Artículo de Revista Global 63

El poeta pluralista

Coincidiendo con la dedicatoria que la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo de este año le hace a Manuel Rueda, la Fundación Corripio ha reunido una serie de comentarios, semblanzas y artículos que giran en torno a este gran artista y escritor dominicano. El volumen se titula Manuel Rueda. Testimonios y reúne los comentarios y análisis de más de setenta escritores e intelectuales. El texto que se presenta a continuación es tomado del libro y hace un recorrido por la obra y vida de quien es considerado por muchos como el artista dominicano más importante del siglo xx.

El poeta pluralista

Cuando José Alcántara Almánzar escribe que Manuel Rueda es el artista dominicano más importante del siglo xx se refiere tanto a su capacidad polifacética que remite a la de un artista renacentista como a la huella que ha dejado en la cultura dominicana. Además de poeta, músico y dramaturgo, también se destacó como narrador, ensayista, periodista y folclorista. A pesar de que en la actualidad se le asocia más con la literatura, Rueda fue sobre todo músico de profesión y es considerado uno de los pianistas más importantes que ha tenido el país.

En 1939, a la edad de dieciocho años, tras graduarse de concertista y profesor de música, fue becado por el Gobierno dominicano para estudiar en Santiago de Chile. Fue en esta ciudad, mientras estudiaba bajo la tutela de Rosita Renard, donde comenzó a interesarse de lleno en la poesía, género que le fue inculcado desde pequeño por su madre, quien le solía recitar poemas de Bécquer y Campoamor. Aunque en esa época la influencia de Neruda en Chile era absoluta, Rueda se decantó por la obra de Vicente Huidobro, a quien llegó a considerar su maestro, e hizo amistades con poetas y escritores coetáneos tales como Enrique Lihn y José Donoso.

En 1944, cuando regresó a Santo Domingo para una gira de conciertos, entabló contacto con Franklin Mieses Burgos y empezó sus colaboraciones con la revista La Poesía Sorprendida. Ya de vuelta en Chile publicó su primer libro, Las noches, una colección de sonetos que fueron elogiados por el afamado crítico chileno Alone. En 1963 dio a la imprenta La criatura terrestre, considerado como uno de sus libros fundamentales, donde desde ya salen a relucir varios de los ejes temáticos –la identidad, la frontera, lo social, lo mágico-religioso, el amor– que desarrollará en libros posteriores.

La noche del 22 de febrero de 1974, en la Biblioteca Nacional, tras una proyección a color de El tambor de la isla, Rueda leyó la conferencia titulada «Claves para una poesía plural», con la que presentaría el pluralismo. Considerado como el último movimiento de vanguardia de la poesía dominicana, el pluralismo ofrecía novedosos procedimientos de escritura, de lectura y de apertura a diversos métodos de comunicación. A partir de técnicas tomadas del pentagrama musical, del arte pop, del creacionismo de Huidobro y de la poesía concreta, se intentaba renovar y aportar nuevas rutas a la poesía dominicana e internacional. Esas primeras experiencias pluralistas se agruparon al año siguiente en el volumen El tambor de la isla.

Sin embargo, es en Por los mares de la dama, de 1976, donde logra conciliar sus temas con esos procedimientos. Los experimentos formales ganan terreno en este libro donde además el poeta establece vasos comunicantes con la poética de Allen Ginsberg, Nicanor Parra y Fernando Pessoa. Esa mezcla de vanguardia y tradición también definiría sus dos grandes poemarios de madurez: Consagración del cuerpo único y Las metamorfosis de Makandal. Mientras el primero, que reúne prácticamente toda la poesía que escribió durante la década de los ochenta, explora las identidades del ser, a través de las máscaras, la otredad y el mundo nocturno, en el segundo esas identidades alcanzan las dimensiones de toda una nación y de los procesos históricos de nuestra isla.

También es necesario resaltar su trabajo como dramaturgo. Su primera obra, La trinitaria blanca, merecedora del Premio Nacional de Literatura 1957, cambió por siempre el teatro dominicano. A esta le siguieron La tía Beatriz hace un milagro, Vacaciones en el cielo, Entre alambradas y El rey Clinejas. Al igual que los dramas de Lorca, estas obras presentan fuertes personajes femeninos y un tratamiento realista y depurado, de carácter simbólico, los cuales, tomando en cuenta la biografía del autor, pudieron estar influidos por su infancia en Montecristi, donde estuvo rodeado de tías. En su último drama, Retablo de la pasión y muerte de Juana la Loca, que resultó galardonado con el Premio Tirso de Molina 1995, vuelve a indagar en estas temáticas. Este análisis podría trasladarse a gran parte de su narrativa. Así vemos la soledad de la protagonista de La prisionera del alcázar, la impotencia de las mujeres que aparecen en Papeles de Sara y otros relatos, y el destino funesto de Bienvenida Ricardo en quien está basada Bienvenida y la noche.

Quizás Rueda veía su soledad reflejada en esos personajes. Sin embargo, a diferencia de muchos artistas, nunca estuvo recluido. Al contrario, estaba continuamente trabajando, impartiendo clases de música, preparando el suplemento literario Isla Abierta, del que fue director, y leyendo las obras de los poetas que lo frecuentaban.

Las metamorfosis de Makandal –que contiene todas las claves de su obra y cierra un ciclo que empieza en La criatura terrestre y que se relaciona con el origen y la identidad, que son quizás los grandes fundamentos de la literatura caribeña– fue el último libro que publicó en vida. Acá Rueda retoma algunos procedimientos del pluralismo y hace uso de su erudición y de su conocimiento de la cultura nacional para emprender una obra equiparable a epopeyas caribeñas como Cuaderno de un retorno al país natal de Aime Cesaire y Omeros de Derek Walcott.

Makandal –aunque escrito en una grafía más cercana al español– es el mismo Mackandal que aparece como personaje en el El reino de este mundo de Alejo Carpentier. Según los registros históricos, se trataba un sacerdote vudú originario de Guinea que inició una insurrección de esclavos y fue quemado en la plaza pública de Cabo Haitiano. La inmortalidad y la capacidad de transformarse en una serie de animales, que se decía que Mackandal poseía, son utilizadas para atrapar esa identidad que resulta imposible definir. Sin embargo, el Makandal al que hace referencia Rueda no procede de los libros, más bien surge de las leyendas que el poeta oyó en su niñez en el pueblo fronterizo de Montecristi. A esto se refiere en la última sección del poemario, titulada «Libro del comienzo y el fin», compuesto de cuarenta poemas en prosa escritos en clave autobiográfica.

En 1997, un año antes de que se publicara, tuve la dicha de que Rueda me leyera fragmentos de Las metamorfosis de Makandal en su casa de la Pasteur. Para entonces yo contaba con diecinueve años y era uno de los integrantes del círculo literario del Intec dirigido entonces por Ida Hernández Caamaño. Había ido con ella y los demás integrantes a conocer al poeta y conversar con él. La velada fue muy agradable y, a cada pregunta que hacíamos, Rueda respondía de una manera receptiva y risueña. Tenía esa virtud que poseen algunos maestros y que consiste en hacerles sentir a sus interlocutores que están a su mismo nivel. Cuando alguien le comentó que yo escribía, él insistió tanto en que le leyera algo; no tuve más remedio que recitar de memoria un poema que recordaba. Lo increíble fue que Rueda dijo que el tema de la muerte tratado en mis versos le recordaba un libro en el que estaba trabajando. Se trataba del manuscrito de Las metamorfosis de Makandal que leyó, o, más bien, interpretó de un modo tan mágico e impactante que a pesar de los años aún recuerdo el sonido de su voz.

Esa noche me despedí del poeta con la promesa de que le llevaría mi poema impreso. A él se le había metido en la cabeza que debía publicarlo en Isla Abierta. Sin embargo, fui tan tímido e inseguro que nunca se lo llevé. Lo volví a ver de lejos, casi dos años después, en una lectura de poesía que realizaron en la Feria del Libro. Ya Las metamorfosis de Makandal se había publicado y en esos días había recibido el Premio Nacional Feria del Libro Eduardo León Jiménez. En esa ocasión, aprovechando la presencia del poeta, alguien leyó «El gran desfile», uno de los poemas del libro, que satiriza a los políticos dominicanos y que había causado un pequeño revuelo en el medio. Al final de la lectura quise acercármele, pero el flujo de personas que lo saludaba era tanto que desistí, decisión que lamentaría, especialmente cuando meses después, me enteré de su muerte.

Makandal es la metáfora perfecta de ese ser proteico y plural que fue Manuel Rueda. Un escritor, si realmente es un escritor, sufre varias metamorfosis a lo largo de su vida. La última consiste en transformarse en sus libros. Ese fue el destino de Manuel Rueda y ahí están sus libros para atestiguarlo.

Frank Báez es el editor de Global


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