Artículo de Revista Global 45

¡El horror! ¡El horror!

El cine de terror es algo más que efectos especiales y una línea narrativa chocante: una lectura rápida y dispersa a la historia del género habla de discursos políticos, manipulación de masas y pesadillas colectivas plasmadas en la cultura popular. La idea es edificar sobre cómo ha ido andando el espejo calle abajo que es el cine de terror, y cuáles han sido los reflejos dorados que ha lanzado a la cara de la colectividad cuya miseria se ha ocupado en retratar.

¡El horror! ¡El horror!

En la sala 3 del Cinema Centro, el primer multiplex de la República Dominicana y todo un paradigma en la historia del entretenimiento, la exhibición y distribución de películas en nuestro país (con una sala, la Cinema 6, dedicada exclusivamente a la exhibición de cine pornográfico de un detallismo quirúrgico), de alguna forma, o así lo recuerdo, siempre vi, desde pequeño y hasta mis primeros años como crítico de cine, películas de horror. Habiendo ascendido en el escalafón de las restricciones, librándome de la “B” fatal que hacía que doña Josefina Pina tuviera que responsabilizarse por cualquier daño psicológico que me ocasionara la película (las más terribles para mi incipiente, pero muy mórbida imaginación cinematográfica, fueron Engendro (Prophecy, 1979) de John Frankenheimer, en el Olimpia; Moby Dick (1956) en el Independencia, con doble tanda, la obra maestra de John Huston, complementada por la cinta mexicana de Rubén Galindo, La niña de la mochila azul (1980), una de horror psicológico mexicana, y Tiburón (Jaws, 1975) de Steven Spielberg, en el Rialto, aunque mi madre nunca se la tomó en serio, y así me convertí, gracias a la “irresponsabilidad” de doña Josefina, en un fanático de la sangre, los hachazos, los alaridos de terror, las ventanas que repican en la distancia, el viento sibilante, la luna llena, los ataúdes crujientes, las vampiresas, los hombres lobo, los payasos asesinos, los prometeos modernos, los condes enamorados, y eso que se llamó (título genial para un documental), el “terror en los pasillos”.

A mi madre le debo el amor por el cine… y por el cine de terror: La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1977), versión de Michael York, Burt Lancaster y Barbara Carrera, en la matiné del Triple, domingo a las diez de la mañana, basada en la novela de H.G. Wells; El bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), dirigida por Roman Polanski, basada en la novela de Ira Levin, escritor de terror y también autor de la novela llevada al cine Las esposas de Stepford (The Stepford Wives, 1975 y 2004); Está vivo (It’s Alive, 1974) de Larry Cohen; (Scanners, 1981), de David Cronenberg… y la lista continúa. Pero lo cierto es que no fue hasta mucho tiempo después cuando me di cuenta de que el cine de horror es mucho más que sustos, efectos especiales, creativas líneas argumentales organizadas con mucha coherencia (en el caso de las mejores películas), sino también, mucho, pero mucho más. El cine de horror es, sobre todo, la antropología pura de las histerias colectivas en la historia, el estudio del comportamiento desaforado de las masas y el bestiario de los temores masivos que han ido aquejando al mundo, como fantasmas que han recorrido estepas y valles, ciudades y urbes, civilizaciones modernas u otras mortecinas.

Lo horroroso, inmundo, terrible es, ha sido y será, desde y por siempre, un arte. Aunque este artículo no pretende ser un estudio enjundioso, metódico y profundo (eso se lo dejo a los estudiosos metódicos y profundos), la idea es que el lector se edifique sobre cómo ha ido andando el espejo calle abajo que es el cine de terror, y cuáles han sido los reflejos dorados que ha lanzado a la cara de la colectividad cuya miseria se ha ocupado en retratar.

Espejo de civilizaciones

¡Ah!, la idea, también, es divertirse porque de eso se trata. ¿O no? Y para hablar de la manera en que el cine de horror ha reflejado, en primer lugar, el momento histórico en que se desarrolla como factura de producción, y funge como espejo de las ansias y temores de las civilizaciones que retrata, debo remontarme (como en una película de Roger Corman, de esas B movies tan rentables), a los primeros mitos egipcios cuyo anecdotario está poblado por demonios impiadosos, bestiales y recónditas regiones donde los espíritus eran reverenciados y temidos. De igual forma, la mitología griega, que por mucho es el basamento esencial de la cultura occidental, en sus sueños, y sus pesadillas, nos presenta un Cancerbero, un Minotauro, una Medusa, la Hidra, las Sirenas, el Cíclope, la Escila, las Caridbis, además de las Parcas, las Furias y las Arpías, entre otros tantos monstruos universales; como, por ejemplo, los chinos de la dinastía Zhou (1,500, a. C.), quienes veneraban a los muertos y a su diosa, Tian-Luo.

El horror moderno, como lo conocemos hoy, es joven. Tendrá unos doscientos años. Por eso se renueva con tanto vigor, con tanta creatividad; exceptuando, diría yo, las últimas rediciones de los vampiros como arquetipos monstruosos de las relaciones heterosexuales que han venido de Estados Unidos, porque el típico adolescente norteamericano no tiene muchas luces, no es un vampiro sofisticado ni con los problemas existenciales de un Conde Orlok bestial (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922); un Conde Drácula (la de Francis Coppola, Drácula, 1992), claro está perdido en su desamor estos chicos no son así porque hace mucho que el horror dejó de pertenecer a las clases privilegiadas. Estos son unos teenagers que, como en Crepúsculo (Twilight, 2008) buscan la paz republicana de sus hogares en la suburbia inconsciente de la clase media con aspiraciones, fantasmas y cadáveres debajo de la cama al mejor estilo de la clase alta. Sus monstruos son la hipoteca de la casa que perderán, así como perdieron la yipeta, el bote; sus temores son la hija lesbiana y el hijo “de sexualidad dudosa”, ese que simplemente no sabe lo que quiere.

De Europa, dos excepciones verdaderamente renovadoras: Somos la noche (Wir Sind Die Nacht, 2010), de Dennis Gansel, Alemania, y Criatura de la noche (Låt den rätte komma in, 2008), Noruega, de Tomas Alfredson; dos piezas que arrojan nueva luz sobre monstruos más viejos que “rascar”. Pero antes, hay que explicar al vampiro: “la palabra ʻvampirʼ aparece en letra impresa en Alemania a principios del siglo XVIII, para designar algo tan dudoso y tan insano como un cadáver que abandona su tumba por las noches, con la finalidad de alimentarse de la sangre de los vivos y prolongar su incierta existencia”, dice el conde de Siruela en la introducción a El vampiro, la mejor recopilación de cuentos de vampiros que he leído en mi vida.

La creencia del vampiro se remonta a las religiones sumerias, hebrea y griega, así como a las supersticiones populares de los países eslavos, las cuales se extendieron desde Grecia y el Islam hasta China y Malasia. O sea que, al igual que todos los dominicanos tienen un primo en Nueva York, todas las herencias culinarias de las diversas civilizaciones que chocan entre sí tienen una variación de nuestro

sancocho, y sus propias versiones del vampiro. “El vampiro nace en la imaginación y permanece en esta por la atracción que ejerce sobre nuestra alma todo lo prohibido, lo inalcanzable, o bien todo aquello capaz de simbolizar nuestra parte de sombra: aquella parte que tratamos de olvidar y que ocultamos a nosotros mismos y a la mirada del mundo, y que sin embargo siempre está ahí, detrás del telón de la consciencia”, relata el versado conde. Ciertamente, el vampiro es un arquetipo de la oscuridad en el inconsciente colectivo y siempre fascina.

A partir de Bela Lugosi los vampiros sufrieron muchas transformaciones aunque, en el fondo, siguieran simbolizando el mismo sueño erótico, la misma historia de amor, el mismo entorno trágico y terrible, los mismos paradigmas terroríficos de ayer y hoy. Murnau, el maestro que nos diera Nosferatu (Drácula es Nosferatu, pero Nosferatu no es Drácula) el primer vampiro esencialmente bestial que conocemos, porque no está enamorado, obtiene una reactualización en 1979 de la mano del maestro Werner Herzog, con el mismo título, interpretado por un Klaus Kinski más refinado que el ultramaquillado Max Schreck.

Se trata, en suma, de un monstruo que ha permanecido íntegro a lo largo del tiempo, aunque, con todo y adquirir nuevos problemas, nuevas psicosis, nuevas ansias y amores, al paso del tiempo: Entrevista con el vampiro (Interview with the vampire, 1994) de Neil Jordan, protagonizada por Tom Cruise, Brad Pitt y Kirsten Dunst (además de Antonio Banderas) en la adaptación de la primera novela de la saga Lestat (1976), de Anne Rice, es una apta revisión del tema que a mí me fascina, en lo particular. La bruja vampiro (Vampyr), la versión del cuento de Joseph Sheridan LeFanu, uno de los maestros de la novela de terror de todos los tiempos, dirigida por Carl Theodor Dreyer en 1932, es otra de las versiones que, indirectamente, prestan su elocuencia cinematográfica a las grandes versiones de nuestros días, como la joya moderna realizada por Francis Ford Coppola, protagonizada por Gary Oldman, donde se rescata de manera elocuente el Eros de la novela, una carga sexual sencillamente sobrecogedora.

Con las películas mencionadas (abundan los ejemplos del cine pastiche durante la década de 1970, además del horror-flick adolescente de 1980, con La hora del espanto (Fright Night, 1985) que ha sido objeto de un remake recientemente (2011), los cuales no tocaremos en este caso), Somos la noche (Wir Sind Die Nacht, 2010) y Criatura de la noche (Låt den rätte komma in, 2008), de Noruega, encontramos dos joyas sencillamente encomiables con un ahorro de efectos especiales y pirotecnia (o bien, para mejor decirlo, un uso del presupuesto cinematográfico inteligente y al servicio del discurso narrativo, sometido, domado, para servir a la historia misma) que mueve las narrativas, y que las somete a un discurrir filosófico que nos haría pensar en qué hubiera pasado si Tamara de Lempicka hubiera pintado cuadros de horror, como lo hace Clive Barker para inspirarse y escribir guiones, novelas y obras de teatro (tanto Barker, de quien conocemos la saga de Hellraiser (1987), como George A. Romero, el maestro del cine de bajo presupuesto, formaron parte del proyecto La momia regresa (The Mummy, 2001) en determinado momento lo que me hace pensar en cómo hubiera lucido semejante película de la mano de uno de estos dos creadores).

Los muertos vivientes

Pero dejemos vivir a los vampiros y tomemos a George A. Romero como trampolín para hablar sobre la sociología del muerto viviente, como proceso de descomposición de la clase media en Estados Unidos, aunque para hablar de este fenómeno tenemos que, necesariamente, tomar como contexto histórico la interpretación de la Guerra Fría y los pánicos que alimentaron a esta bestia que fue, al mismo tiempo, un fenómeno político, cultural, socioeconómico, y muchas otras cosas que quedaron reflejadas en el cine.

De la misma forma en que el hombre lobo fue el gran monstruo cinematográfico de la Segunda Guerra Mundial, cuya mitología básica fue parte del folclor de los Países Bajos, leyendas antiguas que hablaban del espíritu del bosque personificado en el lobo, una especie de monstruo primigenio que se transformaba en las noches de luna llena (y como forma de combatir la maquinaria propagandística nazi, sirviéndose de la obsesión de Adolfo Hitler por los lobos), el muerto viviente ejemplifica el deceso de la pequeña burguesía pensante, y vierte sobre el mito del zombi toda la intransigencia purista de los racistas norteamericanos, criticando de soslayo, con ácida verborrea cinematográfica, los hábitos y costumbres de una clase media petrificada en sus aspiraciones, conforme en su estatus, y renuente al cambio que se avecinaba (y que sucedió) en su país.

Veamos: El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957) dirigida por Jack Arnold; El hombre invisible (The Invisible Man, 1933) dirigida por James Whale y basada en la novela de Richard Matheson, quien también escribió Soy leyenda (I Am Legend, 1954) llevada al cine en 2007 por Francis Lawrence; La guerra de los mundos (War of the Worlds, 1953) con un remake en 2005, parte de la novela del prolífico H.G. Wells, quien también fuera autor de La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1977) y La máquina del tiempo (The Time Machine, 1960) con remake en 2002, son películas de la era nuclear como el pánico inmediato post Segunda Guerra Mundial. Miedo mayor, hijo de un miedo más terrorífico, aunque parcialmente controlado por el “animal político” global.

El miedo a “lo desconocido” se concretiza, en el proceso político, en la amenaza soviética sobre Estados Unidos y así, el fantasma que recorre Europa se posa en las pantallas de cine, con ropa de extraterrestres que disparan sus rayos láser sobre el indefenso común de los ciudadanos, contra las tropas que protegen la tierra madre, stars and stripes en bandolera quizá por tener un sentido de lo trascendental estos argumentos de amenazas planetarias sobre nosotros hoy nos saben a chicle seco, pero Roland Emmerich y el resto de los directorcitos hollywoodenses que se dedican a estos menesteres es tema para diatribas independientes, aunque me gustaría sacar de este dilecto montón de greba a Invasión del mundo: batalla Los Ángeles (Battle: Los Angeles) dirigida por Jonathan Liebesman. Pero, al tema: los muertos vivientes, George A. Romero, padre del argumento sin explicación (¿de dónde salen estos muertos, por qué reviven, por qué quieren alimentarse de los vivos será porque los hemos olvidado, será que quieren nuestra nostalgia para poder vivir?), tiene casi treinta años analizando la sociedad norteamericana recreando, refilmando, el mismo argumento, con sutiles, pero definitivas y esenciales, variaciones argumentales. En La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968) Romero nos habla de los muertos que vienen a comerse a los vivos en una batalla final entre lo que sería, en el plano ideal, el yin y el yang del ser mismo (de alguna forma, nunca hemos visto películas de zombis chinas o japonesas, aunque sí un cine de terror refinado e interesante será porque la culpa católica no abunda por estos lares). La defensa de los vivos es coordinada por un ¡adivinaron!, negro sí un negro, que por supuesto, lucha contra la incredibilidad de su teoría y muere asesinado por, ¡adivinaron!, el sheriff del pueblo… quien casualmente es blanco.

 

Esto… en medio de la lucha por los derechos civiles, Alabama y los manguerazos contra los estudiantes; Rosa Parks plantada en el pasillo del autobús segregado las niñas que murieron en aquella escuela que algún supremacista blanco hizo volar en pedazos ¿entienden?

Romero hizo carrera con sus muertos: El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 1978), El día de los muertos (Day of the Dead, 1985) el que-se-yocuántos de los muertos. ¿Las variaciones? Los avances de la genética, el mundo postapocalíptico, los muertos inteligentes (en la última versión que se realizara, hace apenas unos años donde los muertos, liderados ahora por un negro, ¡dah!, de hecho piensan) y abrió el camino para toda una franquicia que hasta Juan Carlos Fresnadillo 28 días después (28 Days Later, 2002) y 28 semanas después (28 Weeks Later, 2007) abordó con una coherencia pasmosa: la última defensa de los vivos se reúne en un castillo victoriano en las afueras de Londres, donde las facciones militar, minoría (una chica negra), y tradicional se debaten por sobrevivir ¡pero en un castillo victoriano! ¿Quién ha de sobrevivir allí? La nueva generación de “muertos vivientes”, claro está.

En El día de los muertos (Day of the Dead, 1985) la doctora cuya rutinada inicio la película pierde su familia en los diez primeros minutos introductorios, y se convierte en testigo de cómo el suburbio donde reside, y la ciudad, a lo lejos, en el horizonte, cae ante la carnicería salvaje que se desata a su alrededor. Créditos: un político dice “no sabemos”. Y los supervivientes que se encuentran escondidos a lo largo y ancho de la ciudad logran conformar un fortín en, ¡adivinen!, un “mall” allí va a morir la clase media, allí van a evadirse, allí perecerán todos, incluyendo el bebé hijo de una pareja afro-americana, por no decir negra, que nace siendo, ¡adivinaron!, un muerto viviente fatal destino para una minoría que pronto dejará de ser la mayor (es decir, muy pronto, el negrito será sustituido por un latinito en el comentario sociológico de la película, como reflejo de una realidad insoslayable).

Invasiones extraterrestres

Las invasiones extraterrestres estilizadas, como en el remake del clásico nuclear Muertos vivos (The Invasion of the Body Snatchers, de 1958), en este caso dirigida por Phillip Kaufman en 1978, protagonizada por Donald Sutherland y Brooke Adams, la cual dio, más tarde, Alguien mueve los hilos (The Puppet Masters, 1958), basada en la novela de Robert A. Heinlen, es en el primer caso, un llamado de alerta contra la potencial amenaza rusa; en el segundo caso, un llamado de alerta contra un enemigo que nos hemos inventado, y que al final, nos reinventará a nosotros; y de ahí nos vamos a Invasión (The Invasion, 2007) protagonizada por Nicole Kidman y Daniel Craig donde no hay amenaza más que la que hemos creado nosotros mismos. Una amenaza medioambiental, que está en el aire, que es amenaza por cuanto la respiramos y está entre nosotrosÖ como sucede en El fin de los tiempos (The Happening, 2008), de M. Night Shyamalan.

Con Soy leyenda (I Am Legend, 1954) y remake en 2007 vemos cómo el vampiro social se convierte en un vampiro anónimo de su versión Guerra Fría, protagonizada su primera versión por Charlton Heston, y subtitulada La última esperanza o el Hombre omega.

Se trata del subsentido debajo del sentido absoluto de la trama, y de la representación cinematográfica, como elemento que da plausibilidad filosófica a la película. No podemos encontrar sentido alguno, o plausibilidad filosófica, por ejemplo, en Los payasos asesinos del espacio exterior (Killer Klowns From Outer Space, 1988) o en Plan 9 del espacio exterior (Plan 9 from outer space, 1959), de Ed Wood; como pasa en Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), una película sobre la natalidad y el encierro de Ridley Scott; Aliens, el regreso II (Aliens, 1986) , la pieza de propaganda republicana de James Cameron, y Alien III (Aliens 3) una película increíblemente evangélica, fundamentalista, diría yo, realizada por, ¡adivinaron!, un inglés: David Fincher. 

De naturaleza nipona

Pero larguémonos hacia Japón Oriente, la tierra sin metal que, kilómetro a kilómetro ha estado comprando África, poco a poco, para hacerse de las reservas de petróleo, hierro, níquel y otros tantos, nos da, hace poco tiempo Hombre de hierro (Tetsuo, 1988) en la forma de un violentísimo y abigarrado medio metraje sin banda sonora más que los incidentales, que más tarde originó la producción de un largometraje más elaborado y políticamente filosófico: un padre de familia de clase acomodada, el japonés sofisticado de la generación de la posguerra, un ejecutivo pos Hiroshima-Nagasaki que no conoce nada sobre el pasado nuclear de Japón, enfrenta unos síntomas extraños en su cuerpo. Fruto de unos experimentos abigarrados sobre su cuerpo, desarrollados por un doctor estadounidense que buscaba crear el soldado perfecto, este hombre se está convirtiendo en un arma de metal. Un cañón andante, una bomba con piernas, un tanque con cerebro y por lo tanto, un enloquecido guerrero urbano a quien la ambición de un secuestrador que ha raptado a su hijo a cambio de los secretos de su metal-psique, de su ontología indestructible, lo lleva a destrozar todo a su alrededor.

Con unos valores de producción mínimos, pero con el uso exquisito e imaginativo de la mente verdaderamente creativa detrás del lente, Tetsuo es un discurso violento, aterrador, una parábola que hizo que mis dientes chirriaran mientras el hombre de hierro caminaba, gemía, lanzaba alaridos angustiados al trepar por las paredes que cedían ante su peso que se incrementaba por segundos, que amenazaba con detonar el cañón de plasma en que se convirtió su corazón… y, por amor, destruirse.

Pero de Oriente también viene Godzilla (Gojira, 1954) es la versión japonesa; la americana data de 1998, y toda una pléyade de películas cuyas estrellas principales son, precisamente, el monstruo mencionado, además de robots, lagartos, y toda suerte de esperpentos de la era radioactiva un tema, un discurso, inclusive, diría yo, un universo estético, una conflagración cultural que tomó al mundo por sorpresa y ha dado como producto final, en Corea, a El huésped (괴물, Gwoemul), de Bong Joon-Ho, una obra maestra del cine de monstruos que viéramos en 2006. De la misma forma en que otras tantas cintas que nos hablan en términos graciosos sobre los temores de las civilizaciones a sus propios descubrimientos científicos (el descubrimiento de la energía nuclear facilitó a Hollywood y a muchas otras civilizaciones explotar los temores a cualquier desafuero político y militar en este sentido, concretando esos terrores colectivos en las hormigas gigantes, en los hombres gigantes, en los dinosaurios gigantes, además de los mutantes y otras muchas variaciones bestiales de lo humano como si esto no fuera, de por sí, una gran redundancia), el elemento tragicómico o sencillamente de comedia siempre está presente en muchas de las grandes piezas o películas memorables de estos tiempos y de ayer.

De manera particular, el último gran chiste que vi fue uno que, por su duración, me dejó sencillamente fascinado: Sector 9 (District 9, 2009) de Neil Bloomkamp, el joven director surafricano que, antes de este largometraje, solo había dirigido unos geniales cortos disponibles para los cinéfilos en el medio más democrático y plural que existe en el mundo: YouTube o, imagino, en Cuevana.com. En todo caso, la película es un ensayo sobre las minorías dentro de las minorías: una raza tan abyecta que hasta “los negros” sienten asco al tratarlos. ¡Y precisamente, en Suráfrica, la cuna del apartheid! Por alguna razón, hemos tenido que establecer relaciones con una raza alienígena que se ha quedado varada encima de Johannesburgo, en una gigantesca nave que flota por encima de la ciudad como un divertido presagio. Los alienígenas han sido ubicados en el Distrito 9. Pero ahora, por razones que escapan el control de la municipalidad, hay que trasladarlos a otro enclave, donde no hagan tanto desorden: los langostinos gigantes son proclives a la borrachera y, como dirían en el barrio, la “farruka”, el “ru-lain”.

Y así se inicia la lectura de un completísimo, humorístico, bien escrito, maravillosamente logrado en términos de efectos especiales (Weta, de Peter Jackson, fue la compañía que los concibió), ensayo cinematográfico sobre el racismo.

¡Maravillosa! De la misma forma en que es maravillosa una de las menos apreciadas películas dirigidas por John Carpenter, quien nos diera La cosa o El enigma de otro mundo (The Thing, 1982), un remake del clásico de la década de 1950 que parece hecho a destiempo: el comunismo como “lo desconocido”, o The Thing ya no era nada para temerle después de Gorbachov y doña Perestroika; Escape de New York (Escape from New York, 1981) con remake en 1997; Manhattan convertido en una cárcel de máxima seguridad sigue siendo una idea simplemente espectacular y elocuentemente actual, Cristina (John Carpenter’s Christine, 1983) de la novela de Stephen King, y En la boca de la locura (In the Mouth of Madness, 1995) un cuento “lovecraftiano” memorable, bien realizado, y maravillosamente actuado por Sam Neil y Jurgen Prochnow; también está Sobreviven (They Live!,1988), una cinta sin mayores pretensiones protagonizada por el, en aquel entonces, luchador de la WW F, Roddy Piper. Un caminante sin rumbo se encuentra, de sopetón, con una especie de facción terrorista, una resistencia secreta que, armada de unos espejuelos ultraespeciales, puede ver la realidad que otros no ven.

En una ácida y sarcástica crítica a la publicidad exterior, a la comunicación comercial en general, Carpenter nos hace el cuento de estos extraterrestres que, disfrazados con piel humana, nos envían mensajes subliminales en televisión y a través de los letreros en las calles, manteniéndonos hipnotizados, totalmente en control: obedece, no pienses, no actúes, se pacífico, pero la resistencia sabe lo que está sucediendo, y nuestro héroe se ve sumergido en el torbellino que espera a todo aquel que vaya en contra de lo establecido. Naturalmente, podemos imaginar el fatídico final de esta historia para que todo siga igual, algo tiene que cambiar, como dijera una vez Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su Gatopardo.

De la misma forma en que series como Los expedientes secretos X (The X Files, 1993-2002); Dimensión desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964) y Viaje a las estrellas (Star Trek, 1966 hasta hoy) fueron para la televisión estadounidense y mundial, paradigmas nunca vistos en otras épocas, hoy nos acercamos a los terrores de lo desconocido de otra forma más íntima. Criatura o Monstruo (Cloverfield, 2008) de J. J. Abrams, el mismo de Súper 8 (2011) y la serie Desaparecidos (Lost, 2004-2010) es un trepidante viaje por Manhattan huyendo del monstruo que ha surgido de nadie sabe dónde. Hasta llegar a la marisma de la ciudad a través de los túneles del subway, y de ahí a morir en Central Park, como buen manhattanite que lee The New Yorker o The Village Voice… una buena forma de morir, en todo caso.

En fin… sirva este trabajo para dar algo de sentido a un vistazo superficial y rápido a un género que se divide, y se subdivide, en largas ramificaciones que no dejan de ser interesantes, como toda manifestación artística en manos de las masas amorfas lo es. En todo caso, el horror está entre nosotros pero no nos damos cuenta porque estamos embebidos en otros argumentos dentro de nuestras cabezas, haciendo películas al azar, sin ton ni son. Y es que, si bien la belleza está en el ojo del que mira, el horror también.

Rubén Lamarche es escritor, crítico de cine, periodista, editor de revistas de negocios, diseño, comunicación visual, pintura y comunicación corporativa. Es guionista de cine, locutor de radio, actor de teatro y cine, profesor universitario. En la actualidad es director de comunicaciones de la Cinemateca Dominicana. Nació en 1970.

Bibliografía

ECO, Umberto, Historia de la fealdad, Barcelona, España. Editorial Lumen, 2007.

STOKER, Bram, Drácula, Chile. Edición electrónica: El Trauko, 2001

  1. VV. AA. El Vampiro, Madrid, España. Editorial Ediciones Siruela, 2001.

MÁS DE ESTE AUTOR


Batman Vs. Superman: nuestra guerra

¿Por qué Batman vs Superman: el origen de la justicia divide tanto como los partidos políticos? Quizás se deba a que identifica a bandos que llegan muy hondo en la psiquis humana tales como los góticos y los metropolitanos, o los superficiales y los profundos. Por encima de estos, y más críticos todavía, están los puristas o aquellos que creen en el «comic». En medio de todos estos, los que sencillamente la disfrutamos.
Leer artículo completo

Mi asesinato favorito. Un paseo por la literatura y el cine de homicidio

De Raskolnikov a John Doe, de Dostoievski a Seven, ha pasado mucho tiempo. Pero los fundamentos de Del asesinato considerado como una de las bellas artes no han cambiado. En este artículo, Rubén Lamarche explora someramente la historia del cine y la literatura, para hablarnos de los asesinatos más espantosos y macabros de la realidad y de la ficción. Analizando American Pycho, de Bret Easton Ellis, Psycho, de Alfred Hitchcock, y El resplandor, de Stanley Kubrick, nos propone un intenso y divertido paseo por el mundo del homicidio.
Leer artículo completo