Artículo de Revista Global 70

El «movimiento alterado»: beber cervezas rima con cortar cabezas

El narcocorrido forma parte de la cultura popular en muchas zonas de México. Sin embargo, desde hace algunos años ha proliferado un subgénero con letras cargadas de extrema violencia y que ha provocado censuras gubernamentales, aunque su fama no decrece.

El «movimiento alterado»: beber cervezas rima con cortar cabezas

Diversas regiones de México están manchadas de sangre desde hace varios años. Hay que remontarse a la Revolución mexicana para encontrar un panorama con tanta violencia. La fuerza del narcotráfico y el proceder de las fuerzas del orden han dejado miles de cadáveres regados. Pero toda esta ola de muerte también puede escucharse a través de una expresión de la música popular. Lo llaman «movimiento alterado» y forma parte del más reciente rostro de la tradición del narcocorrido. Son escenas del cine gore llevadas a los canales auditivos.

Cantarle al crimen no ha sido exclusivo de México. Héctor Lavoe y Willie Colón incendiaron las pistas de baile con una salsa que hacía guiños a los chicos malos; la rumba catalana contó la vida de jóvenes delincuentes en la España posfranquista; en el rap de los suburbios de Francia y de los barrios negros de Estados Unidos no han faltado pistolas y canutos, entre otros ejemplos más. Las letras de muchos géneros populares narran las realidades de cada sociedad, incluidos sus lados oscuros. Decir lo contrario sería caer en la ingenuidad.

Las raíces del corrido mexicano se sitúan en el siglo XVIII, como una variante del romance español. Esta crónica cantada de gestas, biografías, crímenes y eventos trascendentes recibió una influencia importante de los inmigrantes europeos durante el siglo XIX, a través de estilos como la polca, el vals y el chotis y del uso del acordeón. El corrido fue ganando popularidad con la Revolución mexicana y la Guerra Cristera, hasta convertirse en uno de los géneros más apreciados en el país.

Cabe, sin embargo, destacar que en la mayor parte del siglo XX y en lo que va del XXI el corrido ha tenido como principal terreno fértil el norte de México, una zona a veces incomprendida por los habitantes del centro y sur del país. Carlos Velázquez, que es actualmente uno de los escritores más sobresalientes de las letras mexicanas, en sus obras –cuento, novela, crónica– ha reflejado con atino las particularidades de los pobladores de esta región. Velázquez ha incluso acuñado el término condición posnorteña para referirse a una cultura muy activa con ídolos propios, miradas puestas en el país vecino y referencias no tan constantes hacia la capital nacional, vocablos cargados de espanglish, tráfico de narcóticos como asunto de toda la vida y, por supuesto, el uso de la música para contar historias. El subtítulo de uno de sus libros más aplaudidos deja en claro este último punto: La Biblia vaquera (un triunfo del corrido sobre la lógica).

El corrido es descripción de hechos sociales y el narcotráfico no data de hace unos días. José Manuel Valenzuela es uno de los mayores estudiosos de las relaciones entre el narco y el corrido. Profesor en el Colegio de la Frontera Norte (Tijuana), Valenzuela es autor de Jefe de jefes: corridos y narcocultura en México, un libro decisivo para comprender esta mezcla entre crimen organizado, sustancias ilegales, crónica popular y música norteña. De acuerdo a Valenzuela, existen cuatro generaciones de narcocorridos. La primera nació con temas como «El Pablote», compuesto por José Rosales en 1931 y que cuenta la historia del traficante chihuahuense Pablo González, y «Por morfina y cocaína» de Manuel Cuéllar en 1934. Las referencias eran en estos casos más cercanas a la imagen del bandolero que con tanto atino analizó el historiador británico Eric Hobsbawn.

La segunda generación surgió en los años setenta, con el incremento del tráfico de drogas en la frontera entre México y los Estados Unidos. El primer hit de esta segunda generación fue «Contrabando y traición» de Los Tigres del Norte, grabado en 1974. Millones de mexicanos conocen la letra de esta canción que comienza así: «Salieron de San Isidro / procedentes de Tijuana / traían las llantas del carro / repletas de hierba mala / eran Emilia Varela y Camelia la Texana».

Otros artistas y agrupaciones se sumaron a la confección de narcocorridos en esos años, y obtuvieron gran éxito en los siguientes lustros, como Ramón Ayala y Los Cadetes de Linares. La actuación de reconocidos narcotraficantes llegó a millones de oídos, con temas donde figuraban elementos como la ascensión social usando la escalera del crimen organizado, la actitud a lo Robin Hood de ciertos capos y el apego a los viejos códigos de la criminalidad. También en algunos casos las canciones subrayaban el riesgo que significaba jugar con fuego.

Algunas almas se alarmaron al escuchar las letras de estos intérpretes, pero, después de todo, esto era la consecuencia del reflejo cada vez mayor del narcotráfico en la sociedad mexicana: Estados Unidos necesitaba más mercancía, se abrían nuevas rutas en la frontera, lavar dinero daba demasiados dividendos, el desempleo se paseaba con descaro y los capos intervenían cada vez más en oficinas municipales, estatales y federales.

Los años noventa y la primera década del milenio vieron nacer a una tercera generación de cantantes de narcocorridos, cuyas canciones serían conocidas como «corridos pesados». Así, Los Tucanes de Tijuana, Chalino Sánchez y Valentín Elizalde sonaron con fuerza en diversos medios del país. Sus letras ya mostraban un panorama del narcotráfico en plena transformación. Ya no se cantaba solamente a las buenas acciones de los capos de la droga frente a la población ni al self-made man. Poco a poco salían a relucir hechos más sangrientos. Los acuerdos entre jefes del narco –que aseguraban menores grados de violencia– se hicieron añicos, la lucha por el control de las rutas de exportación y centros de venta conoció escenarios insospechados, la creación de grupos paramilitares por parte de algunos carteles quedó en evidencia –como Los Zetas del cartel del Golfo– y la consolidación de los traficantes mexicanos como mandamases a nivel mundial fue una realidad.

Reflejo de este clima de violencia fue la muerte de Valentín Elizalde en noviembre del 2006 a manos de un comando armado. Una hipótesis muy sonada de este crimen es que Elizalde cantó un tema vinculado con un cartel en territorio enemigo.

Y a todo esto Felipe Calderón, presidente mexicano del 2006 al 2012, declaró en los primeros días de su gobierno una guerra contra los narcotraficantes con diversos aspectos lamentables: la carencia de estrategias claras, la nula voluntad para combatir las redes e intereses del narco en la economía y la política, el desinterés en la defensa de los derechos humanos y la cerrazón a considerar medidas distintas a las balas como es la despenalización de ciertas sustancias.

El resultado de esta violencia ha llenado de horror diversas regiones de México. Y también cuenta con un soundtrack propio: una cuarta generación de narcocorridos conocida con el nombre de «movimiento alterado».

En el 2009, los hermanos Adolfo y Omar Valenzuela, sinaloenses afincados en California, promocionaron en internet bajo el sello Twiins Music Group algunas canciones que habían sido censuradas en varias ciudades de México. El éxito fue inmediato entre miles de mexicanos que residen en Estados Unidos y poco a poco fueron programándose en emisoras en español. Además, varios establecimientos estadounidenses aceptaron vender los álbumes de estos artistas y la demanda de conciertos aumentó. Así, el trabajo de los hermanos Valenzuela, la difusión de canciones y videos por internet y la distribución de copias piratas del lado mexicano de la frontera hicieron surgir el movimiento alterado.

Verbos como degollar, cercenar, secuestrar y disparar, así como frases alusivas al consumo de drogas, a las armas de grueso calibre, a la sexualidad con tintes de macho alfa y al despilfarro de dólares en parrandas aparecen constantemente en las letras de grupos como Los Buitres, Buchones de Culiacán y Los Primos, aunque la estrella de esta generación de narcocorridos es El Komander. Estilísticamente, el movimiento alterado retoma el sonido de las viejas bandas sinaloenses, pero denota también influencia de los conjuntos norteños. Eso sí, con una narrativa sumamente explícita.

Uno de sus primeros éxitos fue el tema «Sanguinarios del M1», cantado al unísono por varios de sus miembros, en una especie de “We are the world” de la destrucción. La canción comienza así: «Con cuerno de chivo y bazuca en la nuca / volando cabezas al que se atraviesa / somos sanguinarios locos bien ondeados / nos gusta matar».

Al final se indica a quién va dirigida la canción a manera de homenaje: “Manuel Torres Félix / mi nombre y saludos / para Culiacán”.

Torres Félix fue durante años lugarteniente de Joaquín El Chapo Guzmán y murió en un enfrentamiento con militares. Culiacán (capital del estado de Sinaloa) aparece con frecuencia en los temas del movimiento alterado como el epicentro del arraigo de grupos criminales y cantantes. A su vez, no se trata de una casualidad territorial, ya que esta cuarta generación de narcocorridos está muy vinculada con el cartel de Sinaloa. Beto Quintanilla ha compuesto corridos donde habla de Los Zetas, y Los Inquietos del Norte han cantado temas donde aparece La Familia Michoacana, pero la mayoría de sus intérpretes habla de las gestas de Guzmán y sus secuaces.

Los artistas del movimiento alterado han sido acusados –como también ha ocurrido con otros cantantes de narcocorridos desde hace décadas– de componer canciones a pedido directo de algunos traficantes a cambio de dinero. En entrevistas y documentales –vale la pena mirar una y otra vez Narcocultura de Shaul Scharz–, los cantantes lo han confirmado, e incluso señalan que en algunos casos deben pedir permiso a un traficante para saber si está de acuerdo con algunas letras antes de que se difundan.

El movimiento alterado es canción, pero también cuenta con otros elementos en su parafernalia. La vestimenta corresponde a la usanza norteña, pero con onerosos accesorios que reflejan la bonanza en la billetera y con cortes de cabello no muy distintos a los del reguetón. En los conciertos algunos músicos suben al escenario con carrilleras en el pecho, ropa camuflada y chalecos antibalas; y no ha faltado el caso de una bazuca inutilizada sobre la espalda de un cantante. A todo esto hay que añadir coches deportivos de gran cilindrada, camionetas de doble tracción, referencias a la religiosidad del narco (Jesús Malverde, la Santa Muerte) y actuaciones en películas de bajo presupuesto.

Capitalismo salvaje, live fast and die young, las drogas ilícitas abriendo autopistas invisibles en la frontera, burlas al Estado por olvidarse de muchos: todo en pocos minutos de canción. Minutos que también pueden servir para enviar mensajes a los bandos enemigos, con ayuda de imágenes de extrema crueldad en internet.

Omar Valenzuela, uno de los fundadores del sello Twiins Music Group, señaló hace unos años en una entrevista que los músicos solo quieren ofrecer diversión y que, después de todo, un concierto de estos grupos permite que la gente se sienta narcotraficante por breves momentos. Las respuestas de los intérpretes del movimiento alterado subrayan una y otra vez que ellos nada tienen que ver con la violencia; solo reflejan lo que está ocurriendo en la calle. Cuentan lo que se vive en buena parte del país y dan voz a lo que sienten los que están del lado oscuro de la ley. Si de sentimientos se trata, vale la pena citar unas líneas de «El amor y la guerra», tema de Bukanas de Culiacán:

«Corto manos y cabezas / lo saben princesas / no tengo piedad pa tumbar los contras / cumplo las reglas del bisnes / torturo y liquido al que no se reporta / solo que tengo un problema / que lo hago pensando en tus besos preciosa».

¿Qué se puede decir sobre los intentos de censurar el movimiento alterado? No hay mejor recurso que descolgar el teléfono y llamar al académico José Manuel Valenzuela para preguntarle al respecto. Señala que la censura de los narcocorridos no es algo nuevo. Ya se habían prohibido los de segunda y tercera generación en radio y televisión, sobe todo cuando el narco «salió del clóset» en la música, citando nombres y apellidos de traficantes y políticos y también al hacer referencia a periodistas asesinados. Luego, con los corridos pesados y el movimiento alterado, la prohibición se instala en algunas zonas vetando su difusión en bares y conciertos, aunque comenta que esta música ha encontrado sus propias formas de llegar al público (internet, copias piratas, recitales del otro lado de la frontera o en ciudades mexicanas más permisivas).

¿Y estos intentos de censura son una buena medida? Valenzuela responde: «Es sobre todo una medida efectista. No resuelve ni aporta. Está vinculada con una tradición moralista que no mira completamente el problema. No se prohíben por la preocupación hacia los jóvenes. Lo que hay que entender es cómo impacta el narcotráfico y la violencia en las propias vidas de la población. La censura es el reflejo de una estrategia equivocada». Agrega al respecto: «Se parte de la idea de que quien escuche corridos caerá en las redes de narco, consumirá drogas o simpatiza con los narcos. Esto es completamente falso. Si el narco no estuviese en la cotidianeidad de la gente, sería otra cosa. Esto no tiene nada que ver con las canciones. Es tan pueril como pensar que José Alfredo Jiménez ha sido uno de los grandes culpables del consumo de alcohol en México. Hay que ir a los temas de fondo: ¿Cuáles son los elementos que provocan la expansión del narcotráfico? ¿Por qué existe un aumento de la violencia? No hay que trivializar asuntos tan serios pensando en los corridos».

En un momento de la conversación con José Manuel Valenzuela, sale a colación el futuro del narcocorrido. Comenta que es difícil que la violencia en las canciones disminuya mientras sigamos siendo testigos de una época terrible. «El corrido cuenta historias (como el cine, la literatura y el periodismo). Así que si sigue el empobrecimiento, si el Estado no atiende problemas, si sigue la impunidad, si continúan muriendo sobre todo jóvenes, si en el tema de las drogas no se cambia de estrategia, veremos que todo seguirá igual», apunta.

Joaquín El Chapo Guzmán espera su extradición a los Estados Unidos en una cárcel de Ciudad Juárez; los estudiosos de la criminalidad advierten que el viejo capo Rafael Caro Quintero está de vuelta en el negocio; aumenta la heroína producida con amapolas guerrerenses, y hace pocos días un enfrentamiento en Valle Hermoso (Tamaulipas) entre militares y miembros de un cartel dejó cinco muertos. Mientras tanto, El Komander prosigue con su gira de conciertos en el norte mexicano y California, donde cada noche entona frente al público las letras que lo han llevado a la fama.

Jaime Porras Ferreyra es periodista mexicano y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Montreal. Trabaja en temas vinculados con la internacionalización de la educación. Colabora en programas de radio y escribe crónicas y reportajes. Ha publicado textos en México, Canadá, Inglaterra, España, Venezuela, Argentina, Costa Rica, Ecuador, Perú y la República Dominicana. Está radicado actualmente en Montreal.


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