Artículo de Revista Global 51

Descolonización y humanismo, pistas para una reflexión

Evocar el pensamiento de Césaire, Fanon y Glissant nos permite abrir un mecanismo de reflexión sobre los procesos de emancipación en el Caribe francófono, desde el concepto de «la négritude» de Césaire hasta la «creolización» de Glissant, sin olvidar el llamado a la rebeldía de Fanon.

Descolonización y humanismo, pistas para una reflexión

Martinica produjo en el siglo xx tres de los pensadores más importantes de nuestros tiempos. Tres figuras emblemáticas: Aimé Césaire, Franz Fanon y Édouard Glissant. El desafío consiste en buscar los ejes que permitirían ubicar, más allá de la singularidad de sus reflexiones, las convergencias para establecer un puente entre sus análisis, ricos y complejos. Al menos, me parece que tienen un punto de encuentro: la voluntad de plantear las bases de una nueva relación entre Occidente y las sociedades colonizadas en el pasado, que siguen dominadas en la actualidad. Con la particularidad de que, tratándose de los países creolófonos de América –Haití es un caso particular– dichas poblaciones, empapadas de la asimilación, no han tenido por mucho tiempo conciencia de la negación de sus valores propios de civilización. Estaban marcadas por el «bovarismo colectivo», para retomar la feliz fórmula de Jean Price-Mars.

La prioridad para esos tres intelectuales –militantes– era hacer emerger la conciencia de la identidad y, una vez alcanzado el objetivo, contribuir a la reflexión para un nuevo humanismo. Fanon es muy explícito en la introducción de Piel negra, máscaras blancas (1952):

«Hacia un nuevo Humanismo…

La comprensión de los hombres…

Yo creo en ti. Hombre.»

La afirmación de la identidad

Una observación se impone. A partir de tratamientos diferentes, los tres pensadores están obsesionados por el asunto de la identidad. Para Césaire y Fanon, estamos en la evidencia, como también para Glissant. La relación es la relación con el otro. Este solo puede intervenir a partir de pertenencias identificadas. Para ilustrar la problemática planteo dos puntos. El primero consiste en subrayar que las Antillas creolófonas se caracterizan, como otros países del área cultural, por una colonización atípica. Surgieron de la exterminación. El colonizador persiguió y exterminó a los caribes; los guadalupanos y los martiniqueños son el producto del genocidio de la esclavitud. Nacen con la colonización. En las demás situaciones coloniales, la empresa de dominación nunca tuvo como consecuencia la erradicación completa de los valores culturales de las poblaciones colonizadas. Estas, aunque se adhieren en la superficie a los valores del colonizador, conservan sus costumbres ancestrales, sus religiones, sus mitos, sus lenguas. Ese «país cultural profundo» forma la memoria colectiva de los colonizados. Hay que añadir que en el Caribe Francia llevó a cabo una política específica de colonización fundada sobre la asimilación.

El segundo punto que conviene señalar y que va más allá de la anécdota es que los tres pensadores pertenecen a una generación. Césaire, el mayor, nació en 1913; Fanon en 1925 (murió en 1961 dejando una obra apenas empezada), y Glissant en 1928.

La tercera observación es relativa al parentesco intelectual de los tres. Esta se admite generalmente para Césaire y Fanon. Se cuestiona en lo que concierne a Glissant, quien se perdería en un universalismo borroso. El reproche es heredero, en lo mínimo, de una lectura rápida de la obra de Glissant, particularmente de El discurso antillano; para convencerse de esto basta retrotraerse al principio de la obra. Fanon es el último autor del que se reclamaría Glissant. En cuanto a su conocimiento admirativo de Césaire, lo demostró en varias ocasiones, sobre todo cuando murió el Negro Fundamental. Pero diríamos: ¿lo contrario se verifica? Fanon desapareció antes de que Glissant emergiera. Y si parece que Césaire no se ha expresado sobre Glissant, la razón debe de ser vista del lado de la politiquería y del proceso intelectual. Aunque, a decir verdad, estas consideraciones son secundarias.

Los tres son defensores de un humanismo renovado que no se reduciría al multiculturalismo. Fanon y Césaire afirman ese principio. Glissant, en un acercamiento que podríamos calificar de complementario al de sus dos compatriotas, se implica en definir los ángulos. Estas ideas nos llevan a interrogarnos sobre el clima ideológico en el cual nuestros tres autores comienzan sus reflexiones. Más ampliamente, a interrogarnos sobre las influencias que padecieron muchas veces para apartarse de ellas.

Césaire participó en el bullicio intelectual de la década de 1930 cuestionando las bases del pensamiento occidental dominante. El sentimiento que prevalece es el de la quiebra. Maurice Nadeau lo expresa con claridad: «Quiebra universal de una civilización que se condena ella misma y se devora».

La reacción es multifacética. La intuición se opone a la razón. El movimiento dadá o la patafísica de Alfred Jarry provocan cierto interés. El psicoanálisis revela un nuevo continente del pensamiento humano. Es obviamente el marxismo el que parece aportar las respuestas a la decadencia del pensamiento occidental.

A Césaire y sus amigos antillanos, que son tan sensibles a esta efervescencia cultural, la etnología les entrega argumentos de peso contra el asimilacionismo que cae sobre las Antillas. Los trabajos de Maurice Delafosse y Leo Frobenius confirman el gran valor de la civilización negroafricana. En este contexto, Césaire conoce a Léopold Sédar Senghor. Así nace «la négritude».

Algunos años después, Fanon toma una vía de igual naturaleza, también frecuenta el pensamiento vanguardista. El estudiante de Medicina posee un espíritu curioso y, en paralelo a sus estudios, se inscribe en la Facultad de Letras de Lyon en Filosofía. Sigue las enseñanzas de Merleau-Ponty y del etnólogo Leroi-Gourhan, y se interesa particularmente por la fenomenología y el marxismo. Muy sensible al pensamiento sartriano, se apasiona también por el psicoanálisis y descubre con interés los escritos de Lacan.

Lo que sacan Césaire y Fanon de esas frecuentaciones intelectuales es su importancia para la comprensión de las sociedades occidentales, lo que no les impide estar conscientes de los límites de su proceso para responder a la pregunta que les obsesiona, pero esta circunstancia explica, por ejemplo, los desacuerdos de Césaire con el Partido Comunista francés, al que reprochaba su asimilacionismo de izquierdas: «Yo pienso en mi pobre país para constatar que el comunismo acabó por ponerle en el cuello el nudo de la soga corrida de la asimilación». Y añade como afirmación esencial: «Ninguna doctrina vale sin ser pensada por nosotros convertida a nosotros». Este proceso está nutrido del pensamiento occidental.

Fanon instrumenta el proceso de la alienación y la asimilación en términos muy fuertes en Piel negra, máscaras blancas (1952). Se nutre de las enseñanzas del pensamiento occidental contestatario, mientras que para Césaire este es un punto de partida para la elaboración de su propio concepto.

Glissant se nutre de estas fuentes, pero también de los aportes más contemporáneos de la reflexión y de las ciencias sociales. Más allá, mantiene lazos de familiaridad intelectual con los escritores más audaces e innovadores: Faulkner, Segalene, por citar dos de sus acostumbradas referencias, pero también Césaire, Saint-John Perse. Otro punto común manifiesto entre el autor de El discurso antillano y el del Discurso sobre el colonialismo es la fascinación por la Revolución haitiana. Los dos escribieron sobre Toussaint Louverture. A través del padre de la Revolución haitiana celebran el orgullo del negro y afirman la voluntad de poner fin al colonialismo. Césaire y Fanon son los procuradores implacables, mucho más que Glissant. El segundo platillo de la balanza es el requisitorio en contra del colonialismo.

Sobre el colonialismo

La condena de la dominación colonial por parte de Césaire y Fanon es un dato indiscutible. Sin embargo, merece la pena recordar los principales daños articulados en contra del colonialismo y la radicalidad de estos autores. La violencia está más contenida en el primero, pero es tan fuerte en el segundo.

Césaire cuestionó firmemente la civilización occidental. En su decisivo Discurso sobre el colonialismo, afirma: «Una civilización que se declara incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento, es una civilización decadente. Una civilización que opta por cerrar los ojos frente a sus problemas más cruciales es una civilización dañada. Una civilización que juega reiteradamente con sus principios es una civilización moribunda».

Cuando se objeta, bajo la forma de circunstancias atenuantes, que la colonización permitió el contacto entre las civilizaciones, Césaire es también muy claro: «Contesto que NO. Y digo que de la colonización a la civilización la distancia es infinita».

Hay que recordar que los espíritus más ilustrados en Europa, particularmente en Francia, Jaurés, por ejemplo, reconocían la misión «civilizadora» de la colonización. Entonces, esa referencia es bienvenida, así como su intervención en el Primer Congreso Internacional de los Escritores y Artistas Negros, en la cual pone en guardia contra toda quimera: «La de la elaboración de una civilización nueva, una civilización que deberá a Europa tanto como a la civilización indígena».

Y explica por qué esta teoría seductora está errada: «Se fundamenta sobre la ilusión de que la colonización es un contacto de la civilización como otro y que todos los aportes se valen».

Fanon va mucho más lejos en la denuncia de la colonización. Muestra un rechazo radical a la civilización occidental y está considerado como uno de los principales teóricos de la violencia revolucionaria. Jean Paul Sartre lo subraya en su prefacio a Los condenados de la tierra (1956), insiste sobre la violencia de la dominación colonial y, para él, solo puede cesar con la violencia en contra del colono. Para apoyar su demostración Fanon acude a Césaire, citando un extracto bastante amplio de Y los perros callaban: «La poesía de Césaire toma en la perspectiva precisa de la violencia un significado profético».

«La aparición del colono ha significado sincréticamente la muerte de la sociedad autóctona, la letargia cultural, la petrificación de los individuos. Para el colonizado, la vida solo puede surgir del cadáver en descomposición del colono». Metáfora, cierto. Pero terriblemente significativa.

Sin embargo, Césaire explica que «La violencia de Fanon era, sin paradoja la de un no-violento […] Tenemos que comprenderlo: su violencia era ética y generosidad su proceso».

Los dos se comprometen en volver a pensar el humanismo. Fanon concluye Los condenados de la tierra con esta invitación urgente: «Para Europa, para nosotros mismos y para la humanidad, camaradas, hay que hacer piel nueva, desarrollar un pensamiento nuevo, intentar edificar un hombre nuevo». Y para un hombre nuevo, una nueva colectividad. Así queda planteada la cuestión del pueblo.

Glissant, el autor del Discurso antillano (1981), considera que el asunto del pueblo y sus fundamentos no se ha solucionado de manera satisfactoria. Hace este señalamiento: «Nacidos del acto colonial, esos pueblos por muchos años solo han podido oponerle (y particularmente, en las pequeñas Antillas) las bruscas rupturas y su incesante rebeldía y no la inagotable lucha que las naciones africanas, por ejemplo, han levantado contra el acto colonial».

La complejidad de «la négritude»

Glissant no deja de pensar que «la négritude» ha sido muy útil, porque para ese entonces ser negro era una calamidad. «La négritude» ha vuelto a equilibrar ciertos elementos de la sociedad antillana, pero ha dejado otros de lado. «No tomo en cuenta lo que hace la esencia propia de Martinica. Esa esencia, desde mi punto de vista no es el multiculturalismo, pero sí la complejidad».

Desarrolla su idea explicando que la complejidad se debe al negro que quiere convertirse en mulato y blanquear la piel, pero igualmente se debe al negro que rechaza por completo ese proceso. Y añade este señalamiento justo pero que va a contracorriente de las ideas recibidas: «Históricamente, los mulatos han estado adelante en el movimiento de emancipación».

En realidad, piensa que «la négritude» ha sido útil, pero ya ha sido rebasada. La objeción que él articula en contra de esta es haber afirmado la existencia de un pueblo implicado en su identidad que tiene que ver con lo atávico, y no de un pueblo compuesto de diversidad. Observemos que Césaire estaba de acuerdo con esto. Precisaba que «la négritude» no era principalmente de orden biológico: «La négritude se refiere a algo más profundo, muy exactamente a una suma de experiencias vividas que han terminado por definir y caracterizar una de las formas del destino humano forjado por la Historia, es una de las formas históricas de la condición forjada al hombre».

El criterio de distinción entre los pueblos atávicos y los pueblos compuestos –lo mismo si es más preciso hablar de «culturas atávicas y de culturas compuestas»– tiene que ver con sus respectivas génesis. El atavismo nos reenvía a los antepasados, a lo heredado. Las sociedades compuestas tienen un origen que no viene de un tiempo mítico, sino de un cruce o de un derrumbe de la Historia. Ellas son el producto de las invasiones, de las colonizaciones, de las inmigraciones, de los mestizajes: «La génesis de nuestras sociedades y de nuestras culturas creoles, no es un paraíso primario, es el vientre del barco negrero».

De manera quizás más explícita, Glissant quiere subrayar que en los países compuestos, en particular en las sociedades creoles de América, la penetración se hizo por huellas: la mayoría de la población llegó desnuda hasta este continente, es decir, después de haber sido despojada de los artefactos de su cultura original, de sus lenguas, de sus dioses, de sus objetos, de sus costumbres, y «tuvo que recomponer por huellas lo que le quedaba de las antiguas culturas atávicas […] y armonizarla al compás de la criollización a otros datos culturales que intervienen en este lugar compuesto».

Tratándose de Martinica, queda claro que para Glissant existe un pueblo martiniqueño compuesto y no atávico. Con esta importante precisión se constata objetivamente que este principio no implica la toma de conciencia de la existencia de ese pueblo por parte de los martiniqueños.

Profundizando la reflexión, Glissant adelanta la noción de «creolización» para intentar abordar la complejidad del asunto de la identidad. La idea de Glissant consistió siempre en no quedarse en un esquema exclusivo de la identidad, y en muchos de sus discursos en universidades y congresos precisó siempre que encerrarse en una identidad única podía llevarnos a un hermetismo etnocentrista que continúa amenazando a la Humanidad a través de conflictos étnicos todavía vigentes en muchas partes del mundo, donde la imposición de una cultura sobre otra puede llevar a guerras y genocidios.

Antes de su muerte, Glissant fue el invitado de honor de la Universidad de Cartagena de Indias (Colombia) en el marco del congreso «Glissant: el hombre y la obra», y en él declaró en una conferencia magistral que «los pueblos y las culturas se salvarán aceptando las dinámicas de los movimientos humanos a través de las migraciones y el intercambio de los mismos pueblos». Esto es, lo que entendemos por «creolización», un viaje incesante de todos los aportes del mundo en el concierto de todas las culturas universales.

Apuntes sobre el Humanismo

Las ideas racistas y xenófobas se han manifestado de nuevo con vigor, y se han expresado en el más alto nivel del Estado. El discurso en Dakar de Nicolás Sarkozy, expresidente de la República francesa, en 2011 afirmando que el hombre africano ha entrado insuficientemente en la Historia, es una brillante demostración de ello, sin hablar de la intervención de Claude Guéant en la Asamblea Nacional francesa. Esa salida le valió una lacerante respuesta del sucesor de Césaire en la Alcaldía de Fort-de-France y en la Asamblea Nacional, Serge Letchimy. Esas eminentes personalidades se reclaman obviamente herederas del Humanismo.

La concepción que tienen es muy diferente de la de los tres pensadores martiniqueños. En su nacimiento, el Humanismo es una corriente artística, literaria y filosófica que aparece en Italia con el Renacimiento. Se presenta como una pedagogía nueva cuyo objetivo es ayudar al hombre a salir de su estado natural gracias a una educación moral e intelectual. Desde ahora en adelante, la noción de Humanismo reviste un sentido del bien alejado del que tenía en su origen. Apunta a todo acercamiento filosófico y doctrinal que considere que la dignidad del hombre debe ser preservada contra toda forma de opresión o de alienación. El Humanismo moderno se presenta muchas veces como uno de los fundamentos de los valores democráticos y liberales. Y aquí estamos en el nudo de la dificultad, pues no ha logrado deshacerse de sus orígenes occidentales con un sustrato de moral cristiana.

El Humanismo no puede satisfacer a ninguno de nuestros tres pensadores, aun admitiendo que proponen orientaciones y no una teoría acabada –para decir la verdad, seguramente imposible de elaborar–. Me he limitado en este esbozo de análisis a poner el acento en los límites del Humanismo tal como de costumbre se entiende desde el punto de vista de la crítica radical de la colonización. En cuanto al contenido de un nuevo Humanismo, Fanon no es elocuente. Glissant, sin embargo, es de un auténtico pensamiento del que Alain Ménil rinde cuenta con talento. Césaire vierte hacia la petición de principios: «Nuestro compromiso solo tiene sentido si se trata de un re-arraigo. Cierto, pero también de un florecimiento, de un más allá y de la conquista de una nueva y más amplia fraternidad».

Jean Claude William es presidente honorario de la Universidad de Antillas y de Guyana, donde ejerce como profesor de Ciencias Políticas tras ocupar la posición de rector. Exmiembro del Comité Científico Internacional de la Ruta del Esclavo de la Unesco. Ha publicado El pensamiento político de Franz Fanon (1973); Aimé Césaire: las contrariedades de la conciencia nacional (1997); Saint Domingue, Martinique, Guadalupe: las tres vías de los mulatos en las Antillas Creolofonas (2000).

Bibliografía

Adotevi, S.: Négritude et négrologues. Union Générale d’Editions, 1972.

Césaire, Aimé: «Hommage á Frantz Fanon» (Homenaje a Frantz Fanon), Présence Africaine, primer trimestre 1962, pág. 119.

Fanon, Frantz: Peau noire, masques blancs (Piel negra, máscaras blancas). Seuil, 1952.
Les damnés de la terre (Los condenados de la Tierra), prólogo de Jean-Paul Sartre. Ed. Maspero, 1968.

Glissant, Édouard: Une nouvelle région du monde. Colección Esthétique I. Ed. Gallimard, 2006.

Price-Mars, Jean: Ainsi parla l’ oncle (Así hablaba el tío). Ed. Lemac. Montreal, 1973.

Nota: El artículo de Jean Claude William fue traducido por Delia Blanco.