Artículo de Revista Global 10

Diversidad y globalización

De la mano de la globalización, la diversidad cultural se ha visto propulsada a la más candente actualidad y ha adquirido una preeminencia de alto calibre político a la que nadie es ajeno.

Diversidad y globalización

El concepto de diversidad cultural ha tenido y tiene aún múltiples lecturas que, sin duda, conducen a planteamientos diversos y a respuestas diferenciadas. Si, históricamente, desde sus inicios hace ya más de 50 años, el concepto de diversidad cultural fue sinónimo de reconocimiento de las identidades y de los derechos culturales de las minorías étnicas, la globalización ha venido a ampliar su ámbito de estudio y a situarlo en el eje de todos los debates contemporáneos en torno a la identidad, a la cohesión social en comunidades multiculturales, al patrimonio histórico y cultural, al patrimonio inmaterial, a los contenidos culturales en Internet y a la circulación de bienes y servicios, fundamento de la economía del conocimiento; en síntesis: a la armoniosa declinación de cultura y desarrollo.

La complejidad del ecosistema cultural es tal, que la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural, adoptada unánimemente por los estados miembros de la Unesco en 2001 no duda en afirmar que este patrimonio común de la humanidad, por encarnarse en la originalidad y la pluralidad de las culturas y ser fuente de interacción e intercambio, de innovación y de creatividad, constituye uno de los recursos del desarrollo humano y una de las condiciones para la paz y la seguridad internacional.

Desde su adopción, la Declaración Universal se ha convertido en la referencia mundial para abordar cualquiera de los múltiples aspectos de este concepto que, por global, no deja de ser polisémico.

La Convención sobre la Diversidad de las Expresiones Culturales, adoptada por la 33ª Conferencia General de la Unesco en noviembre pasado, aborda la diversidad cultural desde la muy actual problemática de la creación contemporánea y de la industria cultural que la vehicula, área de la diversidad cultural que, hasta la fecha, parecía mal cubierta por el derecho convencional internacional. La Convención establece un marco internacional de protección y promoción internacional de las industrias culturales, fomentando la adopción de políticas culturales idóneas para su desarrollo y estableciendo asimismo pautas para la cooperación internacional en este terreno. La Convención se halla abierta a ratificaciones y sólo entrará en vigor tras ser ratificada por, al menos, 30 países.  Sin embargo, su adopción por aplastante mayoría muestra la voluntad de la comunidad internacional por dotarse de un instrumento específicamente diseñado para hacer que los beneficios de la globalización puedan alcanzar al mayor número posible de ciudadanos de nuestra aldea global, al ofrecer oportunidades para que todas las culturas puedan canalizar su genio creativo hacia el mercado global de bienes y servicios culturales.

No sólo se reconoce a todos el derecho de expresar y difundir su creatividad, sino que la oferta global de cultura se ve enriquecida y diversificada con la presencia de autores y artistas de culturas hasta ahora con escasa o nula presencia en el mercado internacional.

Sin embargo, la diversidad cultural expresada por la creación contemporánea a través de los bienes y servicios producidos por las industrias culturales sólo puede movilizar a países que ya cuentan con la existencia de dichas industrias en su territorio y están en condiciones de formular y financiar políticas culturales para su desarrollo. Una simple mirada al panorama internacional permite constatar que, en realidad, son pocos los países que reúnen estas dos condiciones. Conviene, pues, adelantar acciones tendentes a favorecer la emergencia de industrias culturales (libro, música, cine y audiovisual, multimedia, artesanía y diseño) en los países en desarrollo, extraordinariamente ricos en creatividad pero, por desgracia, acuciados por otras prioridades cuya urgente atención les impide prestar apoyo a sus industrias culturales emergentes.

Por otra parte, es preciso tomar conciencia de la erosión que la piratería de obras del espíritu está causando en el sano florecimiento de las incipientes empresas locales en muchos de estos países. La piratería, tantas veces arropada en demagogias, se está convirtiendo en uno de los mayores enemigos de la diversidad cultural a escala global.

De la teoría a la acción

La globalización del comercio y las comunicaciones ha despertado un nuevo interés por “lo local”. Fascinados por las nuevas e inmensas posibilidades de proyectarnos en lo global, todos quisiéramos asegurarnos un puesto en el nuevo calidoscopio. Los creadores y artistas sueñan con verse propulsados a la fama internacional, las empresas descubren un mundo de oportunidades para sus productos en el gran mercado de la aldea global, los ciudadanos esperan tener acceso a todos los conocimientos, a todas las emociones estéticas, en definitiva, a todas las culturas, sin tener ni siquiera que desplazarse físicamente.

Las innumerables esperanzas que la globalización permite concebir suscitan, sin embargo, nuevos interrogantes. ¿Con qué nos encontraremos dentro de una década? ¿Podrán los niños de Yogyakarta descubrir las tradiciones y mitos de Indonesia? ¿O únicamente conocerán a Harry Potter, Lara Croft o los Pokemon? ¿Podrán los lectores dominicanos leer las obras de sus escritores contemporáneos? ¿Y la literatura peruana o la senegalesa? ¿Podrán los cinéfilos sevillanos disfrutar del cine bosnio?

La respuesta, al menos en teoría, es “sí, podrán”. Pero si nos preguntamos de dónde vendrán los libros, las películas, las canciones, las imágenes o los juegos multimedia que, dentro de 10 años, poblarán la imaginación de los jóvenes de cualquier parte del mundo; si nos cuestionamos cuál será el origen de las ideas, los valores, los modos de vida que influirán sus principios y sus comportamientos, entonces la respuesta puede ser muy diferente y, desde luego, mucho menos optimista. En efecto, si las cosas siguen así… ¡Ni siquiera parece seguro que vayamos a poder disfrutar de las expresiones culturales de nuestros propios conciudadanos!

Desigual

La cuestión fundamental se halla en la desigual riqueza, capacidad y, sobre todo, distribución geográfica de las industrias culturales que producen y difunden contenidos y productos de la creación humana. La creatividad es sin duda el recurso natural mejor distribuido en el mundo además de ser renovable y no contaminante y la curiosidad de los ciudadanos por otras culturas no tiene más límite que el gusto individual y la capacidad adquisitiva. Pero de ahí, precisamente, el riesgo de que unos pocos interpreten a su modo lo que otros muchos quisieron expresar de mil formas diferentes y nos ofrezcan a todos una serie estandarizada y homogeneizada de productos culturales adaptados a un gusto supuestamente “universal”.

Como respuesta, no sirve el proteccionismo, sino sólo la promoción de unas sociedades realmente abiertas. Es preciso preocuparse de la preservación del ecosistema cultural en toda su fabulosa diversidad a través de la valorización de cuánto todas y cada una de las culturas del mundo tiene para ofrecer. Hoy por hoy, esto es impensable sin contar con las industrias culturales que, además de constituir un medio esencial de expresión y difusión de la creatividad humana, tienen un peso significativo en la creación de empleo y representan un factor de desarrollo sostenible.

Respuestas

Distintas respuestas a este problema han ido surgiendo acá y allá. Destaca, sin embargo, por su originalidad, la experiencia de la Alianza Global para la Diversidad Cultural, lanzada por la propia Unesco en 2002 como una novedosa plataforma de partenariados públicos  y privados en el seno de la cual gobiernos, grandes empresas multinacionales, pequeñas empresas, organizaciones profesionales y movimientos de la sociedad civil comparten la voluntad de desarrollar industrias culturales locales alentando en particular el desarrollo de pymes, y de fomentar la aplicación de la normativa internacional relativa al derecho de autor en los países en desarrollo y en transición.

Este instrumento al servicio de los actores de la economía de la cultura se basa en un principio muy simple y, al tiempo, extraordinariamente complejo: aunar el saber hacer y los recursos financieros del sector privado y la capacidad de movilización de las ONG con la voluntad política, los recursos y el poder regulador de los gobiernos, asociando a la causa de la diversidad cultural a los países industrializados y a aquellos en desarrollo y en transición sobre la base de un principio de solidaridad y de beneficio mutuo. Esta propuesta pragmática e innovadora que trata de generar modalidades de cooperación originales en las que cada uno de los copartícipes encuentre un interés para hacer vivir esta Alianza que vaya más allá de la ética o la caridad ha logrado reunir hasta la fecha más de 400 miembros originarios de los cinco continentes que desarrollan su actividad en sectores tan diversos como el libro, la música, el diseño, la artesanía y, por supuesto, el sector audiovisual, y entre los que encontramos desde microempresas a multinacionales, desde gobiernos a municipalidades, pero también organizaciones intergubernamentales, asociaciones profesionales, fundaciones, ONG, investigadores e instituciones universitarias o sociedades de derechos de autor.

Apoyándose en esta red de miembros comprometidos con la causa de la diversidad cultural y en su sitio web <www.unesco.org/ culture/alliance> que actúa como plataforma principal, la Alianza ha culminado con éxito una veintena de proyectos y desarrolla actualmente 50 proyectos piloto, interviniendo en sectores tan diversos como la edición de libros, los productos derivados de museos, la música, la artesanía, el diseño o el audiovisual, en lugares como Zimbabwe, la Comunidad de Estados Independientes, Argelia, Colombia, Palestina, el Tíbet, Jordania o Argentina. Varios estados (Noruega, Finlandia, España, Reino Unido) así como fundaciones y empresas han establecido líneas de cooperación multilateral en el marco de su partenariado con la Alianza, aportando recursos que alimentan el fondo especial del proyecto. Otras instituciones gubernamentales y privadas ponen a disposición expertos en diversas áreas requeridas que se incorporan durante un período determinado (no menos de seis meses) al equipo de coordinación de la Alianza. Los proyectos poseen un alcance muy variado: desde proyectos “persona a persona”, de realización casi inmediata, hasta iniciativas de largo alcance que necesitan de una multitud de actores e implican la adopción de políticas públicas o marcos reglamentarios. Asistencia técnica y jurídica para la formulación de políticas públicas, profesionalización de los nuevos empresarios, acciones de formación profesional, mecanismos de lucha contra la piratería y campañas públicas de sensibilización al respeto de autor, acceso a y apertura de nuevos mercados, estudios y herramientas prácticas al servicio de los sectores (claves para el éxito de una industria cultural en países en desarrollo), análisis de las tendencias del mercado, obstáculos comerciales y no comerciales a la exportación en determinadas subregiones, etcétera, son, entre otros, objeto de acciones concretas sobre la base de multipartenariado en el que cada uno de los partners aporta su contribución financiera, intelectual o profesional.

La Alianza Global, en colaboración con el Instituto Internacional de Estadísticas (Unesco), acaba de publicar la puesta al día de las estadísticas mundiales de comercio internacional de productos culturales en las que, por primera vez, se ha hecho un esfuerzo por incorporar los servicios, grandes ausentes en las estadísticas mundiales disponibles. También lanza de nuevo la Encuesta Mundial de Cinematografía, para analizar la evolución de este sector desde la encuesta precedente, que fue realizada en 1999.

Sobre la base de estas experiencias piloto, la Alianza desarrolla una metodología específica y sistematiza las “mejores prácticas” que son difundidas y aplicadas en fases sucesivas a todo acuerdo de cooperación multilateral dirigida a crear o desarrollar industrias culturales locales viables y a luchar contra la piratería. En efecto, otro de los objetivos fundamentales perseguidos con esta iniciativa es explorar y difundir las posibilidades de desarrollo sostenible que ofrece la técnica del partenariado a la hora de aportar respuestas adaptadas a las necesidades de las industrias culturales del Sur gracias a la acumulación y reproducción de proyectos piloto que generen una masa crítica suficiente que, en muchos casos, conllevan iniciativas de cooperación Sur/Sur. Se trabaja, por tanto, desde el presente local “con la mirada puesta en el porvenir global”.

La Alianza convoca a todos sus partners a un foro bienal, el último de los cuales tuvo lugar en París en septiembre pasado, en el que aquellos que han culminado o están trabajando en algún proyecto concreto exponen sus objetivos, grado de desarrollo, éxitos logrados y dificultades encontradas ante la comunidad internacional. El foro se complementa con talleres de trabajo y crea oportunidades para el lanzamiento de nuevos proyectos entre partners que por primera vez se encuentran personalmente despertando una inusitada atención de los medios de comunicación. La Alianza coopera con el GlobalCompact de las Naciones Unidas y es regularmente invitada a exponer su innovadora experiencia en reuniones internacionales, nacionales y locales, tanto de carácter institucional como empresarial.

Las “ciudades creativas”

Idéntica filosofía preside el nuevo proyecto de “Ciudades creativas”, cuya finalidad es acercarse al terreno a través de la cooperación con municipios y gobiernos locales. El proyecto trata de identificar en todo el mundo ciudades que no son casi nunca capitales pero que cuentan con recursos culturales indiscutibles materiales o intangibles sobre los que basar el desarrollo. Ciudades cuyo pedigrí, pasado y presente, les permite identificarse como ciudades de literatura, de música, de cine, de artesanía, de diseño, de high-tech, o gastronómicas. Se trata ahora de acompañarlas en la búsqueda de sí mismas, ayudarlas a encontrarse con otras ciudades de vocación similar y, sin embargo, diversa con la intención de combinar diversidad cultural con desarrollo sostenible en la era de la globalización. Ya han sido admitidas en la red ciudades tan diversas como Edimburgo (Reino Unido), Popayán (Colombia), Santa Fe (Estados Unidos), Berlín (Alemania), Buenos Aires (Argentina), Aswan (Egipto) y un largo pipeline de candidaturas en proceso de evaluación en el que se encuentran ciudades tan emblemáticas como Shanghai (China), Puebla (México), Harare (Zimbabwe) o Salvador de Bahía (Brasil), entre otras muchas.

Establecer redes; hacer compartir a sus miembros las mejores prácticas y las astucias para triunfar en el empeño; buscar sinergias y crear “masas críticas” que, como bola de nieve, puedan favorecer las oportunidades de inversión y de partenariado con el sector privado y la sociedad civil; animar las redes poniendo en evidencia el resultado de estos esfuerzos, y asociar a los tour-operadores a estas iniciativas urbanas en el momento preciso, son los puntos que conforman la nueva apuesta de la Alianza Global. Es así como Berlín se propone organizar en 2006 una reunión de las “ciudades creativas” para elaborar indicadores de desarrollo aplicables a estas ciudades. Santa Fe las convocará igualmente para analizar las potencialidades prácticas del nuevo concepto de “turismo creativo” y Shanghai se propone organizar en 2007 una Feria Mundial de Industrias Culturales.

En cualquier caso, se trata de identificar las convergencias que la cultura, el turismo y el desarrollo socioeconómico sostenible pueden aportar a la promoción de la diversidad cultural y al respeto de la paz social. Porque los destinos, los servicios, la riqueza patrimonial, las culturas populares y los modos de vida en sociedad son algo más que objetos de consumo; se trata de aportes originales, en continua evolución, con los que los pueblos –y las ciudades, que son creaciones eminentemente culturales– se han venido identificando a lo largo de su historia.

La defensa de la diversidad cultural constituye en realidad un ejercicio de ecología cultural, susceptible de tejer poco a poco los hilos invisibles de la multiculturalidad. Por ello, es fundamental que la dimensión cultural de las ciudades se convierta en el eje central de su desarrollo y en el orgullo de todos cuantos se consideran sus ciudadanos.

Motor de desarrollo

Todas estas acciones diseñadas para preservar y promover la diversidad cultural y hacer posible la existencia de una oferta más plural y equilibrada de bienes y servicios culturales ponen de manifiesto el convencimiento de que en este siglo XXI la cultura está llamada a convertirse en un auténtico motor del desarrollo sostenible. La creación y consolidación de industrias culturales realmente competitivas en todos los países se convierte, por tanto, en un requisito indispensable para combatir el riesgo de desembocar en una “monocultura” que acabe con la diversidad, ese capital global que nos pertenece a todos y que la comunidad internacional tiene el deber de hacer prosperar por razones económicas, pero también por imperativos éticos de equidad y justicia. Más que nunca es preciso ofrecer a los jóvenes cauces de expresión creativa y oportunidades de empleo atractivas y rentables. Los sectores de la industria creativa conocen un importante crecimiento en la era de la globalización y constituyen por ello una importante expectativa desde el punto de vista económico y social.

Pero, además, la preservación y desarrollo de la diversidad cultural es esencial para que la humanidad pueda construir su futuro. El Preámbulo de la Declaración Universal antes mencionada afirma: “Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es, para el género humano, tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos”. La reciente adopción de reglas globales que recogen los principios fundamentales de un comercio armonioso en cuanto al acceso, la diversidad y la competencia de productos y servicios culturales, favorecerá el establecimiento de un entorno favorable al pleno desarrollo de la diversidad creativa, a la libertad de elección entre una oferta cultural plural, y al desarrollo del pensamiento crítico, permitiendo crear las condiciones necesarias para un debate abierto y fecundo sobre el porvenir de las sociedades y de las culturas, fundamento del pluralismo democrático. Llega al fin el momento de que los gobiernos tomen en serio la cultura, tantas veces relegada al papel de cenicienta de las administraciones públicas. La cultura ha de dejar de ser considerada un gasto suntuario para convertirse en una rentable inversión de futuro.

Si unimos nuestras fuerzas y nuestras capacidades en torno a este objetivo que, finalmente, es el de hacer de la diversidad cultural el eje central de un desarrollo global, armonioso y sostenible, podremos lograr que dentro de 10 años la circulación internacional de productos culturales sea algo más equilibrada y que quienes entonces abran los ojos a la vida cultural en cualquier parte del mundo tengan a su disposición una variada gama de contenidos culturales expresados, producidos y difundidos por sus propios protagonistas. Nada más… y nada menos.

Milagros del Corral, ex subdirectora general adjunta para la Cultura Unesco, es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Pertenece al Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Fue subdirectora general de Bibliotecas, vicedirectora de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, profesora de Documentación de la Facultad de Ciencias de la Información, secretaria general de la Federación de Gremios de Editores de España y directora de la División del Libro y Derechos de Autor de la Unesco.