Artículo de Revista Global 9

Entrevista: Marcio Veloz Maggiolo/Mano a mano

Global inaugura una sección de entrevistas con un "mano a mano" que realizó la revista española Quórum entre el escritor Marcio Veloz Maggiolo y el sociólogo y director de la revista, Carlos Dore Cabral.

Entrevista: Marcio Veloz Maggiolo/Mano a mano

La conversación, que tuvo lugar en la biblioteca de Funglode, aborda temas como la dimensión cultural de la República Dominicana; el aislamiento, por un lado, y la hibridación, por otro; la cuestión haitiana; la influencia de Estados Unidos y un fenómeno muy peculiar: la condición de intelectuales de algunos de sus dirigentes.

Marcio Veloz Maggiolo. En América Latina no es extraño encontrar intelectuales dedicados a la política. En Venezuela, Rómulo Gallegos, un importante novelista, fue presidente de la República y hay toda una tradición de intelectuales que formaron parte del cuerpo diplomático. Creo yo que se debe a que en sociedades semianalfabetas el intelectual tenía una gran dimensión. Era una especie de representante de la conciencia popular y había una predisposición a utilizarlo. Por ejemplo, en la República Dominicana, Manuel de Jesús Galván, el autor de Enriquillo, fue ministro de Asuntos Exteriores, y Tulio Manuel Cestero, autor de la excelente novela La sangre y nuestro primer autor modernista en la prosa, fue político y diplomático. La tendencia a que los intelectuales estuvieran cerca del poder ha sido muy importante en nuestro país.

Carlos Dore Cabral. Y hablando del caso específico de Juan Bosch y Joaquín Balaguer, cuando empezaron a formarse como políticos, la intelectualidad jugaba un papel muy significativo en toda la vida nacional. Era un momento en que el positivismo filosófico tenía una gran fuerza y había arraigado su idea de que América Latina y, por supuesto, la República Dominicana tenían que ser ordenada como sociedad, aún fuese por una mano fuerte que condujera a la Nación. Esa postura, la de Spencer y Comte, de alguna manera instaba al intelectual a participar en la política. El impulso de esa postura es evidente, sobre todo en el caso de Bosch, pues en sus obras y en sus actuaciones públicas aparece muy clara una especie de guerra, de pleito, entre su vocación de intelectual y su vocación política. Bosch se formó primero como intelectual, como literato, como cuentista, y llegó a ser muy importante en los años treinta, antes de salir del país. Durante la dictadura de Trujillo comenzó a jugar un papel político abierto y, paradójicamente, cuando decidió volver e integrarse definitivamente dejó de ser literato.

V. M.- En efecto. Escribió un último cuento, que le pidió el pianista y escritor Manuel Rueda, y no volvió a la literatura. Pero Bosch fue un político y un intelectual muy diferente a Balaguer, que a los 16 años ya estaba en las barricadas y fue uno de los personajes básicos de la primera campaña de Trujillo. Era un orador al estilo de Castelar: ampuloso, con mucho conocimiento de la cultura hispánica era un gran hispanista y tiene un libro muy importante sobre la métrica castellana. Por otra parte, Bosch fue un autodidacto y desde joven un maestro del cuento; su vocación política se desarrolla mucho más tarde. García Márquez lo ha reconocido como su maestro en el cuento y lo ha considerado a la altura de Horacio Quiroga y de los grandes cuentistas de América.

Caridad Plaza.- ¿Qué aportaron uno y otro a la cultura dominicana?

V. M.- La obra de Bosch es más densa, más coherente. Balaguer es un escritor con muchas fallas. Es un poeta execrable, con perdón de la palabra, y no fue un literato aceptable. Fue un biógrafo, un conocedor de la crónica, de la literatura clásica. Se metió en la antropología, aunque con pocos aciertos. Es un escritor con una visión atrasada de la cultura, de derechas, en la mayoría de los casos racista. Mientras que Bosch es un hombre de avanzada, primero de izquierda moderada y luego, tras el golpe de estado que lo derrocara, de posiciones más radicales. Yo creo que, además, Bosch es un ideólogo, un hombre que creó el primer texto sobre las clases dominicanas, en el que refleja cómo era la sociedad. Pero también escribió El Pentagonismo, fase superior del imperialismo, que es un libro contra la intervención norteamericana. Es un teórico que escribió sobre Bolívar y la guerra venezolana. Bosch, para mí, es culturalmente y sin altibajos una figura relevante, y Balaguer no lo es.

D. C.- Para establecer esa diferencia entre Bosch y Balaguer, diríamos que Balaguer se empina sobre la política, se sirve de ella, para hacer que su obra literaria se conozca y se reconozca, mientras que Bosch se empina sobre su obra literaria, conocida y reconocida internacionalmente y prácticamente terminada cuando vuelve al país, para dar fuerza a su labor política; la que inició posteriormente estuvo dedicada a la sociología y a la historia. Cuando uno lee algunos de sus cuentos, sobre el campesinado o sobre la condición de la mujer, se queda asombrado. En un país con una sociedad completamente pre-moderna, esos cuentos pueden compararse con los de los mejores escritores.

P.- Se puede afirmar que uno era sólo un erudito y el otro, además, era un genio.

V. M.- Se puede hacer esa interpretación porque Bosch, además de un genio, era un hombre muy culto, no con una cultura académica, sino adquirida como estudioso y porque era un gran lector y un hombre con una visión clara de la sociedad. Son figuras muy diferentes, aunque tengan cierto paralelismo. La creatividad es, digamos, un punto clave para diferenciarlos.

D. C.- Balaguer era un erudito, sin duda, pero las cosas que hizo al final niegan su condición de tal. Por ejemplo, hizo un trabajo que tituló la Isla al revés y que trata de las relaciones dominico-haitianas, que es una reedición del que había escrito en los años cuarenta llamado La realidad dominicana; y no se tomó siquiera la molestia de actualizar la bibliografía. Es un libro reescrito en la década de los años ochenta con una bibliografía de finales del siglo XIX.

V. M.- No se puso al día y tiene un libro que se llama La raza inglesa, que es un disparate. No hay raza inglesa, las razas no tienen nacionalidad. Y cuando habla de los haitianos, de los negros, habla de razas inferiores y superiores y dice que el pueblo de Baní, que fue fundado por canarios blancos, es al que hay que imitar porque allí está la flor de la racialidad. Cuando pones en una balanza la obra de Balaguer te das cuenta de que hay mucho desperdicio, basura. Bosch, sin embargo, es un escritor moderno, al día, que piensa y analiza los problemas cotidianos.

D. C.- Bosch estuvo muy influenciado por Eugenio María de Hostos, un escritor puertorriqueño que vivió mucho tiempo en la República Dominicana y que fue el que difundió el positivismo en nuestro país. Fue alumno de profesores que habían sido educados por Hostos y, cuando salió del país, dirigió una edición de la obra de este escritor en Cuba. Bosch siempre decía que Hostos había jugado un papel cultural de tal envergadura en la República Dominicana que había sido como llevar un Buick moderno a un país donde todavía se trasladaban en burros y caballos. Hostos llegó a una sociedad premoderna con un pensamiento moderno y así mismo cuando Juan Bosch volvió del exilió a inicios de la década de 1960, jugó un papel semejante al que había jugado Hostos. Trajo un pensamiento nuevo a una sociedad muy atrasada en todo sentido; uno de sus aportes principales fue aplicar las ciencias sociales de la época al análisis de las cuestiones políticas de entonces, así ayudó a que los dominicanos y dominicanas dejaran de ver la situación política de entonces a través del estrecho prisma de trujillistas (seguidores del dictador Rafael L. Trujillo) y antitrujillistas (quienes se oponían al tipo de régimen que Trujillo mantuvo en el país por más de treinta años) y pasaran a verla a través de las estructuras sociales sobre las cuales estaba montada la sociedad de entonces. Fue el primero que habló de clases sociales, utilizando términos muy sencillos y muy entendibles para los dominicanos: llamó hijos de Machepa a los pobres y tutumpotes a los ricos, y eso hizo comprender a muchos jóvenes, entre los que nos encontrábamos, que lo que se debatía en el país no era si eras trujillista o no, sino quién poseía la riqueza y quienes no tenían nada.

V. M.- Bosch se convirtió en un maestro de escuela y nosotros encendíamos la radio estoy hablando del año 61 para oírle y aprender tras 30 años de oscurantismo. Hablaba en términos simples, sabiendo que se dirigía a analfabetos, a campesinos que debían entenderle. No hablaba como un teórico y ese fue su éxito. Como dice Carlos, utilizaba el término hijo de Machepa, porque una machepa aquí es una persona a la que nadie conoce. Y el vocablo tutumpote lo usan los dominicanos para definir a alguien que tiene mucho poder, que tiene dinero. Viene del latín viejo y se quedó entre el pueblo. La literatura de Bosch también es así y en su novela La mañosa utiliza ese mismo vocabulario, una prosa un poco costumbrista, que hace que la gente aprenda y lo interiorice.

D. C.- Bosch cambió la tónica y con ella el auditorio. Los políticos ampulosos, al uso, se dirigían a un auditorio muy reducido, a personas educadas que podían entenderles. Él, sin embargo, se dirigió a todo el pueblo y su gran aporte fue el de un educador popular. Cuando los extranjeros preguntan por qué a los dominicanos les gusta tanto la política y hablan tanto de política, yo creo que la respuesta hay que encontrarla en Juan Bosch y en su labor de educación política popular.

V. M.- Y eso es positivo. El que está interesado en la política está interesado en sí mismo y en los demás. En este país hay unas confrontaciones terribles y es natural y ¡ojalá! continúe así porque si nos callamos la boca, volvemos al pasado.

D. C.- Esto ha sido muy importante para el mantenimiento de la democracia en la República Dominicana. El hecho de que los dominicanos siempre estén dispuestos a defender sus puntos de vista es, en parte, el ejemplo de Bosch, una herencia boschiana, que se propuso conscientemente que fuera así.

P.- ¿Hay una manera de ser caribeño y, por tanto, una cultura caribeña?

V. M.- Es una pregunta difícil. El Caribe es una conformación colonial: España, África, los grupos indígenas que estaban hibridados ya desde hacía 4,000 años antes de Cristo, los daneses, los franceses, los holandeses, los españoles, todos marcaron el Caribe con la presencia de un fenómeno que fue el de la esclavitud. Nosotros somos mestizos. Decía un poeta que todos tenemos el negro detrás de la oreja y no es verdad, tenemos el blanco detrás de la oreja, o tenemos algún color de piel parecido al blanco, porque España era igualmente mestiza, no totalmente blanca. Somos una sociedad mestiza conformada por muchos valores: los valores de la presión colonial, que se impusieron, y los valores de la defensa, la pervivencia de unos valores locales, la respuesta de la gente. Yo creo que las migraciones fueron el factor fundamental de lo que llamamos el Caribe, en donde se habla inglés, francés, español y varias lenguas criollas, y en donde la unidad viene dada por la historia, más que por la cultura. Tenemos cosas en común, pero el hombre caribeño de las costas colombianas es diferente al de Jamaica o al de Guadalupe. Incluso pueblos con historia parecida, como Jamaica y Trinidad Tobago, tienen grandes diferencias. Yo creo que lo que caracteriza al Caribe es el gran mestizaje y, desde luego, la hibridación. El coloniaje nos definió históricamente, pero la diversidad es un elemento que no podemos desechar.

D. C.- Eso se puede entender mejor diferenciándolo del entorno en el que nos encontramos y al cual estamos geopolíticamente adheridos, que es América Latina. El Caribe es una conformación que se diferencia de América Latina porque el colonialismo no se dio de igual manera. Prácticamente en todas las islas los aborígenes desaparecieron y no fueron una parte importante de la cultura del área del Caribe ni de su historia. Sin embargo, en otros lugares de América Latina la situación es diferente. Los aborígenes son una parte central y los negros, los esclavos, no jugaron un papel clave.

P.- ¿Son diferentes los países latinoamericanos que tiene un fuerte componente indio de aquellos que lo tienen negro?

V. M.- Sí, y lo son también sus manifestaciones musicales. En el Caribe lo fundamental es el tambor, el ritmo, la percusión, y eso es africano. Y la hibridación. ¿Qué es el bolero o el merengue? Un híbrido en el que entra el tambor africano, la güira, el acordeón, que es alemán, y antes la guitarra española. Esa mezcla se da en la zona costera. En la zona andina todavía se bailan ritmos muy indígenas, donde no hay movimiento de cintura. El llamado “bacunao”, que es totalmente africano. El ritmo africano está en la cintura, en las nalgas de la mujer, y ese es el mundo antillano, caribeño, el de la costa colombiana desde la Guyana hasta Belice, y el de Brasil.

D. C.- Lo fundamental es la variedad de las dos procedencias básicas, que son Europa y África, y la transformación que se produce al unirse. Pero, además, en el curso de la historia hay otra influencia importante, la de Estados Unidos que, por la proximidad, ha entrado con mucha violencia y ha ido imponiendo sus modelos y sus valores. El Caribe es una zona abierta, muy expuesta y nuestras migraciones son mayoritariamente hacia Estados Unidos.

V. M.- La guerra hispanoamericana fue un factor importante en el dominio norteamericano. En Cuba no duró tanto, pero se quedó en Puerto Rico, y en Filipinas ni siquiera se habla ya el tagalo, ni el español, que fue lengua colonial, sino el inglés. Ha sido un golpe muy fuerte, sobre todo para el idioma, y ahora es mucho más por la presencia de Internet y de los 200 ó 300 canales de televisión. Y nosotros estamos incapacitados para bloquear esa fuerte influencia porque es muy difícil contrarrestar la globalización. En mi opinión, la única manera de enfrentar este fenómeno es incrementando los factores de la nacionalidad, de identidad, pero con una política transformadora y no sólo con el tradicional uso del espectáculo y el carnavalismo. Para la cultura se necesita un capital humano de nuevo cuño. Y eso tiene que ser un proyecto con estudios sociológicos de fondo, y no con formas personalizadas y tradicionales.

D. C.- Hay que entender la nacionalidad de forma moderna, no tradicional, y ampliar la concepción de lo que es ser dominicano para que no sea sólo el que habla español y ni siquiera el que vive en nuestros límites territoriales. Es también dominicano el de la diáspora y eso conformaría una nacionalidad, a mi modo de ver, no más débil, sino más fuerte, más amplia, con mayores recursos, con más posibilidades. En Estados Unidos hay dominicanos que forman parte de gobiernos locales y siguen siendo dominicanos. Nuestra sociedad es una sociedad transnacional, que existe más allá de nuestras fronteras.

V. M.- Es necesario fomentar la identidad dominicana en Estados Unidos, por razones políticas y culturales, pero también económicas, por la importancia de las remesas en la economía dominicana. Si se pierde la identidad, si no se consigue que el nieto mantenga una sensibilidad dominicana, las remesas se disolverán. Por eso, entre otros puntos que pueden parecer interesados, hay que crear un ámbito de recuperación de lo dominicano. En Nueva York, por ejemplo, la gente come mondongo, yuca sancochada, se oye merengue en las calles. La identidad dominicana es fuerte. El dominicano transformó Manhattan.

D. C.- Los dominicanos son el grupo de emigrantes más importante de Nueva York y de Nueva Jersey. Hay un millón de dominicanos y, además, están concentrados en un barrio de Manhattan, el Washington Heights, que fue un barrio judío y en el que hoy los dominicanos son más del 70 por ciento. Las remesas son, dependiendo de los años, el primero, el segundo o el tercer recurso de divisas de la República Dominicana. Nunca han dejado de estar entre los tres primeros. De ahí la importancia de la identidad. En la medida en que esa identidad se refuerce y pueda trasmitirse a los descendientes seguirá existiendo ese elemento tan importante para la economía dominicana.

P. ¿Hay una literatura caribeña?

V. M.- Tal vez sí, pero se refleja de diferentes formas. Hay autores, como Patrick Chamoiseau o Rafaël Confiant, que creen en la creolité, en la criollidad, y plantean la necesidad de una lengua criolla. Hay otros como V. S. Naipaul que parece renegar un poco de su origen trinitario (Trinidad-Tobago); son dos altas figuras, y la última, el autor de Omeros, Derek Walcott, es tan inglés como caribeño, y son ambos modelos de la lengua inglesa y no de la lengua criolla. El primero tiene ancestros hindúes, los otros africanos. Nosotros no tenemos lenguas créole. Estamos directamente ligados a España. Pero hay una manera de decir y entender las cosas que tal vez sea caribeña. Dice García Márquez en El general y su laberinto que el Caribe es “el centro de gravedad de lo increíble”.

P.- Y, volviendo a la diáspora. ¿Hay alguna diferencia entre los dominicanos que escriben en Estados Unidos y los que escriben aquí?

V. M.- Son dominicanos los que escriben aquí, en español, y los que escriben en Estados Unidos, que pueden hacerlo en inglés o en español. La lengua ha sido tradicionalmente uno de los elementos de unificación de una nación, pero, en este caso, se ha producido el fenómeno del dominicano que escribe en inglés. Y quizá haya también alguna diferencia, en cuanto a los temas. Julia Álvarez o José Acosta que acaba de ganar aquí el premio de cuentos hablan, sobre todo, de la vida de los dominicanos en los callejones de las ciudades de Estados Unidos. Pero siguen la tradición del cuento, que aquí, en la República Dominicana, es mayor que la de la novela.

D. C.- Y fue precisamente Marcio Veloz Maggiolo uno de los que rompió con esa tradición. Tú eres uno de nuestros mejores novelistas y de los primeros que decidiste hacer novela, siendo todavía un muchacho.

V. M.- Yo escribo novelas desde principios de los sesenta y hay algunos elementos que influyeron en ello. Primero porque me gustaba hacer algo novedoso, desde el punto de vista de la creatividad. La literatura dominicana, que yo estudié, era una literatura anecdótica porque en el país había temor a abordar temas universales. En el año 1960, tal vez porque había leído mucha novela bíblica mi madre era evangélica y mi padre librepensador se me ocurrió escribir un relato largo, que salió novela, titulado El buen ladrón. Comencé a trabajar y se me transformó en novela. Y entonces pensé que podía seguir haciéndolo. Yo tenía vocación de escritor e intenté romper con las viejas tradiciones de la novela dominicana, con el realismo, y hacer experimentación. Escribí Los ángeles de hueso, cuyo protagonista es un personaje alucinado que habla de un hermano guerrillero muerto en las montañas.

P.- ¿Cuál es su novela más querida?

V. M.- Uno siempre cree que la última es la mejor. Me gusta mucho Materia prima, y también La mosca soldado, que acaba de salir con Siruela en España.

P.- ¿Por qué momento pasa la literatura dominicana?

V. M.- Me parece que marcha muy bien. Hay muchas publicaciones, muchas traducciones. Tenemos un cuentista, José Alcántara Almánzar, que me parece magnífico. Los novelistas Andrés L. Mateo, Carlos Esteban Davis y Efraín Castillo son excelentes, lo mismo que Pedro Peix y Ángela Hernández.

D. C.- Y, además, cosa inédita hasta hace poco, hay varios escritores dominicanos que están siendo publicados por editoras internacionales.

V. M.- Alfaguara edita aquí pero sólo publica el libro en el país, y si la novela tiene una gran dimensión la distribuye en todos los países de lengua castellana. Yo creo que eso no es bueno porque parece que es como una prueba. Si un libro es bueno para su publicación, es bueno aquí y allá. Yo nunca acepté eso. Cuando pude publicar fuera lo hice con Siruela, que es un editorial que no tiene empresas locales. Pero las editoriales son un negocio y, además, los hispanohablantes no tenemos la tradición de los anglosajones, a los que lo único que les interesa es la lengua en la que se escribe. Tienen escritores a los que promocionan internacionalmente, isleños, hindúes, de cualquier sitio, porque tienen la visión de la lengua más que del país de origen. Los hispanos tenemos una visión segmentada, fronteriza. A mí me dijo una vez Carlos Fuentes que en Chile había entre siete y diez novelistas, de gran fuerza, y que sabía que no todos saldrían de Chile. Eso pasa en cada uno de los países latinos. Los escritores escriben para su país y para su cultura, no escriben pensando en los españoles, pero eso no significa que su literatura sea local. Si es buena literatura, es universal. ¿Qué hay más local que Balzac, que se pasó la vida escribiendo sobre el mismo barrio? Es un problema de mentalidad y de negocio. Y yo creo que España no lo está haciendo muy bien.

D. C.- Hubo un momento en que sí hubo una literatura latinoamericana, en la época del boom, un proyecto de Carlos Barral, que funcionó y que demostró que había gente escribiendo bien, pero eso se acabó. Además, nosotros somos una isla e, incluso, el boom no incluyó a ningún escritor dominicano. No se entiende, porque hay personas muy buenas. Cuando uno lee libros aparentemente importantes, muy ponderados, y ha leído a autores dominicanos, piensa que no hay diferencia, y que si hay, a veces es a favor del dominicano.

V. M.- Sin embargo, el escritor antillano de lengua francesa ha tenido siempre una gran oportunidad en Francia. Todos los antillanos que escriben buena literatura han sido publicados en las grandes editoriales francesas.

P.- En una isla tan pequeña, ¿cómo conviven dos comunidades tan distintas, con diferente lengua, con diferente nivel de desarrollo, con diferente religión?

D. C.- El problema haitiano es uno de los grandes temas del país, una de nuestras situaciones problemáticas, por no decir traumáticas. Signa toda nuestra historia, a partir de la división de la isla, y genera una relación muy conflictiva, mucho más conflictiva que aquellas de la generalidad de las comunidades vecinas. Son dos naciones que se conformaron en una pequeña isla, con una constitución cultural muy diferente debido a lo que hablábamos cuando nos referíamos al Caribe, a que fuimos colonizados por dos potencias extranjeras diferentes, con dos lenguas distintas y en Haití se generó una religión muy propia, el vudú, mientras que la Republica Dominicana, en sentido general, adoptó el catolicismo. Es distinta la percepción que tenemos sobre nuestras respectivas etnias. Pero, además, tenemos una historia común muy conflictiva. La República Dominicana es el único país de América Latina que adquirió su independencia, no de una potencia metropolitana, de España, sino de una antigua colonia que había padecido la misma situación que él, Haití. Y, hoy en día, somos un país más próspero, desde el punto de vista económico, social, político. Haití es el país más pobre de América Latina y compite por ser uno de los más pobres del mundo. Todos esos factores explican la complejidad del proceso migratorio dominico-haitiano y las múltiples tensiones nacionales, insulares e internacionales que se producen a su alrededor. Además, en la República Dominicana hay una ideología antihaitiana muy fuerte (y en Haití una de igual fortaleza antidominicana), que se originó alrededor de esos hechos históricos que mencioné. Aquí ha habido otras migraciones: la árabe, la cocola negros del Caribe del este que, en sus inicios, fueron problemáticas pero que, finalmente, encontraron vías de integración. Pero esa historia común conflictiva, con matanzas en ambos lados de la isla, hace la integración haitiana muy difícil, y hasta la regularización de esa presencia. Es que Haití nos envía una mano de obra muy barata, ilimitada, sumisa y poco cualificada, que no goza de ninguna protección, que en la forma que existe hoy llena de ilegales es más rentable para quienes la usan y para todo el país, que regularizándola. Con esto que acabo de decir corro el riesgo de ser acusado de antipatriótico… y ese tipo de acusaciones también dificulta la búsqueda de una solución, pues dificulta o imposibilita el debate sobre el tema.

V. M.- Se maneja políticamente. Hay partidos que lo utilizan, como lo utilizó Trujillo en su día. Cuando yo estudié en la escuela secundaria, los haitianos eran negros, pero, además, eran seres atrasados y primitivos. Esa era la idea. Y en la universidad, algún profesor de Derecho nos decía que había que tirarlos al mar.

Caridad Plaza es directora de Comunicación de la Fundación General de la Universidad de Alcalá.