Artículo de Revista Global 72

Entrevista a Jorge Dalton: «Soy un cineasta que no se da por vencido»

En esta entrevista a Jorge Dalton, el cineasta salvadoreño nos habla de su padre el gran poeta Roque Dalton, de su más reciente filme, En un rincón del alma (exhibido aquí en el Festival Internacional de Cine Global), de su formación cubana y de su labor actual como cineasta en su patria, entre otros temas de interés.

Entrevista a Jorge Dalton: «Soy un cineasta que no se da por vencido»

Jorge Dalton (San Salvador, 1961) no teme decir las cosas por su nombre. Aunque nació en El Salvador, su formación profesional ocurrió en Cuba, país del que se considera deudor. Hijo del gran poeta Roque Dalton, fusilado injustamente por los falsos mesías de las guerrillas salvadoreñas. Según sus propias palabras, conoció a su padre a los cuatro años de edad, cuando Roque se había escapado de la cárcel y andaba perseguido por la dictadura militar. Después de ese primer encuentro, sucedieron otros, también a escondidas, hasta que ambos llegaron a La Habana el 24 de diciembre de 1967. Para entonces, Jorge contaba seis años y medio. De su padre heredó su naturaleza pensante, polémica, cuestionadora de dogmas. Recientemente el mundo de habla hispana aplaudió su más reciente filme, En un rincón del alma (exhibido aquí en el Festival Internacional de Cine Global), una entrevista inédita al escritor cubano Eliseo Alberto, convertida en una película valiente, inolvidable y de factura profesional impecable. En esta entrevista exclusiva para Global, concedida por intermedio del común amigo Iván Pérez Carrión, va su visión sobre el cine, su formación cubana y su labor actual como cineasta en su patria, entre otros temas de interés.

Tu vida está muy ligada a Cuba. Incluso has dicho que lo mejor que te ha pasado en esta vida es ser cubano. ¿Cuándo, cómo y en qué circunstancias llegaste a Cuba?

En efecto, mi vida está ligada a Cuba las 24 horas del día. Yo crecí y me formé en la isla, donde fui influenciado por todo lo que constituye la vida diaria allí hasta tal punto que considero que «lo mejor que he podido hacer en esta vida es ser cubano». Puedo llegar a ser como me decía el propio Eliseo Alberto: «Eres insoportablemente cubano». Y, la verdad, no sé hacer las cosas de otra manera.

Llegué con mi familia a La Habana el 24 de diciembre de 1967. Yo tenía apenas seis años y medio. Veníamos procedentes de la extinta Checoslovaquia, donde habíamos vivido desde 1965. La llamada Primavera de Praga estaba en su punto, la cual culminó con la nefasta invasión soviética de 1968. Mi padre había llegado meses antes que nosotros a Cuba, había recibido una invitación de parte de Fidel Castro y de Haydée Santamaría para trabajar en Casa de las Américas, una de las instituciones surgidas con la Revolución cubana. Eran los años del despegue del cine cubano, las escuelas de arte, la Cinemateca de Cuba, el Ballet Nacional de Cuba, el Instituto del Libro, todo un mundo nuevo que caminaba a la par de todo lo que aún sobrevivía de la Cuba republicana. Esa invitación le fue comunicada durante el Encuentro Latinoamericano de Escritores Rubén Darío, ese mismo año. Mi padre, a esas alturas, era una personalidad literaria conocida en Cuba por sus constantes viajes al país. Contaba con varios reconocimientos literarios, era muy querido y formaba parte de todo ese boom cultural que se estaba gestando en Cuba.

Era un hervidero creativo, una especie de conspiración literaria en que se daban cita los más importantes escritores, intelectuales y artistas de Latinoamérica como era el caso de Julio Cortázar, Eraclio Zepeda, Eduardo Galeano, Mario Vargas Llosa, Heberto Padilla, Roberto Fernández Retamar, Antón Arrufat, Lezama Lima, Jorge Amado, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Nicolás Guillén, Juan Gelman, Alejo Carpentier, Tomás Gutiérrez Alea, Juan José Areola, Ernesto Cardenal, Carlos Fuentes, Rodolfo Walsh, Eliseo Diego, Fernando del Paso, Margaret Randall, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Miguel Ángel Asturias y Virgilio Piñera, por solo mencionar algunos que me vienen a la mente. Cuba vivía momentos de esplendor en todos los sentidos y los ojos del mundo estaban centrados en ella.

Eran los días del descubrimiento de la nueva Cuba por parte de la intelectualidad y la vanguardia cultural internacional, sobre todo europea. Mi padre estaba ahí en medio de una época esplendorosa, siendo testigo y protagonista de uno de los procesos más trascendentales del siglo XX. Eran también momentos complejos de la llamada guerra fría y es en ese contexto que yo llego a Cuba.

¿Cómo transcurrieron tus primeros años de formación en Cuba antes de vincularte al cine?

Me adapté muy rápido a la vida cotidiana cubana. Mi escuela primaria estaba a escasas cuadras de mi casa y todo lo sentía más libre, menos encartonado, venía de una rígida formación europea donde se acostumbraba a oír la voz de la maestra. En Cuba sucedía lo contrario, los niños hablan a la vez y lo que menos se oye es la voz de la maestra. Los decibeles son bastante altos y vivir cerca de una escuela primaria en Cuba es un martirio, pero a la edad que llegué todo eso me hizo ser un niño más activo a pesar de que yo no leía bien el idioma español, pues mi incursión a la lectura fue en ruso. Tuve muy buenos maestros durante toda mi etapa formativa y también tuve muy buenos amigos a los que a casi todos conservo, y los padres de mis amigos también ayudaron a mi buena formación.

¿Cuándo te involucraste en el mundo del cine? ¿Cómo influyó Cuba en tu formación como profesional del cine?

El cine era parte de la vida diaria cubana y en los años 60 y 70 constituía una de las mayores diversiones del cubano común. Era a su vez una fuente inagotable de conocimiento; el cine en Cuba contribuyó en esos años a elevar el nivel cultural y educacional de los cubanos. A pesar de que Cuba vivía tiempos de agudo aislamiento, fuimos privilegiados y vimos el mejor cine italiano, sueco, francés, polaco, ruso, canadiense, húngaro y japonés. Cuba se convirtió también en el sitio de lanzamiento del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano. Cuando yo me involucro con el cine ya contaba con toda esa apreciación cinematográfica y ese conocimiento que había recibido indirectamente. Como dije antes, Cuba vivía momentos de esplendor en muchos sentidos, pero también habría que señalar que no todo era color de rosa. Cuba estaba atrapada entre el criminal embargo económico de Estados Unidos y la «sovietización» del proceso cubano, que trajo consigo muchas amarguras que los cubanos hemos tenido que pagar muy caro hasta nuestros días.

¿Qué personalidades del cine cubano influyeron más en tu vida como profesional del cine?

Las personalidades del cine cubano que más me influenciaron en mi formación profesional cinematográfica fueron Santiago Álvarez y Tomás Gutiérrez Alea. Tuve el privilegio de estar muy cerca de ellos, sobre todo de Santiago, que fue quien me empujó a conocer el mundo del cine a través del Noticiero ICAIC Latinoamericano, cuando yo era aún un muchacho. Gracias a él pude un día mirar a través de un lente de una cámara de cine y ese hecho me bastó para decidir definitivamente que eso era a lo que yo me dedicaría el resto de mi vida. Siempre digo: «En Cuba aprendí a mirar por un hueco» y por eso me hice cineasta.

El cine cubano surgió primero como industria, no había centros de formación cinematográfica y casi todos los directores y técnicos cubanos se habían formado en Europa. En mi época, si un joven quería dedicarse al cine tenía que tener como base una carrera de letras y por eso fui un día al Instituto Superior de Arte (ISA) a hacer los exámenes de admisión de la carrera de Teatrología y me reprobaron. No pasé el examen, que recuerdo era muy riguroso, y en el panel examinador estaba, entre varios maestros renombrados, Rini Leal. Yo casi me cagué en los pantalones cuando apliqué para el examen oral. En el examen escrito me pedían analizar una película muy compleja: Madre Juana de los Ángeles, del polaco Jerzy Kawalerowicz, una cinta de 1961 basada en una novela también muy compleja que inspiró después al director inglés Ken Rusell a hacer su película Los demonios. La cosa es que me poncharon, pues lo que bajaron de examen fue «un zinc caliente» y yo me frustré mucho y no me quedó más remedio que optar por el periodismo en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Una carrera que, en honor a la verdad, me aburría, no soportaba las clases ni a los profesores de ruso ni los de filosofía marxista. Fue en esos años que di con Santiago Álvarez y este me propone ir a la escuelita del Noticiero ICAIC. Santiago era un ser sumamente bondadoso y me dijo: «Para cualquier duda o consulta mi oficina estará siempre abierta para ti, pero las clases de cámara serán con Arturo Agramonte (Camagüey). Deberás hacerle caso a Camagüey en todo lo que él te diga». Arturo Agramonte era historiador de cine cubano y un amante del séptimo arte en general, era ya un hombre mayor y retirado, dedicado a la docencia y muchos no le hacían caso. Entonces seguí los consejos de Santiago y me convertí en el alumno más aventajado del profesor Camagüey. Con él aprendí todo lo relacionado con la industria del cine cubano y el Noticiero ICAIC, teniendo la ventaja de ver todo el proceso de producción y posproducción en una semana porque todos los viernes se estrenaba un nuevo noticiero en los cines de Cuba. La vida en Cuba no se concebía en esos tiempos sin el Noticiero ICAIC y sin el cine cubano. Fui conociendo y metiendo mis narices en todo lo que se producía en el ICAIC, desde una película de Humberto Solás, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Pérez, Juan Carlos Tabío, Orlando Rojas, etc., hasta los documentales de Bernabé Hernández, Enrique Colina o Guillermo Centeno, me colaba en los cuartos de edición a ver cómo se editaban las películas, en los talleres de fotografía, los laboratorios de revelado y corte de negativos, en los archivos de la Cinemateca de Cuba y de Cortometraje; y veía cómo se elaboraba un dibujo animado en el departamento de animación. Tuve la suerte de que nadie me botara porque yo era un joven, aunque muy «cazuelero». Así hasta que me hice amigo de los choferes, productores, sonidistas, vestuaristas, maquillistas, los de las salas de mezcla y de toda la familia ICAIC y todo lo que más tarde se convirtió en el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, al cual pertenezco. El Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográfica (ICAIC) fue mi gran escuela y todo eso se lo debo a Santiago Álvarez y a Camagüey. En alguna medida también a Alfredo Guevara y a muchos de los más renombrados directores del cine cubano.

¿Cómo valoras el cine cubano a estas alturas de tu vida?

Así como el cine cubano tuvo su etapa de esplendor y constituye todo un sello, ha tenido también su período de crisis y muchos en este mundo siguen teniendo una referencia muy fuerte de ese cine con títulos como Lucía, Memorias del subdesarrollo, La primera carga al machete, El retrato de Teresa, Cecilia Valdez, Un hombre de éxito, De cierta manera, Las aventuras de Juan Quin Quin, La muerte de un burócrata, Hanói martes 13, El hombre de Maisinicú, Plaf, Los pájaros tirándole a la escopeta, Vampiros en La Habana, Fresa y chocolate, pero hemos llegado a los tiempos en que ese cine ya no existe, ni tampoco existe más la utopía de los tiempos en que ese cine surgió. Hoy las condiciones son muy distintas para hacer una película. El avance, abaratamiento y democratización de la tecnología audiovisual y el desarrollo de las comunicaciones han facilitado que tú puedas construir una obra audiovisual en tu casa. Eso ha llegado también a Cuba a pesar de las limitaciones. Los jóvenes cineastas cubanos tienen acceso a eso y se han ido imponiendo cada vez con una nueva mirada, nuevos contenidos y forma de hacer el cine cubano. Estos jóvenes tienen otros intereses y otra manera de ver la realidad, son sumamente críticos, siguen siendo revolucionarios, pero ya no tienen los compromisos políticos ni la misma manera de pensar de los cineastas y creadores que concibieron el ICAIC.

Puedo mencionar algunos de los nuevos valores del cine cubano como Pavel Giroud, Lester Hamlet, Carlos Lechuga, Marilyn Solaya, Rosario Alfonso, Parodi, Pedro Luis Rodríguez, Ian Padrón, Juan Carlos Quintela, Karla Valdez, Alejandro Ramírez, Ernesto Daranas, entre otros. Considero que este nuevo movimiento es indetenible y tiene todo el derecho de imponerse. Ellos hoy luchan por el reconocimiento de las productoras independientes y por una Ley de Cine, algo que todos los gremios de cineastas latinoamericanos han luchado por conquistar y eso no hay quien lo pare. La oficialidad quiere seguir imponiendo reglas absurdas vetando obras como Santa y Andrés, del joven cineasta Carlos Lechuga, algo verdaderamente condenable porque, como dijo el cineasta cubano Fernando Pérez, «la libertad es el único camino». Yo auguro un buen futuro para el cine cubano a pasar de todas las carencias y trabas. Todos esos realizadores que he mencionado que pertenecen al cine cubano de hoy están en Cuba creando y no se van a ir por caprichos de la oficialidad, y además necesitan a su patria para desarrollarse y crear sus obras y la oficialidad no tendrá otra opción que entenderlo, porque no hay vuelta atrás.

¿Algunos pensaron que te quedarías en Cuba a hacer cine? ¿Por qué tomaste la decisión de buscar otros horizontes?

Me voy de Cuba en 1992 en el inicio del llamado «período especial», una época nefasta y muy dañina para Cuba, cuando yo era el realizador más joven de la Televisión Cubana, que, conjuntamente con otros creadores, a mediados y finales de los 80 habíamos logrado revolucionar la televisión creando nuevos espacios con nuevas formas de producir y nuevas miradas. A pesar de los pesares se había creado la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, de la cual fui miembro fundador, la Escuela de Cine del ISA; en la radio había programas exitosos; las artes plásticas y la música vivían uno de sus mejores momentos de la historia. Éramos «los hijos de Guillermo Tell», los hijos de quienes hicieron la Revolución cubana y comenzábamos a tener un importante papel en las instituciones culturales. En la Asociación Hermanos Saíz se producía cine y televisión por parte de realizadores más jóvenes, se crea el Movimiento de Cine Joven con su propio festival. Eran los años en que Titón comenzaba a producir Fresa y chocolate, en fin, todo un panorama positivo que también duró lo que dura un merengue en la puerta de un colegio, pues la censura, la tozudez y la insensatez terminó por derrotarnos y yo, que había jurado no irme nunca de Cuba, terminé por tomar la más dolorosa decisión de mi vida, marcharme del sitio más importante de mi vida. Pero, a pesar de todo ese gran dolor y lo que significa ir al exilio, nunca me di por vencido. Si bien es cierto que el cine cubano solo se puede hacer en Cuba, yo he producido mi cuarto trabajo documental con tema cubano y eso para mí ha sido todo un reto, un sacrificio, pero también ha sido producto de mi perseverancia y de no dejarme vencer, pues soy de la filosofía de que un cineasta debe ser capaz de sobreponerse y ser cineasta lo mismo en Honduras, Belice, México o República Dominicana. Pero yo después que me voy de Cuba, voy a parar a la ciudad de Miami y ahí me di cuenta muy rápido de que un cineasta no puede vivir del cine en un sitio como Miami, una ciudad con muchas virtudes y otras ventajas, pero constituye la tumba de los cineastas y de todos los creadores cinematográficos, es muy difícil que ahí se curta un cineasta. Y por eso me escapé de Miami porque no vi futuro para mi trabajo y me fui a México, donde trabajé en el Departamento de Cine de la Universidad de Guadalajara, teniendo la suerte de ser parte de lo que se gestaba en esa ciudad en relación con el cine mexicano. Luego, a fines de 1997, llego a El Salvador.

¿Cómo encontraste el cine salvadoreño?

Su panorama cinematográfico, en el momento en que llego, era desolador: no había nada ni nadie interesado en hacer cine ni había infraestructura para plantearse nada con relación al cine. Incluso un amigo salvadoreño, al saber que yo estaba viviendo en ese país, me dijo: «Es al peor país adonde has venido a dar y sobre todo si quieres hacer cine». Recuerdo que en una de las primeras entrevistas que di a la prensa me preguntaban: ¿Por qué usted cree que en El Salvador no hay cine? A lo cual yo siempre respondía: Porque no hay cineastas. Pero yo, en lugar de entrar en el laberinto de las lamentaciones, me dediqué a trabajar y ayudar a formar grupos de trabajo con los jóvenes que hoy por hoy son el embrión del Movimiento de Cine Salvadoreño. La guerrilla había desarrollado una estructura de cine durante el conflicto armado, pero una vez firmados los acuerdos de paz eso desaparece y, además, ese cine durante la guerra era solo un medio de propaganda de los alzados en armas que no cumplía con los verdaderos intereses del séptimo arte; por ende, estaba condenado a morir. Por lo tanto, había que crear algo nuevo y alejado de los compromisos políticos y así fue. Con esos jóvenes comenzamos a crear proyectos, conseguir algunos recursos fuera del país y así surgieron mis documentales Entre los muertos y Llevarte al mar, que comenzaron a abrirle el camino al cine salvadoreño en los festivales y eventos internacionales. Se fueron formando nuevas productoras, algunos jóvenes se fueron a estudiar cine a Cuba, México y Estados Unidos. Llegó a El Salvador Andre Guttfreund, el único cineasta salvadoreño ganador de un premio Oscar, e implementó los talleres de formación y se convirtió en mi colega. El panorama comenzó a cambiar y se creó la Asociación de Cine y Televisión de El Salvador (ASCINE), que también lucha por una ley de cine. Yo me enfrasqué en crear dentro del Estado la primera instancia cinematográfica, que es la Dirección de Cine en la Secretaría de Cultura. En menos de 10 años en El Salvador se produce cine con obras documentales que ya compiten en festivales internacionales y con proyectos de cine de ficción que están por materializarse en breve. Andre Gutfreund ha sido parte de un esfuerzo monumental de lograr, conjuntamente con el Ministerio de Economía, los primeros desembolsos para la producción cinematográfica nacional a través del programa Pixeles y ha sido parte integral del Festival Internacional de San Salvador 2016. Es un cine incipiente, por supuesto, pero es el embrión de una futura industria. Dije también alguna vez que «si el cine en El Salvador no existía, pues había que inventarlo en el siglo XXI» y así ha sido, el cine salvadoreño es hoy por hoy una realidad.

¿Cuesta trabajo producir una película en El Salvador?

Hacer cine en un país subdesarrollado siempre será difícil. Es un gran reto que dependerá de muchas cosas que no solo tienen que ver con los costos, porque un cineasta debe tener una sólida formación intelectual y hay que invertir mucho en eso de manera obligatoria. Es necesario la existencia de políticas nacionales de fomento y desarrollo del séptimo arte y dejar de ver el cine solo como entretenimiento banal.

El Salvador, desgraciadamente, es un país con un sistema político muy corrupto y todo eso impide que las instituciones funcionen adecuadamente y que las políticas se enfoquen en el desarrollo de los proyectos que urgen al país. Los cineastas han tenido que redoblar sus esfuerzos para sacar adelante algo tan complejo prácticamente sin apoyo del Estado y la empresa privada. La situación de El Salvador es similar a la del resto de Centroamérica. Aun así confío en que el cine centroamericano sea también una realidad indetenible.

Háblanos de tu obra cinematográfica y de las valoraciones críticas que has recibido por tus películas

Pues soy un cineasta que aún está en el camino, vuelvo y repito, no me doy por vencido tan fácilmente. Hubiese preferido dedicarme a producir mis documentales, pero, como puedes ver, he tenido que dedicar un buen tiempo al impulso del cine en El Salvador, que se ha convertido en parte de mi obra, una tarea monumental que por suerte depende de toda una labor colectiva. En un rincón del alma es mi nuevo documental, que he logrado terminar en el 2016. Desde el 2009 no producía una nueva obra documental. Siento que mi labor es una obra en construcción y que aún me queda mucho por hacer en materia de producción y trataré en lo que me queda de vida de lograr varios de los proyectos que me he propuesto.

¿Cómo influyó en tu formación el legado de tu padre?

Mi padre me influyó de muchas maneras, tal vez esa perseverancia que he tenido, ese ostinato rigore. El amor por el conocimiento y por la vida ha sido de las mejores herencias que mi padre me dejó.

¿En qué circunstancias conociste a Eliseo Alberto y cómo se fue generando entre ustedes una indestructible amistad?

Eliseo Alberto fue de mis más grandes y entrañables amigos, tan es así que su pérdida es algo de lo cual no podré recuperarme nunca. Conocí primero a su padre en una ocasión en que el gran escritor guatemalteco Luis Cardoza y Aragón me dio una carta para él en México, eso fue a principios de 1984 si mal no recuerdo. A partir de esos días nos hicimos hermanos, compartimos muchos intereses a pesar de que no éramos de la misma generación. Compartimos casa, destierro y el mismo amor por Cuba, estando lejos de la isla. Ambos vivimos y moriremos convencidos de que Cuba está condenada a reconciliarse y el futuro pertenece por entero a ese encuentro entre todos los cubanos con diversidad de pensamiento. Que los cubanos se deben perdonar y darse la mano y mirar a ese futuro concibiendo una sociedad nueva y próspera porque no hay otra solución. Al pasado no se puede volver, es una tarea que solo es posible en las novelas de ciencia ficción, no se puede regresar al pasado de antes de 1959, ni al pasado que fue 1968, ni siquiera al pasado que constituye diciembre del 2015, cuando Raúl Castro anunció el inicio del deshielo con Estados Unidos. Lo único que existe es el presente y un futuro que los cubanos tenemos que aprender a dilucidar. Fui testigo del nacimiento de algunos de sus más importantes libros y guiones cinematográficos. Podría hablar horas de lo que Eliseo Alberto y su familia me ha aportado. Pero solo para referirme a pocas cosas, creo que soy mejor persona gracias a la amistad, la literatura, el conocimiento y la bondad que esa familia me ha aportado.

¿No te tembló el pulso ante la realización de un documental de la categoría de En un rincón del alma?

Fue muy difícil para mí hacer una película en que los protagonistas son precisamente Eliseo Alberto Diego y Cuba. Hacerla incluso estando lejos de Cuba, fue indudablemente uno de los retos más grandes que he tenido en mi carrera como cineasta. Teniendo todas las desventajas y carencias habidas y por haber y, para colmo, teniendo el antecedente de que los films sobre Cuba realizados fuera de Cuba no han tenido resultados halagadores. Si tú revisas las películas, ya sean documentales o películas de ficción, que se han hecho con temas cubanos fuera de Cuba, casi todas son unos bodrios. Entonces te confieso que sí me puse a temblar, pero gracias a otros factores, como conformar un buen equipo de trabajo con un excelente editor como el salvadoreño Edson Amaya, mi esposa Susy Caula, que fue la productora ejecutiva, la ayuda de la familia Diego, sobre todo de Fefé Diego, la hermana de Lichi, su primo José María Vitier, el músico salvadoreño Joel Barraza y todos los que contribuyeron con el proyecto, poner en práctica de nuevo mi perseverancia, mi ostinato rigore, y gastar nuestros modestos ahorros, salimos a flote con un hermoso documental que creo será muy importante para Cuba y también para la reciente cinematografía salvadoreña.

¿En qué proyectos trabajas ahora?

Pues estoy enfrascado en un proyecto bastante complejo y costoso que pretende rescatar, sacar de las oscuras manos del olvido al camarógrafo cinematográfico más renombrado de la Cuba republicana, quien fuera propietario del Noticiero Noticuba y que a finales de la década de los 50 se conoció como Noticuba- Bohemia. Un personaje fascinante de nuestra historia, muy ligado a lo que se conoce como la memoria histórica y la imagen cubana en movimiento, que devela una Cuba que ha tratado de ignorarse y que yo me he dado a la difícil tarea de sacar a la luz, pues rescatando a este personaje también se rescata una Cuba olvidada. Algo me dice que lo voy a lograr.

Luis Beiro Álvarez se licenció en Derecho en la Universidad de La Habana (1975). Fue miembro de la Unión de Periodistas de Cuba y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, donde trabajó como especialista en eventos internacionales y publicaciones. Ha publicado varios libros de poesía, periodismo e investigaciones literarias. Su primera novela, La carnada en el anzuelo (1998, 2002), fue celebrada por la crítica. Ha publicado otras novelas: Luyanó (2009) y Los elegidos de Miranda (2013). Actualmente es editor cultural del periódico Listín Diario.





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