Artículo de Revista Global 13

El mueble es la casa

El mueble como una extensión del cuerpo, el mueble como representante de cualidades personales o sociales, el mueble como facilitador de acciones, el mueble como ente minimalista que ya no deja rastro en nuestras vidas, el mueble como fuente de placer. El mueble, ese desconocido.

El mueble es la casa

De lo macro a lo micro

A juzgar por las apariencias, el diseño arquitectónico o diseño de interiores es una profesión carente de un fin social, tan variable como las tendencias del mercado. Junto a este aparente divorcio del principal objetivo de cualquier profesión, se da la ausencia de investigaciones sobre lo que debería ser una de sus vertientes más estudiadas: la casa. Su importancia va más allá de su incidencia en nuestras vidas; es un punto de referencia histórico y social, hoy gravado con las necesidades emergentes propias de un mundo globalizado. La palabra casa, en su condición de hogar, es de una riqueza evidente. Tanto así, que estudios recientes en el área de psicología ambiental tienden a enfocarla en tres contextos diferentes: cultural, lingüístico e histórico; filosófico y fenomenológico, y psicológico (Moore, 207).

Contexto cultural, lingüístico e histórico. Parte de las dificultades para definir el concepto de hogar se debe a sus tantas acepciones. Rybczynski compara la casa con una cebolla cuya transparencia permite que veamos su interior, pero, a pesar de ello, estudiar cada capa nos haría perder de vista el conjunto (Garrigá, sin paginación). Así postula la alternativa de estudiar la casa por partes o como unidad.

Si bien su contexto lingüístico nos remonta a Hestia, históricamente el hogar se ve contrapuesto al éxodo o exilio. La idea de hogar que nos presenta el espacio doméstico como un lugar cómodo, privado y núcleo físico de la familia es producto de la era burguesa, cuando la casa se convirtió en símbolo de identidad de la clase media (Moore, 209; Rybczynski, 36). La idea de casa es tan real como intangible.

Contexto filosófico, fenomenología. La diferencia entre la casa y el hogar son temas recurrentes en la filosofía y la fenomenología. Heidegger explica cómo un espacio pasa a ser un lugar porque entiende que existe una diferencia entre habitar y morar. Para él, esta diferencia se esconde en la temporalidad, con el estar o permanecer en espacios o lugares, respectivamente. Bachelard argumentó que el significado del hogar es la piedra angular para elaborar una filosofía del espacio. El hogar es nuestro refugio y nuestro rincón del mundo. A través de él, el usuario interactúa con el resto del mundo (Llinàs, sin paginación).

Bajo la influencia de estas ideas, los geógrafos humanistas se plantean el análisis de la geografía del hogar. Tuan define los lugares como producto de actos humanos voluntarios dirigidos a su creación como tales y no como resultado de las características físicas del entorno. En la misma manera en que aceptemos o no este entorno, tendremos una definición de lo que llamamos hogar.

Contexto psicológico. Los psicólogos ambientales comenzaron a centrarse en el hogar en la década de los setenta. Hayward, Tognoli, Sixsmith y Despres elaboraron listas de los diferentes significados de la palabra hogar. Siendo la lista de Despres la más numerosa, diferenció un hogar de una casa por medio de características que aluden a sus significados psicológicos, sociales y culturales.

Para esta misma época, la reinterpretación de la teoría de Jung sobre el inconsciente colectivo redefine el hogar como una representación del yo. Appleyard torneó planteamientos de la pirámide de Maslow y el hogar se vio como proveedor de bienestar psicológico, social y fisiológico.

Otras teorías se centraron en los vínculos que las personas pueden tener con el entorno del lugar donde viven.

El espacio interior doméstico como mediación de la realidad. Stephenson ha dejado claro la importancia de un espacio interior doméstico: nos provee de un lugar para llevar a cabo actividades sociales, y, por otra parte, nos identificamos con él. Es la idea del espacio como mediación de la realidad (Llinàs, sin paginación). Antes que Stephenson, Barker había descrito como un espacio dictaba pautas de comportamiento; Sommer y Canter concretan que la interacción con un espacio depende del significado que se le atribuye. Ambos enfatizaban la importancia del comportamiento que podría esperarse dentro de un ambiente en particular.

A esto se añade que las investigaciones publicadas por Bonnes y otros autores sugieren que un espacio doméstico no sólo muestra el gusto estético de su dueño, sino que también refleja lo que éste entiende debería ocurrir en él (ver gráfico). El círculo se cierra cuando consideramos que lo que muestra un espacio interior, particularmente aquél que será visto por los demás, es producto de la percepción que tiene su dueño sobre lo que es apropiado social y estéticamente. Todo ello marcado por su experiencia cultural, social y personal (Wilson et al, 343), sin que por ello deje de estar sujeto a los símbolos compartidos con los demás miembros de una comunidad. Sólo así se efectúa la comunicación (Sadalla et al., 572).

La casa y el mueble: cara y cruz. Parece excesivamente simplista afirmar que el origen de la casa y del mueble solamente se remonta a una necesidad física. Empero, podríamos decir que esta condición ha sido determinante para que su uso perdure a través del tiempo. En este sentido, vemos la casa como refugio y el mueble como una extensión del cuerpo. Así plantea LucieSmith su origen: el primer mueble fue un apoyo para una especie que, habiendo sido cuadrúpeda, recién empieza a caminar erecta (Adrover et al., sin paginación), en el mismo sentido en que las herramientas, en sus orígenes, fueron extensiones de la mano (Heskett, 14).

Naturalmente, el uso metafórico y, con él, el imaginario de cada palabra, queda marcado por su origen. La palabra mueble no tiene un origen etimológico tan rico como la palabra casa. En castellano, francés e italiano, las palabras relativas a muebles, mobiliers y mobilia, significaban “lo que se puede mover” (Rybczynski, 38). Nuestro ideario de la palabra mueble es, por mucho, menos rico que el de casa.

Semántica del producto. A pesar de ello, hay cualidades aplicadas a la casa que han sido extrapoladas con éxito al ámbito del mueble. Tanto el mueble como la casa pueden ser representativos de cualidades personales (por ejemplo, valor estético o religioso) o sociales. En el caso de esta última, está la casa como proyección de la estructura social (Tapado, sin paginación).

Tómese como ejemplo la idea de lujo. La silla en su calidad de “trono” bien podría equipararse a la casa en su condición de “palacio”. En todo caso, vale señalar que esto no comprende un significado simbólico de la casa, sino una condición real y palpable; quizá por ello también se haya podido aplicar al mueble.

Reivindicación del mueble. Si bien la palabra mueble no nos remite a un significado metafórico de “arraigo” o “pertenencia”, por citar dos aspectos simbólicos de nuestra definición de casa, tampoco parece que se concibe la idea de una casa sin muebles. Cuando en un cuento infantil hay cambios de escala, los muebles también se ven afectados. Este no siempre es el caso de quienes la habitan o de aquellos objetos que se encuentran fuera de la casa. Desde este punto de vista, es como si la casa no existiera sin muebles, y viceversa.

No obstante, al mueble le competen condiciones independientes de su relación con la casa. Por su condición de objeto, el mueble se presta a ser apreciado en sentidos en que la casa no. Una apreciación de sus cualidades táctiles podría llegar a definirlo como suave y por ello confortable, sin importar su ausencia o presencia en una casa. Exceptuando rebuscadas excepciones, este no es el caso de la casa.

El mueble puede dictar implícitamente una pauta de comportamiento. Aunque sin limitarnos a él, nos referimos al concepto de affordance de Norman (9). Se supone que las personas eligen sus ambientes para facilitar acciones (Sadalla et al., 572) y esto es posible con la elección y disposición de determinados muebles. Así, el descenso que caracterizó el mobiliario de los años cincuenta dio a conocer “un nuevo estilo de vida” (Rodríguez, sin paginación) que parecía materializarse con las actitudes despreocupadas de sus usuarios.

Parece acertado valorizar al mueble y demás enseres del ámbito doméstico como mediadores entre el usuario y la casa en su acepción de ente arquitectónico. De la misma manera en que “los lugares no son producto de características físicas del entorno, sino de actos humanos voluntarios dirigidos a su creación como tal” (Adrover et al., sin paginación), el objeto existe desde el momento en que el usuario lo acepta así.

Agentes de abstracción. Garriga difiere argumentando que cuando el mueble hecho de manera artesanal pasa a producirse de manera industrial, deja de conservar nuestro rastro y con ello perdemos uno de los vínculos que nos une a los objetos. Vale señalar que son posiciones antagónicas: artesanía-dejar rastro versus industria-no dejar rastro, y beben de la misma fuente que rechaza tanto la casa blanca e inmaculada con muebles de acero que proponen tendencias minimalistas como la publicidad que retrata cocinas de ensueño que nunca se ensucian. En nuestro imaginario, lo hogareño no es ordenado (Rybzynski, 29,) por las mismas razones que el objeto industrial no es humano: en ambos casos se niega la presencia humana.

Si bien el objeto industrial no conserva las huellas de un uso cotidiano y esto impide que nos relacionemos con él de la manera en que solíamos hacerlo con el objeto artesanal de antaño, lo cierto es que de alguna manera hemos reemplazado o redefinido esta relación usuario-objeto. Parece mucho pedir que en un mundo tan consumista se prescinda de ella.

La respuesta podría ser que los objetos industriales han pasado a ser representativos de quienes somos, en la misma medida en que el gusto pasó de ser uno de los cinco sentidos a ser también una apreciación de nuestros valores estéticos. Así se explica que “con el advenimiento de la modernidad, se reconoce en dichos productos [de diseño] un mayor grado de representatividad del nivel estético […] al simbolizar mejor los conflictos contemporáneos” (Cutolo, 18).

Consideremos la emergente desmaterialización del objeto (el paso a seguir después del objeto artesanal e industrial) un “conflicto contemporáneo” o al menos una realidad propia de este tiempo. A ello también se refiere Garriga y nos consta que no contradice lo ya expuesto. Muy por el contrario, el “deterioro” de nuestra relación física con el objeto da paso a una relación desmaterializada en la manera en que mantenemos una relación más abstracta y simbólica con el mismo.

Hay que darse cuenta de que los consumidores buscan no tanto la satisfacción en los productos como el placer en las experiencias ilusorias que éstos construyen sobre la base de los significados atribuidos a tales productos (Cutolo, 33). Al menos potencialmente, cada persona puede descubrir y cultivar una red de significados de las experiencias de su propia vida (Heskett, 53). Así se entreteje la relación usuario-casa-objeto: una ilusión, sueño o aspiración por cada idea preconcebida que se nos vende.

Angélica Rodríguez Bencosme es graduada magna cum laude en Diseño y Decoración Arquitectónica por la Universidad Iberoamericana. Cursó el posgrado Habitar la casa: una aproximación interdisciplinar al conocimiento del espacio doméstico en la Universidad Politécnica de Cataluña. Se ha especializado en muebles y ha realizado investigaciones independientes.

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