Artículo de Revista Global 73

Entrevista a Glenis Tavárez

Glenis Tavárez, antropóloga del Museo del Hombre Dominicano, ha sido protagonista de muchas exhumaciones tanto de héroes nacionales como de ancestros nativos, esclavos y otros actores de nuestra historia. Además de haber exhumado héroes de la República, ha investigado sobre temas indígenas, cementerios, ingenios azucareros o migración. Noris Eusebio la entrevista para Global sobre su experiencia en el campo de la exhumación.

Entrevista a Glenis Tavárez

«Mi primer trabajo oficial fue en el año 1987 con los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo»

El 20 de junio del 2016, la prensa nacional reportó que los restos de un guerrero nicaragüense de la expedición contra Trujillo de 1949 fueron inhumados en el Cementerio Nacional de Santo Domingo. Este hombre vino hace 67 años, el 14 de junio de 1949, junto a otros 14 entre los cuales había varios extranjeros. Los restos de los expedicionarios que resultaron muertos fueron, en su momento, entregados a sus familias, los del estadounidense George Raymond Scruggs y del nicaragüense Alejandro Selva no fueron reclamados. El padre de Scruggs se negó a repatriarlo y no se encontraron familiares de Selva.

En septiembre del 2015, un equipo de técnicos del Museo del Hombre Dominicano encontró los cadáveres de Scruggs y Selva en una finca del paraje Balataes, del municipio Luperón, en Puerto Plata. El reporte policial decía que «aparentemente fueron fusilados en el lugar».

La primera noticia que vi del hecho traía una foto en la que una mujer y tres hombres metidos en un hueco hecho en la tierra trabajaban en una osamenta que emergía del suelo. Esa foto y lo que narraba la noticia me provocaron muchas reflexiones sobre ese particular trabajo que hace el antropólogo: exhumar, estudiar e identificar huesos. Además de desenterrar cadáveres, exhumar también habla de «sacar a luz lo olvidado». Luego de las pruebas de ADN que confirmaron la identidad de George Raymond Scruggs, su hijo se lo llevó por fin «de vuelta a casa». Todavía no se tiene información sobre la familia de Alejandro Selva; sin embargo, ya sus restos no están abandonados sino honrados y junto a sus demás compañeros de expedición.

Ya que el tema me interesa, decidí visitar en su oficina a Glenis Tavárez, antropóloga del Museo que dirigió el levantamiento y ha sido protagonista de muchas exhumaciones tanto de héroes nacionales como de ancestros nativos, esclavos y otros actores de nuestra historia. Al llegar a su oficina encontré que las paredes de la antesala están cubiertas de estantes llenos de cajas de cartón. Pregunto qué hay en ellas y la respuesta es «huesos». Me cuenta que es un archivo levantado por Fernando Luna Calderón, que las «osamentas han sido estudiadas», que «siempre hay nuevos estudios que realizar», algunas «universidades extranjeras han venido y hecho estudios», son huesos resultados de «rescates» hechos en construcciones diversas y en búsquedas de investigación.

Conversamos por varias horas. Glenis tiene mucha experiencia que compartir. Además de haber exhumado héroes de la República, ha investigado sobre temas indígenas, cementerios, ingenios azucareros o migración. Me habló de la llamada Ruta de Colón, «cuando en su primer viaje este se traslada a pie desde La Isabela hasta Jánico»; también de las rutas de Caonabo y Enriquillo, y veo que estas rutas bien delimitadas y marcadas podrían ser interesantes paseos turísticos. También me habló de sus trabajos en cementerios como el de la hacienda del Padre Labat en Martinica, y en otros de varios lugares del interior de nuestro país. Destaca la riqueza cultural de los cementerios: «El cementerio es el primer lugar de interés antropológico, porque te da definición socioeconómica de las familias del sitio y también cultural: ahí ves las creencias».

Considero a Glenis un tesoro nacional. En un artículo Miguel D. Mena la llama «batalladora entre las ruinas» y la describe «insistiendo entre huesos, creencias y prácticas religiosas, con una dedicación de monasterio, porque la convicción y las fuerzas llevan a eso: al conocimiento».

Contigo hay muchas cosas que conversar. Hoy me interesa saber cómo te iniciaste en el trabajo de exhumación de restos humanos y más que nada de los héroes de nuestra historia.

Mi primer trabajo oficial de esa naturaleza fue en el año 1987 con los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Ese trabajo me marcó. Yo trabajaba en el Museo del Hombre en temas indígenas, cuando Balaguer emitió un decreto para buscar los restos de los héroes. A Luna Calderón, que era mi jefe, lo convocaron y él inmediatamente aceptó. Recuerdo que me dijo: «Pide permiso en tu casa, a tus padres, para que te dejen. Esta es una labor que puede ser difícil, políticamente hablando». Hablé con mi papá y él me respondió: «Eso fue lo que tú estudiaste, haz lo que tienes que hacer», y ahí comencé. El trabajo fue muy duro, pasamos alrededor de 15 días buscando los restos. Era mi primera experiencia, todavía era estudiante de la carrera, estaba terminando. Luego cuando comenzaron a aparecer restos, vino la ardua tarea. Aquello, sentimentalmente hablando, fue muy difícil. También a uno se le abría una esperanza de darles la satisfacción a los parientes de los fallecidos 28 años atrás. Encontramos 67 y de esos 67 pudimos identificar unos 30. No se identificaron más porque en realidad mucha gente ya no vivía en el país. Nos ayudó mucho Poncio Pou Saleta, que tenía muy buena memoria, fue muy útil en todo. Medardo Germán y Mayobanex Vargas también ayudaron.

Ahora que hay tantas películas donde se muestran los procesos de identificación de ADN, uno piensa que no es difícil establecer a quién pertenecen los huesos encontrados, pero en 1987, ¿cómo ustedes pudieron establecerlo?

Con antropología forense, eso lo hacía Galeno [Fernando Luna Calderón] con los reportes y fichas odontológicos. En ese tiempo había buenos reportes, los datos de las personas, datos de edad, estatura, enfermedades que padeció… Empezamos a chequear eso en los esqueletos. Lo primero fue determinar que todos eran hombres [no participaron mujeres en la expedición] y afortunadamente todos lo fueron. Ya después era establecer los grupos de edad a que correspondían. Entonces, un hombre de 30, 40 años con una dentadura con tales y cuales detalles, con tales y cuales rasgos de enfermedad, una estatura de tanto… Luego comenzamos a trabajar un poco el rostro con el esqueleto a ver qué nos daba y así continuábamos.

¿Dónde encontraron los restos?

Estaban enterrados en San Isidro, detrás de la Dirección General de Entrenamiento Militar del Ejército, muy cerca del polvorín.

¿Los enterraron todos juntos o cada uno aparte?

Varios por fosas. Según nos contaron, un día mataban tres, al otro día cinco, al siguiente llegaban tres muertos de Constanza. Entonces tan pronto los ejecutaban los iban enterrando.

O sea, que encontraron más individuos completos que huesos mezclados.

Sí, encontramos individuos completos. Solo hubo una fosa que tenía muchos esqueletos, más de diez, creo que once o trece. Parece que en algún momento mataron un grupo masivo, porque fueron enterrados todos juntos.

Y de ese grupo, ¿pudieron establecer a quiénes pertenecían los huesos mezclados?

No, no pudimos. Hubo uno de ese grupo que para mí fue de los que más me marcó. Estaba envuelto en un mantel de campo, de esos plásticos de fondo verde con cuadros negros y cuando levantamos el mantel, las costillas y las vértebras estaban como pulverizadas, parece que le dieron muchos golpes, lo desbarataron a golpes. Incluso en un lado del cráneo, no recuerdo bien si era el parietal, le dieron un golpe que al parecer le provocó una hemorragia interna, y toda esa zona estaba oscurecida por la hemorragia.

Cuando encuentras huesos, encuentras también la tragedia que vivió la persona…

Sí. Como había militares que ya estaban retirados y habían participado en eso, ellos nos contaban que el pelotón de fusilamiento era de quince cadetes con carabinas Cristóbal apuntando a la persona. Imagínate, supongo que eran como 30 tiros cada uno. Como era un fusilamiento, se supone que debían disparar al pecho. Pero nosotros lo que más encontramos fue plomo en las cabezas. Los cráneos de casi todos estaban muy destruidos. Restaurarlos fue casi imposible. De todos creo que recuperamos solo unos doce cráneos. Se veían los huecos de los impactos de bala, fue muy fuerte realmente…

Entiendo que en 2006-2007 volvieron a trabajar con los héroes de la expedición de junio de 1959.

Sí, porque el presidente Leonel Fernández iba a recuperar el aeropuerto de Constanza que aparentemente luego de esta expedición se quedó sin uso. Para hacerlo, se tuvo la noticia de que en la pista había un grupo de expedicionarios enterrados. Sin más datos que la pista… excavando… y el pueblo y el presidente esperando la obra. Recogíamos gente de Constanza que decía saber, pero un día nos mandaban a un sitio, luego nos mandaban a otro… Fue de locura. Finalmente, pudimos encontrarlos, en malas condiciones. En el lugar había mucha humedad. Una máquina trabajaba para quitar los primeros centímetros del suelo de talvia [asfalto], era más fácil así para trabajar rápido. Creo que encontramos seis, no recuerdo exactamente.

De esos, ¿pudieron identificar a alguien?

No.

¿Qué hicieron con los restos de los no identificados?

Se sepultaron igual que los demás, en el mausoleo del Centro de los Héroes. En ese panteón están todos los héroes de esa gesta.

Supongo que, de alguna manera, el pariente al cual no le identificaron restos de su familiar tiene un lugar adonde ir.

Hubo gente que después de viejo es que se enteró de que su padre estuvo en el movimiento o que murió de tal manera. Generalmente gente que vive en el exterior. Como la dictadura fue tan fuerte, muchas familias ocultaron lo pasado a los más jóvenes, como una manera de protegerlos para que no continuara la matanza de la familia.

¿El olvido protege?

Yo diría «el no saber». Quienes sabían eran los viejos. Si te sacan del país con nueve u ocho años y después te dicen que tu papá murió y no te enteras de qué murió, lo dejas así. Cuando niño, uno no interroga tanto sobre esas cosas. Más tarde hay un momento en que te preocupas, uno se pregunta sobre el origen, de dónde vengo, de qué murió mi papá… Así comenzó gente a enterarse. Ahora es más fácil con el internet.

¿Cómo fue el proceso de reunión de los familiares con los restos?

Recuerdo que cuando se encontraron los primeros restos, todos estaban felices de encontrar a su gente, al fin ya sabían dónde estaban. La reacción al encontrarse con los restos de su pariente era como si recibieran una llamada diciendo «se murió tu hermano», lloraban, se desahogaban, pedían a Dios que lo reciba. ¡Eso lo vivimos con tanta gente! Quien más me impresionó fue doña Guillermina de Puig-Subirá, la mamá de Johnny Puig-Subirá Miniño, que era la presidenta de la Fundación Héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo en el momento en que buscamos los héroes. Ella andaba con un reloj que le regaló su hijo, no daba la hora ya, pero ella no podía usar otro, fue el último regalo de su hijo. La recuerdo caminando con Galeno, cuando él le mostró por primera vez donde estaban colocados todos los restos, le dio un pequeño recorrido por el área, doña Guillermina se apesadumbró tanto que hubo que parar. En otra visita Galeno la llevó ante uno de los restos y le dijo: «Doña Guillermina, nosotros pensamos que este es su hijo». Fue como si se hubiera muerto en ese momento. Tocaba el cráneo, hacía historias de cuando él estaba pequeño, cuando ella lo acariciaba y le daba la bendición… A partir de ese momento, todos los días hasta que lo sepultamos, doña Guillermina iba a llevarle flores. Puso un florero y su foto en un portarretratos. Era como si hubiera acabado de morir y le hacíamos los nueve días. Ella nos decía: «Todos los días me sueño con Johnny… que le estoy dando de comer…», repitiendo todo en la memoria. Como ella, las esposas, las hermanas, todo el mundo mostró gestos similares. Realmente había que tener un caparazón muy fuerte para uno protegerse de tantos sentimientos sin que removieran a uno.

¿Algún otro caso que recuerdes de manera especial sobre esta gran exhumación?

Recuerdo un señor de Montecristi que vivía en Estados Unidos y cuyo hermano fue el primer prisionero de guerra del 59 y al que por supuesto le hicieron todo tipo de torturas. Cuando visitó el Museo y vio tantos restos, empezó a llorar. Yo estaba sola, Galeno estaba en Venezuela… No se pudo controlar ante aquel cuadro de tanta gente que soñó con la libertad y que no le importó dar lo único valioso que uno tiene, la vida. Entre los restos estaban los de su hermano. La historia fue que su mamá protegió de la matanza de 1937 a unos haitianos laboriosos. Fue delatada, le dieron 24 horas para abandonar Montecristi, le mandaron un camión y tuvo que mudarse. La familia se desbandó, ese hermano salió del país y juró no estar tranquilo hasta derrocar al régimen. Logró enrolarse en el movimiento y vino. Su nombre fue José Perelló. Las torturas que le hicieron están descritas por ser el primer prisionero de guerra. Como sabía caminar mucho por loma, eligió venir por Constanza.

¿Qué tiempo duraron ustedes en ese trabajo del1987, desde el inicio hasta que cerraron y enterraron a todos?

La búsqueda, el rescate y el levantamiento de las osamentas fue de abril a junio. Justo el 14 de junio nosotros cerramos y entregamos el terreno a las Fuerzas Armadas. De ahí pasamos a la labor de limpieza de los esqueletos, a tomar los datos de laboratorio de cada osamenta, a fotografiarlos y tratar de identificarlos. Eso duró hasta diciembre y el cardenal López Rodríguez, que tenía un tío en la expedición [José Horacio Rodríguez], fue quien celebró la misa con todos los héroes. Eso fue temprano en diciembre. El proceso completo tomó de abril a diciembre, ocho meses.

¿Hubo ayuda de parte de los medios de comunicación durante ese tiempo?

Al trabajo de 1987 se le dio una cobertura bastante amplia. Recuerdo que Freddy Beras Goico iba casi todos los días al terreno, preocupado de si los restos aparecían. Iban de todos los medios, los noticieros, justamente la presión de la prensa fue lo que motivó al presidente Balaguer a dar instrucciones de que aparecieran los restos. Los restos estaban, pero nosotros no sabíamos dónde. Habíamos hecho huecos en todas partes y no había manera de que aparecieran. Sin embargo, un día después de que todos los periódicos dijeron «se están burlando del dolor», «por qué no aparecen esos restos», las indicaciones llegaron correctas y los restos aparecieron. También en el 2006 cuando fuimos a Constanza, el Listín Diario dio mucho respaldo y la prensa local.

¿Percibes que la sociedad sabe lo que ustedes hacen o sientes que eso pasa desapercibido?

Siento que a las escuelas no trasciende el mensaje de ese tipo de movimiento. Me da la impresión de que en la escuela no se ve mucho del siglo XX y por supuesto esos movimientos no son conocidos. Aun el 1965 que es más reciente. Y uno no ve a la población salir a la calle en gesto de agradecimiento por esa gente que valientemente nos defendió. Eso no pasa.

¿Participaste en el caso de Caamaño?

No, cuando lo de Caamaño estábamos en el trabajo de San Isidro, en 1987. Avisaron a Galeno, pero él no fue inmediatamente. Otra persona había ido ya. Galeno vio los restos cuando llegaron a la capital, pero ya los habían bajado diciendo que era Caamaño…

¿Generalmente las búsquedas han sido generadas por gobiernos?

Sí. En el caso de los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo, estaban enterrados en terreno militar. En el caso del aeropuerto de Constanza, también es terreno del Gobierno. En el caso reciente de los héroes de Luperón, la búsqueda se hizo a través del Museo de la Resistencia. Es su directora, Luisa de Peña, quien estuvo al frente de eso.

Ese caso ya terminó, ¿cierto?

Sí, es caso cerrado. Solo eran restos de dos personas, se les hizo prueba de ADN. Fue identificado el norteamericano y ya su hijo se llevó los restos para sepultarlo allá. Del nicaragüense, no hay ningún pariente que conozcamos. En este último caso me sorprendió la memoria tan fresca de un hecho que tenía tantos años de haber ocurrido. Llegamos al terreno un día, al otro arrancamos y al día siguiente apareció el primer rastro de osamenta. El domingo limpiamos y levantamos.

En documentales de arqueología, vemos imágenes de gente con escobitas y una paciencia de santo barriendo tierra, y me pregunto ¿cuánto tiempo toma encontrar un huesito? ¿Así lo hacen aquí?

¡Es así! Los huesos se pueden romper fácilmente. Hay que trabajar con instrumentos sencillos de manera que, si se topa uno con algo, sea muy poco el daño. Por ejemplo, hay huesos muy frágiles como los nasales, son unas laminitas que se rompen de mirarlos. Entonces, trabajamos con brochitas, pincelitos, una bombita para soplarlos y quitarles la tierra de encima.

Y mientras haces eso, ¿qué estás pensando? ¿Qué pasa por tu mente mientras haces ese trabajo?

Mientras hago ese trabajo estoy tranquila, trato de no pensar en nada en particular. Cuando me doy cuenta de algún tipo de lesión que la persona sufrió, ahí sí me choca un poco, me apena pensar en lo que sufrió cuando estuvo vivo. Por ejemplo, en las ruinas de San Francisco, Galeno y yo trabajamos un cementerio en el cual hay varias etapas de la historia nuestra. Encontramos indígenas, esclavos, soldados y sacerdotes, españoles, franceses y haitianos. Fue fuerte. Los españoles no eran soldados, eran sacerdotes. Había un caso de un sifilítico que Galeno tenía en vigilia especial. En palabras de Galeno, el tipo era un sifilítico de libro, fue un soldado francés. Galeno lo observaba y limpiaba con tanto amor y observándolo decía cosas como: mira esto es el «hueso en cabalgadura», o mira cómo se murió este tejido y llegó al siguiente… Es terrible porque uno se imagina el sufrimiento que tuvo la persona en vida. La sífilis le llegó a la cabeza, la sífilis «se lo comió».

¿Cómo sabían que eran soldados? ¿Había lápidas?

No, tenían botonaduras de los uniformes y el general Héctor Lachapelle Díaz nos dio una mano, identificó los botones. En casos como ese uno se puede sentir demasiado triste por lo que la persona padeció. Una vez en ese cementerio, un psicólogo que fue profesor de Galeno, en una visita le dijo: «¿Usted no ha pensado que un esqueleto de esos podría haber sido usted en otra vida?». Eso le provocó un nocaut a Galeno e imagino que fue porque él se había encariñado tanto con el sifilítico que quizás se preguntó si el cariño era por eso. Otro caso que recuerdo fue en las ruinas de San Francisco, trabajando un hueso de pierna encontré un pedazo de hierro. Al principio no entendí. Resultó ser un esclavo que había sido sepultado con su grillete en la pierna. 500 años después y todavía seguía castigado, simbólicamente la pena cumplida no existe para él… Eso me dolió.

Galeno fue tu gran maestro, en el aula y en el campo.

No pasa un día que no lo mencione muchas veces. Fue un personaje nunca ponderado y valorado en su justa dimensión en esta sociedad, ni vivo ni ahora que no está físicamente con nosotros. No permito que se vaya de mi memoria y mi recuerdo, está presente siempre.

Noris Eusebio Pol es directora de la Editorial Funglode.

  • porfirio rodriguez

    Magnífica entrevista y testimonio de Glenis sobre su trabajo y dedicación a una labor y profesión encomiable.
    Como miembro de la Fundación de Héroes de Constanza Maimon y Estero Hondo puedo dar testimonio del invalorable trabajo y entrega de Genial y el difunto Luna Calderón quienes con paciencia profesionalidad nos ayudaron a identificar casi la mitad de los expedicionarios exhumados en San Isidro en el 1987. Y luego Glenis el Constanza en el 2006.
    Hay que haber vivido este tipo de experiencias para entender la paradoja o la ironía del privilegio que tiene quien puede velar y enterrar un ser querido y no tener que sufrir años de angustias, de incertidumbre y de dolor de no saber dónde yacen los restos del ser querido ni como fueron sus últimos momentos de vida y no tener una tumba donde ponerle una flor en su aniversario.





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