Artículo de Revista Global 83

El cine político de Corea del Sur

En menos de veinte años, el cine de Corea del Sur se convirtió en una gran industria. Acaso uno de los fenómenos más sobresalientes de la historia del séptimo arte mundial son las cintas producidas en el sur de la península asiática, las cuales han trascendido cualquier dimensión localista para devenir en un perfecto exponente de los avatares de la globalización en materia audiovisual. En este artículo se analiza un género muy recurrente dentro de esta industria, el cine político, el cual abarca la ocupación japonesa, la etapa de la dictadura y las tensiones actuales entre las dos Coreas.

El cine político de Corea del Sur

El tema político ha marcado al cine surcoreano desde sus inicios. Antes de 1920, los colonos japoneses, que ocuparon Corea de 1910 a 1945, habían impuesto la creación de un departamento de cine que promoviera la propaganda a favor del régimen. Al alcanzar su independencia, tras la Segunda Guerra Mundial y la división de Corea en Corea del Sur y Corea del Norte, el cine surcoreano adoptó una tendencia más autónoma que oscilaba entre el drama y el vodevil. Luego, en la etapa de la dictadura y durante la mordaza del régimen, los buenos directores surcoreanos vieron en la autocensura una opción para que sus obras fueran exhibidas. Mientras que otros veían cómo sus creaciones eran cercenadas o prohibidas por tratar temas censurados por el Gobierno.

Con la llegada de la democracia, a principios de los noventa, el cine surcoreano comenzó su escalada a los primeros planos mundiales hasta convertirse en potencia. Surgió una nueva generación de realizadores que no temió experimentar con tabúes. La transgresión del nuevo cine surcoreano y la estética de las propuestas sedujeron tanto al público como a la crítica. Se abrió un abanico genérico y surgió una sensibilidad para hacer cine de altura dentro de una sociedad culta, inteligente, humana y tecnológicamente preparada.

Aunque hay que señalar que varios directores ensayaron otros géneros como la comedia, el thriller, el terror, el drama y el romance, el fuerte del cine surcoreano seguía siendo el político. Desde la invasión de Japón hasta el fin de la dictadura, los surcoreanos tuvieron la política como tema primordial.

La nueva ola

En 1996 debutaron dos grandes directores surcoreanos: Hong Sang-soo y Kim Ki-duk. El cine del primero se caracteriza por la exploración que hace de las relaciones humanas en ambientes cotidianos y la profundidad emocional de sus historias. El segundo, por su transgresión vanguardista y el trabajo con personajes socialmente discriminados. La obra del maestro Kim Ki-dukuk –que estrena su primer filme en 1996, titulado Cocodrilo– contiene un toque de denuncia al estatu quo. Por ejemplo, en El guardacosta (2002) alude a los deslices disciplinarios que cometen contra la población los soldados que custodian las fronteras de su patria y a la permisividad ante tales hechos de sus superiores jerárquicos. No es hasta el pasado año cuando produce un filme de corte político total: La red (2017), una pieza apasionante y demoledora que cuestiona, desde la piel de un infeliz campesino de Corea del Norte, la naturaleza de las dos partes en conflicto, y que veremos en detalle más adelante.

El éxito comercial llega con Shiri (1999), de Kang Je-kyu, que rompió récords de taquilla. Filme de acción al estilo hollywoodense que explota la paranoia terrorista en el contexto de las dos Coreas. El guion cuenta la historia de una agente secreta del Norte enviada al Sur. Tras cambiar de identidad, entra en Seúl formando parte de una operación llama «Shiri». Por otro lado, un grupo contrario a la unificación de las dos Coreas se apodera de un potente explosivo y planea hacerlo estallar durante un partido de fútbol. Al encuentro, cuyo eslogan es «reunificación de las dos Coreas», asisten los presidentes de ambos bandos. Yoo es un agente secreto del Sur encargado de seguir a Lee. Entre ambos surgirá una trágica historia de amor incapaz de superar las diferencias políticas.

También digno de mencionar es el maestro Park Chan-wook, que debutó a los 29 años con Moon is the sun’s dream (1992), película de gánsteres al estilo de Martin Scorsese. Su guion partió de una historia de amor entre un gánster y la novia de su jefe. Con JSA: JOINT Segurity Area (2000) alcanzaría reconocimiento. La adaptación de la novela DMZ de Park Sang-yeon convirtió a este filme en el más taquillero. En la zona desmilitarizada de Corea aparecen dos cadáveres y la investigación se lleva a cabo bajo la tensa relación entre el Norte y el Sur. Lejos de buscar un filme nacionalista, Park Chan-wook adopta una postura humanista para mostrar la relación de amistad entre cuatro soldados. El filme muestra cómo, a pesar de que los gobiernos incentivan el odio hacia el supuesto enemigo, los soldados de ambos bandos hacen florecer sentimientos de amistad porque, a fin de cuentas, son coreanos y, en última instancia, seres humanos. El final es demoledor: esa camaradería entre rivales vuelve a su posición anterior porque ninguno de los bandos en conflicto puede pedirle a su tropa que participe en naderías.

Lee Chang-dong es un precursor del tema de la política vernácula en el pasado reciente. En su obra cumbre, Peppemint candy (2000), toca la etapa de dictadura en la Corea de los años 80 y cómo la confrontación traumática entre los propios coreanos es un dilema inconcluso. El exterminio a mansalva de miles de compatriotas lleva a la autodestrucción moral y física de muchos involucrados en ese absurdo enfrentamiento. Aquí se muestra la represión llevada a cabo por la dictadura que se instauró en el país. Su historia atrapa: Un hombre llega de sorpresa a una celebración donde se reúnen algunos de sus amigos. Poco después se separa del grupo, se dirige a un puente cercano y se suicida. Aquí comienza una retrospectiva de su vida, donde no se obvian relaciones de amor frustradas, desventuras de un soldado o las vivencias de un cartero marcado por la guerra y la pérdida de su juventud.

En 2003, Kang Woo-suk dirige Silmido, una obra que puede considerarse entre las mejores de cine político realizadas hasta el presente. Su guion recrea una historia que conmovió al país. En 1968, el ejército surcoreano creó una unidad secreta formada por condenados a muerte. Bajo pretexto de salir exculpados, se les entrenó durante dos años para infiltrarse en Corea del Norte, asesinar a su presidente y así propiciar una posterior reunificación. Sometidos a un salvaje entrenamiento, estos hombres, la unidad 684, se convertirán en los mejores soldados de Corea. El día señalado llega, pero justo cuando comienzan la misión, una llamada de sus superiores los detiene.

Con el tratado de libre comercio entre Corea del Sur y Estados Unidos, en 2007, el sistema de cuotas se vio afectado, reduciéndose la cantidad de películas coreanas con acceso a las salas comerciales. Aun así, la producción nacional ha seguido estable.

Un ejemplo dentro de esta nueva era de estrenos fue Crossing (2008), de Kim Tae-gyun. Muchas salas asiáticas aplaudieron este drama brutal y desgarrador, lleno de emoción y asimilable a todas las naciones. El director ubicó su escenario fuera de Corea del Sur y llevó a la pantalla la persecución política de Corea del Norte contra los ciudadanos que desertan del régimen. Un hombre con su esposa embarazada y enferma de tuberculosis cruza ilegalmente la frontera entre Corea del Norte y la República Popular China en busca de trabajo. En su periplo, el hombre sufrirá las consecuencias de la férrea dictadura.

La ocupación japonesa

La lucha del pueblo coreano contra la ocupación japonesa no ha pasado inadvertida en la historia de las producciones asiáticas. El imperio de las sombras (2016), de Kim Jee-Woon, es un ejemplo épico cuyos elementos comerciales lo vuelven atractivo. Una cámara indiscreta se encarga de montar esta historia como si recorriera el inframundo de vagones de ferrocarril, restaurantes de lujo, ciudades enteras, barrios, callejuelas, cárceles, juzgados, puertos, avenidas y estampidas de ensueño. Lo hace con esplendor, con altura inusitada y orfebrería casi perfecta. Pero no piense el espectador que se encuentra frente a paisajes deslumbrantes. Todo este entramado es construido dentro de estudios. La imitación de esos espacios naturales es una de las primeras virtudes de esta obra, que inicia bien y concluye mejor. Llama la atención cómo, en plena era del imperio tecnológico, Kim Jee-Woon trabaja primeros planos y planos intermedios, se esmera en la escenografía y logra actuaciones nada despreciables, comenzando por ese veterano maestro del histrionismo llamado Song Kang-ho, el afamado protagonista de Memorias de un asesino (2003), The host (2006) y otras piezas memorables.

El imperio de las sombras aporta una mirada a la historia peninsular. Durante la ocupación japonesa, un grupo de patriotas coreanos intenta traer explosivos desde Shangái para destruir la base nipona en Seúl, mientras que los japoneses pretenden detenerlos. En el ínterin, un oficial japonés nacido en Corea sufre una catarsis de valores al comprobar la valentía de los jóvenes coreanos por defender su patria subyugada por los invasores.

Este thriller de espionaje y contraespionaje es espontáneo, con independencia del empleo de ciertos clisés para historias de este tipo. Es cierto que su guion no es pretencioso. Se complica en su mitad por el abuso de subtramas y la gran cantidad de personajes que a ratos confunde y complica. Sin embargo, su valentía histórica y el atrevimiento de la construcción escénica hacen que el filme no se quede entre bambalinas. En vez de pretender revanchas y desalientos ultranacionalistas, se impone la vocación de libertad de un grupo de coreanos y el valor de quienes, desde la otra trinchera, demuestran luz larga para entender de qué parte fluye la verdad. Con sus pros y sus contras, merece algo más que aplausos. No por gusto fue escogido en la selección oficial de la Muestra Internacional de Venecia, que la ovacionó.

La era de la dictadura

Dos películas producidas en 2017 enfocan con visión crítica la era de la dictadura que vivió Corea del Sur con posterioridad a la guerra civil. La primera, Ordinary person, fue dirigida por Kim Bong-han. Contiene una explícita denuncia contra los estratos del Gobierno vinculados al crimen y a la corrupción. Son funcionarios que amparan, corrompen y promueven lacayos que les permitan enraizarse en el poder. Eran tiempos oscuros, llenos de dirigentes ambiciosos, sin escrúpulos, donde el desacato y la rebeldía eran preámbulos de muerte.

Kim Bong-han arma la historia a partir de tres personajes: el detective, el periodista y un alto funcionario de la agencia de inteligencia estatal. La trama parte cuando un asesino en serie es aniquilado por el Gobierno sin seguir los trámites judiciales. Ante este error, se encomienda buscar a un culpable para suplantar al verdadero asesino. Se acusa a un infeliz que nada ha tenido que ver con los crímenes. Se le entrega el expediente a un detective para que «fabrique un caso» y someta al supuesto criminal a la justicia. Un reputado periodista descubre la trama y alerta al detective, quien, por otra parte, es corrompido por el Gobierno. Ante la muerte del periodista, el detective enfrentará a las autoridades, lo que no solo le cuesta la vida a su esposa, sino también treinta años de cárcel.

Estamos en presencia de algo más que un thriller que sobrecoge e impacta. Su puesta en escena es impecable, al igual que su guion y actuaciones. Su protagonista, Son Hyun-Joo (en el papel del detective) obtuvo el Premio al Mejor Actor en el Festival de Moscú 2017.

El rol del periodista dentro de una sociedad manipulada y su lucha por sacar a la luz la verdad, la compra de conciencias a individuos de bajos niveles educativos y las torturas, y la represión contra la población son algunos de los puntos visibles en esta cinta donde todo funciona como un rompecabezas para que el espectador interactúe en esta intriga que todavía hoy no es ajena en muchos países del globo terráqueo.

La segunda película se titula A Taxi Driver: Los héroes de Gwangju y fue dirigida por Jang Hoon. Narra la historia de un taxista que conduce al corresponsal de una agencia internacional de prensa a cubrir las protestas contra la dictadura (también de los años 80) en la ciudad de Gwangju. El filme, de naturaleza épica, ha sido rodado con criterio cinematográfico, y sus tomas de las multitudinarias revueltas callejeras, así como la represión de las bandas paramilitares hacia el pueblo, son antológicas. En este alegato se une el coraje de un país que lucha contra el poder corrupto y absolutista, y el papel de la prensa que busca la verdad a como dé lugar.

Protagonizada por el gran actor Song Kan-ho (quien representa en el personaje del taxista el despertar de la conciencia política en un hombre común y corriente), y con unos efectos visuales que nada tienen que envidiar a Hollywood, la cinta, con aire de thriller, impone su contundencia histórica y constituye un documento de perdurabilidad permanente, no solo para los coreanos.

Las dos Coreas

Para tratar el tema de las relaciones convulsas entre las dos Coreas vamos a presentar dos filmes: La red, de Kim Ki-duk,, y Reunión secreta, de Jang Hoon.

En La red, el maestro Kim Ki-duk parece decirnos que la política es igual desde donde quiera que se mire y que el poder solo busca su propia terquedad, aunque tenga que recurrir a métodos poco ortodoxos. Aquí el rejuego ideológico es aplastado por la realidad de los líderes, que no valoran el trasfondo del alma humana sino la exuberancia de sus propias maneras de entender que cada ser trae una coletilla para dinamitar un sistema, vístase como se vista, llámese como se llame y tenga la familia y el oficio que tenga.

La historia es esta: Temprano por la mañana, el pescador Nam Chul-Woo sale a pescar cerca de la frontera. Sabe que si traspasa los límites puede tener problemas. Lamentablemente, sus redes se enredan en la hélice, el motor se daña y el bote llega al lado equivocado.

La puesta en escena de Kim Ki-duk crece con un escaso presupuesto muy bien manejado (ya es costumbre verlo trabajar así). Es directo. No se apoya en la poesía de Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera, sino que su cinematografía apunta a espacios cerrados bien diseñados, a imágenes en primer plano, a rostros transfigurados, a diálogos fuertes, hirientes, a veces reiterativos, porque su intención va mucho más allá de una simple película.

Estamos en presencia de una cinta de pies a cabeza, con una historia demoledora, actuaciones convincentes y el empleo de recursos tecnológicos llenos de dignidad profesional (fotografía, ambientación, escenarios, vestuario, maquillaje, etc.). Hay momentos en que la propuesta visual no coincide con la intensidad de los diálogos. Todos los personajes políticos tienen aires previsibles, no hay cambios de coloración, ni rasgos que al mismo tiempo los humanicen y satanicen dentro del contexto donde se desarrollan. Esto, en el cine de Kim Ki-duk, no es de extrañar. Él predispone al crítico que va en busca de matices porque, en resumidas cuentas, su canto va dirigido al lado oscuro de la vida.

Puede que esto se deba a que un buen director, cuando enfrenta el cine político, sacrifica la estética por la ética, como lo prueban las primeras cintas de Constantino Costa Gavras. No se pretende comparar al maestro coreano con el controversial director franco-griego. Sus épocas, discursos y maneras de ver el cine son muy distintas.

La red es un audiovisual politizado, con un final abierto, desesperanzador, mimético, donde el espectador quedará atrapado y no podrá deducir por sí mismo un simple desenlace (ni real, ni imaginario) porque el director prefiere especular, y que cada quien interprete lo que quiera. Lo que le sucede al pescador norcoreano en esta historia le puede ocurrir a cualquier persona que de manera accidental cruce la frontera de un país enemigo del suyo, y pretenda regresar sano y salvo a la región donde vive. Del otro lado del río Han, es peor. En Corea del Norte, ningún desertor sale con vida.

La otra cinta es Reunión secreta. Esta se inscribe en una línea temática recurrente del cine coreano contemporáneo: la reunificación de la península. En este caso, la historia refiere la colaboración de dos profesionales de la contrainteligencia de ambas naciones en la búsqueda y captura de un despiadado asesino que pretende crear el terror entre los norteños que emigran al Sur.

El toque de humor y el estilo caricaturesco del agente surcoreano, encarnado por Song Kang-ho, es nota a destacar. El filme aborda el tema del conflicto binacional mediante un guion que insiste en resaltar las profundas diferencias entre ambos protagonistas. Estamos en presencia de dos hombres que por determinadas circunstancias deben desconfiar entre sí. Ese guion se encarga de marcar personalidades, de ir diferenciando métodos, suspicacias y razones hasta que al final, y por su propio peso, aflora la lealtad y la mutua comprensión, pues ellos no pueden ser enemigos a causa de caprichosos esquemas geopolíticos, totalmente fuera de contexto.

Para alcanzar ese trasfondo interior, Jang Hoon se esforzó en sublimizar la dirección de actores, en evitar cualquier roce con el llamado thriller político. Lleva el tema del conflicto a un nivel mucho más personal, a un escenario donde las dudas señorean y la amistad demora; donde se personaliza la política en la idiosincrasia de dos protagonistas que también son seres humanos con familiares que proteger y sueños que cumplir.

La obra navega entre el drama y la comedia. A veces, la trama pierde densidad, pero sin mutilaciones traumáticas. Lo que parece extenso se vuelve ameno y lo complejo se ve simple. La cinta, a pesar de su final recurrente, no permite que decaiga el interés del espectador hasta el mismo desenlace.

Con este su segundo largometraje de ficción, Jang Hoon derrocha acción y suspense en dosis apreciables. El éxito de su primera obra (Rough Cut, 2008), donde asume el cine fantástico con perspectiva mucho más equilibrada y artística, lo preparó para esta propuesta mayor. Ahora se enfrasca en una puesta en escena no rebuscada. Su cámara es capaz de engrandecer exteriores, de captar solamente los elementos que el espectador necesita.

Aunque, a veces, las escenas de acción no son impresionantes, se digieren sin alevosía. Lo que sí convierte a este filme en un valioso documento es la manera en que Jang Hoon muestra el caudal humano de sus personajes, algo que siempre es apreciado por el cinéfilo, que prefiere las historias que pulsean, aquellas que no respiran orfandad.

Luis Beiro Álvarez se licenció en Derecho en la Universidad de La Habana (1975). Fue miembro de la Unión de Periodistas de Cuba y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, donde trabajó como especialista en eventos internacionales y publicaciones. Ha publicado varios libros de poesía, periodismo e investigaciones literarias. Su primera novela, La carnada en el anzuelo (1998, 2002), fue celebrada por la crítica. Ha publicado otras novelas: Luyanó (2009), Los elegidos de Miranda (2013) y Fula abakuá (2016). Actualmente es editor cultural del periódico Listín Diario.


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