Artículo de Revista Global 56

Entrevista a Óscar Soto

«Allende quería una igualdad entre toda la gente y que se consiguiera a través del procedimiento democrático, no de la lucha armada». Óscar Soto fue uno de los hombres que estuvo junto al presidente chileno Salvador Allende en el Palacio de la Moneda aquel emblemático 11 de septiembre de 1973. Es más, fue tal vez el último hombre que habló con Allende. Desde entonces ha tenido que vivir con la acusación de pactar con los militares para salvar la versión oficial del suicidio del Presidente; tesis (el suicidio) que todavía defiende como la única verdad. Justo cuando se cumplen 40 años del golpe de Estado de Pinochet, Soto, quien fue el médico de cabecera de Allende, publica un segundo libro, Allende en el recuerdo. Tomamos como excusa esta obra para hablar de aquellos años convulsos. Y por qué no, para hablar también sobre el resurgir del socialismo en América Latina.

Entrevista a Óscar Soto

Fue de las últimas personas que vio al presidente Salvador Allende con vida, y desde entonces no ha parado de desmentir a Fidel Castro y Gabriel García Márquez, repitiendo que «Salvador Allende no fue asesinado, se suicidó». Óscar Soto, médico de cabecera del presidente chileno desde antes de que fuera elegido presidente, le acompañó hasta su muerte aquel emblemático 11 de septiembre de 1973, cuando los militares golpistas de Pinochet entraron en el Palacio de la Moneda. Y probablemente fue el último hombre con quien habló el entonces presidente chileno.

– Subí a la segunda planta y le dije que los militares habían tomado la primera planta y que nos daban 10 minutos para rendirnos, entonces Allende nos pidió que bajáramos todos en fila india, que él bajaría el último. Pero lo que hizo fue retirarse al salón Independencia de la Moneda, y fue cuando se suicidó, medio minuto después de esa conversación, como máximo.

Los militares dejaron marchar a Óscar Soto, quien al día siguiente tuvo que prestar declaración. Gracias a un médico militar que era su discípulo, pudo irse a casa; hizo una maleta y se asiló en la Embajada de México hasta que consiguió un salvoconducto para exiliarse en ese país. Luego, la hija de Allende, Beatriz, también médico, le pidió que fuera a Cuba para ayudar a la resistencia chilena contra Pinochet. Allí permaneció durante casi ocho meses, pero desencantado con la versión que en la isla caribeña se daba sobre la muerte del mandatario chileno, decide viajar a España con su mujer y cinco hijos, país donde reside actualmente. En septiembre presentó su segundo libro, Allende en el recuerdo (Silex, 2013), justo cuando se cumplía el 40 aniversario del golpe de Estado de Pinochet. Y es que a Óscar Soto le quedaron muchas cosas en el tintero tras la publicación de El último día de Allende (RBA Libros, 2008).

– En este segundo libro pensé que era necesario recoger aquellos aspectos más importantes del gobierno de Allende que tuve la oportunidad de presenciar… Yo empecé a intimar con él desde el comienzo del año 1970, hasta el golpe de Estado, y he relatado aquellos acontecimientos políticos en los que mostraba su agrado, su rabia, incluso sus temores. Y por último, de alguna manera, la soledad del momento en que ocurrió el suicido, cuando estaba prácticamente solo, y no quiso llamar a nadie en su defensa, ni siquiera al pueblo, porque hubiera sido una masacre.

Óscar Soto nos da cita en el café Comercial de Madrid, que queda en plena plaza de Bilbao. En la segunda planta, preparamos un escenario espontáneo y casi teatral. En todo momento se muestra paciente, afectuoso, y casi siempre habla con tono de buen humor. Recordamos, pues, aquel último discurso de Allende. Todo empezó a las siete de la mañana. La muerte sucedió cerca de las dos de la tarde. Durante esa mañana, el presidente chileno se dirigió cuatro veces a su pueblo a través de la radio, la última vez a las nueve y diez de la mañana, justo en el momento en que las Fuerzas Áreas estaban bombardeando las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Fue entonces cuando Allende dijo esa frase tan famosa de su último discurso que ha atravesado las fronteras del tiempo y el espacio: «Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor».

– Imagínate, frente a la versión de Fidel Castro y Gabriel García Márquez (el escritor colombiano escribió una versión sobre la muerte de Allende en 1974), yo no era nadie. Era mi palabra contra la de ellos.

De hecho, Soto nos cuenta, que todavía hoy, después de los tres entierros de Allende y de que se ha exhumado el cuerpo y certificado el suicidio con la AK-47 que le había regalado Fidel Castro al presidente chileno, mucha gente le expresa su convencimiento de que Allende fue asesinado.

Dado que el suicido fue también la versión oficial de la Junta Militar golpista, resultaba no muy ortodoxa para la izquierda. El médico de Allende, cuya especialidad es la cardiología, tuvo entonces que convivir con la acusación de pactar con la Junta Militar para quedar en libertad, al igual que los demás integrantes del equipo médico del Presidente.

– ¿Habría cambiado algo si en vez de suicidio hubiera sido un asesinato, un magnicidio? –le pregunto.

– Yo creo que no. El ejemplo está dado en su compromiso con la voluntad popular. Desde el momento que fue elegido presidente y en los casi mil días de Gobierno, mostró que era un hombre consecuente y que lo que decía lo iba a hacer. Cuando se dirigió al pueblo ese día por la radio, dijo que no lo sacarían vivo del Palacio de la Moneda. No quería ser apresado por los militares, para que hicieran de él una especie de víctima. El suicidio no es ninguna cobardía. Probablemente es un acto mucho más importante que la muerte, porque el suicidio es una cosa que uno mismo decide.

Una de las anécdotas que describe Óscar Soto en su segundo libro es el brillo de tristeza en los ojos del presidente chileno de la Unidad Popular, cuando le comunican en La Moneda que la casa de la calle Tomás Moro, donde estaba su esposa, había sido bombardeada.

– Murió sin saber que Tencha (Hortensia Bussi), su mujer, había sobrevivido.

Pero Allende en el recuerdo no solo está repleto de anécdotas personales sobre Allende. Como testigo presencial de algunos acontecimientos políticos, el autor también escribe su impresión sobre otros mandatarios que tuvo ocasión de conocer, ya sea porque viajaban a Chile o porque el médico acompañó a su presidente en muchas ocasiones en sus viajes internacionales. No son muy favorecedores, por ejemplo, los apuntes sobre la personalidad de Fidel Castro.

– Es un hombre de una gran capacidad intelectual, es un hombre físicamente impresionante… Pero cuando tú no tienes quien te ponga en duda lo que dices, creo que contribuye a que seas un poco ególatra, y Salvador Allende no era así, hay una gran diferencia entre los dos… Cuento muchas anécdotas donde Allende se comportaba comigo y mucha otra gente como un hombre normal, simple, solidario y, sobre todo, tenía una gran cualidad, que era no tomar ninguna decisión sin antes consultar a los técnicos.

– ¿Qué piensa que puede pasar después de Fidel Castro en Cuba?

Incómodo ante la pregunta, Óscar Soto se revuelve en el asiento.

– No sé, no sé lo que puede pasar –sonríe.

– ¿Cree que el socialismo cubano persistirá después de Fidel?

– Lo que puede ocurrir es que la entrada de otros cubanos, otros capitales, de otras fuerzas políticas poscastristas, tire más hacia una socialdemocracia en que los derechos de los trabajadores van a ser fundamentales.

Antes de dejar el tema sobre Cuba, le pregunto sobre el suicido de Beatriz, la hija de Allende, también médico y casada con un militar cubano, quien encabezó en la isla caribeña la resistencia contra el golpe de Estado que ejecutó Augusto Pinochet. Es la primera vez que noto a Óscar compungido. Sus ojos de pronto brillan más, su rostro, casi siempre sonriente y amoroso, se retrae mientras que su memoria viaja hacia el pasado y los recuerdos recuperan heridas de las que no habla en su libro.

– Para mí fue tremendo, porque yo no pensé que Beatriz se iba a suicidar. En aquel tiempo era difícil mantener contacto directo con Cuba, pero sabía de ella por muchos amigos que pasaban por la isla y la veían y pasaban luego por aquí y me contaban cómo estaba. Me llegaban noticias de que Beatriz no estaba bien, física y personalmente. Que tenía un problema de columna y que padecía muchos dolores; que no estaba muy conforme con la resistencia en Chile, porque había muchas peleas entres los diferentes grupos chilenos que luchaban contra Pinochet. No había una unidad de propósitos clara; había dificultades en la manera, incluso, en que se manejaba el dinero que se recaudaba para la causa. No es que se lo robaran, sino que cada grupo quería obtener mayores recursos para sus propias actividades.

Por primera vez durante toda la entrevista, Soto se detiene. Observa ya vacía su taza de café y prosigue.

– Creo que el segundo aspecto importante es que Beatriz tenía un cariño extraordinario por su padre, entonces su muerte le impactó mucho. Además, el hecho de que ella hubiera estado en el Palacio de la Moneda aquel día, hasta la mitad de la mañana, y que después hubiera salido dejándolo, entre comillas, solo, debe haberle afectado porque lo que le hubiera gustado a ella era quedarse con su padre ahí. Pero Allende no permitió que se quedaran mujeres.

Una de las primeras medidas que ejecutó Salvador Allende tras tomar el poder fue la nacionalización de la banca y la industria del cobre, así que aprovecho la coyuntura del pasado –que enfureció entonces a la derecha chilena y agrió aún más la posibilidades de diálogo entre la Unidad Popular y la oposición– para hablar sobre un conflicto muy actual entre Argentina y España, debido a la nacionalización de Repsol-YPF por parte del gobierno de Cristina Fernández de Kichner.

– Creo que en los países latinoamericanos tenemos que disponer de nuestros propios recursos naturales. No obstante, no hay que tener una posición que impida que capitales extranjeros colaboren en esa explotación, pero otra cosa es que sean los dueños. En Chile en estos momentos, por Pinochet, la electricidad está en manos de una compañía española, el agua potable es extranjera… Todo lo que se ha hecho de nuevo en el cobre es privado, todo es privado… Yo creo que todos los países que recuperan sus recursos naturales cumplen un deber elemental.

Mientras en Europa se habla del alza de partidos de derecha y ultraderecha, en Latinoamericana se habla de una «izquierdización»: Vicente Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Nicolás Maduro en Venezuela, Kichner en Argentina, entre otros.

El expresidente chileno Ricardo Lagos ha comentado sobre este proceso: «si en los años ochenta se cayó toda la estantería del socialismo real, en 2008 lo fue la del neoliberalismo extremo. No vamos a una izquierdización sino a un nuevo ciclo político y económico». Es tal vez un ejemplo el pacto con el Partido Socialista y el Partido Comunista de Perú, que llevó a Ollanta Humala, militar retirado, al poder con su Partido Nacionalista.

– Eso es lo que yo creo. Hay un resurgir de la izquierda, pero en Chile la izquierda no ha funcionado. La concentración de partidos democráticos que ganó el referéndum que logró sacar a Pinochet del poder en el año 1988 se ha encontrado absolutamente trabada, y además ellos mismos se han incorporado al sistema dejado por Pinochet, no han luchado por hacer de Chile un país democrático. La transición ha durado más de 20 años y todavía no hay un país democrático.

El 5 de octubre de 1988 se celebró en Chile un plebiscito en el que el pueblo chileno le denegó a Pinochet un nuevo mandato y, en consecuencia, hubo elecciones presidenciales democráticas al año siguiente. La dictadura militar llegó a su fin el 11 de marzo de 1990, cuando Augusto Pinochet entregó el poder a Patricio Aylwin. Ese día terminó el régimen militar y se dio paso al período de la historia de Chile conocido como la transición a la democracia.

– Ahora puede comenzar una nueva época, con elecciones efectivas, cuando se cambie el sistema de voto uninominal, herencia de Pinochet, que recoge la Constitución del 80, porque la gente va a tener la ilusión de que van a ser ciudadanos.

En la conversación nos desviamos para hablar de las teorías económicas del Premio Nobel de Economía norteamericano Milton Friedman, y sobre el libro La teoría del shock, el auge del capitalismo del desastre, de Naomi Klein. Y es que Chile fue uno de los primeros países latinoamericanos, con Pinochet a la cabeza, que puso en marcha la tesis de Friedman.

– Pero ahora en Chile este año se van a producir cambios muy importantes, porque Michel Bachelet ha obtenido prácticamente el 47% de los votos como candidata a la presidencia. Pero más que eso, ha obtenido una mayoría muy grande, importante, de diputados y senadores. De un total de 129 diputados que hay, tiene a su favor 68, o sea, la mayoría absoluta son de la combinación que la apoya, que se llama Nueva Mayoría, y también de los 38 senadores que hay, por lo menos 21 son también de Nueva Mayoría. O sea, más del 50% en cada una de las dos cámaras de elección popular, lo que le permite hacer las cosas que ella plantea en educación, en salud, puede también hacer una reforma tributaria, puede modificar una serie de cosas. Lo que no puede modificar es la Constitución.

– Que es la Constitución que deja Pinochet.

– La Constitución del 80, que tiene un sistema de elección antidemocrático y muchas cosas que hay que modificar, pero habría, inicialmente, que tratar de dialogar con sectores de la derecha que son democráticos, a ver si le dan los quórums necesarios para cambiar la Constitución, y si no, tiene que convocar un plebiscito… Así que, como dice Ricardo Lagos, comienza una etapa muy distinta a la que comenzó en el 88 cuando Pinochet deja el poder. Y la responsabilidad de Bachelet y los grupos que elija para gobernar con ella es muy importante, porque si no hacen una educación pública, gratuita y eficiente, los estudiantes no la van a apoyar. Los estudiantes están esperando a ver qué va a hacer el nuevo gobierno.

– Sin embargo, el triunfo de Michel Bachelet ha sido un poco amargo, ¿no?, porque se esperaba que ganara en la primera vuelta.

Soto la defiende:

– Ha sido difícil porque había ocho candidatos…

– Pero también ha habido muy baja participación, menos del 50% se ha movido a votar.

– Pero mira, desde que empezaron las elecciones en Chile, la gente que se abstiene a votar es más del 40%, porque a pesar de que la votación era obligatoria, un gran porcentaje de la población no vota, eludía con excusas de que estaban enfermos, porque no había ninguna ilusión por participar en un Parlamento en el que siempre iba a gobernar la derecha, cualquiera que fuera tu voto, porque el sistema le permitía mantenerse en el poder.

– Sin embargo, este año se ha repetido, ha votado menos del 50%.

– Sí, sí, sí… El 52% no ha votado, lo que dices es cierto. Pero es que no han tenido ilusión por votar, porque nadie les ha ilusionado. Además, de alguna manera Bachelet tiene alguna responsabilidad en eso, porque durante los cuatro años que fue presidenta, los estudiantes también le pidieron que luchara por una educación pública gratuita y Bachelet los mandó a comisiones, los tramitó. O sea, que hay un porcentaje que no le cree a Bachelet.

Le comento entonces el caso de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, que pese a enfrentarse a una ola de protestas el verano pasado, ha sabido manejarlas, de manera que hoy en día es candidata favorita a las próximas elecciones y ha remontado en las encuestas en cuanto a popularidad. En junio pasado, centenares de miles de brasileños ocuparon las calles de las principales ciudades del país, cansados de las deficiencias crónicas de los servicios públicos, educación, sanidad, y la percepción de una clase política plagada por la corrupción y la desidia.

Cuando desembarcamos en Brasil, Soto me confiesa que, en su opinión personal, es precisamente el actual modelo de este país, que empezó con Lula da Silva, el que más se asemeja al sueño de Allende.

– La lucha contra la pobreza en Brasil, basándose en sus recursos naturales, ha tenido la inteligencia y el respaldo popular para hacer lo que Allende quería. Han logrado que Brasil se transforme en uno de los países de mayor crecimiento del mundo. Allende quería una igualdad entre toda la gente y que se consiguiera a través del procedimiento democrático, no de la lucha armada… Y en ese sentido no se parece a la revolución cubana, aunque hubieran buscado lo mismo en esencia. La revolución cubana todavía no tiene elecciones libres. En Chile siempre hubo elecciones libres cuando Allende, fue un gobierno honesto en el que los dirigentes no robaron de los fondos públicos.

En el aniversario de los 40 años del golpe de Estado de Pinochet, el actual presidente venezolano, Nicolás Maduro, ofreció un homenaje a Allende, incluso llegó a comparar a la derecha venezolana con Pinochet.

– El modelo de Venezuela no me resulta simpático desde el punto de vista que no ha combatido realmente la corrupción…, una corrupción que está en el gobierno y fuera. Porque yo no digo que si la oposición venezolana tomara el gobierno iba a ser honesta, no estoy seguro de eso. En cambio, Correa (presidente de Ecuador), por ejemplo, está avanzando en la lucha contra la pobreza y la corrupción.

– Le recuerdo que hay un punto en común entre Allende y Hugo Chávez, que precisamente recoge en su libro, se trata de ese sueño común entre ambos mandatarios de una Latinoamérica bolivariana, unida como un frente común económico, social, político.

– Sí, sí total, claro. Eso está en el programa del Partido Socialista chileno, que aspiraba a una república de los trabajadores, y a una república que competiera a todos los países de América Latina, con los mismos propósitos y objetivos. De hecho, Allende viajó a muchos países de América Latina gobernados por la izquierda y por la derecha para buscar apoyos, pero no se entrometía en su desarrollo político.

Para Óscar Soto el valor único de la izquierda es la honestidad y la verdad. Entonces le pregunto si cree que aquella época de dictaduras en América Latina podría producirse en el momento actual. Hablamos de la dictadura de Trujillo en la República Dominicana, la de Videla en Argentina, la de Pinochet en Chile, entre otras.

– Creo que en Chile ya no cabe una dictadura. Nadie tendría ningún interés en una cosa así. Ahora bien, algunos países no han superado la influencias de las dictaduras, tienen todavía regímenes autoritarios bastante importantes. Pero creo que el hombre latinoamericano ha crecido mucho intelectual y políticamente y que es muy difícil que se vuelvan a dar en aquellos países que han superado esa experiencia. Ahora, si la democracia no va acompañada de bienestar social, la gente pobre va a perseguir una dictadura que le dé de comer… Si no hay educación pública, buena nutrición, salud pública… es fácil que aparezca un personaje, como sucedió con Hitler en Alemania, que cogió una serie de reivindicaciones muy populares y la gente termine votando por él.

– ¿Se ha hecho justicia en Chile?

– Se ha hecho justicia como somos los chilenos, de hacer las cosas a medio camino. Algunos han sido juzgados, pero las penas han sido ridículas, de dos o tres años de cárcel por la vida de la gente…

Durante todo el encuentro, solo lo percibo tenso en dos ocasiones. La primera, cuando le pregunto por el futuro de Cuba sin Fidel Castro, y la segunda cuando hablamos del suicidio del general chileno Odlanier Mena, exdirector del Centro de Informaciones de Chile (cni) durante la dictadura de Pinochet, que se quitó la vida el pasado mes de septiembre cuando gozaba de un permiso penitenciario de fin de semana. Noto la impotencia en sus gestos:

– Me parece muy bien –Permanecemos en silencio, y al cabo de una pausa prolongada, continúa–: Un señor que no pudo vivir con los remordimientos por lo que hizo ni tuvo el valor de afrontar sus responsabilidades. Es otro tipo de suicidio, nada que ver con el valor de Allende.

– Solo me queda una pregunta, doctor: ¿Hay algo que cambiaría de aquel 11 de septiembre de 1973?

Suspira. Convencido, como alguien que ha reflexionado centenares de veces sobre lo mismo y deseaba que se lo preguntaran, nos dice:

– Yo cambiaría cosas que ocurrieron un poco antes del 11 de septiembre. Lo que cambiaría, como lo digo de alguna manera disfrazada en el libro, es que como se salía del conflicto político chileno era con un diálogo importante entre la izquierda y el centro político chileno, es decir, entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana. Ese diálogo fue frustrado por una oposición intransigente e irresponsable. Eso lo cambiaría, porque si eso hubiera ocurrido, el país no hubiera sufrido ni el 11 de septiembre ni la dictadura de Pinochet. Hubiera tomado otro rumbo, de derechas o de izquierdas, pero no habríamos pasado por un balance de más de cinco mil personas asesinadas, de más de un millón de personas que abandonaron el país, con el trauma que supone eso, porque un niño sin patria es casi peor que un niño sin padre.

Kenny Cabrera es una comunicadora dominicana que ha realizado el Máster de Periodismo uam/El País y se ha especializado en Cooperación Internacional para el Desarrollo con África Subsahariana en la Universidad de Jaén. Ha sido redactora del periódico Listín Diario, el semanario Rumbo, el diario gratuito ADN y el diario El País. En la actualidad trabaja para Loma Blanca Producciones Cinematográficas. Acaba de publicarse su estudio Mutilación genital femenina en Etiopía: Oportunidades y desafíos (Departamento de Publicaciones de la Universidad de Jaén).