Artículo de Revista Global 52

El cine de la mente sana en el cuerpo sano

¿De qué manera ha sido el cine deportivo un reflejo de los tiempos en que se realizaron las películas más importantes del género? ¿Cuáles son las mejores cintas deportivas de todas las épocas? ¿Es el cine deportivo una manifestación de lo mejor del cine norteamericano? Para responder a estos interrogantes se realiza un primer paseo por los deportes en la pantalla grande de la mano de figuras como Jackie Robinson, Muhammad Ali y Jake LaMotta.

El cine de la mente sana en el cuerpo sano

Primero lo primero: el cine deportivo, como género cinematográfico, es un reflejo (como el cine de horror y el cine fantástico) de esas corrientes, situaciones, fenómenos y tormentas que perfilan el comportamiento colectivo del momento en un cuerpo de trabajo que puede ser analizado como parte de un todo histórico para ganar la ventaja de una perspectiva completa sobre el oficio de vida, afición, o bien ese rasgo definitorio de una colectividad (el fanático deportivo, el sabihondo de esquina, el comentarista profesional).

En cuanto a las hazañas deportivas documentadas y clasificadas con el paso del tiempo (y lo que estas significan…, aunque el prisma cronológico otorga nuevas fuentes de interpretación a cualquier fenómeno humano, deporte incluido, y en todo, hasta en la política, la guerra, los negocios, el amor y la amistad, las heridas curan y la nostalgia dignifica), independientemente del medio o la confluencia de medios utilizados para ese proceso, los deportes son un espejo calle abajo que funciona como un ensayo antropológico sobre la forma en que el ser humano evoluciona y se comporta en circunstancias adversas, y, en el peor de los casos, un cúmulo de historias sobre sus mejores y peores momentos, moralmente aleccionadoras pero superficiales, películas donde no hay grises y el universo es blanco o negro.

Pero el cine deportivo, visto como un cuerpo particular de obras independientes (con sus circunstancias particulares, sus interpretaciones existenciales propias y sus contextos peculiares), en general ha vivido supeditado a los rigores del mercado, ya que más del 90% de las producciones clasificables dentro de la nomenclatura de «deportivo» las hacen y distribuyen los grandes estudios: como mensajes son identificadoras de grandes nichos o porciones del mercado.

Digo del mercado porque, quizá más que cualquier otro género cinematográfico, el deporte se presta para la pontificación moralizante que ensalza a la figura reseñada hasta el plano del heroísmo, y el drama se incrementa mientras más profundo es el agujero de donde nuestro héroe resurge, dignificado, para ganar el juego en el último segundo, el último inning, el último canasto, el upper-cut espectacular por inesperado… y así sucesivamente.

Más adelante explicaré por qué. Pero antes debo aclarar lo siguiente: soy un dominicano en cuyo consumo deportivo hay un ingrediente esencial y determinante, algo a lo que no me puedo sustraer aunque quiera o lo intente, y a pesar de que, como especie, el «macho caribeño» está en claras, iluminadas, seguras y bien mantenidas vías de extinción. Habiendo dicho esto, declaro lo siguiente: mi amor por el cine no deriva de la misma fuente que mi amor por el deporte. Ahora bien, entre ambos amores, de hecho, no hay conflictos aparentes, horarios, consumos matizados, condicionados por determinado compromiso contractual. Utilizando una metáfora conyugal (en el mismo tono en que Escenas de la vida conyugal [1973] es una metáfora de la existencia por sí misma, autosostenible e independiente de los deportes), podría aseverar que estoy casado con el cine y que el deporte me proporciona diversión ocasional, un divertimento rayano en lo obsceno (el cine, debido a sus requerimientos de atención incondicional, de entrega casi ritual, no combina con la ingesta etílica, mientras que el deporte necesita de esta –un fenómeno transcultural: «Todo el que ve deporte bebe romo», o lo que sea, como lo llamen o lo prefieran, aquí, allá y acullá, desde Francia hasta Borneo, Chicago, Londres, Río de Janeiro y allí arriba, en La Venganza–) para provocar el desenfreno pasional que lo caracteriza, aunque estas dos amantes se conocen pero no se canibalizan. Cada una tiene su espacio, y la segunda (el deporte) sabe que la primera es la señora de la casa… y que nunca la abandonaré. Así, el cine es mi vida; el deporte, la seductora de la buena (o mala) vida (digamos mejor, «la vida divertida» que halla el pretexto para ser en el «voy a ver el juego con lo-tíguere»), cuyos dones y bondades se consumen en un arranque momentáneo de apasionamiento por determinada enseña a la que hemos dedicado un juramento heredado de fidelidad incondicional que mantenemos vigente gracias a estos pilares que dan sentido racional a nuestra dedicación.

El mundo no es perfecto: ¿de qué sirve que todos seamos liceístas?

Balance entre cine y deporte

Aaron Baker, en su ensayo «Sports Films, History and Identity», aborda el tema del cine deportivo con la sencillez que caracteriza a quien le ha dado el tiempo justo a su análisis: la erudición es el premio del sacrificio. «Desde los comienzos de la industria cinematográfica en los Estados Unidos, los deportes profesionales han sido objeto de numerosas películas», dice. El siguiente párrafo establece el punto verdaderamente interesante de su trabajo: «Cientos de películas sobre deportes se han producido bajo los mismos parámetros de sinergia que se han establecido entre el cine y el teatro, la literatura, el mundo de la moda, la televisión, los juguetes y la publicidad». El término sinergia, en el contexto de este ensayo, es de una importancia capital y dimensiona la interacción entre el arte (en este caso el cine) y ese «otro» quehacer (en este caso el deporte), entre los cuales se establece una relación de retroalimentación, de convivencia, de connubio y, ¿por qué no?, de amor y odio (creo que el cine nunca ha tratado al deporte con justicia, mientras que el deporte le sigue dando al cine historias memorables que han sido, en muchas ocasiones, totalmente pisoteadas y, en la mayoría de los casos, mal contadas, y en extraños precedentes, increíbles anecdotarios repletos de sabiduría y elocuencia en cuanto al uso de los rudimentos y términos que componen el lenguaje cinematográfico… Pero este tema lo desarrollaremos más adelante).

El balance dialéctico entre cine y deporte, esa codependencia casi cósmica, no es lo perfecto que nos quieren vender. Baker continúa llevándonos de la mano por la historia mediatizada de la imagen deportiva (sea esta en movimiento o estática…, poco importa) al decirnos que «desde la película documental hasta los reportajes sobre peleas por títulos de boxeo, series mundiales o de campeonato de importancia esencial para la industria cinematográfica que luego se convirtieron en grandes éxitos de taquilla… la colaboración entre el deporte y el cine ha ayudado, más que a nada, al cine a vender entradas».

Y esto es cierto.

Tomemos, por ejemplo, el boxeo.

No recuerdo una buena película de boxeo que no haya sido una biografía, excepto unos pocos casos: la recientemente dirigida por Mark Wahlberg y protagonizada, aparte de él, por Christian Bale, cuya interpretación me dejó hipnotizado, The Fighter (2010), y otras pocas más que se me pierden por ser, a todas luces, menos meritorias. De las biopics, The Hurricane (dirigida por Norman Jewison, con Denzel Washington, de 1999) narra la historia de Rubin Carter, un famoso boxeador cuya vida profesional y personal fue interrumpida por la acusación de un crimen que no cometió. Ali, de Michael Mann (2001), con Will Smith, Jamie Foxx, Jada Pinckett Smith, entre otros tantos, es, ¿qué decir?, la vida de Ali… El más grande boxeador, o showman metido a boxeador, o ambas cosas a la vez, de toda la historia. Nada más, nada menos. Una película, a mi juicio, inflada, a pesar de que le dio a Smith una nominación al Oscar como mejor actor del año. Una película demasiado larga y totalmente llana, sin relieves, curvas inesperadas, colinas, llanos y demás accidentes y sorpresas que dan a la topografía o mapa de una narración cinematográfica ese carácter de paisaje desconocido y, por lo tanto, cautivador para el espectador.

Don King, esa extravagante figura del boxeo de prácticamente todos los tiempos, fue objeto de una biografía protagonizada por Ving Rhames, con su nombre como título (Don King: Only in America, de 1997), a mi juicio la mejor actuación de la carrera del corpulento actor que interpretó, de forma igualmente memorable, a Marcelo Wallace en Pulp Fiction, «monte y culebra», como dicen en «ei sitio».

Pero mis dos favoritas son Toro Salvaje (1980) y Million Dollar Baby (2004). La primera, ganadora del Oscar a la mejor película en su año, al igual que al mejor actor (Robert De Niro), es una de las mejores cintas de la carrera de Martin Scorsese. Biografía a Jake LaMotta, el iconoclasta peso medio que puso un restaurante en Miami después de convertirse en peso pesado (¡mal chiste!), y de que su temperamento lo noqueó (¡peor chiste!), arruinando su vida matrimonial y profesional para luego (¡América, América!) reinventarse al mejor estilo land of opportunity… y eso que ya no vivía en Nueva York, sino en la Florida.

Million Dollar Baby, dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por él mismo, Morgan Freeman y Hillary Swank (otra de ficción que acompaña a la de Wahlberg), es la película más fría, calculada y aplastante que he visto jamás sobre deporte alguno.

Cinderella Man (dirigida por Ron Howard, con Russell Crowe y Renée Zellweger, de 2005) es otra cinta que recuerdo con simpatía, aunque no me pareció especialmente conmovedora, al menos, no más que Rocky (1976), dirigida por John G. Avildsen, interpretada por Sylvester Stallone, Talia Shire y Burt Young,  y con un brillante guion (que le dio un Oscar a Stallone) en su primera versión, claro está (la última parte de la saga, Rocky Balboa, de 2006, me pareció extrañamente simpática).

¿Y la peor? Sin duda alguna, El campeón (The Champ, 1979), de Franco Zefirelli, con Jon Voight y Faye Dunaway, una «drama-mina» interminable que me hizo pensar cuando la vi, con menos de 10 años, que hay minusválidos que merecen serlo, opinión que quedó fatalmente reafirmada cuando volví a verla hace poco tiempo… ¡y sobrio! (no solo una de las peores sobre boxeo, sino una de las peores de todo lo que es cine… y ya…).

¿Qué tienen en común todas estas películas? Profundidad las buenas, y falta de profundidad las malas, las olvidables, las mediocres, las cursis. Otra parte de las buenas (Rocky) constituyen narraciones dignas de ser objeto de un master class de desarrollo de personajes en el guion cinematográfico.

Resumiendo: de todos los deportistas profesionales, los boxeadores son lo más parecido a un gladiador que podamos imaginar o que pueda existir (para mí, los participantes en los Ultimate Fighting Championship no son más que barriles de ira y no valen una película). Cuando les va bien, terminan con el cerebro pulverizado a mediano plazo. Y pantanos de sordidez rodean las más prolíficas carreras. ¿Hay mejor tema para una película que el de un atleta que camina en el filo de la navaja, entre el sueño y la pesadilla? No lo creo. Por eso nunca he comprendido cómo a nadie se le ha ocurrido realizar la biografía de Sonny Liston…, sobre todo con ese magistral libro titulado The Devil and Sonny Liston, de Nick Tosches.

Sobre el tono narrativo del cine deportivo, dice Robert Rosenstone, en Victims of the Past: «La mayoría de las películas deportivas que argumentan tener determinado significado histórico lo hacen a través del retrato del pasado como recuerdo, a través de las preocupaciones del presente».

Es decir: hasta la historia tiene que estar bien contada. Aparte de lo plausible como fundamento, el manejo de las reglas del lenguaje cinematográfico, de la estructuración innovadora de una narración, tiene que estar presente. Y, como decía Hunter Thompson, padre del gonzo: «La mejor noticia es ficción». O Balzac: «Esta historia es totalmente cierta, por cuanto me la inventé de cabo a rabo». Llenar los espacios vacíos de la historia real es lo más fascinante y el reto más insólito que pueden enfrentar los narradores. Pero es ahí, también, donde a cualquiera lo noquean.

Las mejores de la historia

Quizá por eso Carros de fuego (Chariots of Fire [1981] dirigida por Hugh Hudson, con Ben Cross) suena tanto a verdad, con todo y la angelical música de Vangelis, ganadora de tantísimos Oscar (dos o tres) y más nominaciones todavía; fue esta la primera gran película del director de Greystoke: The Legend of Tarzan, Lord of the Apes (1984), o La leyenda de Tarzán, cinta que dio a conocer a Christopher Lambert.

Las leyes del guion para el cine viable comercialmente, inofensivo para un público que quiere y necesita entretenerse y poco más (90 minutos, igual a hora y media, o bien una página de guion, es decir, una hoja de ocho y medio por once, a dos espacios, para un minuto en pantalla), adquieren una dimensión donde sus requerimientos y reglamentos (la onerosa estructura en tres actos como tradición), o dogmas, se reafirman de manera dramática, salvo en contadas excepciones donde la «autoría» del director es más que evidente… Pero como hay muy poco cine deportivo de autor, o ninguno, tendremos que chuparnos los tres actos y los clisés a diestra y siniestra en la realización de cualquier película.

La estructura general es la siguiente: el evento histórico (hazaña deportiva) toma forma a través del argumento dramático organizado en secuencias…, igual que cualquier película o historia cinematográfica. En el caso de la ficción deportiva que no cuenta biografías o hechos históricos aislados con el propósito de dar una interpretación dramática a un fenómeno, evento o grupo de circunstancias, la representación cinematográfica, o bien la conjunción de elementos que dan plausibilidad al cuento en el tiempo y el espacio, requiere todo aquello que ubica al espectador en el espacio donde se desarrolla la acción, la psicología de los personajes, la vestimenta, el momento histórico, y todo aquello que da credibilidad al cuento, sin lo cual, simplemente, no hay película creíble.

Un ejemplo: en The Natural (1984) –del director Barry Levinson, con Robert Redford– Roy Hobbs no puede aparecer llegando a un estadio en un helicóptero, ¿verdad?, porque cuando los New York Knights jugaban no había helicópteros, y así por el estilo. Por lo tanto, la representación cinematográfica en el cine de época (sea pura ficción o biografía, o ambas cosas a la vez) debe ser generada a partir de referentes visuales, anecdóticos o filosóficos, y es de tanta o mayor importancia que en el caso de las películas que recrean eventos históricos determinados (sean deportivas o no) y ya. Aunque aspectos como la objetividad, la licencia dramática o aquello que se cambia por el bien del cuento tienen implicaciones considerables para la producción misma, en términos logísticos, hay cosas en una biografía que uno no puede, de sopetón, inventarse.

Veamos: con todo y estar basada en la portentosa novela de Bernard Malamud, publicada en 1953 y catalogada como la mejor de su género (el autor ganó un Pulitzer y un National Book Award por varias de sus obras, esta entre ellas), y protagonizada por Robert Redford (mejor director que actor, aunque ha salvado su marca personal como actor gracias a no actuar tanto como los otros grandes de la actuación que ya no aparecen en películas más que para reafirmar sus manerismos… ¡y sí, hablo de Robert De Niro, Al Pacino, Jack Nicholson… et al.), quien hace swing como hacen swing las caperucitas rojas y se para en el home plate como si fuera Alicia en el país de las maravillas, The Natural me encanta y es una de las mejores películas de béisbol de la historia (no por sus logros, sino por los fallos de las otras, al menos en el aspecto técnico; es evidente la falta de credibilidad histriónica de la representación actoral: nadie podría creerse a Robert Redford como pelotero), a pesar de que su director, el gran Barry Levinson, tiene sello y estilo personales…, pero en cuanto a pelota, Levinson sin duda era, en su barrio de Baltimore, el chico que «ni apara ni batea», ese «maleta» destinado, como parte de la ineptitud defensiva del equipo, al right field («mándalo pa‘lo‘file», decían) en los juegos del vecindario (George Plimpton, en uno de sus muchos escritos para Cigar Aficionado, explica por qué el right field, gracias a la sobreabundancia de jugadores derechos, era un pacífico reducto bucólico en medio del de por sí tranquilo entorno del diamante de béisbol).

Imagino que tanto Levinson como los productores de The Natural se preguntaban por qué tanto afán con el talento del prospecto Redford después de que la prensa les cayera encima luego del estreno de la cinta −y es que Redford, sin duda alguna, estaba un poco pasado de edad para interpretar a Roy Hobbs−. Y los espectadores, por igual: ¿a quién le importa que Redford no tenga, ni por asomo, estampa de beisbolista, o que se haya negado a aprender a hacer swing, o que a Levinson le diera «tré-pito» que el tipo ni de cerca pareciera un jonronero en las secuencias de acción? ¿A quién? La respuesta: «Barry, querido Barry, al que sabe alguito de pelota… ¡A ese! A ese que no se va a tragar tu cuento…, a ese que se va a dar cuenta de que todo tu esfuerzo de dibujar al personaje en todo su quehacer, sencillamente no fue válido porque el que lo interpretó “no da pelotero”… porque tú, o él, no le dieron la importancia que tiene este pequeño (en aparencia) aspecto para lograr un nivel decente de plausibilidad, de verosimilitud, en la película…, al menos, en lo que a béisbol se refiere… y de eso se trata, ¿o no?».

Y aun así (cosas de la vida), la película me encanta. ¿Qué decir?

«La tercera bola serpenteó hasta el bateador como un meteoro, su llama tragándose a sí misma», narra Malamud en la novela The Natural. Hobbs «levantó su bate para aplastar la pelota y enviarla a un universo de chispas, pero la pesada madera se quedó atrás, y aunque él quería destruirla escuchó un sonido hueco y se dio cuenta, con tristeza, de que la bola que esperaba batear era una cosa del pasado», continúa la narración, una hermosa descripción de un ponche, imposible de retratar en su lirismo por un director que quizá no es tan sensible como esperábamos hacia algo tan sencillo como un «hace swing y abanica».

Un ejemplo interesante de inteligencia y sensibilidad al hacer cine: The Pride of the Yankees (con Gary Cooper, dirigida por Sam Wood [1942]), que exhibe un altísimo y bien logrado nivel de representación cinematográfica a través del cuidado de los diálogos como elementos reveladores y de la jerga deportiva como forma de hablar con poesía y elocuencia sobre el dilema de Gehrig.

El diálogo va así…

Gehrig: Hábleme claro, Doc… ¿Me ponché?

Doctor: Te ponchaste.

Gehrig: Doc, he aprendido algo… Cualquier explicación no cambia la decisión del umpire (o, en buen dominicano, «ampaya»).

Un dato interesante (no todos tienen que saber que Lou Gehrig murió a causa del mal que lleva su nombre): Lou Gehrig fue uno de los más grandes beisbolistas de la historia…, una figura recordada por sus hazañas en el campo de juego y su… –perdón…, me fui en una, sigamos…– diálogo simple, breve, llano, bello, elocuente, filosófico, poético… Un festín, y un master class de escritura para cualquiera que se precie de guionista (¡tenemos, pobres dominicanos, tanto que aprender!, pero ese es otro artículo).

Rubén Lamarche es escritor, periodista y crítico de cine. Ha agotado todas las etapas de la evolución personal de un escritor, haciendo primero periodismo especializado como crítico de cine y periodista de investigación. Fue, durante más de una década, editor internacional a cargo de nuevos proyectos de Mercado Media Network. Lamarche se encargó también del lanzamiento de la versión dominicana de Sports Illustrated, Sports-10, con lo cual acumuló la experiencia del analista in situ, cubriendo diversos eventos deportivos a nivel internacional. Como guionista, está desarrollando distintos proyectos para la pantalla grande y se encuentra preparando un libro de cuentos y una novela, ambos de próxima publicación.

Bibliografía

Baker, Aaron (1998): «Sports Films, History and Identity», Journal of Sport History, New York, Estados Unidos.

Cohen, Rich (2012): They Taught America How To Watch Football, The Atlantic, Washington, Estados Unidos.

Hall, Stuart (1998): Sport Films, History and Identity Journal of Sport History, North American Society for Sport History, Princeton, Estados Unidos.

Malamud, Bernard (1986): The Natural Viking, New York, Estados Unidos.

Pope, S. W. (1997): The New American Sport History, University of Illinois, Boston, Estados Unidos.

Ray Princeton, Robert (1985): A Certain Tendency of the Hollywood Cinema, Princenton University Press, Boston, Estados Unidos.

Rosenstone, Robert (1995): Victims of the Past, Harvard University Press, Cambridge, Estados Unidos.

Sperber, Murray (1993): Shake Down The Thunder: The Creation of Notre Dame Football, Henry Holt Ed., New York, Estados Unidos.

West, Cornel (1994): Race Matters, Vintage Books, New York, Estados Unidos.

Williams, Randy (2007): Deportes cine – 100 películas: Lo mejor de los héroes deportivos de Hollywood, perdedores, mitos e inadaptados de la pantalla de plata, Limelight Editions, New York, Estados Unidos.