Artículo de Revista Global 71

Entrevista a Mario Vargas Llosa

En esta entrevista exclusiva para la revista Global, realizada el 18 de septiembre, Mario Vargas Llosa habla de su trayectoria como escritor, de sus obras, de su juventud en París, del boom hispanoamericano y de su relación con la República Dominicana. También se refiere a su nueva novela Cinco esquinas, publicada este año, que coincide con su cumpleaños número ochenta.

Entrevista a Mario Vargas Llosa

Para llegar a la habitación de Mario Vargas Llosa, la fotógrafa y yo somos revisados por unos oficiales de seguridad. Esta medida se debe a que algunos movimientos políticos minoritarios han amenazado con boicotear la entrega del IV Premio Pedro Henríquez Ureña al Nobel peruano y las autoridades dominicanas han tenido que tomar estrictas medidas para proteger su integridad. El galardón se entrega mañana 19 de septiembre en la inauguración de la XIX Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Las protestas en el país contra la figura de Vargas Llosa no son nuevas y se remontan a cuando el arequipeño publicó La fiesta del Chivo. No solo fue denostado por comunicadores, políticos y familiares de algunos de los personajes descritos en la novela, sino también por gran parte de la intelectualidad que lo acusó, entre otras cosas, de pervertido y plagiario. En esta ocasión, el revuelo va más allá de lo literario y ha sido causado por el artículo «Los parias del Caribe», que el escritor peruano publicó en su afamada columna del diario El País y donde criticaba la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional que convertía en apátridas a cientos de miles de dominicanos de origen haitiano. Con el tiempo, se replanteó la medida y el Congreso aprobó una ley para restablecer la nacionalidad a los afectados. Sin embargo, los sectores más conservadores y nacionalistas del país no olvidaron lo que han considerado «una afrenta nacional».

Aparentemente lo que más les molestó fue la comparación que hace de la sentencia con las leyes nazis y la imagen que acompaña al artículo donde se muestra un mapa de nuestra isla y una bandera nazi sobre la parte dominicana. Por lo tanto, cuando a principios del año en curso, el jurado anunció que el galardonado del IV Premio Pedro Henríquez Ureña era Mario Vargas Llosa, hubo mucha indignación entre estos grupos que no querían separar los logros literarios del Nobel de su opinión vertida en el artículo de marras.

Cuando nos abre la puerta, Vargas Llosa luce sereno. A medida que nos acomodamos en la habitación, no para de sonreír y de hacer chistes. Su habitación de hotel tiene una vista privilegiada al malecón. El sol vespertino derrama una agradable luz que se filtra por los ventanales y que alcanza al escritor peruano que ha tomado asiento en uno de los sofás. De Mario Vargas Llosa no es necesario hacer ningún tipo de presentación. Aunque no estaría de más señalar que acaba de cumplir sus ochenta años y que los celebra con la publicación de su novela número 18, Cinco esquinas, donde retoma la historia reciente y regresa a Lima a relatar los últimos años de la dictadura de la dupla Fujimori-Montesinos y la manera en que su régimen se servía del amarillismo para intimidar a la oposición. Al igual que en varias de sus novelas, Cinco esquinas rebosa de erotismo, de humor y de denuncia social. Pero lo que llama más la atención es la versatilidad y la vitalidad de la prosa que está más cercana a la de un escritor nacido en los setenta o en los ochenta, y no a la de un escritor ya consagrado. Esto último es quizá uno de sus aspectos más meritorios, la manera en que ha logrado perdurar en el tiempo. A diferencia de Philip Roth, que recientemente anunció que abandonaba la literatura, Vargas Llosa no solo ha seguido escribiendo en su vejez obras imprescindibles con la misma energía de su juventud, sino que sigue publicando ensayos y novelas, e incluso ha retomado el reportaje y recientemente ha escrito sobre la zona ocupada por Israel en Medio Oriente. Antes de empezar la entrevista y prender la grabadora, no me queda de otra que preguntarle de dónde saca tanta energía, y Vargas Llosa, soltando una carcajada, responde que si no escribiera se volvería loco.

¿Cuándo vino por primera vez al país?

En el año 74. Vine a hacer un documental para la radio televisión francesa. No sé cómo nació la idea de ese documental. Yo estaba viviendo en Barcelona. Así que vine y para mí fue una experiencia decisiva. Estuve varias semanas haciendo el documental y viajando por todo el país. Entrevisté a todo el mundo, entre otros a Balaguer y a Peña Gómez. Cuando Bosch se enteró de que había entrevistado a Balaguer ya no quiso que lo entrevistara. Para mí fue muy interesante, porque oía tantas anécdotas sobre Trujillo que no podía creer que las cosas que se contaban tuvieran una base real. De ahí nace la idea de escribir una novela sobre Trujillo. Me quedé tan absolutamente impregnado de las cosas que había oído. El doctor Mario Tolentino me contó en un almuerzo la primera vez que vio a Trujillo saliendo de la casa de una señora, esposa de uno de los ministros de Trujillo, a las dos de la mañana. Mario le dijo a sus padres: «He visto al jefe, he visto al generalísimo». Y entonces me contó Mario que vio a su padre ponerse blanco, y con un terror que le castañeteaban los dientes, y le dijo de una manera en que nunca le había hablado: « ¡Mentira! Tú no has visto a Trujillo… olvídalo… ¡tú no lo has visto!». Estaba aterrorizado. Y entonces le transmitió ese terror a Mario que era un niñito. Me acuerdo que me impresionó esa historia y yo me preguntaba qué clase de personaje era realmente Trujillo. De ahí nació la idea de volver a la República Dominicana. Y bueno, volví tantas veces mientras estaba escribiendo el libro.

La fiesta del Chivo es una de sus últimas novelas más elogiadas.

Y uno de los libros que me costó más trabajo escribir.

¿Cuánto le tomó la redacción?

Tres años y pico. Bueno, incluyendo la redacción, la investigación, las entrevistas y todo lo que tuve que leer. Pero fue una experiencia apasionante. Mira, fue una inmersión en un fenómeno que lo ha vivido toda América Latina, con distintos matices, pero toda América Latina vivió el horror, la dictadura… los caudillos mesiánicos. La Fiesta del chivo fue una de las experiencias más ricas que he tenido escribiendo un libro.

A usted mañana le van a entregar el Premio Pedro Henríquez Ureña. ¿Cómo conoció la obra del ensayista dominicano?

Soy un gran admirador de Henríquez Ureña. Cuando estaba en la universidad tuve la suerte de trabajar con un profesor de San Marcos, un historiador, Porras Barrenechea, un historiador muy brillante, un hombre muy culto, que había conocido a Henríquez Ureña, no sé si en México o en Argentina. Pero llegó a conocerlo y era un gran admirador de él. Entonces leí a Henríquez Ureña por la admiración que le tenía Porras Barrenechea.

Creo que es uno de los pocos grandes críticos que ha producido América Latina, que ha producido grandes poetas, grandes novelistas, pero grandes críticos muy pocos. Y entre ellos está Pedro Henríquez Ureña. Fue un crítico con una visión de conjunto, que nunca cayó en esa visión nacionalista, provinciana, que en un momento dado hizo mucho daño a la literatura latinoamericana. Fue un dominicano, un latinoamericano, un hombre de su tiempo, arraigó además la idea de América Latina, pero nunca la disoció de España, porque fue un gran conocedor de la literatura de nuestra lengua. En última instancia, fue un hombre de su tiempo, un hombre absolutamente universal con las raíces muy profundas en América Latina… una persona que yo creo que no ha sido suficientemente reconocida como el gran crítico de América Latina que fue. Aunque lo hayan admirado, porque mira, lo admiraba Reyes y lo admiraba Borges… grandes escritores reconocieron inmediatamente que en él había una figura excepcional. Y, sin embargo, nunca fue totalmente reconocido. Si piensas en los años de la Argentina, son años tristísimos; la falta de reconocimiento total, dando clases en La Plata.

Daba clases en un colegio.

Sí, Leila Guerriero ha escrito un reportaje sobre esos años, maravillosamente escrito. A mí me impresionó muchísimo, porque qué dramático, qué doloroso y qué injusto final el que tiene.

Y bueno, este premio que ha causado tanta controversia, ¿qué significa para usted?

El premio ha sido una sorpresa. Estoy muy agradecido al jurado. Creo que fue un acto de coraje darme este premio. Lo he aceptado, pues, con mucho gusto porque, mira, tengo una relación muy estrecha y muy emotiva con la República Dominicana. A uno con los países le ocurre como con las personas. Hay el coup de foudre. Hay amor a primera vista o no lo hay. Y yo he tenido desde la primera vez que vine a la República Dominicana una relación muy apasionada. Entonces me da mucho gusto. Y lo que siento es que haya un contexto que desnaturaliza mucho el carácter puramente literario de esta venida. Pero bueno, así es la vida.

Vamos a su obra. Usted en los últimos años ha intercalado la publicación de sus novelas con libros de ensayo. Tras dos novelas, ¿qué nos trae ahora?

Procuro no escribir una novela después de una novela. Me refresca un poco cambiar de género: un ensayo o una obra de teatro. Ahora estoy trabajando en un ensayo.

Por cierto, siempre ha dicho que retomaría sus memorias.

Sí, es un proyecto que está ahí. Bueno, proyectos no me faltan. Me va a faltar tiempo.

Sería la continuación de El pez en el agua.

El pez en el agua es un libro que escribí con la idea sobre todo de distanciarme un poco y entender la experiencia de esos tres años dedicados a la política. Pero después, como me pareció que estaba dando una imagen falsa de mí, entonces incorporé toda la primera época en la que nace mi vocación literaria, un poco para contrapesarla. Pero sí, quedó muchísimo sin contar. Espero que el tiempo me dé, pues, como para poder completar la historia de El pez en el agua.

Hablemos de sus personajes. Le quiero preguntar por Pedro Camacho, de la novela La tía Julia y el escribidor. ¿De dónde le surgió?

Surge de un personaje que conocí en la realidad, cuando todavía estaba en la universidad y trabajaba en Radio Panamericana en Lima. Los dueños de Panamericana también eran los dueños de otra radio que se llamaba la Radio Central, que era además vecina de Panamericana, y que era como la versión popular. Era una radio que tenía muchas radionovelas. Entonces un día el dueño, Genaro Delgado, que era un joven empresario muy ambicioso, muy moderno, descubrió que en Bolivia había una especie de autor de radioteatros que era una industria, porque producía los radioteatros como si fueran salchichas, y además los dirigía y actuaba en todos ellos. En esa época, los radioteatros se compraban a la CMQ cubana, que era una fábrica que producía radioteatros. Pero era un problema porque los compraban al peso –era una cosa extraordinaria–, compraban kilos de radioteatro. Una obra de teatro de tantos kilos. Y entonces había que adaptarlos, prácticamente mientras se estaban radiando, para que los cubanismos se convirtieran en peruanismos. Y entonces, pensando en todo eso, se trajo a ese personaje que era, pues, el as de las radionovelas bolivianas, y ahí lo conocí yo. El que inspira a Pedro Camacho. Fue el primer escritor profesional a tiempo completo que conocí. Solo escribía, actuaba y dirigía sus radioteatros. Era un personaje pequeñito, como lo describo yo, con una nariz muy grande y con unos ojos enloquecidos. Era una industria radioteatral… los radioteatros que escribía se iban difundiendo a medida que los escribía y él mismo los dirigía.

A él le ocurrió eso que cuento en la novela. De pronto empezaron unas llamadas de oyentes que protestaban. De esta manera, los dueños se dieron cuenta de que se estaba volviendo loco, porque había un personaje que saltaba del radioteatro de las diez de la mañana al de las dos de la tarde, un personaje que había muerto resucitaba… entonces se dieron cuenta de que había perdido la ilación de sus historias. Y era, creo, un surmenage, porque era un trabajador insigne. Y desde que le ocurrió eso al pobre –se llamaba Raúl Salmón–, desde esa época se me ocurrió la idea de una historia en la que un autor radioteatral pierde el juicio y se descubre solo por los disparates que empiezan a aparecer en sus radioteatros. Pero eso ocurrió en Lima cuando yo era estudiante universitario y la novela la escribí muchos años después. Y me pasó una cosa muy divertida. Cuando salió la novela, no tenía idea de qué había sido de Raúl Salmón, y se me ocurrió en una entrevista que salió en Argentina decir que el personaje de Pedro Camacho estaba inspirado en un boliviano que se llamaba Raúl Salmón. Bueno, se armó un gran escándalo porque en esos tiempos Raúl Salmón era el alcalde de La Paz. Había pasado del mundo del radioteatro al de la política con mucho éxito. No se acordaba de mí para nada, y contestó hecho una furia, indignado, amenazándome con juicios, diciendo que iba a escribir un libro sobre mis andanzas homosexuales en Bolivia de donde yo salí de diez años. Al poco tiempo de esa declaración, le tocó una reunión de alcaldes en Lima, y entonces, claro, el pobre Raúl Salmón llegó a Lima y todo el mundo le preguntaba por Pedro Camacho.

Llama la atención que uno de sus primeros libros, Los jefes, sea de cuentos, y que usted en su obra posterior no haya vuelto a escribir más cuentos. ¿Cuál es su relación con este género?

Me han preguntado muchas veces por eso. La verdad es que muchas historias que las pensaba como cuentos o como relatos cortos se me convirtieron en novelas. Por ejemplo, Pantaleón y las visitadoras, yo tenía idea de un relato, una novela corta o un cuento largo, y al final, pues, se convirtió en una novela. Ahora, aunque no he escrito cuentos, en muchas novelas sí he metido historias. Por ejemplo, en La tía Julia y el escribidor, que es una novela a base prácticamente de cuentos y relatos que están hilvanados por un personaje, pero son como historias independientes. En Las travesuras de la niña mala, también en cierta forma, una novela hecha a partir de historias y de relatos. Pero es verdad, no he vuelto a escribir cuentos desde mi primer libro.

¿Y la poesía?

Lo peor es que sí llegué a publicar poesía cuando era muy joven. Y de pronto esos autores de tesis me la resucitan y me muero de vergüenza. Creo en lo que dijo Borges: «En poesía solo se admite la excelencia», y como yo estaba lejos de alcanzar la excelencia, me retiré a tiempo. Pero sí soy lector de poesía, leo mucha poesía. Y creo que en todo novelista hay siempre como un frustrado poeta. Todo novelista aspira de alguna manera a esa forma excelsa que es para la lengua la poesía.

Después de una etapa marcada por novelas con personajes históricos, usted en los últimos años ha vuelto al Perú y a temas que trató en Conversación en la catedral, con novelas como El héroe discreto y Cinco esquinas. En esta última habla de la dictadura de Fujimori, de la sombra de Sendero Luminoso y del amarillismo. ¿Cómo le vino la idea de esta novela?

Cinco Esquinas es un barrio de Lima muy antiguo donde todavía se conservan las iglesias más antiguas, los monasterios más antiguos, y que fue el centro de la vida colonial y después fue decayendo muchísimo, aunque a principio del siglo veinte tuvo como una resurrección porque se convirtió en el barrio de la música criolla, de los conjuntos musicales y de los compositores de música criolla. Allí nació el gran Felipe Pinglo, compositor de valses y marineras. Pues en esa época tiene una resurrección momentánea Cinco Esquinas. Luego más bien se hunde en la decrepitud y en la violencia. Hoy en día es un barrio bien marginal. Me pareció que para esa historia el título era como un símbolo de lo que es la gran decadencia que vive el Perú durante la dictadura de Fujimori. Pero, en realidad, mi primera idea de la novela era la utilización que hizo el régimen de Montesinos y Fujimori del periodismo amarillo como instrumento de chantaje contra los críticos. Todas las dictaduras usan eso, pero no creo que ninguna lo hizo de una manera tan sistemática como lo hizo Montesinos, que era el hombre fuerte de Fujimori.

En este caso es la revista Destape.

Exacto. Se utilizó el periodismo para bañar en mugre, inventando hechos escandalosos, generalmente sexuales, a los críticos del régimen, y era para intimidarlos para que frenaran sus críticas, o para castigarlos por las críticas que habían hecho. Pero llegó a crear una atmósfera envilecida, de suciedad, de mugre moral. Montesinos pagaba por esos pasquines. Se jactaba de ser además el cabecero, el que ponía los titulares de primera página. Le interesaba sobre todo que se leyeran los titulares porque eran pasquines que colgaban de los kioscos, entonces la gente los leía al pasar. Pero llegaron a infectar verdaderamente el periodismo. Llegó a contagiar a la prensa más seria. Creo que el periodismo sufrió muchísimo, de esa utilización política para, digamos, operaciones realmente sucias que hizo Montesinos durante los años de la dictadura. Mi primera idea era hacer una novela sobre el periodismo. Pero como me ha pasado con las novelas, después fueron surgiendo otros temas y al final terminó siendo más como una especie de mural de lo que vivió el Perú en esos últimos años de la dictadura con la violencia, con el terrorismo, con el contraterrorismo y con la claustrofobia que se vivía con los toques de queda, con el temor de los atentados y, al mismo tiempo, con la inseguridad.

A estas alturas de su vida, ¿cómo recuerda el boom latinoamericano?

Ya es una cosa del pasado. Nadie sabe exactamente qué fue. Pero los efectos positivos fueron que le dio a la literatura latinoamericana un reconocimiento grande fuera del ámbito de América Latina. Además, repercutió en América Latina. Muchos latinoamericanos que no leían a sus escritores se pusieron a leerlos porque vino desde afuera la idea de que había una literatura novedosa que estaba siendo reconocida fuera de la región, y además creo que sirvió mucho para que creciera el número de lectores, de editores, y de que la vocación literaria empezara a tener un reconocimiento social y que muchos jóvenes, pues, ya no vivieran en el desamparo en que vivíamos nosotros antes, cuando era prácticamente imposible que alguien se dedicara solamente a la literatura. No era manera de ganarse la vida. Eso ha cambiado mucho, hoy en día hay muchos escritores que se dedican al oficio. Y eso ha hecho que crezca mucho el público que lee libros latinoamericanos. Hoy en día, tienes además una intercomunicación con los escritores que antes no existía. Cuando yo era joven, en el Perú no sabíamos qué se publicaba en Chile, en Ecuador, en Colombia. Nada. Era incomunicación total. Las excepciones eran Argentina y México, donde había editoriales, pero el resto de Latinoamérica estaba incomunicado. Eso ha cambiado muchísimo. Y creo que en gran parte esa es una consecuencia de lo que se llamó el boom.

¿Cómo conoció a Julio Cortázar?

Conocí a Cortázar cuando llegué a París en el año 59. Un peruano que trabajaba en la Unesco nos invitó a cenar. Me acuerdo que me sentaron junto a un joven que pensé que era de mi edad, muy alto, muy flaco, muy largo, y solo al final de la cena, cuando ya nos íbamos a despedir, me di cuenta de que era Cortázar. Y era Dorian Gray. Pensé que era mi contemporáneo, y resulta que era 22 o 23 años mayor que yo, pero no se notaba: no tenía una cana. Y habíamos estado conversando y me contó que solo había publicado un libro de cuentos, que era, claro, Bestiario. Me comentó que iba a publicar su segundo libro de cuentos en la colección de Arreola. Ya había publicado otras cosas. Por ejemplo, había hecho la traducción de la obra completa de Poe. Así que lo conocí casi llegando a París. Luego lo veía con bastante frecuencia.

Últimamente citan la carta que le escribió cuando leyó La casa verde.

Fue muy generoso conmigo. Me ayudó a buscar un editor para La ciudad y los perros. Es una de las pocas personas a las que hice leer el manuscrito de La casa verde y me escribió esa carta tan cariñosa.

¿El hecho de que se cartearan, que se reconocieran y tuvieran lecturas en común, pudo contribuir a esa cosa que llamamos boom?

Sin ninguna duda. Porque, por ejemplo, a García Márquez no lo conocí sino mucho después, pero nos escribíamos desde antes. Creo que el boom contribuyó a crear esa solidaridad y esa amistad. Luego se va quebrando. Pero durante años fue una relación muy estimulante, donde te sientes como parte de una familia que ha surgido en la literatura latinoamericana. Aunque cada uno escribía de manera distinta, había como un común denominador, lo latinoamericano, tú te sentías parte de una comunidad que desbordaba los países, las naciones, y todo eso era muy estimulante, porque al mismo tiempo vino un reconocimiento. Todo el mundo se quedaba muy sorprendido de que de pronto nuestros libros se tradujeran a otros idiomas o que se hicieran muchas ediciones. Me acuerdo de la sorpresa, la estupefacción de García Márquez cuando sale Cien años de soledad y se empiezan a agotar las ediciones semanalmente. García Márquez no lo podía creer. Estaba totalmente estupefacto. Creo que a todos nos pasó ese desconcierto ante un reconocimiento que hizo que la literatura latinoamericana diera ese salto, un salto cualitativo, a lo que había sido antes. Cortázar no podía creerlo con el éxito de Rayuela. Sus libros habían circulado poco, como los de todos los latinoamericanos. Todo el mundo empieza a hablar de Rayuela y de pronto se da cuenta de que su libro se ha convertido en un libro fronterizo. Una gran sorpresa.

¿Y todos se empiezan a leer en París?

Los latinoamericanos no leíamos a los latinoamericanos. Antes de irme a Europa, leía a muy pocos latinoamericanos. Leía a franceses, a norteamericanos, a ingleses. Por eso digo siempre que empecé a sentirme un latinoamericano en París, que una de las cosas que le debo a Francia es haber descubierto a América Latina y haber descubierto que yo era latinoamericano, y que había una literatura latinoamericana novedosa, rica. Y en el Perú no recuerdo haber conocido escritores latinoamericanos, y sí haberlos conocido en París. Ahí conocí a Cortázar, a Asturias, a Carpentier, a Carlos Fuentes y, bueno, a muchos escritores latinoamericanos. Todos pasaban por París o vivían en París. Así que Francia era como un lugar de encuentro. Me acuerdo de una revista que dirigía Maurice Nadeau que se llamaba Les Lettres nouvelles, que dedicó un número a la literatura latinoamericana y que tenía un prólogo de Octavio Paz que se llamaba «París capital de la literatura latinoamericana», donde decía que en París es donde realmente ha nacido la sensación de que pertenecemos a América Latina.

¿Se atreve a ofrecer algún consejo a los escritores jóvenes?

¡No! Mira, cada escritor descubre su propia temática, su propio método. Tú puedes contar tu experiencia y quizás le sirva a alguien. Pero, la verdad, en este oficio creo que tienes que descubrir exactamente lo que te anima, lo que te motiva, y tienes que descubrir que es un oficio, que no es solo una vocación, lo que significa que hay un trabajo detrás, que tiene que haber una disciplina, ¿no? Al igual que en todas las cosas que valen la pena, hay un oficio, una disciplina. Las maneras de ser un escritor son miles, miles de miles, y tienen que ver con la psicología, la idiosincrasia, con la personalidad de cada cual.

Creo que la experiencia ajena te aprovecha muy poco, ¿sabes? Tienes que descubrir tú mismo qué cosa es lo que te estimula más, el tipo de escritor que quieres ser. Entonces creo que los consejos no sirven, y que a veces en muchos casos los consejos pueden ser más bien contraproducentes. Lo que sí creo que es importante es leer mucho, porque aprendes el oficio a través de los grandes escritores, de los buenos escritores, eso es lo que te enseña a descubrir el tipo de escritor que quieres ser. Creo que eso es lo fundamental. Tan pronto lo descubres, lo demás viene por añadidura. Pero no conozco, mira, ninguna obra que no resulte de una disciplina y de un trabajo serio, continuo, responsable.

Saltando de los libros a la televisión, ¿qué serie está viendo actualmente?

Homeland. Magnifica serie.

¿Qué le parecen las series?

Pues creo que la televisión ha encontrado un género en que es creativa. Hasta ahora la televisión no era muy creativa. Pero las series son un género mucho más creativo y un género que tiene además la característica de que llega a todos los públicos: refinados, exigentes, y después la gran masa. De las que he visto, por ejemplo, The wire me pareció maravillosa, estupenda. No es solo una historia maravillosamente bien contada, sino que es una inmersión profunda en el mundo de los barrios marginales de Estados Unidos. Muy bien documentada. Y además entretenida. Y, bueno, Homeland, que es una magnífica historia, una historia que es más profunda de lo que parece, porque parece una historia de acción, sin embargo, es de una gran profundidad, con la psicología tan enrevesada de los personajes principales. Mira, la televisión da la impresión que ha encontrado por fin un género en que puede ser muy creativa.

¿Y qué le parece la serie de La fiesta del chivo que hicieron en Colombia?

No la he visto. ¿Y qué tal está?

Tampoco la he visto. Pero, ¿vio la película basada en La tía Julia y el escribidor que tiene a Keanu Reeves como usted?

Sí, y con Barbara Hershey como la tía Julia. Estaba muy bien ella. Era con Peter Falk que hace de Pedro Camacho. Yo lo conocí a él y me dijo: «No sabe usted la felicidad que ha sido para mí hacer esta película, porque estoy absolutamente harto de hacer este personaje de Colombo en la televisión. ¡Odio ese personaje! Ha sido mi tragedia en los últimos treinta años tener que hacer ese maldito personaje, pero que es el que me da de comer». Y yo me acordaba del padre de Eugene O’Neill, que, siendo joven, tuvo un éxito enorme haciendo el papel del conde de Montecristo, Edmundo Dantes. Y el resto de su vida ya no pudo hacer otro papel. Y de ahí le vino el alcoholismo, las drogas, la desesperación. Tenía que hacer a Edmundo Dantes porque era para lo único que lo contrataban. Así que odiaba al conde de Montecristo, odiaba su papel y se odiaba a sí mismo. Bueno, así mismo le pasó a Falk. «¡Lo odio –me repetía– y tengo pesadillas con él!».

Usted ha sido uno de los escritores más laureados, pero al mismo tiempo uno de los más denostados. ¿Cómo maneja este asunto de la fama y de las controversias?

Bueno, me acuerdo de un consejo que me dio Neruda en un cumpleaños suyo. Estábamos en Londres en un barquito de un poeta que ha muerto hace poco, un poeta escocés. Yo estaba indignado porque me había llegado un recorte de Lima donde se inventaban una cosa vil. Entonces estaba furioso, y me acuerdo mucho que Neruda me dijo: «Mira, ese es el comienzo simplemente. Tienes que estar preparado a que te acusen absolutamente de todo. Que te bañen de mugre de los sitios más inesperados. Yo tengo un baúl. En Isla Negra yo tengo un baúl donde pongo esa documentación y donde según esta no queda delito o perversión que no haya practicado alguna vez. Así que prepárate. Si tienes éxito en la vida, prepárate».

Fue profético.

Sí, profético (risas). Me acuerdo clarito de eso que dijo Neruda.

Frank Báez es editor de Global.





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