Artículo de Revista Global 47

Ellas, las de antes y las de ahora como sujeto político

Setenta años han transcurrido desde que en 1942 Las Sufragistas lograron una relación de igualdad con los otros. ¿Conocen las mujeres de 2012 el alcance de ser libres?, ¿saben cuántos siglos costó estar al lado del otro en el ejercicio político, cuánto duró la insurrección para alcanzar el clímax de ser ciudadanas y participar en las elecciones?

Ellas, las de antes y las de ahora como sujeto político

Cuando en 1942, en el seno de la vieja sociedad estamental dominicana, a una mayoría de sus habitantes le cambiaban las circunstancias de su existencia política, luego de estar anclada en el oscurantismo y en un falso principio de identidad, el Estado burgués y patriarcal hacía creíble a “ellas”, las de antes, su voluntad de compensar la invisibilidad milenaria en la cosa pública.

Casi un siglo antes, despreocupados del destino del sujeto femenino, los constituyentes de 1844 decidieron que la “limitada” psique de sus iguales impedía elevar a la condición de persona o ciudadana a ese conglomerado de almas que divisaban acomodadas solo como proveedoras del amor y de la reproducción, ya que la science pour la science, la cientificidad y sus presupuestos teóricos no podía llegar a la conciencia de aquellas hadas del hogar ni menos a las masas, es decir, al populacho femenino.1 Saber esperar, no saltarse los pasos de la historicidad de las fuerzas sociales como fuerzas productivas de cambio era el leit motiv que inspiraba al sujeto femenino esa lucha contra el fetichismo del poder absoluto masculino.2

No obstante, a comienzos del siglo xx la emancipación femenina repercute trayendo consigo una revolución de ideas; las contradicciones de las sociedades capitalistas y el avance de la industrialización rugen para que pueda identificarse a “ellas” con los cambios de aptitud en los roles sociales de los sexos y no continuar siendo ignoradas y rezagadas. La acumulación originaria posterior a la Primera Guerra Mundial, y la participación de las mujeres en las fábricas, no podía demorar ese ideal, esa filiación del sujeto femenino con el Estado burgués, como inminente era capacitarse y accionar la mujer en el foro público para alcanzar el poder político.

Tres décadas de acción, de 1922 a 1942, las cuales fueron de argumentos, de enfrentar a los dogmas y a las doctrinas misóginas, trajeron consigo una imaginaria liberalización, un estatus de legalidad que colmaría la aspiración de las mujeres de creer que se radicaba la exclusión, de que la injusticia concluía y que su pensamiento desiderativo se tomaba en cuenta, sin observar que la igualdad política (elegir y ser elegida) es una instancia abstracta amenguada por el poder patriarcal.

Pensémoslas a “ellas”, las de antes, a Las Sufragistas a partir de 1922, subvirtiendo el orden político en el gobierno del presidente provisional Juan Bautista Vicini Burgos; pensémoslas siendo impacientes en 1927 en el gobierno de Horacio Vásquez, negándose a ser incondicionales del Estado, pensémoslas organizándose, andando por los caminos ilustrando a sus iguales en 1931 al comienzo de la nefasta tiranía de Rafael Leonidas Trujillo Molina; pensémoslas siendo las arquitectas de un destino propio que se encontrará con una ulterior crítica siete décadas después porque “liberada” la mujer de la dictadura de la exclusión constitucional de 1844, el diagnóstico de hoy sobre su empoderamiento o participación política no es nada halagador.3

De 1942 al 2012 encontramos un período de setenta años entre la dictadura y las máscaras de la democracia y su engañosa apariencia de que el poder popular es el soberano.

Al parecer las mujeres políticas del 12 han olvidado que la representatividad en el Estado burgués la constituye una democracia en manos de una minoría colectiva; las instituciones políticas del Estado ejercen una coerción “suave” mediante mecanismos formales como el derecho al sufragio para el mantenimiento de la subalternidad de la mayoría colectiva. De ahí que “ellas” como parte de esa mayoría colectiva no sean personas liberadas de la subordinación, sino una mayoría forzada de manera mediática a someterse a la irracionalidad patriarcal de la jerarquía de los partidos políticos y del sistema.

La palabra “abolición” de las desigualdades e inequidades es solo, literalmente, un vocablo para legitimar a la coerción ancestral del sujeto femenino. De 1942 al 2012, “ellas” están de frente a una sociedad que no les ofrece oportunidad auténtica de actuar políticamente ni aun de disentir en una lucha electoral.

Se dice de “ellas” que son una mayoría numérica en el padrón electoral, pero no por esto son una mayoría numérica consciente; son una mayoría que no es divergente, que no recurre al derecho del sufragio libre, secreto y universal para oponerse radicalmente a esa situación hostil de ser sujeto/apoyo, elementos al servicio de la dominación, de una fuerza cotidiana de sujeción que no pone a disposición de “ellas” ni siquiera una protección eficaz de sus vidas.4

La igualdad, ciertamente, es un ideal ciudadano; el respeto de la diversidad como derecho ciudadano contradice esa idea iluminada de la “igualdad”, y la convicción de que se cumpla ese principio sin ausencia de la necesidad de ser un sujeto consciente, portador del derecho de adquirir la libertad del conocimiento.

Históricamente, las elecciones presidenciales desde 1942 al presente en el Estado moderno y posmoderno se encuentran cara a cara con la idea de que las reformas de los códigos y las leyes han constituido un avance para el sujeto femenino y que, por consiguiente, son otra forma más de darle preeminencia a esa dominación democrática sobre “ellas”; no son una oportunidad de que esa mayoría numérica (no consciente de los trasfondos del ejercicio político real) haga oposición, que apunte al cambio, que no sea una masa amorfa a la cual se recurre con promesas de campaña para inyectar dinamismo a la propaganda electoral patriarcal.

En 1942 “ellas”, las de antes, pensaron estar incluidas en un nuevo contrato social porque tenían que hacer el ejercicio de una ciudadanía impaciente. En 2012 este ejercicio es de una ciudadanía ociosa sin ideología ni paradigmas, sin una intelectualidad comprometida a impulsar las causas que han quedado no solo en los tinteros de las asambleas legislativas, en las disputas partidistas, también en los organismos opresores que son los instrumentos de dominio y coerción del Estado patriarcal.5

La ciudadanía femenina del 20 de mayo del 2012 se ejerció de manera pasiva, como sujeto/apoyo; no fue el resultado –como en 1942– de una lucha ideológica tenaz, de una crítica política o de la rebelión intelectual de Las Sufragistas de vanguardia.6

Esta ciudadanía sin acción real, acrítica del sistema, no dejó de ser complaciente, puesto que “ellas” no agotaron una cuota de razonamiento político, el cual se ahorraron, aun cuando a través de los medios de comunicación se pretenda presentar a “políticas” portadoras de una avanzada opinante. “Ellas” no rechazaron el adorno del “voto femenino”, del “voto de la mujer” como “voto decisivo”; sólo se dejaron perturbar una vez más por esa tendencia ancestral de “seduce y vencerás” a la mujer de cabellos largos y pensamientos cortos.7

¿Son “ellas” en 2012 árbitros de un proceso electoral? Su condición de adorno –como cuota– es su boomerang en el sistema político y social vigente, porque no tienen una resistencia decidida ante quienes logran concertar con astucia su dominación.

¿Se han planteado “ellas” desestabilizar la “institucionalidad” de la dominación patriarcal, rasgar la historia, destruir realmente su sometimiento como ciudadanas de segunda categoría? Las Sufragistas del 42 se lo plantearon a través de la voz de Abigail Mejía: “Gracioso será, a la hora de aproximarse a los comicios, en la hora del voto y de los triunfos, ver cómo se prenderán de las alas que otras les fabricamos; para volar con ellas, a las hasta ahora rezagadas y tibias […]”.8

Desestabilizar es hacer, precisamente, lo que no quieren que una haga; es actuar previendo los motivos canónicos (de autoridad y legalidad) que impiden la conquista y construcción de la ciudadanía no de manera formal como discontinuidad simple de la historia, sino como una forma de reinventar el presente. No tener como sujetos el bienestar real de la ciudadanía en un Estado patriarcal burgués es una derrota para “ellas”, las de ahora y las de antes, lo cual hace decepcionante lo dispuesto por el Estado para el signo mujer a través de un liberalismo discriminatorio que socava la subjetividad de “ellas” contienda electoral tras contienda electoral; una subjetividad que no es autónoma sino de gran precariedad, cuyas actitudes son actitudes acomodaticias no de un sujeto interesado en la sociología del poder entre los sexos o en destruir de manera desgarradora la sobreexcitación que trae la propaganda para inducir al signo mujer a ideales equívocos.

Deben, las de ahora, darle la vuelta al tiempo; colocar en yuxtaposición lo probable e improbable de la participación política del signo mujer en ese orden que la convierte sólo en difusora de una ideología que corroe su identidad no asumida, solo fragmentada o en apologistas de una igualdad política abstracta que no tiene revés, porque “ellas”, las de ahora, siguen conservando un “prudente” silencio ante los otros. Es como si volviéramos a escuchar la voz de John Stuart Mill diciéndonos: “Nadie sostiene que las mujeres harían mal uso del sufragio. Se dice, todo lo demás, que votarían como simples máquinas, según los deseos de sus parientes del sexo masculino. Si debe ser así, que sea. Si piensan por sí mismas, será un gran bien, y si no, no resultará ningún mal”.9

“Ellas” son la imagen y cuerpo de esta sociedad; una sociedad que se justifica en su no-ser de manera no dialéctica, en la cual existen “ellas” no por su pecado original, sino por estar en proyección hacia la subalternidad del poder (del Estado, de los partidos, del Ejército, de las iglesias, etc.).

Generaciones de mujeres en todo el mundo alcanzaron el derecho al sufragio, a la ciudadanía en el Estado burgués patriarcal, a través de duras luchas; exigieron la transformación de esa relación hostil con el poder político que las hacía invisibles; resistieron el ataque directo, se organizaron para desarrollar a la palabra como un arma en contra de la pasividad; no usaron métodos innobles, pero sí mantuvieron la dignidad. No obstante, el pensar de John Stuart Mill al decir: “Dad voto a la mujer y sentirá la influencia del amor propio. Mirará la política como cosa sobre la cual se le permite tener opinión, y respecto de la cual debe obrar según su opinión: adquirirá el sentimiento de responsabilidad personal y no pensará en adelante, como hace hoy (cualquiera que sea la dosis de mala influencia que pueda ejercer), que siempre persuada al hombre todo va bien, pues la responsabilidad de este lo cubre todo. Tan solo cuando se la estimule a que forme opinión propia y conciba una idea inteligente de las razones que deben hacerle posponer el interés personal y el de la familia cesará de obrar como fuerza disolvente sobre la conciencia política del hombre. No es posible impedir que su acción indirecta sea perjudicial, sino cambiándola en acción directa”.10

¿Cuántas cabezas de “ciudadanas” dominicanas del siglo XXI conocen ese triunfo efectivo de Las Sufragistas del 42, que borró el carácter autoritario de una Constitución que le producía vértigos?11

Tal vez, una ciudadana del 42 no es igual a una ciudadana del 12. La ciudadana del 12 no declara conocimiento del valor de su condición de ciudadana; no respira en sus pulmones como propio que el voto es un instrumento que puede ser defensivo de su condición. No se liga a la historia de las del 42 ni a la construcción de la fuerza de ese derecho. Literalmente desconoce que “ellas”, las de antes, actuaron desde la práctica del colectivismo para lograr un nexo con el Estado desde ámbitos inverosímiles.

La ausencia del conocimiento de lo que hicieron “ellas”, las de antes, es causa de que las de ahora no conozcan totalmente el valor de su ejercicio de ciudadanía, razón por la cual se niegan a sí mismas y continúan siendo una mayoría numérica dominada por una minoría política que figura en la dirección del Estado y de los partidos políticos, de lo cual existen pruebas irrefutables, una de ellas la elección del 20 de mayo del 2012.

La cultura plebeya de la política

¿Desde cuándo la mayoría numérica es parte de la multitud, de la cultura plebeya de la política? ¿Sabe, acaso, ella disentir, identificar, evidenciar las manipulaciones del mercado de la política? ¿Es el populacho femenino el que legitima el modelo paternalista del Estado? ¿Son reclutas, las mujeres, en los partidos políticos del sistema, para satisfacer esa necesidad de la democracia de la participación formal; participan “ellas” en el ejercicio del voto como única vía de ser sujetos/ciudadanas? ¿Cuántas veces las mujeres han exigido explicaciones sobre el poder del voto? ¿Cuántas irrupciones impulsivas de una manera elemental-instintiva han tenido en un torneo electoral? ¿Es “libre” la mujer en el siglo xxi o es la “libertad” una costumbre llena de azares y desventuras? ¿Fluctúa o no la incidencia de la mujer en la decisión política de los gobernantes? ¿Es vigilante la mujer/ciudadana de ese derecho adquirido (el sufragio) cuando es el resultado de una cohesión psicológica o una retórica demagógica para que puedan “ver al mundo” sin la evidencia real del control de la minoría política? La palabra moral es una palabra muy corta: ¿Alcanza la moral a la política como ganancia, como inactividad, como explotación, como sumisión o renta?

Quiera una o no, históricamente el populacho femenino, la mayoría numérica, sigue alejado del estatus y el privilegio; sólo actúa en la revuelta, sin conciencia de clase; no pertenece al entramado del nepotismo, no es respetable ni tiene influencia; actúa en “política” sin ninguna garantía; tiene asiento territorial en el Estado, pero no propiedad; su fortuna no es la ilustración ni el aprendizaje, y, quizá, no entiende que a través de la “política” se compran destinos de personas y promoción de cargos. Su herencia ocupacional es artesana, no tiene autoridad genealógica, está en las esquinas del mundo sin testamentos.

El populacho lo componen los deshilachados del tejido social, la presión demográfica, los que pueden amenazar el equilibrio, los que resquebrajan las líneas entre la minoría y la mayoría.

El populacho femenino no tiene grandes ingresos, sólo cargas; no disfruta de la calidad de vida, invoca a la caridad, a las promesas; suplica a sus detractores ser sobreviviente de la justicia que no sabe escupirse a través de la verdad.

¿Se aprovechan los políticos de ese derecho que se compra o se vende antes de llegar a las urnas? ¿Hay alguna ruptura con la ciudadanía cuando se solicita el voto a través de las recompensas de dádivas? Al respecto, John Stuart Mill nos recuerda: “Si el sufragio es un derecho, si pertenece al votante por él mismo, ¿cómo censurarle porque lo venda o lo emplee para congraciarse por algún motivo interesado con determinada persona?”.12

¿Se benefician las mujeres del 12 de esa artificial manera de ser sujeto-votante? ¿Qué ganan a través de las ilusiones, de esa falsa igualdad? Nada, estar en el entramado de ese ensayo de la igualdad en el cual corren detrás de los encantos que trae la feria de la política, una feria que se convierte en furia de manipulación en la cual se cosecha la experiencia de ceder ante los buhoneros de las dádivas, porque: “Las masas no se preocupan lo bastante de la diferencia que hay entre un adulador y otro para sostener por su cuenta un individuo determinado a fin de ser lisonjeadas por él”.13

Ese populacho civil de mujeres sólo se articula al poder político a través del efecto teatral del ejercicio de la ciudadanía; su solidaridad entre ellas es sólo un espectáculo, son las de siempre, las de abajo abajo en número considerable, la multitud que se intranquiliza cuando el pan no llega.

¿Encontrará oposición esta multitud a sus pretensiones de ir vociferando sus reclamos de una digna participación política? ¿Cuántas concesiones hace la multitud en un torneo electoral a quienes piden su voto? Es gente común esta, que la cuestión del orden sólo la comprende a través de la fuerza.

Cada voto del populacho femenino tiene un precio popular, un precio de intermediario y un precio de Estado. ¿Quién es “dueño” de su voto? ¿Quién es el “dueño” de la consecuencia de su voto? ¿Quién es “dueño” de la inacción de un voto de hambre? Solo la indignación, responderá la “opinión” pública y los frenéticos moralistas. ¿Será acaso el voto del populacho femenino un voto imperativo o un voto compulsivo como lo define el maestro Federico Henríquez y Carvajal?14

El derecho al sufragio no fue un contienda simbólica en el 42, ni un generoso regalo paternalista; significó muchas alianzas, mucho movimiento, mucha lógica de lucha, organización, acumulación de poder (de poder intelectual), estrategias inteligentes para tratar de avanzar, incluso contra la voluntad de otras, desplazando del dominio a los hombres-tabúes.

¿Por qué le han inculcado al populacho civil femenino que tiene deberes paternalistas con los políticos del sistema? ¿Por qué elección tras elección quieren ratificar esa idea misógina? ¿Cómo definir el contenido histórico de la participación de las mujeres en la política? ¿Cómo dejar de verlas como un conglomerado subordinado, que no se pone delante de la cuestión histórica de la construcción de sujetos orgánicos de y para el paternalismo del sistema?

Las Sufragistas del 42 en este ejercicio de preguntas se vieron ante el espejo con ojeras; buscaron alcanzar el umbral de esa experiencia insurrecta de negarse a no-ser, exhibieron un bagaje teórico desafiante, tuvieron intromisiones propagandísticas, fueron acusadas de “sediciosas”, pero marcaron y escribieron la ecuación de la igualdad en la Constitución. Sin embargo, es insólito que las mujeres del 12 den licencia a los partidos políticos y a los políticos para que sigan tratándolas de manera paternalista.

Ylonka Nacidit-Perdomo es investigadora senior de Género. Fue directora del Centro de Documentación y Género de la Secretaría de Estado de la Mujer. Labora en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

Notas

1 Hubo mucha opinión negativa en los siglos xix y xx de sectores ortodoxos que colocaban barreras a la superación de la mujer.

2 Uno de tantos mensajes… Primer manifiesto de la Acción Feminista Dominicana del 14 de mayo de 1931):

“¡Mujeres de todas las provincias, profesionales, oficinistas, maestras de escuela que nunca veis el premio de vuestros continuos afanes, madres de ciudadanos sin conocer ninguna de las ventajas de la ciudadanía, ricas contribuyentes al erario y no contribuyentes a hacer la ley; pobres obreras sin derechos pajuelas capaces de formar un apretado y fuerte haz, la unión hace la fuerza!”.

3 Abigail Mejía (1895-1941) entendía que: “La mujer, sin derechos no podrá cumplir todos sus deberes. Si hay buenos gobernantes no podrá prestarle su cooperación; si lo hubiere malos no podría evitar que surgieran ni tratar de que enmendasen desmanes con suaves meditaciones, benéficas sin duda”. En Carmen Lara Fernández, Historia del feminismo en la República Dominicana. Imprenta Arte y Cine, Ciudad Trujillo, 1946, pág. 25.

4 La composición del padrón electoral para las elecciones del 20 de mayo del 2012 representa un total de 6.502.968 dominicanos empadronados; de sexo masculino 3,208,904 millones (49.4%); de sexo femenino 3,294,064 millones (50.6%).

5 La palabra ciudadana la pronunció sin temor Delia Weber en 1941 ante la Asamblea Revisora del Congreso Nacional.

6 El presidente Trujillo a través de una Asamblea Revisora del Congreso Nacional modificó la Constitución en diciembre de 1941, en la cual se reconocería el derecho a ejercer el sufragio a las mujeres mayores de 18 años y, por consiguiente, su condición de ciudadanas en igualdad de condiciones al hombre.

7 “El 50.5% del universo de votantes son mujeres […]. Por eso los candidatos están enfocando sus promesas de campaña hacia la creación de oportunidades de empleos y más inversión en la educación, así como asistencia a la clase femenina, con programas dirigidos hacia las mujeres, especialmente madres solteras, que van cada vez en aumento en el país”. Esteban Delgado, “Jóvenes estudiantes decidirán elecciones”, en El Caribe, 16-IV-12, pág. 4.

8 Pensamiento 77 de Abigail Mejía en el Ideario feminista y algún apunte para la historia del feminismo dominicano, pág. 30- 31.

9 John Stuart Mill, Del gobierno representativo, pág. 113.

10 Ibidem, pág. 114.

11 Es derrumbando las concepciones falocéntricas que Mejía comienza sus intensas campañas de alfabetización para las obreras nocturnas, proporcionándoles orientación para su avance político, social, cultural, económico y laboral.

12 John Stuart Mill. Del gobierno representativo, pág. 123.

13 Ibidem, pág. 134.

14 “EI voto imperativo es una reacción antidemocrática. Es un retroceso en la vía del progreso jurídico.”

Bibliografía

Henríquez y Carvajal, Federico, Nacionalismo, Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1986.

Lara Fernández, Carmen, Historia del feminismo en la República Dominicana, Ciudad Trujillo (Santo Domingo): Imprenta Arte y Cine, 1946.

Mejía, Abigail, Obras escogidas, Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, Santo Domingo: Editora Corripio, 1995.

Ideario feminista y algún apunte para la historia del feminismo dominicano, s/l: Imprenta de Petronila Angélica Gómez, 1939.

Stuart Mill, John, Del gobierno representativo, presentación de Dalmacio Negro, traducción de Marta C. C. de Iturbe, Madrid: Editorial Tecnos, 1985.


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