Artículo de Revista Global 26

Entrevista a Jonathan Hartlyn

Durante la estadía del sociólogo Jonathan Hartlyn en el país con motivo de su presentación en Funglode del libro Lucha por la democracia política en la República Dominicana, Global tuvo el placer de conversar y discutir algunas de las ideas planteadas en esta valiosa obra.

Entrevista a Jonathan Hartlyn

La lucha por la democracia política en la República Dominicana, del norteamericano Jonathan Hartlyn, se ha constituido en un referente obligatorio en los estudios sobre el proceso político dominicano, así como en un aporte primordial, no sólo para las generaciones actuales y futuras de investigadores, sino también para todos aquellos que estén interesados en comprender la herencia política dominicana. Esta valiosa obra, traducida y editada por la Fundación Global Democracia y Desarrollo, en su colección Democracia, nos presenta la influencia que ha tenido el concepto de neopatrimonialismo en nuestra historia política y los esfuerzos que se han realizado para alcanzar la democracia. Su autor, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, es harto conocido en el ambiente académico por sus trabajos sobre la realidad política y social latinoamericana. Ha publicado una serie de libros en que abordan estos temas desde una perspectiva comparada, entre los que cabe destacar: América Latina en el siglo xxi: hacia una nueva matriz sociopolítica y La política del régimen de coalición: la experiencia del Frente Nacional en Colombia.

La puesta en circulación de La lucha por la democracia política en la República Dominicana fue encabezada por Jonathan Hartlyn, en un acto realizado en la Funglode. Durante la estadía del autor en el país, tuve el placer de conversar y discutir algunas de las ideas planteadas en su libro. Con un gran dominio del español y un carácter afable, Jonathan Hartlyn tuvo la gentileza de abundar en cada pregunta y en cada planteamiento. Antes de despedirnos, le pedí que me dedicara el libro. Entre otras cosas, expresó en la dedicatoria su deseo de que sus contribuciones a la democracia den frutos en nuestro país. Creo que en estos tiempos tan difusos no hay una labor más admirable y encomiable que la de cultivar este tipo de ideales. En nuestro caso, Jonathan Hartlyn y otros investigadores nacionales e internacionales lo han venido haciendo durante largo tiempo. Nos toca a cada uno de nosotros procurar esos frutos.

En su libro usted presenta un amplio análisis de los enfoques y perspectivas en el estudio de la política y la democracia, en el que destaca el papel central que le otorga al concepto de neopatrimonialismo. Quizá sea conveniente, si así le parece, empezar por señalar cómo se interesó usted por el proceso político dominicano y algunas precisiones sobre la perspectiva conceptual que adoptó.

Fue Abraham Lowenthal, un académico norteamericano que conoce la realidad dominicana, quien en una conferencia en Colombia en 1982, me dijo: “Ha habido una transición democrática en la República Dominicana; hay cosas interesantes en cuanto a avances democráticos que están ocurriendo allí, y hay pocos norteamericanos estudiándolo desde la óptica de la política comparada”. Yo me interesé en el tema. Estuve terminando un libro sobre la política colombiana, y finalmente logré conseguir un año sabático, y pasé el año académico 1985-1986 aquí en la República Dominicana. Fue mi primera oportunidad de conocer la realidad dominicana. Fue un año de muchas dificultades económicas en el país, y de agrias disputas y divisiones dentro del partido de Gobierno, el PRD. Entonces el doctor Joaquín Balaguer llega de nuevo al poder en 1986, para quedarse unos diez años más. En vez de realizar un estudio sobre una transición democrática que llega rápidamente a la consolidación democrática, mi tarea analítica se convierte en la de comprender por qué hay tantas dificultades en la transición democrática del país. Eso me lleva a un estudio del pasado, y me lleva finalmente al concepto del neopatrimonialismo para definir y entender el impacto de los legados históricos y de los factores políticos e institucionales sobre los procesos de democratización política en el país.

Un propósito del libro es el de avanzar el argumento de que no son simplemente factores culturales que vienen de la colonia española los que explican por qué surgió el neopatrimonialismo en el país, que tanto ha complicado su desarrollo democrático. En el libro enfatizo que es importante estudiar el siglo xix. Para mí la historia del siglo xix es muy importante y es de ahí donde uno puede ver surgir el neopatrimonialismo como un factor importante en el país. Yo me ocupo de hacer una comparación al final del capítulo 2 del libro sobre las experiencias de la República Dominicana y de Costa Rica, para mostrar cómo las grandes diferencias en sus experiencias en el siglo xix jugaron un rol importante en sus muy diferentes patrones de desarrollo político. En contraste con Costa Rica, la República Dominicana sufrió invasiones, sufrió intervención extranjera, vivió bajo el mando de caudillos, y no logró un desarrollo socioeconómico sostenido ni la creación de un estado viable sino hasta finales del siglo o comienzos del siglo XX.

Otro propósito del libro es de argumentar que tampoco es simplemente la vulnerabilidad internacional o las intervenciones norteamericanas las que explican de manera directa las dificultades que ha habido en el país, sino que es importante estudiar las consecuencias locales frecuentemente negativas de las intervenciones norteamericanas, así como las implicaciones de los a veces bruscos cambios de política de los Estados Unidos. Esta política no ha sido una constante, sino que ha girado entre mayor y menor intervencionismo y en el periodo más contemporáneo en cuanto a la importancia relativa de la promoción de la democracia política.

En su libro se presenta un análisis muy amplio de la historia política dominicana desde los tiempos coloniales hasta mediados de los años noventa del pasado siglo, examinando varias transiciones políticas. Destaca, por ejemplo, que usted califique el régimen del dictador Trujillo como “régimen neosultánico”.

Sería útil empezar diciendo que el concepto de patrimonialismo viene del sociólogo político alemán Max Weber. Basándome en su conceptualización defino el concepto como algo que tiene dos características fundamentales: primero, la centralización del poder en manos del gobernante que busca reducir la autonomía de sus seguidores, generalmente a través de vínculos del clientelismo, y segundo, la falta de distinción entre los intereses y propósitos públicos y privados dentro del Gobierno. Entonces cuando el líder tiene de verdad un poder increíblemente discrecional, cuando es un patrimonialismo exagerado, obviamente es un régimen muy autoritario, y no tiene nada que ver con la democracia. Al mismo tiempo, se diferencia de autoritarismos con características más institucionalizadas. Un caso ejemplar sería el de Rafael Trujillo aquí en la República Dominicana. De hecho, el sociólogo político español, Juan Linz –quien fue el que conceptualizó el autoritarismo como algo diferente del totalitarismo y de la democracia, tomando como su ejemplo paradigmático la dictadura de Francisco Franco en España–, estuvo en la universidad de Columbia, en la década de los cincuenta, y ahí conoció a Jesús de Galíndez, y debido a sus conversaciones con él y a lo que aprendió del régimen de Trujillo, desarrolló aún más ese concepto de neosultanismo. Así que yo en mi libro utilizo este concepto para mostrar cómo las transiciones hacia la democracia son aún más difíciles, más complicadas, y más prolongadas, cuanto más patrimonial, más cercano al sultanismo se encuentra el régimen autoritario preexistente.

Usted ofrece en su libro un excelente análisis sobre el periodo de la transición fallida de 1961-1963 y la invasión estadounidense de 1965. En nuestro país, muchos piensan que Estados Unidos también ha contribuido a fortalecer las instituciones autoritarias y ha impedido el desarrollo de las instituciones democráticas.

¿Qué papel ha jugado la relación con Estados Unidos en el desarrollo de la democracia? ¿Qué ponderación tiene usted al respecto?

No hay duda que en diferentes momentos Estados Unidos claramente contribuyó al autoritarismo en este país. De hecho, su ocupación de 1916-1930 tuvo efectos, quizás no siempre esperados por el Gobierno norteamericano, que desembocaron en la dictadura de Trujillo. La ocupación norteamericana estableció unas fuerzas armadas donde no había otras organizaciones sociales o políticas fuertes, mejoró las carreteras y la comunicación en el país, y dejó la población, en gran parte, desarmada. Todo esto, en combinación con la posterior política de no intervención claramente ayudó a Trujillo a asumir y después consolidarse en el poder. En la década de los sesenta, el rol de los Estados Unidos, según el análisis del libro, es muy complejo, variando según la importancia que daba a la lucha contra el comunismo, y cuando había, según la percepción de liderazgo del estado norteamericano, un conflicto entre anticomunismo y la promoción de la democracia, el anticomunismo era lo más relevante y lo más importante.

En el libro analizo también el proceso electoral de 1978 como una transición democrática. En ese proceso, estando en el poder el presidente Carter, y teniendo como menos relevante el temor al anticomunismo, predomina más la promoción de la democracia y prima más entonces el apoyo del gobierno de Carter a que se respetara la voluntad del pueblo en las urnas en 1978. En el libro, mi perspectiva es que hay que entender cómo la presión internacional puede ser variante y cómo se relaciona con los también cambiantes factores locales. En el corto plazo, en algunas coyunturas como la de 1978, la presión extranjera pudo ayudar a fomentar procesos democráticos. Pero también es cierto que desde una perspectiva de largo plazo, esta implicación en asuntos internos del país genera legados negativos.

Las partes que dedica en su libro al régimen del doctor Balaguer captarán, sin duda, la atención de los lectores. ¿Puede sintetizarnos algunas de sus ideas sobre los 12 años de Balaguer?

En el libro lo llamo un régimen neopatrimonial y autoritario, o sea, es un régimen que combina aspectos autoritarios –no hay elecciones libres– y también es un régimen neopatrimonial. Ya no es un régimen neosultánico. Lo que busco hacer en el libro es explicar bien cuáles son algunas de las similitudes entre el régimen de Trujillo y Balaguer, pero también cuáles son algunas de las diferencias importantes. Por ejemplo, los militares nunca fueron el instrumento personal de Balaguer, como lo habían sido de Trujillo. Con relación a la economía, bajo Balaguer en este período el neopatrimonialismo se combinó con el surgimiento de nuevos grupos económicos privados. Igualmente, en contraste con la era de Trujillo, en 1978 existe un importante partido de oposición que se tolera. Estas diferencias juegan un rol importante en explicar por qué la transición de 1978 fue menos traumática y más exitosa que las que se intentaron realizar en los sesenta.

En su libro, al analizar la transición democrática de 1978, usted plantea que una oportunidad crucial para cambiar el estilo neopatrimonial de hacer política se perdió en el período 1978-1986.

Primero, hay que reconocer que sí se dieron importantes cambios en la dirección de la democracia política en contraste con el anterior gobierno. En el libro intento realizar un balance entre los factores tanto nacionales como internacionales que limitaron a los gobiernos del prd, y los factores que sí estaban más bajo su control. Indudablemente, les tocó gobernar durante una coyuntura internacional económica muy difícil. La década de los ochenta fue la década de la crisis de la Pero, incluso considerando ese contexto, se vieron fracasos y excesos en las dos administraciones, y se dieron luchas internas en el partido, y hubo el deseo de utilizar el estado de manera neopatrimonial. No mostraron un quiebre tan grande con el tipo de comportamiento político neopatrimonial del gobierno anterior, como se hubiera deseado. Entonces, en ese sentido, representó una oportunidad perdida.

¿Fracasó, entonces, la lucha por la democracia política en la República Dominicana?

Fue un fracaso parcial; se perdió una oportunidad para hacer un quiebre con esa herencia histórica neopatrimonial. Pero mirándolo ahora desde el año 2008, me da la impresión que esa herencia es muy fuerte y que hay poderosos incentivos para cualquier grupo que llega al poder para utilizar el estado de una manera neopatrimonial. Hay incentivos en cuanto a gobernabilidad, para forjar mayorías; hay incentivos electorales; y también, para algunos, probablemente para el enriquecimiento. Basándose en la prensa, las encuestas, y conversaciones informales, se puede ver que el tema de la corrupción sigue vigente en el país. Entonces, querer pensar en que pueda haber un quiebre tajante y fundamental, “de un día a otro”, quizás no es la mejor manera de pensarlo. La mejor manera de pensar en un avance es que esto se dé de manera lenta, paulatina y progresiva. Pero hay que seguir presionando constantemente para poder avanzar.

¿Podría hacer algunas referencias en torno al regreso al poder de Balaguer y a lo que usted denomina en su libro las tensiones de la democracia neopatrimonial?

El periodo de gobierno de Balaguer entre 1986 y 1996 lo denomino como claramente neopatrimonial, pero en vez de abiertamente autoritario es más bien híbrido, o sea, algo entre autoritario y democrático. En el libro identifico importantes diferencias entre este periodo y su anterior gobierno de 12 años, en cuanto a sus relaciones con los militares y con el sector empresarial. También se observa una sociedad civil más activa. Obviamente, es un periodo en el cual se ven tremendas crisis electorales y, siguiendo al fraude electoral de 1994, hay una negociación muy compleja, en la cual se llega a la determinación de que no habrá reelección, y se corta su próximo periodo de gobierno a solamente dos años. El libro analiza la exitosa realización del proceso electoral de 1996 como una nueva transición hacia un régimen ya más abiertamente democrático. Creo que efectivamente desde 1996, un área en el cual se han visto avances democráticos importantes en el país, es con relación al tema electoral. Ya no hay crisis electorales de la misma manera que las hubo en la época de Balaguer. Teniendo esos avances democráticos, han llegado demandas para tener elecciones que no sólo sean más libres sino también más justas. Los temas que están en agenda tienen que ver con el manejo de la financiación de las campañas, con el uso y el abuso de los recursos del estado, con qué tan largas deben ser las campañas políticas, y con la democratización interna de los partidos políticos, entre otras cosas.

Su libro finaliza con las elecciones de 1996, que llevaron a Leonel Fernández a la Presidencia, y que usted entiende como una nueva transición política. Debido al tiempo transcurrido desde entonces se impone casi de modo obligado la pregunta sobre su visión acerca del proceso político y la democracia dominicana. ¿Qué piensa usted sobre las continuidades y cambios en torno al neopatrimonialismo y las luchas democráticas en el presente político dominicano?

El legado del neopatrimonialismo todavía se observa dentro del estado y la democracia dominicana. Los que han llegado al poder no han podido hacer un quiebre con ese legado, y se ha seguido utilizando el estado como un instrumento neopatrimonial. Entonces ha seguido vigente en ese sentido, obviamente con matices muy diferentes e importantes de un gobierno a otro.

A su modo de ver las cosas, ¿cómo se puede ir reduciendo el legado neopatrimonial?

De manera simple, como identifico en el libro, se puede pensar en dos soluciones posibles, una “desde abajo” y otra “desde arriba”. El neopatrimonialismo se nutre de una sociedad donde hay organizaciones sociales débiles y donde hay una mala distribución del ingreso. Entonces, cuanto más se reduce la pobreza, cuanto más se mejora la distribución del ingreso, cuanto más se fortalece la sociedad civil, cuanto más se mejoran los niveles de educación de la población dominicana, menos campo fértil habrá para el clientelismo, que es parte tan importante del neopatrimonialismo. También, desde la sociedad civil, podrá haber más insistencia en la institucionalidad y la transparencia estatal. Hay que seguir impulsando entonces todas las medidas posibles para avanzar con estas metas sociales. Otra manera de imaginar que el neopatrimonialismo se quiebre sería desde arriba, con un nuevo esquema de gobierno y con partidos políticos que utilizan políticas diferentes. Pero, como hemos visto, el legado neopatrimonial es muy fuerte y hasta ahora continúan muchas ambigüedades en cuanto a estilos de gobierno. El proceso va a ser más lento, más paulatino de lo que yo había pensado o de lo que deseo.

¿Cómo enfoca el proceso político dominicano en el marco de las nuevas tendencias políticas en América Latina en el siglo XXI?

En estos últimos años se ha visto en la región lo que se ha llamado un giro a la izquierda. Hay muchas discusiones sobre diferentes tipologías de la izquierda, por ejemplo, que hay izquierdas más populistas, y que hay otras izquierdas más socialdemócratas. También hay que reconocer que hay gobiernos de centro y centro derecha. Obviamente, los gobiernos de Felipe Calderón en México y de Álvaro Uribe en Colombia no son parte de esta ola de gobiernos de izquierda. En este contexto, ¿dónde se ubica la República Dominicana? Uno puede mirar los datos del Proyecto de Elites Latinoamericanas de la Universidad de Salamanca, que ha entrevistado en diferentes olas a los diputados de diversos congresos en este país y en toda la región. En la República Dominicana, desde 1996 hasta el presente, lo que se observa es que la auto-ubicación ideológica de los diputados tanto del PLD como del PRD lentamente se ha ido hacia la derecha. Están en el centro, pero en el centro derecha. Esto en cuanto a la ubicación de los diputados. Si uno analiza, como analicé recientemente en un trabajo en coautoría con Rosario Espinal y Jana Morgan, la auto-ubicación ideológica de militantes y simpatizantes de los partidos, en la encuesta de 2008 del Barómetro de las Américas, es interesante observar cómo los simpatizantes y miembros del PLD están más a la derecha que los del PRD, y que los dos están claramente en el espectro de la derecha de la autoubicación ideológica. Los independientes, los que dicen no tener partido, se encuentran más o menos en el centro. Y su descontento es principalmente socio-económico y no con relación a temas democráticos. Actualmente, en función de esta encuesta, ese es entonces el espectro ideológico del electorado dominicano.

¿Cuál es su análisis sobre el papel de los grandes caudillos (Balaguer, Bosch y Peña Gómez) en la política nacional y en qué medida han promovido o retrasado el desarrollo de la democracia?

En el último capítulo del libro hago una reflexión comparativa entre esos tres líderes, de Balaguer, de Bosch, de Peña Gómez, con algunos gunos casos centroamericanos. Lo que argumento es, repitiendo una frase que me dijo en una entrevista confidencial uno de los intelectuales que en ese momento se encontraba en la oposición: “No lo puedo decir abiertamente, pero Balaguer ha sido un factor de estabilidad”.

¿Qué quiso decir con esa frase? Lo que quiso decir es que en contraste con la situación de algunos países centroamericanos, Joaquín Balaguer, como figura autoritaria, gobernó como un civil, y entonces ocupó un espacio en la derecha que en otros países centroamericanos fue más claramente ocupado por las fuerzas militares. Entonces generó alianzas con el empresariado que en otros países se dieron entre el empresariado y las fuerzas militares. Del otro lado, Peña Gómez y Juan Bosch jugaron un rol muy importante en canalizar la oposición por medio de manifestaciones y de mítines, y no de guerrilla y de violencia. Creo que jugaron un rol que, en términos relativos, permitió menos polarización en este país que en los otros casos latinoamericanos. No quiero con esto minimizar el grado de represión o las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron en la República Dominicana, sino tratar de ponerlo en una perspectiva comparada.

¿Qué ponderación tiene usted sobre los líderes que han reemplazado a los grandes caudillos?

Se vislumbran figuras importantes, incluyendo obviamente al actual presidente Leonel Fernández. Se ha visto como tanto el PLD como el PRD han tenido un exitoso relevo generacional. Pero dentro del PRSC, dado el resultado electoral de las últimas elecciones, estamos en un compás de espera para ver si el partido podrá recomponerse. Balaguer nunca promovió el relevo generacional. Como un indicador se puede notar que en el año 1996, cuando no pudo ir como candidato a la presidencia en la primera vuelta, Balaguer no apoyó el candidato de su propio partido, sino que en la segunda vuelta apoyó el candidato del PLD.

En nuestro país se vuelve a discutir el asunto de la separación de las elecciones congresuales/ municipales y las elecciones presidenciales. Tengo entendido que usted fue un crítico de esta separación cuando se efectuó en 1994. ¿Cuáles fueron sus predicciones en aquel entonces y cuál es su evaluación actual sobre este asunto?

La separación de las elecciones resultó accidentalmente de la negociación de la nueva elección presidencial después de solamente dos años. Hay dos factores deseables para la democracia: un factor deseable es la gobernabilidad y eficiencia y otro factor deseable es la representatividad y descentralización. Entonces la separación del calendario electoral complica la gobernabilidad y eficiencia, porque puede complicar la construcción de mayorías para el gobierno, pero puede permitir mayor descentralización y representatividad. En el libro abogué por repensar el calendario electoral mientras se ponía en práctica otro tipo de reformas, como la democratización de los procesos de nominación partidaria.

El debate sigue vigente. Hay algunos que dicen que la separación de elecciones está ayudando a promover un liderazgo regional independiente de los líderes centrales de los partidos. Hay otros que insisten en que el arrastre presidencial se ve notoriamente en las elecciones que siguen a la elección presidencial.

Hay un debate sobre si en vez de reducir el clientelismo, lo que se observa es su repetición a nivel local. Con el calendario electoral dividido y con primarias, el país podría vivir en constante campaña electoral; otros argumentan que la extensión de las campañas se podría regular. No es un fenómeno que he estudiado en detalle, pero estos son algunos de los aspectos que habría que considerar.

Entiendo muy bien, especialmente en un país con una herencia neopatrimonial tan fuerte como este, el temor al arrastre presidencial. Al mismo tiempo, no me parece sano el actual calendario. Buscando un equilibrio entre los dos puntos, yo estaría a favor de unificar el calendario oficial en el mismo año, pero con las elecciones congresuales y municipales unos meses antes para reducir el arrastre presidencial.

Recientemente el presidente Luíz Inácio Lula da Silva defendió la reelección argumentando que cuatro años no son suficientes para llevar a cabo los planes de un Gobierno. Chávez quería la reelección indefinida y hoy Álvaro Uribe la propone, pero dejando un periodo de por medio. ¿Qué opinión le merece el asunto de la reelección y qué efectos tiene ésta sobre la democracia?

La reelección en sí no es antidemocrática, pues el electorado debe poder reelegir a un gobernante que ha realizado un buen gobierno. Pero la reelección indefinida es problemática en el presidencialismo. También el cambio constante de las reglas del juego constitucional o electoral electoral no es sano para la institucionalización de la democracia.

En un sistema parlamentario, el proceso de cambio de jefes de Gobierno (primeros ministros) y de liderazgos de partidos opera de manera totalmente distinta, permitiendo a veces la permanencia en el poder de jefes de Gobierno por periodos bastantes extensos. Pero en estos sistemas, el control partidista y el control parlamentario sobre el jefe de Gobierno operan de manera distinta que en sistemas presidenciales. En sistemas presidenciales, el control sobre el presidente depende de un sistema de pesos y contrapesos, de la fortaleza del sistema de separación de poderes, de la rama legislativa y la rama judicial, y de los organismos estatales de supervisión. Entonces, especialmente en un sistema neopatrimonial donde estos organismos de supervisión o control no son muy fuertes, hay cierto temor a la reelección, a la repetición de periodos de gobierno de la misma persona en el poder. Yo creo, además, que permitir a alguien repetir indefinidamente, aunque sea con un periodo de por medio, puede dificultar la oxigenación de liderazgos dentro del partido político de esa figura, un proceso que también es una parte importante de la democracia. O sea, en sistemas presidenciales estoy a favor del sistema norteamericano, que permite una sola reelección, ya sea inmediata o no.

Frank Báez es escritor, psicólogo e investigador social con estudios de postrado en la University of Illinois at Chicago. Coordina el Instituto de Opinión Pública (INOP) de Funglode.


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