Artículo de Revista Global 11

El boom literario de Chicago

La ciudad de Chicago ha experimentados un renacimiento cultural tal que algunos la han comparado con Nueva York. La llegada de escritores de otras latitudes y el aumento de publicaciones y actividades literarias ha impulsado una nueva generación de autores que narra el hormigueo de esta metrópolis.

El boom literario de Chicago

Hablar de narrativa en la ciudad de Chicago implica hablar sobre todo de Saul Bellow. Sin duda alguna Bellow es el escritor por excelencia de la ciudad de Chicago. Con esto quiero decir que Bellow supo asimilar la vida de los habitantes de la ciudad y retratarla íntegramente en sus textos. Así como James Joyce se considera el escritor que mejor supo expresar la conciencia colectiva de Dublín, de esa manera se puede ver a Saul Bellow con relación a Chicago. El premio Nóbel de 1976 escribió The Adventures of Augie y Humboldt’s Gift que son consideradas por un sinnúmero de críticos como dos de las más grandes novelas norteamericanas. También escribió Mr. Sammler’s Planet, Herzog, Seize the day, The Victim, entre otros deslumbrantes textos. Libro tras libro, Bellow escribió en diversos registros, pero siempre con una voz moderna y depurada que era al mismo tiempo la voz de Chicago y la voz de un individuo en busca de sí mismo.

La muerte el año pasado de Saul Bellow, a los 99 años, hizo que una serie de críticos y entusiastas de la literatura se llevaran las manos a la cabeza e histéricos se preguntaran por la situación de la literatura. Las portadas de los periódicos mostraban la cara arrugada de Saul Bellow detrás de una máquina de escribir. Intelectuales, políticos y escritores escribieron artículos y opinaron. En una entrevista, Philip Roth dijo que los dos grandes escritores norteamericanos del siglo XX eran William Faulkner y Saul Bellow. Varios escritores se dirigieron a la ciudad, como si fueran descendientes directos del escritor y volvieran en busca de su herencia. Los que leyeron a Bellow en la escuela, los que lo leyeron por la mitad y los que nunca han leído a Bellow, opinaban. Y se opinó tanto al extremo de que se empezaron a preguntar por la nueva generación de escritores y si la muerte de Bellow no traería consigo una crisis en la literatura de la ciudad.

A través de las páginas de Bellow, una serie de excéntricos personajes entran y salen sin pedir permiso. Sus personajes están mucho más vivos que los individuos de carne y hueso en que estuvieron basados. Sus grandes novelas son narradas en primera persona, en una voz auténtica y de diversos registros que nos mantiene al filo de lo que acontece, como si los personajes estuvieran frente a nosotros y nos hablaran mirándonos a los ojos.

Definitivamente, sus novelas y sus cuentos forman parte de la percepción que se tiene de Chicago. Los lectores y los escritores han aprendido a ver la ciudad de la manera en que se aprecia en sus textos. Se puede pensar que cuando un escritor escribe sobre determinado espacio resulta más sencillo trasladar los referentes al papel, debido a que los giros verbales ya han sido adaptados literariamente y las palabras han capturado la realidad circundante. Sin embargo, esto es totalmente falso. No porque grandes escritores hayan escrito sobre París, implica que es más sencillo escribir sobre esta ciudad, así como el que se haya escrito tan poco de Santo Domingo quiere decir que sea más difícil escribir sobre la cápita de la República Dominicana. Lo que sí es sencillo es plagiar, no arriesgarse, utilizar clichés y repetir una y otra vez las mismas fórmulas literarias. Si bien es cierto que existen modelos y técnicas de abordar cierta realidad, éstas más bien sirven como herramientas y propuestas para que dicho escritor las trascienda y pueda expresar particularmente sus ideas y sus sentimientos. Bellow pudo expresar en sus páginas las aspiraciones, las vivencias y la derrota que la generación proveniente de un Chicago de gánsteres y de adolescentes criados durante la depresión poseía. Pero al mismo tiempo sus textos van más allá y presentan un análisis del ser humano perteneciente a todas las épocas y a cualquier región geográfica y sentimental. Y esto es lo que lo diferencia de un sinnúmero de literatos y científicos que escribieron sobre la ciudad. Bellow escribe sobre su generación de una manera arquetípica y, por tanto, sus personajes siempre van a estar paseándose con vida por sus libros, independientemente de lo que pase con Chicago o con los Estados Unidos.

La prosa de Bellow es ágil, directa y va fluyendo en la memoria de sus lectores cual si fuera un río. Así como su prosa, la influencia de Saul Bellow es semejante a un río que avanza y se repliega a través de generaciones de escritores fundamentales como Philip Roth y cineastas como Woody Allen. En el discurso del premio Nobel, Bellow cerró con las siguientes palabras: “La novela se balancea entre unas pocas impresiones verdaderas y un montón de mentiras que construyen generalmente lo que denominamos vida. Nos dice que por cada ser humano hay una diversidad de existencias, que la simple existencia es en parte una ilusión, que estas variadas existencias significan algo, tienden a algo, completan alguna cosa; nos promete coherencia, armonía e incluso justicia. Lo que Conrad decía era cierto, el arte se propone encontrar en el universo, tanto en los problemas como en los hechos de la vida, qué es lo fundamental, lo trascendente, lo esencial”.

Jeffrey Eugenides

Jeffrey Eugenides es uno de los pocos escritores modernos que busca lo expresado por Bellow al final de su discurso de entrega del premio Nobel. Ha escrito Las vírgenes suicidas y Middlesex, dos novelas consideradas por la crítica como perfectas muestras de la mejor literatura norteamericana de los últimos 20 años e imprescindibles para los amantes de la buena literatura en cualquier lengua. La adaptación cinematográfica de la primera y el premio Pulitzer obtenido por la segunda sitúan a Eugenides entre los autores más leídos e influyentes de la actualidad. Al ser las dos únicas novelas que el autor ha publicado, los lectores suelen compararlas y contraponerlas. A mí particularmente me gustan las dos, pero cuando se trata de elegir, prefiero quedarme con Middlesex, que trata de las aventuras de Cal (Calliope Stephanides), un hermafrodita que, como Tiresias, vive parte de su vida como mujer y parte de su vida como hombre, y de su familia, compuesta de inmigrantes griegos que se asientan en la ciudad industrial de Detroit y en sus suburbios. Al autor le tomó nueve años escribir esta novela, compuesta de un sinnúmero de técnicas narrativas y contada por un narrador poco convencional, un hermafrodita que a lo largo del libro se va transformando de mujer a hombre. En una entrevista en donde le preguntaron a Eugenides acerca de cuál es el género del narrador de su novela, éste finalizó ironizando y diciendo que la niña hermafrodita que narra en algunos segmentos de la novela era él mismo.¹

A mediados de 2005, Eugenides se mudó a Chicago, después de haber pasado una larga temporada en Berlín y otras ciudades alemanas. El 8 de septiembre de ese año, asistió al auditorio Harold Washington de la Biblioteca Municipal a una lectura de textos que se realizó en conmemoración del aniversario de la importante editora Picador, en la cual Eugenides estuvo acompañado de los escritores James McManus y Stuart Dybek. En esos días yo había finalizado la lectura de Middlesex y me encontraba residiendo en Chicago, por lo que tuve la oportunidad de asistir al evento y de escuchar lo que tenían que decir Eugenides y los otros escritores.

La actividad comenzó con una lectura de textos inéditos realizada por los novelistas y prosiguió con una discusión entre ellos y el público acerca del estado de la literatura norteamericana. Eugenides leyó un cuento sobre una pareja de músicos que vive entre Berlín y Chicago. Más adelante, durante la discusión, confesó que no había leído a Harry Porter y explicó la falta de fe que le tiene a los blogs y cómo los escritores que escriben en estos medios necesitan de editores, debido a que la función de éstos es parte fundamental del ejercicio literario y resulta imposible obviarlos. También se refirió a una experiencia que tuvo recientemente y que lo relaciona directamente con el escritor John Irving.

Dos semanas antes del acto en cuestión, John Irving acababa de publicar en Chicago su última novela Until I Find You, la cual está basada en su niñez, en su relación con su madre y su padrastro, en cómo fue violado a los 11 años por una señora y el descubrimiento de su padre biológico a partir de una llamada realizada por un hermano de padre del que nunca había oído hablar. Eugenides, conversando posteriormente acerca del caso con John Irving, se dio cuenta de que había conocido a su padre años atrás y que se había basado en él para crear uno de los personajes de la novela Las vírgenes suicidas. Se refirió a este hecho para ilustrar la respuesta a la pregunta de si existían diferencias entre la ficción y la realidad.

Al finalizar la discusión, los novelistas procedieron a firmar los libros. La fila era larga. De tanto en tanto una señora delgada y con lentes pasaba y preguntaba amablemente a las personas si deseaban que el escritor les hiciera una dedicatoria. Si la persona en cuestión asentía, ella escribía en un papelito la dedicatoria y la colocaba en la primera página del libro. Las personas le estrechaban las manos a Eugenides y en ocasiones las mujeres entusiastas lo besaban en las mejillas o llegaban hasta el extremo de abrazarlo y murmurarle que el libro les había cambiado la vida. También se encontraban una serie de excéntricos sujetos que le preguntaban su dirección de correo para mandarle sus manuscritos o que le regalaban sus libros y le pedían que les jurara que los iba a leer. Cuando llegó mi turno, le dije que era dominicano. Eugenides se interesó y me hizo una serie de preguntas. Recuerdo que me preguntó si Junot Díaz se encontraba vivo y si los restos de Cristóbal Colón que están en Santo Domingo eran los reales. Conversamos unos minutos mientras la señora delgada y con lentes se acercaba y se alejaba. Señalaba hacia la fila que se iba extendiendo y que para entonces salía del auditorio. Eugenides me pasó el libro con la mano derecha e intentó estrechar mi mano derecha con su mano izquierda, pero acrobáticamente tomó el libro con su mano izquierda, me lo tendió y me estrechó la mano derecha con su mano derecha.

El hombre de ninguna parte

“Todas las cosas serían exactamente iguales si el espacio que su cuerpo ocupaba en ese momento se hallara vacío: la gente caminaría con la misma resolución de siempre, sosteniendo la misma cartera y el mismo maletín, quizás infinitamente más felices, porque habría más espacio libre sin su cuerpo en el medio.”²

En este pasaje de su primer libro, el escritor Aleksandar Hemon describe a la perfección la amarga condición de un exiliado. Anteriormente, los Beatles habían logrado algo parecido en el texto de la canción Nowhere Man. Aleksandar Hemon sabía esto, ya que esa canción fue incluida en el repertorio de la banda de rock que tuvo durante su adolescencia y posteriormente la utilizaría para titular su primera y hasta la fecha única novela. Podemos perfectamente imaginarlo en dos escenarios: primero, cantando en su rudimentario inglés las letras de Nowhere Man en un café lleno de humo, y, segundo, sentado en su escritorio, escribiendo la novela.

¿Es Aleksandar Hemon un escritor de Chicago? No lo creo. Como Joseph Pronek, protagonista de sus libros y especie de alter ego, Hemon siempre está en movimiento, desplazándose de un punto a otro punto. Lo que Hemon escribe pertenece de igual manera a todas partes y al mismo tiempo a ninguna parte. La portada de Nowhere Man tiene la foto de un hombre vestido de negro, dándonos la espalda; la chaqueta negra alzada por ambos brazos, cubriéndolo completamente, de manera que no se puede distinguir su cabeza ni sus brazos. El hombre avanza, rodeado de una llanura solitaria, a través de un camino de tierra. Este hombre bien podría ser Hemon y al mismo tiempo ser uno de esos personajes que abundan en sus libros.

Uno de los temas más recurrentes de la obra de Hemon es la identidad. Al respecto, escribe lo siguiente en Nowhere Man. “A una joven pareja en Evanston que estaba sentada en un mueble agarrada de la mano, Pronek se presentó a sí mismo como Mirza de Bosnia. A una universitaria en La Grange con las palabras DE PAW estiradas alrededor de su trasero él se presentó a sí mismo como Sergei Katastronfenko de Ucrania. A un hombre en Oak Park con un pajón que le caía hasta los hombros y la parte de arriba de su cabeza brillante de sudor, él se presentó a sí mismo como Jukka Smrdiprdiuskas de Estonia. Para una vieja pareja proveniente de Rumania que se hallaba en Homewood, que no sabía hablar inglés y que se sentó a su lado, tocando con sus manos delicadamente sus rodillas, él era John de Liverpool. Para un obrero cansado en Forest Park que abrió la puerta con rabia y preguntó, ‘¿quién coño eres tú?’, él era Nadie. Para un sacerdote católico en Blue Island, con eczema y un apuesto novio de ojos azules, él era Phillip de Luxemburgo. Para un grupo de cristianos ciclistas barrigones que tenían una barbacoa en el estacionamiento de Walgreen en Elk Gorve Village, él era Joseph de Sniztlland (las tierras de los Snitzl). Para una mujer en Hyde Park que abrió la puerta con una horrible mueca, que luego transmigró en una especie de sonrisa mientras decía, ‘pensé que eras otra persona’, él fue otra persona.”³

Particularmente, me parece más pertinente preguntar de dónde viene Hemon en vez de preguntar hacia dónde va. ¿Quién es Aleksandar Hemon? Sabemos que nace en Sarajevo (Bosnia-Herzegovina) en 1964. A corta edad se alista en el ejército. Al pasarse unos meses en la milicia y enfrentarse cara a cara con la realidad de esa institución, deserta y se matricula en Literatura en la Universidad de Sarajevo. Viaja continuamente al interior y al exterior del país. Presencia la caída de la Unión Soviética desde la televisión de un hotel ucraniano. Al mismo tiempo que estudia escribe artículos sobre artistas internacionales y cuentos que publica en revistas y periódicos de Sarajevo. En 1992 viaja a los Estados Unidos, becado por un programa de intercambio cultural que lo lleva a lo largo y ancho del país. El 1 de mayo, el ejército yugoslavo ataca la ciudad de Sarajevo y Aleksandar Hemon no tiene más opción que pedir asilo político al Gobierno estadounidense. Se radica en la ciudad de Chicago. Cambia de trabajo continuamente. Trabaja como voluntario de la organización Greenpeace. Friega platos. Prepara sándwiches. Lee novelas norteamericanas e inglesas con la ayuda de un diccionario y ve de noche las noticias en CNN para mejorar su inglés rudimentario. Empieza a escribir en inglés. Posteriormente expresaría: “Escribo en inglés porque vivo en un mundo en donde se habla en inglés. Mi experiencia ahora mismo está más cercana al inglés que al idioma bosnio”.⁴

En 1995, tras tres años de vivir en los Estados Unidos, publica su primer cuento en inglés. Su ahínco y su disciplina lo convierten en un escritor con un manejo impresionante de la lengua y de los giros verbales que en ocasiones recuerda al mejor Saul Bellow y a las sentencias de Vladimir Nabokov. Empieza a recibir premios y reconocimientos y sus cuentos aparecen continuamente en revistas como The New Yorker y antologías como The Best American Short Stories. Publica el libro de cuentos The Question of Bruno, y la novela Nowhere Man, que enseguida se traduce a un sinnúmero de lenguas y que lo catapulta como figura señera en el panorama de la nueva literatura mundial.

Mientras el primer libro está compuesto por cuentos que guardan una unidad y que al mismo tiempo se entrelazan, en Nowhere Man la estructura narrativa funciona semejante a un compás que empieza a girar en el papel hasta dar la vuelta completa. En este libro, los capítulos no sólo se centran en el errar de Joseph Pronek, sino también en el errar de un sinnúmero de europeos que de las formas más disímiles y misteriosas se relacionan con el protagonista. Desde un tour de force por Chicago, Sarajevo, Ucrania y Shanghai a encuentros hilarantes con el presidente George Bush padre; desde manifestaciones ilegales realizadas por Greenpeace al asesinato de un ratón con un libro, y de ahí a una historia de detectives y varias historias de amor, la novela de Hemon se expande y se expande continuamente ofreciéndonos una de las propuestas narrativas más interesantes de los últimos tiempos.

Al preguntarle en una ocasión cuál considera que es el papel del lector en las narraciones que escribe, Hemon respondió lo siguiente. “[…] el lector me dice la función de lo que narro. Y si al lector le interesa participar en el intercambio, las narraciones funcionan. Cuando me hiciste la pregunta acerca del lector, me di cuenta de que no es sólo que imagino un lector, lo que imagino es mi narración siendo leída. Algunas veces es una persona particular leyéndola, algunas veces un tipo particular de lector, pero al mismo tiempo es la situación de un lector anónimo leyéndola: alguien en algún sitio está alzando la historia, sin saber nada de mí, sin importarle todas las cosas importantes que podría haber querido decir. Él o ella toman la narración y la empiezan a leer, sin ningún tipo de obligación o compromiso la narración podría ser abandonada y olvidada en cualquier momento. Pero cuando escribo, estoy en medio de mi telaraña narrativa, presintiendo un movimiento aleatorio leve en su margen, una vibración repentina de uno de los hilos sedosos. Nunca estoy seguro de lo que quiero que mi narración le haga a los lectores, exceptuando que cuando ellos no se ríen de las cosas que pienso que son chistosas, la narración no está cumpliendo su función.”⁵

Aleskandar Hemon reside actualmente en la ciudad de Chicago. Es frecuente toparse con él en lecturas públicas, en conferencias y en eventos culturales. Lo fui a ver hace unos meses, en un homenaje que la biblioteca municipal de Chicago realizó a propósito de la muerte de Saul Bellow, en el que Hemon leyó unos pasajes del libro Something to Remember me by y comentó junto a una periodista y otro escritor la importancia de la obra del premio Nóbel. Al preguntarle por la influencia que tiene la ciudad de Chicago en Saul Bellow, Hemon respondió que para un artista las ciudades son escenarios donde se trasponen las pasiones y los sentimientos de las personas, e incluso dijo que Bellow, en otras circunstancias, hubiera podido escoger la ciudad de Nueva York de la misma manera en que escogió la ciudad de Chicago. El público, en su mayoría autoridades de la ciudad y miembros de la biblioteca, empezó a levantar sus manos y a alzar un murmullo que se transformó al minuto en una serie de preguntas que intentaban descalificar el comentario de Hemon. Al aproximarse al micrófono, éste dijo que no tenía comentarios. Levantó su vaso de agua y bebió.

El club de lectura de Oprah Winfrey

En Chicago se escribe con tesón y el teclear de las computadoras en cuartos de estudiantes, en cafés y en barrios solitarios es continuo y augura futuros narradores. Está la novela Crossing California de Adam Langer y los volúmenes de cuentos The Coast of Chicago y Childhood and other Neighborhoods de Stuart Dybek. Están los que leen sus narraciones en lugares abiertos, tales como Myopic Books, The Spare Room y The Art Institute. Están los que van a los cursos de escritura creativa y los que presentan propuestas riesgosas y bien interesantes. Están los best sellers y los novelistas que pertenecen al Oprah´s Book Club. En cuanto a esto último, a mediados de los ochenta Oprah Winfrey empezó a editar novelas para los millones y millones de espectadores de su programa de televisión con el fin de distribuirlas en librerías a un precio módico y posteriormente invitar al autor a que discutiera la novela con la audiencia. Dicha iniciativa resultó fructífera y exitosa para las amas de casa que siguen comprando las novelas en supermercados, en librerías y en aeropuertos, y a quienes no es extraño encontrar dormidas en el metro con uno de estos libros entre las rodillas.

A medida que los años transcurrían, Oprah empezó a arriesgarse y a publicar autores de mayor calidad literaria como Joyce Carol Oates y la ganadora del premio Nobel Toni Morrison. En 2001, Oprah se decidió por publicar un autor de la nueva generación de escritores, decidiéndose por la excelente novela The Corrections, de Jonathan Franzen, la que inmediatamente se disparó al primer lugar en la lista de libros más vendidos. Una semana antes de comparecer al programa de Oprah a discutir su libro, Franzen emitió unas declaraciones en las que descalificaba la audiencia del show y a la misma Oprah. Al hacerse públicas las declaraciones, Oprah inmediatamente canceló la presentación que tenía prevista con el escritor y detuvo las ediciones del libro. Una semana después el libro ganó el National Book Award. A pocos meses del incidente, Franzen publicaría un volumen de ensayos sobre cómo estar solo y apartado de la mass media norteamericana, titulado How to be alone.

Oprah entonces se encerró en su lujoso penthouse de la Michigan Avenue y se puso a leer. Leyó los clásicos. Leyó la novela East of Eden de John Steinbeck y decidió publicarla. Se decidió en adelante por autores muertos, como William Faulkner y Carson McCullers. Recientemente llegó a sus manos la autobiografía de James Frey: A Million little pieces, que Oprah finalizó con lágrimas en los ojos. El libro, basado en la tumultuosa vida de dicho autor, relata suicidios, experiencias con drogas fuertes, alcohol y su estadía en la cárcel. El 26 de octubre, James Frey asistió al programa de Oprah Winfrey, asegurando que todo lo que había escrito en el libro era cierto. Sin embargo, después de haber vendido más de tres millones y medio de copias y de haberse convertido en uno de los más vendidos del año pasado, en una investigación realizada por la revista The Smoking gun⁶ se demostró que gran parte de lo que había dicho el autor en el libro era falso y más que de una autobiografía o de un libro de memorias se trataba de un libro de ficción. Oprah Winfrey no tuvo más opción que invitar a James Frey al programa del 26 de enero de 2006 para que éste se disculpara públicamente. Cuando Oprah le preguntó por qué había mentido, James Frey contestó que en ocasiones él se ve más fuerte y más malo de lo que anteriormente era.

Algo por lo que recordarme

Abandoné Chicago un viernes de madrugada. Junto a Paúl Álvarez que me visitó durante esos días y que me ayudó a arrastrar las cuatro maletas por la nieve, tomé un bus en Halsted y me transferí a la línea azul del metro que conduce al aeropuerto O’Hare. El día anterior había caído una de las tormentas de nieve más fuertes e intensas de los últimos 40 años. La nieve se amontonaba por doquier. Los techos de las casas, los parques y las aceras estaban emblanquecidos. Los camiones que recogían la nieve atravesaban de extremo a extremo las calles. La gente quitaba con palas la nieve de los portales y dejaba los carros encendidos por largo tiempo para que se calentaran. Tuve la última visión de Chicago desde la ventana del metro. Entre casas, tiendas y gasolineras, distinguí a lo lejos la silueta de los edificios del centro de la ciudad, arropada por la luz del amanecer. En ese momento recordé uno de los cuentos más logrados y valiosos de Saul Bellow, Something to Remember me by. Bellow narra la humorística situación en que se ve envuelto un adolescente repartidor de flores de los años de la depresión que, engañado por una prostituta, termina con un vestido de mujer por las calles heladas de Chicago. No obstante, más que del cuento, recordé un pasaje de ese cuento que Aleskandar Hemon leyó de pie en el auditorio de la biblioteca municipal y en donde es evidente que Bellow está hablando de sí mismo. El pasaje es el siguiente: “Había contadores e ingenieros en las filas de la sopa. En el mundo de la depresión, las profesiones no tenían ningún tipo de función. Por tanto, eras libre de hacer algo extraordinario por ti mismo. Podría haber dicho, si no hubiera estado tan excitado al punto de sentirme enfermo, que no daba vueltas alrededor de la ciudad en autobuses para hacer unos pesos o para servir a mi familia, sino para darle una lectura a esta aburrida, depresiva, fea, infinita y podrida ciudad. No podía haberlo pensado entonces, pero ahora entiendo que mi propósito era el de interpretar este lugar. Su poder era tremendo. Al igual que el mío, en potencia. Me rehusé a creer por un instante que las personas aquí estaban haciendo lo que ellos pensaban que estaban haciendo. Bajo la vida aparente de estas calles estaba su vida real, bajo cada rostro el verdadero rostro, bajo cada voz y sus palabras el verdadero tono y el verdadero mensaje. Por supuesto, no era el momento de decir semejantes cosas. Estaba más allá de mí en ese momento el decirlas”.⁷

Frank Báez es poeta y narrador. Ha publicado Jarrón y otros poemas, además de una serie de cuentos, poemas, ensayos y traducciones, tanto en revistas nacionales como internacionales. Es editor de la revista de poesía Ping Pong. Es técnico del Instituto de Opinión Pública (INOP) de FUNGLODE.

Notas

  1. Safran Foer, Johnathan. “Jeffrey Eugenides”. Bomb Magazine. <http://www.bombsite.com/eugenides/eugenides7.html>
  2. Hemon, Aleksandar. The Question of Bruno. Vintage International. 2000. Estados Unidos. Pág. 164.
  3. Hemon, Aleksandar. Nowhere Man. Vintage International. Estados Unidos. Pág. 179 y 180.
  4. Hemon, Aleksandar y Englander, Nathan. Round table: A Correspondence. <http://www.randomhouse.com/boldtype/0500/hemon/rtable.html>.
  5. Hemon, Aleksandar y Englander, Nathan. Round table: A Correspondence. <http://www.randomhouse.com/boldtype/0500/hemon/rtable.html>.
  6. “A Million Little Lies. Exposing James Frey Fiction Addiction.” <http://www.thesmokinggun.com/ archive/0104061jamesfrey1.html>.
  7. Bellow, Saul. Something to Remember me by. Three Tales. Editora A Signet Book. 1989. Estados Unidos. Pág. 200.

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