Artículo de Revista Global 20

El Caribe, espacio de creación

El Caribe representa un espacio con una amplia trayectoria en la producción literaria y de las artes plásticas y visuales del siglo XX y de principios del XXI, un fecundo patrimonio de la palabra que ofrece al imaginario un amplio campo de material creativo.

El Caribe, espacio de creación

Carpentier, Cèsaire, Walcott, Glissant, Lamming, son autores que desde sus respectivas lenguas han abierto espacios y contribuido con grandes aportes a la literatura universal, enriqueciendo el pensamiento y planteando nuevos parámetros en el concierto de las voces de los países independizados.

Los escritores caribeños, al igual que los artistas plásticos y visuales en sus diferentes medios de expresión, han cuestionado y siguen cuestionando los conceptos estéticos de la creación desde un exclusivo lenguaje occidental. Por ejemplo, la narrativa de Alejo Carpentier ha suscitado grandes interrogantes en la crítica literaria universal al ser calificada de barroca, término cuestionable frente a una producción de vital trascendencia en la historia de la literatura latinoamericana.

El calificativo barroco, transportado desde Europa a América, genera grandes planteamientos sobre el concepto y las probables interpretaciones del término en Occidente que, a su vez, se pueden justificar en la obra carpentiana por la profusión de los detalles, por la forma de la descripción a manera de “encajes” y por sus ambientaciones, en las que ejerce el don y el duende “de contar”. Y es que estamos en un mundo real, arrebatado de luces y de sombras; un mundo asomado al mar, donde todo suena y todo es visible, donde florece la narrativa como esencia de su misma estética.

Sin embargo, en múltiples conversaciones y coloquios se intenta aclarar que el barroquismo definido desde Occidente merece matizarse frente al llamado del entorno intelectual y humano del Caribe.

La literatura contemporánea tiene elementos de fusión y de hibridaciones que nacen de la mágico-religiosidad y de la espiritualidad del patrimonio yoruba enraizado en Cuba desde los primeros años de la colonia.

De la complejidad de esta trama y de su diversidad cultural viene la esencial particularidad que podríamos llamar sincretismo. Este calificativo nos posiciona frente a un mundo hecho de diversos momentos históricos en el que han confluido todos los continentes y sus culturas, aunque conscientes de sus especificidades y excepciones. Son estos aspectos fundamentales los que no podemos perder de vista, acontecimientos históricos que han dejado su huella.

Vale recordar las palabras del premio Nobel de Literatura Derek Walcott, oriundo de Santa Lucía y residente en Trinidad, quien, en su discurso de 1992 al momento de recibir el galardón, dijo: “El arte antillano es esa restauración de nuestra historia hecha añicos, nuestro casco de vocabulario, así como nuestro archipiélago; es el sinónimo de los pedazos separados del continente originario”.

Con la referencia hecha a estos maestros, Carpentier y Walcott, nos situamos con excelencia en el mundo hecho de todos los mundos, “con la conciencia nunca abandonada ni la memoria cortada de la cruel deportación de nuestros hermanos africanos”, apunta el intelectual martiniqueño Edouard Glissant en su obra Le Tout Monde.

La diversidad, la complejidad histórica e intelectual de todos estos mundos caribeños convergen, sin embargo, en encuentros estéticos compartidos. Aimé Césaire, poeta faro de Martinica, impuso con alegoría y convicción una propuesta estética en la que África se evoca como la matriz, la tierra madre de la négritude. La referencia a África en el imaginario concierne también a la poética de Nicolás Guillén, Matos Palé, Manuel del Cabral y Manuel Rueda, junto a otros poetas que a través de sus rimas y metáforas tomaron en cuenta la alquimia de lenguas y sonidos que provienen de la civilización africana.

A partir de los años setenta y ochenta, liberados del radicalismo ideológico poscolonial, los creadores del Caribe se dirigen hacia una búsqueda más aferrada de la antillanidad como espacio de valores culturales múltiples que, dentro de la convivencia, convergen en un imaginario donde la metáfora y la imagen se inscriben en el entorno de la región. “Ni africanos, ni europeos, ni amerindios, pero sí antillanos, es decir, que somos un pueblo compuesto por los aportes de una totalidad del mundo fraccionado que vino a las Antillas”, dice Glissant.

Es precisamente este intelectual martiniqueño quien después de publicar su libro emblemático El discurso antillano en 1981 y en la mencionada novela-manifiesto Le Tout Monde adelanta que el Caribe existe a través de una dinámica incesante en la que se van integrando fracciones de todas las civilizaciones y de toda la humanidad, que al experimentar el encuentro y la fusión proponen una visión del mundo global.

Este concepto se fundamenta en el mestizaje, en la hibridación de valores que obligatoriamente trascienden la palabra y la imagen.

En la literatura caribeña contemporánea, la obra de Marcio Veloz Maggiolo Sombra Castañeda es una perfecta ilustración de todos estos elementos del mestizaje, de la fusión literaria y de la intemporalidad. Es una novela en la que los personajes sobreviven a través de los siglos y de las leyendas en una exuberante escenografía de la historia desde el origen. Como en las obras de Jacques Romain, Alejo Carpentier, Jacques Stephen Alexis, René Depestre, Mayra Montero, Edwige Danticat y Julia Álvarez, la realidad convive con la fantasía, la magia con la religión, y la violencia con la sensualidad y sensorialidad de un espacio terrestre orgánico y botánico que se impone en cada momento de la cotidianidad.

Arte de decir y narrar

El Caribe es de algún modo materia literaria. El arte de decir y el arte de narrar se abrazan con perfecta armonía. Estamos frente al don del verbo y de la palabra.

Las artes plásticas y visuales contienen también una intensa fuerza narrativa en las obras figurativas, aun cuando los artistas más vanguardistas de Haití se liberan de la trascendencia y de las influencias de los maestros primitivos naif. Pintores como Sambalé, Frantz Lamothe y Edouard Duval Carrié siguen fuertemente influidos por la paleta y espiritualidad de sus maestros. El imaginario visual se nutre de las referencias históricas y míticas originarias del vudú, pero también de las leyendas amerindias heredadas de los taínos y de los arahuacos.

El mito de la civilización perdida entra en la pintura contemporánea de manera significativa con Antonio Guadalupe, quien impulsó en la República Dominicana una tendencia indigenista con ecos internacionales en corrientes artísticas de Martinica y Guadalupe.

Por su parte, Radhamés Mejía, artista dominicano residente en París en la década de los noventa, busca en su obra códigos y signos gráficos, testimonios visuales de los rituales taínos.

La figuración narrativa concierne todo el Caribe insular y continental. En la producción artística y literaria la palabra y la imagen real o metafórica son cómplices y hermanas siamesas porque el Caribe se impone al artista y al escritor con toda su fuerza mítica, histórica y física. La palabra, en muchos autores, es imagen. Este sentimiento es tan fuerte que Derek Walcott expresa en una entrevista hecha por la BBC de Londres que por la mañana no sabe si va a escribir o si va a pintar, pues el mundo que le rodea es tan intenso, tan fuerte en colores, movimientos y olores, que se siente envuelto en él, siempre frente al mar.

Tanto en la literatura como en las obras plásticas y visuales, el Caribe es sujeto y objeto de creación. Si leemos la obra cuentística de Juan Bosch, entramos en el mundo profundo del campo y de la cultura provinciana y rural dominicana, y esto sucede también cuando nos ponemos frente a una obra de Yoryi Morel. Penetramos a través de la imagen en la tradición de los usos y costumbres y a través de la frase y de la tela.

Nuevas generaciones

Con las nuevas generaciones, a partir de los ochenta, tanto los escritores como los creadores visuales se encaminan hacia nuevas direcciones, buscando expresiones más directas con sus características individuales y personales, abriéndose hacia perspectivas más internacionales; en pocas palabras: intentando pertenecer al mundo de la creación y del pensamiento universal.

Los años ochenta significan un momento clave de grandes migraciones de los artistas y de los escritores a Canadá, Estados Unidos y Europa, formando una nueva perspectiva desde la “otra orilla”, que representa un valor que se viene a añadir a la complejidad de la producción artística.

A partir de estos años, la literatura del Caribe trasciende internacionalmente y el Nobel otorgado a Derek Walcott, después de Alejo Carpentier, atrae el interés internacional hacia la región.

Las nuevas generaciones de escritores pertenecen a la producción literaria de Estados Unidos, como es el caso de Junot Díaz, Julia Álvarez, Edwige Danticat, Dany Laferriére y Jean-René Lemoine, y sus obras se caracterizan dentro de las corrientes y movimientos de la literatura americana y europea, pero con un trasfondo o un primer plano relacionado siempre con la sociedad de origen. En el Caribe también se emigra, se desplaza, se viaja… y se regresa.

Este desplazamiento y dinámica del movimiento marca la producción artística contemporánea en varias direcciones. El estudio Routes, de James Clifford, adelanta que “las experiencias del desarraigo y la confusión, del vivir aquí y recordar o desear otro lugar, hacen que los discursos de la diáspora reflejen una modernidad contrapuntística”.

Este desplazamiento lleva a nuestros escritores y artistas plásticos y visuales a sacar la esencia de la confrontación permanente país-real, país-soñado o simbólico y, como dice Julia Álvarez: “Estoy trazando un país que no está en el mapa y esa es la razón por la que trato de plasmarlo en el papel… Es un mundo formado por contradicciones, choques, mezclas y es precisamente, esa tensión que me interesa. Estar dentro y fuera de dos mundos, mirando un lado o desde el otro”.

Los eventos de arte contemporáneo del Caribe –como las diversas bienales de esta región– demuestran que los creadores visuales a partir de los ochenta se dirigen más hacia los problemas universales de la sociedad –como la emigración ilegal marítima–, trascendiendo en ellos el drama humano de la supervivencia.

El arte se dramatiza, toma espacio y volumen, en la generación de los artistas instaladores como el cubano Kcho, que interpreta este proceso migratorio escenificando barcos y remos. Las instalaciones son puros manifiestos de conciencia social. En su interpretación, los artistas utilizan elementos básicos de la cotidianidad.

Desde su condición de mujer, Belkis Ramírez parte de elementos naturales como la madera para tallar y gravar en sus obras tridimensionales los sufrimientos eternos de la mujer.

Pepón, artista de Puerto Rico residente en Nueva York, se convierte él mismo en actor de sus propios dramas ocupando el espacio diaspórico de Nueva York e interviniendo en sus planteamientos visuales con una escenografía donde el elemento kitsch funciona como la clave de un nuevo lenguaje. El artista visual se convierte en ejecutor e intérprete de su propia obra.

En todo el Caribe los artistas marcan su individualidad despegándose de las implicaciones de identidad y contexto de los años sesenta y setenta. Este momento se caracteriza por el acceso al mundo del arte universal a través de convocatorias internacionales como arco en Madrid, las ferias y bienales de Miami, Puerto Rico, Berlín, la FIAC de París, la Bienal de Venecia y Documenta de Basilea, entre otras de importancia, citas que cada año se interesan y apuestan más por las propuestas de los artistas del Caribe.

Temas como el medio ambiente y la protección ecológica marcan las obras de artistas conceptuales, como un compromiso de salvación frente a la naturaleza amenazada.

Henri Tauliau, artista conceptual de Martinica, crea auténticos invernaderos en sus instalaciones botánicas, como propuesta de conservación. Mientras, Quisqueya Henríquez, artista conceptual cubano-dominicana, trabaja con la fotografía en la reconstitución de imágenes a través de los problemas del desgaste urbanístico, el desastre de la basura y del caos del transporte.

El entorno urbano penetra las obras de los artistas a partir de la generación de los ochenta. Elementos y nuevas técnicas conviven al servicio de una misma obra. La fotografía se integra en las instalaciones y es un recurso fundamental para los artistas conceptuales que en cada cita logra muchas aceptaciones y grandes premios para los que incursionan en este género.

Las nuevas tecnologías son bases esenciales para los artistas actuales: video, recursos digitales, nuevos materiales como el plexiglás.

Los creadores pertenecen al mundo y se enfrentan con las propuestas de todos los horizontes, luchando e intentando penetrar en las reglas del mercado internacional.

Mientras, el arte conceptual, las instalaciones y las performances ocupan un espacio de propuestas y de calidad por todo el Caribe. Vale observar que la pintura se renueva y se mantiene con fuerza con artistas como Oviedo, García-Cordero, Duval-Carrié, Moisés Finalé, Philip Thomarel, Arnaldo Roche Rabell, Alfonso de Windt, Roberta Stoddart, Ernest Breleur y muchos más.

Porque la pintura mantiene una fuerza narrativa intensa y a la vez ha sabido implicarse en los cambios y en la modernización de los diversos lenguajes, visuales como es el caso de Raúl Recio y de Mario Benjamín. El Caribe significa cada vez más un espacio en el mundo de los grandes desafíos intelectuales y artísticos que se pueden presenciar en las ferias internacionales de libro, como la de Santo Domingo, en las bienales de Cuba, en las ferias de Puerto Rico, en el Festival Carifest de Trinidad y en los festivales de Guadalupe y Martinica.

La fuerza de la creación en el Caribe se mide por el interés de los caribeños en ocupar el espacio mundial del arte y de la literatura con la diversidad y la pluralidad que les caracteriza.

El arte y la literatura del Caribe van más allá de sus fronteras. Está por el mundo gracias a sus artistas y escritores que se desplazan a través de una diáspora activa que tanto en Nueva York como en capitales culturales como Madrid, Montreal, Londres, París y Berlín participa de los nuevos retos creativos frente a la globalización y a la contemporaneidad.

Delia Blanco es doctora en Letras y antropóloga, crítica de arte y curadora independiente, especialista en literatura y artes visuales del Caribe, miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA).


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