Artículo de Revista Global 34

Entrevista a Paloma Rivera

La joven dominicana ha saltado a la fama internacional por su ayuda y la colocación con el pueblo haitiano. Llegó a Puerto Príncipe tras la tragedia y aún permanece en el país ordenando los campamentos de los damnificados tras el terremoto del 12 de enero de 2010.

Entrevista a Paloma Rivera

Raras veces uno se encuentra con una persona que abandona su trabajo y su familia para irse a colaborar a un país que acaba de sufrir la tragedia más grande de toda su historia. Este es el caso de Paloma Rivera, una joven dominicana egresada de la carrera de Trabajo Social del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), quien a los pocos días del terremoto de Haití llegó a Puerto Príncipe con la intención de socorrer a las víctimas de la catástrofe.

Su altruismo ha sido reconocido no sólo por un sinnúmero de familias desplazadas, también por organizaciones internacionales y prestigiosos medios de comunicación como el periódico estadounidense New York Times. En el país, algunas voces se han alzado instando a que se le entregue una distinción honorífica como ejemplo de la labor humanitaria que los jóvenes dominicanos realizan en la nación vecina. Sin duda alguna, sería una sabia decisión en la que se reconocería los mejores valores de nuestra juventud.

Interesados por el trabajo que Rivera ha realizado, viajamos a Puerto Príncipe para entrevistarla y fotografiarla in situ. Nos reunimos en la embajada dominicana. Recuerdo que para saludarla tuve que aguardar unos minutos, ya que ella no paraba de hablar por teléfono, atendiendo, lo que supe luego, era el destino de dos camiones con donaciones que estaban varados en la frontera. A pesar de que era su día libre y que tenía gripe, la llegada de los camiones era tan importante que dedicó toda la tarde a coordinar su llegada. Al rato, decidimos acompañarla en sus labores y terminamos en la casa de una dominicana residente en Haití, que desinteresadamente ha ofrecido su casa a la organización en la que colabora la activista dominicana, para que descarguen las donaciones y desde ahí la distribuyan.

“Si los descargamos al aire libre, la gente puede venir y comenzar a llevarse todo”, dijo mientras nos sentábamos en la terraza. Aguardando la llegada de los camiones con las donaciones, realizamos la entrevista que aparece a continuación.

¿Dónde estabas cuando aconteció el terremoto y cómo llegas por vez primera a Puerto Príncipe?

Cuando sucedió el terremoto estaba en Santo Domingo trotando en el malecón con varias amigas. Tan pronto tembló hicieron el aviso de maremoto, empezaron a llamarme para que me fuera lejos, porque además vivo cerca del malecón. Al principio, ni me lo creía. Yo ni sentí el terremoto. Al día siguiente, fui hablando con algunos amigos que tenían interés en venir a ayudar, porque como somos la nación que comparte la isla con Haití, obvio que somos los primeros llamados a socorrer. Nunca había venido a Haití. Tan sólo conocía el mercado de Jimaní. En Santo Domingo sí tenía algunas relaciones con comunidades de haitianos. De hecho, la institución donde trabajaba desarrollaba proyectos con poblaciones migrantes de prevención de vih sida, malaria y tuberculosis. Junto a mis amigos formamos un grupo que quería venir a ayudar. Intentamos primero sumarnos a una de las redes que sabíamos que ya existen, que harían que todo fuera más fácil para llegar, sabiendo sobre todo que la mayoría de nosotros nunca habíamos venido a Puerto Príncipe. Así que hicimos todo lo posible para enlistarnos con las Naciones Unidas y con la gente del Juan Montalvo, donde ya habíamos llevado donaciones, pero nadie nos daba una respuesta rápida. Finalmente, vinimos con una organización llamada sos Children. El terremoto había ocurrido tres días atrás y la situación era muy crítica. Como no se sabía donde estaba el director local de la institución, se complicó nuestra situación allá. Aunque, independiente de esto, ayudamos a cruzar dos furgones con comida y agua. También canalizamos unas donaciones de sábanas y colchas para el hospital de Jimaní. Estuvimos aquí como tres días. Éramos un grupo de 15 jóvenes.

¿Cómo fue tu impresión cuando presenciaste la devastación dejada por el terremoto?

Mi primera impresión fue: ¡Cuánto exageran los medios! De acuerdo a los medios, tú cruzabas la frontera e ibas a ver una situación casi salvaje, que la gente se iba a estar matando por la comida y, definitivamente, esa nunca ha sido la situación. También puedo decir que tenía una serie de prejuicios sobre esta sociedad. Me la imaginaba mucho más pobre. Entonces fue como desmontar todos esos prejuicios. Otra cosa que me chocó fue el estado de la gente, todo el mundo estaba inerte. Por ejemplo, tú sabías que la casa del vecino se había derrumbado y la tuya no, y tú sabias que ahí había gente viva y no corrías a buscar ayuda para socorrer esa gente. Yo decía: “si fueran dominicanos, de seguro ayudarían”. Claro, ya he ido desmontando, pero al principio lo hacía a menudo. Por una o dos semanas, el terremoto dejó a la gente en un estado mental que no podía asumir la realidad que vivía en ese momento. Después, la gente ha dado un vuelco total: la gente ayuda, colabora y siempre preguntan cómo pueden ayudar.

¿Y cuándo regresaste?

Bueno, yo decidí que tenía que volver, porque no estaba satisfecha con lo que había hecho. Vine con una organización española que tenía vínculos con Isla Joven, quienes tenían el compromiso de primero venir a ver si un grupo de misioneros redentoristas estaban vivos, y saber qué había pasado con los proyectos que esos misioneros tenían, que eran básicamente una escuela monasterio y un orfanato. Descubrimos que el monasterio se había derrumbado y el orfanato también. Ya habían pasado ocho días del terremoto y nadie había ido a la escuela a ver si se podía rescatar algunos de los niños. Entonces mi primera labor fue tratar de conseguir que vinieran rescatistas profesionales a hacer un sondeo en las ruinas de la escuela. Se confirmó que todos los niños que estaban en esa escuela habían muerto. Todos: 218 niños. Como esos misioneros eran en su mayoría curas y seminaristas, existía poco espacio para que gente de otra religión, e incluso mujeres, aportaran algo relacionado con lo que buscaban hacer. Entonces hice contacto con otros haitianos que se desenvolvían en asuntos sociales. También visité la embajada dominicana para ver si podía conseguir cierta logística. Y así fue como fui a parar a Delmas 54, donde una persona que era también conocida de la organización ya había comenzado una labor con un campamento, que en ese momento era de unas 80 familias y que ya tiene mucho más de 800.

¿Puedes darnos una idea de cómo operan y se organizan los campamentos? Primero, no son refugios que uno levanta, son instalaciones de familias que se hacen de manera espontánea en espacios públicos y áreas abandonadas. Por ejemplo, el caso nuestro en Delmas 54, era una cañada que por un lado tenía un vertedero, entonces la gente de manera asociativa comenzó a quitar todos los desechos sólidos que había ahí y fueron como instalando casita por casita. Y cuando te digo casitas, no necesariamente es una casa de campaña, pueden ser cuatro palos con varias sábanas amarradas. Así como te dije, empezó como con unas 80 familias y hoy tiene más de 800. Porque la gente acude a los campamentos adonde fluye la ayuda. El programa funciona como una cooperación entre dominicanos y haitianos planteando ideas y formas de hacer las cosas. No es que traemos nuestras ideas preconcebidas y aquí las aplicamos. Todos los campamentos tienen cierta estructura. Hay un comité que es el encargado de la distribución de la ayuda y son los que a largo plazo tienen la responsabilidad de lo que va a pasar con esas familias. Así que organizamos todo: la distribución, los servicios médicos, desde campañas de vacunación hasta las posibilidades que estamos manejando, para el futuro, de viviendas temporales.

¿Qué es Kiskeya Action?

Decidimos crear un programa de cooperación entre jóvenes haitianos y jóvenes dominicanos que pudieran aportar y ayudar a buscar soluciones prácticas para los problemas que dejó el terremoto. Ese programa se llama Kiskeya Action y funciona bajo la sombrilla de una organización que se llama: Indajoven. Es un grupo de jóvenes inquietos, de 23 a 30 años, jóvenes profesionales, que ya habían tenido cierta participación en cosas que pasaron en el 2009, como por ejemplo la lucha por la no instalación de la cementera en Los Haitises, y también un movimiento que buscaba que no se aprobara la reforma constitucional. Con eso en las espaldas, nos pusimos de acuerdo; esta no era la ocasión para cuestionar un gobierno, sino para ponernos en acción y ver qué podía aportar cada uno, como ingenieros, como médicos, “Este es un momento clave para superar muchas de las tensiones históricas. ”como trabajadores sociales, como cineastas, y eso es lo que hace al grupo interesante, no fue simplemente venir a traer cosas, sino que cada uno diera de lo que podía y de lo que sabía. Ya con eso, empezamos a hacer cosas más estructuradas, porque en medio de una emergencia tú no tienes ese margen para planificar y preparar lo que quieres hacer. Tú simplemente respondes, y después de que están las respuestas evalúas, para ver si lo que hiciste funcionó. Entonces ya a partir de ahí, comenzamos a trabajar en un campamento, que tan pronto las cosas se regularon en términos de saneamiento en general, decidimos tratar de abarcar otros campamentos pequeños que estuvieran en los alrededores del campamento principal que es el de Delmas 54.

He leído reportajes, entre estos uno publicado por el New York Times, donde se elogia la labor que ustedes han realizado con estos campamentos. ¿Podrías comentar por qué su trabajo con los campamentos ha atraído tanta cobertura mediática?

Cuando nosotros llegamos, para distribuir ayuda, decidimos hacer un censo de todo el campamento y asignar un código a cada familia, de manera que supiéramos a quién le entregábamos cada cosa y enterarnos de cuáles eran las necesidades de cada familia, si tenían niños, envejecientes, si había traumas severos. Hicimos unas tarjetas de colores que nos ayudaron a organizar la logística de la distribución de ayuda en el campamento y por eso ganamos cierta notoriedad, porque fuimos uno de los primeros campamentos que empezaron a organizarse de esa manera y tuvimos la atención de prensa internacional como la del New York Times y otros medios internacionales. Por medio del New York Times nos asignaron una fotógrafa que iba al campamento a dar seguimiento cada dos días. Ellos estaban haciendo dos documentales, uno sobre el papel de las Naciones Unidas en la respuesta de ayuda a Haití, y otro sobre diferentes países. En el caso de la República Dominicana, ellos seleccionaron a Kiskeya Action.

¿Qué opinión tienes de la masiva colaboración que han brindado tantos países?

Hay ayudas que vienen canalizadas a través de las Naciones Unidas, organización que da una sombrilla de organización y logística amplia donde todos los países tienen acceso. Pero hay mucha cooperación bilateral de los países a través de las embajadas y de las organizaciones de cada país. En el caso de Dominicana, aun ahora, es algo muy agradecido por los haitianos, la participación especial que hubo tanto de organizaciones como del Gobierno dominicano. Ya en la madrugada que sucedió el terremoto teníamos helicópteros trayendo comida, agua y rescatistas. Se sintió tanto en término de gente que donó recursos económicos u otras donaciones, como de los médicos, trabajadores sociales, psicólogos, que se incorporaron. La gente de la Defensa Civil jugó un papel súper importante. Nunca me imaginé ver en Haití trabajando un general que preside la Defensa Civil, que se respondiera de manera tan efectiva. También la embajada como un espacio para coordinar el trabajo ha jugado un papel preponderante. El aporte dominicano se ha sentido de manera permanente desde el 12 de enero al sol de hoy.

¿Cómo ves la reconstrucción de Haití?

A mí me parece que hay que conocer la historia de Puerto Príncipe. Esta ciudad se construyó para 200,000 habitantes. Lo que dicen las estadísticas es que cuando ocurre el terremoto la ciudad tenía más de 4,000,000 de habitantes en un espacio muchísimo menor que el de Santo Domingo. Entonces, imagínate la presión demográfica sobre los servicios públicos que demanda una ciudad de 4,000,000 de habitantes. A mí parece que esta es una oportunidad para hacer lo que nunca existió. Claro, va a ser difícil. Por ejemplo, ¿cómo tú desalojas los habitantes de un sitio y los mudas a otro donde, probablemente, no hay la infraestructura para hacerlo? La vida de las personas no se detiene. Entonces a mí me parece que es una oportunidad para repensar, no sólo Puerto Príncipe, sino todo el país. Entender que toda la economía no debe estar concentrada en una gran ciudad, sino que hay que descentralizar, al igual que los servicios y eso va a generar desarrollo en diferentes provincias, y le va a quitar presión a esta gran ciudad, para cumplir con la demanda que tienen los ciudadanos en general. Al momento del terremoto, Haití estaba en un hito donde ya se empezaban a sentir algunos resultados de todo el proceso de reforma y modernización que había. Todo el trabajo de la brigada de la Minustah. Como que era el momento en que iba a empezar a verse esos“ Las epidemias, al contario de lo que piensan algunos funcionarios, no conocen fronteras.”frutos. Y entonces el terremoto disolvió y borró todo lo que tenía. En cuanto al Gobierno, nunca tendría la capacidad técnica para responder a este tipo de situaciones. ¿Cómo planificas una ciudad de nuevo donde no existe información? Aquí nunca se ha hecho un censo. ¿Cómo calculas cuanta gente demanda agua potable en tal ciudad si no hay un censo?

Entonces, ¿qué piensas que queda por hacer?

Yo entiendo que no se ha superado la crisis. Mientras haya gente durmiendo en las condiciones que se ven en los campamentos, entre sábanas y casas de campaña, esa no es una vivienda digna para una persona que acaba de salir de un terremoto. Mi impresión, que la he construido en las últimas dos semanas, es que las cosas en vez de regularizarse con el tiempo, se están haciendo más complejas, porque la gente está llegando a un estado de desesperación, que los torna violentos y dificulta la organización; como que la cohesión que ya había, ahora peligra. Básicamente, eso se debe al poco nivel de organización que se tiene. A estas alturas, yo pensaría que debería existir por lo menos un conteo de los campamentos y las familias que residen en ellos; de la situación en que viven; que cada vez que llegue ayuda sea conforme a un programa, pero no que en un campamento lleguen 300 raciones hoy y al próximo mes le lleguen 150; que las campañas de vacunación sean universales, que todo el mundo tenga acceso a ellas. Ya es tiempo que la gente tenga una vivienda temporal, no definitiva, pero por lo menos que posea una estructura que sea sana para la gente que reside en ella. En ese sentido, como joven profesional, creo que tenemos muchísimo que aportar. Primero, porque no estábamos en el shock que impresionó a los haitianos, y también porque la experiencia y los conocimientos se pueden traer y se pueden lograr maravillas. Y me parece que es una sociedad abierta para que los dominicanos y quien sea, venga y colabore con ellos en buscar soluciones a sus problemas.

¿Hasta cuándo seguirás en Haití?

De profesión, yo soy trabajadora social. Lo primero es que tan pronto tu trabajas con ayuda humanitaria una vez, es difícil dejarlo, porque la satisfacción que adquieres al ayudar directamente a la gente, no es algo que otro tipo de trabajo te pueda dar. Por otro lado, se trata de una decisión ética. No es suficiente traer tres camiones de agua y dos camiones de comida tres días después del terremoto, si no vas a dejar esa población en capacidad de seguir buscándose los medios para subsistir. Es una necesidad cerrar el ciclo con la gente a la que se ayudó. En términos profesionales… bueno: como a toda persona que se graduó hace uno o dos años, no nos es difícil entender que en Dominicana hay un techo de cristal; que resulta difícil desplazar a cierta clase de profesionales que están cómodamente instalados. Obvio que aquí hay más perspectivas de trabajo.

Históricamente la relación entre la República Dominicana y Haití siempre    ha sido tensa. Tras el terremoto, ¿cómo ves la relación entre ambos países?

Tenemos concepciones distintas de la historia, de la frontera, del descubrimiento y de todo. Y tú llegas aquí, tratando de ayudar, con el miedo incluso de ser rechazado y te encuentras con todo lo contrario. Creces pensando que todos los haitianos quieren cruzar la frontera y no es cierto. El sueño de los haitianos no es cruzar la frontera. Tenemos que sacarnos eso de la mente. Creo que la sociedad haitiana es una sociedad que tiene muchísimo que aportar en términos culinarios, culturales y tradicionales.

¿Somos tan diferentes?

La respuesta es ambigua: somos tan diferentes como somos tan parecidos. Yo creo que los dominicanos nunca van a respetar a los haitianos hasta que comprendamos el aporte de los haitianos y de Haití en nuestra economía. Tenemos que comprender la relación entre los dos países. Comprender que los problemas de desertificación aquí tienen un impacto allá. Que las epidemias, al contrario de lo que piensan algunos funcionarios, no conocen fronteras. Este es un momento clave para superar muchas de las tensiones históricas. Me parece que el agradecimiento que tienen los haitianos por la respuesta que dieron los dominicanos ante la tragedia es increíble.

Frank Báez (Santo Domingo, 1978), es escritor, psicólogo e investigador social con estudios de postgrado en la University of Illinois at Chicago. Premio Nacional de Poesía 2009. Coordina el Instituto de Opinión Pública (INOP) de Funglode.


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