Artículo de Revista Global 24

El mito roto: política y movimientos en la República Dominicana

El último libro de la dominicana Laura Faxas habla de la caída del proyecto popular-nacional como mito impulsor de su país, desde la cual; se puede extrapolar hacia los demás países latinoamericanos, en una obra que aborda el tema sin concesiones, planteando nuevos enfoques y abriendo el camino al debate y la reflexión.

El mito roto: política y movimientos en la República Dominicana

La obra de Laura Faxas El mito roto: Sistema político y movimiento popular en la República Dominicana, 1961-1990 es un detallado fresco de los procesos políticos, económicos y sociales de aquel país caribeño, elaborado desde la perspectiva del movimiento popular y sus avatares. Abarca tres décadas decisivas. Allí se despliega el análisis de este interesante libro, aunque en los primeros capítulos se ofrece un contexto histórico, muy útil para los no iniciados, que se remonta a las dificultades y límites de una nación en construcción, a partir del logro de la independencia frente a Haití en 1844, pasando por las vicisitudes de los alzamientos, la inestabilidad institucional con frecuentes asonadas y caídas de gobiernos, la intervención militar norteamericana (un factor fundamental en el área del Caribe), hasta desembocar en la dictadura trujillista que se enseñoreó sobre la sociedad dominicana durante 30 años: de 1930 a 1961.

El dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien en los últimos años de su dominio había reñido con ciertos intereses norteamericanos, fue emboscado y ejecutado por miembros de las clases altas, instigados por la Agencia Central de Inteligencia. Se desató una grave crisis política. Joaquín Balaguer, intelectual al servicio de Trujillo, fracasa en su intento de dar continuidad al régimen y convertirse en la nueva figura política dominante, por lo que tiene que entregar el control del Gobierno a un consejo de Estado integrado por figuras de la oligarquía y abandonar el país. La crisis se dirime finalmente en las elecciones de 1962, en las que Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), con el destacado apoyo del campesinado, resulta triunfador. Bosch intenta poner en práctica un proyecto de modernización política y económica, con fuerte énfasis en la justicia social. Bajo el fuego cruzado de los empresarios, la Iglesia Católica y poderosos grupos norteamericanos que financiaron las acciones de la oposición, siete meses después (en septiembre de 1963) el gobierno de Bosch es derribado por un golpe militar. Están en escena ya dos líderes o caudillos que marcarán la vida dominicana durante décadas: Balaguer y Bosch.

Aquí arranca el fenómeno político que constituye uno de los hilos conductores de la obra de Faxas: el nacimiento de lo que llama “el mito populista” en la República Dominicana, cimentado en torno al PRD. El análisis de las circunstancias en que el PRD se convierte en fuerza política, logra el triunfo electoral y, después del golpe de Estado, da nacimiento en el imaginario popular al mito del “encuentro del pueblo-nación”, constituye el punto de partida de la obra. Dibujando un arco temporal que se extiende por 20 años, el estudio llega a un punto culminante con las revueltas populares de 1984, irónicamente contra el gobierno del PRD, que, según el punto de vista de la autora, marca el fin o la muerte del mencionado mito populista.

Comienzo

El mito derivó del fracaso de la primera tentativa democrática y, paradójicamente, se alimentó de aquel revés. Como lo recuerda la autora, “Bosch luchó por la constitución de un Estado de derecho, por el respeto a las minorías –incluyendo a los comunistas– y por la defensa de las libertades públicas para todos”. Asimismo, promovió la modernización económica y defendió los intereses nacionales frente a las empresas extrajeras. Buscó institucionalizar cambios fundamentales mediante una nueva constitución que incluía el derecho de huelga, la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas, la reforma agraria para abolir los latifundios y los precios de garantías para los campesinos, entre otras medidas democráticas. Ciertamente, dicha constitución (cuya aplicación fue impedida por el golpe militar) “sintetizaba la auténtica naturaleza nacional-popular del régimen de Bosch”.

En la propia imposibilidad de que este proyecto pudiera convertirse en política práctica y dado que fue cortado de un tajo por las fuerzas de la derecha, internas y externas, se encuentra su fuerza mítica. “El hecho –dice la autora– de que el gobierno perredeísta de 1963 no tuviera tiempo de instaurar un régimen nacional popular hizo de ese modelo […] un mito de gran fuerza. Esta abortada experiencia populista se quedó en el imaginario de la población dominicana como un mito, una aspiración sin cristalizar y no como un fracaso, hasta 1978, cuando el prd, de regreso al poder, fracasó definitivamente en su tentativa de implantar semejante modelo.” ¿Qué implicaba el mito? Éste, responde Faxas, “unía las aspiraciones populares: deseo de integración económica, sentimiento nacional antiyanqui, democratización de la sociedad”. Esto es, en palabras de Wieviorka, “suprimir la distancia que separa al pueblo del poder”; y lo mítico le viene precisamente del intento de “conciliar lo que en la práctica es irreconciliable”.

En 1965, fuerzas populares combinadas con sectores militares descontentos se levantan contra el gobierno de facto y originan unas de las páginas más dramáticas y ricas de la historia dominicana y latinoamericana: la revolución o guerra de abril, a la que la autora dedica tan sólo unos cuantos párrafos. Las fuerzas populares alcanzan un logro asombroso: derrotan a los cuerpos del orden (Policía y Ejército) y buscan reinstaurar la constitución boschista. Ante este hecho, y alegando el peligro “comunista”, el Gobierno norteamericano envía tropas (42,000 marines) que ahogan el movimiento armado. Se pasó así de guerra civil a lucha por la soberanía nacional. Dos hechos marcan el desenlace: el regreso de Balaguer al poder (ese animal político siempre al acecho de una coyuntura favorable para hacerse del gobierno), con el apoyo de las fuerzas interventoras norteamericanas, que iniciará un doloroso período de dominio autoritario (los “12 años de Balaguer”), y, de nuevo, el reforzamiento en el imaginario popular del llamado mito populista.

La siguiente etapa se inicia con el retorno al poder del prd en 1978. El análisis de este período y sus consecuencias es uno de los pasajes más logrados de la obra que nos ocupa. Laura Faxas nos muestra cómo la llegada del prd al gobierno no implica la puesta en práctica de su proyecto. Falla en dar respuesta a las expectativas socioeconómicas de los sectores populares, es incapaz de dar contenido a una política de soberanía y, en lugar de abrir las puertas a la participación popular se desatan en su seno fuertes luchas, así como conflictos entre los poderes del Estado (Ejecutivo contra Legislativo), todo ello acompañado de escándalos de corrupción y muestras de descomposición política.

Vino la reacción. En abril de 1984 (de nuevo abril) se produce una revuelta popular, con manifestaciones violentas que arrancan de los barrios altos de la capital y se extienden por el país, con expresiones desiguales. La respuesta es la represión policial y del Ejército, con más de cien muertos, muchos heridos y centenares de detenidos.

Ruptura

Para abreviar, recurro a la síntesis de la autora: “La revuelta popular de abril de 1984 es el acontecimiento simbólico que señala la ruptura de los lazos entre el PRD y los sectores sociales populares e intermedios cuyos intereses representaba el partido También señala la nueva y definitiva puesta en entredicho de esa capacidad de integración imaginaria y mítica heredada por el PRD después de 1963 y 1965, así como el comienzo de una crisis del movimiento popular, el cual se encuentra enfrentado a sus propios límites, a saber, su incapacidad de promover cambios, de definirse como autor autónomo y de ejercer influencia sobre otras fuerzas sociales”.

En pocas palabras: derrumbe del mito populista y salida a flote de las limitaciones del movimiento popular como instrumento de participación e influencia política frente al Estado. Adicionalmente, y de nuevo, las condiciones creadas por dicho levantamiento (aunada a otras circunstancias) permiten el regreso de Balaguer al Gobierno en 1986.

En la tercera parte, se ofrece una amplia y detallada argumentación, sólidamente sustentada, que muestra la crónica fragmentación y las debilidades del movimiento popular, así como la capacidad del Estado para imponer sus políticas, con magros resultados para los intereses de las masas.

En suma, el libro contiene un marco analítico de gran riqueza teórica y empírica. ¿Tiene interés para los lectores de otros países latinoamericanos? Me parece que sí. En primer lugar, porque tanto los asuntos mismos, como las problemáticas teórico-políticas implicadas, rebasan la realidad dominicana. Son abundantes las cuestiones comprendidas en la obra que, ceteris paribus, aportan inspiración y pistas interesantes para aproximarse a procesos sociopolíticos similares en otros países del continente.

En segundo término, en varios aspectos, la obra es polémica y hasta atrevida en sus enfoques y formulaciones. No es conformista con el statu quo teórico: a menudo despliega propuestas que se apartan de los modelos analíticos establecidos en la literatura académica. Un ejemplo de ello es la negativa de la autora a interpretar el balaguerismo a partir del concepto de bonapartismo. Ella prefiere hablar de “ecuación”, y da razones para ello. Hablando en particular de los movimientos populares, el libro de Faxas es especialmente ejemplar para el estudio de procesos parecidos (motines, revueltas, rebeliones…) en otros países de nuestra región. Del caso de los “motines de hambre de 1984” se desprenden estrategias anaíticas interesantes (destacadamente, el rechazo de un enfoque reduccionista, y en especial economicista, que minimiza el papel de lo político y lo cultural, de la acción y de la subjetividad en la generación de las condiciones de las revueltas). El acercamiento a esta revuelta popular es en varios sentidos ejemplar y, por ello, transciende el mismo caso abordado.

Ahora bien, se puede plantear una pregunta crucial al respecto de una de las conclusiones centrales de esta obra. Esto es, ¿resulta aceptable la orientación general del ensayo, asentada en la construcción histórica del mito populista (el proyecto “popular-nacional”) y, especialmente, en su tesis del derrumbe y la muerte de dicho mito? No tengo problemas con la idea de la conversión del proyecto populista en un mito en el imaginario popular.

Tampoco tendría mayor objeción a la interpretación de los hechos de mitad de los ochenta del siglo pasado como una “ruptura” que marca el inicio de una nueva etapa política. Incluso es aceptable hablar de la “crisis” que sufre el modelo populista, tal y como lo perfila la autora. Pero me asaltan dudas sobre a la afirmación, fuerte, de la “muerte” del mito con la implicación de su “definitiva” irrelevancia, y sin retorno, en aquella sociedad. El mito “roto” deviene en mito muerto.

¿Muerte?

Me pregunto si esta certeza no está influida por la coyuntura en que el cuadro analítico fue elaborado. Es un momento, no hay que olvidarlo, en que las tendencias mundiales que luego se harían populares bajo las denominaciones de neoliberalismo y globalización irrumpen con una fuerza arrolladora, determinando no sólo las ideas (que impactaron el pensamiento primero de las élites y luego permearon el sentido común de las masas) sino también las prácticas políticas (especialmente de las élites gobernantes). Parecía que las metas comprendidas bajo el gran rótulo “populista” habían quedado superadas o eran ya inviables. Pero muy pronto brotaron en diversos puntos de Latinoamérica proyectos que, en lo esencial y según las particularidades de cada país, respondían a las pulsaciones, símbolos y metas socioeconómicas y políticas que se atribuyen al elusivo y polisémico populismo. En esos casos, el mito que había estado como en hibernación, irrumpió de nuevo en el escenario.

En su sentido más preciso de proyecto popular-nacional, empapado de antiimperialismo (o afirmación de la soberanía), apelando a lo nacional, imbuido de reivindicaciones sociales, ansioso de abrir espacios a la participación política de las masas (más allá de la tradicional democracia representativa), etc., reapareció en diversos países latinoamericanos a finales de los años ochenta, se reafirmó en los noventa y se convirtió en los primeros años del siglo xxi en poderosos movimientos populares que cristalizaron en gobiernos. Pienso, desde luego, en casos como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, entre otros. Incluso se observa en México, con movimientos como el neocardenismo (Cuauhtémoc Cárdenas) y, más recientemente, el lopezobradorismo.

Soy consciente de las incertidumbres y disputas, no sólo teóricas, que provoca la noción de populismo y de su abusivo uso político. Sabemos, para decirlo coloquialmente, que en las circunstancias latinoamericanas el término populismo lo mismo sirve para un barrido que para un fregado. Y que, frecuentemente, los que combaten cualquier posibilidad de cambio y ven en el consenso de Washington el alfa y omega de la economía y la sociedad políticamente correctas, golpean con el mazo del “populismo” cualquier proyecto que intente articular lo social y lo político en un marco nacional-popular, como expresión de un nuevo modelo en que se armonicen justicia y democracia. Se trata de un uso del término “populista” como arma de propaganda y combate político de las ideas y propuestas alternativas.

Lo que insinúo es que, tal vez, algunos de esos proyectos enmarcados como “populistas” tienen plena vigencia en las condiciones de nuestros países y que, en tal sentido, podría ser prematuro o apresurado decretar su muerte definitiva (incluso en cuanto a sus elaboraciones míticas) y prejuzgar sobre su fracaso inevitable. No sea que se aplique aquí la frase (atribuida al Juan Tenorio de Zorrilla, y más acertadamente a Juan Ruiz de Alarcón y Pierre Corneille) que dice: “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Creo advertir un matiz en ese sentido, en la frase situada al final de la obra. Advierte la autora: “La situación, ciertamente, sigue abierta”. Y en esa apertura, me parece, cabe la posibilidad de un renacimiento del proyecto popular-nacional, sin duda en nuevas circunstancias, incluso como mito impulsor, como “utopía histórica”, a la manera en que la esbozó Gramsci.

Lo dicho no menoscaba en lo más mínimo la calidad y la pertinencia del libro El mito roto… Todo lo contrario, pone de manifiesto el valor de una obra que cumple con el propósito fundamental de abordar los temas sin concesiones, corriendo riesgos en el planteamiento de nuevos enfoques y abriendo el camino para el desarrollo del debate y la reflexión, incluso más allá de su particular objeto de estudio. Eso es lo que hace el trabajo de Laura Faxas. Y lo hace estupendamente bien. Su lectura es muy recomendable. Y a eso les invito.

Héctor Díaz-Polanco es profesor-investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México. Obra reciente: El laberinto de la identidad, colección La Pluralidad Cultural en México 12/Programa México Nación Pluricultural, UNAM, México, 2006.

Nota

Laura Faxas: El mito roto: Sistema político y movimiento popular en la República Dominicana, 1961-1990, México: Siglo XXI Editores/FLACSO/Fundación Global Democracia y Desarrollo, 2007.