Artículo de Revista Global 15

El futuro del libro: de lo impreso a lo digital

Acerca del libro se viene produciendo grandes mutaciones que están generando amplios debates, inquietud e incluso apasionados enfrentamientos. La última de éstas, la llamada revolución tecnológica, afecta la manera de escribir, de leer y de crear; avanza implacablemente y parece amenazar a ese instrumento secular, altamente funcional, que es el libro, que ni ha envejecido irremediablemente, ni es fácil de sustituir.

El futuro del libro: de lo impreso a lo digital

El enunciado que se me ha propuesto, casi tópico desde hace ya tres décadas, es bastante desconcertante para un editor tradicional o para un lector habitual; sobre todo porque sutil o simplificadamente está condicionando la respuesta: “de lo impreso a lo digital” es la metáfora moderna de una frase de McLuhan que hizo furor en los años setenta, la profecía del “fin de la galaxia Gutenberg”. Recuerdo que entonces las gentes del libro la recibimos con escepticismo y nos pareció disparatada.

Sobre la supuesta superación tecnológica del libro, comienzo por recordar unas palabras de Gabriel Zaid,¹ que bien pueden introducirnos en el tema: “No hay expertos en technological forecasting que anuncien la desaparición del fuego, la rueda o el alfabeto, inventos milenarios, pero no superados, aunque vengan de pueblos subdesarrollados. Sin embargo, hay profetas que anuncian la desaparición del libro. Anuncio que se comprende como juicio apocalíptico: los demasiados libros agobian a la humanidad y acabarán por desatar la cólera divina. Pero, como juicio tecnológico, no resisten el menor análisis”.

Al recibir la propuesta de reflexionar sobre este tema, cuando me pidieron una profecía razonable, mi primer impulso fue abrir Internet y pasearme por diferentes portales de contenido cultural, y me llevé la sorpresa de que, sumadas, las referencias existentes bajo este epígrafe ascendían a 32 millones. Abrumado por la superabundancia de apocalípticos profetas, me sentí liberado de la tentación de ser profeta y he optado por ser simple observador y, al mismo tiempo, no dar argumentos a quien pudiera acusarme de romántico trasnochado.

La incitación a reflexionar sobre el futuro del libro invita también al catastrofismo y proclamo que tiendo a huir sistemáticamente de utopías y de catástrofes. Tanto esta publicación que usted tiene en sus manos como la pantalla de un ordenador forman parte de la cultura escrita. Por ello me inclino a pensar que es un error diagnosticar un horizonte negro a la cultura escrita. Ahora bien, si nos planteamos hasta qué punto la cultura escrita en pantalla va a sustituir a las formas impresas, como los libros o los periódicos, entramos en otro debate. Pienso que habrá una coexistencia, no necesariamente pacífica, entre el manuscrito, el libro impreso y la edición electrónica. La irrupción de Internet, con su inmediatez y su capacidad de actualizar datos, está resultando muy útil para enciclopedias, diccionarios y otras obras de referencia. Por otra parte, los editores electrónicos fracasan a la hora de sustituir el libro impreso en géneros como la novela, la poesía, la historia o el ensayo, donde el lector prefiere el objeto que sea trasladable o portátil, que pueda ser hojeado, que se lea al ritmo que uno elija, que no necesite someterse a una determinada programación, que sea barato y que permita una variedad de elección casi ilimitada. De esta manera, acabamos prácticamente de definir el libro.

Poco fiables

Las afirmaciones frecuentes que se basan en estadísticas las encuentro muy poco fiables. Se dice que los jóvenes ya no leen, pero serios estudios recientes, que se han molestado en hacer un seguimiento a lectores adolescentes, demuestran que leen más de lo que habitualmente se dice. Quizá podría afirmarse que han renunciado a formar bibliotecas y que los libros les acompañan únicamente durante un determinado período vital, pero leen mucho más de lo que muestran las estadísticas, que normalmente se refieren a la posesión de los libros. Como señala Roger Chartier,² “es cierto que los libros han perdido su centralidad cultural, si bien hay que matizar que la historia de la cultura no sólo es libresca. Desde hace siglos, los libros conviven, en las calles y en los palacios, con la comunicación oral, con las tertulias, y, desde el Siglo XIX, con la fotografía y el fonógrafo. En cuanto al consumo cultural, los estudios revelan que la gente que antes dedicaba mucho dinero a la compra de libros reparte ahora sus inversiones con lo audiovisual, es decir, cine, música, DVD, e incluso viajes, porque el turismo se ha convertido en otra forma de cultura”.

En cualquier caso, las profundas mutaciones que se perciben en el ámbito de la comunicación están generando amplios debates sobre el tema que centra nuestra reflexión. En sectores cada vez más amplios se percibe cierta inquietud, que desemboca en abierto debate y, en muchas ocasiones, en apasionado enfrentamiento. Parece que el tema se acaba sustanciando en posiciones de “tecnofilia” y “tecnofobia”, lo que resultaría demasiado simplificador y desvirtúa la realidad, tanto de lo impreso como de las ediciones electrónicas o digitales.

Nicole Robine3 hace una afirmación clave: “El libro y su uso se confunden”. Objeto y uso se funden en un solo elemento cultural. Concebir el libro-soporte independiente de su contenido es un ejercicio de abstracción que se enfrenta con nuestra experiencia inmediata. El tacto, la vista, el olfato, se aúnan en una experiencia en la que a la materialidad del objeto se une su experiencia intelectual. La palabra objetivada sobre un soporte, las palabras escritas nos dicen los teóricos distancia, en contraposición al efecto envolvente, cálido, de la palabra audible. Sin embargo, no tuvieron en cuenta los efectos táctiles de la nueva alianza. El cuerpo, aislada la mente absorta en la lectura, entabla sus propias relaciones con el soporte, con el elemento material. El argumento general, el más espontáneo, que se esgrime cuando se debate la lectura ante la pantalla del ordenador es que ¡no puede tocarse! El cuerpo, habituado a las sensaciones vinculadas a la materia peso, forma, superficie sobre la que los dedos se deslizan, echa de menos los efectos sensibles del libro-objeto. Al cuerpo, habituado por horas y horas de lectura al contacto, le es extraña la insoportable levedad del texto electrónico. La lectura no es sólo un acto intelectual; es, a la vez, un acto físico, sensual, al que el cuerpo se habitúa.

La lectura genera todo tipo de espacios salas, gabinetes, bibliotecas y utensilios destinados a hacerla más placentera sillones, atriles, mesas… El libro electrónico o digital no tiene todavía su situación, su acto específico en el que soporte y lectura se integren de forma natural.

Las capas de significados y simbolizaciones que el libro ha acumulado a lo largo de dos mil años de historia complican el marco de discusión y nos obligan a recordar algunas cosas y a proponer nuevas reflexiones, porque sin duda estamos viviendo una suerte de transición y sabemos por experiencia histórica que, en contra de lo que parece a primera vista, esta transición referida a la cultura escrita ni es ni ha sido la única transición conocida. Y durante cada una de ellas han surgido actitudes dogmáticas y rotundas que se han interferido en los procesos inexorables de la historia.

De delante hacia atrás, hemos escuchado a Umberto Eco decir a finales del Siglo XX que “la lectura es una necesidad biológica de la especie. Ninguna pantalla y ninguna tecnología lograrán suprimir la necesidad de lectura tradicional”. ¡Ni sombra de duda sobre lo que va a suceder!… Siglos antes, a finales del XV, el abate Giovanni Tritemio, en su Elogio degli amanuensi, ante la perturbación del nacimiento del libro impreso, sentenció que “aunque poseamos miles de volúmenes, no debemos dejar de escribir (es decir, de producir libros manuscritos) porque los libros de imprenta no serán nunca tan buenos”. Y así podríamos señalar otros muchos ejemplos parecidos. El papel fue recibido con mucho recelo, en una situación muy semejante a la que hoy se expresa en la relación página impresa frente a pantalla del ordenador, entre el pergamino (en el que podía normalmente corregirse y cambiarse palabras e incluso párrafos) frente al papel. Y no digamos la revolución que representó el rollo frente al libro-códice, que es la forma en la que los libros se presentan desde hace más de mil años.

Enfrentamiento

El enfrentamiento entre iconoclastas y biblioclastas está pues servido, y presenta un escenario rico para la discusión, el debate y la reflexión. Sin la rotundidad de una nueva e insolente profecía, mi personal reflexión está abierta a todos los vientos. El entorno tecnológico que impulsó el desarrollo del libro códice y que lo sostuvo durante muchos siglos está siendo renovado en un proceso que camina a una rapidez trepidante en la que ciclos de innovación y obsolescencia se suceden en una secuencia nunca antes conocida. Hablar del futuro de algo con seguridad, cuando es fundamentalmente incierto, es muy valiente o demasiado arriesgado.

En una reciente entrevista de Juan Luis Cebrián a Steve Ballmer, sucesor de Bill Gates al frente del gigante Microsoft, ⁴ ante la pregunta de cuándo van a desaparecer los periódicos de papel, Ballmer responde que desaparecerán por completo antes de 20 años, frente a los cinco años que, según él, afirma Bill Gates. “Sólo se leerán electrónicamente, es más sencillo. Se obtienen datos actualizados, más información, hay más capacidad para tomar notas, puede ser más personalizado. La distribución será también mejor. Yo soy demasiado viejo y creo que leeré el periódico en papel casi toda mi vida, aunque ya leo varios periódicos electrónicos. Mis hijos, en cambio, han crecido pensando que todo está en Internet, y para la siguiente generación eso resultará evidente.” Pero claro, aquí estamos hablando de sólo una parte de lo impreso, los diarios, sobre los que podemos admitir su pronta desaparición en soporte papel, porque de hecho, son productos con una vida muy corta, y como hemos oído muchas veces, nada hay tan viejo que un periódico del día anterior. Cuando nos referimos a la otra parte de lo impreso, los libros, la cosa es bien diferente.

Volviendo a un interesante trabajo de José María Aguirre, sobre la industria del libro, “la introducción de la edición electrónica o digital no es un fenómeno nuevo; de hecho está ampliamente integrada en los procesos productivos editoriales. Sin embargo, siempre ha sido considerada como un estado pre-editorial. Es decir, como una tecnología destinada a colaborar en la producción del objeto libro en sus estados primarios. La fase de producción del original que escriben los autores en sus procesadores de textos es electrónica; los encargos a terceros para su remisión a las empresas editoriales y los tratamientos que se hacen en los pasos previos de preparación de ese material para su envío a las imprentas también es electrónico […]. La mayoría de los libros que hoy se producen […] son digitales antes de convertirse en papel”. ⁵

Ésta es una parte del problema que nos ocupa. La revolución tecnológica va mucho más allá. Si se tratara de la simple digitalización de un texto, de unas páginas, o de todo un libro, que es de lo que la mayoría cree que estamos hablando, el soporte papel se impone sin discusión.

La edición digital, entonces, no supondría una verdadera revolución, sino más bien una suave evolución compatible con el centenario nicho tecnológico de Gutenberg. Evolución lógica a partir de la idea de que, pese a su longevidad, no es un punto de llegada insuperable, sino algo abierto a un futuro que no va a dejar de sorprendernos. La edición en formato digital no está reemplazando a los antiguos soportes sino que se une a ellos, a poco que pase con éxito la prueba de situarse en el mercado.

Otra cosa bien distinta es la obra multimedia, que combina textos, imágenes, sonido, animación, organizados para uno o varios escenarios específicos. Estas obras de carácter interactivo abren nuevas posibilidades de lectura que dejan el sentimiento de una gran libertad de elección a su utilizador. Por su diversidad de formas de acceso y por la multiplicidad de sus contenidos, la obra multimedia “sorprende”. No es fácilmente asimilable en una primera aproximación, porque no tiene una dimensión física. Se trata de pantallas escenarizadas, donde la organización de la información no es lineal, sino fragmentada. El lector construye, él mismo, sus encadenamientos y hace una elección en la diversidad de posibilidades determinadas por vínculos hipertextuales (que representan y conducen hacia temas conexos). En cierto modo, la obra multimedia opera por atracción interna y puede inducir a cierto camino errático, un efecto de laberinto, que se disipa a medida que el lector organiza su consulta.

Pero la obra multimedia, descrita como superación de la edición impresa, apenas ha comenzado y su porvenir y su incidencia está lejos de poderse medir todavía. No está claro que, en este nuevo entorno, el editor sea el único piloto que maneje su navegación, y su definición tipológica podrá seguramente aparecer como no formando parte de la actividad específicamente editorial. Está claro que aquello que parece esencial en la edición tradicional puede no constituir en la edición multimedia apenas una parte de la producción. El acto de editar se encuentra difuso y dependerá del peso de la aportación de cada uno: director, jefe de proyecto, director artístico, webmaster, integrador o asistente multimedia. La edición siembra a todos los vientos.

Encrucijada

Sin poder resolver esta trasversal encrucijada a la que han conducido las mutaciones que propone el título de este trabajo, es imposible hacer predicciones. Están afectados los autores y la misma forma de escribir y crear; los lectores y la forma de leer; los editores y su papel en la industria de la comunicación…, y al mismo tiempo todo el universo temático que podemos englobar en el concepto genérico de los “contenidos”: lo lúdico, lo erótico, lo educativo, la cultura y el conocimiento, el ocio y lo práctico, lo científico y lo técnico, la literatura, lo profesional, lo enciclopédico… Todo parece formar parte de una suerte de crisis donde hasta el desarrollo de la edición de calidad flota en este universo en el que otros intereses técnicos presionan por imponer nuevas condiciones. La realidad que percibimos hoy nos permite tomar cierta distancia frente al discurso prospectivo común de los años noventa. No es fácil hoy encontrar algún profesional que anuncie la sustitución de unos por los otros, y la visión global cede su lugar a diferentes aproximaciones múltiples que dan cuenta de la diversidad de las tipologías editoriales, el uso profesional de los nuevos soportes al tiempo que recomiendan cierta prudencia ante la fascinación que ellos ejercen.

Entiendo que el libro se ha ido depurando a lo largo de su historia y se ha convertido en un instrumento altamente funcional y difícil de sustituir en muchos de sus cometidos. Mientras cumpla sus funciones mejor que cualquier otro soporte, el libro sobrevivirá. Será sustituido en aquellas funciones específicas en las que otro soporte obtenga mejores resultados. Así ha sido siempre. Como señala Roger Chartier, “los autores no escriben libros, no, escriben textos que se transforman en objetos escritos, manuscritos, grabados, impresos”. ⁶

Rafael Martínez Alés es editor desde 1967 y en la actualidad ejerce como consultor editorial. Fue directorgerente de Cuadernos para el Diálogo, secretario general del Gremio de Editores de Madrid, director del Instituto Nacional del Libro Español (INLE), director de Planificación del área de Ediciones Generales del Grupo Anaya y director general de Alianza Editorial. Ha dirigido varios cursos de formación y fue representante de España en el Consejo del CERLALC.

Notas

  1. Gabriel Zaid. Los demasiados libros, Barcelona, 1996, Anagrama.
  2. Entrevista a Roger Chartier, por Miguel Ángel Villena, en El País, sábado 17 de diciembre de 2005.
  3. Robert Escarpit y otros, Hacia una sociología del hecho literario, Madrid, Ed. Cuadernos para el diálogo, Edicusa, 1974, pp. 221. Cita tomada de Joaquín María Aguirre Romero, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información, UCM.
  4. Diario El País, domingo 22 de octubre de 2006, pp. 44-46.
  5. Roger Chartier, El orden de los libros, Barcelona, Gedisa, 1994, p.30.

Bibliografía

Legendre, Bertrand. Les métiers de l’Edition. Éd. du Cercle de la Librairie. París, 2002.

Vandendorde, Christian. Du papyrus à l’hipertexte. La Découvere. Paris, 1999.

Zaid, Gabriel. Los demasiados libros. Anagrama, Barcelona, 1996.

Rodríguez de las Heras, Antonio, La lectura en pantalla, La Lectura en España, Informe 2002, Madrid 2002, fgee, Pág. 357 y ss.

Aguirre Romero, Joaquín María, “Sistemas de gestión y producción editoriales en línea y sus aplicaciones en el ámbito universitario”. Actas del II Congreso Nacional de usuarios de Internet e infovía. Asociación de Usuarios de Internet. Madrid, 1991.

Chartier, Roger. El orden de los libros. Gedisa, Barcelona, 1994.

Escarpit, Robert, y otros, Hacia una sociología del hecho literario. Edit. Cuadernos para el Diálogo, EDICUSA, Madrid, 1974.


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