Artículo de Revista Global 49

Detrás del lente cinematográfico y las carteleras en los años veinte

¿Qué significaba el cinematógrafo para las citadinas de Santo Domingo en 1925? El artículo ficciona a partir de datos fidedignos un intercambio de cartas entre dos señoritas cinéfilas, pues «la ficción es una grieta en la visión del presente». El modus vivendi de la sociedad de aquel entonces, las películas que marcaron el imaginario, las ocultas miradas que dieron las mujeres, se descifran a través de la sugerente elección de films.

Detrás del lente cinematográfico y las carteleras en los años veinte

En el aristocrático Colegio de Welgelegen, de Curazao, dirigido por las Hermanas Franciscanas de Roosendoal, establecido en 1867 como uno de los más famosos centros educativos de las islas caribeñas, y donde estuvieron como internas señoritas de nuestra alta sociedad del siglo XIX y principios del XX, para el fin de 1925 las alumnas realizaron, a fin de agradar a sus padres, una «velada músico-literaria» que incluía un sugerente número en el programa denominado Cinematógrafo feminista. Madame Marie Théadorique, directora del centro, cursó las invitaciones a través de una circular a las familias dominicanas que se publicó en la revista Blanco y Negro de ese año.1

¿Qué era el Cinematógrafo feminista? Una cómplice selección de filmes realizada por las alumnas, mediante la cual se pretendía mostrar el imaginario femenino, el espacio que ocupaba en lo privado, el itinerario de sus deseos de libertad no como forasteras pasajeras de un tiempo, sino como sujetos que emergen a la vida a través del conocimiento. Este cinematógrafo era la delicia de las alumnas, primero, porque les permitía expresar un espacio polimorfo mediante el cual se definían sus roles culturales, y, segundo, porque por medio del arte de las sombras y de la luz, o de las llamadas vistas animadas, estas cinéfilas políglotas peinadas comme les garçons podían verse reflejadas en muchos films y en el catálogo de sus argumentos (cuya atmósfera y decorado de folletín, no obstante, les pedía prudencia y recato, naturalidad ante su destino impuesto, y abrazarse al orden patriarcal) en medio de códigos que no pasaban como hojas en blanco al comentar los argumentos y librar una batalla de contingencia para decirse a sí mismas, y a los espectadores cautivos, que su compromiso emocional no era el sueño de la cama y de la sensualidad.

El Cinematógrafo feminista de Welgelegen no era un simple número de variétés en el programa de fin de año, era un cono de sombra-luz a partir del cual las católicas holandesas permitieron algunas proyecciones   donde la igualdad se observaba como una consecuencia aleccionadora del conocimiento. Ir a Welgelegen era un triunfo cultural de las hijas de un amplio número de familias criollas acomodadas que preferían este colegio curazoleño y no las escuelas del centro de la ciudad de Santo Domingo.

De esa época en la cual nuestras cinéfilas políglotas conocieron en mayúsculas las diferencias entre Santo Domingo y la cultura holandesa, quedaron historias en contrapunto sobre los tópicos de interés que les atraían de cada estreno de película, los quilates estéticos de la cinta, un esbozo del interés social   que despertaba, cómo eran los grises o los azules diluidos de manera sutil del cine francés, las obsesiones que rodean el alma humana, el estallido de la compasiva pasión, el ritmo sostenido de la narración, la fuerza interpretativa de los personajes y el clímax emocional, la ampulosidad de los efectos, la fragilidad del amor llevado a la pantalla con sentimentalismos, los vuelos y   características del cine europeo… Toda una idea en escorzo de los valores de una época que se mostraba en la pantalla.

El reloj hechicero de las carteleras en 1925

En 1925 el cine en Santo Domingo era un espectáculo, un espectáculo que atraía. La ciudad se encontraba inmersa de manera literal en el final de la angustiante y asfixiante ocupación norteamericana. El drama de entonces no era ya la autodestrucción;   las fuerzas negativas de la política, aparentemente, se habían dormido, y no se pensaba en otro mundo imaginario que no fuera la libertad y el progreso.

La juventud femenina acudía fascinada a nuestros respetables teatros o salas de exhibición; el duendecillo moderno de lo nuevo penetraba su inteligencia, se hacía visible en las tertulias y en los cafés. Imaginar que el cine podría fotografiar/representar al alma humana era una sorpresa; ya no constituía un enigma ver el destino de una persona en el celuloide. Una persona de carne y hueso era un actor en movimiento; el filme era imagen de ese desconocido protagonista anunciado en la cartelera que publicitaba la revista Blanco y Negro.

Aun cuando muchas mujeres continuaban desenvolviéndose en el anonimato, perseguían resolver el conflicto   de su identidad individual, atribuirse una existencia que fluyera sin azar. La rebeldía ardía, y la psiquis de las femmes expresaba muchos enigmas pero, a la vez, muchas claridades. Algunas citadinas eran consumidoras ingenuas del séptimo arte, disfrutaban del montaje novelado de las imágenes en movimiento, aprendían a través del cine otros puntos de vista de manera «performativa» sobre cómo llevar a cabo su rebelión.   El cine, la ficción, fue en los años veinte su alter ego, su manera de contemplar el mundo desde una óptica confidente. El cine, ir al cine, permitió a las parroquianas de la común de Santo Domingo «cobijarse» en un código colectivo: el esparcimiento.

De voraces lectoras y entregadas al asombro de la fantasía novelada, se convirtieron en habitués existenciales de una deidad. El reloj hechicero de las carteleras era un mundo de inquietante necesidad.

La coincidentia oppositorum luz/sombra evocaba a la mirada. El film era una rueda, rodaba como una fulgurante cabellera; era una criatura que irradiaba abundante asombro en las colegialas. Sus oídos se colocaban delante de ese medio no convencional que se regodeaba con la telaraña de las luces proyectadas.

El cine permitió a las mujeres de la ciudad ir hurgando en las trampas del tiempo, ya que era una exageradísima invención, algo verdaderamente mágico. Iba encantando, impresionando. Esa divina tela de la pantalla daba vida a acontecimientos humanos que creían insólitos, aun cuando en un buen libro leyeran su discurrir como una historia trascendental o   del mejor naturalismo francés.

Desde la llegada del cine a esta metrópolis algunas mujeres no podían dar crédito a lo que sus ojos veían. La narratio visual era una narratio omnisciente sofisticada, no yuxtapuesta. Era, al momento, un tiempo propio de ella.

En 1925 la quimera del cine no se encontraba reseñada como un artificio del arte. Aun cuando el sujeto femenino no estaba «desfamiliarizado» con esta palabra, comprendía el formalismo de la técnica. El cinematógrafo les permitía ser «focalizadoras» y testigos «oculares» de lo que sus sentidos podían hacer creíble. La metamorfosis que traía al arte esta nueva manera de ser una lectora implícita del lenguaje cinematográfico no era un artificio caprichoso para las mujeres, sino que les permitía crear un vínculo de descompaginación entre su entorno inmediato y aquel otro mundo de la ficción que se presentaba como un signo inalcanzable o irrealizable.

Ficción/tela/mirada es lo que seduce al sujeto femenino que asiste a una sala de cine-teatro en 1925 a«mirar» la belle époque y sus decorados, ya que el fotodrama no era simplemente una reminiscencia sintagmática, una memoria que cuenta o un objeto/símbolo en movimiento. Los cines/teatros hicieron una ruptura en la intrincada vida lúdica de la ciudad.

Al ser un triunfo estético de la mirada, el cinematógrafo mostró a la mujer de Santo Domingo de los años veinte el embrujo que puede provocar este artefacto para subvertir las condiciones de subordinación imperantes. El cine las movería a no aceptar la censura hacia ciertas modas, ya que ellas se creían en una sociedad burguesa, luego del influjo de las costumbres norteamericanas.

El fotodrama quebró el «vértigo» existencial de las isleñas y las aproximó a la «neurosis» moderna; las animó a construir los ámbitos de su libertad, a re-pensar y re-valorizar su intimidad ante el control que ejercía sobre ella el otro.

«Ir al cine»

¿Se globalizaron las mujeres de Santo Domingo con la llegada del cinematógrafo? Aparenta ser así. De «mujeres rotas» pasaron a ser compañeras del dolor de aquellas actrices que tenían una vivencia afectiva precaria, atormentada o fugaz; quizás pudieron comprender el carácter de ese monstruo social llamado matrimonio para su libertad individual y, en consecuencia, actuar contra los obstáculos que conlleva. El cine, «ir al cine», ver películas, fue el eje discursivo de aquellas ciudadanas de segunda categoría que se negaban a la autohumillación ante el otro.

¿Qué nos confiesan las mujeres de los años veinte de esta experiencia de «ir al cine»? ¿Qué cuentan de su interés por este divertido placer que agrada a la imaginación? ¿Qué piensan y se susurran al comentar las tandas vermout, unas a otras, como una manzana prohibida? ¿Cómo describen su vida en la ciudad con el auxilio discreto de la fotografía como una versión cinematográfica para atrapar el interés del lector a través de un aliento literario? ¿Les permite el cine a las mujeres dejarse atrapar por la versatilidad de las historias de manera ingenua, tímida o distinta a las demás?

Usted puede conocer los perfiles dados como respuestas a   estas preguntas y sus significados, leyendo el intercambio de cartas entre dos fanáticas apasionadas del Cinematógrafo feminista, recién graduadas como maestras normales del aristocrático Colegio de Welgelegen, de Curazao. Veamos:

Apreciada Alicia:

Un pesado admirador que tengo ha llegado a mi casa con El alcázar de las perlas, de F. Villanueva. No niego que es él en estos momentos un poeta de primer orden en España, y una figura de muchos méritos entre nosotros por su apoyo a nuestra causa de la desocupación de las tropas invasoras norteamericanas; pero   lo que prefiero es una lectura que me asalte, que no me muestre el mundo con   una inocencia idílica. Estoy fastidiada de que a la gente solo le agrade la cotidianidad cobarde. Reacciono así por mi negativa a morir de tedio. Ya me he leído los libros de Marcel Prévost y Vargas Vila que me obsequiaste la semana pasada, pero me han seducido unos que compré en la Librería Española, sobre todo el de Safo, escrito por Alfonso Daudet, y Cómo aman las mujeres, de Max Nordau. Luego de sus lecturas tengo en agenda concluir mi ensayo literario sobre la ciudad, con la intención de que el señor Francisco Palau me favorezca con su publicación en la revista Blanco y Negro. Lo he titulado «Consenso narratio», del que te copio estos párrafos, a ver qué opinas y si crees que va tomando forma este fluir de la conciencia:

«Consenso narrativo»

La ciudad es una concavidad del vértigo que sustituye al espejo; toda ciudad crece afectada por las oposiciones entre la identidad de lo que creemos ser y la critica necesaria a esas oposiciones. Nombrar la ciudad es hacerlo como un signo de “reflexive perceptions”. ¿Qué relación dialógica guarda la ciudad con sus gentes cuando la ficción se convierte en un personaje que nos desfamiliariza del pasado?

La ficción es una grieta en la visión del presente, un sitio de nadie, un exilio voluntario que supone recorrer el mundo en condición de emigrada. Una ciudad-nostalgia, como esta, es un rito que atrae a la memoria como noción de lo vivido, que se abre paso ante los ojos de los que miran lo que se ve pasar. Así, cada ciudad tiene su confusión propia, una desigual confusión de censuras, relatos incomprensibles que pueden ser agobiantes cuando se siente la soledad.

Santo Domingo es una ciudad expresiva que fluctúa como metáfora en la corriente marina; se revela   en las tardes de manera vivencial. Todas somos invitadas de la ciudad, de su deseo de sentirnos agobiadas por lo verosímil e inverosímil. Dándole voz a la ciudad estamos al borde de la imago de las obstinaciones individuales; somos receptoras de la secuencia colectiva de las cosas, e intercambiamos apostillas como pequeñas crónicas que se anclan en la hibridez que asumimos y en el audaz tiempo que resume la paradoja de nuestras vidas».

Falso o verdadero, Alicia, este es mi tour de force para darle autoridad literaria a los palimpsestos de esta ciudad, y trenzarla de movimiento a falta de linealidad cuando somos heroínas atormentadas sin voz hegemónica, porque no tenemos forma de quebrar nuestra historia, ya que el silencio es el relato más conocido que se tiene de nosotras, la única alternativa para hacer el intento de mentirnos sin omisiones. Pero cambiando de tema: ¿Qué película tendrá esta tarde en cartelera el «templo del fotograma», nuestro cine favorito, el Capitolio?2 Ojalá repitan Los enemigos de la mujer (1923) de Blasco Ibáñez, aquella cinta de la función inaugural. No olvido lo concurrido que estuvo aquella espléndida noche, con lo mejor de nuestra sociedad; fueron muchas personas que se dieron cita, entre ellos poetas que cantan a las musas, los intelectuales de Paladión, gran parte de la socialité de Casa de España, del Club Unión, etcétera; no niego que me encantó ir de la mano de mi padre por nuestras avenidas arboladas de robles desde Gazcue, y terminar cenando en el Restaurant Fausto con un rico vino Oporto y unos cigarettes Sport.   Te debo copia de la fotografía que me hizo Isidro Vásquez Palacios junto a don Alejandro Woss y Gil y su hija Celeste.   Siempre, Marina A. Puesan [Julio de 1925].

Querida Marina:

Luego de la tanda de ayer domingo del Cine Colón que exhibía una inusual película, La mujer sin importancia (1925), homónima de la obra de teatro A Woman of No Importance de Oscar Wilde, de 1893,3 en esta nueva temporada otoñal de estreno me he dado cuenta de que el cine es una manera divina de soñar, nuestro theatrum en escena, seducidas como espectadoras en una habitación a oscuras que nos permite consultar el oráculo de las verdades y de las mentiras. Fíjate que tanto en el Independencia como en el Colón siguen proyectando la serie francesa El calvario de una esposa (1925).

Siento, Marina, que cuando elegimos ir al cinematógrafo, no   somos prisioneras de nadie, ya que la invencible realidad es nuestra única rival. Si te das cuenta vemos al mundo por efecto de la luz en la pantalla como un espectro, pulsamos, inmóvil, cada confesión de ese yo-transitorio que tras bastidores nos desafía a morir, a llorar, a ser triviales muñecas hipnotizadas por esa invención que se desvanece al final, que es el final feliz o triste del film.

Así es cuando hallamos una actuación de una actriz que encarna un tipo femenino no convencional y nos decimos: qué extraño carácter tiene, se ve rebelde pero en el fondo es muy singular, atrae su belleza pero su drama es frío. Es una maldita que tritura la verdad, sabe obrar para vencer, algo que no es habitual en las mujeres, por eso prefiero las películas de escenas eróticas donde los amantes deciden su infierno o su triunfo, y no ocultan que el amor físico, aun cuando es frágil, es dichoso. Los flechazos en el cine me gustan, hacen arder el corazón, y el delirio aumenta en las almas la intensidad de la posesión. No es que no defienda el amor al estilo de Rilke (Rainer Maria Rilke), pero no está mal olvidarse un poco de la poesía y pensar siempre que el amor es un virus difícil de curar cuando de disuadir se trata a los amantes que se obsesionan. De hecho, aunque me la recomienden, no pienso ir a ver la de la próxima semana en el Capitolio, Carceleras (1922), del realizador español José Buchs; no estoy para tragedias.4

Ahora, amiga mía, las películas nos torturan. ¿Recuerdas nuestra experiencia con el Cinematógrafo feminista en el colegio? Trato, ahora que he regresado, de comportarme de manera racional, y de mantener las apariencias de mi fe y religiosidad. Tengo que rechazar esta fiesta dionisíaca de todas las tardes querer ir al cinematógrafo, a sabiendas de que no soy una ingenua señorita.

¡Qué fecundos son estos genios creadores de Hollywood!, son muy audaces al cosechar aficionados al cine con esos argumentos modernos de las relaciones entre las parejas; otros, sin embargo, me lucen un tanto ortodoxos, porque no rompen con ciertos mitos clásicos sobre la mujer, y menos aún con esos conflictos espirituales de las sociedades tradicionales. ¡Ah, esta «alta» sociedad siempre tan hipócrita, con reglas que nos atrofian la libertad! Es tan prístino seguir siendo víctimas de su coerción que no logro entender por qué debemos acatar esas reglas tan autoritarias.

Pero bueno, tenemos el privilegio de ir al cinematógrafo. Je sens que je suis libre cuando estoy ante la pantalla, porque las imágenes se adueñan de mi cerebro y hago, no una catarsis de todo esto que te expreso, sino que sueño, sueño con irme a Europa, estar en París o en Roma, no importa dónde, pero sí que es importante soñar, y no digas que soy una infantil.

Realmente, confiésalo, si no tuviéramos las chicas del Welgelegen la «curación» del palacio del fotodrama del Capitolio, que es nuestro mejor teatro moderno,5 estuviéramos incesantemente rumiando, ya que por cada proyección de película que logramos ver evadimos la tragedia de esta cultura machista que nos ha tocado como destino. En hora buena, siempre, Alicia Sanjour [10 de octubre de 1925].

 El circuito de aquel entonces…

En esa ciudad de   Santo Domingo a la que hacen referencia tanto Marina como Alicia, la industria de las artes interpretativas contaba para la exhibición con cinco importantes teatros: Teatro-Cine Independencia, que presentaba también temporadas   de revistas «teatrales», considerado el favorito de la parte oeste de la ciudad, al cual iban las personas que residían en las quintas de las avenidas Independencia y Bolívar, y de Gazcue, así como de San Carlos; el aristocrático Teatro Colón, ubicado en la parte este, considerado como el clásico por estar en el mismo centro de la ciudad, y en donde se presentaban cuadros de ilusionistas, números de variedades, cuadros de zarzuelas, comedias, que se inició con una simple pantalla de tela para la exhibición de vistas animadas; el Cine Rialto, en la calle Duarte; el Cine Capotillo, llamado «el teatro del pueblo», que era un teatro popular, y el Capitolio, propiedad del expresidente Alejandro Woss y Gil y administrado por el puertorriqueño Carlos Cernuda.

En todos los cines-teatros se proyectaban cintas alemanas, francesas, italianas, españolas o americanas. Así podemos leer que en cartelera el Teatro Colón ofrecía en septiembre de 1925: «Para hoy sábado un soberbio programa. El guapo del rancho, aventuras ciclónicas de Juan Centella y varios números de canto. Para mañana domingo la monumental película francesa Remordimiento, [y añadía] dado lo selecto de los programas es seguro el éxito».6 Éxito del cual dan fe las variadas carteleras que llenaron toda esa época encantadora.

 

Ylonka Nacidit-Perdomo. Es poeta. Autora de Contacto de una mirada (1989), Alfonsina Storni: a través de sus imágenes y metáforas (1992), Luna barroca (1996), Papeles de la noche (1998), Sobreaviso (1998), Triángulo en trébol (1999), Hacia el Sur (2001), Contrapunto (2001) y Contemplación (2007). Fue directora del Centro de Documentación y Género de la Secretaría de Estado de la Mujer. En Clave Digital publica la columna titulada «Mirada en sepia». Labora en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

Notas

1 Blanco y Negro,   año vi, 17 de octubre de 1925, núm. 298, p. 27.

2 Blanco y Negro, el 2 de mayo de 1925, núm. 274, reseña: «Van muy adelantados los trabajos de construcción del nuevo teatro-cine Capitolio, y según nos ha informado personalmente el arquitecto que lo construye, señor Juan B. Toro, el nuevo teatro podrá abrir sus puertas al público a fines del presente mes de mayo». El Teatro Capitolio en la calle Arzobispo Meriño, al lado de la Casa Consistorial, frente al Parque Colón,   abrió sus puertas con el advenimiento   de la Tercera República y el gobierno del presidente Horacio Vásquez, el 9 de julio de 1925. Su cartelera diseñada por Manuel Catalán (Eolo) se anunciaba en la revista Blanco y Negro. Otra noticia de la época cuenta: «El jueves dieron su función inaugural el teatro Capitolio con la proyección de la famosa película Los enemigos de la mujer extractada de la novela de Blasco Ibáñez. El público –que fue numeroso– ha declarado esta película extra superior, el aparato proyector es de una fijeza completa y llega a impresionar de una manera, que el espectador no se da cuenta de si es una proyección o la realidad. Nosotros auguramos al teatro Capitolio un ruidoso triunfo». (Revista Blanco y Negro, año vi, julio de 1925, núm. 284: 22). La semana siguiente   se exhibió la cinta norteamericana de la Rex Ingram Production Orquídeas negras (Trifling Women).

3 Blanco y Negro, año vi, 3 de octubre de 1925, núm. 296.

4 Blanco y Negro, año vi, 17 de octubre de 1925, núm. 298.

5 Eduardo Matos Díaz refiere: «En el Cine Colón, como en los demás, el proyector se manejaba por medio de un manubrio y solo vinieron a emplearse las proyecciones de films a impulso de la corriente eléctrica que generaba un motor propio, cuando se instaló, el 9 de julio de 1925, el teatro Capitolio frente al Parque Colón, con la película Los Enemigos de la Mujer». (1985: 49)

6 Blanco y Negro, año vi, 5 de septiembre de 1925, núm. 292.

Bibliografí

Matos Díaz, Eduardo. Santo Domingo de ayer. Vida y costumbres y acontecimientos. Santo Domingo, Editora Taller, 1985.

Revista Blanco y Negro. Santo Domingo, Imprenta Palau, 1925-1926. Colección Archivo General de la Nación (AGN).


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