Artículo de Revista Global 80

Diario chileno

Dijo Neruda que Chile es un largo pétalo de vino y mar y nieve. También es un país de conflictos políticos irresueltos, una viva cultura y un pasado que arroja una sombra lúgubre sobre un presente incierto. Kurt Hackbarth visitó el país sureño y entregó la siguiente bitácora de viaje.

Diario chileno

Llegamos a Santiago un domingo por la mañana y nos dirigimos al centro. Es un día felizmente despejado –la ciudad, una de las diez más congestionadas del mundo, cuenta con niveles de esmog tan críticos que fue temporalmente «cerrada» en 2015–, y las montañas al este ostentan nieve en sus picos. Para nuestra sorpresa, descubrimos que la arteria principal (la avenida Libertador Bernardo O’Higgins o, más sencillamente, «la Alameda») está cerrada por un carnaval municipal, permitiéndonos pasear libremente a pie hasta llegar al palacio presidencial, La Moneda. Frente a mí, un grupo de tamborileros callejeros, conocidos como los chinchineros, recorre un círculo grande dando vueltas a la vez, como planetas que rotan alrededor del sol mientras giran sobre su propio eje.

Tener en frente el edificio que solo he visto en fotos y filmes del bombardeo es como sumergirme en un cuadro histórico: espero en cualquier momento ver a Salvador Allende emerger al balcón, su saco encima del suéter y un poco de polvo en los hombros todavía, para anunciar que el intento de golpe ha sido conjurado y que los últimos 45 años no han sido más que un sueño ilusorio de los Chicago boys. Me tendré que conformar, sin embargo, con la estatua del exmandatario que se encuentra al otro lado del palacio, cuya placa nos recuerda, en las palabras de su último discurso radiofónico, que de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre. El hombre libre anda endeudado y adicto a su celular, me digo y en seguida me detengo: Allende no precisa de mi cinismo. Nos retiramos, más bien, al Mercado Central, donde nos espera un caldillo de congrio, el plato en que, según Neruda, se calientan las esencias de Chile.

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El viaje de Santiago a la casa de Neruda, ubicada en el pueblo costeño de Isla Negra, dura hora y media. Con un interior mitad barco y mitad vagón de tren, la casa, que se extiende a lo largo de un peñasco con vista al mar, es un testamento al coleccionismo desbordado del poeta: mascarones de proa en la sala como huéspedes convertidos por encantamiento en madera, copas mexicanas en el comedor, mariposas disecadas, dientes de cachalote, mapas, máscaras, zapatos, pipas y, extrañamente para un comunista, una máquina cortadora de hostias.

Afuera, en una tumba de piedra también con forma de barco, yace Neruda con su tercera esposa, Matilde Urrutia. No ha sido un sueño tranquilo. En 1992, casi veinte años después de su tumultuoso funeral en el Cementerio General de Santiago, sus restos fueron trasladados a Isla Negra. Luego, en 2013, fueron exhumados a raíz de una querella presentada por su exchofer, Miguel Araya, quien alegaba que Neruda, fallecido solo 12 días después del golpe militar, fue envenenado por agentes de la dictadura. Apenas dos días después de nuestra visita a la casa, un equipo de peritos internacionales descartó la causa oficial de muerte que apareció en su certificado de defunción: caquexia resultado del cáncer de próstata del que padecía. Sin embargo, afirmaron que harán falta más pruebas para determinar la verdadera causa de su intempestivo deceso, y que tardarán hasta un año más en realizarse. Aunque Neruda descansa ahora en paz, el país sigue en vilo.

Pero en esta franja de costa –conocida como el litoral de los poetas– la poesía tiene que compartir espacio con la antipoesía. A tan solo diez kilómetros al sur, en un balneario de nombre Las Cruces, el antipoeta Nicanor Parra ha resistido a dictaduras, homenajes y a la misma parca para alcanzar la nada despreciable edad de 103 años. «¿Qué es un antipoeta?» escribió hace cinco décadas en su poema «Test». «¿Un comerciante en urnas y ataúdes? / ¿Un sacerdote que no cree en nada? / ¿Un general que duda de sí mismo? / ¿Un vagabundo que se ríe de todo / Hasta de la vejez y de la muerte?» Parece, efectivamente, que sí.

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Siguiendo la costa en el otro sentido, hacia el norte, se llega primero a Quisco, con su larga playa y su mercado de mariscos; más adelante se erige el balneario exclusivo de Algarrobo con sus hoteles de lujo, uno de los cuales se jacta de albergar la piscina más grande del mundo. Después de una parada en el pueblo pescador de Quintay, proseguimos el viaje a Valparaíso, la ciudad portuaria que además cuenta –dependiendo de a quién se le pregunte– con unos 42 cerros, cada uno con su propio distintivo y el conjunto comunicado por una extensa red de funiculares y ascensores, escaleras y callejones. De esa combinación de puerto y cerros emana una parte clave de la historia chilena del siglo XX. Aquí, el joven Salvador Allende estudió el liceo y fue elegido por primera vez al Congreso; aquí, en un edificio frente a la plaza O’Higgins, creció un tal Augusto Pinochet; aquí, la madrugada del 11 de septiembre de 1973, la escuadra de la Armada que había salido para realizar maniobras regresó de manera sorpresiva para arrancar el golpe.

El Valparaíso de hoy es un centro artístico y cultural, repleto de colores brillantes y murales por doquier: una veintena en el cerro Bellavista, realizados por artistas como Roberto Matta, Graciela Barrios y Mario Toral, componen el Museo a Cielo Abierto. La arquitectura es un batiburrillo fascinante de estilos que va desde las esperadas casas coloniales hasta unas moradas victorianas de dos aguas que no estarían fuera de lugar en Brighton o Bournemouth… excepto, bien entendido, por las láminas onduladas de acero, rescatadas de los contendores del puerto, que protegen las fachadas de los elementos.

La idiosincrasia de la ciudad no se limita a sus estructuras físicas. En la cáscara de una casa abandonada, una pizzería al aire libre sirve a sus clientes en una serie de bancos improvisados. Cerca del descanso de la escalera, un artista gráfico hace grabados con una prensa de mesa. A la vuelta, un clarinete, un saxofón y dos guitarras tocan un jazz estilo Nueva Orleáns. En un callejón, los vecinos han sembrado un jardín de flores en medio del empedrado. Mientras miramos el manto de niebla que cubre el mar, comemos un plato de los mejillones más grandes que he visto en mi vida, antes de emprender el viaje de regreso a la capital.

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«Los chilenos están muy ligados a sus trabajos», me dice Carmina, una catalana que lleva cuatro años viviendo en Santiago. Estamos caminando en el barrio Italia, otrora sede de una sombrerería y un teatro construidos por una familia inmigrante de nombre Girardi, cuyo país de proveniencia dio el nombre a la zona. Hoy en día, las fábricas se han convertido en lugares de coworking y las calles están rodeadas de cafés, galerías y talleres de restauración de muebles. «Me parece que han perdido el gusto por la vida que se ve en otros países de América Latina», añade la catalana.

Para un país que lleva una reñida competición histórica por ser considerado la «Suiza de América Latina», quizá el hecho de que sus ciudadanos sean trabajólicos no es tan sorprendente. Por otro lado, puede que no tengan mucha elección. En Chile, poco queda que no haya sido privatizado: el sistema sanitario, la educación superior (provocando un fuerte movimiento estudiantil que, a partir de 2011, ha logrado revertir parcialmente la situación), las pensiones, las cárceles, las carreteras, la aerolínea nacional (un exmiembro de su directorio es el presidente electo Sebastián Piñera, quien fue señalado en su momento por comprar acciones a precios beneficiosos gracias a información privilegiada), la luz, el agua y unas 700 empresas estatales más. Aunque Chile cuenta con los ingresos más altos de América Latina, no están bien distribuidos: es el sexto país más desigual de la región –después de Honduras, Colombia, Brasil, Guatemala y Panamá– y el decimocuarto a nivel mundial. El 10% más rico gana 27 veces más que el 10% más pobre, un panorama que se torna más desalentador cuando se toma en cuenta la limitada intervención estatal en áreas claves como salud y educación.

Sin embargo, el derechista Piñera ganó con facilidad un nuevo periodo presidencial en las elecciones de 2017 (la reelección está permitida, con tal de que no sea consecutiva), derrotando a su rival en la segunda vuelta, el oficialista Alejandro Guillier, por una clara diferencia de nueve puntos. Ahora bien, cada país es un mundo en cuanto a su propia política. Pero un factor que sin duda resultó decisivo fue la incapacidad de Guillier de convencer a los miembros del Frente Amplio –la flamante coalición de izquierdas cuya candidata, Beatriz Sánchez, por poco lo rebasó en la primera vuelta– de respaldarlo en la segunda. Acaso estamos presenciando el ocaso de la Concertación (la coalición de partidos que dominó la política nacional desde el fin de la dictadura, posteriormente reformulada en la Nueva Mayoría) y con eso, el nacimiento de una nueva época. Pero mientras el país siga siendo gobernado por la Constitución pinochetista de 1980, será difícil afirmar que la transición a la democracia realmente se haya consolidado.

Además de una nueva izquierda, las elecciones del año pasado pusieron de relieve un fenómeno contrapuesto: el de la vieja derecha. El candidato independiente José Antonio Kast, un abierto apologista de la dictadura que llama a liberar a los condenados por delitos de lesa humanidad y llega al punto de afirmar que «en el gobierno militar se hicieron muchas cosas por los derechos humanos», se llevó un 8% de los sufragios en la primera vuelta. Entre la muchedumbre que festejó la victoria de Piñera frente a su sede en la noche del 17 de diciembre, apareció un busto de Pinochet engalanado con una banda presidencial.

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Un lugar donde la gran preocupación de Pinochet por el bienestar de los chilenos –Kast dixit– queda de manifiesto es el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, ubicado a un lado del parque Quinta Normal en el barrio Yungay de Santiago. El edificio, inaugurado por la expresidente Bachelet en 2010, parece un enorme ataúd verde suspendido sobre su propia explanada. Adentro, sus tres niveles ofrecen un sombrío y exhaustivamente documentado recorrido por un país sometido al son de los 1,132 centros de detención extendidos a lo largo de un territorio de por sí descomunalmente largo. Un catre de metal en una sala dedicada a la tortura recuerda la «parrilla», una práctica en la que el detenido, atado al mueble, sufría descargas eléctricas en las partes más sensibles del cuerpo (también se empleaba una suerte de litera para que el torturado, además de aguantar su propio suplicio, presenciara desde abajo el de un familiar o amigo). Otra sala muestra las cartas de familiares a los detenidos y los diarios de los niños cuyos padres habían sido secuestrados. En el tercer piso están expuestas las «arpilleras», lienzos con escenas sociales bordados por mujeres que, inspirándose en la técnica desarrollada por la multifacética artista Violeta Parra, expresaban su protesta por medio de las agujas, la estopa y la lana.

En medio de esta combinación de documentos y videos, objetos y testimonios que se extienden hasta el plebiscito de 1988, parecería que no faltara nada. Pero una cosa brilla por su ausencia en la exposición permanente: cualquier mención del papel de los Estados Unidos en provocar y financiar el golpe. De la misma forma, en el Museo Histórico Nacional situado en la Plaza de Armas, la caída de Allende se achaca a «una inflación desbocada, a causa de los desequilibrios en las cuentas externas y la política monetaria, la baja producción agrícola y la escasez de productos de todo tipo, agraviados por el mercado negro y el acaparamiento». Las maquinaciones del presidente Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger, la CIA y la empresa ITT han sido nítidamente borradas de la historia.

A raíz de una reciente donación de documentos desclasificados del Gobierno estadounidense, el Museo de la Memoria ha organizado la exposición temporal Secretos de Estado, que por primera vez trata frontalmente el tema de la injerencia norteamericana. Según afirmó el director del museo Francisco Estévez a The New York Times, la muestra representa «una victoria en la lucha contra “el negacionismo”, la tentativa de negar y relativizar lo que pasó durante la dictadura». Ojalá, pienso, que sea la primera de muchas: que el perpetrador de una agresión borre sus huellas –los libros de texto de mi preparatoria dedicaban páginas al escándalo de Watergate pero ni un renglón a los acontecimientos contemporáneos en Chile– es vil pero lógico; que la víctima también las borre, casi medio siglo después, es un mal más difícil de desarraigar.

Donde «el negacionismo» definitivamente no ha imperado es en las artes, cuyas manifestaciones –tal como comprobamos con sendas visitas a los museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo– continúan estando sumamente politizadas. Según el cineasta Jorge Yacomán, director de los largometrajes La comodidad en la distancia y Fragmentos de Lucía, esa mirada hacia atrás se ha vuelto más heterogénea con el tiempo. «El arte chileno aún aborda esa etapa del golpe –me dice–, pero desde otros ángulos y sensibilidades». Estamos explorando el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), un complejo emblemático de los días de la Unidad Popular que fue completado en 275 días para hospedar una conferencia mundial de la ONU. Yacomán prosigue: «Algunas son creaciones con historias más íntimas donde la dictadura o sus consecuencias no se abordan tan directa o explícitamente. Ahora quizá cuesta más verlo con la gran cantidad y variedad de trabajos, películas y obras de teatro que se realizan cada vez más cada año, pero siento que casi siempre existe un tipo de analogía o fantasma de esa época. Por ejemplo, ahora en el cine, los cineastas chilenos tienen una sensibilidad más amplia hacia mundos donde hay injusticia, desigualdad o falta de verdad, como son las películas con temáticas LGBT o de migración, donde uno puede empatizar mejor con la realidad de otros».

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Terminamos nuestro viaje en la ciudad sureña de Valdivia. Muy a diferencia de la legendaria aridez del norte –Atacama, el desierto no polar más árido del mundo, contiene regiones donde no ha llovido en 400 años– Valdivia y sus zonas circundantes componen toda una historia de agua: la ciudad se encuentra en el punto de confluencia de tres ríos y es conocida históricamente como la «llave» al mar del sur por su proximidad estratégica al Pacífico. A pesar de haber sido fundada por el conquistador Pedro de Valdivia, la influencia más visible para el turista no es la española, sino la alemana: una gran variedad de cervezas oscuras aguarda el paladar del viajero y la especialidad de la famosa taberna Das Haus son los panes de carne cruda llamados, apropiadamente, «crudos». Frente al Mercado Fluvial, los lobos de mar juegan, gritan y suben sin pena a tierra firme para asolearse entre transeúntes y vendedores de pescado.

Tomamos un camión local que, luego de cruzar el río Cruces, sigue el curso del río Valdivia hasta su desembocadura en la playa Niebla, después de lo cual da vuelta para subir por la costa. El paisaje es espectacular, escarpado, el litoral esbozándose en una línea torcida al lado de un mar brillante que se extiende hacia el horizonte. Bajamos en el pueblo de Los Pellines, donde nos reciben Roberto y Sandra; encuadernadores de profesión, como mi pareja, se han construido un taller entre los árboles en donde dan rienda suelta a su oficio. Ahí, entre la guillotina, la prensa, pedazos y retazos de papel y tela y la muy necesaria estufa de leña, pasamos dos días de charla, vino, música y lectura, participando en esa vieja alquimia del viajero en que los amigos de amigos se vuelven también amigos tuyos. Paseando bajo la luz oblicua del atardecer, me permito un momento de hipérbole romántica al pensar que he llegado al fin del mundo. Pero hacia el sur hay todavía mucho más: Puerto Montt y la región de los lagos, la Patagonia hasta Tierra de Fuego y el Cabo de Hornos, todo el territorio que el pueblo mapuche defendió con una voluntad férrea hasta vísperas del siglo veinte. Tendrá que esperar. Los viajes, y los diarios que afloran de ellos, en algún momento tienen que terminar. Lo único que no tiene fin es Chile.

Kurt Hackbarth es politólogo, narrador y dramaturgo estadounidense. Se tituló summa cum laude en la Universidad Fairfield en 1996. Se estableció en la ciudad de Oaxaca en 1999 y desde el 2007 es ciudadano mexicano. Es autor de las obras de teatro La [medio] diezmada (2011) y El óstrakon (2012), así como del libro de cuentos Interrumpimos este programa (Editorial Ficticia, 2012). Su sitio web es <kurthackbarth.com>.


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