Artículo de Revista Global 46

Desarrollo basado en el consumo, población y cambio climático

La explotación descontrolada de los recursos de la Tierra debilita la resistencia de los ecosistemas sobre los cuales depende la humanidad y multiplica la cantidad de fenómenos naturales. Irónicamente, los más pobres del mundo, cuya contribución a las emisiones de gases de efecto invernadero es mínima, son los más vulnerables a los efectos del cambio climático. Está cada vez más claro que el principal culpable de esta situación es la amplia difusión del “imperativo del crecimiento”1, un modelo de desarrollo que requiere el uso de cantidades cada vez mayores de recursos y la generación de montos crecientes de desechos. Este modelo es impulsado por el aumento constante de los niveles de consumo de una población en crecimiento. Este artículo aborda estas interrelaciones.

Desarrollo basado en el consumo, población y cambio climático

La humanidad ha registra­do un progreso enorme en los últimos ciento cincuen­ta años. En general, aun los países más pobres se han beneficiado de mejor salud, un fuerte descenso en la mortalidad infantil, un gran aumento en la esperanza de vida, mejores niveles de alfabetización, y al menos cierta reducción de su pobreza. El crecimiento económi­co ha sido uno de los principales factores en la generación de esos avances, por lo que se le ha igua­lado a progreso. Sin embargo, el crecimiento económico moderno ha implicado aumentos continuos del consumo en base a procesos de producción que agotan los recur­sos naturales y generan cantidades crecientes de desechos, incluyendo gases de efecto invernadero, que contribuyen al deterioro del clima. Aunque los críticos de este modelo de crecimiento del rendimiento son ahora más enérgicos, la verdad es que este se ha vuelto más resisten­te por la difusión globalizada de la cultura de consumo.

Las proyecciones de las actua­les tendencias predicen un curso de colisión entre un planeta finito y demandas de consumo infinitas. La gente ya está usando más de lo que la Tierra tiene disponible y la res­puesta de la naturaleza parece ser el cambio climático. Los desastres naturales son cada vez más comu­nes y susceptibles de aumentar. Se han planteado varias sugerencias para aliviar esta situación. Este artículo se enfoca en el papel del consumismo en el desarrollo, para luego abordar la influencia de la di­námica de población.2

El consumismo se ha venido fraguando en el transcurso de va­rios siglos. Assadourian (2010:11) lo ubica en el siglo XVII, pero eviden­temente alcanzó su potencial du­rante la Revolución Industrial. En tiempos modernos ha recibido dos impulsos principales. En primer lu­gar, cobró un serio impulso en los Estados Unidos, durante los prime­ros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, como una estra­tegia orientada a involucrar el enor­me complejo industrial construido durante esta contienda bélica. El consumismo recibió el segundo gran empuje con los esfuerzos acti­vos de las instituciones monetarias internacionales para impulsar la globalización económica a fines de la década del ochenta y en la del noventa. Con la caída del Muro de Berlín y la prevalencia de un mo­delo económico de un mundo úni­co, la manera norteamericana de hacer negocios se propagó a todos los confines de la Tierra. Sin lugar a dudas, la cultura del consumismo necesitó de poca ayuda, siendo fa­cilitada como estaba por el atracti­vo de las llamativas chucherías del desarrollo tecnológico y los cada vez más fascinantes templos de consumo donde estas se vendían, los omnipresentes centros y plazas comerciales. Institucionalmente, y en cuanto a política, la globaliza­ción del consumo estableció vín­culos con el desarrollo que se han ido reforzando mutuamente. Por tanto, el crecimiento económico es el único camino macroeconómico universalmente aceptado y eficaz hacia el desarrollo y la reducción de la pobreza, y este crecimiento se logra con el aumento continuo del consumo.

La cultura consumista está re­forzada constantemente por las instituciones claves dentro de la sociedad. Estando estrechamente ligada al modelo económico do­minante, el consumismo es asidua­mente promovido, no solo por las empresas, también por los gobier­nos y las instituciones financieras internacionales. Los gobiernos, aun los “progresistas”, perciben como su primera prioridad el man­tener sus economías nacionales fuertes y en crecimiento. Para esto, consistentemente apoyan el au­mento de la producción de dióxi­do de carbono de varias formas (Assedourian, 2010:13). Además, los gobiernos no son contrarios a condonar la obsolescencia física y sicológica programada, toleran­do la desigualdad dentro y entre países, y haciendo la vista gorda ante prácticas de negocios turbias que a la larga conducen a desastres económicos, y que también tienen enormes consecuencias ambien­tales. Hasta las guerras son tole­radas, justificadas o promovidas, que “preservan nuestra liber­tad”, esa “libertad” que está, por supuesto, centrada en mantener el consumismo y en asegurar que las corporaciones estén en libertad de hacer negocios.

Los intereses empresariales, con el apoyo de los medios de co­municación que dependen de estos emporios, son los principales im­pulsores de este cambio cultural y de la constante renovación de su fachada. En conjunto, las cor­poraciones y sus propagandistas continuamente encuentran nuevas “estrategias de marketing”, es de­cir, nuevas formas de inducir a la gente a más consumo. La obsoles­cencia programada, el crédito, los planes de pago, las tarjetas de cré­dito y especialmente la publicidad, se usan cada vez más efectivamen­te para formar valores y normas que aceleran el consumo. Los con­sumidores ricos son los blancos de mercado más atractivos, pero sus gustos y preferencias tienden a te­ner un efecto de filtración, incitan­do a otros consumidores a intentar el logro de un mayor estatus social imitando el consumo de los ricos, aun cuando esto podría significar ir más allá de sus posibilidades.

La ironía es que, aunque el consumismo lleva a las personas a creer que el bienestar y el éxito pro­vienen de altos niveles de consumo, nunca están satisfechas en su bús­queda. El constante surgimiento de nuevos productos hace que conti­nuamente sus posesiones se vuelvan obsoletas y que bienes que antes eran lujos extraordinarios se trans­formen en mercancía mediocre que pronto es asequible para todos. Una gran cantidad de literatura de investigación y opinión indica que el consumir más no necesaria­mente significa una mejor calidad de vida. Los incrementos en el in­greso y el consumo, que disminu­yen la inseguridad y generan más oportunidades, sí tienen un impac­to en la felicidad, pero el consumo de artículos de lujo adicionales no necesariamente tiene un efecto du­radero. Evidentemente, que deben hacerse más esfuerzos para asegu­rar que todas las personas alcancen ese umbral mínimo que aumenta la felicidad, pero está claro que las iniciativas en esta dirección no ge­neran el gran atractivo económico que las políticas que promueven un consumo en constante crecimiento.

Liberar a la humanidad de la compulsión al consumo es la única forma para alterar drásti­camente la actual trayectoria del cambio climático. Pero esto no será fácil, ya que el consumismo es la cultura dominante del siglo xxi y es ayudado e instigado por el modelo económico dominante. A la larga, sin cambios radicales tanto en el modelo económico como en la cultura consumista que se perpetúa y fortalece cons­tantemente, la perspectiva de disminuir la amenaza del cam­bio climático global (CCG) parece desalentadora. La tan de moda tendencia “verde” (consumir ali­mentos orgánicos y conducir un híbrido) no cuestiona la ideolo­gía consumista subyacente, ni tampoco va lo suficientemente lejos como para tener un impacto (White, 2010).

Además, a pesar de la incorpo­ración de millones de nuevos adep­tos cada año el consumismo sigue siendo desigual. Se estima que las 500 millones de personas más ri­cas del mundo (aproximadamente el siete por ciento de la población mundial) son las responsables del 50 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono del mundo, mientras que los 3,000 millones más pobres son responsables solo del seis por ciento (Pacala, citado en Assedourian, 2010:6). Sin em­bargo, la cantidad de consumi­dores adicionales de alto nivel se está multiplicando rápidamente en todo el mundo debido al relativo éxito económico del modelo domi­nante. El significado a mediano y largo plazo de un aumento de los consumidores de clase media no se puede dejar de recalcar.

En resumen, el crecimiento económico se considera sinónimo de progreso y una panacea para todos nuestros problemas, inclu­yendo la pobreza. Esta situación, en la que la reducción de la po­breza y las mejoras básicas en la vida de la gente depende del creci­miento económico, el cual requie­re a su vez de más aumentos en el consumo, genera un dilema cru­cial para el futuro de la humani­dad. La fascinación universal con el consumo y sus lazos inherentes con el modelo económico globali­zado, aparentemente hace impo­sible detener este enorme ímpetu. Además, desde un punto de vista meramente ético, permitir que persista la pobreza porque su so­lución, el crecimiento económico, favorece el incremento del consu­mo y las emisiones, sencillamente no es una opción.

Por tanto, la cuestión clave es cómo promover la reducción de la pobreza sin una aceleración rápi­da de las emisiones por los grupos de altos ingresos. En general, la fórmula generada por el consenso de Washington ha sido efectiva en elevar el nivel de todas las naves en el mar, pero las naves más gran­des del mundo suben mucho más y arrojan una cantidad cada vez mayor de inmundicias en el pro­ceso. ¿Existen otras fórmulas que puedan cambiar la dirección y las consecuencias de este movimiento?

El enfoque de la subsistencia sostenible (livelihoods approach) ha abandonado la persecución del crecimiento económico como meta en sí, mientras que de mane­ra explícita favorece las acciones ambientales que apoyan la miti­gación y la adaptación al cambio climático. Aun está por verse si este enfoque tendría éxito en una escala lo suficientemente gran­de como para tener un impacto significativo o si será capaz de escapar de la fuerza del modelo económico dominante.

La dimensión exacta y la for­ma en que se aplican los enfoques de subsistencia sostenible en el mundo en desarrollo son difíciles de determinar, al igual que sus impactos reales. Sin embargo, no cabe duda de que las iniciativas derivadas de esta línea de pen­samiento han traído una nueva esperanza a muchos que habían sido relegados de la corriente do­minante por la aplanadora de la globalización económica, pro­porcionándoles un paradigma de desarrollo que reconoce y se basa en sus capacidades. Las ins­tituciones mundiales de mayor influencia, como el Banco Mun­dial, deben hacer mucho más en líneas similares para asegurar la gobernabilidad local y los dere­chos comunitarios en lugares don­de las personas dependen en gran medida de escasos recursos para su supervivencia (Kaimowitz, Theobald 2010).

Crecimiento, población, desarrollo y clima

En el contexto de la política de cambio climático, el tamaño de la población y la tasa de crecimiento son frecuentemente citadas como factores claves en el aumento del nivel de emisiones, dando lugar a la esperanza de que el problema pudiera ser aliviado rápidamente con programas masivos de plani­ficación familiar. Sin embargo, el impacto real del CCG, en cualquier contingente de población dado, depende de los niveles de creci­miento económico, así como tam­bién de su producción y patrones de consumo. Si toda la población a nivel mundial generara emisiones al nivel de la población de los paí­ses miembros de la OCDE, el plane­ta ya estaría en estado moribundo.

Una reducción en el número de nacimientos tendría un mayor impacto sobre el CCG si ocurrie­ra en países de altos ingresos y en otras clases de altos ingresos alrededor del mundo que tienen las emisiones per cápita más altas.

Sin embargo, una drástica reduc­ción de la fecundidad práctica­mente no tendría ningún impacto en, el corto plazo, sobre las emi­siones de carbono en los países de bajos ingresos, que es donde los niveles de fecundidad son más elevados. Pero con el desarrollo, a largo plazo, el tamaño de la po­blación es evidentemente funda­mental.

El acceso a la planificación fa­miliar es un componente crítico para mejorar la salud reproductiva y se ha demostrado que esta pro­mueve el bienestar humano a nivel individual, familiar y social (FPNU, 2010). Sin embargo, no constituye una solución rápida al CCG por va­rias razones complementarias. En primer lugar, la capacidad práctica de reducir rápidamente la fecundi­dad y el crecimiento poblacional a nivel mundial a través de pro­gramas de planificación familiar está sobrestimada: actualmente la mayor parte del crecimiento es inercial, es decir, que se deriva del comportamiento de la fecundidad en el pasado y es solo marginal­mente afectado por los programas de planificación familiar. La rá­pida reducción de la fecundidad depende de acelerar el desarrollo económico y de la promoción de las transformaciones sociales, in­cluyendo el empoderamiento de las mujeres.

En segundo lugar, los progra­mas de planificación familiar son ineficaces en los países que todavía tienen una población predominan­temente rural, y esto incluye a to­dos los países de alta fecundidad. La fuerza más poderosa que afecta la reducción de la fecundidad hoy en día es sin duda la urbanización (Martine et al, 2012). Un tercer ele­mento, que generalmente no es to­mado en consideración, es que la disminución de la fecundidad, que comúnmente se asocia con el desa­rrollo, también está acompañada de un incremento en el consumo per cápita. Los bajos niveles de fecundidad están asociados a una mayor productividad, al ingreso per cápita y al poder adquisitivo, y por ende a un mayor consumo. Es decir, el efecto a corto plazo de la reducción de la fecundidad puede ser simplemente una compensa­ción al incremento en el consumo.

Sin embargo, no nos podemos enfocar solamente en el corto plazo ya que los efectos a largo plazo del incremento del tamaño serán muy significativos. Los países que ahora se clasifican como “de bajos ingre­sos, de bajos niveles de emisión y de alta fecundidad” también aspiran al “desarrollo” como ahora lo co­nocemos. Como se ha manifestado cada vez más en los últimos años, los niveles de “desarrollo”, y por lo tanto de consumo, son cualquier cosa menos estáticos. Ha surgido a nivel mundial una clase consumis­ta en la medida en que países “en desarrollo”, tradicionalmente po­bres, han hecho grandes avances en cuanto a crecimiento económico en los últimos años. Algunos de estos países, como China e India, ya tie­nen una población de gran tamaño y, por tanto, incluso un aumento re­lativamente pequeño en la propor­ción de sus consumidores hace una importante diferencia en las emisio­nes globales.

En resumen, el tamaño de la población y las tasas de crecimien­to tienen poco impacto a corto plazo en los niveles de consumo; la planificación familiar no constitu­ye una panacea ni proporciona un atajo para lidiar eficazmente con el CCG. Por otro lado, el tamaño de la población es absolutamente fundamental cuando nos fijamos en la amenaza del cambio climá­tico en el mediano y largo plazo, y en el contexto de las tendencias actuales de desarrollo. Teniendo en cuenta la inercia de los proce­sos demográficos (como por ejem­plo el hecho de que la población continúa creciendo aun después de haber alcanzado la fecundidad de reemplazo) y la esperanza uni­versal de que todos los países sal­drían rápidamente de la pobreza y del subdesarrollo, es claramente importante para los esfuerzos glo­bales de mitigación lograr ahora, y no más tarde, un crecimiento más lento de la población.

Si los países actualmente po­bres y de alta fecundidad alcanza­ran los recientes y exitosos niveles de desarrollo, y por ende de más consumo, de grandes contingen­tes en países como China e India, a largo plazo sería evidentemente importante para el CCG tener po­blaciones más pequeñas. Por tanto, abordar eficazmente el problema de la necesidad de planificación fa­miliar no le dará a la humanidad un indulto de su obligación de en­frentar los retos ambientales más críticos planteados por el modelo de “desarrollo” de la civilización predominante.

La urbanización y CCG

Los incrementos de consumo de los países en vías de desarrollo también están asociados con los cambios en la distribución espacial de las po­blaciones. La tendencia dominante, como bien se ha publicitado, es ha­cia la urbanización y el crecimiento urbano. Por lo general, las ciudades representan entre un 80 por ciento y un 90 por ciento del crecimiento del PIB, y por consiguiente tienen mayores niveles de emisión. El tamaño absoluto de la población urbana en las regiones en desarrollo presen­tará un enorme incremento en las próximas décadas.

A nivel agregado, los niveles de consumo son más elevados mun­dialmente en áreas urbanas que en áreas rurales, simplemente porque los habitantes de las ciudades tie­nen mayores niveles de ingresos. El incremento en la proporción de la población en áreas urbanas le da a estas localidades una importancia particular en los esfuerzos de miti­gación y adaptación. De hecho, se puede decir que los problemas más urgentes de la política de cambio climático del siglo XXI están rela­cionados con las áreas urbanas.

Los lugares de mayor crecimien­to hoy en día, tanto demográfico como económico, son los pueblos y ciudades. Estas albergan la mi­tad de la población total mundial y representarán la totalidad del in­cremento demográfico de los próxi­mos años. En Asia y en África, sea cual sea el tamaño de los problemas urbanos actuales, es aún más im­portante reconocer que un mayor crecimiento urbano está por llegar. Considerando que ese crecimiento urbano ocurrirá en el contexto de una competencia económica globa­lizada, tendrá un mayor impacto en el futuro de la humanidad.

Los futuros resultados ambien­tales dependen en gran medida de las decisiones que se tomen con respecto a la ubicación y los patro­nes de crecimiento de la ciudad y a la organización interna de las ciudades. Dónde vivirá esta pobla­ción urbana, en qué lugar geográ­fico, qué tipo de terreno ocuparán, con qué grado de concentración, qué densidad, qué consumo de energía, qué tipo de vivienda y transporte, cuál será la situación con respecto al clima, topografía, barreras naturales, suministro de agua, o corrientes de viento, jun­to a sus patrones de producción y consumo, tendrán un enorme im­pacto a largo plazo sobre la soste­nibilidad.

Las ciudades presentan ven­tajas significativas en términos de conciliación de los escenarios de las realidades económicas y demográficas del siglo xxi con respecto a las demandas de sos­tenibilidad. Por ejemplo, la con­centración urbana y sus ventajas de escala resultan ser una forma mucho más sostenible del uso del terreno que la dispersión. La protección de la biodiversidad y de los ecosistemas naturales de­pende de la concentración de la población en las actividades del sector no primario y en áreas densamente pobladas (Martine, 2005). Las ciudades tienen la ca­pacidad de concentrar más de la mitad de la población mundial en un área relativamente peque­ña. Así, en el año 2000, la mitad de la población mundial vivía en un área equivalente a 0.4 y 2.8 por ciento de la superficie de la Tierra, dependiendo de cómo se mida (Martine, 2008). Como dijo Glaeser (2009:1), “Si quieres ser bueno con el medio ambiente, mantente alejado de él”.3

Pero las ventajas inherentes a la concentración solo elevan la nece­sidad de políticas cuidadosas y con visión de futuro en las áreas urba­nas. Por un lado, la ventaja agre­gada de los pueblos y ciudades en términos de ingresos y estándares de vida esconde el hecho de que estos también congregan una pro­porción cada vez mayor de los más pobres y más vulnerables. Su falta de defensa contra los desastres na­turales ya ha sido destacada en las tasas de calamidad presentada por muchas ciudades, aun en el mun­do desarrollado (Nueva Orleans). En los países en desarrollo la falta de atención a la tierra y a las ne­cesidades de vivienda de los pobres termina afectando la sostenibili­dad y la viabilidad de las ciudades.

Aunque los asentamientos hu­manos han tomado hasta ahora una fracción relativamente peque­ña de la superficie de la Tierra, su ubicación espacial específica aun puede ejercer consecuen­cias ambientales y socioeconómi­cas significativas. Otra fuente de preocupación se refiere a cómo se desarrollará esta ocupación de la superficie terrestre de la Tie­rra, por pueblos y ciudades, en los próximos cuarenta años cuando la zona urbana se duplique. En función de sus futuros patrones es­paciales de crecimiento, las locali­dades urbanas podrían expandirse fuertemente, tanto en dimensión como en la ocupación de áreas in­adecuadas en los próximos años. No se puede exagerar sobre las consecuencias del uso de las me­jores tierras para el crecimiento de las ciudades. Además, la apro­piación utilitaria de la naturaleza en las zonas urbanas rara vez ha considerado el entorno físico, la to­pografía, la hidrología, la cubierta forestal u otras variables que influ­yen en el impacto de las áreas cons­truidas sobre el medio ambiente (Costa y Monte-Mor, 2002).

Existen muchas estrategias que deben adaptarse con urgen­cia para mejorar la sostenibili­dad de las zonas urbanas, tales como evitar la expansión urbana en las zonas costeras (debido a su importante papel en la reproduc­ción y porque son ecológicamente frágiles) y en otras áreas ricas en biodiversidad; administrar las tie­rras agrícolas de primera calidad, aumentar el uso del transporte público, conservar los espacios abiertos y proteger los recursos sensibles de la Tierra.

Es cierto que la mayoría de los problemas ambientales críticos producidos por la civilización mo­derna se originan de los patrones de producción y consumo centra­lizados en las zonas urbanas. Pero la mayoría de los efectos ambienta­les negativos de la urbanización se derivan de otros factores, como los modelos de desarrollo, la concen­tración de la riqueza y los núcleos de pobreza, la ubicación geográfi­ca, los patrones de uso de la tierra (la expansión urbana y las vivien­das de baja densidad), la forma urbana (ejemplo, pavimentación excesiva y “desnaturalización”), la falta de gobernabilidad y una ges­tión urbana ineficaz, más que de la urbanización, el crecimiento urba­no, la densidad o el tamaño per se: cualquier intento de dispersión de la población solo magnificaría los problemas existentes.4

Las consecuencias demográfi­cas y ambientales están vinculadas a los procesos de desarrollo que ocurren dentro de contextos his­tóricos particulares. El mundo ya está en el umbral de una amenaza climática importante. El principal problema que debe afrontarse es la adecuación del modelo de “desa­rrollo” que se está implementando alrededor del mundo, un modelo basado en una cultura de consumo.

George Martine es sociólogo y demógrafo de origen canadiense. Se dedica a los temas de población, desarrollo y medio ambiente. Es au­tor de un gran número de libros y artículos profesionales. Fue director del equipo técnico para América Latina y el Caribe del UNFPA, senior fellow en la Universidad de Harvard, director de una ONG brasileña, coor­dinador de proyectos de desarrollo social del PNUD, y presidente de la Asociación Brasileña de Estudios Poblacionales. Es el director técnico de la firma Dhemos Consulting.

Notas

El autor del artículo agradece a Gordon McGranahan, Cecilia Tacoli y José Miguel Guzmán por sus comenta­rios a una versión anterior de este do­cumento.

1 Ver Jackson, 2009.

2 Este debate sobre consumo y consumismo se beneficia en gran medida del Worldwatch 2010, especialmente del capítulo 1 por Assadourian (2010), y de Jackson (2009). Sin embargo, existe una gran cantidad de literatura sobre este tema que se remonta a Thorstein Veblen en 1899, así como un creciente número de materiales que abundan sobre los puntos básicos destacados aquí.

3 Pero esto no debe interpretarse como que las áreas urbanas carecen de “medioambiente” o naturaleza. Las ciudades sostenibles están enriqueciendo exitosamente su diversidad biológica intra-ciudad y sus “medioambientes naturales”.

4 Para un pionero y amplio examen de las relaciones entre las urbanizaciones y los ecosistemas, cf., McGranahan et al, 2005. Quizás el punto más crítico en el que se hace hincapié es que cuando los sistemas urbanos son gestionados más equitativamente y la pérdida de los servicios del ecosistema son abordados con propósito, los beneficios al bienestar humanos pueden ser sustanciales.

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