Artículo de Revista Global 72

Donald Trump y Cuba: ¿Regreso a políticas conservadoras o pragmatismo capitalista?

A continuación se debaten las políticas que el nuevo gobernante estadounidense puede adoptar respecto a la isla de Cuba. Luego de analizar la llegada al poder de Donald Trump en los Estados Unidos, se proponen algunas hipótesis de lo que podría suceder entre la isla caribeña y el imperio. ¿Seguirá propiciándose la apertura que inauguró Obama o se retornará a políticas conservadoras? ¿En qué habrá influido la muerte de Fidel Castro en todo el proceso? ¿Se dejará llevar esta nueva administración por las posibilidades de inversión en la isla y por el pragmatismo capitalista?.

Donald Trump y Cuba: ¿Regreso a políticas conservadoras o pragmatismo capitalista?

Donald Trump ha ganado las elecciones en Estados Unidos. Pese a todos los pronósticos ha ganado el millonario. Evidentemente, estas elecciones influirán en el modo en que se conformará el mundo en el futuro, un mundo que si bien está dejando de ser unipolar con el ascenso de potencias como Rusia, China y Brasil, aún se mantiene en él la hegemonía económica, cultural y militar del gran vecino del norte. De ahí la importancia del ascenso al trono del imperio de Trump y su implicación para Cuba en particular y el mundo en general. En contra del establishment político, en contra de Wall Street y de las redes sociales, este millonario ganó las elecciones. ¿Dónde está su secreto? No sé por que en este momento una extraña remembranza me lleva a mis años de estudiante universitario de pregrado en la Universidad de Oriente cuando mi profesor Abel, filósofo y politólogo graduado en la prestigiosa Universidad de Moscú, Lomonosov, nos hablaba del pragmatismo norteamericano. Ah, seguramente a Trump lo aplaudirían Charles Saders, William James y John Dewey, por supuesto que este nuevo presidente sabe que solo es verdadero aquello que funciona, y se enfoca en el mundo real de sus votantes, en esa clase blanca rural estadounidense que se ha visto desplazada por los inmigrantes altamente calificados. Trump, pese a sus improperios xenófobos, fue capaz de llamar la atención de los mismos emigrantes latinoamericanos en Estados Unidos que se veían amenazados por los nuevos emigrantes sin papeles que llegaban, abaratando salarios y compitiendo con estos por puestos laborales. Y, sobre todo, tocó la puerta de la extrema derecha cubana asentada en Miami, poniéndole la zanahoria al alcance de la boca al prometerle retirar todas las medidas desarrolladas por Obama para normalizar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Prometer es fácil, siempre decimos, cuando se sabe que no se va a cumplir. Como analizaremos a continuación, será muy complicado para Trump dar marcha atrás a las medidas de Obama, y es que Cuba es un plato largamente acariciado por las corporaciones norteamericanas. Hay varios factores a tomar en cuenta, como la perspectiva de petróleo en el Golfo, el mercado virgen de 11 millones de habitantes, las ventajas geoestratégicas de la isla para el mercado de América Latina, el capital simbólico de Cuba en el mundo y la mano de obra barata altamente cualificada. Y Trump sabe mejor que nadie que business is business. Puro pragmatismo es el que Trump llevará a cabo en su presidencia.

Política global

Trump ganó con un discurso supremacista, xenófobo, misógino, considerado políticamente erróneo por las élites norteamericanas, a las que atacó directamente y culpó de fomentar la crisis en que está actualmente el sistema capitalista mundial. Prometió llevar de nuevo las empresas a Estados Unidos, en una especie de nuevo keynesianismo que en pleno siglo XXI quiere luchar contra la globalización y llevar a ese país las factorías que tiene el gigante Apple en China y en todo el oriente asiático, algo que se antoja imposible por los estudios de márgenes de ganancias de este gigante corporativo y de otros tantos. Y de repente vemos a Trump preocupado por una economía del bienestar que eleve los estándares de vida de la clase baja y media estadounidense, que ha visto con aprensión que los empleos se le van del país hacia otros Estados, que su moneda pierde valor adquisitivo y que su patria ya no es el paraíso que le prometieron los padres fundadores. Y es sobre todo en este blanco rural, sin estudios universitarios, apático ante la política, donde hay que buscar el secreto de la victoria de Trump, que supo en su discursos erráticos y mesiánicos tomar en cuenta los deseos de estas personas y ganarle a Hilary Clinton las elecciones por una cabeza, usando el argot de hipódromos.

Los pensadores marxistas teorizaron que las crisis del capitalismo son cíclicas: yo me atrevería añadir que muchos contextos sociopolíticos también lo son. El contexto de Estados Unidos antes de la victoria de Trump me recuerda la Alemania de principios de los años treinta del siglo pasado, la República de Weimar. Grosso modo: la República de Weimar atravesaba una crisis política y de legitimidad ante sus votantes; el establishment estadounidense, Wall Street y las élites también –desgraciadamente Obama no ha podido solucionar problemas acuciantes en Estados Unidos, como la violencia social y la pérdida de empleos–. La Alemania de Weimar enfrentaba una enorme deuda con las naciones triunfantes en la Primera Guerra Mundial, y cuando dejó de pagarla estas la invadieron quitándole territorios con ricos yacimientos minerales como Alsalcia y el Ruhr; Estados Unidos le debe billones de dólares en bonos a China, que esta ha ido comprando progresivamente, y el país asiático cada vez invierte más en empresas que eran típicamente norteamericanas en el imaginario de ellos y compite en mercados que eran tradicionalmente norteamericanos como es el caso de América Latina y África, donde aumenta su incidencia económica y política, como lo demuestra el financiamiento de la construcción del canal en Nicaragua y la compra del petróleo mexicano y venezolano y la soya argentina. En el caso de la Alemania de la época, esta perdió el apoyo de las clases medias, golpeadas por la crisis. El 30 de enero de 1933 Hindenburg nombró canciller a un político llamado Adolfo Hitler. ¿Les suena el nombre? El martes 8 de noviembre del 2016, en las elecciones presidenciales número 58 de los Estados Unidos, ganó el millonario Donald Trump. Ambos populistas. Ambos con un discurso mesiánico. Sabemos adónde nos llevó Hitler, aún no sabemos adónde nos va a llevar el señor Trump.

No obstante, tras las elecciones, Trump ha comenzado subrepticiamente a retirar parte de sus afirmaciones, aunque se percibe que a nivel global desea atraer a Rusia hacia la órbita de Estados Unidos, pero con el fin de alejarlo de China y de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Resulta evidente el propósito de debilitar esta organización, que puede ser el embrión de una organización que se enfrente a la OTAN y al mismo FMI, bases del poderío estadounidense. Putin va a coquetear con Trump porque necesita legitimar el regreso de Crimea a la madrecita Rusia ante el mundo y solucionar el problema de Siria y de ISIS. Si de algo estamos seguros es del poderío político y la mirada geoestratégica de Putin y del pragmatismo de Trump, que no va a titubear en abandonar a sus aliados europeos por aceptar un acuerdo con el oso ruso; se puede observar esto en sus críticas al lastre monetario que supone el mantenimiento de la OTAN para la economía norteamericana.

Cuando vemos el gabinete que ha armado Trump para su presidencia, nos percatamos de que representa las tesis cosmopolíticas de Brzezinski sobre la doctrina del G-2 de Kissinger, que propugnaba aliarse con China en el dominio del mundo, y de repente nos percatamos de que este populista de derechas quiere volver al pasado, a la gloria de los Estados Unidos de la década del setenta o de los ochenta del siglo XX, y está condenado desde ya al fracaso. Cuando se hablaba en ámbitos académicos de la posmodernidad, no solamente se aludía al fin de una época, sino a un cambio de los cánones económicos en un mundo donde la economía está muy interrelacionada y la caída de la Bolsa de Tokio influye en la cantidad de puestos de trabajo que Rajoy pueda ofrecer en España.

Ese neokeynesianismo populista de Trump implica también un enfrentamiento a las grandes corporaciones norteamericanas y a Wall Street; al menos, a nivel de discurso. Lo curioso es que él pertenece a esta casta de capitalistas, ¿se opondrá efectivamente a ella? Esto solo nos lo diría el futuro.

Trump, Cuba y el deshielo

Se ha llamado metafóricamente deshielo a la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, a mí me gustaría denominarlo torrente. Se teme que Trump obstaculice el acercamiento entre las dos naciones, o termine con él; evidentemente lo puede demorar, entorpecer, pero no cerrar definitivamente: un claro aviso de ello son los improperios dichos contra la figura histórica de Fidel Castro, a horas de su muerte. No nos toca juzgar aquí sus opiniones, pero creo que hay un elemento significativo en esta declaración de Twiter: no hizo énfasis en sus declaraciones anteriores de los errores políticos de Obama en su proceso de apertura económica, política y cultural hacia Cuba. Y lo curioso es que su vicepresidente Pence tampoco. ¿Le estará retirando de repente la zanahoria al electorado de derechas cubano de Miami? ¿Veremos cuadros de Trump quemados en la calle 8 de Miami con el mote «comunista mentiroso»? Todo es posible.

Los que seguimos las elecciones primarias vimos que Trump, al principio, aceptó las medidas tomadas por Obama, pero luego, cuando fue nominado, le extendió la rica zanahoria a los cubanos de derechas de la Florida prometiendo cerrar la Embajada norteamericana en Cuba y hacer retroceder las tímidas medidas ejecutivas tomadas por Obama. Al no ser estas de orden legislativo, un nuevo presidente norteamericano podría echarlas atrás con solo unas pocas firmas.

Aunque la inclusión en su gabinete de cubanoamericanos conocidos por ser de línea dura contra la política adoptada por el Gobierno de Cuba, pueden ser solo disparos de humo, para complacer las apariencias, Trump anunció que, si Cuba no es capaz de mejorar el trato que hizo con Obama, entonces él retiraría todas las medidas tomadas por este para la normalización.

Esa decisión sería muy problemática debido a los grandes intereses mercantiles que ya tienen en Cuba las grandes corporaciones estadounidenses, que ven con desagrado como los competidores chinos, japoneses y europeos se llevan la mejor parte en la repartición de las inversiones en Cuba. Pero, inclusive, se enfrentaría a grupos del exilio cubano que desean una normalización de las relaciones y que de repente se han visto beneficiados familiarmente o económicamente con la tímida apertura de Obama. Y, por otra parte, si su administración de repente implica cortar tajantemente la relación con Cuba, se enfrentaría a largos reclamos jurídicas por parte de empresas norteamericanas que ya hacen negocios con Cuba. Empresas como Marriott, Chevron, Verizon, Mastercard, Amazon, Major League Baseball, Carnival Cruise Line y la Cámara de Comercio de EE. UU. ya están haciendo un fuerte lobby en el Congreso y en la Casa Blanca. Los agricultores de los estados del sur tampoco quedan atrás, pues evidentemente la venta a Cuba de sus excedentes implicaría no solo ganancias millonarias, sino la creación de nuevos puestos de trabajo en sus respectivas regiones. Las grandes compañías hoteleras, entre las que se encuentran las de Trump, ven con desasosiego a conglomerados como Meliá que están copando todo el entramado hotelero cubano y el futuro mercado, aún virgen, que se abrirá con la entrada de millones de norteamericanos a la paradisíaca isla. En las áreas de biotecnología, agricultura, prospección de petróleo y gas en aguas territoriales cubanas, farmacia y turismo están los principales intereses de las corporaciones norteamericanas, que obligarán a Trump a bajar el tono de su discurso sobre Cuba. Pero si esto no fuera suficiente, aunque en su campaña no ha hecho muchas referencias a la relación de su gobierno con países de Latinoamérica, aquí el peso simbólico de Cuba influye decisivamente, ya que la mayoría de estos países ha visto con agrado el acercamiento de los dos países, y es conocida la influencia de La Habana en el proceso de paz de Colombia y la visita de Santos al sepelio de Fidel Castro. Santos es el presidente de Colombia, uno de los aliados fundamentales en la región. Hacer retroceder las medidas de Obama sería un craso error estratégico en la política norteamericana, y Trump lo sabe.

Existe una anécdota picaresca sobre las relaciones entre las empresas de Trump y Cuba, y las supuestas violaciones al embargo estadounidense. Businessweek denunció que varios ejecutivos y consejeros de las empresas de Trump especializadas en operar campos de golf de lujo fueron a La Habana en el 2013 con el fin de buscar el futuro mercado para sus inversiones. Por supuesto, en Cuba solo hay un pequeño campo de golf situado en Varadero, que era propiedad de Dupont, capitalista de la Industria química, construida a principios de la década del treinta del siglo XX, por lo que el país sería el destino propicio para invertir en campos de golf en espera del turismo de alto standing que sin duda llegará en breve, cuando se levante el bloqueo. De estos elementos tiene claridad Trump, el pragmático Trump, que sabe que la política está muy bien, que hay que mantener cierta coherencia con las promesas electorales pero que también sabe que el dinero no huele, venga de donde venga, aunque sea de los enemigos comunistas. De repente, General Electric ha firmado un memorándum de entendimiento con el Gobierno cubano en las áreas de aviación, equipos médicos y energía, y Picariello, representante de Norwegian Cruise Line Holdings, publica que su compañía está tomando acuerdos con el Gobierno cubano para expandir su negocio en la isla. Y Google. Y Mastercard. Estos son negocios, no es nada personal, les diría Trump en un futuro a sus votantes cubanoamericanos de derecha.

Que nadie se asombre si de repente nos enteramos que el señor Trump está haciendo lo que Obama no pudo: presionar al Congreso, donde va a tener mayoría, para levantar el bloqueo y comenzar la añorada construcción de sus campos de golf en Cuba. Ya sabemos que el dinero no huele. Y el que no esté de acuerdo pues que le den. Las reglas capitalistas son así. El negocio del embargo lleva más cincuenta años y ya no está dando las mismas ganancias que antes; por tanto, es un negocio a punto de quebrar, un negocio cuyo modelo está desfasado y gastado. Hay que cambiarlo entonces. Que no se asombren si de repente en el lobby del Hotel Habana Libre alguien escribe con letras gigantescas Havana Libre Trump y de repente se desarrolla allí una reunión protocolar y de negocios entre Putin, Trump y la dirigencia cubana con botellas de champán abiertas. Como diría mi difunta abuela: Caballero, es que se ven tantas cosas en este mundo.

Víctor Hugo Pérez Gallo es un escritor cubano. Doctor en Sociología por la Universidad de Oriente y catedrático de Sociología de la Cultura. También trabaja temas relacionados con el poder, el género y el conocimiento. Ha publicado varios libros y monografías en Cuba, España, Francia e Italia, entre los que se encuentran: Algunas contradicciones epistemológicas de los estudios de las masculinidades en Cuba, La etnometodología aplicada a los estudios de género y Los endemoniados de Yaguaramas.





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