Artículo de Revista Global 87

El vértigo del presente continuo

El VIII Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) tuvo lugar en Córdoba (Argentina) del 27 al 30 de marzo del año en curso. Bajo el lema «América y el futuro del español», se organizaron varios coloquios, paneles y debates. El siguiente texto fue leído en una mesa titulada «Periodismo digital: los retos de una lengua en Internet», en donde el autor estuvo acompañado de Juan Ramón Martínez, Arsenio Escolar, Martín Caparrós, Patricia Nieto, Mario Tascón y Julio Villanueva Chang.

El vértigo del presente continuo

No sé muy bien por qué estoy sentado en esta mesa. No soy periodista. No tengo ni la práctica ni me he inventado la teoría del ejercicio periodístico. Examinando posibles razones para haber caído aquí, por fortuna acompañado de periodistas que admiro, se me ocurre que es porque escribo quincenalmente para recomendar la lectura de algún o algunos libros; esos comentarios los envía la editorial Luna-Libros mediante correo electrónico a unos quince mil destinatarios y luego los fija en un blog.

Mi comentario no necesariamente es sobre alguna edición reciente, de modo que ejerzo un tipo de periodismo ajeno por completo a la actualidad y con el único criterio de compartir el gusto de una lectura. Lo que hago, pues, es un recetario de libros. Hasta ahora, y a lo largo de cien quincenas, nunca he hablado mal de ningún libro. En gozar leyendo, que así se llama este correo periódico, se trata de alimentar el vicio lector con recomendaciones de libros que me han producido alguna clase de placer. De modo que mi aprovechamiento periodístico de la red es ajeno a la aceleración, el inmediatismo y el sentido del tiempo que domina en la red.

El título de esta mesa es «Periodismo digital: los retos de una lengua en Internet». No entiendo muy bien en qué sentido se plantean esos retos, de modo que me quedan la imaginación y la libertad de enunciar los que se me ocurren. El primer reto, además creo que el único desafío para un idioma, es ser inteligible. Si el idioma de Castilla se instala al otro lado del océano y se comienza a usar prácticamente en todo el sur del río Bravo —asunto que ocurrió hace poco más de medio milenio—, su reto consiste en tener capacidad metamórfica para incorporar usos, objetos y costumbres de esta América y, a la vez, ser comprensible para todos los hablantes.

Algo parecido sucedió con la llegada de todos a la red. Y el idioma se irá moldeando con palabras más cortas, con siglas que resumen frases enteras y, de seguro, será más permeable a expresiones en otras lenguas. Y como idioma que más se escribe que se escucha, como desde hace mucho está ocurriendo, irá transformando algunas de sus expresiones que ahora son palabra escrita y se convertirán en iconos, en ideogramas, en símbolos.

También la división del trabajo seguirá cambiando, muy posiblemente en las mismas direcciones de las que hemos sido testigos en lo que va del siglo. Buena parte del ejercicio periodístico en la red se debe a profesionales en medios acreditados desde antes, bien como periódicos, bien como canales de televisión, bien como radiodifusoras.

Pero ya no es tan clara la división entre emisores activos y receptores pasivos. Ahora todos los que participen en las redes son las dos cosas. Hace poco, el resultado de una encuesta entre periodistas mostró que, ante la pregunta de ¿usted dónde se informa?, la mayoría contestó que lo hacen en la red. Hace unos años, en el precámbrico mundo sin computadoras, los reporteros se informaban en sus fuentes. Como resultado de esto, se dice que han aumentado las mentiras en el mundo, que ha bajado la credibilidad de todos.

Sin embargo, el asunto de la verdad en la red no es cualitativamente distinto a como ha sido siempre. Lo nuevo es el aspecto cuantitativo. Problema de escala. Los infundios, las calumnias, las agresiones verbales siempre han existido, ahora en mayor escala, exponencialmente mayores gracias al poder multiplicador del medio. De paso, todo hay que decirlo, también crece la cantidad de verdades.

Tampoco puede decirse que las falsas noticias y el canibalismo de las reputaciones se inventaron con el surgimiento de la red. Hacia el siglo iii antes de nuestra era había en Atenas un filósofo que creía que había que procurarse los placeres y evitar los dolores. También estaba convencido de que la amistad es el mayor valor que existe. Y creía en Dios, pero pensaba que los hombres no le interesan a Dios. Ese filósofo y sus discípulos fundaron unos lugares, casi conventos, a los que llamaban «jardines», donde se practicaba una ascética derivada de sus doctrinas.

Ese filósofo se llamaba Epicuro de Samos y era un hombre con mala salud y una excelente persona. Y lo que escribió no fue objeto de controversia por parte de sus contradictores. No. Nunca hasta entonces, un filósofo fue tan calumniado. Se decía que era un pornógrafo, que en los jardines se practicaban orgías y que vomitaban voluntariamente dos veces diarias a causa de sus excesos. Isidoro de Sevilla, que lo odiaba, inventó un calificativo que le endilgaron en su tiempo: «cerdo», imagínense, cerdo, un alma de Dios como Epicuro que era tan bueno que no creía en las almas de Dios. Al fin de cuentas, fue tal la campaña de desprestigio que —salvo excepciones— todavía hoy prevalece la imagen de que Epicuro era un insaciable y pervertido juerguista.

Veintitrés siglos después, en 1916, uno de los más notables filósofos alemanes, Ernst Cassirer, trabajaba en la sección «Francia» del ejército alemán involucrado en ese momento en la Primera Guerra Mundial. «Su trabajo consistía en leer y recopilar información periodística francesa y, luego, si era necesario, resumirla y alterar su sentido de forma que fuera útil para los fines de la propaganda de guerra alemana».[i]

El 30 de octubre de 1938 la cadena radial CBS trasmitió para todo Estados Unidos un programa de variedades que se interrumpía cada nada con noticias de la invasión de extraterrestres a nuestro planeta. Causó pánico. El responsable de la trasmisión era Orson Welles y lo que estaba haciendo era una recreación radial de la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells, cosa que advirtió al principio del programa pero que no oyeron los que llegaron después a la sintonía.

Un ingeniero y periodista que conoce como nadie los entretelones de la prensa diaria escrita y, además, conoce desde su nacimiento el desarrollo vertiginoso de la informática y la cada vez más intensa relación entre humanos y computadores, Guillermo Santos Calderón, se refirió en El Tiempo de Bogotá, el 4 de enero del 2018, a dos hechos que acababan de ocurrir en Colombia: «el linchamiento de un hombre a golpes y hasta a cuchillo, en el sur de Bogotá, y agresiones a un muchacho en Medellín por falsas noticias trasmitidas por Twitter». Como consejo a sus lectores, Santos dice que «una información sobre alguien que vende niños o que los viola, como ocurrió en estos casos, antes de que sea retransmitida y se vuelva viral, debe ser reconfirmada consultando los principales medios de comunicación en internet. Si en ellos no aparece, no se debe retransmitir porque la cubre un manto de duda. Lo primero que hacen muchas personas es enviar a todos sus contactos cualquier trino o información que les llegue y consideran se debe hacer conocer, sin calcular las consecuencias. […] Debemos tener cuidado con lo que recibimos, e insisto, antes de que lo retransmitamos hay que verificar si es verdadero o no», termina advirtiendo.

La cantidad de información disponible y simultánea y proteica, y siempre interminable, no significa que estemos mejor informados. Ilustro esta saturación con la imagen de la página de un libro. Si en ese mismo espacio en que se lee fluidamente esa única página colocáramos diez veces más de texto, pues sí, habría más información disponible en el mismo espacio, pero esa mayor cantidad de información no facilita sino que dificulta la lectura casi hasta lo imposible.

La mala leche o la simple maldad siempre han existido. Y ha habido verdaderos maestros en el arte de la injuria y auténticos truhanes que echan mentiras en provecho propio y pueden llegar a todo el mundo simultáneamente y repetir y repetir cualquier mentira hasta darle el aspecto de verdad a fuerza de repeticiones. No todas las mentiras son por medios virtuales. Existe una base de datos que se dedica al conteo de las faltas a la verdad del actual presidente de Estados Unidos. El pasado 20 de diciembre, Trump cumplió 600 días en el poder y llevaba un total de 7,546 mentiras. De esas, apenas un 16% había sido vía Twitter, lo que significa que una de cada siete falacias fue por la red. El 86% restante, seis de cada siete, fueron cara a cara, principalmente en mítines y en conferencias de prensa. Para declarar inocente a la red, y usando su lenguaje de agregados y porcentajes, un embustero reconocido suelta en Twitter apenas el 16% de su repertorio. Para el resto de sus engaños no necesita de la red.

Esa confusión creada por la red no es una novedad de nuestra época. Lo que es nuevo es la demoledora contracción del tiempo en un eterno y proteico presente, un presente fabricado de instantes que ocupan toda nuestra dimensión temporal. Esa inmediatez entre el hecho y los relatos del hecho, añadida a que cada vez hay más trivialidades que se narran en varias versiones y en angustioso y devastador tiempo presente, ese presente continuo, esa avalancha, ese aguacero de relatos (ciertos, inciertos, meros embustes), solo vale cuando representan una utilidad práctica, como la información sobre el tránsito de vehículos en las grandes ciudades, congestión en la avenida tal, accidente en la calle cual, mejor tome aquella vía lateral.

Pienso que el vértigo informativo aniquila los tiempos. No hay pasado. Sólo existe lo que está sucediendo y que existirá como suceso solamente mientras ocurre y luego será pasado, es decir olvido, nada, un dato perdido en la página que tiene una cantidad inabarcable de datos en este presente continuo, sin pasado, solo presente, plano presente tan abrumador que borra toda perspectiva, es decir, también aniquila el pasado.

Me parece que ese vértigo, ese presente continuo y sin memoria, ese atafago de datos, ese inacabable fluir de signos y de señas, de fotos y de letras, produce un espécimen humano que va por la vida, siempre, mirando la pantalla de un teléfono, conectado con este lejano que saluda por el chat y con ese otro, sito en la antípodas, y los demás, regados por el mundo; robots que van por la calle mirando su celular sin darse cuenta de qué pasa alrededor, seres que están en todas partes, es decir, en ninguna parte, autómatas cuya forma de existencia disuelve el alma en conexiones virtuales y elimina el pasado porque el pasado ya no existe.

Creo que la superposición de conexiones simultáneas, nirvana del sinsentido, genera zombis que terminarán viendo en la pantalla su propia imagen que duerme, justamente en el momento en que se observa dormir, sueño crispado en un interminable presente continuo como continuo acoso del tiempo convertido únicamente en instante. No estoy seguro de que la avalancha de información produzca la banalización del relato. Ciertamente no se distingue el oro de la morralla, pero los males pueden ser mucho peores que la malsana trivialización. Imagínense que haya individuos que, en lugar de trivializar la información que reciben más bien la transformen en dogma de alguna causa fanática. Ahí las cosas se ponen color de hormiga.

Se trata del presente sin presente. El presente persistente, no continuo sino fragmentado en instantes que, como destellos, se sustituyen unos a otros en un presente vuelto instantes. Es la sucesión de hechos que determina la fragmentación en instantes. Cada hecho, cada instante, surge también de la red. ¿Cómo se informa usted?, se preguntaban entre sí varios periodistas radiales y la repuesta fue: me informo a través de la red, los twitter y los guasaps.

Imposible distinguir entre lo importante y lo superfluo, solo existe la estadística. Los hechos adquieren importancia según se repiten más o menos. No existen las verdades: existen las tendencias. Todo es urgente, luego nada es importante. En medio de este caos, ¿cómo se defiende el mero consumidor de la información?, mejor, ¿cómo se puede informar fehacientemente un individuo hoy? Lo malo de ese vértigo de un presente sin tiempo es que no nos damos cuenta. Y hubo alguien que se dio cuenta hace mucho, tanto, que el 27 de enero  de 1759 ese señor, que se llamaba Samuel Johnson  escribió: «a pesar de las advertencias de los filósofos, y de los ejemplos diarios de pérdidas e infortunios que nos fuerza a observar la vida, tal es la absorción de nuestros pensamientos en los negocios del momento presente, tal la resignación de nuestra razón a las esperanzas vacías de la felicidad futura y tal nuestra renuencia a prever el futuro, que cada calamidad que se cierne sobre nosotros de improviso, no solo nos oprime como una carga, sino que nos machaca como un huracán».[ii]

Admito que tal vez, acaso, esta diatriba contra esta avalancha no sea más que la queja de alguien que está fuera del juego. No estoy en Facebook (hay alguien que me suplanta, pero no me entero), no estoy en Instagram, me niego a cualquier red, me resisto a guasap como a una nueva y sutil forma de tortura, tan solo he llegado —y de él no pasaré— a comunicarme vía correo electrónico. Creo que es el momento de terminar, y lo hago con una historia de Jaime Gil de Biedma, quien hizo una Utopía en la que describía las características que tenía esa tierra prometida. Al llegar a las «fuentes de información pública» su propuesta es: «libertad absoluta de prensa, pero los diarios y revistas aparecen con diez años de retraso, que es el tiempo mínimo que requiere un acontecimiento para resultar de verdad interesante».[iii]

Darío Jaramillo Agudelo es poeta, novelista y ensayista colombiano. Está considerado como el gran renovador de la poesía amorosa colombiana y uno de los poetas actuales más importantes. También es autor de siete novelas, entre las que se destacan La voz interior y Cartas cruzadas, de una autobiografía, un ensayo sobre la poesía en la canción popular latinoamericana y varias antologías. Recientemente recibió el Premio Internacional de Poesía García Lorca.

Notas

[i] Wolfram Eilenberger, Tiempo de magos, la gran década de la filosofía alemana, Editorial Pensamiento, 2019.

[ii] Samuel Johnson, Ensayos literarios, Galaxia Gutenberg, pág. 532.

[iii] Jaime Gil de Biedma El pie de la letra, ensayos 1955-1979, editorial Crítica, pág. 199, 1980.


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