Artículo de Revista Global 38

El periodismo 250,000 cables después

Wikileaks y la revelación de información clasificada sobre las guerras de Irak y Afganistán, además del cuarto de millón de cables del Departamento de Estado, han despertado en el mundo de los medios de comunicación las más encontradas reacciones. ¿Lo que hace Julian Assange es periodismo? ¿Forzará la colaboración entre cinco medios emblemáticos de la prensa tradicional a un nuevo modelo que saque de su depresión creativa y financiera a los medios tradicionales?

El periodismo 250,000 cables después

Wikileaks no es periodismo, ¿o lo es? La discusión está planteada e implica que los medios tradicionales reconozcan una pérdida de poder, la necesidad de intermediarios, y su nuevo papel en la comunicación. Wikileaks no constituye algo completamente nuevo, pero lo cambia todo.

Antecedentes sobran de filtraciones de informaciones y documentos clasificados. Ahí están Los papeles del Pentágono, que expusieron, mediante la publicación en el New York Times y luego en cinco libros, cientos de documentos secretos que mostraban “las mentiras de la administración de Lyndon Johnson sobre la Guerra de Vietnam” (Apple Jr., 1996), y ahí está Watergate, el emblemático caso en que los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, guiados por una fuente de alto nivel del FBI, develaron secretos que culminaron con la renuncia de la presidencia de Estados Unidos de Richard Nixon.

Pero en la cultura de American Idol –que busca desesperadamente héroes y villanos, los enlata, produce en masa y difunde en nanosegundos gracias a las tecnologías de comunicación–, la mediática, controvertida y hasta sensual imagen de Julian Assange, el hombre de la revelación de más de un cuarto de millón de cables diplomáticos estadounidenses y de miles de reportes militares sobre las guerras de Irak y Afganistán, ha sacudido con tal severidad al mundo que, a comienzos de febrero de este 2011, el buscador de Internet Google registraba alrededor de 52,700,000 documentos que contenían la palabra “Wikileaks”.

El sitio web saltó a la fama, al menos en Estados Unidos, el 5 de abril de 2010, cuando colgó un video militar clasificado en el que mostraba “el asesinato indiscriminado de más de una docena de personas en el suburbio iraquí Nuevo Bagdad, incluidos dos empleados del área de noticias de Reuters” (Assange, 2010). En el ataque dos niños resultaron gravemente heridos. Detalles sobre las muertes, ocurridas en 2007, y el video finalmente publicado por Wikileaks habían sido solicitados por Reuters sin éxito mediante el Freedom of Information Act (FOIA, la ley de libre acceso a la información de Estados Unidos) durante tres años. Reportó Wikileaks o, lo que es lo mismo, Assange, descrito por periodistas de The New York Times como un personaje “inteligente y culto, extremadamente hábil con la tecnología, pero arrogante, hipersensible, conspirador y extrañamente crédulo”. (Keller, 2011).

La alianza del portal de Julian Assange con cinco buques insignia de la prensa mundial –The Guardian, El País, Le Monde, Der Spiegel y The New York Times– para revelar el contenido de unos 250,000 cables de la diplomacia estadounidense y otros documentos militares clasificados sobre las guerras de Irak y Afganistán (pocas veces está tan asegurada la morbosa curiosidad del público como cuando “gargantas profundas” carraspean secretos de Estado) se dio justo en un momento en que la prensa escrita pasa por una de sus mayores crisis de identidad y de finanzas, y plantea nuevas perspectivas para el periodismo en la era de Internet, los teléfonos inteligentes y las tabletas.

Mientras un intelectual de izquierda como el norteamericano Noam Chomsky, uno de los editores del quinto volumen de Los papeles del Pentágono, calificaba en noviembre de 2010 el trabajo de Wikileaks como “una forma legítima del periodismo” y anticipaba que se tomarían medidas severas para bloquearlo (Hax, 2010), el premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, en el otro extremo del espectro político, lo descalificó en su columna de El País: “El señor Julian Assange, más que un gran luchador libertario es un exitoso entertainer o animador, el Oprah Winfrey de la información” (Vargas Llosa, 2011).

Vista del ángulo que se prefiera, la publicación de los documentos del Departamento de Estado ha elevado a Wikileaks y a Assange a niveles de celebridad hollywoodense, con prisión y escándalo sexual incluido. Pero también ha colocado en aprietos a la organización, que depende de donaciones y de promoción a través de las redes sociales.

En su artículo Siete pensamientos sobre Wikileaks, el profesor de Derecho la Universidad de Harvard y ex procurador general asistente para la oficina de consejería legal del Departamento de Justicia de los Estados Unidos durante la administración de George Bush hijo, Jack Goldsmith, consideró que Assange ha sido “exageradamente vilipendiado”, teniendo en cuenta que, según jurisprudencia creada en el caso de Los papeles del Pentágono “la responsabilidad de estas revelaciones recae firmemente sobre la institución encargada de mantenerlas secretas: el Poder Ejecutivo” (Goldsmith, 2010).

Estados Unidos no la ha tenido fácil a la hora de mantener su política de defensa de la libertad en Internet en países como China y a la vez protestar enfáticamente contra Wikileaks. “Estamos preocupados por la determinación de algunos gobiernos de censurar y silenciar a individuos, y restringir el libre flujo de información”, dijo el vocero del Departamento de Estado, P.J. Crowley nueve días después del destape de los 250,000 cables de Wikileaks (Rogin, 2010).

Prácticamente al mismo tiempo en que estas declaraciones se emitían, presiones atribuidas al Gobierno de Estados Unidos llevaron a compañías que manejaban los servicios de donaciones de Wikileaks, como PayPal, Visa y Mastercard y a Amazon, que hospedaba el sitio web, a romper con Assange y su organización. Los “contraataques” contra los sitios de esas empresas no se hicieron esperar. Mientras crecían las tensiones, “espejos” de Wikileaks se multiplicaban y la información seguía emergiendo.

“La estrategia actual de presionar a intermediarios (PayPal, Mastercard, Amazon, varios servicios de nombre de dominios, entre otros.) para que dejen de hacer negocios con Wikileaks va a tener un efecto marginal en su capacidad para recaudar fondos” (Goldsmith, 2010). No impedirá, sin embargo, que todo termine en Internet. En la era de las redes, y esa es la primera lección que surge de la saga Wikileaks, resulta imposible bloquear la información.

Todo comenzó con un periodista

Su nombre es Nick Davis y, aunque no tiene la fama de Assange, es el responsable indirecto de la colaboración sin precedentes entre The Guardian, The New York Times y Der Spiegel, en un primer momento, y El País y Le Monde más adelante.

Davis, reportero de The Guardian, intrigado por la historia de un “garganta profunda” armado de un disco compacto de Lady Gaga lleno de secretos de Estado y un australiano dotado para la informática que huía por el mundo con un tesoro de información, contactó a Assange y lo convenció de que “en vez de tirar crudo en Internet todo eso, trabajara con medios tradicionales para, primero, lograr más impacto, y también para dar sentido a la información” (Columbia University, 2011).

Y Davis tenía razón. Unos 300 millones de palabras fueron procesadas por un equipo compuesto por reporteros, editores, abogados y especialistas en tecnología de The Guardian y The New York Times, según contó el propio director de The Guardian, Alan Rusbridger, durante una conferencia sobre la colaboración con Wikileaks celebrada en la Universidad de Columbia (Columbia University, 2011).

¿El resultado? Un tsunami mediático y temblores en todas las estructuras diplomáticas del mundo.

Medio en broma, medio en serio, el director ejecutivo de The New York Times se preguntó si habría tenido la “generosidad” de Rusbridger de haber entrado en contacto primero con los cables de Wikileaks (Columbia University, 2011).

Pero no era precisamente desprendimiento lo que llevó al director de The Guardian a buscar una alianza trasatlántica. Rusbridger quería ayuda en el inmenso trabajo, buscaba garantizar la publicación con más de una plataforma tecnológica trabajando el tema simultáneamente, pero sobre todo “buscábamos la protección en las leyes de prensa, más robustas en Estados Unidos que en Inglaterra” (Columbia University, 2011) y evitar que la publicación fuera detenida por un impedimento gubernamental.

Una amenaza de censura previa o de “detención de las prensas” (o de los sitios web) era menos problemática para The New York Times, victorioso en los años setenta en el caso de Los papeles del Pentágono, que sentó un precedente jurídico. El 30 de junio de 1971, la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, con un voto de seis a tres, levantó una restricción gubernamental de publicación de aquellas filtraciones, luego de la salida de tres artículos en The New York Times (Apple Jr., 1996).

“Esa victoria envalentonó a los medios de comunicación, y el contenido de Los papeles del Pentágono garantizó, al menos para la generación de periodistas directamente involucrados, que cada palabra del Gobierno fuera sometida a un escrutinio escéptico (y con demasiada frecuencia cínico). La administración de Nixon respondió creando la unidad de los ‘plomeros’ (así llamados porque debían lidiar con ‘fugas’ como las de los papeles del Pentágono). Ese paso llevó al escándalo de Watergate y finalmente a la renuncia de Nixon” (Apple Jr., 1996).

La vigencia de los medios tradicionales

La otra inquietud de Rusbridger, director de The Guardian, y muy posiblemente la que llevó a Assange a acercarse a un medio tradicional en primer lugar, era potenciar al máximo el impacto de la publicación de los cables y los informes militares de Irak y Afganistán.

Bien podía Wikileaks, que había ganado fama con el video del asesinato del equipo de Reuters, colgar sus cables en la web y Assange evitar las complicaciones que le trajo la “convivencia” con medios tradicionales, al punto de que ya está en el ciberespacio el libro electrónico “Secretos abiertos: Wikileaks, la guerra y la diplomacia norteamericana: Cobertura completa y expandida de The New York Times”, poco halagüeño para con el australiano.

En su obra Comunicación y poder, Manuel Castells arroja luz sobre las razones que aún hacen vigentes a los medios masivos, aunque sometidos a una nueva dinámica que los obliga a reinventarse: “Lo que llega a Internet puede llegar al mundo entero. No obstante, este filtro mantiene un considerable poder de conectar en red porque la comunicación más socializada se procesa todavía a través de los medios, y los sitios web de información más populares son los de los principales medios por la importancia que se concede a la marca como fuente del mensaje. Además, el control de los gobiernos sobre Internet y el intento de las empresas de cerrar las redes de telecomunicaciones en sus ‘cotos privados’ demuestran que los filtros siguen manteniendo el poder de conectar en red” (Castells, 2009).

¿Importa mucho lo que cinco grandes medios de comunicación y un portal web digan a la hora de formarse una opinión o de tomar partido por una causa o rechazarla? ¿Tiene Wikileaks más o menos seguidores o detractores (en proporción) luego de la alianza con los medios masivos? ¿Hay más gente a favor o en contra del estilo de diplomacia estadounidense o de sus tácticas de guerra?

Castells plantea que la información “por sí misma no altera las actitudes a no ser que exista un nivel extraordinario de disonancia cognitiva. Esto es debido a que las personas seleccionan la información de acuerdo con sus marcos cognitivos” (Castells, 2009). Es decir, llevándolo al maniqueísmo más absoluto, quien en Estados Unidos esté por la guerra o por el Tea Party siempre sintonizará Fox News y despreciará CNN. Y viceversa.

¿Para qué sirven los medios? Más allá de la arrogancia

Wikileaks ha venido a confirmar lo que ya sospechábamos: la nueva función del periodismo y sobre todo de los periódicos y las grandes organizaciones de noticias es dar contexto, verificar, certificar y traducir para el público las jergas militares, diplomáticas, científicas y de toda índole. Pero ¿no era esa siempre la idea? Las prisas por competir al menor costo, dar la última primicia y estar en todas partes, todo el tiempo, pueden haber opacado la misión del oficio que llena las butacas de las escuelas de periodismo.

Cambia el “ecosistema” de medios, cambian los tiempos de procesamiento de datos, pero el periodismo sigue siendo periodismo.

“Resulta evidente que los medios tradicionales van perdiendo poder y control sobre el monopolio de la información, al tiempo que los individuos conectados a las redes ganan poder y control sobre la información.

Ya no solo lo tenemos los tradicionales medios de masa, sino que ahora también contamos con una masa de medios, conformada por todos nosotros”, dijo en noviembre Rosental Calmon Alves, director del Centro Knight de Periodismo para las Américas, durante la conferencia El futuro del periodismo en el contexto actual de cambio de modelo económico de los medios y de nuevas audiencias y recursos tecnológicos (Cátedra UNESCO de Comunicación, Democracia y Gobernabilidad con sede en la PUCMM, 2010).

Para distanciarse de Wikileaks y mantener su “superioridad”, los medios se han empeñado en mostrar sus grandes esfuerzos éticos para preservar vidas y evitar perjudicar la “seguridad nacional”. The New York Times ha subrayado una y otra vez su independencia de Assange, al punto que se rehusó a enlazar a Wikileaks a su portal porque allí se mantuvieron nombres de personas cuya mención, entendía el diario, podía ser letal.

The New York Times, ha explicado su director ejecutivo Bill Keller, nunca consideró a Assange como un colaborador, sino como una fuente (Keller, 2011), (Columbia University, 2011).

Keller llegó a decir durante una conferencia en Columbia University que le preocupaba que The New York Times fuera visto como “un periódico de izquierda” (y no como uno “imparcial”) al haber sido invitado junto a The Guardian, Der Spiegel, El País y Le Monde (Columbia University, 2011).

El valor de los cables diplomáticos de Wikileaks, para el director de El País, Javier Moreno, reside en que revelan “de forma exhaustiva, como seguramente no había sucedido jamás, hasta qué grado las clases políticas en las democracias avanzadas de Occidente han estado engañando a sus ciudadanos” (Moreno, 2010).

Moreno afirmó, durante un debate organizado en Madrid, que el cambio de panorama mediático es innegable y, agregamos, necesario.

Wikileaks, las filtraciones y la masiva colaboración entre medios, periodistas y especialistas de distintas ramas de la comunicación, la informática y el derecho, ha devuelto la esperanza en que existe un papel para los medios de comunicación en la era de Internet.

Los cables son un llamado para países como la República Dominicana en los que la transparencia sigue en pañales y donde instancias como el Congreso, la Junta Central Electoral, el catastro, las aduanas, el Banco Central o la Tesorería Nacional –todas de vital importancia para la ciudadanía y la democracia–sacaron malas notas en lo que a cumplimiento con la ley de libre acceso se refiere. Sea cual sea la agenda de Julian Assange, y sea cual sea el resultado –que de hecho es escaso– de la publicación de las informaciones clasificadas ha quedado establecido que, aun en el tiempo del usuario-autor, el periodismo y los periodistas siguen siendo necesarios… pero necesitan despertar.

María Isabel Soldevila es graduada de Periodismo en la UASD (2002) con maestría en la Columbia University, NY. Fue becaria Fulbright, María Moors Cabot y de Taiwán (2004). Tiene estudios avanzados de Lengua y Civilización Francesa en La Sorbona, París (2005) y un certificado en Business Management de la New York University (2008). Es jefa de Redacción del Listín Diario. Dirigió la Escuela de Comunicación de la PUCMM (2006- 2008) donde es docente y dirige la Cátedra UNESCO de Comunicación, Democracia y Gobernabilidad. Cofundó la Red Dominicana de Periodistas con Perspectiva de Género.

Bibliografía

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