Artículo de Revista Global 30

Entrevista a Frank Báez

Colaborador de Global y coordinador del Instituto de Opinión Pública (INOP) de Funglode, poeta, cuentista, psicólogo, investigador social, traductor, profesor de escritura creativa, músico y reciente ganador del Premio Nacional de Poesía. Jimmy Hungría conversa con Frank Báez sobre todas sus facetas.

Entrevista a Frank Báez

Conocí a Frank Báez la noche del entierro de Joaquín Balaguer. Algunas semanas antes, yo le había propuesto a César Namnum difundir a través de su programa radial Compasillo, que entonces se transmitía por ZOL FM 106.5 de lunes a viernes de 8 a 10 de la noche (actualmente permanece en el mismo horario, pero en otra emisora: Quisqueya FM 96.1), dos discos que acababan de traerme de Argentina con las voces de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar leyendo algunos de sus poemas (el primero) y cuentos (el segundo).

César quería que, en el programa, además de difundir las grabaciones, se hiciera una tertulia sobre ambos autores con la participación de escritores dominicanos. Para ello invité, entre otros, a José Alcántara Almánzar, quien no aceptó porque estaba muy ocupado y me sugirió invitar a su esposa, Ida Hernández Caamaño, quien tampoco aceptó y me sugirió llamar a un joven poeta en quien ella vislumbraba un futuro brillante, llamado Frank Báez.

Llamé a Frank, quien sí aceptó y participó, junto a otros invitados, en aquella tertulia radial sobre Borges y Cortázar, que Compasillo transmitió la noche del entierro de Joaquín Balaguer. Así conocí a Frank, a quien vi por segunda vez meses más tarde cuando asistí a la primera de una serie de lecturas de poemas que él y Paúl Álvarez ofrecieron en varias librerías, denominada “la gira del ping pong”, nombre que tomó para bautizar la revista literaria electrónica que, años después, fundó y sigue dirigiendo junto a Giselle Rodríguez Cid y que ya va por su número 10.

Poeta, cuentista, cronista, psicólogo, investigador social, traductor, profesor de escritura creativa, integrante de la banda de Spoken Word: El Hombrecito, reciente ganador del Premio Nacional de Poesía. ¿Quién es Frank Báez?

Plantéate el caso hipotético de que dentro de cuarenta años yo muera en un accidente de avión y a un editor joven se le ocurra editar mis poemas completos con el título: ¿Quién es Frank Báez? El título, por supuesto, no creo que venda mucho, mejor sería ¿Dónde estaba el piloto? o Crash o algo por el estilo; sin embargo, sería idóneo para dar a entender la búsqueda de la identidad que no sólo yo, sino que cada poeta hace. Yeats, por ejemplo, escribió en un poema que buscaba el rostro que tenía antes de que el mundo fuera hecho. Creo que la biografía de un poeta está en sus poemas y la de un ciudadano en sus actos civiles. En un poeta, por supuesto, ambas se confunden. Pero te reitero que, para entender a un poeta, hay que ir a sus poemas, es como si tuvieras acceso a sus radiografías.

Borges dijo: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito. Yo me enorgullezco de las que he leído”. ¿Y tú?

También yo me jacto más de lo que he leído. Para mí, la escritura es sencillamente una forma de reflexionar sobre mis lecturas. Cuando yo estoy escribiendo algo, estoy interactuando con mis lecturas, con lo que hizo tal escritor en tal pasaje de un libro o tal poeta con sus versos. Ante la pregunta de si prefiero leer libros o escribir libros, me quedo con la de leer. No obstante, como nunca voy a estar ante esa situación, hago ambas.

En la revista Ping Pong publicaste una conferencia sobre Dylan Thomas donde escribes que tu papá acostumbraba a leer poesía en voz alta después de la comida. ¿Te inicias en la lectura con esas lecturas? ¿Te leía cuentos cuando eras niño? Y del tiempo que vivieron en México, ¿tienes recuerdos?

Cuando fuimos a México, yo tenía dos meses de nacido y viví allá hasta los cinco años. De México tengo una serie de recuerdos, pero creo que no todos son reales; hay muchos inventados a partir de fotografías que he visto y anécdotas que mis padres cuentan. Abandonamos la ciudad poco antes del terremoto del 85. El edificio que habitábamos se vino abajo. Yo pienso en las posibilidades de lo que hubiera pasado si nos hubiéramos quedado. Me acuerdo que cuando supimos la noticia del temblor fuimos a entregar una donación de dinero a un telemaratón que hizo El Gordo de la Semana en beneficio de los damnificados. Tengo algunos recuerdos, de lugares, de personas, de paisajes. A veces, me siento como si me hubieran borrado la memoria y, tarde o temprano, me la fueran a reinstalar. En cuanto a la lectura, recuerdo que cuando yo tenía como 7 u 8 años, mi papá me leyó La isla del tesoro, de Stevenson. Fue determinante en mi inclinación por la lectura el que mi papá me leyera cuentos y novelas cuando era niño. El sueño mío era ser jugador de baloncesto. Cuando fracasé como basketbolista, empecé a escribir canciones y versos. Lo empecé a hacer con mayor seriedad, luego de un día en que mi papá leía un poema de Neruda en el comedor (ese que dice: “Si solamente me tocaras el corazón, si solamente pusieras tu boca en mi corazón, tu fina boca, tus dientes, si pusieras tu lengua como una flecha roja allí donde mi corazón polvoriento golpea”), y se acordó de otro poeta y se paró a buscar el libro de ese poeta en su biblioteca, y cuando a los pocos minutos lo trajo, resultó ser un libro de Dylan Thomas en una edición argentina, traducida por Elizabeth Azcona Cranwell, esa que tiene de portada una foto en blanco y negro de Dylan Thomas bebiendo en un bar, que era paradigmática. Entonces, mi papá leyó el poema que le hacía recordar ese de Neruda, titulado “Si me hiciera cosquillas el roce del amor”, donde hay un verso impactante, un verso que me cambió la vida, algo así como una mina que pisara y me dejara sin piernas, un verso que dice: “La mitad de este mundo es del demonio, la otra mitad es mía”. Creo que con ese verso entré a la poesía, con la misma determinación con que otros adoptan una religión o se hacen ciudadanos de un país.

 

 

¿Qué edad tenías?

Quince o dieciséis. Yo estaba en una encrucijada: tenía que elegir entre escribir poesía o dedicarme a tocar música en una banda de rock, en la que trataba de ser guitarrista y cantante, y escribía las letras de las canciones. Lo abandoné porque decidí escribir poesía todas las noches. Era más divertido. Además, me crié entre libros. Así que yo no sólo tenía los libros que los intelectuales promedio tienen en sus casas, sino también joyas literarias que sólo raros coleccionistas consiguen y que mi papá había reunido y conservado. Por lo que yo descubrí mi propia isla, entre la biblioteca de mi papá y la que yo humildemente fui formando.

¿Y tú conservas aquellas canciones de tu adolescencia?

No. Aunque sí conservo dos o tres poemas de aquella época, porque casi todos, después de escribirlos los quemaba, les prendía fuego con un encendedor, era como una ceremonia, un perfomance, un acto muy personal, porque nadie sabía que yo escribía poesía, y ahora, con el tiempo, me hago la ilusión de que en esos poemas que incendié estaba mi mejor poesía. Yo no los corregía, simplemente me dejaba llevar por impulso, como si mi mano la fuera guiando una identidad desconocida y escribiera como otros juegan la Ouija.

¿Cuál era la música que te gustaba en esa época?

Música alternativa que tenía en el walkman el día entero. Beck, Pixies, Sonic Youth. Mi poesía era eso: la desesperación de querer decir una serie de cosas sin tener medios suficientes para decirlas, ni personas con quienes compartirlas. Era enfrentarse al papel blanco como un desierto interminable donde deslumbrara un gigantesco y terrible sol. Era bien raro.

El último poema de Jarrón está dedicado a John Coltrane.

Soy fan de los Coltrane, de John y de Alice. Pero sobre todo de John. Le he dedicado varios poemas que nunca he publicado. Recuerdo que me sentaba en mi habitación a escuchar a John Coltrane y que, cuando las canciones terminaban, se escuchaban los pajaritos tras las ventanas, silbando la música de Coltrane, como si lo acompañaran en el saxofón. El poema que dices lo publiqué en Jarrón y otros poemas, poemario que publiqué en Madrid. Los poemas fueron escritos a finales de los noventa, y son más maduros, ya que para entonces empecé a leer un montón de libros de poesía, empecé a leer a Pound, a Brodsky, a Nicanor Parra, y cosas más modernas, y poco a poco eso me fue llevando a escribir sobre mi entorno y poetizar lo que me rodeaba, que es con lo que estoy afanando ahora, una búsqueda no sólo de mi rostro, sino también de los rostros de mis semejantes. Compraba los libros en Mateca, en la sección de poesía, sobre todo de la colección Visor, libros carísimos y que compraba con lo que lograba ahorrar. Sin embargo, mucha de la poesía que me interesaba no aparecía y no estaba editada, así que con Internet finalmente se me abre un horizonte de posibilidades: cosas que nunca pensé leer o adquirir estaban ahí y yo con toda la libertad del mundo podía acceder a ellas.

Vas a INTEC a estudiar Psicología y entras al Círculo Literario.

Así es.

¿Consideras que hay un antes y un después del Círculo Literario de INTEC en cuanto a tu interés por la literatura y a tu propia creación literaria?

Creo que de las muchas cosas que aprendí tanto en el Círculo Literario de INTEC como el Círculo Literario El Aleph, la más importante fue la disposición a compartir el trabajo literario: a dar y a recibir. Dada mi timidez, me costó y me sigue costando dar a conocer y publicar lo que escribo. Quizás por eso en ocasiones he tendido a utilizar pseudónimos. No obstante, más que esos círculos, quienes resultaron determinantes fueron amigos, como Paúl Álvarez, con quien compartía y sigo compartiendo un gusto por la literatura y el arte. Intercambiábamos libros y hacíamos sesiones de lectura donde, por ejemplo, nos sentábamos y leíamos Madame Bovary completa, en voz alta, o nos sentábamos a beber cerveza y hacer cadáveres exquisitos.

Ya que mencionas a Paúl, háblame de aquella gira que ustedes hicieron por las librerías, donde hacían lecturas de poemas, “Poetas del Ping Pong”, que si mal no recuerdo empezó en una librería que ya no existe, que se llamaba Alejandría.

Empezó mucho antes. La librería Alejandría fue uno de los muchos lugares a los que asistimos. Como no teníamos dinero para publicar nuestros libros ni a nadie le interesaba editarlos, íbamos a librerías y talleres literarios y centros culturales a leer nuestros poemas, esperanzados en que se nos acercara alguien y nos ofreciera publicarlos. Sin embargo, con lo que nos topamos fue con una gran indiferencia. Paul Álvarez posteriormente gestionó de su bolsillo la edición de su libro de poesía La pelota y de una traducción que hizo de un libro de Ferlinghetti, en que el poeta gringo colaboró. Ambos libros pasaron desapercibidos en nuestro medio cultural.

Eso fue en los años 2002 y 2003; después Paúl emigró a Estados Unidos y tú hiciste con Maritza Álvarez, en el Centro Cultural de España, “Tirar después de usar”.

En ese proyecto mezclamos la poesía con la fotografía. Mientras Maritza pasaba sus fotos e ilustraciones con un proyector, yo estaba parado en la penumbra, leyendo mis poemas. Ni los poemas ni las imágenes guardaban relación alguna, ya que tratábamos que los espectadores tuvieran la libertad de establecer esa relación y llegar a sus propias conclusiones. Con ese proyecto buscábamos experimentar un poco con ese proceso mental de codificar palabras e imágenes de forma simultánea. Los recitales tienen una riqueza expresiva que los poetas apenas aprovechan. Quizás porque generalmente las personas que participan en estos no preparan bien sus textos o no se toman el tiempo de escoger los textos adecuados para leer ante un público. Cuando uno aprende a leer sus poemas, es como si estos volvieran a la vida. Creo que los poetas se transforman en libros cuando mueren, pero, mientras están vivos, es agradable escucharlos llevar a la vida sus poemas y sus composiciones. Si Rubén Darío se reencarnara, creo que lo haría como rapero. Si no, sería al menos alguien ligado a la música y las palabras. Al mezclar estos dos elementos, es más sencillo que la gente haga suyo el poema, se lo aprenda y lo incorpore a su lenguaje cotidiano. La poesía le pertenece al pueblo y el autor se pierde en el poema. Lo ideal es que la gente piense que la poesía viene del pueblo, que los refranes y las frases populares no vienen de tal o cual poeta, sino del pueblo mismo. Creo que ese acto de fundir tus palabras en el barullo y el jolgorio del pueblo es más valioso que te estén reeditando el librito de poemas para que un grupito específico lo lea o que te hagan una estatua o una barbaridad por el estilo.

Recuerdo que también participabas en el Festival de la Cucaracha Aplastada que se hacía cada diciembre en la plazoleta Fray Bartolomé de las Casas.

Es una lástima que descontinuaron el festival. Eran unos jóvenes muy inquietos que estaban tratando de hacer algo distinto; pero muchos de ellos lamentablemente dejaron la poesía antes de los 25, como ocurre con cada generación. Frente a este panorama desolado, empecé con Homero Pumarol a hacer recitales de poesía y sacamos una banda que denominamos El Hombrecito. A Homero y a mí nos empezaron a invitar a varios lugares para que leyéramos. Entre estos, el Festival de Poesía de la Montaña en Jarabacoa, donde tras un altercado, el síndico nos prohibió la entrada.

¿Qué fue lo que pasó realmente? Me dijeron que hasta hubo sillas rotas, pero no supe nunca qué fue lo que ocurrió.

Creo que es mejor mantener el misterio. El caso es que Homero y yo estábamos interesados en presentar nuestros poemas fuera de los lugares comunes y predecibles. Tomamos nuestros poemas y comenzamos un proceso de depuración. Discutíamos qué poemas se podrían leer y cuáles no. Recuerda que estamos leyendo poesía en un bar y que hay gente en frente con sus tragos y sus cervezas escuchándote, por lo que es muy fácil que se aburran si eliges los poemas que no son adecuados para el ambiente. Pues bien, elegimos los poemas con un criterio sobre todo musical, y nos reunimos con Ángel Rosario y otros músicos y empezamos a leer los poemas con una banda en bares y en diversos puntos de la ciudad, logrando que doscientas ó trescientas personas paguen por escuchar poesía, lo que al menos en nuestro país, creo que es un éxito. Actualmente, la banda está compuesta por Homero y yo en las voces, Ángel Rosario en la batería, Fernando Soriano en la guitarra y Wilson López en el bajo. Al mismo tiempo, tenemos a Jaime Guerra, quien está produciendo el show y la multimedia.

¿Cuándo será la próxima presentación?

Acabamos de grabar nuestro primer disco en el estudio de grabación del Centro Cultural de España, institución que está apoyándonos y que se va a encargar de hacer el lanzamiento a principios de septiembre. En octubre vamos a cerrar la quinta edición del festival internacional Poetas por Km2, que se va a celebrar en el país. Y a principios de noviembre, cerraríamos el mismo evento en la versión que realizarán en Madrid en la Casa de América.

Pasemos de la poesía al cuento, un género que cultivas en tu blog y que te mereció el Premio de Cuento Joven en la Feria del Libro del 2006 por tu libro Págales tú a los psicoanalistas.

Bueno, en el blog lo que publico más bien son crónicas, sobre todo crónicas de viaje, aunque pueden darse los casos que estas crónicas pasen por cuentos. Como narrador, he ganado el premio que sitas y también un concurso de cuentos que realizó el INTEC. Ahora estoy trabajando en un libro de cuentos para la editorial Universos, de España. Me interesa mucho la narrativa y creo que con esta le puedo dar forma a varias inquietudes poéticas que tengo.

¿Te consideras más poeta que cuentista o más cuentista que poeta?

A mí lo que me gusta es la poesía. Ahora bien, no veo tanta diferencia entre ambos géneros. Por supuesto, entre la prosa y la poesía hay diferencias que están establecidas, pero yo pienso que ambas se dan la mano por debajo de la mesa. Cuando me siento a escribir, tengo bien definidos cuáles son los territorios de cada cual, pero eso no implica que cuando esté escribiendo un cuento la solución de este cuento me venga de la poesía, del ensayo o hasta de otra disciplina como el cine o la música. Por ejemplo, pienso en un cuento como Aún no es ahora, que tiene su resolución en un poema de Alejandra Pizarnik. O para complicarlo más, piensa en Treinta años, orquestado en merengue de los ochenta como lo grabamos para el disco de El Hombrecito. Hay escritores que tienden a ser muy puristas con respecto a los géneros. No creo que si uno es poeta sólo deba leer poesía, o si es novelista sólo deba leer novelas; más bien creo que uno debe estar interactuando con todos los géneros posibles y alimentar su obra de estos. Lo mismo pasa con el arte en sentido general: hay que visitar todas las expresiones artísticas, no sólo por erudición, sino también porque te pueden ayudar a resolver problemas formales. El arte es preciso vivirlo poniendo un pie en este género y el otro en aquel género, es como si uno fuera un ilegal, una especie de “espalda mojada”, que tiene el pie izquierdo en un país y el pie derecho en otro.

El inicio de tu poema “Escrito el 28 de noviembre del 2002 mientras bebía unas cervezas con Villanueva” dice: “Es tan triste ser poeta / y tener veinte dedos / y dos orejas / y una nariz”. Al cabo de casi siete años, te pregunto: ¿es tan triste ser poeta?

La verdad que no tan triste como en esa época. Ese poema es una metáfora sobre la condición de ser poeta, temática que volvería a trabajar en el de “Marilyn Monroe de Santo Domingo”. Cuando me refiero a la tristeza es pensando en el poeta contemporáneo que trata de hablar de Dios, pero no puede hacerlo, porque sencillamente no cree en él. Para entonces yo tuve ese choque existencial que se puede apreciar en ese poema. Tenía 24 años y pensaba que la única posibilidad de alcanzar mi redención era convirtiéndome en el papa. Piensa en ese poema como si se leyera con un megáfono en una esquina, ante los transeúntes y los buhoneros indiferentes, y estoy seguro que aun con todos los elementos absurdos que lo componen le encontrarás sentido.

Ese mismo poema termina con estas palabras: “Y yo estoy aquí / No sé por qué / Ni para qué”. Al cabo de casi siete años, te pregunto: ¿sabes por qué y para qué estás aquí?

Estaba leyendo un libro el otro día donde hay una descripción preciosa de este proceso. Creo que es una leyenda de una tribu africana donde se relata que sus antecesores llegaron al planeta a partir de una cuerda que el jefe de la tribu lanzó desde una nube. De esta cuerda bajaron un hombre y una mujer. Cuando estaban a punto de trepar por la cuerda para volver a la nube, el jefe de la tribu la cortó y se quedaron varados en la tierra. Pero bueno, yo creo que el poeta, o el ser humano en general, tarde o temprano se hace esta pregunta: ¿qué hago yo aquí? Ese poema es una pregunta que se queda sin resolver. Yo escribo poesía para preguntar, debido a que no cuento con ninguna respuesta ni con ningún sistema ideológico que pueda imponer. De hecho, el poema está dirigido a Dios; quiero hablar con Dios desde un teléfono público y Dios no responde, y grito entonces de manera absurda: “Yo voy a ser papa. Y voy a poder hablar con Dios”. Se trata de esa pregunta existencial que me surgió a esa edad. Fue una época difícil, muy fuerte, creo que sobreviví por mi poesía. Y eso lo plasmo en “Treinta años”, donde planteo que en esos años no me suicidé porque pensaba en los poemas que me faltaban por escribir.

Hay un poema tuyo que dice: “John Keats escribió que no hay nada menos poético que un poeta”.

Keats pensaba en el poeta como un camaleón que se puede transformar en múltiples cosas, algo así como el personaje de aquella película de Woody Allen, Zelig. En ese sentido, se refería a que el poeta como sujeto no era nada, más bien necesitaba de los otros para poder ser. En ese poema yo buscaba trasladar la idea que se tiene del poeta como paciente de un psicoanalista que escribe para curarse o por catarsis, a la de mecánico del lenguaje. Para ponértelo de una manera simple: el poeta es quien invita a la fiesta, prepara la casa, destapa las botellas y prepara la picadera, pero que tan pronto la fiesta comienza y los invitados llegan, salta por la ventana.

¿Y en qué tú estás transformado en Postales?

En cartero. Postales está compuesta por tres secciones y por poemas escritos en un periodo que data desde 2002 hasta 2008. La primera edición del libro se publicó en Costa Rica, a propósito de un festival de poesía al que fui invitado. Allá leí en bares, en cárceles y hasta en preescolares. La verdad es que el libro resultó un éxito y al poco tiempo se agotó. De los libros que se agotaron más rápido, estaban el mío y el de un famoso poeta iraquí.

Tal como dices, Postales es la tercera parte del libro. Hay una primera parte que contiene 23 poemas, uno de los cuales se llama “Once estrofas para Giselle”. Además, el libro está dedicado a Giselle Rodríguez Cid.

Por supuesto, varios de esos poemas están escritos directamente para Giselle. Yo la conocí en Chicago. Antes de conocerla, estaba solo como Manny Ramírez en el jardín central. Una soledad que me sirvió de mucho literariamente, pero que personalmente casi me llevó a morder polvo. Tras muchos fracasos con las mujeres más raras que puedas imaginar, encontré a Giselle. Recuerdo que esas estrofas las escribí para nuestro primer aniversario. Son como reiteraciones de esa búsqueda y esos fracasos, sabiendo, sin embargo, que el ser amado ha sido encontrado. El poema termina así: “Te busqué, mi amor / De esa manera en que Aristófanes / Comenta que se buscan las dos mitades / En uno de los diálogos de Platón”.

En el libro, las postales son 150. En una entrevista que te hizo Rosa Silverio, le declaras que eran 500 y que hiciste una selección. ¿Piensas publicar las otras 350?

No, no tiene sentido. La idea de Postales más que de contenido era de forma. Como te decía anteriormente, acá de nuevo hay unas mezclas de géneros, debido a que la técnica que yo utilizo en esas secuencias es la del collage. Muchas de esas secuencias son meras descripciones de fotografías o resúmenes de artículos policiales del periódico. ¿Qué intenté hacer? Crear la misma atmósfera que hay en los coros de las tragedias griegas. Por consiguiente, me deshice de la retórica y de cualquier elemento subjetivo. De los textos del libro, creo que es el más arriesgado, no sólo por la forma experimental, sino por el contenido y la ausencia de tropos y de adornos tan comunes en la poesía. Yo me propuse desvestir el lenguaje y presentar postal tras postal de la manera más cruda e hiriente posible. Pienso que Postales es la parte de desnudos del libro; la parte que es más incómoda de leer, no por la forma sino por el contenido; la parte que, si hubiera censores literarios, le pondrían restricción para menores de 18 años.

Además de lo que me dijiste ahorita de El Hombrecito, ¿qué proyectos inmediatos tienes?

Hay unos talleres de escritura creativa que estoy impartiendo junto con el Writing Project de los Estados Unidos. En estos talleres desarrollo un proyecto que he bautizado con el nombre de “Mapa Literario de Santo Domingo”, con el que los estudiantes aprenden técnicas para abordar y desarrollar textos en diversos puntos de la ciudad. La idea de este proyecto es narrar la historia que hay en las calles y en los barrios de Santo Domingo. ¿Qué busco con esto? Darle una cara literaria a la ciudad. Con ese fin, si buscas en Google Maps, te vas a encontrar con el mapa literario de Santo Domingo, donde no sólo se leen los textos, sino también puedes aproximar las imágenes hasta los lugares que se describen y retratan. Mi ambición es reunir la mayor cantidad de textos posibles sobre cada rincón de la ciudad, de manera tal que cada colmado y cada salón de belleza esté representado por un texto literario.

Postales te ha merecido el Premio Nacional de Poesía, dotado de 250,000 pesos, ¿qué harás con ese dinero?

Pienso utilizar el dinero del premio para irme por una temporada a la Antártida.

Finalmente, ¿tienes algo que decir sobre toda la alharaca que desató el premio entregado a “Postales”?

Como te dije anteriormente, en ese libro yo no hago ningún tipo de concesiones. Ahora bien, lo simpático es que la mayoría de la gente que lo ha criticado no ha leído el libro. Con tal de evitar estas confusiones, creo que la Secretaría de Cultura debiera editarlo. Si ese grupito va a estar criticándome e insultándome, me gustaría que lo hagan por las razones adecuadas. Además, el libro les devuelve los insultos, que es un dispositivo que yo introduje en los versos, preparado para estos percances. Pero yo no voy a defender mi libro, ya que él se defiende solo y tiene sus dos brazos para dar pelea. Sea como sea, quien al final lo ha de juzgar es el viejo Cronos, que como todo el mundo sabe, es quien tiene la última palabra.

Jimmy Hungría es licenciado en Administración de Empresas (UASD), con un posgrado en Alta Gerencia (UTE) y diplomado en Apreciación de las Artes Visuales (Museo Bellapart y PUCAMAYMA). Es autor de los libros Helados que el tiempo derritió (2006), Mangos y jubilados (2008) y Gastronomía musical y bibliografías en construcción (2009), recopilaciones de artículos que escribió en la revista Vetas, el periódico Listín Diario y en otros medios.


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