Artículo de Revista Global 89

Entrevista con Roldán Mármol

«La bachata es una creación de sabor rural construida en medio de la marginalidad urbana»

Entrevista con Roldán Mármol

Roldán Mármol, reconocido cantautor dominicano, es presidente de la Fundación Cultural Cofradía, primera institución de multiservicios del sector cultural en el país. Una organización cuyo propósito es revalorizar, desarrollar y difundir la cultura popular dominicana en sus distintas expresiones a través de la construcción de una visión democrática, participativa, crítica y transformadora que articula a su vez el impulso de las industrias culturales y creativas. Mármol merecibe en la sede de su fundación, en la calle Manuel Rodríguez Objío de Gazcue, en Santo Domingo, donde conversamos acerca del género musical tal vez hoy más célebre en la República Dominicana: la bachata. Además de ser un gran compositor, músico y cantante, Roldán tiene una formación de sociólogo que incluye una maestría en sociología política, y su interpretación de este fenómeno «cultural» tiene implicaciones muy interesantes para mí, que estoy investigando desde una perspectiva antropológica la vida social en los bateyes del país.

¿Hay alguna conexión entre el género musical bachata y los bateyes?

La bachata tiene diferentes elementos de conexión con el batey, aunque nunca fueron investigados debidamente. Ante todo, hay que mencionar una identificación de los bateyes y de las comunidades rurales con el origen mismo del género bachata, especialmente con su sentido más antiguo ligado a los temas del amargue, del desgarramiento, de la soledad, de la victimización; un origen que tiene justamente que ver con ese proceso de urbanización que se dio en el país, en especial desde inicios de los años 60, y que está ligado al tema de la marginalidad urbana, al extenso cordón de miseria que se creó con los inmigrantes rurales, quienes fueron claves en la creación de este tipo de música. Un fenómeno socioeconómico, con implicaciones políticas, de tránsito rural-urbano que estaba estrechamente vinculado con el fin de la dictadura de Trujillo; un hecho culturalmente complejo que también se reflejó en el sentimiento de amargue que caracteriza la bachata.

Usted tiene una interpretación muy interesante acerca de la influencia indirecta que el régimen de Trujillo tuvo sobre la bachata, justamente por lo que se refiere a ese sentimiento de amargue y a ese lamento que constituye la base emocional originaria de la bachata.

El fin de la dictatura en 1961, después de 30 años de asesinatos, torturas y maltratos, implicó algo increíblemente revolucionario y libertario, pero no fue el fin de la represión política y social, ya que ese proceso fue castrado por el golpe de Estado contra el gobierno democráticamente elegido del profesor Juan Bosch y luego por la intervención norteamericana de 1965, y todos sabemos lo que significó el posterior gobierno de los famosos 12 años de Balaguer, de 1966 a 1978. Entonces, creo que durante todo ese tiempo en el que estuvo vigente un sistema semitotalitario y represivo, la carga humana y emocional, los sentimientos más profundos y el sufrimiento reprimido de las personas tuvieron que encontrar otra forma de expresarse. Lo hicieron a través de la música, especialmente a través de la bachata, con temas amorosos y de pareja, pero a la vez con ese fondo triste, con ese lamento y ese amargue que, en mi opinión, llevaba implícitamente una carga social. Y esa carga social, de alguna forma, se conectaba con el lamento que también se fue desarrollando en los bateyes como espacios de marginalidad, como lugares olvidados y deprimidos, políticamente inexistentes, como enclaves seudocapitalistas, donde lo humano era pura imaginación.

Todo esto está ahí, en la bachata, como parte de una célula no musical, sino sociocultural. Es algo que tiene que ver con el patrimonio intangible, difícil de percibir, pero que se desarrolla como una especie de memoria oral y se va transmitiendo de generación en generación. Así que yo pienso que los bateyes, con su población marginada, de alguna manera percibieron a través de la bachata ese sufrimiento que la sociedad dominicana en su conjunto estaba viviendo. Sabiendo, además, que a ese lugar oliente a caña, distante de la ciudad, se le sumaba la soledad, la nostalgia y la desesperanza traídas o heredadas, por muchos de sus pobladores, desde Haití, junto al machete y la sumisión que reinaba en cada rincón de los ingenios azucareros. De alguna manera, la bachata se convertía en el cordón umbilical de la pobreza.

En un sentido amplio, creo que es necesario decir que la relación bachata-batey, de muchas formas, ha estado marcada por un contexto sonoro isleño-caribeño tejido históricamente por el intercambio y la migración, donde se perciben los latidos de la música puertorriqueña, cubana y la misma africanidad caribe expresada en la ejecución mutada del requinto y los acentos rítmicos del bongó; así como las melodías y la melancolía del blues se fueron tejiendo entre los campos de algodón, desde la herida misma de la esclavitud norteamericana, hasta convertirse en un intenso y profundo lamento en los bares y barrios de New Orleans.

No es por casualidad que a este género se le conoce como «música de amargue». Hasta la forma de cantar y de modular la voz que tienen muchos autores es bastante significativa por ese tono casi sollozante y afligido; pero es en las letras y en el uso de un vocabulario semántico específico y recurrente donde se define de forma particular el género bachata. Pienso, por ejemplo, en el tema del alcohol, de la traición amorosa y de la violencia, entre otros. ¿Como se explican estos temas específicos, más allá del amargue?

En verdad, la bachata siempre ha estado ligada al alcohol y también a una idea muy machista de las relaciones de género; elementos que se asocian fácilmente a la violencia. El hecho es que el alcohol es un factor desinhibidor y plantea precisamente una conexión con el tema de la castración de los sentimientos, de las desilusiones y la frustración emocional de la que hablábamos. Se convierte en una herramienta que posibilita la expresión de los sentimientos más profundos; ese desgarramiento que tiene que ver con la crítica realidad de vida social, la cruda marginalidad, las limitaciones económicas, la deuda interminable, la separación familiar y las traiciones amorosas. Estas son las razones por las cuales cuando una bachata está sonando y escuchas que habla exactamente de tu situación, de tu misma vida, entonces es como una catarsis interior y de alguna manera se convierte en una herramienta de desahogo, que a la vez te permite vivir ese sufrimiento, construir algún mundo imaginario y compartirlo; y sin percibirlo racionalmente, ese compartir se torna en algo culturalmente significativo, como estabilizador psicosocial del individuo y su entorno. No es casual que un tema llamado Pena, del cantautor Luis Segura, se convirtiera en un éxito imborrable desde inicios del género hasta nuestros días.

Usted dijo que el origen geográfico de la bachata es urbano, aunque vinculado a la migración rural, y que el origen histórico se remonta a los años sesenta del siglo pasado. Por lo que se refiere al origen musical, a las influencias que la bachata recibió como género, ¿qué nos puede decir?

Antes que todo, yo diría que la bachata es una creación de sabor rural construida en medio de la marginalidad urbana. Respondiendo a tu pregunta, pienso que las influencias de la bachata son múltiples. Por un lado, está el bolero, con una fuerte incidencia entre las décadas de los 40, los 50 y parte de los 60, y con él la modalidad de los tríos. Al igual, el son y la guajira cubana, así como la música jíbara boricua o puertorriqueña, de la cual surgió el destacado cantante Odilio González, llamado el Jibarito de Lares, quien marcó a muchos intérpretes bachateros en los inicios, y aún mantiene una importante aceptación en el gusto popular dominicano relacionado con la modalidad tradicional de la música de amargue.

Por otro lado, cabe agregar que uno de los movimientos musicales que aportó de una manera especial a la creación popular y al desarrollo de la bachata, y que casi nadie señala, fue la ranchera mexicana, por la forma como aborda la realidad existencial, el amor, las emociones y los sentimientos. Y es un género que todavía se escucha mucho en Dominicana, especialmente en fiestas patronales y peregrinaciones religiosas en el Este. De hecho, la provincia de El Seibo es el único lugar donde ha permanecido la corrida de toros con la modalidad española. En el tiempo de la dictadura, y más especialmente en los años cincuenta, Trujillo trajo al país muchos artistas mexicanos, como Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía y Jorge Negrete, entre otros, que eran expresión artística predilecta del dictador, pero que tuvieron mucha influencia a nivel popular y un fuerte impacto en la creación del género bachata, ya que las rancheras también tienen una componente muy interesante por lo que se refiere a los temas del sufrimiento y del machismo.

¿Debemos excluir cualquier tipo de influencia procedente de África o de Haití?

¡Imposible! Todos los ritmos que forman parte de la cultura popular dominicana tienen una base negra, y la bachata no es la exclusión, a pesar de todo el consecuente sincretismo producido a nivel sociocultural con las influencias españolas y occidentales en sentido general. La bachata tiene unos patrones musicales y una forma percusiva que evidentemente conecta mucho con el legado cultural africano debido al sistema de esclavitud y de explotación que se dio en la isla desde los inicios de la colonización hasta parte del siglo XIX. Esto explica, por ejemplo, ciertos elementos vinculantes entre el género musical llamado merengue dominicano, en especial en su variante lenta denominada pambiche, y el estilo konpa, que es una especie de merengue haitiano. Así, la música de los trovadores o twoubadou, que puedes escuchar en Haití, de igual manera, tiene cierta cercanía con la bachata en la forma de cantar, en la intención de los sentimientos expresados y en el rol melódico y armónico de las cuerdas. En tal sentido, existe una base común a nivel cultural y musical entre África, Haití y República Dominicana, sobre todo en los bateyes, por la mezcla sociorracial y étnica que se ha dado con la bachata y estos espacios marcados por la exclusión y la marginalidad. Quedaría el reto de estudiar a profundidad los elementos vinculantes y diferenciadores de estos procesos musicales y socioculturales más allá del racismo, los prejuicios y estereotipos alimentados por siglos por las élites dominantes y los patrones analíticos colonizantes.

Hoy la bachata es un símbolo de la música y de la cultura dominicana en todo el mundo, pero sabemos que se trata de un éxito muy reciente, ya que, hasta hace unos años, en la misma República Dominicana, no se consideraba un género de calidad. ¿A qué se debía esto? ¿Tiene algo que ver con ese aporte africano y con el difícil tema de las relaciones entre Haití y la República Dominicana?

Sabes muy bien que en este país, por largo tiempo, y todavía hoy en día, se ha tratado de negar una conformación histórico-cultural de nuestra dominicanidad vinculada al aporte africano y a todo lo que se relaciona con lo negro. Esa también fue la razón por la cual la bachata, pero no solamente la bachata, sino gran parte del patrimonio intangible folclórico y danzario de este país, no tuvo y sigue sin tener un reconocimiento público relevante. La bachata, en su principio, fue negada, marginalizada, rechazada por las estructuras de poder y por toda la élite social, incluyendo la denominada «intelectualidad», de la cual no lograba escapar una buena parte de la izquierda política dominicana. Solo varias décadas después empezó su aceptación pública; pero, de hecho, aquí hay lugares y recepciones sociales donde aún no te colocan la música de bachata porque todavía la consideran un género vulgar. A la bachata le decían música «de guardia y de cuero», o sea, propia de los más bajos rangos de la estructura militar y de prostitutas.

En realidad, la bachata comenzó a trascender los límites de los sectores populares entre mediados de los años 80 y la década de los 90, con los aportes del gran cantautor Luis Terror Días, con su electroamargue, junto a la intérprete Sonia Silvestre, en la producción Yo quiero andar, las canciones de Víctor Víctor y la propuesta de Juan Luis Guerra y la agrupación 440 en su quinto álbum Bachata rosa, que logró un fuerte impacto a nivel internacional. Luego se produjo el retorno cultural de la migración dominicana con la formación del Grupo Aventura en 1993, que ofrecía un estilo de bachata urbana neoyorquina, desencadenando posteriormente el fenómeno de Romeo Santos, catalogado a nivel mundial como el rey de la bachata, a partir de losrating en el mercado. Como parte de este impacto en los medios de comunicación y en el mercado de la música, vale mencionar el rol jugado entre 2006 y 2007 por el reality televisivo que rebasó las expectativas de la producción, convirtiéndose en un toque de queda a nivel nacional, denominado el Bachatón, en el cual Luis Días y yo jugamos el papel central como formadores y jurados de los nuevos talentos de la bachata en la República Dominicana.

Raúl Zecca Castel es antropólogo, traductor y documentalista italiano. En 2015 la editorial Arcoíris publicó su estudio Come schiavi in libertà (Como esclavos en libertad), en el que investiga las condiciones de vida y de trabajo de los braceros haitianos empleados en las plantaciones de caña dominicanas.