Artículo de Revista Global 56

Después de Chávez

El fallecimiento del líder del socialismo venezolano Hugo Chávez Frías ha marcado la historia de América Latina, pero ¿cuánto? Hoy la región tiene una importante cantidad de líderes de izquierda en el poder cuyas agendas de gobierno responden más a las necesidades propias de cada país que a una verdadera agenda regional. El presente artículo aborda someramente el ascenso y legado del líder venezolano en su esfuerzo por impulsar una agenda de integración regional.

Después de Chávez

No es un secreto que el estilo de gobierno, carisma personal y agendas nacionales de ciertos líderes políticos marcan de forma profunda lo que pensamos sobre abstracciones tales como libertad o democracia. Se puede considerar reducido el club de líderes cuyas ideas trascienden su presencia terrenal y se inmortalizan en los altares del conocimiento.

En efecto, mientras para unos Margaret Thatcher marcó tendencias globales con su estilo duro y frontal, para otros Salvador Allende cautivó a generaciones y marcó toda una época. Sin embargo, en ambos casos, más allá de las cualidades personales por las que dichos líderes puedan ser recordados, su inmortalidad solo está garantizada por el valor histórico de sus ideas.

En América Latina muchos líderes emblemáticos, respetados y seguidos aún hoy por millones fueron víctimas de situaciones políticas adversas que retrasaron el parto de ideas que revolucionarían el pensamiento político. Inmortales, Juan Domingo Perón, Juan Bosch y João Goulart vivirán eternamente en nuestras mentes porque enarbolaron ideas que influenciaron profundamente el pensamiento político de las generaciones que les sucedieron.

Sin embargo, en América Latina hay otro caso muy particular que probablemente sea recordado por muchos, nos referimos al otrora líder de la República Bolivariana de Venezuela, el señor Hugo Chávez Frías. Aunque es muy pronto para juzgar el legado de un líder tan controversial, se hace necesario ver, aunque sea de forma somera, en qué estado queda la América Latina que Chávez intentó integrar alrededor de un proyecto regional.

Una estrella en ascenso

Desde su elección en 1998, Hugo Chávez se convirtió en una estrella mediática internacional por su ácida crítica a la política exterior de los Estados Unidos de Norteamérica. También fue polémico por sus notorios esfuerzos de integración regional a fin de contrarrestar el rol hegemónico que el «imperio», en palabras del fenecido líder, ha jugado históricamente en la política latinoamericana.[1]

El otrora líder del socialismo venezolano llegó al poder enarbolando un discurso muy crítico del tradicional sistema de partidos de Venezuela, multipartidista en apariencia y bipartidista en la práctica. Además, desde inicios de su mandato, atribuyó al Consenso de Washington y sus consecuencias económicas la raíz de los problemas de inequidad y pobreza que afectan la región. Como producto de su convicción, Chávez impulsó un amplio programa de reformas económicas y políticas tendentes a crear las condiciones necesarias para aliviar la inequidad histórica de su natal Venezuela, el cual fue llamado «revolución bolivariana» (Parish: 2007). El enorme incremento en los precios internacionales del petróleo en la primera década de este siglo combinado con un significativo aumento del intercambio comercial de Venezuela con los Estados Unidos, le permitió a Chávez materializar una ambiciosa agenda nacional y regional.

Influencia regional

En el plano nacional el mejoramiento de los indicadores sociales de Venezuela bajo Chávez fue considerable. Por otro lado, en el plano internacional la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (alba) y la Unión de Naciones Suramericanas (unasur) son solo algunos ejemplos de integración regional que fueron posibles por el poderoso carisma de Hugo Chávez y la enorme cantidad de recursos detrás de su política exterior. Ejemplos de la generosidad de Chávez en el gasto internacional son los fuertes subsidios de petróleo a Cuba así como las donaciones en especie y el apoyo económico a Bolivia, Nicaragua, Haití y Argentina. A esto se suma el programa PetroCaribe, que incluye a 18 Estados de Centroamérica y el Caribe y otorga acceso a petróleo venezolano en términos muy favorables (Corrales: 2009). Sin duda alguna, estos aportes han contribuido a mejorar las condiciones de vida de millones de latinoamericanos.

La notable influencia de Chávez en la región durante la primera década del siglo xxi y el resurgimiento de líderes de izquierda desde Tierra de Fuego hasta la Baja California han llevado a muchos a afirmar que en la región existen dos izquierdas: una buena y otra mala. Este es el caso de Jorge Castañeda, para quien la primera se caracteriza por una agenda progresista de cambios sociales y redistribución de la riqueza partiendo de cambios graduales y estrategias moderadas, y la segunda está repleta de líderes carismáticos y populistas cuyo objetivo primordial es impulsar profundos cambios estructurales en favor de la justicia social y la consolidación de su poder político (Castañeda: 2006).

No obstante, el referido resurgimiento de la izquierda en América Latina estuvo (y sigue estando) marcado por una gran diversidad política: mientras algunos países como Brasil y Chile se inclinan por políticas macroeconómicas de corte ortodoxo para garantizar una amplia agenda social, Venezuela y sus aliados más cercanos han encontrado en la estatalización económica y el robustecimiento de sus prerrogativas de poder las herramientas necesarias para impulsar agendas nacionales altamente populares (Levitsky y Roberts: 2011).

Es indudable que la izquierda latinoamericana ha vivido un momentum que quizás es más atribuible a enormes retos sociales que no fueron debidamente atendidos por los gobiernos tradicionales de la derecha, que al liderazgo particular de un individuo. De ahí que algunos expertos juzguen el ascenso de la izquierda latinoamericana en función de factores de corte externo como el meteórico crecimiento de Brasil, la enorme alza de los precios de los commodities que exporta la región y los serios problemas globales que actualmente enfrenta Estados Unidos de Norteamérica (Shifter: 2013).

Sumado a lo anterior, China ha jugado un rol crucial en el aceleramiento de las exportaciones de commodities latinoamericanos. De hecho, el comercio de ese país con América Latina y el Caribe ha crecido exponencialmente en la última década. Hoy China es el mayor socio comercial de Brasil, y el destino de casi todas las exportaciones de la soja argentina. En virtud de ello algunos afirman que la agenda china busca crear un contrapeso al poder norteamericano en la región (Hsiang: 2009), y qué mejor forma de hacerlo que fortaleciendo la interdependencia económica y promoviendo un modelo de desarrollo alternativo.

Al igual que sus homólogos regionales, Chávez capitalizó la incursión de China en la región y esta nación se ha convertido en el segundo destino de las exportaciones de crudo venezolano. No obstante, el fenecido líder quizás sea recordado más por sus extraordinarios esfuerzos en favor de la integración de América Latina que por su brillante capacidad de capitalizar escenarios geopolíticos favorables. En efecto, en palabras del expresidente brasileño Ignacio Lula da Silva, «[…] de las muchas personas influyentes y líderes políticos que he conocido en mi vida, pocos creyeron tanto en la unidad de nuestro continente y su diversidad […] como él [Hugo Chávez] lo hizo» (Lula: 2013).

Sin embargo, ¿qué dejó la estela del fenecido líder en la izquierda latinoamericana? Pese a que la latinoamericana es una región que a grandes rasgos comparte una lengua común, se encuentra compuesta por una diversidad de sociedades con valores, agendas nacionales y realidades económicas muy distintas. Lo mismo ocurre con los gobiernos: si bien históricamente la región ha sido estudiada, o quizás entendida, bajo una óptica homogénea, nada dista más de la realidad. Por ello, un análisis comparativo en una región tan diversa es un ejercicio que puede conllevar resultados sesgados. Sin embargo, si al menos observamos de forma somera la suerte de algunos gobiernos de izquierda, podríamos inferir que Chávez se despidió de un continente que ha mejorado considerablemente la condición de sus ciudadanos, pero con fórmulas muy distintas y estrategias que responden más a las capacidades y necesidades de cada Estado que a una agenda ideológica homogénea. Por ello hablar de una izquierda latinoamericana es un ejercicio incompleto.

El reto de la continuidad

Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega son considerados los líderes más cercanos a Hugo Chávez. Al igual que el fenecido líder, destacan por su duras críticas al capitalismo y los EE. UU., combinadas con políticas públicas de cambio profundo, que, amparadas en altísimos niveles de popularidad, promovieron una radicalización sostenida (pero diferenciada) de sus agendas de gobierno.

Hoy Correa goza en Ecuador de altos índices de aprobación popular: en 2013 inauguró su tercer período de gobierno con una tasa de aprobación cercana al 60%. Si bien el líder ecuatoriano ha luchado apasionadamente por la condonación de parte de la deuda externa ecuatoriana e incrementó enormemente el gasto social de su gobierno, al mismo tiempo ha convertido en una prioridad la atracción de la inversión extranjera, especialmente de Europa y China; un esfuerzo que demuestra su interés en utilizar las reglas del mercado para impulsar su agenda de corte social, lo que, sin duda alguna, se constituye en una variación de la fórmula chavista.

Por su parte, Evo Morales mantiene una alta tasa de aceptación popular, especialmente en el sector de la población afín a las necesidades de las distintas comunidades indígenas que conforman Bolivia. Ha trazado una estrategia nacional de desarrollo que prioriza el gasto social y la nacionalización de empresas dentro de las industrias clave de la economía, otorgándole importancia a la inversión extranjera. Al igual que su homólogo ecuatoriano, Morales ha sido acusado de reducir la libertad de prensa en su país, pero de todas formas se espera que sin mucha dificultad asuma un tercer mandato de gobierno.

Por otro lado, una de las figuras más reconocidas de la izquierda latinoamericana de los ochenta gobierna Nicaragua desde el año 2006. Daniel Ortega, aliado ideológico de Chávez, Correa y Morales, ha demostrado ser altamente pragmático en su estilo de gobierno. Aunque su Administración aumentó el gasto social, algunos expertos afirman que es un líder más atado a las necesidades de su propia supervivencia política que a una corriente ideológica concreta. Su autodefinición como «cristiano, socialista y solidario» es un punto de partida para comprender la naturaleza real de su programa de gobierno. No obstante, es evidente que Nicaragua ha hecho esfuerzos considerables por atraer mayor inversión extranjera, implementar políticas tendentes a garantizar los derechos de propiedad y proteger intereses corporativos estratégicos mientras el sandinismo continúa acumulando poder político.

Unido a lo anterior, nos encontramos el socialismo pragmático de Lula, quien desde que asumió el poder en Brasil impulsó una agenda redistributiva amparada en políticas macroeconómicas de corte conservador (Ellner: 2013). Hoy Brasil es un punto de referencia como economía emergente y líder regional en el desarrollo de industrias vanguardistas y el mejoramiento de las condiciones sociales de sus ciudadanos. De hecho, no es un secreto que la reciente ola de manifestaciones en todo el país tuvo como base una clase media joven beneficiaria directa del crecimiento del país, educada y con demandas sociales propias del posmaterialismo de Inglehart. La actual presidenta de Brasil ha continuado la agenda progresista de Lula atendiendo a la necesidad de fortalecer las bases de un crecimiento económico sostenido.

En Argentina el legado de Néstor Kirchner, continuado por su esposa y actual presidenta, promueve una agenda de alto contenido social y redistributivo sin perder de vista el crecimiento económico como motor del progreso. No obstante, la popularidad de la líder argentina ha caído considerablemente debido a una tasa de inflación muy alta, una considerable fuga de divisas y una marcada polarización social y mediática.

Por su parte, la socialdemocracia chilena, liderada en la primera década de este siglo por Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, ha conjugado de manera muy acertada, en términos generales, un programa de gobierno con notables valores progresistas propios de la izquierda y una marcada inclinación hacia los cambios graduales y el fortalecimiento de la legendaria apertura económica de la economía chilena. De hecho, muchos expertos alabaron la moderación mostrada por el gobierno de Bachelet a mediados de la década pasada. Esta se vio beneficiada por una vertiginosa alza en los precios de su principal fuente de ingresos, el cobre, desde que inició su mandato en 2006. A diferencia de sus homólogos regionales que priorizaron el gasto en tiempos de bonanza, Bachelet ordenó la creación de un fondo soberano de ahorro para los superávits fiscales del gobierno y ello le permitió blindar su economía ante los devastadores efectos de la crisis financiera de 2009.

Hoy Bachelet goza de una alta tasa de aprobación y se espera que resulte ganadora de la segunda ronda de las elecciones presidenciales de Chile a mediados del mes de diciembre.

Una izquierda diestra

La América Latina que dejó atrás el fenecido líder venezolano se caracteriza por diferencias muy marcadas en sus gobiernos y sociedades. Por ello podría resultar miope cualquier intento de calificar de homogéneas las agendas de gobierno adoptadas por los homólogos de Chávez en la región.

Venezuela goza de condiciones excepcionalmente particulares para impulsar una agenda de cambios tan profunda como la adoptada por Chávez. La posesión de las segundas reservas probadas de crudo del planeta se constituye en una fuente generosa de recursos que permiten financiar una agenda de gobierno nacional y regional que pocos países de la región pueden lograr. No obstante, es muy probable que el gran proyecto de integración regional añorado por Chávez pueda sucumbir ante la falta de un vocero con su carisma, recursos y condiciones económicas favorables.

Los retos que enfrenta el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, para seguir impulsando su agenda de integración regional son múltiples. En el plano personal, su estilo de liderazgo dista considerablemente del eufórico carisma de su antecesor. Y en el plano nacional, la economía venezolana enfrenta la tasa de inflación más alta de toda la región, una reducción significativa en la inversión extranjera directa y una oposición política en crecimiento constante.

Por otro lado, en el segundo decenio del siglo xxi se conjugan en el plano internacional dos factores que podrían crear un futuro incierto para la demanda de crudo. Primero, el explosivo crecimiento en el desarrollo de fuentes de energía renovables combinado con la mejora de la eficiencia en el consumo de combustibles fósiles. Segundo, el advenimiento de nuevas técnicas de extracción, como el hydraulic fracking, ha reducido considerablemente el costo del gas natural y ello posiciona a países como Estados Unidos como nuevos actores de peso en una naciente industria.

En virtud de lo anterior, es muy probable que Venezuela reduzca gradualmente su rol como epicentro geopolítico de una agenda de integración latinoamericana. No obstante, el ímpetu y fervor del fenecido Hugo Chávez en favor de la integración y la justicia social quedará plasmado en los anales de la historia. Todavía está por ver a quién pasará la antorcha el destino. Esperemos que la bonanza de nuestra América Latina, y en consecuencia el mejoramiento de los niveles de vida en toda la región, pueda extenderse, no solo por un incremento en la demanda de productos primarios, sino gracias a una real consolidación de las industrias de exportación de bienes con valor agregado.

Emil Chireno Haché es abogado egresado de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Realizó estudios de posgrado en Relaciones Internacionales y Economía Internacional en la John C. Whitehead School of Diplomacy and International Relations, de Estados Unidos. Anteriormente fue investigador del Carnegie Council for Ethics in International Affairs, en Nueva York. Actualmente es director ejecutivo de la Asociación Dominicana de Naciones Unidas y consultor legal.

Bibliografía

Castañeda, Jorge: «Latin America’s Left Turn», Foreign Affairs Magazine, mayo-junio de 2006.

Corrales, Javier: «Using Social Power to Balance Soft Power: Venezuela’s Foreign Policy», The Washington Quaterly, 2009: 97-114.

Ellner, Steve: «Latin America’s Radical Left in Power: Complexities and Challenges in the Twenty-First Century», Journal on Latin American Perspectives, vol. 40, núm. 3, pp. 5-25.

Hsiang, Antonio C.: «China Rising in Latin America: More Opportunities than Challenges», Journal of Emerging Knowledge on Emerging Markets, 2009, pp. 33-47.

Levitsky, Steven, y Roberts, Kenneth M.: «Democracy, Development, and the Left» en The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2011.

Looney, Robert: «Daniel Ortega’s Reality Check», Foreign Policy Magazine, 10 de enero de 2013.

Lula da Silva, Luiz Inácio: «Latin America After Chávez», The New York Times, 6 de marzo de 2013.

Mitchell, John; Marcel, Valerie, y Mitchell, Beth: «What next for the oil and gas industry», informe de Chatam House, 2012.

Mogrovejo, Rodrigo: «Modelo político y económico de Evo Morales y la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia», Revista de Estudios Jurídicos, n.º 10, 2010.

Parish, Randall: «Venezuela And The Collective Defence of Democracy Regime in the Americas», Democratization Journal, 2007, pp. 207-231.

Shifter, Michael: «So Long, Chávez Where Does This Leave Venezuela?», Foreign Affairs, 5 de marzo de 2013.

Nota

[1] No obstante, bajo el gobierno de Chávez se sextuplicó el intercambio comercial de Venezuela con los Estados Unidos de Norteamérica.


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