Artículo de Revista Global 53

Entrevista: Emilio Cordero Michel

El historiador escaló «las montañas de Quisqueya» junto a Manuel Aurelio Tavárez Justo (Manolo) en diciembre de 1963, y fue de los pocos sobrevivientes. Reflexiona sobre el movimiento guerrillero, que considera estaba destinado al fracaso puesto que no contaba con una base social que distrajera al ejército. Realiza un paralelismo entre el fracaso de Las Manaclas y el de Ernesto Che Guevara en Bolivia por falta de apoyo y organización.

Entrevista: Emilio Cordero Michel

Sobreviviente del frente guerrillero de Las Manaclas donde masacraron al líder del Movimiento Revolucionario 14 de Junio –Manuel Aurelio Tavárez Justo– junto a doce de sus compañeros, Emilio Cordero Michel es un desmitificador de esta historia y actor controvertido del acontecimiento que marcó a sangre y fuego el despertar de las libertades democráticas en el país.

Se graduó de doctor en Derecho en la entonces Universidad de Santo Domingo, en la actualidad Universidad Autónoma de Santo Domingo (uasd), fragua en la que forjó una meritoria hoja de servicios. Historiador afanoso que a diario cataloga las informaciones publicadas en los medios impresos locales sobre sucesos del pasado. Sólido intelectual y académico, miembro de número de la Academia Dominicana de la Historia, de la que fue vicepresidente y presidente, y actual editor de su revista Clío, Cordero Michel accede a hablar con Global de un episodio de su vida del que poco se conoce, su participación en la guerrilla de 1963.

¿Cómo se vincula a la lucha antitrujillista y cuáles motivos lo indujeron a unirse a la guerrilla con Manolo Tavárez Justo?

Hubo un antitrujillista de la Juventud Democrática, que era una derivación de la Juventud Revolucionaria, que se llamó Rafael Mieses, alias Cucullo Mieses, quien vivía frente al hospital Padre Billini. Él fue quien me convenció de que debía ingresar a la Juventud Democrática. Lo mataron. Ya Chito Henríquez lo había hecho antes cuando yo tenía 15 años, pero papá se enteró y me leyó la cartilla. Me dijo que yo era muy joven en ese momento. Chito era del Partido Comunista Popular (pcp) y éramos primos. Ingresé entonces a la Juventud Democrática en 1945 y formé una célula integrada por Heriberto Weber Montilla, Gustavo Núñez Silva, Rafelito Franco (Franquito), entre otros. Yo era el secretario general. Vendí periódicos en las calles, ahí en El Conde, rodeado de chivatos y calieses. Papá se enteró de lo que estaba haciendo y me aconsejó que lo dejara, pero seguí hasta que caí preso. Hice tres viajes a Santiago en un avión Fokke de tres motores que tenía la Compañía Dominicana de Aviación (cda), un avión alemán de la década de 1930. Llevaba a Santiago dos maletas de periódicos del pcp y de la Juventud Democrática y se los dejaba al primo hermano Cordero Saleta. Entonces cogía un carro público y me iba a Moca donde mi tío y allí le entregaba en la escuela, durante el recreo, sesenta ejemplares del periódico a Violeta Martínez. Al tercer viaje me cogieron preso. Uno que se llamaba Juan Pou, del grupo de San Carlos, me fue a buscar y entonces llamaron a papá y él cogió para allá y me trajo a Santo Domingo. Me llevaron a la Fortaleza, donde estuve unos días preso. Antonio de la Maza, que estaba casado con mi hermana de crianza, habló con Trujillo y fui a parar a la frontera, donde estuve durante un año confinado en Tirolí o Villa Anacaona. Seguí siendo antitrujillista toda mi vida, aunque en 1956, cuando me casé con Josefina Peynado, hija de Julio Peynado e hijastra de Jesús María Troncoso, un gran personaje y funcionario del régimen, nos pusieron a Trujillo de padrino de boda. Yo no lo quise aceptar, pero me dijo la mamá que si quería boda tenía que chuparme a Trujillo, y me chupé a Trujillo. Ese día, él me preguntó si me gustaría participar en las Naciones Unidas como representante dominicano, dije que sí. A los dos días me nombraron secretario de la misión permanente ante las Naciones Unidas. Me fui para allá junto con mi esposa. Allá me reencontré con Alfonso Canto, compadre mío, que era antitrujillista y trabajaba como funcionario de la onu. Me agregué a escondidas a un grupo antitrujillista, llamado Frente Unido Dominicano. Ahí había muchísima gente de diferentes tendencias, desde comunistas hasta católicos. Ese Frente Unido formó parte del Movimiento de Liberación Dominicana (mld), y cuando triunfa la revolución cubana, comienza el movimiento y se incorpora mi hermano José.

¿Qué impidió que usted viniera junto con su hermano José Ramón Cordero Michel en la expedición de 1959, y cómo se enroló él en el movimiento expedicionario?

Se decidió que me quedara en Nueva York. Ya mi hermano (José Ramón) estaba enrolado. Estuvo en febrero en Puerto Rico y a principios de marzo se fue a Cuba. Me mandaba papelitos y notas cortas que tengo guardados. Se decidió que me quedara en el cargo de primer secretario, porque se esperaba que pudiera sacar muchísimas informaciones de los archivos de la oficina. Total, no había nada. Solo había una cosa de interés que saqué y fotocopié. Se la di al Gobierno cubano, ya que fue un acuerdo firmado por el embajador Enrique de Marchena con su homólogo francés para que la República Dominicana apoyara a Francia, que se oponía a la independencia de Argelia. Se hizo a cambio de los famosos tanques MX, de los que todavía quedan algunos en la Fuerza Aérea. Saqué ese documento y los cubanos lo publicaron. Después vine al país cuando me dejó entrar Balaguer, el 31 de diciembre de 1961, y me incorporé al 14 de Junio. Hablé con Manolo en Nueva York cuando él fue con Viriato Fiallo. Entonces el Frente Unido se reunió con Manolo a escondidas de los demás acompañantes del 14 de Junio y del grupo de la derecha que andaba buscando apoyo del Departamento de Estado. Como le prohibieron a Manolo que se reuniera con los comunistas, salió del hotel donde se hospedaba en horas de la noche y estuvimos con él en la casa de José Espaillat, donde amanecimos hablando. Se acordó que debíamos venir nosotros. Mandamos una carta a Balaguer estando Trujillo vivo, eso fue en 1960, para que autorizara nuestra entrada y garantizara nuestra vida. Balaguer lo que hizo fue promulgar un decreto nombrando a 13 personas, de las cuales yo era el número tres, que no podían entrar al país por comunistas, anarquistas, etcétera. Viendo la experiencia del Movimiento Popular Dominicano (mpd), que levantó un movimiento amplio, nos planteamos que si eso logró Máximo López Molina –que no era muy conocido en Santo Domingo–, nosotros, que veníamos de un grupo de pequeños burgueses de Santo Domingo, criados en Gazcue, levantaríamos ese sector al que pertenecíamos.

¿Qué sucedió entonces con la negativa de su ingreso al país y cómo logró entrar al suelo patrio?

Vine aquí porque Estados Unidos me deportó, no por delincuente, sino porque había participado en varias cosas. Por ejemplo, cuando Bahía de Cochinos fui a piquetear a Kennedy en Washington. Ahí hubo una pelea con varios cubanos opuestos a Fidel Castro. Caí preso y me ficharon. Recurrí al asilo en Estados Unidos. Después, cuando ajusticiaron a Trujillo, Balaguer fue allá un 10 de noviembre con un grupo de funcionarios. Un montón de gente del 26 de Junio y del movimiento independentista de Puerto Rico, incluso norteamericanos, fuimos a piquetear a ese grupo. Yo descubrí un militar que creía que era Pechito (Luis José León Estévez), pero era su hermano. Le caímos atrás y se metió en un taxi. Alcanzamos el taxi y lo volteamos para sacarlo a golpes. En eso llegaron como diez patrulleros y fui uno de los que apresaron. Entonces, ya estaba fichado dos veces. Tenía que ir todos los meses al Departamento de Migración. Me mudaba a cada rato y no iba a ningún lado. Un día me descubrieron en una empresa donde trabajaba bien y ganaba 92 dólares semanales; bueno, de ahí me sacaron un día. Mi esposa Josefina estaba allá. Entonces me llevaron esposado al aeropuerto. Josefina se regó y dijo que ella tenía que venir. Yo dije: si ella no va, hay que matarme. Hasta que bajaron a alguien y subieron a Josefina. El avión, que era de la Varig, iba a São Paulo y hacía escala en Santo Domingo. Venían otros exiliados de Nueva York. Cuando llegó el avión, el 31 de diciembre a las ocho de la noche, para abastecerse de combustible, el aeropuerto estaba militarizado. Nos metieron en un cuarto en donde estaban Tulio Arvelo, Máximo López Molina y José Espaillat. Había gente del mpd y del pcp que esperaba la llegada del avión para subirnos a todos y enviarnos a Brasil. La tripulación se negó. Y en eso llegó el amanecer. El avión no despegaba. Una señora que trabajaba en la Varig, que era amiga de mi esposa, nos vio y llamó a nuestros familiares. Entonces se enteraron de la situación y cogió todo ese molote de gente al aeropuerto, en fin, como a las nueve de la mañana nos trajeron en guagua hasta el Palacio Nacional, donde Polibio Díaz, que era el consultor jurídico, nos leyó la cartilla. En ese momento había una crisis política del carajo en el país. Estaba el Consejo de Estado de Balaguer y se decía que Rodríguez Echavarría conspiraba. Me dejaron en el país. Me dijo Polibio, que era amigo de papá y de mi suegro, Julio Peynado: «Mira, Corderito, dizque tú eres de los guapos, anda con pies de plomo porque a la primera falta te deportamos». Estuve como un mes sin hacer nada.

De vuelta al país y en ese escenario de crisis política, ¿en qué momento asume la determinación de integrarse a las guerrillas que surgen después del golpe de Estado de 1963?

Ya incorporado al 14 de Junio, me eligieron miembro del Comité Central de este partido, donde estaba cuando ocurrió el golpe de Estado. Se formaron los grupos guerrilleros. Estaba opuesto a la lucha armada en ese momento histórico. Tanto yo como Benjamín Ramos nos oponíamos porque no había base social para el movimiento. Y nos opusimos más cuando mataron a Kennedy. Planteamos que en ese momento era cuando menos se debía hacer la guerrilla. La decisión se había acordado en la infraestructura del 14 de Junio. Éramos un grupo que se reunía originalmente en la casa de Fidelio Despradel, que vivía por la Cervecería. Después decidimos hacer las reuniones en la casa de Juan Miguel Román, en la Rosa Duarte. Luego tuvimos que cambiar porque ahí era peligroso.Resolvimos reunirnos en mi casa, ya que vivía detrás de mi suegra, en la César Nicolás Penson, que entonces era un monte. El comité de infraestructura se reunió y me opuse a la lucha armada en ese momento. Se había acordado primero realizar una serie de movilizaciones populares para ir despertando la conciencia de las masas de forma que apoyaran ese movimiento. Nada de eso se hizo. Se fue a la guerrilla por compromiso, con gente que no tenía preparación militar. Compañeros que no tenían salud para estar en la guerrilla, que a los cuatro días había que echárselos casi al hombro. El caso de Fonsito Peña, en Santiago, que fue con un solo riñón funcionando mal. Eso fue lo trágico de la guerrilla. No las mentiras que se dicen y se repiten. Tony Raful puso a circular un libro en el que refuta esas mentiras. Que las armas no servían, que los cartuchos estaban llenos de arena en vez de pólvora, todo eso es mentira. ¡Mentira! Las armas estaban en perfecto estado. Ahora, no eran las armas modernas que aparecieron en la guerra civil del 65. Fui a la guerrilla porque me había comprometido con Manolo a ir con él donde quiera que fuera. Jaime (Jaime Ricardo Socías), su cuñado (casado con Ángela), Leonte Schott y yo habíamos decidido ir para apoyar a Manolo, defenderlo de cualquier cosa que pudiera pasarle. Inclusive de alguien del grupo guerrillero de quien uno tuviera dudas. Fui convencido de que podría morir, porque eso era una locura. Me salvé de casualidad. Raful dice en su último libro que me salvé milagrosamente. Y es verdad. Me hirieron en un brazo, me dispararon en el hombro, otro disparo me tumbó la gorra, hasta que un sargento que se llamaba Julio César Tapia le quitó el fusil al guardia que me estaba disparando, por eso me salvé. Pero la orden era matarnos a todos. Después que el gobierno de Johnson reconoció al Triunvirato, el 16 de diciembre de 1963, se decidió que no bajaran a ninguno vivo de Las Manaclas. El único que se opuso, porque ahí se habló de que ninguno bajase vivo, fue Emilio de los Santos, que luego renunció cuando la masacre del 21 de diciembre de 1963.

Se dice que había un pedido de rendición, que se les respetaría la vida a los que se entregaran, que hubo contradicción entre quienes querían rendirse y quienes optaban por continuar la lucha. ¿Qué sucedió en ese momento crucial?

Tavares Espaillat leyó el discurso y se tiraron volantes. Solo vi un volante después, pero por donde anduvimos nunca encontramos uno. Veíamos las avionetas y nos imaginábamos que estaban buscándonos, pero también se lanzaron volantes que decían que a los que se rindieran se les respetaría la vida. Hubo algunos que dijeron que no se rendían. El grupo de Báez llegó a Mao; Ariza llegó a Santo Domingo y se entregó, también Peláez llegó aquí y se entregó. Tengo interés en conseguir mi diario, lo tiene Ramiro Matos. Se lo he dicho en su cara. Él tiene mi diario de campaña. Ahí escribí que Manolo me había pedido que yo fuera con tres compañeros. Escogería a los mejor entrenados para ir a Los Montones Abajo, donde vivían unos primos de una prima hermana mía, apellido Herrera, para llegar a Santiago y buscar la forma de conseguir ayuda, a fin de meter a Manolo a Santo Domingo. Eso fracasó.

¿Cómo se decidió la rendición? ¿Estaba Manolo de acuerdo con esa decisión? ¿Qué pasó realmente en ese momento antes de la masacre?

Le dije a Manolo que yo iría adonde él fuera. Yo planteé la rendición en el grupo. Le dije que junto a tres personas me comprometía a introducirlo a Moca, donde tenía familiares con negocios de camiones, para meterlo oculto a Santo Domingo. Él, que era un hombre sumamente noble, dijo que no podía abandonar a sus compañeros, no quería dejarlos porque había algunos que no podían caminar. Como yo era el comisario político de la guerrilla, se decidió que fuera con tres personas que escogiera a negociar la rendición con el oficial que comandaba el grupo de la zona. No sabía que era Ramiro Matos. Escogí a Alfredo Peralta Michel, primo segundo mío; Leonte Schott Michel, primo hermano; y a Monchi, el chofer de Manolo. Eran los más fuertes y los que habían demostrado más entereza en esa marcha tan forzada. Ya sabes lo que pasó, mataron a los tres que iban conmigo y yo de chepa me salvé. Estuve preso y fui de los deportados en mayo con el grupo de catorcistas, del mpd y del prd. El avión despegó de la Base Aérea de San Isidro, era una nave panameña que fletó el Triunvirato, aunque ya no era Triunvirato pues habían renunciado Tavares Espaillat y Tapia. Nos deportaron y fuimos a parar a Lisboa. De ahí nos repartimos y Juan Miguel Román −que está muerto− Fidelio Despradel y yo fuimos a Cuba con pasaportes falsificados tratando de despistar a la cia. Total nada, el encargado de seguridad del Gobierno cubano en España, que daba las visas y los pasaportes, después se pasó con todo y archivo a la cia. En Cuba, donde vimos a varios militares como Barba Roja [Manuel Piñeiro Losada], al Che, no así a Fidel, participamos en la Lucha Contra Bandidos (lcb). Había una zona en la que estuvo el grupo del Directorio Revolucionario con dirigentes que hicieron muchísimas cosas mal hechas y que no crearon conciencia en la masa campesina. Por eso los norteamericanos y la cia metieron un grupo antirrevolucionario al que le «bombardeaban» alimentos y armas. Se formaron cercos en una lucha que duró casi cuatro años hasta que se limpió esa zona. Ahí participamos en un batallón en la lcb y pudimos haber muerto. No nos vimos envueltos en combate, pero sí en varios cercos.

A casi 50 años de Las Manaclas, hecho del que usted fue protagonista de primera línea, ¿cómo valora ese hecho? ¿Cree que fue necesaria aquella lucha heroica?

Fue extemporánea la sublevación. Todo movimiento armado que no cuente con una base social, con un movimiento interno que se manifieste, incorpore sectores a la lucha y distraiga al Ejército con acciones militares, está destinado al fracaso. Todos han fracasado aquí y en todas partes. Incluyendo al Che Guevara en Bolivia, que fracasó por falta de apoyo del Partido Comunista boliviano. No era el momento adecuado para una lucha insurreccional. No es que estuviera opuesto al uso de la lucha armada, sino al momento. La zona era ideal para la lucha armada, sobre todo donde estábamos nosotros. Ahí, con base social y alimentos, a nadie lo sacan. Mira el caso de Caamaño, tenía que estar arrasando conuquitos viejos, sin comida y sin ningún apoyo. Esa fue la causa fundamental del fracaso. Ahora, Manolo se había comprometido con el famoso discurso de 1962 cuando dijo que sabía dónde estaban las montañas de Quisqueya, y además un grupo de la infraestructura del Comité Central lo forzó a ir a la guerrilla en ese momento, que no era el apropiado. Lo forzó a ir porque si no lo iban a acusar de cobarde. A Manolo le dije esta frase en la montaña: «Tú eres el Lumumba dominicano, a ti te matan como quiera». La tesis que se planteó fue que si se rendía el grupo completo no nos matarían. Dije entonces: «Te matan con uno, con 10 o con 50. Tú eres el Lumumba dominicano, tú estás sentenciado a muerte». Pero Manolo fue muy noble, él no quiso abandonar a sus compañeros. Jaime, su cuñado, estaba desbaratado físicamente; Fonsito también tenía problemas de salud; Tony Barreiro, que era campeón de buceo, era un tipo pequeño y muy delgado. No aguantaban caminar en la montaña con 40 libras en una mochila al hombro y un fusil. Había gente que no estaba capacitada militarmente ni entrenada físicamente. Yo tenía entrenamiento físico y militar. Había entrenado en Cuba y en Nueva York. El que no ha caminado montaña a los dos días tiene los pies hinchados. Eso pasó con muchos. ¡Esa guerrilla fue casi una aventura romántica! Dizque se contaba con apoyo militar de un capitán que era del batallón antiguerrillero Mella, que estaba asentado en San Cristóbal. Iban a andar con la manga izquierda arremangada como reconocimiento. Eso no pasó. ¡Fue extemporánea la guerrilla! Así ocurrió en casi todo el mundo guerrillero en América Latina. Se seguía el modelo cubano, que fue único porque Cuba tenía unas condiciones que no existían aquí. Cuando Fidel Castro se alza en Sierra Maestra, en Cuba había un partido 26 de Junio con apoyo general en todo el país, que le enviaba armas, medicina, combatientes, hacían huelgas, eliminaban y ajusticiaban asesinos. Eso no sucedió aquí.

Daniel Johnson Benoit estudió Comunicación Social en la uasd y ha ejercido su profesión en los periódicos Hoy, Última Hora y El Siglo. Actualmente es editor de provincias del periódico Listín Diario. Se ha desempeñado como relacionista público en varias instituciones públicas y privadas. Trabaja como analista de prensa en la Dirección de Información, Análisis y Programación Estratégica (diape). Estudió teología y realiza labores eclesiásticas en la Iglesia Bíblica Misionera del ensanche Luperón, en Santo Domingo.