Artículo de Revista Global 77-79

Entendiendo a Venezuela

El aumento de la migración venezolana en estos últimos dos años es evidente en la cotidianidad de varios países latinoamericanos, y República Dominicana no es la excepción. Esta ola migratoria está presente en Santo Domingo de una manera contundente, incluso deja de ser noticia para pasar a formar parte del día a día: lugares de comida, vendedores ambulantes, transportistas y otras instancias que componen cualquier ciudad cuentan cada vez más con la participación de personas venezolanas. Ahora, ¿qué nos dice esto de la situación actual de Venezuela, si es que nos dice algo en específico?

Entendiendo a Venezuela

Hace más de un mes que estoy luchando con la idea de llevar adelante una crónica sobre una persona migrante de Venezuela que se encuentre viviendo en Santo Domingo. La resistencia viene de no pensarme dentro del mismo grupo de venezolanos que salió del país entre 2016 y 2017 buscando escapar de la crisis alimentaria, económica y política que en los últimos años sacude a la República Bolivariana. Ya que, a pesar de ser un venezolano en la República Dominicana, mi residencia permanente está en Argentina, gracias a los beneficios del Mercosur. Al mismo tiempo, he podido comparar la diferencia tan abismal que hay entre vivir como un migrante privilegiado que cuenta con un tratado internacional que lo ampare y lo que es vivir a contracorriente, alargando un permiso de turismo sin certeza de nada.

Por estar desde principios de 2012 fuera de la República Bolivariana de Venezuela, me resulta casi imposible entender cómo un cartón de huevos puede costar lo mismo que recibía de sueldo mensual antes de dejar la patria. Esto por hablar solamente del eje económico y alimentario. Lo único que se me pasa por la cabeza es que no podría comprar comida, mucho menos me imagino pagando un alquiler en una de las ciudades más caras del mundo, como lo es Caracas, y tampoco me imagino divirtiéndome. Pero de la gente de allá con la que aún me comunico escucho distintas vivencias. Algunas salen a comer afuera, mientras otras hacen o intentan hacer una vida lo más normal posible. Hay a quienes incluso les va mejor que antes en su ámbito profesional y hay quienes se resuelven con varios trabajos a la vez.

La disparidad que encuentro entre lo que me cuenta la gente cercana, así como lo que se puede leer en las noticias periodísticas de medios diversos, me muestra una realidad totalmente rota. Del mismo modo, las personas venezolanas con quienes me he topado en Santo Domingo han acrecentado mi idea de esta escisión social. A continuación, algunos ejemplos: un joven que en Venezuela era profesor universitario y periodista no pudo seguir costeando la vida por su cuenta y tuvo que mudarse de vuelta con sus padres. Ya que tenía amistades viviendo en Santo Domingo, decidió migrar y trabajar en una mueblería. Como la casa de sus amistades le quedaba lejos y el pago del transporte público era costoso, lo dejaban dormir en la mueblería. Otro joven, que ya en Venezuela no podía ejercer su profesión de ingeniero civil, sino que hacía de mecánico, ahora está en Santo Domingo trabajando en Uber con un carro rentado. Un venezolano adulto, padre de familia, que vendió uno de sus dos carros antes de salir del país, también labora en Uber. Aunque a diferencia del otro, le va bien, tiene carro propio y está estudiando el panorama antes de traerse a su familia, que por el momento no está mal allá con los dólares que él manda.

Y para profundizar en la disparidad de migrantes: un día me contaron de una tetería donde una venezolana atiende porque su familia es la dueña del negocio; cuando fui a ver qué tal el lugar, en un acto de solidaridad patria, caí en la cuenta de que el centro comercial era bastante exclusivo y los precios se salían de mi presupuesto, pero antes de declinar el servicio alcancé a escuchar en la mesa de al lado a tres venezolanos que hablaban sobre unos negocios de varios de miles de dólares en los que no sabían si meterse o no, porque «en el de los food truck hay una mafia a la que hay que darle mucho dinero para arreglar todos los pormenores que implica montar un camión de esos», y así mencionaron los intríngulis de un par de posibilidades más que no atraían su atención.

Hasta entonces venía pensando que la historia que se podía contar de un migrante venezolano en Santo Domingo estaría marcada por el hambre y la desesperación, algo que ya tiene cobertura en los medios por montones; pero al escuchar a los hombres de negocios y ver la tetería caí en la cuenta de que la población venezolana que está migrando acá es tan variada como la que aún vive en Venezuela. Así di con la pregunta que me venía faltando para decidirme a escribir sobre este tema: ¿Cuál es el criterio para salir del país y cuál el criterio para quedarse? A modo personal, revisando mi propia historia, mi migración fue estratégicamente al sur del sur, a Argentina, en vez de a Estados Unidos, donde tengo familia, que siempre suele ser un piso de entrada a otro país, pero yo lo que quería no era escapar de Venezuela, sino que iba en busca de algo. En mi caso fue crecer profesionalmente en uno de los sistemas académicos más renombrados del continente en cuanto a la psicología, mi carrera universitaria, pero también estaban las referencias literarias y musicales que me habían atrapado en la adolescencia; además de una palpitación latinoamericana, una especie de familiaridad que pude empezar a reconocer en los trámites burocráticos de la universidad pública a la que iría y los requisitos necesarios para apegarse al Mercosur.

Ahora bien, ¿cuál era el criterio para salir del país de otras personas que yo conocía? Recuerdo al esposo de una amiga, el día de su despedida sentenció que todo el mundo se iba por lo mismo: la delincuencia. No le creí ya que no era mi razón para irme. Y aprovecho para confesar que en Argentina viví mi primer asalto a mano armada, después de 25 años de cotidianidad caraqueña, lo que me permitió desechar aún más esa idea. Por esas cosas de la vida, ocurrió que mi amiga y su esposo terminaron volviendo a Venezuela en 2014 o 2015, no recuerdo bien, pero por lo que tengo entendido fue de motu proprio, incluso se mudaron a una zona del país en la que mi amiga siempre fantaseaba con vivir. Y puedo decir, con pesar, que desde que ellos se fueron hasta hoy, la delincuencia en la República Bolivariana no ha mejorado.

Esto me lleva a la segunda parte de la pregunta, ¿cuál es el criterio para quedarse en el país?, ¿tendrá relación con el criterio que se emplea para volver al país? Quizá lo duro de vivir en el extranjero, sin capital social, sin amistades ni familia, y la imposibilidad de lograr adaptarse a todos los cambios que implica el migrar, puedan ser una razón para volver, sin importar cómo esté el país. Y los miedos a esos mismos hechos pueden ser los que mantengan a cualquier persona negada a la idea de migrar. Aunque no tiene que ser por una cuestión de miedos, lo más común es querer crecer en tu país, formar una familia en tu país y morir en tu país. Al menos, eso es lo que pasa con la mayoría de las personas que no se ven obligadas, por las circunstancias, a dejar la que consideran «su tierra». Estas eran las hipótesis que manejaba hasta que hace unos días me monté en un Uber y conocí a un compatriota que me mostró desde su propia experiencia de vida cómo Venezuela se mantiene en esta dinámica tan compleja que vive hoy.

El punto de vista del chamo del Uber

Antes de hablar del chamo del Uber vale decir que si piden Uber en Santo Domingo tarde o temprano se toparán con un venezolano al volante, tendencia que con el tiempo va en aumento. Una mañana me monté en un Uber, pero no lograba reconocer desde la foto de perfil del programa al conductor. Le pregunté su nombre y el hombre dominicano me explicó que él no era el de la foto, que ese era Fulanito, uno de los tres venezolanos a los que él les alquila los carros. En el camino me contó su teoría de por qué son cada vez más venezolanos en este medio. Resulta que tener varios carros para alquilar se ha vuelto un boom en el negocio de Uber, en el cual una sola persona contrata a quienes le manejen sus carros. Similar a la lógica de los taxis, con la diferencia de que Uber cobra muy poco y la ganancia que queda es tan baja que solamente los venezolanos están dispuestos a hacer ese trabajo. Poco tiempo después de que el, digamos, empresario me contara esta dificultad, recibí un mail de Uber avisando del aumento de las tarifas.

Ahora sí vamos al chamo del Uber que me dio luz sobre la situación de la República Bolivariana para el momento. A diferencia del hombre anterior, quien sale en el perfil del programa de Uber es el dueño del carro y no el venezolano. Subo al Sonata. Él se me presenta. Le reconozco al instante por la tonada. Al principio ninguno de los dos quiere romper el hielo de la nacionalidad. A mí me resulta incómodo porque siento que se va a hablar de lo mismo de siempre, comentarios cansones de la política, argumentos «hiperderechosos» o medio «progres», y lugares comunes sobre el ser extranjero. Así que vamos en silencio, todo bien, hasta que me pregunta por el huracán que se avecina. Siento que el no haber vivido nunca un huracán en la República Dominicana evidencia que soy extranjero y, además, si ya estoy seguro de que él es caraqueño, seguramente él también me ha sacado la ficha. Intercambiamos par de palabras de total ignorancia sobre el huracán y nos presentamos como caraqueños.

Previendo que la conversación no fuera a parar donde siempre, aprovecho para preguntarle por el motivo de su mudanza. Me cuenta que lleva dos semanas en República Dominicana y me devuelve la pregunta. Yo le cuento que tengo dos años en Santo Domingo, que llegué desde Buenos Aires y que desde 2012 no paso por Venezuela. Él me dice que conoció Buenos Aires en 2015. Estando por allá le ofrecieron quedarse trabajando en el negocio de un amigo suyo, pero «la cosa todavía estaba bien» en Venezuela, así que se decidió a volver. Esto me llama la atención porque en el 2015 fue cuando tomé la decisión de venir a Santo Domingo, sin pasar por Venezuela, ya que la situación, desde mi punto de vista, estaba muy deteriorada como para volver. Claro que después de vivir cuatro años en otro país, uno pierde los vínculos con las personas, no tienes asegurado un techo donde llegar y ni siquiera tienes visto un lugar en el cual empezar a trabajar si decides volver. Nuestras circunstancias eran muy distintas.

El chamo del Uber dice que quizá hubiera sido una buena decisión quedarse allá, pero tiene sus dudas. Entonces pasa a contarme más de su travesía. Estuvo en Panamá probando suerte. Fue dos veces, pero ya no vuelve porque hay un clima hostil contra los venezolanos, y, además, si te pasas de la visa, te deportan de una vez. Igual, para entrar al país «está pelúa la vaina», es decir, está difícil que Migración te deje pasar como turista. Ya estuvo una vez en la República Dominicana, y esta es su segunda visita. Me explica cuánto tengo que pagar si se me pasan los días de la tarjeta de turismo.

Hasta el momento pienso que esta vez vino para quedarse, sobre todo porque me comenta que se trajo a su hijo, a lo que le pregunto si tiene más familia en Venezuela. Me responde que allá está toda su familia. Cuando le digo si tiene pensado traérsela para acá, me responde que no está en sus planes y que su familia está bien en Venezuela. ¿Cómo puede ser esto posible en medio de tanta crisis, del desabastecimiento, de la inflación? ¿Se puede vivir en Venezuela? Me dice que la cuenta de banco que tiene en su tierra natal está rebosante. En cada viaje a Panamá logró ahorrar en dólares, que cambió al dólar paralelo, y con eso tiene una cuenta que le da seguridad. Además, esa plata la utiliza en Venezuela para hacer negocios. Suele comprar autos, esperar un año, y revenderlos. En el último carro que compró, si lo vendiera hoy le daría una ganancia de tres veces el precio que le costó comprarlo. «Mira que lo puedo subir ahorita mismo para venderlo y sale un montón de gente a comprarlo», afirma, para que no me quede duda de que allá todavía se mueve plata. Me asegura que en Venezuela todavía se mueve más dinero que en Santo Domingo. El problema es la oferta de productos.

Cuando dejamos de hablar de la dinámica de los dólares paralelos, del provecho que le sacan algunas personas a la inflación y a la escasez de productos ofertados en los negocios, pasamos a hablar de la situación laboral en Santo Domingo. El chamo del Uber está francamente decepcionado de lo caro que es el país y lo poco que ha podido ahorrar. Incluso extraña las posibilidades de hacer plata que se le presentaron en Panamá. Resulta que acá en Santo Domingo trabaja desde temprano en la mañana hasta la madrugada, duerme solo un par de horas, y pese a ello, es lamentable lo que logra ahorrar para enviar a la República Bolivariana. Eso sí, prefiere el trabajo de Uber al que tenía armando cajas por el barrio chino, donde le pagaban 300 pesos al día, más 100 de almuerzo. Pero que incluso eso le resultaba mejor que los trabajos de diez mil pesos de sueldo, que es lo que suelen ofrecer en la capital.

No pude evitar interrogarlo sobre el supuesto empresario que alquila carros de Uber a venezolanos necesitados. Pensé también en un venezolano, un hombre catire de unos 50 años, que vi conchando la ruta de la Bolívar y la Rómulo Betancourt (valga la ironía). Obviamente pensé en los tres venezolanos que escuché en la tetería hablando de negocios de miles de dólares, a estos últimos me los imaginé viviendo bastante cómodos en Venezuela con el dinero que hacen en sus negocios en el extranjero. Y me pregunté: ¿qué tienen en común? Un billete de dólar gigante se apareció en mi imaginación en medio del viaje del Uber como respuesta. ¿Los dólares que ya no entran por la baja del barril de petróleo ahora lo hacen por medio de la mano de obra migrante? Si es así, pasa enteramente por el mercado paralelo. Claro que siempre hubo mercado paralelo, pero en estos momentos, ante la caída del petróleo, la política interna del país, así como la política externa y todo el funcionamiento económico, social y alimentario, han sido impactados por el dólar.

En medio de la cola, es decir, en pleno tráfico, el chamo del Uber se disculpa, porque el sol del mediodía supera la capacidad del aire acondicionado del auto y tenemos que bajar las ventanas. Aunque igual ya estamos conversando en un caldo de sudor que no nos es ajeno a dos caraqueños en pleno verano, pero la política de Uber se basa en la amabilidad. Por lo que las disculpas son parte de las cinco estrellas del servicio. Aprovechando el silencio incómodo que deja su formalidad, le pregunto si tiene planeado ir a otro país. Le sugiero que puede ser mejor alguno del Mercosur, aunque no sé bien cuál es la situación actual de nuestra nacionalidad dentro de esa institución en estos momentos. Él me dice que Argentina le gustó mucho. Alaba el nivel de conversaciones, la vida nocturna, el clima. Todo le fascinó. Pero últimamente está pensando en irse a Italia. ¿Por qué Italia? Resulta que el amigo que le ofreció trabajo en Buenos Aires se fue allá después de que su negocio de comida quebrara con el cambio de presidente (de Cristina Fernández a Mauricio Macri). Me pregunta si yo estuve en Argentina cuando eso y qué sé de la situación actual del país. Le comento de los aumentos de la comida y de los alquileres a finales del 2015, cuando fue el cambio de gobierno, y le digo lo que mis amistades argentinas me informan sobre los aumentos de los servicios, del transporte, y otros cambios que se han dado en estos dos últimos años; evito hablar de temas que pueden generar conflictos entre venezolanos, como son los de identidades políticas e ideológicas.

Ya llegando a mi destino le cuento que tengo un amigo dominicano que se acaba de ir para Argentina. A pesar de que acá tenía un buen salario, ahora está en Buenos Aires sopesando la vida entre las complicaciones que tienen allá los dominicanos para sacar una residencia temporal y esas otras cuestiones de la cotidianidad. En ese momento le digo que yo también tengo ganas de volver a Argentina, pero el pasaje está muy costoso y hay que llegar con algo de dinero. Entonces el chamo del Uber me da la siguiente estrategia. Me recomienda lo siguiente: ahorrar unos 400 dólares en Santo Domingo y con eso irme a Caracas. Ese dinero al cambio paralelo es una suma bastante bondadosa de bolívares con la cual podré hacer negocios como los que él me contó antes, y con ese dinero compraré el pasaje a Argentina y tendré algo para sostenerme los primeros meses. La verdad es que termino entendiendo menos aún la situación actual de la República Bolivariana. De paso, cuando llegamos a mi destino, el panita que lleva dos semanas en Santo Domingo me confiesa que la conversación fue refrescante ya que «hablar con alguien de allá lo hace sentir a uno como en casa». Y en cierta forma le doy la razón, sigo igual de confundido de cómo funciona la dinámica venezolana.

Eleazar D. Rodríguez Navarro. Psicólogo venezolano y educador. Cursó la Maestría en Psicología Social Comunitaria en la Universidad de Buenos Aires, Argentina. Trabajó como educador popular en una escuela comunitaria donde se abordaban en profundidad las temáticas de género y diversidad. Presentó las ponencias «Hegemonía: Regulación del cuerpo y del deseo» en el I Congreso de Teoría Social Latinoamericana; y «¿Cuerpos sin género? El patriarcado y los microfascismos» en las XI Jornadas de Sociología de la UBA.


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