Artículo de Revista Global 12

Entrevista a Fernando Savater

Filósofo, profesor, articulistas y, ante todo, un lector. El español Fernando Savater estuvo en Santo Domingo para hablar sobre la humanidad del siglo XXI, defender el rescate de las semejanzas entre los ciudadanos y advertir sobre las cosas que parece que nos ofrecen algo, pero que en realidad nos lo quitan.

Entrevista a Fernando Savater

Como escritor destaca por su prolijidad en géneros y producción. Como filósofo y profesor se habla de su incitación al cambio en los modos de pensar de la sociedad española y de su interés en acercar la filosofía a los más jóvenes, lo que se hace evidente en una de sus obras más emblemáticas: Ética para Amador.

Articulista. De pensamiento rebelde. Sus posiciones contra el franquismo y el nacionalismo vasco le han costado la privación de la libertad en más de una manera, ya sea con el autoexilio en Francia, la cárcel o teniendo que vivir bajo una estricta seguridad ante amenazas contra su vida.

Pero Fernando Savater es ante todo un lector. Y así se confiesa en esta entrevista, dejando ver al hombre de singular carácter forjado entre las prohibiciones de la dictadura y la calidez del hogar en San Sebastián. A los 59 años, aun cuando siente que el tiempo es poco para hacer sus cosas, mantiene una intensa actividad política. Desde la plataforma ciudadana ¡Basta ya! promueve el combate al terrorismo nacionalista y la plena vigencia de las leyes del Estado español en el País Vasco.

Savater estuvo de visita en Santo Domingo para hablar sobre la humanidad del siglo XXI, defender el rescate de las semejanzas entre los ciudadanos, advertir sobre las cosas que al parecer nos ofrecen algo, pero que en realidad nos lo quitan. Hace un aparte para Global, luego de una caminata matutina. Recuerda su infancia, extraña a su amigo Cioran y plantea su parecer frente a la situación política vasca a raíz del alto el fuego proclamado por eta el pasado mes de marzo. Parece ser el fin definitivo del régimen de violencia en Euskadi, pero no necesariamente el abandono de los objetivos de los etarras que, ante la imposibilidad de sacar provecho político a los atentados, buscarían otros medios para conseguir lo que no han logrado con la fuerza.

Haber crecido durante una dictadura habrá marcado su apetito por la literatura y la reflexión filosófica.

Sin duda. Bueno, creo que hay otros factores, ¿no? Esos factores misteriosos de la genética, el carácter. En fin, pero es verdad que también el hecho de vivir en una situación política que de alguna manera prohibía o perseguía el pensamiento libre, aunque no sea más que por un espíritu de contradicción, contribuye a que uno se enfrente. Entonces, es cierto que mi pensamiento es un poco rebelde, por decirlo de algún modo. Nace en buena medida de la situación política en que he vivido en mi infancia, adolescencia y juventud.

De ahí que el tema de la libertad esté tan presente en sus obras…

Eso seguro que sí. La dictadura estaba en el terreno político, pero también en otros. En lo sensual, en lo estético, era una restricción de las libertades. Al que no le duele nunca el hígado o los riñones, ni sabe que los tiene; pero basta que te duela para que te des cuenta de que están ahí. De la misma forma basta que de alguna manera prohíban el pensamiento o la expresión para que te des cuenta de que eso tiene una importancia en la vida. La reflexión sobre la libertad que es quizá el centro de todo lo que he hecho a lo largo de estos años nace de haber crecido evidentemente sin libertad. La libertad es la condición previa de la ética. Si no somos libres, no podemos orientar nuestra conducta de ningún modo.

¿Qué momentos especiales recuerda de su infancia en San Sebastián? En El gran laberinto evoca algo de aquella época.

Pasé una infancia muy feliz, demasiado feliz casi. Supongo que las infancias felices también marcan de alguna manera la vida y hacen que uno tenga el paraíso detrás y no delante (risas). Más bien si ya has tenido una infancia muy feliz notas que te vas alejando de la felicidad y no acercándote. Pero, bueno, tengo recuerdos muy buenos, éramos cuatro hermanos, tres chicos y una chica. Vivimos una vida de imaginación, de juegos, de afectos… fue realmente muy gratificante.

¿Cómo se ve Fernando Savater a sí mismo? ¿Puede separarse el profesor, del filósofo, del escritor?

Bueno, si tuviera que definirme de algún modo lo haría como lector. Para mí lo más importante es leer. Si por leer pagasen, pues no me hubiera dedicado a otra cosa en la vida y además sería mucho más rico. Pero como hay que ganarse la vida, he hecho las cosas digamos más cercanas a la lectura. Pero mi verdadera pasión ha sido siempre la lectura y defiendo el tiempo para leer. Con los años vas teniendo menos tiempo; bueno, vas teniendo menos tiempo por delante, por supuesto, pero también menos tiempo para hacer tus cosas.

¿De qué manera impactó su vida su relación con Émile Cioran?

Cioran empezó interesándome primero como escritor, como pensador. Me gustaba esa mezcla de desesperación y sentido del humor que tienen sus obras. Luego le conocí, bastantes años después de haberle leído, y entablamos una amistad que duró más de 20 años y, claro, para mí es ya muy difícil verlo con distanciamiento, como a un autor más, pues es una persona por la que tengo un cariño y una relación personal. Fue una compañía intelectual, humana, muy especial y singular. Para mí la idea de París está siempre ligada a Cioran y ahora, cuando voy, me cuesta mucho acostumbrarme a que no le puedo ver, a que no puedo cenar con él.

¿Qué es lo que más extraña de esa amistad?

Cioran escribía unas cartas muy bonitas, no es que fueran retóricas. Él no era nada retórico, eran unas cartas muy cortitas, pero siempre lo que escribía era algo fundamental. Nunca escribía por cumplir. Nunca escribía “estoy bien, espero que estés bien, y que no tengas gripe” (ríe). Siempre las cartas que, a lo mejor eran de cinco o seis líneas, decían algo esencial que se le había ocurrido a raíz de una conversación que habíamos tenido. Eran una especie de aforismos muy iluminadores. Guardo muchísimas cartas de Cioran. Cuando abría el correo –entonces no había e-mails ni nada de esto, me hacía una ilusión enorme encontrar su letra tan característica, desvaída, en un tono azul pálido…

¿Qué necesita reflexionar la humanidad de este siglo?

Lo que propondría es una reflexión sobre la misma idea de humanidad. Los derechos humanos se apoyan en la idea de que existe la humanidad compartida. Pero poco a poco por este énfasis en la diversidad casi irreductible de los seres humanos, el concepto se va perdiendo. Lo importante es lo que diferencia a las personas y no lo que les hace semejantes. Me gustaría insistir en que lo importante de los seres humanos no son sus diferencias, que son un hecho, sino sus semejanzas básicas. Y si tenemos que orientar la vida de un planeta cada vez más habitado, debemos pensar en hacerlo de acuerdo con el concepto de humanidad compartida, no desde la concepción de que cada uno tiene una forma de ser irreductible, diferente e incompatible con los demás.

La migración, el terrorismo, la violencia, son temas muy presentes en el día a día y que de alguna manera provocan incertidumbre en la sociedad. ¿Cómo inciden estos tópicos en la conformación del imaginario del ser humano de hoy?

Pienso que vivimos una época en que estamos mucho más informados. Normalmente los seres humanos han vivido recibiendo noticias de su entorno más inmediato. A veces del viajero que venía de una zona. En cambio hoy vivimos prácticamente on line. Entonces, claro, nuestra cantidad de información sobre alarmas, preocupaciones, desastres naturales, guerras, es mucho mayor de la capacidad que tenemos de reaccionar. Ese contraste entre la gran información que tenemos de todo lo que ocurre en el mundo y nuestra capacidad limitada de reacción porque sólo podemos actuar en nuestro pequeño ámbito produce una sensación de ansiedad, de desazón ante el mundo. Por eso, de alguna manera, tendríamos que intentar buscar vías nacionales o supranacionales para poder incidir sobre problemas mayores: luchar contra la miseria, la ignorancia, la destrucción del medio ambiente…

¿Desde dónde habría que combatir la violencia?

La única arma que tiene la humanidad es crear algún tipo de institución que disuada a los seres humanos de utilizar la violencia. ¿Por qué los que vivimos en un estado no nos matamos constantemente unos a otros? Bueno, porque existen fuerzas de la seguridad, jueces, que no nos van a dejar hacerlo. Los seres humanos generalmente no renunciamos a una posibilidad de violencia, salvo cuando hay una institución que nos disuade de ello.

De la misma forma tendría que ocurrir a escala internacional, porque hoy los países viven entre sí en un estado mucho más salvaje que los ciudadanos. Los ciudadanos de cualquier país vivimos de una forma más civilizada que los grandes países que viven como seres prehistóricos; enfrentados por la pura lógica de que el más fuerte es el que se impone y ya.

España ha sufrido muy de cerca la violencia terrorista, en primer lugar con eta y luego con el atentado del 11 de marzo. ¿Es España la misma después de esa fecha?

Creo que han cambiado muchas cosas en nuestra forma de pensar. Fue el atentado europeo más grande desde la II Guerra Mundial. Estábamos acostumbrados relativamente al terrorismo de eta, que creíamos más o menos conocer. De pronto sufrimos este tipo de terrorismo, indiscriminado, masivo, de tan difícil combate, pues es muy difícil luchar contra alguien dispuesto a matarse. Afortunadamente los etarras no quieren morir, ellos quieren imponer unas ideas, pero quieren llegar al final de la película vivos. Cambió muchas cosas, no todas para mal por paradójico que sea, porque imposibilitó a eta continuar atentando. A partir de ese momento eta perdió la posibilidad de vender políticamente sus atentados. Actuaba queriendo conservar una especie de discurso político, de guerrilla, “cheguevarismo”, pero, claro, en el momento en que ocurrió ese atentado quedó absolutamente imposible vender violencia terrorista en España y Europa, ni siquiera a sus propios partidarios. Por lo tanto, ha entrado en esta situación de cese de la violencia más o menos tramposo, pero al final es cese de la violencia.

¿Más o menos tramposo? No es usted muy optimista…

No, yo soy optimista en el sentido de que creo que eta no va a continuar con la violencia, pero, claro, lo que pasa es que los etarras quieren sacar unas ventajas. Quieren obtener ahora pacíficamente, como premio, lo que no consiguieron utilizando la violencia. Y, claro, hemos luchado contra ellos no sólo porque no nos gustan sus medios, sino porque tampoco nos gustan sus fines y no sería cosa ahora de que simplemente como recompensa a que hayan dejado los medios pues obtuvieran sus fines gratis. Ese es un poco el problema. Están luchando con bastante habilidad por sacar adelante su proyecto como recompensa. Naturalmente queremos que los abandonen, nos parece muy bien, pero que no esperen obtener como recompensa aquello por lo que han estado matando gente.

¿Diría que este alto el fuego es la antesala de la paz para Euskadi?

Sobre todo es la antesala de la recuperación de la libertad, porque el problema del País Vasco no es que no hubiera paz, eso se dice cuando hay una guerra en la que se enfrentan dos. Es que una serie de ciudadanos que no podemos pasear tranquilamente, ni expresarnos, ni defender nuestras ideas podamos hacerlo. Eso es lo que hace falta y se recuperará no solamente el día en que eta deje de matar, sino en que la constitución y las leyes del Estado español estén plenamente vigentes en el País Vasco como debieron haber estado desde el principio.

Después de este alto el fuego, ¿qué se espera?

Una vez que eta se desmantele, supongo que dentro de unos años podrán pedirse medidas quizás de gracia, o de alivio, de la situación de los presos. De lo que no se puede hablar es del país, porque eta no es un actor político, es una banda criminal… Lo mismo que si entras a asaltar un banco, la policía dialogará contigo respecto a si vas a soltar los rehenes, si vas a salir por una puerta o por otra, pero lo que no va a hacer es cambiar el sistema bancario o las tasas de interés para dar gusto al asaltante. Esto es lo mismo. Eta es un problema de violencia, de delincuencia, pero no es un problema político ni que se pueda resolver por vía política.

¿Qué ha sido peor para España, eta o la dictadura? Las dos cosas han estado ligadas. Probablemente el comienzo de eta, e incluso la buena aceptación que tuvo en un principio entre cierta gente, fue debido a la situación de la dictadura. Si en España hubiera habido una democracia, como había por ejemplo en Francia… pues eta no funciona en Francia a pesar de que el País Vasco francés no tiene autonomía, no tiene Parlamento; sin embargo, allí no hay violencia. Claro, allí no hubiera podido crecer un grupo violento, mientras que en España, como creció con la dictadura, contó con unas simpatías al menos iniciales.

El plan presentado por el lehendakari Juan José Ibarretxe ha sembrado la polémica en torno al tratamiento de los presos, pues algunos sectores entienden que la propuesta equipara sus derechos con los de las víctimas…

Creo que el problema es que los nacionalistas vascos siempre han compartido los fines de eta, que ha sido, digamos, el brazo violento de unas ideas que los nacionalistas también apoyaban. Los nacionalistas vascos no querían directamente la violencia, pero querían aquellas cosas que los violentos estaban pretendiendo. En una palabra: a los nacionalistas vascos les venía bien que existiera eta. Gracias a eso podían ganar las elecciones, no tenían rivales en el campo político porque no se podían presentar libremente frente a ellos. Entonces decían: “Bueno, yo no mato a nadie, no tengo la culpa de que haya por ahí un señor que mate gente. Yo me presento a las elecciones. Gano porque los demás no se presentan”. Iban haciendo surf en una ola. Decían: “Yo no levanto la ola, pero ya que la ola va hacia la orilla, yo voy haciendo surf encima de ella”. Claro, ahora cuando ven que la ola puede dejar de ir hacia la orilla, quieren apresuradamente conseguir eso que han estado buscando todo este tiempo. Por lo tanto, en el fondo, esa idea de víctimas y presos… eso no tiene nada que ver. Los presos están presos por haber causado las víctimas. Entonces, esto es lo que está ocurriendo. Además, sobre todo, Ibarretxe olvida que lo que hay que hacer en el País Vasco es recuperar la libertad de los demás, de los que no son víctimas ni presos. Hay muchos que compadecemos y apoyamos a las víctimas, que los presos nos parece muy bien que estén donde están, pero en cualquier caso queremos llevar una vida política normal, que, además, nos permitirá saber cuántos nacionalistas hay en el País Vasco. Hoy sabemos a cuánta gente bajo el régimen de violencia le conviene fingir que es nacionalista. Pero, claro, el día que no haya violencia, el día que todo el mundo sea libre para expresar sus ideas, ya veremos si Ibarretxe ganará las elecciones o no.

¿Cuáles serían los temas de una posible mesa de negociación?

Es que no puede haber una mesa de negociación. En una mesa de negociación cualquier tema sería una sanción a favor de la violencia. Es decir, cualquier tema que se planteara sería decir “es bueno hacer actividades violentas porque gracias a eso te dan más o menos lo que pides”. Entonces dentro de tres años podría surgir un grupo violento, con ideas diferentes. Y, bueno, como habría que hablar con todos los violentos, eso sería darles un estado de derecho. Entonces no hay nada que hablar ni hay que hacer ningún tipo de mesa. El Parlamento y las instituciones están ahí. El que quiera presentarse que vaya a las elecciones, que gane sus votos, que vaya al Parlamento. La mesa en sí ya es una traición.

¿Y hacia donde encaminará ¡Basta ya! sus esfuerzos? A decir esto mismo que estoy diciendo yo a ti (ríe). Todo lo que podamos. Lo que procuraremos es ir frente a uno y frente a otros. Es muy probable que haya muchos que no quieran escuchar.

Beatriz González es periodista, analista de acciones comunicacionales de la Dirección de Información, Análisis y Programación Estratégica de la Presidencia de la República Dominicana (DIAPE).


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