales y de encuentro común.
  8. Afirmar y fortalecer la iden­tidad nacional, las identidades di­versas, la plurinacionalidad y la interculturalidad.
  9. Garantizar la vigencia de los derechos y la justicia.
  10. Garantizar el acceso a la participación pública y política.
  11. Establecer un sistema eco­nómico social, solidario y sosteni­ble.
  12. Construir un Estado demo­crático para el buen vivir.

Con ellos se percibe que el Plan Nacional para el Buen Vivir del Ecuador ostenta una mirada inte­gradora, basada en un enfoque de derechos que no se limita a lo sec­torial tradicional y exhibe como ejes: la sostenibilidad ambiental y equidades de carácter generacio­nal, intercultural, territorial y de género.

En los objetivos nacionales plan­teados se definen políticas y linea­mientos necesarios para el logro de metas que permitan hacer un seguimiento de los resultados ob­tenidos por el Gobierno, estas, a su vez, rompen con las inercias buro­cráticas e institucionales y muestran el compromiso gubernamental de cumplir con la transformación pro­metida.

En todo caso, el buen vivir profundizará la democracia me­diante la participación. Por eso es fundamental la reestructuración del Estado para la construcción de una sociedad plural, plurina­cional e intercultural y para al­canzar el pluralismo jurídico y político, pues desde su perspec­tiva se parte del reconocimiento del Estado como “constitucional de derechos y justicia” (artículo 1 de la Constitución) frente a la no­ción de Estado social de derechos, lo cual implica el establecimien­to de garantías constitucionales que permiten aplicar directa e inmediatamente los derechos, sin necesidad de que exista legisla­ción secundaria. La Constitución amplía además las garantías sin restringirlas a lo judicial: norma­tivas, políticas públicas y jurisdic­cionales. De este modo, la política pública pasa a garantizar los de­rechos.

El lector interesado en profun­dizar acerca del avance de esta innovadora propuesta al mundo encontrará abundante y perma­nentemente actualizada informa­ción en las páginas electrónicas institucionales de las diversas de­pendencias gubernamentales ecua­torianas y verá cómo una utopía se convierte en realidad. Para el Ecuador pues, conforme lo expre­só el general Eloy Alfaro, “hizo falta que llegara la hora más oscu­ra para encontrar un nuevo ama­necer”; ese nuevo amanecer es el Ecuador inclusivo de hoy.

Carlos López Damm es emba­jador del Ecuador en la República Dominicana y Haití. Licenciado en Ciencias Públicas y Sociales. Diplo­mado de la Academia Diplomática de Chile y de la Universidad para la Defensa Nacional –Centro de Estu­dios Hemisféricos– de Washington; profesor de la Escuela de Ciencias Internacionales de la Universidad Central del Ecuador y profesor in­vitado de diversas universidades y escuelas diplomáticas del continen­te, de las Fuerzas Armadas y de la Policía del Ecuador; condecorado por los Gobiernos de Nicaragua y del Perú; autor de varias publica­ciones. Funcionario diplomático de carrera desde 1977.

Notas

1 Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), 1997. Infor­me sobre Desarrollo Humano.

2 Modernidad e Ilustración en Hispanoamé­rica, Rafael Morla, primera edición, 2010, Editorial Búho, Santo Domingo.

3 Presidente Rafael Correa: vivimos un cambio de época, no una época de cam­bios. Discursos presidenciales.

4 Alberto Acosta, 2008, El buen vivir, una oportunidad por construir.